II
Mi
mujer me sacude y me dice, Levantate, ya sonó el despertador.
Miro la hora. Son las 8.30 AM. Hace tiempo que no me levanto a las 8.30
AM. Me pongo un poco nervioso porque quedarme dormido el primer día
de mi nuevo trabajo no es lo que se dice empezar con el pie derecho.
Me ducho (no me lavo la cabeza), me visto y salgo. Hace un frío
polar. Pedaleo a buen ritmo unas veinte cuadras. Llego puntual y también
un poco agitado al galpón, la Fundación Cultural donde
empiezo a trabajar. Toco el timbre. Nadie aparece. Pienso en ir a un
café pero me parece más sensato seguir esperando en la
puerta. La vereda está cubierta de hojas secas. El viento alcanza
a moverlas. También hay un cartón violeta de los que se
usan para envolver manzanas y algunos soretes (espero que de perro)
aplastados. Tengo frío y los labios resecos. Al final, llega
la chica, mi compañera, y entramos.
Descubro
que mi trabajo no va a ser complicado. Durante la mañana hago
unas planillas en una computadora, leo unos contratos y tomo 1.5 termos
de mate. Voy al baño unas cuantas veces. A las trece horas mi
primer día laboral termina.
Vuelvo
a casa y almuerzo fideos con brócoli y oliva. Para no quedarme
dormido, escucho algo de música.
Salgo a dar una clase. Ahora, voy en bicicleta por una avenida a la
altura del hipódromo. Veo a unos aspirantes de policía
trotando. Todos usan pantalones grises y buzos azules. Hay un par de
aspirantes gordos. Los aspirantes gordos tienen las caras coloradas
y van rezagados. Parecen preocupados. De todas formas, después
de unos años en la fuerza y miles de grandes de muzzarela, todos
los aspirantes van a estar gordos como ellos. Me doy cuenta de que no
estoy llevando mi guitarra a la clase de guitarra que voy a dar. Volver
a buscarla sería llegar tarde y soy medio fanático con
el tema de la puntualidad. Llego al edificio de mi alumno y ato la bici
a un poste verde. El barrio no me gusta, me da sensación de encierro.
Termina
la clase y voy al poste verde. Mi bicicleta no está. Hago un
poco de memoria y no dudo que la había dejado ahí. Es
un barrio de torres altas, con porteros las 24 hs. Le pregunto al más
cercano si vio algo y me contesta que no. Vuelvo a mirar el poste pero
la bicicleta no aparece. Cuando empiezo a caminar, el portero de enfrente
me hace señas. Cruzo la calle y me dice, ¿Vos sos el muchacho
de la bici? Hace una hora un flaquito morocho se paró al lado
y se hacía el disimulado….De una mochila sacó una
pinza, cortó la cadena y salió cagando. La próxima….PONELE
UNA CADENA MAS GOOOOORDA JAJAJÁ. No le digo nada y me voy caminando
al subte. Nunca quise a los porteros.
A
la noche me siento a escribir estas líneas. Hacía tiempo
que no escribía. No hubiese sido bueno encontrar al chorro forcejeando
la cadena.
15/06/04
Mi
segundo día laboral fue parecido al anterior. La diferencia más
importante es que fui caminando y tardé media hora en llegar.
Ningún colectivo me deja cerca. Tendría que tomar dos
y no me resulta cómodo. Lo ideal, dejando de lado la bicicleta,
sería ir en taxi. Pero no es el momento de tomar taxis. Cuando
te convertís en pobre (sepan disculpar la exageración)
aparecen restricciones. De todas formas, una de las cosas más
molestas de la pobreza es que uno empieza a hablar de dinero. Les aseguro
que es muy aburrido.
Volví
a casa caminando. Mi hermana llegó unos veinte minutos más
tarde. Preparé unos sorrentinos de muzzarela y jamón con
salsa de tomate y ajo. La señora de la casa de pastas me había
preguntado si éramos de buen comer. Almorzamos y mi hermana elogió
la comida. Ella acaba de volver de México donde estuvo unos cinco
meses probando suerte. Quedamos bastante inflados. Tomamos café
y conversamos sobre nuestros planes, nuestras dudas y nuestros miedos.
Nos despedimos en la calle, y me tomé un colectivo para ir a
dar unas clases.
A
la noche llamé a un amigo para pedirle prestada una bicicleta
que no usaba. Por suerte, me dijo que me la regalaba. La pasé
a buscar (vive cerca) y le di las gracias.
Mañana
tengo que inflarla y llevarla a una bicicletería para hacerle
algunos arreglos. Conseguir una nueva, tan rápido, es algo bueno.
Igual quedan muchos otros temas por resolver. Puede que esto sea un
principio.
16/06/04
Camino hasta una estación de servicio arrastrando la bicicleta
nueva. Hay sol pero hace frío. Me gustan las hojas de otoño
que pintan las calles. Inflo las gomas y, cuando voy a salir, veo que
la cadena está salida. Ponerla es fácil. Arranco y, en
la primera pedaleada, la cadena se sale. Repito toda la operación
varias veces y obtengo los mismos resultados. Camino (con las manos
negras) hasta una bicicletería que queda a media cuadra del trabajo.
La puerta está cerrada. Tiene una ventanita con rejas y está
semi-tapada con un pedazo de cartón. Miro hacia adentro. La bicicletería
es el patio de una casa. Hay un perro, algunas plantas, herramientas,
un yunque, y en un rincón, bastante chatarra. En las paredes
hay varios pósters con publicidades de marcas de bicicletas.
En uno, se ve una carrera en unas montañas con nieve. Golpeo
la puerta, espero un rato y aparece un tipo.
Sus
ojos son color mar turquesa. No puedo dejar de mirarlos. Su mirada es
firme. Nos decimos buenos días y sin perder tiempo empieza a
examinar la bicicleta. Le digo, Se le sale la cadena, está medio
oxidada, habría que engrasarla, me la regaló un amigo
ayer porque me afanaron la mía. Sus movimientos son precisos,
hace girar los pedales, mira las ruedas, toca la cadena, etc. Me muestra
que el eje de los pedales está sobresalido. Lo voy a dar vuelta,
si no descubro nada roto adentro, con eso va a ser suficiente, ¿A
qué hora paso?, Yo estoy hasta la una, pero veníte un
rato antes.
Llego
al trabajo, en el baño me lavo las manos, es difícil sacar
la grasa, y empiezo a tomar mate. A la una y cinco pregunto la hora
y salgo corriendo.
La
puerta está cerrada y la golpeo. Miro por la ventanita y veo
al tipo vestido de ciclista, calzas, casco y una remera ajustada color
amarillo. Abre y me hace pasar. Me agarraste justo, ya me estaba yendo,
Disculpá pero no me di cuenta de la hora que era, Ya está
arreglada, le di vuelta el eje y quedó bien, Qué suerte,
¿a dónde vas?, Voy a la ruta, para el Norte, ¿Por
la Panamericana?, Sí. El tipo me pasa la bicicleta con cara de
satisfecho. Cuando le estoy por pagar, se abre la puerta de la casa
y sale una mujer. Esperá, me dice. El tipo se le acerca y se
besan en los labios. Ella le dice en voz baja, Cuidado en la ruta, se
miran a los ojos y sonríen. Le pago diez pesos y salgo. La bici
anda bien. La escena que acabo de ver me conmueve. Por un momento, envidio
al tipo de los ojos color mar turquesa.
En
casa encuentro a mi mujer y nos damos un abrazo. Almorzamos. Después
dormimos una siesta.
17/06/04
Anoche
fui a un cumpleaños y cometí algunos excesos. Hoy me levanto
para ir a trabajar a la hora de siempre, y me duele todo. El dolor se
concentra en la zona de la cabeza. Voy a la cocina en busca de un Alikal.
La misión fracasa, no hay más. Me ducho. Mis movimientos
son lentos. El ruido del agua me aturde. De todas formas, la situación
no es tan grave, no es una resaca de campeonato. ¿Por qué
a veces uno no para cuando sabe que hay que parar? Es un misterio.
Está
terminando mi primera semana laboral. No voy a hacer un balance o algo
por el estilo, pero no puedo evitar tener una sensación extraña.
Trabajar, después de un año y medio sabático, es
extraño.
A
la tarde voy a enseñar guitarra a mis alumnos-hermanos. Hay una
escultura hecha en quebracho que no había visto antes. Termina
la clase y viene el padre de los chicos a pagar, ¿Es nueva?,
Sí…las hace un amigo, ¿Las vende?, Sí, también
pinta, le está yendo muy bien, estuvo en un montón de
exposiciones, viajó a Europa, y está vendiendo mucho…Bancá
que también tengo unos cuadros. Volvió con un par. Los
miré un rato. Me encantan, digo, La semana que viene hace una
muestra por acá cerca….
El
lugar es chico. Hay unos quince cuadros y unas cuantas esculturas. Observo
todo y a todos. Me acerco al artista, el tipo es un genio, y conversamos
durante unos diez minutos. A pesar de que él sabe que yo no soy
un potencial comprador, me muestra obras que hay en la trastienda. Cuando
nos despedimos nos damos un abrazo.
Una
vez leí, creo que era una frase de Salinger, que a veces uno
termina un libro y tiene ganas de llamar al autor, de ser su amigo,
y que eso significa que ese libro es bueno. Fue exactamente lo que me
pasó con la escultura y los dos cuadros que había en lo
de mis alumnos-hermanos, y eso que de pintura no entiendo un pomo.
Si
por X motivo, algún día un lector de mis escritos tiene
intenciones de conocerme, le advierto que tengo mal carácter.
A potenciales mecenas y/o editores: prometo hacer un esfuerzo.
Hasta
mañana, amigos.
18/06/04
A las seis de la mañana mi mujer y yo nos levantamos. Es sábado
y estamos por ir a lo de mi suegra. A las seis y media, mi suegro nos
levanta con su auto por una avenida que queda a cinco cuadras de casa.
Mis suegros están separados pero este status no impide que almuercen
juntos todos los fines de semana. Llevo una mochila. El viaje es siempre
igual, los tres callados, la radio prendida en AM (detesto la AM) y
a mitad de camino nos desviamos de la autopista para que mi suegro compre
el diario. Cuando llegamos, me voy a dormir hasta la hora del almuerzo.
Las actividades del fin de semana son: comer las delicias que prepara
mi suegra, ver televisión (mucha), leer (poco) y dormir la siesta.
Ahora
es domingo y estamos por volver. Mi suegra nos dice que preparemos unas
bandejitas con las sobritas para llevar a casa. Nos
parece bien y le damos las gracias. Es la primera vez, que además
de las sobras, nos ofrece un pedazo de carne sin cocinar, para hacer
milanesitas, me dice. Le digo que no es necesario, que se lo
quede, pero insiste y al final acepto. Para mi suegra el tema culinario
es importante.
Llegamos
a casa. ¿De qué estuviste charlando con tu vieja?, ¿Por
qué me preguntás eso?, Porque me parece raro que tu vieja
nos de un pedazo de carne cruda, siempre nos da sobritas, ¿no
le habrás dicho que estamos pobres o algo así? Mi mujer
niega moviendo la cabeza y desvía la conversación.
A
la noche comemos sobritas y nos metemos en la cama. Mañana empieza
mi segunda semana laboral. Leo Cruzando el Paraíso de
Sam Shepard. Es uno de mis libros de cabecera.
Nota:
Corrección a las anotaciones del día 18/06/04, párrafo
segundo. En vez de: “Trabajar, después de un año
y medio sabático, es extraño” debió decir:
“Trabajar es extraño”.
20/06/04
©Martín
Llambí