Música electrónica

Juan Pablo Lafosse

 

 

Sábado en una fiesta electrónica porteña. Hago un alto y durante un rato me distancio de lo que acontece. Observo. Jóvenes de entre veinte y treinta y pico se mueven alegres y alocados en la pista. Mucho raro peinado nuevo, mucho piercing y mucho éxtasis. Hermosa escena, pienso.

Recuerdo los primeros asaltos de mi adolescencia. Fiestitas en las que las chicas llevaban biscochuelos y los chicos gaseosas. Se bailaba en pareja, los varones de un lado y las mujeres del otro, en hilera. Hacíamos los mismos pasitos, cantábamos las letras de las mismas canciones. El rock nacional, por esos primerizos años democráticos hacía estragos: sonaba Charly, Abuelos, Virus, Soda Stereo, Sumo, Hit y Zas. Aunque también nos movíamos al compás de Prince, The Clash y The Cure. Hacia el final siempre aparecían los lentos, y con un poco de cancha, mucho valor y algo de suerte se podía apretujar una muchachita y tener una historia para contar durante la semana. Éramos chicos y parecía que las cosas tenían un sentido.

Esto es otra cosa, muy distinta. La música suena y es cadencia, sin letra alguna. Cuando hay voces son sólo sonidos desprovistos de lenguaje. Sobre la cadencia, las formas son infinitas. Movimientos de seres deseosos de sentirse libres de todo aquello que no es esto. Un pequeño y acotado mundo en el que no hay distancias, no hay orden, no hay jerarquías. Sólo luces, sonidos, curvas, roces, impresiones. Un oasis en el que el cuerpo manda, anárquico a todo impulso cerebral. Me pregunto si es realmente un espacio de evasión, un espacio subversivo a la lógica de este nuevo milenio globalizado o si no es más que una réplica en miniatura de ese mismo orden: individuos solitarios que se mueven descoordinados sobre la misma cadencia global.

Mientras me encuentro en el difícil intento de comprender el fenómeno de la música electrónica, comienza a sonar un tema que provoca el delirio de la muchedumbre. Una canción que he oído mil veces y que marcó el comienzo de los noventa: a todo volumen y con toda su violencia irrumpe un remix de Smells like teen spirit de Nirvana. Me sorprende el escuchar por primera vez una letra sobre una base electrónica. Es extraña la aparición de la desgarbada voz de Kurt Kovain en este espacio. Me digo que algo está pasando, y un poco esperanzado abandono mis reflexiones para sambullirme a los saltos en la multitud.

 

©Juan Pablo Lafosse

 
el interpretador acerca del autor
 
                           

Juan Pablo Lafosse

jplafosse@fibertel.com.ar

Publicaciones en el interpretador:

Número 2: mayo 2004 - Sobre los medios, la clase media porteña y los cabecitas negras (Artículo en colaboración con Marcela López acerca de La cosa Blumberg)

Número 3: junio 2004 - Fracaso, espacio y tiempo en "Y retiemble en sus centros la tierra" de Gonzalo Celorio (ensayo)

Número 4: julio 2004 - "Loco afán" de Pedro Lemebel: un grotesco desplazamiento del centro a la periferia (ensayo)

   
   
   
   
 
 
 
 
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