Shayhueque
era más hábil y más fuerte que cualquier
otro hombre en la tierra. Hay muchas historias cantadas sobre ello.
Podía cazar corriendo un avestruz, y podía jugar con
tres cuchillos. Shayhueque era muy alegre y travieso, festivo y sociable.
Un hombre con quien los hombres reían en la fiesta y las mujeres
deseaban acostarse. Pero era muy violento también. En la guerra
al colorado era el más valiente. Lo ganaba la crueldad cuando
estaba enfurecido y no pocas veces torturó a insignes enemigos.
A algunos los quemó vivos; hizo destrozar a otros por perros
hambrientos; o los mutiló y los arrojó desde altos precipicios.
Sus amigos lo aman y sus enemigos le temen.
Inmensos
picos que parecen reflejar el espacio azul y las nubes blancas, en
el hielo, más antiguo que ellos, dominan una profunda quebrada,
tan oculta que ni el mismo Pillan, que engendra los rayos, los truenos
y desprende las avalanchas, lo distingue para saciar sus iras. En
el centro de esa quebrada profunda nace el valle del Nahuel y las
manzanas.
La
tierra de Shayhueque está regada de cientos de toldos, de los
cuales el mayor de todos pertenece a Shayhueque, y el segundo en importancia,
a su cuñado. El campamento se halla sobre el valle, que corre
de este a oste, custodiado por grandes montañas, al pie de
la gran pared, o cordillera, que se trepa hacia el cielo
detrás del bosque. Una profunda corriente de agua riega el
valle, que en todas partes es diverso y boscoso; a los lejos, sobre
la planta misma de los cerros, pueden verse los manzanales. Y detrás
de ellos, las araucarias, y los piñones, al pie de las montañas
nevadas, visibles desde la cresta arriba del río Limay.
En
el valle de las manzanas, el pasto es abundante de manera que los
siete rebaños de ovejas que posee cada una de las mujeres de
Shayhueque pueden pastar a gusto. Detrás de los toldos hay
nueve corrales para encerrar ganado vacuno, repletos de animales ganados
en la guerra con el huinca. Cerca de allí, suelen encontrarse
los de la tribu de Shayihueque con los picunches, que traen frutas
diversas y deliciosas. Valle arriba y valle abajo están desparramados
los caballos.
El
toldo de Shayhueque tiene cuatro metros de altura, y puede alojar
a cincuenta hombres. En su boca, arden tres fogones de enormes leños.
Es completamente cerrado. Salvo en el ángulo, donde una hermosa
piel cierra y abre la entrada de luz. Todo a lo largo del frente,
se extiende un amplio camino hecho de maderas, protegido por ramas
entrelazadas, regalo de todas las mujeres de la tribu a Shayhueque.
Allí, todas las tardes, el enorme cacique sienta su pesado
cuerpo a fumar.
Casimiro
e Hinchel, están de visita en la tierra de Shayhueque. Esa
misma noche, Foyel, hijo de Hinchel, enfrentará a Yeguajieshtko.
Cuando
restan algunas horas de luz, llegan los caballos
cargados con el precioso lama(1)
, propicio para la celebración del gran acontecimiento. Foyel,
hijo de Hinchel, compadre de Shayhueque y hombre respetado de las
tierras de Minchiguin, se sumergirá en el Lago del Nahuel y
enfrentará a Yeguajieshtko. Se acercan los años que
según la profecía que Huénekeu había traído
desde la nueva ciudad de los Maestros, vendrá un colorado a
dar muerte al último de los monstruos de El mebin, trayendo
paz por primera vez a los hombres. Los hombres fuertes de cada lugar,
se resisten a creer en ello, como lo habían hecho sus abuelos
y los padres de sus abuelos. Un enemigo podía darles muerte,
no paz.
Diecisiete
inviernos atrás, Hinchel, padre de Foyel, tuvo un sueño
en el que un águila le decía que su hijo sería
brillante como el sol e indestructible como el agua. Hinchel, al despertar
y ver a Foyel, su hijo, dormir entre unos hermosos cueros finamente
pintados y rodeado de almohadones y de los juguetes y regalos que
le habían traído desde todas las tribus de la región,
pensó en el sueño y decidió que su hijo acabaría
con Yeguajieshtko.
Tan
pronto como se descargaron los cueros con el lama, traído de
Arauco, Shayhueque hizo circular la orden de entregar todas las armas.
Con trabajo, se reunieron todas y se depositaron en un lugar seguro.
Entonces se invitó a beber a los jefes, ceremoniosamente, y
luego a todos los que fueron llegando, por que Shayhueque proveía
el aguardiente con la mayor libertad. Tenía plena conciencia
de su alta posición y de su poder. Su rostro era de tez más
oscura que la de sus súbditos, rasgo que había heredado
de su madre tehuleche, además de cierta astucia disimulada
y de su risa frecuente, algo burlona. Tenía la cabeza fuerte
y estaba dispuesto a despreciar a Hinchel por su embriaguez. Se consideraba
superior a todos los caciques, aunque estos no estaban sujetos a él.
Foyel,
diecisiete años después de que su padre soñara,
sin que él lo supiera, una profecía, se halla esa tarde
frente a su destino. Su padre, Hinchel, se embriaga entre todos los
amigos y da largos discursos sobre las virtudes de su hijo, cuenta
la historia del águila en el sueño y la intercala con
nuevos sucesos que los imagina mientas narra. Está vestido
con sus mejores telas, se ha pintado la cara con pintura negra, y
dos dedos blancos, desafiantes, bajo los ojos. En el pelo, una delgada
corona de oro, que según Hinchel tiene poderes mágicos,
parece como parte de la cabeza. Su cuerpo enorme y fuerte, quiere
mostrarles a todos alegría.
Momentos después comienza la ceremonia a El mebin para rogarle
que sea propicio con Foyel, y que lo infunda de valor para enfrentar
a Yeguajieshtko. Hinchel es un hombre respetado en la tribu y han
venido desde regiones muy diversas a saber de la suerte de su hijo,
y a demostrar el cariño que siempre le tuvieron al valiente
y fuerte cacique los hombres de toda la región. Los regalos
para Foyel y para su padre habían sido muchos y variados. Hacía
mucho tiempo que no se veía algo semejante en la tierra de
Shayhueque. Todos querían ir con Foyel al Nahuel, todos los
chicos querían ser Foyel y todas las chicas estar con él.
Foyel no sonríe ni habla mucho con nadie.
Los
hombres forman el círculo y plantan sus lanzas en una sola
fila regular; las mujeres ocupan luego el puesto de sus maridos, quienes
vuelven a formar una segunda fila detrás de ellas. La danza
comienza y los maridos y las mujeres, cambian sus lugares, de derecha
a izquierda. Este baile, que lo propiciaba la diosa del amor, les
enseñaba a los hombres y a las mujeres que el amor debe ser
simple como ese solo movimiento.
Las
mujeres cantan y se acompañan con un pandero, hecho de hermosa
piel de gato montés, delicadamente pintada por los copistas
de la tribu. Los hombres las rodean y dan vueltas a su alrededor.
Van esmeradamente vestidos, todos tienen los cabellos untados y el
rostro adornado con más trabajo que de costumbre. Sus trajes
se componen de los más preciado y antiguo de la tradición.
Unos se ponen mantas teñidas y bendecidas por los magos; otros
que no tienen camisa, ostentan con orgullo, una soberbia capa o una
pechera espléndida, hecha de hojas del bosque y anillos de
plata entrelazados.
Bailan
hasta que Shayhueque, que preside la fiesta, da la señal, se
oyen gritos de alerta y comienza una cabalgata fantástica,
que da vuelta tres veces alrededor del espacio donde se celebra la
suerte de Foyel.
Según
la tradición, el hombre que matase a Yeguajieshtko tendría
derecho a reclamar a cualquiera de las mujeres de la tribu. Eran conocidos
por todos los sentimientos de Foyel hacia Linquechem, hija de Shayhueque,
la mujer más hermosa de la tierra. Pero Linquechem nunca se
había fijado en Foyel. En verdad, nunca se la había
visto con nadie, ni nadie había sabido de ningún amor
suyo. Parecía desdeñar el lama, el placer, la lujuria.
Momentos
después dos magos sacrifican a El mebin un potro y un buey,
después de haberlos tenido en tierra con la cabeza hacia el
levante. El cacique designa a un hombre para que abra el pecho de
cada víctima y le arranque el corazón, que suspende
en una lanza, aún palpitante. Los hombres y las mujeres de
la fiesta se reúnen junto al brujo y al gran corazón,
con los ojos clavados en la sangre, que cae por la lanza y dice del
porvenir. Luego beben la sangre del animal, y cantan a Aiush, primer
señor del Nahuel.
Cuando
llegan al pie de Piedra Fuerte, una de las piedras más grandes
del bosque, todos los hombres comienzan a correr alrededor, dando
vueltas a ella. Luego, las mujeres, a cantar y a recitar los versos
de la oración a El mebin ni Oilkencapang. Los hombres bailan
con gravedad, las mujeres con alegría. Todos saben que El mebin
canta con ellos, de la mima manera que saben que el bosque está
junto al Nahuel.
Fachatü lukutuleyiñ, El mebin, chao
Frenemumanyiñ mai chao uimayaimi
Inchiñ taiñ lladkün; lakilpe
Taiñ puyal, nongepe.
Itro magunpe mai chao, tañi
Küme tripayal ketran, ka tañi niael
Fentren kullin Magumpe feipinge
Fucha wentru, lonko milla, ka
Eimifucha kuifi che
Itrokom küdau kellomuyin
Inka mauyin mai taiñ wedafen
Ngenoaeteu
Petu ad kintuleyin wenutami
Paeteu; epu rupa lukutuleyin
“Juntrankilpe pu ya” feipinge eimi,
mill kuchillu.
Rangin wenu meu mülleimi
Itroken deumaimi. Eimi neu
Itrokom witraleyin.
|
Estamos arrodillados,
El mebin
te rogamos ahora que nos perdones
que nuestros hijos no mueran,
que sirvan.
Te rogamos que llueva, para
que produzcan las siembras, para
que tengamos animales. “Que llueva”,
diga usted, hombre grande,
cabeza de oro, y usted, mujer grande,
rogamos a las dos antiguas personas.
Ayúdennos en todas las cosas
defiéndanos de que no nos hagan
ningún mal.
Estamos mirando para arriba;
dos veces nos arrodillaremos,
“que no se enfermen los hijos”
diga usted, cuchillo de oro
En medio del cielo está usted
todas las cosas hizo usted
por usted estamos todos parados.(2)
|
Luego
todos acarician el aire, porque saben que El mebin los acarica. La
machi repartió a cada uno un puñado de arvejas grandes,
llenas de Queneu-pulcu y depositaron, con suaves palabras, un grano
en cada uno de los agujeros de la piedra, “los ojos de la piedra”.
Luego, todos se llenan la boca de licor, para saciar la sed de El
mebin ni Oilkencapang, que tal como los hombres, ama el fuego del
licor por sobre todas las cosas. Mientras todos los hombres y las
mujeres conversan y se rozan con El mebin, la machi permanece aislada,
sobre una pequeña eminencia, libre de arbustos, de pie, sobre
una roca lisa como un pedestal, tañendo el ralí y entonando
un canto triste, de hermosa melodía, en el que ruega a El mebin,
que le infunda claridad y amor para su corazón y para el momento
en que deba aconsejar a Foyel.
Lleva
una delicadísima tela amarilla, tejida por las cautivas de
Arauco; su cuello moreno está adornado con los nueve llancatu,
en su seno reluce el tupú pulido, como una luna de plata, y
en la cintura lleva el ancho kepántue.
En
la cabeza lleva su bello tacú loncó, que cae cubriendo
dos largas trenzas hechas de hilos con cuentas de plata y que se enredan
de los grandes chauaitos que penden de sus orejas y de parte del pelo.
Mueve la cabeza para acompañar el ritmo del ralí, que
es el ritmo del corazón de El mebin ni Oilkencapang, y hace
sonar los dedales del tacú locó y los cascabeles de
sus pequeñas Shumell.
Es
costumbre en las Manzanas, cuando un orador toma la palabra, no mencionar
el tema del cual todos están pendientes, sino que hacerlo de
forma indirecta. Hablar de la valentía, hablar del coraje,
y narrar historias en las que esos sentimientos se hallen presentes.
Toro,
el hombre más fuerte de la tribu, tomó la palabra:
—El
mebin nos ha hecho nacer en los campos y estos son nuestros; los colorados
nacieron del otro lado del Agua grande y vinieron después a
los campos que no eran suyos a robar los animales y a buscar la plata
de las montañas. Eso dijeron nuestros padres, y dijeron que
no debíamos olvidar que los ladrones son los colorados y también
sus hijos. Pero el hombre es demasiado paciente y el colorado demasiado
orgulloso. Nosotros somos esta tierra, y ellos son intrusos. El colorado
ha visto las cartas de los Ranqueles y Mamuelches pidiendo gente e
invitando a invadir, y sabe que nosotros no hemos aceptado. Pero ya
es tiempo que cesen de burlarse, todas sus promesas son mentiras.
Los huesos de nuestros amigos, de nuestros capitanes, asesinados por
los huincas, blanquean en el camino de Choleachel y piden venganza;
no los enterramos por que debemos siempre tenerlos sobre la tierra
para no olvidar la crueldad de los colorados. Hace mucho tiempo que
no mojo mi mano en sangre de ellos. Hace mucho tiempo que no he probado
carne de huinca, y me han vuelto las ganas. No hemos hecho nada cuando
derramaron la sangre en Salinas, porque esas tierras no se las dio
Dios a Namuncurá, sino que él es intruso. Pero ahora
nosotros tenemos que defender lo que él nos dio. No sólo
de los colorados, sino también del poderoso Quilapán,
quien peleó en Chile, murió en batalla, y ahora vuelve,
en otro cuerpo, a quitarnos nuestras tierras. Los colorados han dicho
que Quilapán, quien ha arrasado poblaciones enteras de blancos
y ha matado y destruido la tierra, han dicho que Quilapán es
amigo de los del País de las manzanas. Ni Puelches, ni Moluches,
ni Picunches, ni Huiliches lo han visto. Es un desterrado de Arauco
y su sangre va chorrear por su cara de vergüenza y su pequeño
corazón va a reventar cuando confiese que
nos ha traicionado y vendido a los colorados.(3)
A
las palabras de Toro, todos los hombres y mujeres de la tribu dieron
un fuerte grito y levantaron sus lanzas. La batalla con Quilapán
estaba próxima, y Linquechem sabía que las noticias
que le había entregado a su padre esa misma mañana,
y que su padre había recibido con gravedad, estaban relacionadas
con ello. La guerra con Quilapán había sido un golpe
inesperado para todos. Si sus hombres no podían contenerlos,
fácilmente se apoderaría del valle y ellos tendrían
que morir defendiendo el bosque, o huir hacia el desierto, donde serían
presa de los colorados.
Sacrificaron
a El mebin ni Oilkencapang un colorado cautivo. Lo degollaron como
a un cordero y todos bebieron un poco de su sangre. Lo había
levantado Chacayal en un malón. Era el hijo de un gran señor
que armaba ejércitos del otro lado del desierto para perseguir
y matar a los hombres de las manzanas y a todos los que ocupan la
tierra que en otro tiempo fuera de los gigantes patagones.
Tendieron
el cadáver y lo adornaron sobre el cuero de un caballo; luego
colocaron armas, espuelas, estribos de plata, y ataron el cuerpo al
caballo muy fuerte, para que quedara bien sujeto a él. Al caballo
le quiebran el pie izquierdo delantero.
Las
mujeres se unen y dan gritos penetrantes, ofreciéndole el cuerpo
del colorado a El mebin ni Oilkencapang, y rogándole por que
sus hijos y sus maridos regresen sanos de la guerra y del desierto.
Los
hombres, después de haberse pintado de negro las manos y la
cara acompañan al cadáver hasta la próxima eminencia,
en cuya sima hay un pequeño trono de piedra. Sientan en él
al cuerpo del huinca y ruegan a las aves que lo coman y que lo lleven
al cielo para que El mebin ni Oilkencapang también lo pueda
comer. Matan también al caballo y matan carneros, pollos, corderos,
cerdos y otros animales.
Luego
de hechos lo sacrificios comienzan a transitar el camino hacia el
Agua del Nahuel. Llevan vacas, yeguas y muchos animales vivos. Foyel
va en el medio de todos, rodeado de las mujeres y abrazado a los amigos.
Lo han vestido con una ropa que le resulta extraña. Lo han
vestido como un rey. Los que siempre lo trataron más o menos
mal, ahora parecían venerarlo.
Iba
montado a un hermoso buey gigante, de los que aún había
muy pocos, en toda la tierra de los patagones. Desde allí podía
ver el valle entero. Largos cuerpos de guanacos salvajes corriendo
por la llanura, avestruces rozados entre la hierba frondosa. También
abundan los zorros, que se asoman desde atrás de las piedras
con la cola roja, entre los matorrales, y lo observan pasar. Lo miran
a los ojos y Foyel cree que hay en ellos cierta tristeza. Decenas
de cóndores se muestran altivos y derraman su sombra sobre
el suelo. Los ciervos, corren en la tarde que ya es noche, y braman
violentos y felices. Foyel los mira, los siente, entiende lo que El
mebin ni Oilkencapang le está diciendo a través de las
formas del mundo. El bosque entero ha venido a despedirlo.
Sabe
que si da muerte a Yeguajieshtko va a poder reclamar, con derecho,
a Linquechem, y que le esperaría una vida de amor y prosperidad.
Pero él no era bueno ni peleando entre los hombres. Había
tenido maestros. Muchos maestros que traía su padre, para educarlo
y para que se formase en su propia tradición y en las demás
también. De manera que en las entradas a la tierra de los colorados,
siempre procuraba abrir una partida de hombres que rescatasen los
libros de alguna biblioteca o que levantasen a alguno que pareciese
doctor. Así también había hecho Hinchel, en sus
paseos por las tierras de otros hombres vecinos de Yeguajieshtko y
del Agua del Nahuel. Entre todos estos maestros educaron al joven
Foyel para que diese muerte a Yeguajieshtko y después fuese
el hombre más grande del valle de las manzanas.
Hinchel
venía con Shayhueque y con otros grandes hombres presidiendo
la larga caravana. Muchísimo tiempo hacía que no se
veían tanta cantidad de hombres y de mujeres en los caminos.
Todos habían salido atraídos por su nombre.
Llegaron
hasta el Agua del Nahuel. Hasta el lugar donde el puma, la noche y
el agua son la misma cosa. Donde se levantan las montañas de
plata bajo la luna blanca y redonda, y donde también duerme
Yeguajieshtko.
Foyel
llegó hasta la orilla del lago. Los magos le acercaron las
piedras brillantes para que pudiese ver bajo el agua negra, y bañaron
su espada en la sangre de un cordero recién sacrificado. Foyel
levantó la espada y la piedra. Todo el pueblo estaba en la
orilla. Vio a su padre, a Shayhueque, a Linquechem, a cientos de personas
que no conocía, pero que habían venido hasta ahí
para verlo a él. Se preguntó si volvería a verlos
algún día, si el agua del Nahuel lo convertiría
en un mártir o en un rey. El lago estaba oscuro, pero las piedras
brillantes eran lo suficientemente luminosas como para mirar en la
sombra. Además también la luna había salido a
saludarlo. No quería perder el mundo.
Miró
por última vez y se arrojó.
Nadó
con la espada en la mano y la piedra brillante en dirección
a la gruta de Yeguajieshtko. La reconoció fácilmente.
Empuñó firmemente su espada y entró en la oscura
caverna. Adentró lo encontró a Yeguajieshtko. Tenía
cuarenta ojos y su rostro era una mancha negra en el agua. Cientos
de tentáculos le salían de la cabeza. Lo miró
de frente y sintió el espanto. Luego una luz lo encegueció
y Yeguajieshtko lo atrapó y lo mordió con veinte bocas.
2004
Notas
(1)Aguardiente.
(2)Richie
Rojas, Historia de la literatura argentina, Vol. I.
(3)Moreno.
Viaje a la Patagonia septentorial.