el interpretador narrativa
 

Los descensos de Sísifo

 

Juan Marcos Leotta

 

Ahora conozco, al fin, los goces de la levedad. Mi pasado, por fortuna ya borrado, resultó ser más pesado que cualquier roca del Cosmos. De los días en que reinaba en Corinto perduran sólo mi nombre y unos pocos recuerdos inconexos: los guijos del jardín, mi cetro ensangrentado, el aroma del vino en los banquetes estivales. Obvias razones me llevaron a intentar olvidar quién fui. ¿Sería sensato objetar por ilusoria aquella ardua empresa de desmemoria? Estoy en los Infiernos. Tuve derecho, al llegar aquí, a intentar ser otro hombre.

Creo haberlo logrado. Ya no soy aquél a quien los Dioses condenaron a empujar a perpetuidad una inmensa roca hasta la cima de la más alta colina subterránea. Concluida mi tarea, la roca se despeñaba y rodaba hasta la llanura y era menester volver a subirla y volver a subirla una y otra vez… La más terrible condena —podría pensarse— infligida desde siempre por los Dioses inclementes. Así lo pensé yo al principio, cuando las subidas eran para mí fatigantes y penosas. ¿Deberé hablar de mi dolor? ¿Deberé hablar de mis heridas? ¿Deberé hablar de mis gritos viscerales? Quizás sea mejor que hable de lo que nunca he hablado antes, de lo que nunca otros han escrito antes acerca de mí.

Lento, gradual, silencioso: así fue el tránsito hacia mi venturoso presente. El río sin rumor estaba cerca del caminante sediento. En algún momento (no sabría decir cuándo) resultó para mí evidente que, una vez caída la roca, era dueño yo de mis descensos. Mejor dicho, del descanso de mis descensos. Es éste un breve tiempo de libertad en que puedo respirar. Puedo respirar o suspirar o resoplar. Puedo contemplar las tormentas de fuego o la calma violácea del horizonte. Puedo desdeñar la mesura. Puedo erigir palacios de sofismas en el aire. Puedo soñar una venganza que ya no deseo. Puedo regocijarme de mi destino. Puedo expandir mi poder.

No debe perderme la impaciencia. Todo me fue negado. Todo será mío. Incluso el destino de los hombres y de los Dioses. Yerra quien subestime la mente de un prisionero eterno. Mi tiempo y mi paciencia, que son infinitos, vuelven también infinitos los dominios de mis pensamientos. Que delirantes adeptos a mi Culto se empeñen en subir grandes rocas por los montes de Esparta es acaso el más irrisorio de mis prodigios.

¿Dudas de mí? Escucha entonces mi voz, que atraviesa océanos milenarios, horas congeladas, ciudades cenicientas. Escucha mi voz, que llega a seres de un mundo y un tiempo lejanos, y los trastorna, y los fuerza a escribir fragmentos de la historia de mi vida. Escucha mi voz. Soy yo. Estoy acá. Te estoy hablando ahora.

 

 
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Juan Marcos Leotta

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