Uno
La pregunta
por el rostro del indio al pasado nacional tiene como primera
respuesta la imagen del salvaje indómito de las Pampas, que
corta el cuerpo y atormenta el espíritu de la nación.
Mas allá de esta primera impresión, y de una nostalgia
mal entendida, en la cual los blancos serían los demonios de
la historia y los indios aquellos pobres ángeles abatidos por
el Rémington, son pocos los caminos que la memoria colectiva
se ha propuesto recorrer en los que se hallen rastros de una representación
porosa y dialógica de la relación entre los blancos
y los indios.
En este trabajo
aspiramos a describir las posturas de Francisco Moreno y de Estanislao
Zeballos en torno a la figura del indio nativo, e intentaremos ubicar
al discursocientífico-evolucionista-estatal, contemporáneo
a la conquista militar del desierto, en la red de los otros discursos
que componen lo que definimos por el nombre de “archivo americano
de conquista”, y que no seria otra cosa que el cuerpo de documentos
que es el “imperialismo gramatical”. Este último
supuso una forma inconmovible de la conquista política, ya
que bajo su ala, unidos por un lazo subterráneo, coincidieron
el soberano positivista del ochenta con el antiguo monarca imperial,
y el viajero de la fe con el viajero de la ciencia.
De la época
histórica que a nosotros nos toca, diremos que en su tenaz
búsqueda por el equilibrio del cuerpo social, la mentalidad
secularizada del roquismo supuso la constitución de un sujeto
racional, productor de un discurso científico y redentor, que
permitió el triunfo material y definitivo del campo de los
blancos sobre la complejidad que detentaba la sociedad india. Se trató,
específicamente, del avance militar de la civilización
laica y occidental sobre los territorios dominados por la Barbarie.
Esta conquista violenta del espacio interior fue viable a partir del
entrelazamiento, no solo simbólico, entre el discurso de la
ciencia y el de la guerra. En este clima de ideas, disciplinas como
la geografía militar, tuvieron un gran auge: pues la necesidad
de conocer los caminos, las aguadas, los pastizales fértiles
y las guaridas en las que se escondía el enemigo, no se satisfacía
con los discursos que el romanticismo poético había
creado del desierto, ni con las observaciones imprecisas
de las costumbres de los indios anotadas por la mayoría de
los viajeros y cautivos de la época. Se trataba, en definitiva,
de alcanzar la conquista a la vez física y racional del territorio.
Era preciso que la naturaleza dejara de ser un paraje indómito
y un recurso estratégico de un enemigo menor, para convertirse
en una superficie grabada por el dominio del Estado liberal. La urgencia
fundacional del momento político reclamaba entonces el pasaje
del saber impreciso y secreto del baquiano, a la rejilla universalmente
legible del mapa.
Pero si bien es
cierto que la escritura acerca del dilema del indio promovió
un tipo de descripción militar eficaz sobre las condiciones
del territorio a ocupar, su núcleo de sentido, se asienta en
una densa reflexión ontológica que fue tallando el perfil
de un nosotros por oposición a un ellos,
entendido éste último como el limite constituyente de
la civilización.
El horizonte final
de esta pretendida distinción radical se ubicará en
la problemática definición del modo de ser de lo nacional.
Puesto que, si por un lado, la guerra ofensiva contra el indio se
consumó en los lejanos parajes de la pampa, por el otro, la
figura del rostro liberal también se constituyó en un
agrietado campo de batalla. Así, las producciones textuales
de Francisco Moreno y Estanislao Zeballos, más allá
de compartir la fe ilimitada en las capacidades del discurso científico
y en las instituciones emancipadoras del liberalismo moderno, ocuparán
posiciones diferenciadas al momento de definir el lugar que esas razas
inferiores tenían en relación con la emergente estatalidad.
Dos
De la vasta producción
intelectual de Zeballos, contemporánea a la Campana del Desierto,
dejemos a un lado, por el momento, su Viaje al País de
los Araucanos (1879) y concentrémonos en dos textos esenciales:
La conquista de las quince mil leguas (1878) y en Calvucurá
y la dinastía de los piedra (1879). Pocas plumas argentinas
fueron de una dureza tan ejemplar como sistemática en torno
a la figura del indio; rápidamente define bandos y posiciones
de forma categórica y se presenta a sí mismo (tal como
el propio Roca lo define) como un “archivista del Río
Negro”. Para Zeballos, el “termómetro” de
la intelectualidad oficialista, la apertura hacia el progreso indefinido
de la nación solo seria posible a través de la resolución
ofensiva de la frontera interior. Con miras a este objetivo político,
abogó por practicar un corte radical con aquella historia que
el mismo había reconocido contaminada por la presencia del
Otro, hacia 1879. Su intervención será un genuino ejemplo
de la política roquista, puesto que perseguirá resolver
la cuestión de la frontera interior de una forma muy singlar:
despolitizándola; esto es, convirtiendo la frontera política
con el otro -el indio- en un acontecimiento natural (el límite
con el Río Negro), para despojarla de sus asfixiantes tensiones.
En su lectura,
el plan propuesto por Roca es leído como un “bello sistema
de operaciones”, que “despejará los verdaderos
horizontes de la República Argentina”, cuyo porvenir
es inmenso e indefinido. A través de sí, hablara la
aristocracia prusiano-pampeana, que diseña rígidas coordenadas
de sentido y reacciona frente a esos flujos comunicantes que empantanaron
el terreno común de la civilización y la barbarie. Para
uno de los fundadores de la Sociedad Científica Argentina y
futuro presidente de la Sociedad Rural, el indio americano no podía
ser otra cosa que la pura negatividad a superar, un mero obstáculo
coyuntural para el despliegue efectivo del Estado laico y liberal.
El salvaje, que en el simbolismo triunfante de Echeverría y
Della Valle era una voluntad indómita, habitante de una región
pestilente y peligrosa; en el “cientificismo estatal”
de Zeballos, pasará a ser reducido a un número más
o a una muda estadística, y será colocado junto con
las otras piezas del botín de guerra, hecho de vacas y de tierras
ganadas. La naturaleza será fatalmente vencida: al desierto
brumoso, el prolijo bisturí de la ciencia lo someterá
a una autopsia purificadora; y al salvaje indómito lo reducirá
a una unidad previsible y clasificable. Porque en definitiva, en los
ojos de Zeballos, esa es la suerte que merecieron quienes detentaron
como practicas una oscura virtud: la valentía temeraria, la
criminalidad y la capacidad ilimitada de ingerir alcohol.
Así, desde
su obra, se disparará una batería de significantes con
los que el discurso de los blancos pretenderá agotar y saturar
la descripción de la otredad, imponiendo al campo del indio
los rótulos invertidos de un lenguaje imperial que no le pertenece.
La lucha por la definición del sentido del Otro, al hallarse
los bandos ante el abismo de una distancia ontológica irreductible,
derivara en la lucha por el gravamen violento de los significantes.
Imposición de los significantes sobre la superficie del territorio,
sobre el cuerpo de los indios y, finalmente, sobre ese rebote tardío
del discurso del Otro que es la reflexión de sí mismo.
De Isabel la Católica a Roca, y de Colon a Zeballos, el último
discurso cientificista, positivista, estatalista y patriota de la
década del setenta y del ochenta, será solo una gota
espesa de ese largo y engorroso entramado del imperialismo gramatical,
que ha sabido reunir, bajo su apéndice, una pluralidad de discursos
flotantes y heterogéneos sobre la verdad blanca. Estos retazos
de saber compartirían su lugar en aquel hipotético “archivo
de conquista americano” por el hecho de detentar, a cada línea,
un ademán violento de colonización.
Tres
En cuanto a la
relación con Moreno, diremos que en el campo de fuerzas que
Zeballos y el perito compartieron, se pueden rastrear determinados
fragmentos donde aparecerán cristalizadas las contradicciones
de cada uno de estos personajes. La ya clásica antinomia entre
civilización y barbarie, ha sido uno de estos tensores fundamentales
donde la ligazón entre Moreno y Zeballos tiende a diluirse.
Por que si bien compartieron la misma barricada, ambos percibieron
un otro diferente que terminaría por alterar el trazado
regular de la mismidad roquista.
De Moreno y de
Zeballos diremos que mas allá de distinguirse por su definición
del bárbaro, sus diferencias resaltaran al momento de nombrar
la civilización.
De ahí
que la discursividad de Moreno sea sumamente singular respecto de
otras posiciones en el campo de la intelectualidad roquista. Ya que
por definición, lo que podríamos llamar su contragenalogia
de la civilización, enloquecerá la medida oficial del
termómetro intelectual del ochenta. Si habíamos señalado
un acercamiento carnal entre el desarrollo de una disciplina como
la geografía y una practica política concreta como la
conquista del desierto, diremos ahora que en la obra de Moreno, la
relación entre la ciencia y la política tendrá
características diferentes a las vistas en Zeballos. Moreno
va hilando en sus textos un doble juego particular, ya que si por
derecha despliega mapas que descifran las tierras por donde va a pasar
el ejercito civilizador; por izquierda afirma que esos antiguos huesos
que ha encontrado en la Pampa son “nuestros antepasados”
e insiste en la construcción de una pre-historia nacional cuya
biblioteca será el territorio mismo. El punto nodal de esa
nueva construcción cronológica, fundada en la virulenta
oposición a la tradición bíblica, se hallara
situado en un supuesto continente hoy ya sumergido, que unía
la Patagonia con la Polinesia. El hombre habría aparecido así
en la región limite de la Republica Argentina y el sur de Bolivia,
y se habría expandido hacia el norte, conquistado las lejanas
tierras de América, y hacia el este, diseminándose hacia
Asia, Europa y África.
Por primera vez
los rastros de las civilizaciones extinguidas, de las cuales los Mayas
y los Aztecas representan solo un momento final, tendrán estatuto
científico. Su “telescopio metal” le permitirá
a Moreno conocer a los Atumurrumas, los adoradores de la Luna, habitantes
de la altiplanicie boliviana, a quienes les adjudica el embrión
civilizatorio americano autóctono, y de quienes alecciona,
fueron conquistados por el Inca, el Gran Conquistador Legislador de
América. El Inca, representante de un enmarañado momento
en el crecimiento de la raza, fue conquistado por los cristianos,
quienes “eliminaron” naciones enteras, que en palabras
de Moreno, estaban hechas de “hermanos de sangre” de los
europeos. Ese “desfallecimiento moral”, dice Moreno, condenó
a las sombras el pasado de América. La misión de la
antropología, entonces, será desenterrar ese rico pasado,
y escribir la pre historia de la nación, borrando esa “mancha”
traída desde España, y reponiendo el “antiguo
esplendor” de los dueños naturales del continente. Ahora
bien, en cuanto el tema de la Conquista, revisemos con un poco más
de cuidado el doble juego que sugiere Moreno; pues si la empresa española
fue un abierto fratricidio, la conquista más reciente del roquismo
estará justificada por que esas razas degradadas, inmovilizadas
en la barbarie, no pueden mas que aguardar su muerte sometidas a la
ley de la lucha por la vida. Entonces si Moreno reivindica al indio
y lo coloca como sujeto privilegiado de la historia, a la vez, lo
sitúa en ese teatro pasado y remoto que ya no existe. De manera
que su discurso no persigue ni defiende el cuerpo real y actual del
indio, sino que busca encontrar un hipotético espíritu
nacional. Por que más allá de que en 1877 diga que se
ha considerado “vulgarmente” al exterminio como la única
solución al problema del indio, su discreto silencio al hecho
político-militar de la conquista, es ejemplar, a lo que podríamos
nombrar como un proto-romanticismo cientificista. Si se emociona al
pensar en la posibilidad de ver el Nahuel Huapi cruzado por los motores
de la civilización, y el fértil territorio convertido
en prodigiosas estancias del futuro, prefiere taparse los ojos ante
los cuerpos de los indios derribados por el Rémington. La muerte
colectiva se explicará por la ley de Malthus, y el espíritu
se consolara con la promesa de que en las futuras estancias el ganado
no sea producto de un botín sangriento y desdichado, sino el
fruto del trabajo y el esfuerzo colectivo. En esas estancias prodigiosas,
los indios, anotará Moreno, “podrían hacer el
mismo servicio que nuestros gauchos”.
De esa madeja
de contradicciones se compone el discurso del perito, que mantiene
las bases del conservadurismo señorial, y que, al mismo tiempo,
reivindica a los Atumurrumas, los Quichuas, los Chimus y los Querandies,
de quienes dice que fueron poseedores de civilizaciones comparables
a Esparta y que contaron en sus filas con capitanes similares a Alejandro.
Los restos de todas esas razas forman el tesoro de la pre historia
nacional, el tiempo de “nuestros antepasados indígenas”,
a los que el hombre blanco esta unido por “lazos íntimos”
que se trazaron “en el ciclo sin fin en que giramos”.
El corazón de este ciclo estará regulado por la lucha
por la vida, y se ubicara en una “unidad genésica perdida”,
“aun irreductible”, cuya “composición solo
presentimos”.
Ya vimos como
en Zeballos la artillería de significantes estaba dirigida
hacia la demonización final y reducción especulativa
de los salvajes, entendiendo a estos como un cuerpo cancerigeno que
reclamaba ser eliminado o sometido por el ejercito nacional.
Ahora bien, una
vez que hemos revisado como las ideas de Moreno crispaban al termómetro
de la mentalidad secular más oficial del contexto, mencionaremos
que la primer critica a su discurso debe pasar por el hecho de que
la violencia de su propia artillería de significantes, se piensa
a sí misma mas allá del acontecimiento político
coyuntural. El discurso científico, en la obra de Moreno, no
supone una forma mas de dominación parcial, sino una acción
redentora sobre los territorios y los cuerpos, que acerca hacia ellos
las bondades de la modernidad y de la civilización. Su artillería
de significantes se apropiara del pasado imponiéndole el nombre
de sus amigos, de sus admirados sabios y hasta de sí mismo.
Holmberg, Carlos Berg, Amghenio, Ramos Mejia, Darwin, todos han sido
bendecidos con un tipo fósil autóctono y todos han ligado
su nombre a la pre historia de la especie argentina.
El límite
de Moreno fue, precisamente, no comprender que su discurso también
era político. De esta manera, diremos que si los discursos
de Moreno y de Zeballos, se repelen en su construcción de la
figura del Otro, y en el lugar que este ocupa en relación con
la nueva estatalidad; su punto fuerte de reunión estará
dado por el hecho de ser ambos, hacedores conspicuos de lo que hemos
denominado como “la artillería de significantes”,
en el contexto de la campaña del Desierto. Este arsenal discursivo,
una vez acabada la acción militar, lejos de abandonarse, será
reciclado y reutilizado para describir unos años mas tarde,
un tipo de negatividad diferente que no se ubicará ya en las
tolderías, sino que se hallara en el corazón mismo de
la ciudad; y su objeto de repudio no será ya el indio, sino
los vagabundos, los anarquistas, los huelguistas, los extranjeros
y todos aquellos que volverán otra vez a atentar contra la
frágil hegemonía liberal.
22-11-03
Mauro Spagnolo y Ezequiel Vinacour