A
Julieta
Acostado
con las manos cruzadas por detrás de la nuca, en el
sillón de su camarín, el Ilusionista miró su reloj
y comprobó sin ansiedad, que faltaban veinte minutos para salir
a escena. Pensó que todo en el hotel tenía un aire triste,
un aire de alfombra marrón y naranja, de pintura vulgar, negra
y roja. Otra vez habían arreglado el cuarto “especialmente
para él”; otra vez (gente sencilla de los pueblos) habían
creído que él, por culpa del sarcófago, tenía
algo que ver con los vampiros.
Aburrido,
recorría con la vista los bordes del sarcófago y la pared
cuando vio asomarse, por detrás del ángulo superior izquierdo,
el par de antenas grandes y flexibles de la cucaracha que arrastró
su cuerpo oscuro cuesta arriba, hasta quedarse un momento quieta, majestuosa
y horrible, como reponiéndose de un esfuerzo demasiado grande.
El Ilusionista la contempló por un momento, y se acercó
con el zapato en la mano dispuesto a matarla. Pero lo invadió
el terror de que decenas de otras cucarachas iguales a esa ganasen el
piso y corrió a buscar otro zapato para no caminar descalzo.
La cucaracha seguía imperturbable. Era tan grande que el Ilusionista
creyó que estaría pronta a morir. Sintió un poco
de lástima por matarla, pero ella se había trepado al
sarcófago y había intentado dominar el espacio desde la
altura.
Una
vez había escuchado que por cada cucaracha que se ve hay otras
doce escondidas, lo que le dió a pensar que tal vez la subida
al sarcófago fuera de algún modo referida por ella, luego,
a las otras que también habitaban ese cuarto. En su nicho central,
ellas debían tener algo así como un mapa de la habitación,
una cuadrícula de referencias, un mapa con las coordenadas para
encontrar las galletitas, o para no ir a buscar comida al cajón
de las llaves. La sola presencia de esa enorme cucaracha negra lo hizo
sentirse excluido, convidado de piedra en el cuarto “especialmente
arreglado para él”.
Razonó
que toda una red, un sistema inteligente de cucarachas, le daba permiso
para ocupar el cuarto durante unas horas, y cada períodos regulares
de tiempo, enviaban una vigía para que confeccionara un informe
sobre la posición de él, y el estado general del espacio.
Y concluyó que debía matarla. Se acercó con su
zapato en la diestra, dispuesto a dar el golpe mortal.
Entonces
ella despertó como de un sueño, puso las antenas rígidas
en posición y con un movimiento ágil se escabulló
hacia el margen que quedaba entre el sarcófago y la pared. El
Ilusionista, decidido a llevar a cabo su empresa, corrió el sarcófago
de lugar y la cucaracha huyó por el borde de la pared hacia una
llave de gas que había a menos de un metro, y se escondió
perfectamente. Le pareció asombrosa la capacidad de ella para
escabullirse y sobrevivir, y antes de levantar definitivamente el zapato
pensó que ella, más allá de su paranoia conspirativa,
también debía amar la vida como él. Iba a matarla
y la luz se iría de sus ojos, y el tacto abandonaría sus
antenas.
Pero
tocaron a la puerta y entró su agente, acompañado del
conserje del teatro, que lo saludó con una reverencia.
—Maestro.
Le
dijo el conserje. Vestía un traje azul, como de nuevo rico, y
reía atrás de los gestos algo bávaros, moviendo
exageradamente la nariz porosa de alcohol.
—Un
momento por favor. Déjenme solo un minuto, ya estoy con ustedes.
Dijo
el Ilusionista. Los otros se quedaron mudos por un instante, y se miraron
antes de salir. Su agente, en un desesperado intento por sentirse útil,
desde el borde de la puerta y la pared, le recordó que faltaban
sólo cinco minutos para salir a escena.
Cuando
hubieron salido se paró de un salto y comenzó a ponerse
el traje para salir a escena. La cucaracha quedaría para otro
momento, tal vez para la madrugada, cuando volviese cansado y estuviese
demasiado aburrido, sin poder dormir, en el sillón. Tres noches,
a dos funciones diarias (menos el debut, única función
nocturna), eran en total cinco presentaciones. (Según lo que
había dicho el conserje del teatro, estaba siendo un verdadero
éxito en la ciudad, y su nombre estaba pegado a la boca de todas
las mujeres). Avanzó por el pasillo con su agente, quien mientras
caminaba a su lado le decía que en la sala estaba el mismísimo
Gobernador, sentado en la primer fila, junto a su señora esposa
y a su hija.
Luego
se sumaron su maquillador (que lo retocaba mientras caminaba) y el muchacho
que llevaba el sarcófago. El Ilusionista iba al frente.
—Decile
al conserje del teatro que en el cuarto hay, por lo menos, doce cucarachas.
Le
dijo a su agente que tomaba nota en una pequeña libreta.
—Y
también que le digan a la cantante lírica que por la noche
no practique.
Hacía
más de veinte años que presentaba su acto y aún
sentía esa misma prisa en el estómago, aún caminaba
con cierta pompa los últimos metros antes de salir a escena.
Parado junto a la última puerta antes de subir por la escalera
al escenario estaba el productor junto al conserje, que reía
con la cara grande y roja, y levantaba las manos haciendo reverencias
toscas con todo el torso, que suscitaban miradas agudas por parte del
Productor. Éste, fue (tal como se acostumbraba) quien le dio
el último saludo, apretándole la mano y diciéndole
“merde” al oído.
La
sala era bastante grande, por lo menos habría unas ciento ochenta
personas, cifra que le pareció más real que las trescientas
ocho que había dicho, ufanándose, el conserje esa misma
mañana en su camarín. Con su número se cerraba
el espectáculo, y el presentador lo nombró (previsiblemente)
como oriundo de Transilvania, y dijo de él que no en vano el
caro público había esperado para ver al Maestro, y agregó
que (sin deseo de ofender a los demás artistas), en breve asistiríamos
todos a un verdadero prodigio. El sarcófago aún no estaba
instalado, y el Ilusionista, de cara al público que lo escrutaba
ansiosamente, tuvo un momento para ver al Gobernador y a la hija del
Gobernador en la primera fila, quien lo miraba con los ojos húmedos.
Dio
media vuelta, caminó hasta el sarcófago y entró
con una desagradable sensación de que pudiera haber otras cucarachas
adentro. Luego cerraron la puerta, y mientras aún oía
la voz del presentador, que invitaba al silencio y a la expectación
del milagro; comenzó a ver, en un ángulo oscuro, la noche
que se iba tierra dentro hacia una lejana fosforencia. No había
luna, y por todos lados se extendía el desierto negro. Sin que
pudiera resistirse, el frío lo rodeó y comprobó
los dedos tiesos y la boca seca. Comenzó a caminar hacia el horizonte,
con la esperanza de encontrar al lobo; y a poco que avanzó por
la tierra helada, comprendió que el sueño había
concluido y que, otra vez, había regresado a la más inmediata
realidad.
En
otro lugar, que se alejaba como el agua, el Presentador, de traje blanco
y bisoñé casi color naranja, abría el sarcófago
vacío y se congratulaba, ante el caro público, de no haber
exagerado al hablar de milagro.
La
platea, enardecida, aplaudió de pie.
2002