Aproximación
a una reflexión sobre el discurso religioso durante el período
rosista.
Espíritu de Rosas, ángel hermoso y sangriento, te invoco
antes de comenzar estas líneas para que me infundas a mí,
y a mi lector eventual, con tu fuego divino y con tus hermosos ojos
hechos de dolor y de alegría.
El
rosismo como discurso republicano.
El
objetivo del presente texto no será tanto pensar categorías
nuevas acerca del problema de la relación entre Estado e Iglesia
durante el período rosista, como revisar algunos aspectos de
aquellos textos que fueron creando el perfil de Rosas, y de ese mundo
perdido en el tiempo y fascinante, un mundo que duró apenas veinte
años, pero que repleto de vida y de muerte, tuvo una forma de
ser particular, tan hermosa como siniestra. Nosotros, lectores de la
historia, coleccionistas de hechos, intuimos la desgarrada belleza de
ese mundo a través de los textos que nos lo narran. Entre aquellos
destacamos dos de los más hermosos y violentos testimonios de
la literatura impresa bajo el signo de nuestro Estado: el tan conocido
por todos Facundo, civilización y Barbarie, de Sarmiento,
por supuesto; y el no menos conocido, pero siempre menos leído
y revisado, Rosas y su tiempo, de Ramos Mejía. Deberemos
mencionar, también, el primer volumen de los nueve que forman
la imponente Historia de la Confederación Argentina
de Saldías, y que lleva por título, Rosas y sus campañas;
así como los dos libros de Lucio Victorio, Mis memorias
y Rozas, ensayo histórico psicológico; tanto
como su ya gastada de tan leída causerie, Los siete platos
de arroz con leche, y alguna reflexión, siempre latente,
del insuperable Una excursión a los indios Ranqueles;
entre los del siglo XX, mencionaremos al desapasionado y brillante estudio
de Jorge Myers, Orden y Virtud; y, por último, a la
siempre problemática Biografía de Juan Manuel de Rosas,
de Manuel Gálvez. Nuestro corpus, lejos de ser exhaustivo, adolece
de innumerables ausencias; sin embargo, invocamos a las musas de la
pasión por la escritura y de la razón; y confiamos en
que a partir de ellos podremos pensar algunos de los aspectos más
interesantes y apasionantes de la relación entre la religión
y el discurso republicano durante el período de la dictadura
rosista.
Son
conocidas por todos, ya, algunas de las modalidades que la exaltación
religiosa tomó durante la experiencia rosista. La hipótesis
que seguiremos en este trabajo se encuentra de manera explícita
en el texto de Myers; aunque ya existía, de manera implícita
(aunque el texto de Myers no lo haga evidente), en el de Ramos Mejía
antes mencionado; nos referimos específicamente a la utilización
del discurso religioso durante el período rosista como instrumento
para la conservación e implementación de un ideal republicano
(Myers), y ante todo secular (Myers y Ramos). Esta forma de apropiación
del discurso religioso nos hace resonar el eco de la voz de Laclau y
su formulación de los significantes vacíos, como aquellos
elementos particulares que se tornan universales y funcionan como garantía
y respuesta a una serie de reclamos provenientes desde diferentes sectores
de la sociedad. Con esto no queremos decir que el discurso religioso
durante el rosismo haya funcionado efectivamente como un significante
vacío, sino que, nos importará más pensarlo en
función de un problema más elemental, como fue el del
Orden, durante los años que siguieron a las guerras independentistas.
Éste, podemos decirlo con seguridad, fue el problema más
urgente que, durante las primeras décadas de nuestra historia,
tuvieron que enfrentar aquellos que se propusieron como meta de vida
definir los límites de la incipiente República. Éste,
el orden, claro, fue el primer asunto, siempre, para el período
rosista, y podemos afirmar sin temor a equivocarnos que cada uno de
sus movimientos, que desde el vidrio de la historia vemos con fascinación
y con terror, cada uno de esos movimientos, en fin, que contribuyeron
a crear su idiosincrasia, estuvieron dirigidos hacia una sola meta,
hacia un solo fin: la implementación y la conservación
del orden como garantía de los derechos particulares en armonía
con el bien colectivo. De manera que no nos importará leer el
discurso religioso como un significante vacío, porque entendemos
que su aplicación (como profesión del culto y no de la
fe) tuvo su razón de ser en función de alimentar aquel
otro gran significante vacío, del que ya se ha hablado, el orden.
Es decir, tal como Myers y Ramos lo entienden, el límite preciso
del discurso religioso durante el período rosista era el límite
de la esfera del Estado; todo el culto y la exaltación de la
fe habrían sido sólo móviles para la conservación
de un ideal secular; lo único incontrastable era la palabra de
Rosas, y Dios debía, por fuerza, someterse; esto provocó,
como se comprende, un derrame de significado y una saturación
de la puesta en escena de un discurso que había dejado de ser
providencial para pasar a ser político. La ciudad virtuosa que
Rosas construyó, y que no es otra que la hermosa Buenos Aires
de Mis Memorias de Lucio Victorio, debía inculcar en
el corazón de sus habitantes la moral de los preceptos cristianos;
no como un asunto de la providencia, tanto como un asunto de la cosa
pública.
En
palabras de Myers, el orden que buscaban instaurar los rosistas puede
interpretarse tanto en clave republicana, como en clave cristiana. La
virtud cristiana fue el cemento social incontaminado por las inconveniencias
que había traído la revolución y el fracaso del
gobierno de Rivadavia. Rosas, como respuesta a la persecución
religiosa por los unitarios, repone la legalidad y legitimidad de la
religión, y la coloca a la derecha de su gobierno. Sin embargo
el vínculo entre la religión y la política del
rosismo fue complejo, puesto que, por un lado, el oficialismo era un
discurso republicano independiente de la fe (Myers), y, por otro, se
consideraba al clero como un elemento útil para la consolidación
de un orden netamente secular. De manera que en la lectura que Ramos
y Myers hacen del período, el rosismo se consolidó a partir
de un acto de apropiación lingüística y moral de
las categorías de la fe, que se presentaba como la amalgama perfecta
entre la reposición de los antiguos valores perdidos durante
la época virreinal y la implementación de un nuevo sistema
de gobierno cuya legitimidad descansaría más allá
de Dios, sobre los hombros de un solo hombre, del “más
virtuoso de los ciudadanos” (Saldías), brigadier de los
ejércitos más disciplinados, auténtico Cincinato
del Plata, que tal como Washington, deja el arado y toma la espada para
reponer las garantías públicas y regresa al campo para
seguir con sus tareas particulares. El suyo es una novedosa forma de
republicanismo mesiánico, cuyo gran lema es el Orden y cuyas
bases de entendimiento, los preceptos de la moral cristiana.
El
discurso religioso, durante el período rosista, deja de ser un
discurso en sí mismo, para pasar a ser un discurso en función
de un fin que lo excede. El orden era el primer imperativo social, y
la profesión del culto se someterá a él, y no el
orden a los principios cristianos.
Es
un doble juego de conveniencias que no está regido meramente
por un imperativo económico, ni por un pasado político,
ni siquiera por la compatibilidad de los discursos y de los intereses,
como por la intensidad de una relación y la existencia de un
enemigo en común. La circunstancia latinoamericana y argentina
hizo que durante veinte años rosistas y católicos se ayudaran;
sin que en ello se entendiera que los rosistas fueran católicos,
ni que los católicos creyeran que el mejor de los gobiernos fuera
una tiranía a la manera que Rosas administraba la suya. Si ello
hubiera sido de esa forma, y tal vez sea una estupidez decir esto, Rosas
habría apoyado a las denominadas “tropas de la fe”
que lideradas por Tagle, en el 23, amenazaron con derrocar al gobierno
interino de Rivadavia; y en la misma línea, la iglesia, siempre
tan cuidadosa con sus fieles, no lo habría abandonado, de la
forma que lo hizo en sus años más oscuros, durante su
larga agonía en su infierno de niebla. De modo mucho más
sólido que estas vagas meditaciones, Myers señala la tensa
relación entre el Vaticano y el Estado Argentino, relación
cuyo momento más tenso había sido preocupación
no sólo del rosismo, sino también de los rivadanianos,
debido a la existencia de un poder pontífice en el seno del Estado,
que respondiese no sólo a una potencia extranjera, sino, quizás,
a un potencial enemigo. Myers cita al historiador católico Américo
Tonda, quien aduce que en 1851 el Vaticano envió un representante
a Buenos Aires para reestablecer relaciones y fue el gobierno porteño
el que se negó, con la excusa de que aún no estaban dadas
las condiciones políticas. Para no decir más bravatas
vamos a oír la misma voz de Myers: “El papel que en el
sistema rosista se le asignó al discurso de una política
cristiana y a sus propagadores naturales fue en consecuencia muy secundario.
La doctrina católica era invocada por Rosas y sus publicistas
sólo en los momentos que él consideraba apropiados, y
siempre en respuesta a las exigencias cotidianas de la política
práctica” (Pág. 88-89).
Lo
que no exime, claro está, que hubiera una sobresaturación
del discurso católico por parte de los publicistas del rosismo,
que incluso llegase hasta el barroco de apropiarse y transformar no
sólo algunas de sus consignas, como sus hábitos de vestimenta
y de práctica. La relación entre Rosas y Dios, entre Dios
y el ejército federal y, finalmente, la formulación de
un Dios federal, no son sino ejemplos de una manipulación bizarra,
que como una naturaleza apócrifa deforma a su presa desde adentro.
Rosas se apropió del discurso religioso de la única forma
en que sabía apropiarse de las personas, tal como nos instruye
el gran Ramos Mejía, es decir, ridiculizándolas, parodiándolas
hasta lo violento.
Hay
un momento, sin embargo, en el que el discurso del rosismo y el de la
fe católica se amalgaman de una manera perfecta. Es cuando hablan
de su enemigo común. En la figura del unitario que se traza durante
el rosismo pueden rastrearse básicamente tres pilares de adjetivación;
es decir, el unitario es tres cosas fundamentales: un enemigo social,
un enemigo privado y un enemigo moral. Es un enemigo social porque su
conducta política lleva a la anarquía y a la falta de
orden; es un enemigo privado porque su reputación donjuanesca
seduce por tradición a las mujeres y rompe la homogeneidad de
los hogares; y finalmente es un enemigo moral porque su conducta no
se condice con los principios de la religión católica.
De
los tantos adjetivos y epítetos extravagantes y tan alegres como
violentos, que gracias a estos textos hermosos hemos podido leer, el
que más nos cautivó fue uno que hallamos en una nota del
libro de Ramos Mejía y que señala una filiación
entre los unitarios y los indios caribes. Este ejemplo, menor, nos pareció
perfecto en la medida que creemos que se puede leer en él, como
un ningún otro lugar, la realización ideal, a nivel discursivo,
de un pacto político, que en la praxis estaba atravesado por
espesas sombras. En el epíteto que reúne a los unitarios
con los indios caribes hay una especie de pacto primitivo, esencial,
entre las causas de los federales y las de los católicos; los
caribes, como se sabe, fueron los primeros enemigos de la fe en América;
su primer otro trascendente. En la ya tan conocida fórmula
de Gómara, que justifica el descubrimiento de América
como una acción de Dios y, en consecuencia, que los españoles
no dejasen de guerrear y de tener enemigos para celebrar sus glorias
militares, los caribes representan el enemigo ideal para la América
católica, no el más célebre, ni el más complejo,
pero sí el primero, el más primitivo. Por otra parte,
que los federales digan unitarios caribes puede pensarse como
una acción de rebote, pues al decir caribe al unitario, se le
está diciendo bárbaro, mote que en principio es emitido
desde el enemigo político (que se presenta, a priori, como el
espacio de la civilización), pero que regresa, en boomerang,
gracias a esta estrategia discursiva que, por supuesto, da excelentes
resultados al rosismo. De esta manera, federales y católicos
se reconocen en una cruzada por combatir una misma forma del mal, forma
convenientemente “primitiva”. Por supuesto, la puesta al
mismo nivel de dos significantes históricos anacrónicos
implica una igualdad forzosa, violenta; los unitarios son los enemigos
primeros y americanos, sobre todo americanos, de los federales; así
como los caribes son de los católicos. Pero la distorsión
entre ambos términos no sólo es anacrónica, sino
que además está pactada de forma desigual. Los caribes
representaban para los españoles del siglo XVI una forma de otredad
radical, los españoles no tienen que hacer ningún esfuerzo
para diferenciarse de los caribes, la distorsión es inmediata.
En cambio el unitario, representa un tipo histórico distinto
de otredad; representa un tipo de otredad complejo, porque a diferencia
de los caribes, el unitario podía estar en cualquier lado, podía
confundirse con los hombres buenos, no bastaba con saber leer la piel
para encontrarlos; era necesario saber leer el alma, y en el alma, su
pasión política. Para los que no tenían ese olfato,
Rosas inventó todos sus dispositivos disciplinarios y los desplegó
por toda la ciudad, imprimiendo leyes y castigos, pequeñas ofensas
cotidianas, como el uso del bigote federal, o del cintillo punzó,
su obsesión por la identificación de los amigos y de los
enemigos era de una naturaleza distinta a la que iba a primar, fundamentalmente,
desde la década de 1870. Rosas había estrechado lazos
de sangre con los “indios amigos”; y definió lo que
podríamos llamar una ontología política republicana,
antes que racial; contradiciendo en un mismo gesto a los discursos científico
y religioso, apoyados sobre ese primer axioma. De manera que decir unitarios
caribes, no representa sólo un problema anacrónico, como
un problema primitivo, fundamental; hay una incompatibilidad ontológica
entre ambos, por que ambos son enemigos de un modo diferente; tan radical,
tan violenta es la asociación, que antes que producir risa, da
una cierta idea de temor; toda la sangre de los caribes derramada por
la religión, se va a derramar ahora, de los nuevos enemigos,
de los unitarios; los indios ahora son amigos, son funcionales al orden;
a los otros, hay que buscarlos de una manera sistemática y prolija,
hay que encontrarlos y expulsarlos entre los hombres buenos y bien educados.
Recapitulemos,
entonces. Decir unitarios caribes implica una relación posible
a nivel discursivo, pero imposible, cuando menos de un modo sincero,
a nivel de la praxis. Esa misma incompatibilidad originaria se halla
en el seno de la relación entre el discurso rosista y el discurso
de la religión. Es en la relación con los indios, en donde,
nos parece, mejor se puede leer la idea de Myers de que el discurso
rosista se articula sobre un lenguaje independiente del católico
y del científico, es decir, un lenguaje netamente republicano.
©
Ezequiel Vinacour