el interpretador de época

 

Literatura y crisis

Nuevos modos de representación en los años cero

por Juan Pablo Lafosse

 

 

      

 

 

 

 

 

 

Los valores cambiaron.
Florencia Abbate

La intemperie

- No quiero que sean como nosotros, Ernesto. Educados para despreciar a los que tienen menos plata, menos apellido, o la piel más oscura. Para tratar a las personas como cosas y a las cosas como dioses. Para venerar lo inglés y lo yanqui y despreciar lo argentino y lo latinoamericano. Para mandar y para obedecer.
Carlos Gamerro, La aventura de los bustos de Eva

 

Hacia fines de los noventa se inició en la sociedad argentina una profunda crisis de los paradigmas dominantes, que no fue ajena a un contexto internacional, y que se intensificó exponencialmente a partir de los hechos ocurridos el 19 y 20 de diciembre del 2001(1). La caída de un presidente inepto parecía acompañar el fin de un modelo de país. Un modelo que se inició con el golpe de 1976, que continuó en el gobierno radical y que durante los noventa se potenció a través del proceso de “modernización” neoliberal que integró a la Argentina a la dinámica de una globalización “irreversible”. Amparada por la teoría del  fin de la historia la última década del siglo XX estuvo marcada por las privatizaciones, el desembarco de empresas multinacionales, el crecimiento indiscriminado de las importaciones y la consiguiente destrucción de la industria nacional, la masificación de la TV por cable, el exitismo, el pago en cuotas y los viajes al exterior.

Enunciar que hubo un giro que permite marcar un antes y un después en términos ideológicos y del que, invariablemente, participa la literatura(2) nos obliga a preguntarnos cuáles son estos cambios, en dónde se encuentra su origen y cuál sería la novedad en los modos de representación. Nuestra hipótesis es que el rotundo fracaso del modelo (del cual los acontecimientos del 19 y 20 son a la vez consecuencia y motor que permitió poner en evidencia lo insostenible del mismo) puso en crisis los significados, dejando un vacío de sentidos, un desierto(3), que necesitaba ser llenado, y obligó a los argentinos a modificar el destino de su mirada. Si durante los ochenta y los noventa la clave parecía ser mirar hacia delante, y nuestro destino se intuía en un afuera, constituido por el propio desarrollo y la fuerza de un proceso global liderado por el Primer Mundo, la  realidad se ocupó de desmentir la viabilidad de esta lógica, que se hizo añicos frente a las crudas imágenes de un estallido social sin precedentes. La necesidad de reencontrar un sentido para reconstruir un camino transitable posibilitó en los últimos años el desplazamiento de la mirada hacia determinadas zonas de nuestro pasado que fueron silenciadas y ridiculizadas por el discurso dominante de las dos últimas décadas del siglo XX.  

Si bien es inevitable poner en relación este revival del pasado con los cambios políticos que se han dado a partir de la crisis, ligados a lo que alguno llamó la vuelta del zurdaje, y a esos vientos nuevos que vienen soplando sobre Latinoamérica, que remiten ideológicamente a los años sesenta y setenta,creemos que este fenómeno supera ampliamente esta dimensión: en nuestra perspectiva, esta focalización en el pasado, que por momentos se construye como oposición y contracara del discurso neoliberal de los noventa, tiene como uno de sus ejes la revalorización de lo nacional y popular, retomando cierta preocupación por lo social en términos ajenos al imaginario de la década menemista. Esta resignificación de lo nacional y popular se origina en las preguntas básicas de los periodos de crisis: ¿quiénes somos? y ¿hacia dónde vamos? Todo debate en torno a la identidad de un pueblo parte de su propia historia y se derime en función de lo que se quiere ser, en un futuro ideal y posible. Como decíamos, en ese vértice se configura un presente en el que puede tener un peso mayor la mirada retrospectiva, en la que se valora la propia historia, o bien la prospectiva, en la cual el pasado adquiere el valor de “lastre” en el camino hacia el progreso. Justamente, es este tránsito de la dominancia del olvido a la preeminencia de la memoria es lo que creemos ver en el comienzo de este siglo. 

Que el carnaval, la murga(4) y el tango(5), vuelvan a estar vigentes parecería demostrar que la norma de prestigio ya no sólo se define en lo importado, en lo nuevo o en lo moderno. Reencontrarnos, reconocernos, indagar en el “ser argentino” y sus mitos se ha convertido en una necesidad que se percibe a diario en ámbitos muy diversos: desde La argentinidad al palo(6) que canta Gustavo Cordera de La Bersuit, pasando por el libro Argentinos de Lanata, el revisionismo de Pigna, la serie Vientos de agua de Campanella, el programa de TV Argentinos por su nombre conducido por Andy Kusnesof o el éxito de la radio Mega 98.3 de puro rock nacional, que apareció en abril del 2000 y que en sólo un mes se convirtió en la FM de mayor audiencia, los ejemplos se multiplican y se vuelven cotidianos. 

En la literatura encontramos una marcada presencia de obras que se suman a esta red discursiva que, enfática o tangencialmente, vincula nuestra realidad contemporánea con nuestro pasado. Por un lado, y en paralelo a la publicación de numerosos textos ensayísticos entre los que cabe resaltar La Voluntad (Norma, 1997) de Caparrós-Anguita y los trabajos de Pilar Calveiro(7), se explaya una serie narrativa que propone una memoria crítica de los grandes relatos de la década del setenta (la militancia, el terrorismo de estado, los desaparecidos, etc.) abordándolos en forma directa. En esta línea se destacan, entre muchas otras, las novelas El secreto y sus voces (Norma, 2002) y La aventura de los bustos de Eva (Norma, 2004) de Carlos Gamerro,  Dos veces Junio (Sudamericana, 2002) y Museo de la revolución (Mondadori, 2006) de Martín Kohan, y Ni muerto has perdido tu nombre (Sudamericana, 2002) y la recientemente reeditada Villa (Alfaguara, 1995) de Luis Gusmán. En el terreno de la poesía quizás sea el poema El ignorante (Tantalia / Crawl, 2004) de Juan Terranova, el más representativo y provocador, al plantear el debate ideológico sobre los setenta en términos generacionales.  

El prólogo de La aventura de los bustos de Eva comienza de la siguiente manera:

 

El día que Ernesto Marroné descubrió, al volver a su casa del Country Los Ceibales tras una hermosa tarde dedicada al golf, el póster del Che Guevara colgado en la pared del cuarto de su hijo adolescente, supo que el momento de hablar de su pasado guerrillero había llegado(8).

En este párrafo inicial se ponen de manifiesto los tres momentos sobre los que se estructura la emergencia de lo pasado: un primer momento, constituido por el “pasado guerrilero” de Marroné, enmarcado en los turbulentos años setenta; un segundo momento, antítesis del primero, conformado por la vida en el “Country Los Ceibales” y la dedicación al golf, que abarcaría los ochenta y noventa; y un tercer momento, que se ve representado en “el póster del Che Guevara colgado en la pared del cuarto de su hijo adolescente”, que remite a los años cero. 

Por otro lado, encontramos otra serie literaria que evade la descripción de los hechos históricos concretos y trabaja sobre el universo del pasado, abordándolo indirectamente. En su veta más nostálgica, podemos encuadrar parte de la cuentística de Fabián Casas y Ariel Bermani, los relatos de Villa Celina(9) de Juan Diego Incardona y determinadas zonas de la obra poética de Rodolfo Edwards, que conforman un conjunto de historias de la infancia y adolescencia que remiten a un pasado idealizado de valores y códigos que se han perdido con el paso del tiempo y se construyen alrededor de la experiencia del barrio, como espacio de resistencia a la modernización: en el Boedo de Casas, en “el barrio azul y oro”(10) de La Boca de Edwards, en el Adrogué(11) de Ariel Bermani y en la Villa Celina de Incardona. El prólogo de los cuentos nucleados alrededor de este último comienza de la siguiente manera:

“Villa Celina se encuentra en el sudoeste del Conurbano Bonaerense, en el partido de La Matanza. Aislada entre las avenidas General Paz y Richieri, tiene ritmo pueblerino y aspecto fantasmagórico. Barrio peronista como toda La Matanza, su vida social gira en torno a los clubes, la Sociedad de Fomento, la Parroquia Sagrado Corazón y las escuelas del estado.”

En ese ritmo pueblerino, en la vida social del barrio y sus espacios de sociabilidad (la calle, los bares, los clubes, las Unidades Básicas, los colegios estatales, etc.) se reconocen los lazos sociales que la posmodernidad ha resquebrajado. En la escritura se percibe la añoranza de esos tiempos que se intuyen más felices: tiempos de aventuras con la barra de amigos por las calles de Boedo (Casas, El bosque pulenta(12)) o Adrogué (Bermani, Adrogué), de repartir juguetes a niños carenciados junto a los compañeros de la Unidad Básica (Incardona, Los reyes magos peronistas(13)), de amoríos imposibles con aquella que debería “haber sido tapa / de Siete Días / en alguna semana de mil novecientos setenta y tres” (Edwards, La novia de los Beatles(14)). La potencia de estas obras se sostiene en la contraposición de ese pasado con lo que vino después, una Argentina transformada, “modernizada” velozmente,  que vivió la conversión de los cines de barrio en complejos multicines, de los clubes sociales en gimnasios de cadena, de los bares tradicionales en Pizza-Cafés, de los almacenes en hipermercados, que vio desaparecer los pequeños teatros y sufrió el deterioro de la Educación Pública. Allí, en el enfrentamiento entre esos dos mundos, el de los pibes de barrio que se pasean en “siamditellas turquesas” o “fititos tristes” y el de “los jóvenes ganadores” (que) “se compran / BMW rojos de la propaganda / y se pasean por la Costanera Norte / con  las hijas de los industriales” (Edwards, Mi fitito triste(15)) puede leerse la distancia entre dos modelos antagónicos.

Ahora bien, ese universo del pasado no sólo remite a la literatura que tiene como marco un tiempo pretérito. También cobra cuerpo en las obras que partiendo del presente van hacia el pasado, cuyo ejemplo paradigmático es El año del desierto de Pedro Mairal; en aquellas que relatan hechos cercanos intercalados con flahbacks del pasado, entre las cuales podemos nombrar a Veneno (Emecé, 2006) de Ariel Bermani y El grito (Emecé, 2004) de Florencia Abbate y las que representan a la Argentina de los últimos años, en las que, como hemos argumentado, se percibe la revalorización de lo nacional y popular.  En este último grupo, que incluiría a Washington Cucurto y su obra, a la poesía de Naty Menstrual, a Juan Martini ysu novela Puerto Apache (Sudamericana, 2002), a Sergio Bizzio y su respectiva Rabia (Interzona, 2005), entre otros, podemos sumar a los ya mencionados Casas, Incardona, Bermani y Edwards. Los personajes de esta serie literaria son de clase baja y de clase media baja. Son, en muchos casos, los que se cayeron del sistema, los nuevos pobres. Son obreros de la construcción, mucamas, cantantes de cumbia, buscavidas, dealers, jugadores de fútbol fracasados, travestis y repositores de supermercado. Son los verdaderos ausentes de la fiesta menemista, los drásticamente olvidados por las políticas oficiales, los que no tuvieron voz durante décadas y que hoy volvemos a escuchar. 

Pensemos esta resignificación de lo nacional y popular, este cambio en el modo de representación de las clases relegadas a partir de la crisis y la traumática transformación del tejido social. De golpe ser ignorante y comerse las eses, marca estigmatizada de las clases populares, parece esconder un grado de verdad y deja de ser razón suficiente para convertirse en objeto de risa(16) de las clases medias. Términos denigrantes y discriminatorios tan de moda en los 80 y en los 90, como grasa, pardo, negro, groncho, cabeza, villero, ya no se utilizan con la misma ligereza. Si nuestro destino era entrar al Primer Mundo, poco sentido tenía prestar atención a esa parte de nuestra realidad local que nos estorbaba el camino. Pensémoslo en otras esferas de la cultura. Los canguros de Jorge Asís(17), actualización ochentosa de los monstruos(18) de Cortázar, hoy son las estrellas estelares de la prime time de la TV argentina: en un recorrido que inicia  Gasoleros (1998), continúa El sodero de mi vida (2001) y Los Roldán (2004)(19) y que remite a las novelas de principios de los setenta, como Rolando Rivas, taxista (1972),  que también tenían como protagonistas a personajes de clase media baja, podemos ubicar a Sos mi vida (2006), la exitosa serie de Polka, en donde la heroína, una Natalia Oreiro “engrasada”, es una boxeadora que vive en un conventillo. Al mismo tiempo, otra boxeadora de origen humilde, la Tigresa Acuña, compite en el programa de Tinelli, en el que la ganadora, gracias al voto de “la gente”, es Iliana Calabró, rebautizada como “la voz del pueblo”. Hace 15 años se escuchaba a Ricky Maravilla en las discos más pitucas de la ciudad de Buenos Aires, pero no era más que una burla, una forma políticamente correcta de marcar la distancia entre los Unos y los Otros. Hoy la cumbia, el tango y la murga se integran al rock (pensemos en los hermanos Calamaro, en Daniel Melingo y en grupos como Bersuit Bergarabat, Los Cadillacs y Los Piojos) y a la música electrónica (géneros modernos y foráneos). 

En el imaginario colectivo (y en la contundencia de la materialidad socioeconómica) la distancia entre la clase media y la clase baja se ha acortado. Volviendo a la literatura, el empobrecimiento de los sectores medios se problematiza en gran parte de la producción contemporánea. Por momentos este descenso social se representa como un proceso trágico, como una amenaza a la vida acomodada de los personajes: en El año del desierto, la intemperie, que no puede sino leerse como metáfora de la crisis, llega para destruir todo aquello que rodea la existencia de María, heroica narradora de los hechos. En el cuento La intemperie(20), de Florencia Abbate, que como ha señalado Elsa Drucaroff(21) puede y debe ser leído en relación con la antedicha novela de Mairal, encontramos a Flavio en un proceso de “despojamiento”, en un “devenir villero(22)” y de quién la narradora comenta: 

“…en un solo instante me di cuenta que ya nunca iba a tener inspiración suficiente ni energía para volver a empezar. Era como un árbol sin ramas, girando sobre sí mismo sin llegar a escapar de sí mismo; como si se hubiera curado de una enfermedad y no quedara nada. Como si hubiese perdido la confianza en estar para algo. O tal vez, la fe en estar(23)”. 

En los relatos articulados en forma de diario que conforman Bailando en este mundo gastado de Martín Llambí  se puede leer: 

“Cuando te convertís en pobre (sepan disculpar la exageración) aparecen restricciones. De todas formas, una de las cosas más molestas de la pobreza es que uno empieza a hablar de dinero. Les aseguro que es muy aburrido.(24) 

En este “devenir villero”, en este empobrecimiento en un “mundo gastado” lo que se pone en juego es cómo llevar adelante el descenso social. La pregunta que parece formularse es si es posible cruzar el límite de la propia clase en forma digna. Si este proceso implica convertirse en “negro”, lo cual supone un cambio no sólo material sino también simbólico, al mismo tiempo que se cuestiona la propia esencia de la “negritud”. Veamos algunos ejemplos: en otra obra de Mairal, el cuento La vuelta(25), las amigas de Belén, una de las protagonistas, que se enamora de El indio, un buscavidas que realiza pinturas corporales en la playa, le advierten que no se junte con él y su amigo César porque “son unos negros(26)”. Aunque Belén elije “ennegrecerse” al optar por proseguir su amorío con un hippie ambulante y abandonar a sus amigas de clase media alta, el final del cuento parece negar la posibilidad de las relaciones entre personas de diferente origen social.  En el cuento La edad de la razón(27) de Romina Doval, que gira en torno a una niña que va a tener un nuevo hermano, leemos: 

“Por qué su mamá no era como las otras mamás embarazadas que se tocan todo el día la panza y dejan que otros se la toquen. Me parece que éste va a salir negro, decía todo el tiempo. Carolina se enojaba. Cómo negro. Si sale negro, lo tiro por la ventana. No quería un hermano negro. Quería una hermana. Rubia y de ojos azules. Para cuidarla como una mamá, jugar a las muñecas y también a las visitas(28).”

En este caso la “negritud”, que insistimos en asociar al descenso social, se percibe como amenaza que debe ser eliminada, acción que se intuye en el último párrafo del cuento. 

Otros dos textos que forman parte de la antología de cuentos La joven guardia, de narradores nacidos después de 1970, son relatos de la emigración que exhiben un enfoque diferente del desclasamiento. Tanto Argentinidad de Diego Grillo Turba como El imbécil del Foliz de Gabriel Vommaro cuentan historias de jóvenes que han partido a Europa en busca de una oportunidad que no encuentran en su propio país. En ambos casos su fortuna parece estar asociada a su “argentinidad”: en el primero, Horacio, debido a su facilidad para conseguir mujeres, da clases de “como ser argentino” a un grupo de alemanes: “Lo que intento decirte es que tu éxito es pura y exclusivamente porque sos argentino, porque te manejás como argentino(29)” le explican. En el segundo el narrador logra a través de su sonrisa argentina atraer clientes y multiplicar las ventas del bar en el que trabaja. La escritura parece expresar, o mejor dicho, lo que creemos leer aquí, es “podemos ser inmigrantes ilegales y trabajar de lavacopas, podemos ser exiliados de un país en crisis, podemos perderlo casi todo, pero lo que nos queda es nuestra identidad, lo que nos permite seguir sintiéndonos dignos es nuestra argentinidad.” “Lo importante es considerarse importante” le explica el protagonista del cuento de Grillo Turba a sus alumnos germanos, y luego agrega “si ustedes se creen el centro del universo, comenzarán a ser argentinos(30)”: hay algo en nuestra naturaleza que nos faculta a enfrentar las situaciones más adversas, incluyendo el descenso social, con decoro. A sostener en el plano simbólico lo que muchas veces no podemos lograr en el plano material. Aunque en el epílogo del cuento Argentinidad, el plano material se impone y la policía inmigratoria deporta al argentino. Lo material se impone a lo simbólico, aún cuando "lo material", a su vez, esté construido también de lo simbólico 

Somos un problema del siglo XXI(31) reza un cartel a la entrada de Puerto Apache, un emplazamiento ubicado en Costanera Sur, frase que podría reformularse como “somos un problema del siglo XX que debe ser resuelto en el siglo XXI”. La novela de Martini construye un mundo imaginario producto de la desintegración social que se rige por sus propias leyes. Los personajes son desclasados que toman posesión de tierras desocupadas y las convierten en su territorio, en su pertenencia. Sin embargo se saben ajenos a esa nueva realidad y se niegan a ser confundidos con los negros: 

“Puerto Apache no es una villa, no es un montón de latas y de mugre. Hay cuestiones que tienen que quedar claras. Acá no somos villeros, negros, chorros, malandras, asesinos… Puerto Apache es un emplazamiento. Y hay mucha gente de bien en Puerto Apache. Si uno está acá es porque está pero no porque no merezca estar en otro lado. Los giles, los diarios, la TV, incluso la Pe Efe y los pibes de la Prefectura, todos la entienden cambiada. La realidad se presta para entenderla cambiada. Eso es verdad(32) 

Aceptar la negrura, exhibirla con orgullo, incluso festejarla, es la respuesta que adoptan ante la crisis algunos de los escritores que hemos  puesto en serie. Es este el camino que toma Washington Cucurto, quién se presenta desde el comienzo de varias de sus obras como guía turístico de los submundos que quiere dar a conocer a sus lectores: las primeras palabras de El hombre del casco azul son: “Hola, chiris queriditos. Bienvenidos a una mañana de mi vida. Hoy viajaremos con el Hombre del Casco Azul, ese soy yo(33)”. Desde la presentación a Cosa de negros(34) nos seduce: 

“Señoras y señores, bienvenidos al fabuloso mundo de la cumbia. Están por ingresar con boleto preferencial (y en una Ferrari) al magnífico barrio de Constitución, cuna de la mejor cumbia del mundo, lugar donde todo es posible. Maravíllense con esta atolondrada historia de amor entre Cucurto, el sofocador de la Cumbia, y Argelina Benúa. Presencien el despegue del yotibenco más grande de la ciudad. Conozcan a todos los malandras de la música tropical: Frasquito, El Tipeador, Suni La Bomba Paraguaya… Controlen sus bolsillos, cuiden sus carteras. Enamórense, ruborícense, sorpréndanse con estos dominicanos del demonio, con estos paraguayos de la San Chifle. Pasen, pasen, están ustedes invitados… (35) 

Lo fabuloso del universo cerrado de Cucurto es que en él “todo es posible.” Aquello que no es viable fuera de ese espacio, sí es posible allí: el amor, la fiesta, los excesos, el asombro, el vértigo, el delirio, la pasión, el disfrute, la entrega, el fervor, el éxtasis, el escándalo, los vicios. El mundo maravilloso de la cumbia se construye en oposición al sistema, como superación de la existencia vacía burguesa y la lógica productiva del trabajo. Al adentrarnos en la magia de lo popular, al conocer las cosas de negros, descubrimos que allí sobrevive algo que nos es difícil aprehender pero que intuimos más intenso y vital. Es lo mismo que nos ocurre cuando leemos a Incardona o a Naty Menstrual: nos sentimos seducidos por esos mundos de la otredad, que quisiéramos ser capaces de comprender y de vivir. 

En Parodia y noventismo(36), seguramente uno de los más inteligentes ensayos sobre la poesía de los noventa, Daniel Freidemberg creía reconocer en esta “un desencanto, una actitud que tiende a desacralizar todo hasta, en algunos casos, no tomar nada en serio, o – avanzando otro paso – una trivialización de la mirada y el pensamiento, una desdramatización cínica que suele resolverse en una estética de la insensibilidad y/o una ética de la indiferencia.(37)” Si estos fueron los rasgos predominantes en la escritura de determinados escritores de los noventa, entre los que podemos nombrar, por poner sólo algunos ejemplos, a César Aira, Rodrigo Fresán, Daniel Guebel y Gabriela Bejerman, creemos que gran parte de la literatura de los últimos años que hemos analizado se ubica en las antípodas de estas estéticas. Al rescatar discursos, valores e ideas del pasado y al focalizar en lo nacional y popular Rodolfo Edwards, Washington Cucurto, Juan Incardona, Fabián Casas, Carlos Gamerro, Pedro Mairal, Juan Martini, Naty Menstrual y Ariel Bermani logran devolver a la literatura una sensibilidad y un cariz humano que parecía haber perdido.

 

Juan Pablo Lafosse

 

 

NOTAS

 

(1) Sin poner en duda la  significación que tuvieron los hechos ocurridos a fines del 2001, creemos que estos sólo fueron la manifestación más visible de un prolongado proceso en el que se puso en cuestión el paradigma de ideas y valores que dominaron nuestro país durante más de dos décadas. De esta manera, al definir el córpus literario para llevar a cabo este trabajo no solamente hemos tomado en cuenta a las obras producidas con posterioridad al 2001, puesto que en muchas obras anteriores ya se perfilan algunos de los rasgos distintivos que procuraremos analizar.

(2) Consideramos a todo texto literario un documento histórico. En este sentido, entendemos que toda obra no sólo está determinada por su contexto de producción sino que es ella misma constitutiva de la realidad de la que participa. Es un formante que interviene dialécticamente en el magma de acontecimientos y fenómenos del devenir histórico.

(3) Es interesante pensar las diversas figuraciones que de la lógica del “desierto” aparecen en la literatura que remite a los sucesos del 19 y 20. “El desierto” y “la intemperie” funcionan como dos ideologemas que se repiten en novelas y cuentos como El año del desierto de Pedro Mairal, El grito y La intemperie, de Florencia Abbate, Hambre de piel, de Alejandro Alfie o Las viudas de los jueves de Claudia Piñeiro. La crítica Elsa Drucaroff utilizó éste último término, de hecho, para titular un encuentro con escritores contemporáneos y ha trabajado este tema en su ensayo Narraciones de la Intemperie publicado en El Interpretador Nro. 27 www.elinterpretador.net/27ElsaDrucaroff-NarracionesDeLaIntemperie.html

(5) Llama la atención la cantidad de jóvenes bandas que se han volcado a esta música ciudadana, y la aparición de un gran número de novelas que incorporan el tango en su temática: entre otras, podemos nombrar El bailarín de tango de Juan Terranova, Cielo de tango de Elsa Osorio, El cantor de tango de Tomás Eloy Martínez y Errante en la sombra de Federico Andahazi.

(7)Calveiro Pilar: Política y / o violencia. Una aproximación a la guerrilla de los años 70. Grupo Editorial Norma, Buenos Aires 2005 y Calveiro Pilar: Poder y Desaparición. Los Campos de concentración en la Argentina. Colihue, Buenos Aires 1998. En relación al primero de estos títulos recomendamos la reseña de Mariano Andrade “Un aporte para pensar el presente y el pasado”, publicada en el Nro. 19 de El Interpretador: www.elinterpretador.net/19MarianoAndrade-UnAporte.htm  

(8) Gamerro, Carlos, La aventura de los bustos de Eva, Buenos Aires, Norma, 2004. Pág. 9

(11) Bermani, Ariel, Adrogué, en El Interpretador Nro 5, Agosto del 2004.       www.elinterpretador.net/Ariel%20Bermani%20-%20Adrogu%E9.htm

(15) Íbidem.

(16)  Se pueden trazar líneas de contacto entre este proceso y el que, como señala David Viñas, en Literatura argentina y realidad política. De Sarmiento a Cortázar, convierte en la década del 20 a los risibles inmigrantes en amenaza.

(17) Ver la trilogía de Jorge Asís: Flores robadas en los jardines de Quilmes, Carne picada y Canguros.

(18) Ver “Las puertas del cielo” de Julio Cortázar.

(19) La serie que tenía como personaje principal a Tito Roldán, un “típico hombre de barrio que se gana la vida transportando fruta y verdura del Mercado Central”, es promocionada de la siguiente manera: “La esencia del programa pasa por elegir entre la libertad o el dinero, entre el mantener los valores cotidianos y de familia o cambiarlos por el poder y la ambición” (El argentino, 18/02/2004). En esta dicotomía se pone de manifiesto la opción entre los valores tradicionales de la Argentina y los predominantes durante los ochenta y noventa.

(20) Abbate, Florencia, La intemperie, en La joven guardia, Norma, Buenos Aires, 2005.

(21) Drucaroff, Elsa, Narraciones de la intemperie, en El interpretador Nro 27.     www.elinterpretador.net/27ElsaDrucaroff-NarracionesDeLaIntemperie.html

(22) Op. Cit. Pág. 202

(23) Op. Cit. Pág. 208

(25) Mairal, Pedro, La vuelta, en Hoy temprano, Clarín Aguilar, Buenos Aires, 2001.

(26) Op. Cit. Pág. 163

(27) Duval, Romina, La edad de la razón, en La joven guardia, Norma, Buenos Aires, 2005.

(28) Op. Cit. Pág. 69

(29) Grillo Turba, Diego, Argentinidad, en La joven guardia, Norma, Buenos Aires, 2005. Pág. 36

(30) Op. Cit. Pág. 38

(31) Martini, Juan, Op. Cit. Pág. 18

(32) Martini, Juan, Op. Cit. Pág. 16

(33) Cucurto, Washington, El hombre del casco azul, en El interpretador Nro. 17. www.elinterpretador.net/17WashingtonCucurto-ElHombreDelCascoAzul.htmTambién publicado en La joven guardia con el título Una mañana con el hombre del casco azul.

(34) Cucurto, Washington, Cosa de negros, en Cosa de negros, Interzona, Buenos Aires, 2003.

(35) Op. Cit. Pág. 64

(36) Freidemberg, Daniel, Poesía y noventismo, en Plebella, Agosto del 2005

(37) Op. Cit. Pág. 6

 

 

 

 
el interpretador acerca del autor
 

 

               

Juan Pablo Lafosse

jplafosse@fibertel.com.ar

Publicaciones en el interpretador:

Número 2: mayo 2004 - Sobre los medios, la clase media porteña y los cabecitas negras (Artículo en colaboración con Marcela López acerca de La cosa Blumberg)

Número 3: junio 2004 - Fracaso, espacio y tiempo en "Y retiemble en sus centros la tierra" de Gonzalo Celorio (ensayo)

Número 4: julio 2004 - "Loco afán" de Pedro Lemebel: un grotesco desplazamiento del centro a la periferia (ensayo)

Número 6: septiembre 2004 - Música electrónica (aguafuertes)

Número 15: junio 2005 - Pensar las muertes de los tiempos del fusil en tiempos de piquetes y cacerolas (artículos)

Número 19: octubre 2005 - Alteraciones formales y temáticas en la poesía de Nicolás Olivari (ensayos/artículos)

Número 28: septiembre 2006 - Evita sobrevive - Representaciones de Eva Perón en la Literatura Argentina (ensayo en colaboración con Inés de Mendonca)

   
   
   
   
   
 
 
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