Lo
que estaba haciendo era una estupidez, o una locura; pero ya
había llegado hasta ahí y no iba a retroceder, aunque
podían matarlo por mucho menos que eso.
Se
había escondido entre el suelo y la pared exterior de una pequeña
cabaña para escuchar la conversación que mantenían
dos hombres. La voz de uno la reconoció bien, pero al otro lo
había oído menos veces.
Se
acercó, avanzando pegado al piso, como un reptil, y pudo llegar
hasta un hueco que había detectado bajo una de las ventanas.
Asomó un ojo; vio parte del cuarto y las piernas de uno de los
hombres, que conversaba con su compañero sobre los detalles de
un viaje reciente y de una pelea. Uno le preguntó al otro si
tenía hambre y de una de las cajas que había sobre la
pared opuesta, sacó dos bolsas y se las acercó.
—Acá
hay pan, verduras y carne salada.
Fue
todo lo que le dijo, antes de hacerle alguna otra pregunta vaga y salir.
Escuchó la puerta y el soplido que apagó la vela. Permaneció
por un rato quieto, intentando no hacer ningún ruido y luego
se arrastró hacia la otra pared. Sentía la saliva calentarle
la boca y el gusto ácido del hambre en la mandíbula. Comprobó
en su cinturón el cuchillo. Carne salada, verduras y pan. Entre
el alimento y él mediaba un paso, un hombre. Se arrastró
en silencio hasta la puerta de la cabaña. Cuando se detuvo y
cesó el ruido de sus codos contra el suelo y de la hierba quebrándose
a su paso, creyó que podía escuchar la respiración
del hombre que dormía del otro lado de la pared.
Tomó
aire, volvió a comprobar el cuchillo y se dijo que todo terminaría
bien.
Avanzó
hacia el lado más oscuro. Aún se oían algunos gritos
del fogón. La noche estaba cerrada y el cielo brotado de estrellas.
Siguió avanzando por el suelo, y antes de encarar la pared final,
sacó su cuchillo y se lo puso entre los dientes. De este lado
la oscuridad era casi total. Entró por la puerta lateral, por
la que le da la espalda al campamento.
El
hombre, acostumbrado a dormir en ranchos de tres, cuatro y hasta siete
compañeros, no se alarmó cuando escuchó el ruido
de la puerta que se abría por la mano de William. Sin saber que
iba a morir, se dio vuelta contra su lado izquierdo.
Caminó
hasta la cama. El cuchillo, en su mano, se había calentado. Antes
de agacharse lo miró al otro un instante, en su ultima imagen
de hombre vivo. Tragó saliva y el gusto ácido del hambre
volvió a ganarle la boca. El otro se acomodó en la almohada
improvisada que había hecho con su saco; William le tapó
los ojos y le abrió de un tajo el cogote con su cuchillo de acero
inglés. El hombre, traído desde los sueños hacia
la muerte, lo agarró con una mano, y quiso tirarlo al piso. Aun
tenía mucha fuerza. Pero fue perdiendo el furor, y William lo
remató con un puntazo en el hombro que le entró por el
pulmón. Así sacrificaban a los terneros.
Se
puso de pie y miró el cadáver. Tenía sangre. La
tocó. Estaba tibia. Buscó las bolsas y las encontró
sobre la mesa. En la caja había más. Agarró cuanto
pudo y salió sin hacer ruido. Afuera, se tiró al piso
y avanzó como un reptil hasta el pastizal, muy cerca de la cabaña
de Marcel. Entró y lo encontró durmiendo en el piso como
un perro. Lo despertó.
Marcel
lo miró aún casi dormido. William le enseñó
las dos bolsas con un gesto de triunfo. Marcel se estiró sobre
las bolsas; olió la carne salada, el pan, las verduras. La boca
se llenó de saliva.
Sin
embargo, había que hacer las cosas prolijamente.
—Vamos
a esconderlas.
Le
dijo moviendo la boca pobre entre la espesa hilera del bigote y la barba
irregular que le ganaba el rostro.
—Llevemos
la pala. Tenemos que hacer un pozo afuera del campamento, y esconder
ahí las cosas. ¿De dónde lo sacaste?
—Lo
robé.
—¿A
quién?
—A
uno de los hombres de Amador.
—¿Te
vio?
—Lo
maté.
—¿Alguien
te vio?
—No.
Tienen comida, mucha comida.
—Tenemos
que apurarnos.
Le
dijo Marcel ordenando rápidamente las cosas debajo de la cama
y sacando la pala de entre un montón de ropa vieja y sucia. Salieron
a la noche oscura y tibia; cuidando de no ser vistos por nadie, cruzaron
la cerca del campamento. Diez pasos selva adentro cavaron un pozo en
el que guardaron las bolsas. Sacaron un poco para comer en ese momento
y volvieron a llenarlo con tierra. Permanecían sin hablar.
Ya
en la cabaña de Marcel se sentaron en el suelo. Les temblaban
las manos. Mordieron el pan y la carne y les dolieron los dientes. Pero
la saliva se mezcló con el jugo de la comida en la parte posterior
de la boca. Marcel casi no masticaba; tragaba los pedazos enteros. Comieron
dos, y el resto lo guardaron para la mañana.
William
se despertó con el sol que entraba por la ventana; Marcel no
estaba a su lado. Lo primero que pensó fue que una columna de
hormigas, que transportaba migas de pan y carne salada, podría
delatarlo. Sin embargo, pensó después, ninguno de los
hombres la vería. Ninguno era tan inteligente como para hacer
una reconstrucción. Se levantó dolorido y caminó
hacia la puerta. Lejos, casi sobre la costa del río, Marcel hablaba
con Amador y los demás hombres. Nadie estaba trabajando, porque
el cadáver de Botico había ganado la atención del
campamento. Recordó que su cuchillo aún tenía sangre.
Si lo descubrían, lo mataban esa misma mañana. Buscó
entre las cosas debajo de la cama y sacó una remera vieja. Limpió
la hoja con eso y volvió a guardarlo.
Salió
de la cabaña y se acercó hasta donde estaba la junta.
El indio Juan que lo había visto, se separó de Amador
y caminó hacia él. Una vez que se encontraron, le dijo:
—Esto
no es con usté.
—¿Qué
pasa?
—Jeremías
mató a Botico.
—¿Cómo
lo saben?
—Lo
encontraron saliendo con comida robada.
—Ah.
Dijo
William, luego de oír la explicación de la coartada que
se había armado alrededor suyo y que lo encubría del crimen.
Antes de regresar junto a Amador, el indio Juan le dijo:
—Estamos
esperando al Mago.
—¿El
Mago? ¿Quién es el Mago?
—El
Mago es el juez.
William
sonrió de pensar que por más que se esforzase, ese corpulento
hombre no podría explicarle la relación de un hombre al
que llaman el Mago, con un juez, quien imparte la Ley. Los hombres en
América, se alejó pensando, son muy supersticiosos; creen
antes en una bruja que en un doctor, nombran juez al que se da dotes
de mago.
Dio
media vuelta y se alejó hacia su cabaña. Los había
burlado. Entró y se acostó en su cama. Tenía hambre.
Debía aguantar, tal vez, algunos días. Ahora era un asesino,
aunque no para los demás. Sólo restaba esperar a que el
Mago llegase al Campamento y luego presenciar la sentencia y la condena
de un hombre que pagaría por él. De otro que sería,
para los demás, el asesino.
Se
había improvisado una especie de senado entre los más
influyentes, a cuya cabeza estaba Amador, quien se veía muy afectado
por el crimen, y molesto por la insistencia de Marito y de Hernández
en aguardar a que llegase la autoridad. Amador, como hombre práctico,
no juzgaba necesario aguardar la llegada del Mago, quien no se había
mostrado infalible últimamente, y hacía fuerza por sacrificar
a Jeremías cuanto antes.
Marcel,
quien por primera vez en mucho tiempo coincidía con él
en alguna cosa, tampoco era partidario de que llegase el Mago, alegando
que el poder nacional los había abandonado a su suerte, y que
en consecuencia no tenía derecho a enviarles un agente que se
dijese autorizado para impartir justicia. Algunos de los hombres lo
escucharon con respeto, y él pensó que ya no eran tan
distintos, que la selva, el calor y el hambre habían limado las
diferencias entre ambos. Pero otros también lo callaron, y le
dijeron que él no tenía voz ni voto en este conflicto,
que esto había sido una cosa de hombres.
Jeremías
fue encarcelado en una celda improvisada con cañas y hierros,
custodiada por cuatro a cuchillo que no le sacaron la mirada de encima.
Dolorido, tirado sobre un montón de paja, aguardó la muerte
con la resignación de un perro. Su rostro era oscuro, el pelo
largo, negro, sostenido por un pañuelo sucio en la frente, le
caía por la cara. Marcel sintió pena por él, pero
pensó que más pena sentiría por William.
Amador
estaba desgarrado, Botico era su amigo, él lo había invitado
al campamento y le había procurado su hospitalidad. Que lo matase
uno de los suyos era una ofensa imperdonable. En cuanto se supiese entre
los capitanejos locales, perdería prestigio. Necesitaba apurarse,
ejecutar al acusado, pues si el crimen había desbordado su autoridad,
esperaba, cuando menos, que en el momento de hacer justicia se actuase
según su voto. Dejarlo todo en manos del Mago era peder el conflicto,
lo que sería leído como una señal de debilidad.
Hernández,
quien encabezaba la oposición al dictamen de Amador, era un viejo
capitanejo, que conocía a Amador desde niño, y a quien
unía un lazo intemporal. Él aceptaba a Amador como jefe,
y sabía que era un buen hombre; pero era firme en sus ideas centrales,
y entendía que este crimen requería de la intervención
del Mago. Hernández aún pertenecía a una camada
anterior de hombres, y Amador sabía que se le enfrentaba con
convicción, por desajustes de principios. Detrás de él,
se ocultaban y alzaban su voz, también, otros más jóvenes,
ansiosos de poder. Amador los conocía, y sabía bien qué
era lo que estaba sucediendo, cuando le dijo a Marcel, al oído:
—Me
están queriendo puentiar. Pero esto se va a resolver sin la intervención
de naides.
Vestía
una camisa vieja y sucia, y en la frente llevaba un pañuelo naranja.
Marcel lo vio hablando confidencialmente con algunos de los suyos, como
impartiendo órdenes, rápidas y concisas. Nunca lo había
visto de esa forma, en el peligro se mostró más confiado
y activo que nunca. A los que le discutían ya no les contestó,
y sólo se preocupó por armar a los que le eran adictos.
Una vez que los juntó a todos, que eran la mayoría, los
colocó de su lado, y no dejó que nadie se pasara al campo
de los disidentes. Se plantó enfrente de sus hombres y sin decir
una sola palabra, se puso a mirar a los ojos a los que lo habían
abandonado. Poco a poco, casi todos comenzaron a volver. Veinte minutos
más tarde, cuando llegaba la barca del Mago, sólo quedaban
cinco rebeldes, además de Hernández y Marito.
El Mago era grave y silencioso, casi mudo, muy alto y usaba una capa
negra. Sus botas de cuero, también negras y sus pantalones pesados
del mismo color, le llamaron la atención. No había visto
a nadie en América vestir de esa manera.
El
Mago caminó entre un público al que dominaba por la presencia.
Dos custodios lo seguían de atrás; los tres hombres armados
se quedaron en la lancha. En cuanto puso un pie en tierra, el silencio
fue total.
Nadie
lo asedió, ni lo agobió, ninguno de los hombres osaría
nunca atacarlo; a su presencia, las pesadas armas de los policías
estatales, eran un elemento risible.
El
único que no se sometía a su asombro era Amador. La llegada
abrupta del otro lo incomodó profundamente. Si le hubiese dado
más tiempo, ya habría terminado con todo este conflicto.
El Mago caminó directamente hacia él, a quien reconoció
como el único líder del Campamento. Se quedaron durante
un momento cara a cara y el recién llegado dijo:
—¿Dónde
fue la muerte?
—En
esa cabaña.
Respondió
Amador sin agregar ninguna otra información, ni ofrecer ninguna
cortesía. El Mago se detuvo por un instante más enfrente
de él, y luego fijó su mirada en Jeremías, quien
lo miró resignadamente desde atrás de los barrotes. Todos
esperaban que el asesino fuese marcado. Pero el Mago le quitó
la vista de encima y comenzó a caminar por el campamento, rodeando
a la multitud de hombres que no lo miraba, tratando de ocultar sus pensamientos,
como un perro que al desviar la mirada se cree invisible. Ahora todos
se habían convertido en posibles culpables.
El
clima se enrareció a medida que pasaron los minutos y que el
Mago continuó caminando lenta y gravemente entre todos los hombres,
mirándolos a veces y a veces clavando la vista en el suelo. El
miedo se podía oler en la piel y en la respiración de
todos. Dio tres vueltas alrededor de la multitud y fue a la cabaña,
donde aún estaba el muerto. Miró sus ojos, clavados hacia
arriba, y el tajo en su garganta, en el que una pesada mosca bebía
con su diminuta lengua la sangre. Razonó que ese corte no había
sido hecho por la mano de un hombre del lugar. Luego salió y
acercándose al grupo dijo:
—El
asesino no esta aquí afuera. ¿Hay más hombres en
el campamento?
—Hay
algunos nativos y dos gringos también.
Le dijo el viejo Hernández, quien sentía una gran admiración
por el Mago.
—Déjenme
ver al más joven.
Fue
su única respuesta. Marcel quedó clavado en el piso. No
supo qué decir. Corrió hacia la cabaña, y llegó
casi al mismo tiempo que el Mago, quien encabezaba la comitiva. Amador,
Hernández y los otros estaban adentro. Hizo fuerza y logró
un lugar para mirar. William, desde el suelo, tembló ante la
mirada del emisario del Gobierno. Su culpabilidad era evidente. Un prolongado
silencio ganó a todos adentro. El Mago levantó el brazo
y señalando a William dijo:
—Él
es el asesino.
(...)
Todo
pareció perdido. Pero ocurrió algo que ni William ni Marcel
pudieron prever. Los hombres miraron incrédulos al Mago, no creyeron
en su veredicto. En primer lugar, ese no era un hombre aún, era
un niño; y segundo y más importante, era un gringo. Un
gringo niño no era capaz de matar a un hombre como Botico, ni
aunque lo hubiese agarrado dormido. Alguien levantó la voz en
contra de William, pero los más se quedaron callados. Amador,
que supo interpretar ese silencio, dijo:
—Bueno
hermano, creo que es hora de que se vaya yendo, porque este gringo pasó
la noche cerca mío y no ha matado a naides. El asesino es Jeremías,
y esto lo vamos a resolver a nuestro modo.
Marcel
sonrió y lo buscó a William. El Mago apenas miró
a Amador y no necesitó más para saber que era capaz de
matarlo. Volvió a mirar a William, dio media vuelta y caminó
hasta la lancha. En esas tierras tan lejanas, forzar llevarse un prisionero
podría desembocar en un caos, cuando sus órdenes estrictas
eran las de no alterar la paz río adentro. Más valía
ésta que la sangre de un hombre, o de otro. Porque el Mago sabía,
también, que de todas formas, más temprano que tarde,
todos iban a morir en ese agujero.
Subió
a la lancha oficial junto con el resto de la comitiva. Mientras calentanban
los motores, y aun permanecían cerca de la costa, Amador bajó
la pendiente hacia la celda de Jeremías, junto al puerto, y ordenó
que lo sacaran afuera. El guardia, pateándolo como a un perro
mojado, lo dejó tirado en el lodo. Ante la mirada de todos Amador
le ordenó que se pusiera de pie. Jeremías, a pesar de
estar casi muerto, lo hizo y le sostuvo la mirada.
—Me
duele que seas vos.
Le
dijo al oído, delante de los soldados y del Mago, quien lo miró
parado sobre la proa clavar tres veces el cuchillo en el cuerpo del
otro, que se dobló una y otra vez sobre su brazo.
La
lancha se alejó por el río, callando con sus motores el
ruido de los pájaros.
Al
otro día, la normalidad comenzaba a volver al campamento.
2003-2004