/1/
Yo jamás me habría considerado un arribista. Contra lo que pudiera suponerse, esa figura no iba conmigo. Yo no tenía ambiciones tan precisas, tan calculadas. Pero parecía ser que no todos veían así las cosas.
–Ahora a ésta… –me preguntaban mis hermanas– ¿vos la querés?
Y yo dudaba. ¿Qué se puede responder a esa pregunta a los veintidós años? Para enfocar el asunto desde otro ángulo, yo no hablaba sobre mi afecto hacia Loly, sino sobre la plata de su viejo.
–Che, tampoco es para tanto –les decía yo.
Pero no era verdad.
Loly era hija de un financista, ex funcionario del último gobierno radical, pasado al ámbito privado tras el estallido nacional. El hombre, tal vez por el impacto de su viudez, le había regalado a cada hija un departamento. El de Loly era inmenso y luminoso.
Sobre todo, eso: luminoso.
/2/
Después de conocerla, yo no tardaría mucho en instalarme ahí. Otra etapa junto una chica... Desde la adolescencia, mi vida venía siendo un ciclo inalterable de idas y regresos: casa de Mamá Tía, departamento de alguna novia, casa de Mamá Tía, de vuelta por ahí con otra chica…
Como casi siempre, esa vez todo fue para mejor. En el pacto implícito con Loly no había dudas sobre lo que se daba y lo que se merecía. El Equilibrio fue casi espontáneo, diría. Pero no voy a entrar ahora en detalles domésticos… Suficiente con recordar que las cosas que yo merecía estaban bien claras. Todo el tiempo del mundo para escribir y escribir, tranquilo. Y también, por supuesto, para entrenar. Porque si algo he hecho yo en mi vida, día a día, eso es sin duda entrenar.
/3/
Más allá de mi procedencia, en ciertos ambientes yo nunca había dejado de pagar un precio por mimetizarme con mis parejas. ¿Para qué negarlo? A mí, la verdad, siempre me habían intentado correr por izquierda. Cualquier escritor de barrio la iba de pulenta conmigo… ¡Era casi cómico! Pero en el fondo la situación no dejaba de molestarme. Por dos razones, básicamente.
Primero, porque en sus barrios de origen esos tipos eran, por lo general, los giles de la cuadra. Y segundo porque a mí, eventualmente, esos mismos tipos no me aguantaban en pie ni un solo golpe. Literalmente hablando…
Pero bueno, eso puede pasar cuando tenés ojos azules (como yo) y sos rubio (como yo) y durante años fuiste desarrollando una técnica exquisita en Taekwondo (como yo) y además de todo un día decidiste (como yo, sí) entrar de lleno en la Literatura.
/4/
Esos documentos lo cambiarían todo. Cuando pasó lo de la caja fuerte de su viejo, yo ya no podría dejar de admitirlo. La del arribista bien podía ser mi figura. Y a todo esto en gran escala, porque las perspectivas de la ganancia eran más que considerables.
Pero en realidad falta para eso…
Digo, antes quiero contar otras cosas.
/5/
A Loly la conocí en Pachá. Años de hockey, cremas importadas, buenos cuidados. Intuí casi al instante que ella, de no haber tenido plata desde la infancia, quizás no habría llegado a ser tan linda. Pero bueno, la había tenido. Y era lo que era.
Por su parte, ella no podía creer que esa noche nos hubiéramos encontrado. ¿Qué hacía alguien como yo en ese boliche? Por momentos, era como si ella incluso quisiera disculparse por estar ahí. Decía que eran sus amigas quienes la habían arrastrado.
– Yo vine solo –le dije–. Bah, en realidad soy medio amigo del dueño y de algunos pibes de las barras... ¿Qué pasa? ¿Por qué te reís así?
Ella estaba feliz.
Como si fuera poco, le prometí que iba a leer sus poemas.
/6/
Al día siguiente, me acuerdo, yo tenía que comenzar las pruebas del Cuarto Dan de Taekwondo. En perspectiva, había sido una locura absoluta salir la noche anterior... Igual, claro, siempre la Ambivalencia: puesta en el entrenamiento, esa misma locura me investía de una proyección, de un futuro ciertamente envidiado por muchos ahí en el gimnasio.
Sea como sea, mal dormido, fui a consultar la situación con el Sabon. De un vistazo, sin que yo abriera la boca, él supo todo.
–Vas a rendir igual –me advirtió.
Y para el combate descartó al otro aspirante a Cuarto Dan: se presentó él mismo en el tatami. ¿Qué puedo decir? De vuelta en casa, mientras buscaba hielo, pensé que nunca más llamaría pelea a una discusión con otro escritor. Los espectros de lo agónico, el escritor combativo, la metáfora del libro como cross… todo pasó a ser, desde entonces, un chiste malo. Un chiste muy malo.
/7/
–A ver, querido… –me dijo Mamá Tía–. Dejáme a mí, a ver, dejáme…
Y agarró las cubeteras con sus manos huesudas y las empezó a vaciar cubito a cubito.
Mamá Tía nos había criado a mis hermanas y a mí. Era la Bondad hecha persona. Hasta que tuvo salud, fue maestra en la zona este de Padua. Muchos ahí todavía la trataban como a una institución viviente. No era para menos: yo la conocía en lo cotidiano… Hubiera hecho cualquier cosa por ella.
/8/
De Pachá, hasta entonces en mi historia, yo debía haberme levantado veinte o veinticinco minas. Loly resultó la primera frígida.
Como un témpano, casi.
Y en cierta medida la comparación no era irrelevante. Porque aunque al respecto fueran ridículas las categorizaciones, yo no dejaba de intuir que, de los distintos grados de frigidez imaginables, el suyo era uno de los jodidos.
/9/
Ahí yo estuve vivo. Hice un par de cosas inteligentes. Básicamente, y para resumir, digamos que en todo momento imposté una Comprensión sin límites, una Calidez sin fisuras… Debo reconocer que se trataba de una impostura de la cual jamás me hubiera creído capaz. Pero así como surgió se agigantó poco a poco, con inercia propia. Y de pronto Loly tenía una nueva certeza en el mundo: más allá de su sexualidad glacial, yo estaría ahí, junto a ella, dispuesto a seguir a su lado.
Le brillaban los ojos de gratitud.
Como ansiosa por conocerme más (acaso para quererme más), durante un tiempo insistió en leer mis borradores. Pero yo le quité esa obstinación. Más misterioso que didáctico, le enseñé con éxito que una Novela tiene su fuerza interna de escritura, y que no había nada más patético –al menos para mí– que la ansiedad de violentar ese núcleo secreto.
–Pero a ella… –me preguntaban también Florián y Lucho, dos amigos míos– ¿a ella… vos la querés?
A esta altura, difícil rechazar en retrospectiva tales sospechas. ¿No debo haber sido yo, desde un primer momento, un arribista? Uno consumado, de pies a cabeza, en virtud justamente de esa inconsciencia plena en sus actos.
Tal vez tenga que admitir que sí. Que lo era.
Y mucho, mucho antes del episodio de la caja fuerte y los documentos.
/10/
–No aparecen los remedios de Mamá Tía –me dijeron mis hermanas por teléfono–. Debe haberlos tirado a escondidas, no le gusta tomarlos, ¿viste?
Hablaba una sola, desde luego, pero para mí ellas eran como una unidad.
–Ahora no nos van a dar una receta nueva. Vamos a tener que comprarlos…
Para empezar, les hice saber que no había necesidad de dramatizar tanto. Prometí que apenas pudiera, iría para allá. Y de hecho así fue. Cuando al rato llegó Loly, le expliqué la situación, le pedí la plata y salí hacia Padua.
Me resigné a no leer nada durante el viaje…
Entre distraído y reflexivo, me di que no hubiera podido decir con cuál de mis hermanas había hablado poco antes. Pero no sólo con ellas solía pasarme algo así. Era muy típica en mí esa costumbre de agrupar a la gente en unidades que anulaban las diferencias. ¿Sería que sólo yo veía con tanta fuerza los rasgos comunes, la cara positiva de las unidades resultantes? En esas pavadas pensé mientras anochecía más allá de las ventanillas sucias. Llegué cansado.
–No era para tanto, che –les dije a mis hermanas.
Y saqué la billetera y les di como para tres cajas.
/11/
Los poemas de Loly eran horribles. Hablaban sobre lo siniestro de lo familiar; algunos –los peores– trataban sobre los hijos. Mucho yeite del tipo: "desposada", "esposo", "en el pozo", "esposada"… Pero en la poesía femenina de Buenos Aires podía relucir cualquier cosa, y así una vez la invitaron a leer en público. Fue en San Telmo. Yo tuve que ir, obvio. Para decirlo sin vueltas: lo más parecido a una hemiplejía que conocí en vida.
/12/
Pasó luego que el viejo de Loly, justo para el cumpleaños de ella, tuvo que irse de viaje. Un congreso de financistas en Aruba o algo por el estilo. De entrada, quizás, el hombre podía quedar asociado a los inoperantes despertados a patadas por los desbordes de aquel lejano diciembre. Pero yo sabía bien que él no era ningún boludo. Incluso sus hijas –detalle significativo– confesaban no poder explicar del todo bien sus nuevas actividades.
–Cuidado con los huracanes, suegro –bromeé yo como el mejor, al despedirlo–. Y no se quede a vivir allá, eh. Vuelva, vuelva…
En fin. Así era mi papel.
Lo importante fue que Loly y yo quedamos a cargo de la casa familiar en Martínez.
– ¿Y si el viernes festejo acá mi cumpleaños? –me preguntó ella, al rato de estar solos.
¿Acaso eso no estaba decidido de antemano?
– Obvio, Lol –le dije yo–. ¿Por qué no?
Los preparativos no demandaron demasiado esfuerzo. Aunque nada, a la larga, podía ser tan simple para Loly: se le ocurrió ponerse no sé qué pilchas de no sé dónde de una amiga suya, con la cual intercambiaba ropa desde chica. Así que la tarde del mismo viernes salió apurada a buscarlas, y yo quedé solo en la casa. Completamente solo.
Era muy lindo estar así.
/13/
En realidad no tenía nada premeditado. Sólo revisé algunos armarios, abrí acá y allá un par de cajones, como cualquiera en esas circunstancias. No más que pura curiosidad o chusmerío. Además de decenas de gemelos dorados, para mi sorpresa el viejo tenía un verdadero arsenal de remeras Nike dry-fit. ¿Haría deporte? Loly me había contado alguna vez que no andaba muy bien del corazón. Pero que igual jamás paraba de trabajar. De hecho había un estudio casi anexo a su dormitorio. Allí, la caja fuerte me llamó la atención por la delicadeza de sus detalles.
¿Qué puedo decir?
A mí en la vida las cosas se me dan, o no se me dan. Así de simple, siempre un misterio. Y esa vez, la verdad, las cosas se me dieron. Porque casi jugando probé una combinación cualquiera de números: seis, ocho, cuatro, dos, tres, dos… Y de golpe, como si nada, la caja abrió.
– Noooo… –dije al sentir el clic.
Lo recuerdo bien. Fue así. Lo dije en voz alta.
/14/
Hubiera esperado encontrar plata. Pero sólo había papeles. Hojas con membretes de fondos de inversión extranjeros, y también formularios de banco, en formato continuo, llenos de números larguísimos. Cualquiera, en mi lugar, habría cerrado la caja y listo. Pero yo no. Siguiendo un impulso inverosímil, saqué todos los papeles y los guardé en mi mochila, escondidos entre unas páginas manuscritas de mi Novela. ¿Valdrían de algo?
/15/
Esa misma noche fue el cumpleaños de Loly. Decenas de personas por toda la casa. Caras desconocidas. Amigos de amigos de amigos… Sin esperarlo, se había dado el marco propicio para una pequeña actuación:
–Lol –me acerqué a ella, y le susurré al oído– ¿vos conocés a todos los que están acá? ¿No deberíamos ordenar un cachito esto? Mirá si alguien, por ahí…
Ella dijo que no me preocupara. Que todo estaba bien. Que sus fiestas de cumpleaños eran así.
–Soy una chica popular, ¿viste?
Y yo simulé reírme del chiste. Con renovada tranquilidad, fui a prepararme un Cuba Libre. De pronto me sentía más confiado. Como estaban las cosas, yo quedaba cubierto. Pudo haber sido cualquiera el que robó los papeles.
¿Valdrían de algo?
/16/
Lo averigüé a los dos días, cuando recién pude sentarme a leer todo con atención.
–Noooo… –dije otra vez, solo, en voz alta.
Y de pronto un pasado que yo sentía haber vivido puramente vía televisión se reactualizaba ahora de manera impensada para mí. ¿Tres, cuatro años? ¿Cuánto tiempo había pasado de aquello? No lo suficiente como para quitarle relevancia a esos papeles, eso seguro. Porque los mismos, para mi sorpresa, no eran otra cosa que un informe (tan conciso como exhaustivo) que comprometía a la aún vigente primera línea de empresarios del país.
Datos, nombres, fechas: no faltaba nada para demostrar que un secreto de Estado había sido vendido estratégicamente. "Qué historia berreta ésa que tuvimos", pensé yo, mientras leía… No, no faltaba nada para demostrar que antes de su promulgación, el famoso decreto de retención de los depósitos financieros había sido anticipado a un selecto grupo de ahorristas mayores. "Qué historia berreta…", volví a pensar, ya sin reprimirme, y sin saber muy bien qué deseaba al desear que todo hubiera sido al menos "dignamente violento". Qué se yo. A veces me venían cosas así a la cabeza….
Admirable, eso sí, era la compacta exactitud de la información. Por momentos llegué a sentir incluso algo asimilable a la contemplación estética. Sin exageraciones. Es que todo parecía obra de un consumado estilista de la delación. Aunque quizás no fuera ésa la palabra… ¿Delación? ¿O acaso arrepentimiento? ¿O por qué no supervivencia? El abanico de mis dudas tenía un justificativo insoslayable: el viejo de Loly, autor del informe, quedaba auto incriminado de lleno en el asunto. Desde la primera hasta la última línea. Para mí, sinceramente, todo un misterio.
/17/
Nunca daría con una explicación convincente al respecto. En realidad ni siquiera empezaría un intento serio. Hacerlo presuponía nada menos que conocer con algunos detalles las actividades actuales del viejo…
¿Y para qué mentirme? Ya de entrada me superaba por completo una tarea como ésa. Al viejo –creo haberlo dicho antes– yo en ningún momento lo había considerado un boludo. Incluso, más bien todo lo contrario… Por eso mismo cualquier hipótesis sobre el informe se me figuraba tan razonable como ardua de confirmar.
"Seis, ocho, cua…"
Al escribirlo, el viejo quizás hubiera optado por un mal menor, vaya uno a saber. Quizás enfrentara otras complicaciones, otros niveles de riesgo que buscaba conjurar al precio –curiosamente barato– de esa auto incriminación.
"…tro, dos, tres, dos…".
Bien, sí: me acordaba la combinación de la caja fuerte. A fin de cuentas ésa era mi única certeza. Más de una vez pensaría en retornar allí los papeles y olvidarme de todo. Con tantas incertidumbres me parecía imposible actuar. Y, a todo esto… ¿Qué significaba actuar? ¿Qué me creía capaz de hacer? ¿Por qué me obstinaba en conservar el informe, ocultado celosamente entre las hojas de mi Novela?
/18/
–Equilibrio –me dijo el Sabon–. A partir de este punto todo depende del Equilibrio.
–OK –asentí yo, inmóvil en el tatami–. Pero… ¿como hasta ahora, no?
Ahí él se rió, desilusionado. Mil veces me había repetido que mi tara última no era técnica, sino sensitiva.
–Se nota que no entendés de qué te estoy hablando –me dijo mientras se sacaba el cabezal–: ¿Qué te pasa, rubio? Últimamente andás medio perdido.
Esa tarde me iría bastante aturdido del gimnasio. En el vestuario no hablé con nadie. Estuve un largo, largo rato bajo la ducha, callado. No sirvió de mucho.
/19/
La única que nunca llegaría a enterarse de nada fue Loly. Contra lo que yo esperaba, su viejo no le hizo ninguna pregunta especial. Desde su regreso de Aruba, su relación con nosotros continuaría como hasta entonces, es decir, marcada por una indiferencia casi constante.
Desayunando una mañana, ya de vuelta en el departamento, traté de tantearla a ver si asomaba algún indicio:
– ¿Y tu papá? ¿Todo bien?
–Bien –dijo ella con espontaneidad–. Se lo ve medio cansado, pero está bien. Papá es así, trabaja todo el tiempo. A los médicos nun…
– ¿Y de mí no te dijo nada?
– No… ¿por? –una pausa, un sorbo de café–. O sea, sabés que él no es muy expresivo. Qué feo este Nutrasweet. Pero te aprecia, creéme.
Confirmado: ninguna sospecha sobre mí. Seguramente el viejo se inclinaría por la teoría de otro tipo de robo: una entrada profesional, impecable, sin huellas a rastrear. Al menos así permitía imaginarlo la talla de los involucrados en el asunto. No tanto de los visibles en el informe, desde luego, sino de aquellos invisibles que yo –aunque deseoso de no caer en fantasmagorías– suponía también en juego.
–Vamos a tener que cambiar las cortinas –dijo Loly, sin mirarme–. Unas más oscuras, ¿no? En esta época del año casi que molesta tanta luz, ¿no?
/20/
¡Qué curiosas algunas vueltas de la vida! Porque cuando el secreto empezó a pesarme, yo decidí contarles todo a Lucho y Florián, dos amigos míos a quienes había conocido en una circunstancia que parecía en gran parte un calco más inofensivo de los sucesos recientes.
Me los habían presentado una noche de fiesta, en una casa acomodada. La chica que cumplía años, a quien ninguna de nosotros conocía, había resultado ser la sobrina nieta del Che Guevara –por parte de los Lynch, desde luego. Mala la música, en el tedio reinante la empatía con Lucho y Florián fue creciendo trago a trago. Y llegó a su punto máximo cuando antes de irnos se robaron varias fotos familiares. "Esto se hace guita…", me dijeron con un guiño cómplice, ya afuera, "en alguna debe estar el Che, aunque sea de pibe".
Desde entonces yo me haría cada vez más amigo de ellos. Me aburría cuando hablaban tanto sobre las armas y los polígonos. Pero bueno, a fin de cuentas cada uno con sus manías. Lo importante era que en ellos yo podía confiar plenamente. Por eso esa noche, después de entrenar, había acordado pasar por el dos ambientes que compartían.
/21/
Salía del gimnasio cuando Loly me llamó al celular.
– Recién terminado. ¿Te leo?
Típica ansiedad suya. Yo ya estaba prevenido, porque ella me había avisado que le faltaba definir un solo adjetivo. Escuché entonces su nuevo poema:
te crío de negro
con mi temblor primero
y el escote sin volumen
en el altar de madera
No sé qué más seguía... Insufrible, como siempre. Pero ella no lo sospechaba, y todavía se seguía alegrando cuando yo la felicitaba. Quizás por eso no se tomaría a mal que esa noche no volviera a dormir junto a ella.
–Mamá Tía necesitaba veme un poco, Lol –le mentí–. No sé qué le pasa. Hablé con ella. Cosas de la edad, supongo.
Después de cortar me fui al departamentito de Lucho, adonde también iría Florián. Y camino hacia allá me convencí de que estaría bien encarar ese plan recién concebido (por primera vez, sí: un plan). Y estaría bien porque una cosa era ya segura: no habría podido soportar mucho más a esa piba. Hora de independizarme, como se dice.
/22/
– Riesgo hay. Pero sí, loco, en definitiva cierra.
Tanto Lucho como Florián estaban en cierta medida sorprendidos. Quizás no esperaran tanto de mí. Sobre todo después del gastado episodio del polígono de tiro. Habían sido ellos quienes me habían llevado ahí por primera vez. Yo probé tirar un cargador completo, pero al rato les confesé que no me gustaba. Con el cuerpo yo todo bien, pero tirar… la verdad que no. Todo bien, pero no.
–Una cosa –me dijo Lucho–. El viejo… ¿quién va a suponer que somos nosotros cuando llamemos? ¿Él tiene algún enemigo o algo así?
Baches o datos ignorados de esa índole no eran para mí un punto débil del plan. Quizás esa vez no se los haya explicado a ellos con las mejores palabras, pero traté de darles a entender que cosas así no nos generaban mayores inconvenientes.
–Problema suyo, no importa eso… –creo que les dije–. Justamente la clave es que no tenga idea, ¿me entendés?
Que ninguno de los dos quedara muy convencido me pareció un hecho para mejor. Porque más de una vez, por estar muy convencido de algo, yo al fin no lo había concretado. Al menos así pasaba conmigo… Igual, cuando sonó el portero, nada le importó demasiado a nadie. Fin de la reunión. Habían llegado las chicas.
/23/
En aquello que estaba a punto de vivir –al menos según lo imaginaba– había un cambio importante para mí. Y como parte del mismo, algo cercano al alivio dejaba sentirse anticipadamente. O quizás habría que decir que no tan anticipadamente… Claro que nada en la vida se da de manera aislada, y así ya tiempo antes podía marcarse en mi historia el antecedente de esa nueva etapa.
Mi posición extrema acerca de las rencillas entre escritores no había sido simplemente una bravuconada, una excentricidad propia de mi personaje en ese mundillo. De ningún modo. Lo que por entonces había empezado a cambiar en mí era nada menos que la complacencia de vivir esa realidad eufemística, toda esa experiencia hecha de metáforas. Aunque pocos pudieran comprenderme, yo era un partidario absoluto de la Literalidad. Antes respecto a pelear; ahora, respecto a…
Bueno, ahí no estaba seguro aún de poder dar una precisión plenamente certera. Intuía, eso sí, que aquello que estaba a punto de redimensionar en acto era esa supuesta viveza arribista que siempre me habían adjudicado los demás –sobre todos mis hermanas, como si ellas tampoco buscaran tipos más grandes que las sacaran de Padua. Yo no podía negar que gracias a ello había tenido varios beneficios a lo largo de mi adolescencia; pero bueno, a decir vedad, tampoco hablamos de cosas de otro mundo. ¿Más o menos se entiende?
/24/
–Si no querés que ventilemos el informe cerrá la boca y empezá a hacer lo que te decimos.
La voz de Lucho había sonado teatral pero contundente.
Al viejo le daríamos instrucciones precisas y graduales: una a una, a medida que las iba cumpliendo. Que saliera de la casa caminando. Que se tomara un taxi a Retiro. Que se tomara un tren a Tigre. Que se ubicara sí o sí a la izquierda, junto a una ventana. Que tirara la bolsa con la plata mientras el tren, poco antes de San Fernando, pasara frente a los tres galpones quemados.
Florián, oculto en la zona, fue el encargado de recoger la bolsa.
– ¡Cumplió! –entró gritando al departamentito, recién al día siguiente, con la bolsa en la mano.
Contamos los billetes varias veces a lo largo de esa noche. Tal cual lo habíamos ordenado: de cincuenta y discontinuos. Ni uno más, ni uno menos.
/25/
Durante esos días hice dentro de todo una vida más bien normal. Escribía y entrenaba, escribía y entrenaba. Cada tanto, sin embargo, mientras esperaba un taxi o el agua para el mate, de golpe caía a tierra y me resistía a creer aquello que estaba protagonizando. Ya en ese grado, la incredulidad podía infundir su particular vértigo sutil. A veces –sobre todo al lado de Loly– llegaba a reírme de los nervios.
Pero aún así había algo en curso que me gustaba mucho. Y, lejos de misticismos, por momentos percibía que un aura nueva rodeaba todas las cosas. A decir verdad, me resultaba perfectamente comprensible, porque de alguna manera de hecho se estaban corriendo los límites de aquello que yo hubiera creído posible en mi mundo. Aunque sonara cómico en mí, por entonces me sentía adulto a full. Incluso arriba del tatami.
–Equilibrio, eso rubio –me felicitó el Sabon.
/26/
Sin duda era decisivo estar atentos al momento en que convenía detener el plan. "Engolosinarnos puede ser mortal", había resumido Florián. Pero también, por otra parte, nos habíamos jurado no amedrentarnos hasta juntar una suma digna. Y para eso faltaban dos pasos más.
–Esta vez te mandás vos, ¿no? –le dije a Lucho–. La última voy yo.
Levantar la plata era sin duda la parte más delicada del procedimiento. Habíamos acordado que el que encargado de esa tarea pasaría un día en soledad antes de reencontrarse con el resto. Cosa que si él caía, caía sólo, sin arrastrar a nadie más.
Con Florián vimos consumirse ese tiempo de precaución.
– ¿No debería haber llamado ya?
Ni señales de Lucho.
/27/
Por las dudas nos fuimos hasta Haedo, donde acababa de mudarse la hermana mayor de Florián. Nos costó una barbaridad encontrar la callecita Arruti. Aunque no habíamos comido nada en todo el día, no quisimos cenar.
–Traten de no hacer ruido –nos dijo ella antes de acostarse.
Tenía varios críos y la casa era chiquita. Florián y yo nos quedamos en la cocina, casi sin hablar, frente a un televisor mudo. Hubiera sido inútil intentar dormir. No sabíamos si a Lucho lo habrían atrapado. Si el pobre habría cedido a los aprietes para que hablara. Si el turro se habría escapado con toda la plata. No sabíamos nada.
A mí me pesaba un dolor áspero en todo el cuerpo. Como si la realidad me hubiera vuelto a pegar mal, con el límite de acero de lo posible. A las tres de la mañana sonó mi celular.
Era Loly. Tenía la voz llorosa.
/28/
Creo que ya lo he dicho antes. A mí en la vida las cosas se me dan, o no se me dan. Así de simple, siempre un misterio. Y esa vez –otra vez– las cosas se me dieron.
–Papá se descompuso… –me dijo Loly y se quebró.
No sé cómo hice para no demostrar alivio. Digo, no había duda de que el viejo estaba mal. De hecho nunca saldría de terapia intensiva.
–El corazón… el corazón…–balbuceaba Loly, casi ella misma en shock.
La seguidilla de paros cardíacos había sido fulminante. La tensión, el pánico, o las sinceras ganas de reventar. Qué se yo... Cuando un organismo quiere reventar, revienta. Siempre fui de esa idea. Y loco se vuelve sólo el que quiere, no me vengan con estructuras de psicosis y otros versos similares. Pero bueno… esos son otros temas. No vienen al caso. Lo que sí, una cosa curiosa: apenas corté con Loly pensé que aquella tarde en su casa no me había probado las Nike dry-fit. Probablemente el viejo y yo tuviéramos el mismo talle. Pero bueno… en realidad eso tampoco viene al caso.
/29/
A los dos días tuvimos noticias de Lucho. Logró volver sólo al departamentito. Estaba casi desfigurado.
–Me la banqué –dijo el pobre, todavía temblando–. No hablé nada, ni una sola palabra…
Lo metimos bajo la ducha fría. Tenía la piel roja por los golpes. Era impresionante. Casi admirable, diría. Se la había bancado de verdad, como un hombrecito.
–No entiendo por qué me soltaron… Me estaban preguntaban para quién trabajaba, me pegaban sin parar y me preguntaban. Y de un momento para otro no sé qué pasó, me soltaron…
Ahí fue entonces que le explicamos. El viejo de Loly había palmado, le dijimos.
–Los tipos debían ser profesionales –se explayó Florián–. Cien por ciento profesionales. De los servicios, o de la resaca de la represión… Y debían estar contratados por el viejo, claro. Así que una vez muerto el que pagaba, ellos no tenían nada que hacer con vos.
Lucho escuchaba con cara de no entender. De nada sirvió que le consiguiéramos Vicodin. Tembló como dos días enteros. Eso sí, en ningún momento ni una lágrima. Hasta donde yo sé, el informe quedó en su cuarto. Seguramente lo habrá quemado.
/30/
La que sí lloró muchísimo fue Loly. Nunca pensé que alguien pudiera llorar tanto. La pobre anduvo muy deprimida por casi dos meses. Pero después, de un día para el otro, esta vez sí un prodigio: se corrieron como si nada los límites de lo posible para ella. Fue un tránsito abrupto, inesperado, por ende casi obsceno. La cosa es que cerrado su duelo empezó a coger con goce. Con mucho goce. Como una perra.
Todavía es mi novia.
Hace poco vendimos el departamento y nos quedamos con la casa familiar. Como mis hermanas han ido haciendo su vida, Mamá Tía ahora vive con nosotros, en una de las tantas piezas. Es una santa, no molesta a nadie. Algún día le voy a dedicar mi Novela.
/31/
Respecto a escribir pasan a veces cosas curiosas. Por ejemplo, yo nunca pensé que fuera a escribir esta historia. Los meses han ido pasando y parecía que todo iba a quedar atrás, en otro de mis logrados olvidos. Pero al final me senté a escribirlo. Y si lo hice (lo hago) es por algo que pasó ayer. Nada tan importante, tampoco. Pero no sé, me dio el pie. El impulso suficiente.
/32/
Tuve un sueño. Eso fue lo que pasó ayer. Un sueño bastante desgradable.
Me habían descubierto y me tenían secuestrado. Una voz delatadora, sin duda. ¿Quizás una traición de Lucho o Florián? Difícil. Igual ya poco importaban las explicaciones. Ahora estaba atado a una cama vieja, sin colchón. Por la habitación caminaban tres tipos, o cuatro, no sé, sonaban muchos pasos. Y en punto la sensación era que ellos empezaban a cansarse de que yo no hablara.
Terrible, porque yo no tenía nada para decirles.
Y entonces, de repente, hablaban ellos. Y me decían:
"Ahora lo vas a visitar un poquito a Osterheld".
Tal cual; lo juro. En el mismo sueño yo pensaba que era imposible que me dijeran eso. Pero sí, me lo decían. Y por las dudas me lo repetían.
"Ahora lo vas a visitar un poquito a Osterherld".
Y me ponían una picana en los testículos.
Era el infierno. Qué otra cosa que el infierno.
Un sueño horrible, ¿no?
Juan Leotta