/1/
Luster
casi no hablaba con los muchachos. Siempre tan monotemáticos,
tan egocéntricos. Quizás por eso, por quedarse callado,
por observar en silencio, había sido el primero en advertir que
algo le pasaba a Rody. Jefe y buen tipo: una combinación inusual.
¿Cómo era posible que alguien como Rody manejara aquel
negocio? Quizás podía parecerlo, pero no era nada fácil
estar en su lugar.
En un principio, Luster no le hizo ni una pregunta, tal vez por prudencia.
Tal vez, también, por interés. Era esperable que Luster
pensara, ante todo, en su propio futuro. Sin duda no permanecería
mucho tiempo más en ese trabajo.
Bien
dicho: aquello era ya para él, irreversiblemente, un mero trabajo.
La aventura había terminado tiempo atrás. La fantasía
había existido también para él, pero ahora poco
y nada quedaba de ella. El sueldo no era malo, por cierto, pero venía
a compensar un esfuerzo considerable: pasar a última hora por
el gimnasio, tolerar la violencia del Animal Pack, soportar el horror
de la depilación. Y además las mujeres, de cuarenta años
o más, secretarias o abogadas o empleadas de comercio, gritaban
y aplaudían como locas durante el show. Pero después nada.
Sólo bailaban y tomaban New Age. Tomaban mucho, pero esa noche
volverían junto a sus maridos o novios, o simplemente seguirían
solas. Las mujeres llegaban a su vida por otros lados, no por su trabajo.
Dijera
lo que dijera Rody, Luster comenzaba a sentir que era hora de irse de
allí.
¿Otra
vez?
¿Esta
vez hacia dónde?
/2/
Rody pertenecía a la clase de jefes que en épocas de angustia
económica se abocan con súbita obsesión a los detalles
más irrisorios de sus negocios. Una noche entró al vestuario
a decirle a Luster que saldría a escena con Simply Irresistible.
Luster asintió con indiferencia. Y, como estaban solos (el resto
de los muchachos aún no había llegado), aprovechó
para preguntarle a su jefe, de manera ingenua y sincera, qué
le estaba pasando:
–Tengo
que hacer otra movida –le confesó Rody, y bajó la
vista.
Al
vestuario llegaba la música del salón, una rara mezcla
de warm up electrónico y ritmos latinos.
–¿Es
eso? –inquirió Luster. Después de meses de relación
había entre ambos mucha confianza–. ¿Nada más?
–Nada
menos –dijo Rody.
Entonces entró Silvito, sonriente, con un bolso Adidas a cuestas.
Nadie dijo más nada. Esa noche, como siempre, Luster bailaría
muy bien. Simply Irresistible era, de todos modos, un tema
que detestaba.
/3/
Luster
había nacido en el sur de Estados Unidos. Su madre, blanca, hija
de diplomáticos argentinos, huyó de Washington DC rumbo
a Arkansas a los veinte años. Perseguía a un profesor
suyo de Historia, un hombre mujeriego y mayor, que increíblemente
la rechazaba. Una noche, ya en Arkansas, algo borracha, se acostó
con el padre de Luster. Apenas había cruzado algunas palabras
con él en un bar. Era negro, alto y atractivo. Al día
siguiente, él seguiría su camino: tenía mujer e
hijos en Mobile. Ella, que se negó a abortar, jamás lo
buscaría.
Arkansas
era un estado conservador. Allí crecería Luster. Por motivos
imprecisos, entre los cuales no se contaba la nostalgia, su madre le
habló en español desde sus primeros días. Y los
relatos de ella, junto con algunos artículos de revistas, construyeron
en su mente una imagen algo quimérica de la Argentina. El país
se le figuraba a Luster como un gran páramo repleto de chatarra,
donde florecían aquí y allá pastizales plagados
de jaurías rabiosas, habitado por gauchos, europeos y bailarines
de tango.
Al
llegar a Buenos Aires se sintió en una ciudad sucia, inmensa
y nocturna. Quizás hubiera en ella (curiosamente) un resabio
de aquella ciudad fantasmagórica forjada en su imaginación.
La gente le pareció cálida, triste y culta. Le costó
mucho creer que su madre hubiera nacido allí. Durante los primeros
días, establecido en un hotel del centro, le gustaba mirar el
mapamundi del lobby, localizar la Argentina, y pensar bobamente en cuán
al sur se encontraba.
/4/
Rody
había conocido Perú años atrás, siguiendo
el típico derrotero de los jóvenes porteños: Salta
y Jujuy, La Paz, Cuzco… Pero Rody no volvió en la fecha
prevista. Grandes caminatas, alguna mujer, muchas calles, largas noches.
Al regresar, un año después, traía consigo dos
kilos de cocaína.
En
Buenos Aires no le faltaron amigos y amigos de amigos que lo llamaban
a cualquier hora con buena plata. Vendió y ahorró con
una disciplina que jamás había tenido antes para otra
actividad. Más por azar que por previsión, cambiaba cada
tanto sus ganancias recientes a dólares. Apenas gastaba un poco
en ropa. Sólo la mayor de sus hermanas, la menos ingenua, tuvo
alguna sospecha cuando al cabo de dos años Rody puso su propio
boliche.
–Rodolfo,
¿cómo conseguís que los bancos te presten tanto
dinero?
Él
sonreía.
–Vení
cuando quieras a mi boliche –le decía–. Todavía
le falta una reina.
En
los comienzos, Rody manejó muy bien las cosas. Entró en
caja mucha plata. Y pudo así abrir otro boliche más. Y
después, un bar temático. Y después, el show para
mujeres. Rody solía decir que era necesario estar despierto.
Solía decir que la noche era un negocio imprevisible, con sus
vueltas inexplicables, lleno de alzas y bajas. Lo decía con esas
mismas palabras.
/5/
–Es
como una grieta.
–¿Una
grieta…? –repitió Luster.
La
imagen era llamativa en boca de su jefe. Luster pudo permanecer serio
sólo un instante, luego soltó la carcajada. También
Rody terminó por reírse.
–Una
grieta, sí –continuó diciendo. Estaba golpeado,
pero aún lograba reírse de sí mismo. Señaló
un banquito cercano a un rosedal. Hacia allí caminaron–.
Lo siento así. Es así. Algo pasa, se me va la plata.
Luster
sabía que Rody confiaba en su gente. No se trataba de que alguien
le robara. Era otra cosa. Algo distinto. Algo impreciso, pero que ya
no podía seguir siendo negado. No había duda de que en
los últimos meses algo fallaba en su negocio, en la organización,
en algún lugar.
–¿Cuál
es la grieta, Rody? Pensá bien…
–Estoy
cansado de pensar. Lo he pensado mil veces.
Rody
mantenía a algunas mujeres; tenía salidas mesuradas; solía
ser generoso con sus amigos: eso era todo. Nada exorbitante, al fin
y al cabo. ¿Por dónde se perdía la plata? ¿Por
qué siempre parecía faltar? Para peor, con cada cambio
de comisario, la policía pedía sumas mensuales cada vez
más grandes. Si llegara a menguar siquiera un poco la concurrencia
a los boliches, entonces el problema se volvería ciertamente
apremiante.
Se
sentaron en el banquito cercano al rosedal.
–¿Sabés
lo que sería empezar a caer y volver a cero? –dijo Rody.
Ya no había rastros de risa en su voz–. Ni me animo a imaginarlo…
Luster
desvió la vista.
–Está
linda esta placita, ¿no? –dijo al rato.
/6/
Desde
su llegada a la Argentina, Luster había pasado por muchos trabajos:
profesor de inglés, mozo, vendedor en un shopping, instructor
de natación. Era norteamericano y eso parecía bastar:
creían en él. Hizo también un curso de fotografía,
estudió Letras unos meses. Podía hacer cualquier cosa
bien. Estaba convencido de ello. Pero todas las actividades y todas
las personas terminaban por cansarlo en breve tiempo. No había
nada definitivo para él, en ningún sentido de
esa palabra compleja. Y eso no era un problema. Quizás al contrario…
De un modo u otro, poco importaba esa diferencia. No eran infrecuentes
los momentos en que se consideraba una persona más bien feliz.
En
Buenos Aires los días pasaban sin más. Nadie lo conocía.
Tenía ahorros y un buen sueldo. Nada (según parecía)
le estaba negado. ¿Por qué no ser stripper?, se dijo en
un momento. Tenía chances: era alto, la natación le había
dado un buen físico, podía aprender a bailar. Su piel
mulata resultaría llamativa a la vista de las argentinas.
Cumplido
el esfuerzo necesario, se convirtió en pocos meses en la estrella
del local de Rody. Hablaba poco y nada en los vestuarios, bailaba bien
en el escenario, las mujeres lo aplaudían, sus ahorros se acrecentaban.
Otra vez, podía decirse, las cosas le habían salido bien.
Llegó
entonces un tiempo de inercia y descanso. Luster lo aceptó y
trató de aprovecharlo lo mejor posible. Se conocía bien:
en breve sentiría la tentación o la obligación
de buscar un rumbo nuevo.
Ahora,
esa sensación había llegado. Y no podía fingir
desoírla.
/7/
La
idea de llevarle un book a un agente surgió en una conversación
entre Luster y la Mary. Según ella, que decía haber adquirido
la intuición de las mujeres, alguien como él no tardaría
en tener éxito en ese camino.
–Se
te va a dar. Te lo digo yo, mi ángel. Vas a ganar buen dinero.
Tomaban
mate en el departamentito de ella. Anochecía. Él partiría
en un rato hacia el gimnasio. Ella no empezaría a maquillarse
sino hasta después de la cena.
–¿Qué
puedo perder…? –murmuró él.
–¿Perder?
Nada, mi ángel –le contestó ella–. Pero yo
te voy a perder a ti. Te conozco. Después, allá arriba,
no te vas a acordar de mí…
/8/
A nadie le llamó la atención que Rody, al entrar al salón
vacío con las luces encendidas, sacara de su bolsillo un paquete
de Marlboro y prendiera ávidamente un cigarrillo. Decenas de
veces había dejado y retomado el hábito. Ésa noche
no era distinta por ello. Lo que atraía las miradas de todos
era la piel sombría bajo sus ojos. ¿Cuándo había
dormido bien por última vez? Sus migrañas se habían
vuelto demasiado intensas. Casi ni visitaba a sus mujeres. Las personas
que circulaban en torno suyo le parecían meras figuras vacías.
¿Por qué lo dominaba constantemente ese vago sentimiento
de irrealidad?
Estoy solo, se dijo.
Debía mucha planta a gente impaciente. Odiaba a sus deudores,
sobre todo por el temor que despertaban en él. Tenía que
repetir la jugada inicial. No podía hacer otra cosa. No quería
volver al llano.
Ya
no se vivía a fines de los ochenta. Ahora el verdadero negocio
consistía llevar la droga de Buenos Aires a Europa. El punto
más complejo era encontrar la persona indicada para el transporte.
–Si
eso no falla, nada falla –le dijo Rody a Luster. Su tono era firme.
Buscaba, ante todo, convencerse a sí mismo–. Eso es lo
que me quita el sueño.
–Se
nota –bromeó Luster.
Esta
vez Rody sólo esbozó una esforzada sonrisa.
/9/
–La
vida es muy simple –le decía ella–. Tengas mucho
o poco dinero, nunca eliminas la depresión. Pero el dinero la
retarda, ángel mío. Y una vez que caes… lo hace
todo más suave.
A
Luster le gustaba conversar con la Mary. Día a día se
enteraba de nuevos hechos de su vida, pero al mismo tiempo advertía
en ella la recurrencia de evasivas sutiles, como si a fin de cuentas
se rehusara, por motivos insospechables, a dejarse conocer por completo.
Había
llegado a Buenos Aires tres años antes que él. Venía
de Barcelona, en total huida de la heroína. Buscaba, como mucha
gente, un lugar donde el caballo fuera todavía una palabra
demasiado extraña. Podría haber ganado suficiente plata
sólo con los clientes, pero además repartía cocaína
entre sus amigas travestis. Todos los jueves aparecía por los
boliches de Rody a buscar una cantidad que aumentaba semana a semana.
Luster,
en cada visita a la Mary, recorría el departamentito de la Avenida
Córdoba, en el cual aparecían siempre objetos nuevos:
cremas, maquillaje, zapatos hechos a medida, un DVD, espejos, flores,
sábanas y cortinas…
–Nada
mal –dijo él–. Really...
–Siempre
pensé que tú, si quisieras, podrías tener muchísimos
clientes y ganar buen dinero mientras esperas que llegue el gran contrato…–le
dijo ella.
Luster,
sin mirarla, respondió con espontaneidad:
–No
me gustan los hombres. Es una lástima.
/10/
La Argentina devaluada era una excelente opción para publicistas
y productores extranjeros. La grabación les costaba apenas unas
monedas, y luego vendían afuera el producto en dólares.
Así fue como llegó a Buenos Aires un grupo de Madrid para
filmar el spot de una nueva línea de camisas sport. El agente
de Luster vio la oportunidad con claridad: un mulato podía dar
el toque de cosmopolitismo a veces conveniente en ciertas campañas.
A
Luster le tocó vestir una camisa verde manzana.
El
corto televisivo y la gráfica correspondiente también
fueron lanzados en la Argentina y el Uruguay, donde serían comercializadas
las camisas. El día que apareció la publicidad, el llamado
de Rody no tardó en llegar. Luster, que andaba en la calle, esa
noche oiría varias veces el mensaje guardado en el contestador.
Rody decía simplemente que tenían que juntarse a hablar.
Nada más. Pero en su voz había una nota extraña,
una exaltación velada, como si hubiera concebido una idea brillante
que exigiese precaución y cuidado.
Luster
decidió no contestarle el llamado hasta después de ese
fin de semana. Sí llamó al trabajo: dijo que faltaría
viernes y sábado, que se había doblado un tobillo jugando
al básquet, que le deseaba suerte a Silvito en su reemplazo.
/11/
En
la fiesta había muchas chicas. Martín, ex alumno de natación
de Luster, solía estar rodeado de muchas amigas. Luster charlaba
sobre todo con Malena, a quien ya conocía de reuniones anteriores.
Era flaca, castaña, simpática. Estudiaba sociología.
El alcohol la ponía algo locuaz. El espumante no era bueno, pero
nadie, salvo el novio de Martín, dejaba de tomarlo. Bastante
después de medianoche, por las calles empezaron a circular los
taxis cargados de chicos rumbo a los boliches. Un buen viernes, francamente.
Todos, salvo el novio de Martín, estuvieron de acuerdo en ir
a bailar.
En
el auto se rieron mucho, sobre todo cuando pasaron frente al afiche
de las camisas. Iban muy rápido. Luster, por momentos abstraído,
contemplaba las luces de Libertador, difuminadas por la velocidad. Estaba
un poco borracho. Se sentía vagamente agradecido. Malena iba
al lado suyo. Estaba con él. Esa noche (lo sabía bien)
terminaría para ambos en el departamento de ella. Casi no era
necesario decir nada.
/12/
Los
tres amigos de Luster compartían un departamento en Palermo.
Ese sábado no había mucho para hacer. Escucharon algunos
discos. Tomaron cocaína. Discutieron un rato. Fueron a un bar.
Pidieron unos tragos. Tomaron más cocaína. Volvieron al
departamento. Jugaron al truco. Tomaron más cocaína. Charlaron
muchísimo. Nadie dejó de decir que era muy buena esa cocaína.
Tomaron un poco más, hasta terminar los papeles.
Cuando
se hizo de día, Luster y uno de los dueños de casa salieron
al balcón. Estuvieron largo rato allí, al sol, ya en silencio.
Luego bajaron a una farmacia a comprar Lexotanil. Durmieron casi todo
el domingo.
Antes
de volver a su casa, Luster pasó por un locutorio. Habló
varios minutos con una ex novia suya que aún vivía en
Arkansas. Recién entonces lo llamó a Rody.
/13/
–¿Cuánto
más? –le preguntó Luster con decisión.
Rody
tomó una servilleta y sacó su lapicera.
Aún
sonaban en la mente de Luster las palabras recientes de su jefe. Se
nos dieron todas, hermano. Los diarios, la televisión…
Estás en todos lados. No me podés decir que no justo ahora.
¿Quién te va a joder en el aeropuerto? Sos una estrella,
negro. Hasta esta moza te reconoció. Se nos dieron todas…
Luster había dejado jugar a Rody el papel de gran seductor. Aunque
él, en realidad, ya había aceptado el trabajo por su cuenta.
Varios días atrás, incluso. Había aceptado la oferta
de Rody antes aun de que éste la formulara. Sólo buscaba,
mediante ese juego, obtener un porcentaje mayor.
Recibió, impasible, la servilleta garabateada. Leyó el
número con detenimiento. Luego dobló y guardó la
servilleta en su bolsillo.
–¿Y?
–dijo Rody.
Luster le dio el último sorbo a su capuchino. Sonrió,
finalmente, a manera de respuesta.
/14/
Dotado
de una lucidez notable (a veces, también, problemática),
Luster había advertido desde un principio que su decisión
respondía a una lógica particular, completamente insospechada
por Rody. La repentina ubicuidad de su rostro moreno y sonriente podría
evitarle sólo algunos problemas. No todos, a decir verdad. Allí
residía, para él, la clave del asunto. Aunque Rody se
negara a admitirlo, el riesgo de la operación no disminuía
tan sustancialmente. Eso era lo que Luster (acaso comprensiblemente)
buscaba en última instancia. Hacer las cosas bien había
terminado por hastiarlo. Necesita otra clase de actividades. Otro nivel
de emociones.
Y a la luz de esa misma lógica, no desechaba la carrera de modelo
por miedo a que se tratara de un éxito de cinco minutos,
sino, contrariamente, por creerse capaz de permanecer y triunfar en
ella. Ya había vislumbrado, por otra parte, los placeres de ese
singular camino. No era una alucinación de la droga, se repetía.
No. Había entrevisto, vertiginosamente, en un solo fin de semana,
las horas de ese futuro posible. Y lo trágico de esa visión
era que (acaso por la fuerza misma de su claridad) había terminado
por vaciar a dicho tiempo por venir de toda su densidad. El futuro era
pasado. Vivirlo hubiera sido morir.
Luster no podía hablar de este asunto con nadie, pero le hubiera
gustado que un oyente imparcial le confirmara que estaba bien, que no
era descabellado, que era inevitable buscar la alternativa
que él había buscado.
/15/
–Tengo
una data para ti, Fabi –le dijo la Mary.
Fabián
Velásquez, sobrio desde hacía algún tiempo, rechazó
la oferta.
–Va
solo –insistió la Mary–. Es todo tuyo, mi ángel.
Le limpias enseguida.
–¡Que
estoy fuera, digo! ¿No entiendes eso? Me quedé en este
lugar de mierda, pero igual estoy fuera, Mary…
Ella,
de pronto más seria, le habló sin vueltas:
–Es
que oportunidades así se dan una sóla vez en la vida,
hombre. ¡No puedes ser tan imbécil! Óyeme una cosa:
te volveré a llamar pronto y aceptarás y reconocerás
que te portaste como un imbécil… ¿OK, Fabi?
Se
despidieron con pocas palabras. La Mary cerró los ojos. Hablar
con Fabián, después de tanto caballo comprado y vendido,
le producía un escalofrío casi insoportable. Pensó,
como otras veces, que debía permanecer en Buenos Aires si quería
seguir conservarse cuerda.
/16/
Pocos
días después, Luster y Rody pasaron a buscar las valijas
por un local de Scalabrini Ortiz. Las había acondicionado un
talabartero que fabricaba los zapatos número cuarenta y cuatro
de la Mary. Tenía fama de ser un talento de excepción
con los trabajos en cuero.
–Una
obra de arte –sentenció Rody al ver las valijas.
Luster
no sabía si su jefe había hecho su elogio por convencimiento
sincero o por mero afán de infundirle confianza.
–Está
bien, creo –dijo él a su turno–. Entonces aquí
caben quince quilos, ¿no?
El
talabartero hizo un gesto de afirmación. Sólo habló
al momento de reclamar el pago:
–Agradecería
un extra por el apuro del trabajo –dijo con una voz llamativamente
delicada. Y, mirando a Luster, agregó con sarcasmo–: Quizá
sea verdad eso de que la fama dura cinco minutos.
/17/
De
pronto pasó a ser muy difícil localizar a Rody. Por boca
de terceros, Luster supo que su jefe había viajado al Norte.
Quizás estuvo en La Paz, o quizás solamente en Jujuy.
De vuelta en Buenos Aires, casi ni contestaba el celular. Estaba arreglando
el contacto en Madrid, según le dijo en una brevísima
charla.
Mientras
tanto, la ansiedad de Luster en nada disminuiría con las intensísimas
rutinas de gimnasio a las que llegó a entregarse. A cada rato
hablaba por teléfono con la Mary, sobre todo de noche, siempre
muy tarde, cuando ambos habían regresado ya a sus casas.
Luster sonaba cada vez más como un hombre cansado.
–Con
la plata que gane –dijo una vez– puedo irme al sur.
Ella
lo escuchaba mientras se sacaba el maquillaje. Había terminado
por pensar que Luster, a fin de cuentas, era un depresivo. Ésa
era su conclusión. Que rara vez se deprimiera era otra historia.
No importaba. Era un depresivo.
–This
is it –siguió diciendo él–. Me voy a ir al
sur.
–¿A
Miami? Invítame, desgraciado.
Él,
sin llegar a reírse, pasó a hablar en un tono más
liviano:
–San
Martín debe ser un buen lugar. O… no sé… tal
vez El Bolsón.
–Tienes
raz… coño…
–
¿Qué pasa?
–
–Se me está terminando el demaquillador. Y con lo caro
que está.
/18/
–Hola
Luster. Soy yo, Rody. Supongo que andarás por el gimnasio. Bueno,
te voy a ver esta noche en el show, supongo. Así que mejor charlamos
ahí. Esteee, igual quería decirte ahora que… que
me disculpes. Estuve un toque ausente, man, pero era necesario. Ya está
todo. Ya está todo arreglado. Hasta lo del hotel. Me vas a esperar
en un hotel de La Castellana ¿sabés? Bueno, después
te cuento bien. No sé. No te olvides lo de tus pilchas. Es clave,
man, como te dije. Si eso está bien, está todo bien. Seguro.
Bueno, un abrazo. Chauuu.
/19/
La
noche anterior al viaje Luster estuvo a punto de caer en un ataque de
nervios. Le resultaba abrumador considerar la tarea que le esperaba.
Decidió tomarse dos Alplax. Era imprescindible calmarse, pensar
en trivialidades, alejarse un poco de sí mismo.
Las
valijas estaban en un rincón del cuarto. Ya cargadas. Ya cerradas.
Luster, inexplicablemente, no podía dejar de mirarlas. Era como
si ejercieran sobre él una atracción misteriosa y torturadora.
Al final decidió cubrirlas con una sábana.
En
un video viejo tenía grabado un capítulo de Los Simpsons.
Lo miró hasta la mitad: odiaba los capítulos en que Lisa
era protagonista. Salió al balcón, a respirar un poco.
Se le ocurrió llamar a Malena, al celular, pero nadie contestó.
Luego volvió a encender el televisor. En ESPN transmitían
el campeonato mundial de aerobics; en Crónica pasaron media hora
de imágenes de un accidente en la Autopista Lugones; terminó
mirando un thriller clase b por ISAT. En cierto momento sintió
que tal vez podría dormir un poco.
Así
pasó la noche.
El día amaneció nublado.
/20/
Lo atendería una mujer vieja.
–Pasajes,
por favor– le dijo el hombre tras el mostrador.
Tomaría un café luego de despachar las valijas.
Su estómago temblaba. Ni siquiera podía tomar agua.
Habría perros policías por todos lados.
No había, hasta el momento, ninguno a la vista.
Se vería elegante y sobrio con su traje Mancini de setecientos
pesos.
¿Por
qué esa tela lo hacía transpirar tanto?
No pensaría en la cárcel.
La
cárcel, pensó, devastaría por completo a alguien
como él.
No
miraría a ningún policía.
¿Por
qué se demoraba su vista en toda persona que llevara algún
tipo de uniforme?
No
pensaría en la cárcel.
La cárcel, pensó, sin duda lo haría psicotizar.
No
pensaría…
La cárcel…
/21/
No
era la primera vez que el teléfono la despertaba a las nueve
y media de la mañana. Quizás fuera un neura que buscaba
cocaína. Quizás, algún cliente de gira.
–Diga
–gruñó la Mary.
–Soy
yo.
–Ay,
qué sorpresa, chaval.
Era Fabián.
–Estoy
dentro –dijo él–. Quiero el dato, Mary.
Ella le pidió que esperara un minuto. Se fue a servir un café
y volvió al teléfono:
–OK,
aquí estoy. Escúchame, ángel: ya está en
camino, así que tienes que moverte rápido. Lo conoces,
tienes que haberlo visto en los afiches de la calle...
/22/
–Gracias
–murmuró Rody.
Daiana,
una de sus mujeres, acababa de llevarle un té con miel al sofá
donde estaba recostado. A él le dolía mucho la garganta:
había fumado casi dos paquetes sólo hacia media tarde.
–¿Y
cuándo es que pensás volver? –preguntó ella,
acurrucada de nuevo a su lado.
Se mostraba cariñosa y ofendida al mismo tiempo: Rody no la había
llamado por varios días.
–No
sé –contestó él–. Todavía no
sé muy bien.
–Seguro
te vas a enamorar de una madrileña…
–Nunca
–dijo él roncamente. Ella rió–. ¿Qué?
Tengo la voz muy partida, ¿no?
–Para
mañana vas a estar bien. Ahora tomá el té. Vamos
–dijo ella, y le dio un beso en la frente. Luego, tras una pausa,
agregó–: ¿Y qué me vas a traer de allá?
/23/
Fabián
Velásquez vivía a poca distancia de la residencia de jugadores
juveniles del Barcelona. Para viajar a Madrid utilizó la misma
camioneta que manejaba todos los días, perteneciente a la pequeña
empresa de encomiendas de su suegro. Partió a mitad de la noche,
aprovisionado de un termo con café para combatir el sueño.
La ruta no estaba muy cargada. Desde bien temprano sintonizó
una emisora deportiva, en la cual los conductores analizaban minuciosamente
los resultados de la última fecha de la liga y debatían
sobre el escándalo judicial por la nacionalización de
jugadores sudamericanos. Fabián no tenía una opinión
formada sobre ese tema, pero escuchó el debate con una curiosidad
atípica en él. Nunca solía prestarle mucha atención
a nada.
Sólo
al llegar a las inmediaciones del aeropuerto vio las banderas de la
gran movilización. Apagó la radio, tanteó su arma,
tomó su celular. Marcó un número recientemente
programado. Julio, uno de sus amigos madrileños elegidos para
la operación, contestó al instante.
/24/
El
ruido de los cinturones de seguridad al desabrocharse surgió
unos segundos antes de que el avión se detuviera por completo.
Una de las azafatas dio por los altoparlantes, en castellano y en inglés,
las instrucciones y las formalidades usuales.
–¿Viene alguien a buscarlo? –susurró la vieja.
Había estado sentado junto a él. Era amable, pero demasiado
conversadora. Le había llegado a pedir un autógrafo para
su nieta.
–No,
no –dijo Luster. Y se puso los anteojos oscuros.
El
avión finalmente se detuvo. Los pasajeros se pusieron de pie.
Incluso en el pasillo, ocupado por la lenta fila, la vieja siguió
hablando. Se había hecho varios amigos en el avión: las
azafatas, sus vecinos de asiento, los pasajeros sentados delante del
toilette. Era como si renaciera y se revitalizara con todo contacto
humano, por trivial y fugaz que éste fuera. Luster ya casi no
le prestaba atención. Estaba extrañamente obsesionado
por la idea de transpirar demasiado. No podía dejar de pensar
que así terminaría delatándose. En un momento la
vieja volvió a dirigirse a él.
–Parece
que hay una manifestación en el aeropuerto –le dijo alarmada.
Alguien de la tripulación le había pasado la información–.
Son unos revoltosos, me dijeron…
/25/
Eran muchos. Habían llegado desde muy temprano. Se desplazaban
en buses, trenes, motos. Venían de todos lados. Flotaban y se
mezclaban en el aire lenguas variadas. Sobraban por doquier las palabras:
en las bocas humeantes, los gorros, las pancartas, las banderas: cánticos,
consignas, chistes, lemas. La mayoría de ellos marchaba pacíficamente
por las vías aledañas al aeropuerto. Y algunos cientos
habían logrado ingresar al edificio central, en donde recorrían
una y otra vez los pasillos, ignorando las miradas curiosas de los pasajeros
que acarreaban bolsos y valijas. Los policías aeronáuticos
se sentían desbordados. El nerviosismo era creciente. Ya venían
en camino más refuerzos.
Invisibles
un día antes, los globalifóbicos europeos se habían
congregado esa mañana en el aeropuerto de Barajas para repudiar
al primero de los presidentes de la OTAN que pisaría suelo español
ese mediodía. Según especulaban, el repudio al primero
de los visitantes demoraría y complicaría el arribo del
resto. Tal vez alguno de ellos incluso cancelara su asistencia a la
Cumbre.
De
pie frente a la cinta mecánica que distribuía las valijas,
Luster intentaba convencerse de que esa situación inesperada
lo favorecía. Había imaginado cientos de escenarios posibles,
pero no ciertamente ése. Era verdad que habría más
policías de lo acostumbrado, pero sin duda estarían más
abocados al control de los manifestantes que de los pasajeros.
–Adiós,
joven. Que Dios lo bendiga –le dijo la vieja al pasar, cargando
sola una pequeña Samsonite roja.
Los
sucesos inesperados jugaban a su favor, se repetía Luster, mientras
circulaban por la cinta más bolsos y valijas, y poco a poco se
iban yendo quienes habían volado con él.
/26/
Sí,
los años eran lo que más le pesaba. Cargar tantas maletas
terminaría por romperle la espalda. La misma espalda maltratada
durante su juventud en los campos de mango del Orinoco. Ya estaba viejo.
Ya estaba cansado. Qué vaina. Esas dos maletas de cuero le resultaban
pesadas como los mil diablos. Poco entendía ya del mundo loco.
Pero de una cosa estaba seguro: esa condenada tierra que pisaba no era
Madrid, como decían las etiquetas. Pesaban mucho esas maletas.
Pesaban muchísimo. ¿Qué tendrían adentro?
Qué vaina. ¿En qué se parecerían él
y el pobre gringo que seguro cacareaba en la otra punta del globo reclamando
por sus maletas? Era grande el mundo. Era grande el mundo loco. Pero
vida se tenía una sola. Y verdad que era harto injusta. ¡Cinco
hijas! Sobraban en su casa mujeres para cocinar y barrer y casarse con
muertos de hambre de los morros. Y en cambio ningún varón
para ayudarlo jamás, en la finca primero, o luego en el taller,
o luego en la albañilería. Siempre sólo para juntar
bolívares. Y sólo también en ese momento para cargar
maletas. No había ningún otro cargador a la vista. Y justo
en ese momento, recién aparecidas esas hermosísimas maletas
repletas…
/27/
Las valijas habrían sido demoradas, pensaba Luster, pero nada
parecía impedirle abandonar sin más aquel lugar. Continuó
avanzando despacio entre la muchedumbre. Nadie reparaba en él.
Ni los policías, ni los pasajeros, ni los manifestantes. Por
primera vez en su vida consideró a Rody un tipo verdaderamente
ingenuo: ¿cómo creer que su fama, casi inexistente, hubiera
podido evitarle algún problema en circunstancias normales?
Lentamente,
pero sin esfuerzo, Luster siguió abriéndose paso rumbo
a la salida. ¿Qué sería de Rody en adelante? Difícil
saberlo. No le correspondía a él, de todos modos, intentar
adivinarlo. Su parte del trato estaba cumplida. Mal o bien, así
era. Ahora se encontraba en Madrid. Y era preciso comenzar tal vez otro
capítulo en su vida.
This
is it, se dijo en silencio.
Y dos pasos después sintió la punta del caño contra
su espalda.
/28/
El
bus trepaba por los morros caraqueños como una hormiga solitaria.
Durante ese regreso a casa, caviló hasta el hartazgo acerca del
suceso principal del día. No había concretado su impulso.
Jamás habría podido hacerlo, se dijo. Era honrado.
¿O
cobarde? Sí, cobarde. Cobarde siempre. Siempre el buen camino:
por miedo.
–Lucita,
estas maletas se extraviaron– le había dicho finalmente
a su supervisora–. Hay que reenviarlas a Barajas, Madrid.
El
bus lo dejaba cerca de casa. Sólo debía subir una loma
corta; una vez arriba, la suya era la penúltima de las casas
aledañas al despoblado. Allí solían jugar al baseball
los niños del lugar.
Esa
tarde no había nadie.
Cobarde.
/29/
El
Hotel Bernú, acaso el más discreto de La Castellana, atraía
con sus bajas tarifas de habitaciones y cafetería a muchos estudiantes
en travesía urbana por Europa. Esa mañana, tres jóvenes
rubios charlaban sentados en los sillones del lobby cuando Rody entró
y se acercó a hablar con la recepcionista.
–La
reserva estaba hecha, sí, pero nadie se registró con ese
nombre.
–Tiene
que haber un error –dijo Rody–. Él tenía
que estar acá.
La recepcionista hizo un gesto de desconcierto. Volvió a consultar
el registro.
–Pues
yo sólo puedo informarle que nadie se registró con ese
nombre.
Rody sintió una puntada en la cabeza. La recepcionista, bastante
joven, conservaba su sonrisa profesional. Se oyeron de pronto unas risas
cercanas: los chicos rubios miraban y comentaban juntos un álbum
de fotos.
–Tiene
que haber un error –repitió Rody, con los ojos entornados.
Ignoraba ya a la recepcionista y hablaba para sí–. Estoy
seguro –decía–. Tiene que haber un error. Estoy seguro.
/30/
–Oye,
Fabi, mejor le cubrimos la cara, ¿no?
Fabián, atareado, no contestó. Desde su silla, Julio insistió:
–Ya
nos vio, vale, pero mejor le cubrimos la cara, ¿no?
En
silencio, Fabián siguió limpiando la recámara de
su Nertak 22 mm.
–Oye,
Fabi… Fabi… ¡¡Fabi!!
–¿Cuál
es tu puto problema? –gritó Fabián–. Dime
de una vez ¿cuál es tu puto problema?
–No
me grites, mierda. Que no se tiene a un secuestrado así nomás,
con la cara descubierta, pues…como un amigo al que invitas a cenar…
Fabián no dijo nada. Volvió a su arma.
–Puedes
estar limpio –siguió Julián–, pero eso no
te habilita a comportarte como un gilipollas.
Atado a una silla, Luster mantenía los ojos cerrados. Le habían
permitido tomar un tranquilizante. Ya había hablado, hasta entonces
sin amenazas ni apremios. Ya había dicho lo suyo. El problema
era que ellos no le creían.
Al
rato se oyeron pasos en la escalera. Se abrió la puerta. Darío,
el tercer hombre de la operación, apareció cargando unas
bolsas de supermercado. Era la cena. Había varias botellas.
–Tal
vez esto vaya para largo, ¿no? –dijo como justificación.
Fabián hizo una mueca que se acercaba a la negación, o
acaso a un deseo de negación. Ninguno de los tres era sádico.
Ninguno disfrutaría la tarea. De todos modos, no podían
posponer el interrogatorio final, es decir el verdadero interrogatorio,
por mucho más tiempo.
/31/
Con sólo verlo entrar, el mozo supo que algo terrible le había
ocurrido a ese hombre. Hubiera sido casi un abuso pedirle que apagara
el cigarrillo, aun cuando se encontrara en el sector no fumadores.
¿Quién
era, se preguntó Rody, aquél que actuaba por él,
que entraba a ese bar, que pedía un café doble y un cenicero?
¿Por qué experimentaba ser, en esos momentos, un simple
espectador de sus propias acciones? Quizás todo se debía
a una certeza: efectuados los llamados telefónicos, ya no le
quedaba nada más por hacer. La operadora de la Aerolíneas
Argentinas le había informado que el vuelo en cuestión
había arribado a Madrid el día anterior, según
lo estipulado; en casa de Luster estaba encendido el contestador automático;
el Registro Central de Hospitales no tenía ninguna información
que pudiera interesarle.
Eso
era todo. Nada más por hacer.
La
taza, sin azúcar, permaneció casi llena. El cigarrillo
se consumió apoyado en el cenicero. Rody salió del bar.
Se largó a caminar sin rumbo por Madrid.
¿Qué
sería?, se preguntó el mozo desde la barra.
/32/
–¿Lo
hicieron?
–No.
No lo hicimos… ¿Te refieres a eso, digo? –el
tono de Fabián era neutro–. ¿Para qué? Está
vivo. Los pulsos vuelan, no te imaginas. Andará por la calle
en estos momentos…
La Mary iba a comenzar a hablar, pero tuvo un ataque de tos. Había,
además, mucho ruido en la comunicación. Fabián
hablaba desde una central de teléfonos.
–¿Y
qué harás ahora? –dijo la Mary, y volvió
a toser.
–Regreso
a Barcelona, qué otra cosa. Oye, ¿estás enferma?
–Cosas
de estación. El cambio de temperatura, supongo. No te preocupes,
Fabi Mándales saludos a la Lili y a la Agrado si las ves por
allí. Diles que las quiero mucho.
–OK.
Pero tú, Mary, tienes que estar atenta de ahora en adelante.
Increíble la bajada de los pulsos…Tienes que estar atenta.
Estos tíos van a sospechar que tú los entregaste.
–No
hay historia. No son criminales. Cuídate tú, Fabi. Y diles
a las chicas que las quiero mucho.
/33/
Ni
Luster ni Rody habrían dicho que el reencuentro entre ambos fue
absolutamente casual. ¿En qué otro lugar que la Plaza
Mayor se podrían haber cruzado dos sujetos despojados y perdidos
en Madrid? Había un magnetismo insoslayable en ese espacio de
canteros secos y adoquines manchados, ocupado en su apertura por malabaristas,
dealers, linyeras, turistas, bobos, tunecinos y gitanos.
Luster y Rody habían llegado a destiempo, pero ambos se vieron
en el mismo instante. Y a cada uno le pareció ver un fantasma.
Arriba de ellos, el cielo gris de la madrugada o del atardecer.
–El
payaso es el personaje más interesante –dijo Luster.
Y
la frase les valió la entrada en uno de los círculos de
gente.
Les
convidaron marihuana. También empezó a circular una botella
por la ronda. A cambio, ellos ofrecieron las historias que cada uno
traía. Entre los dos construyeron un relato en la cual había
coincidencias, hilos perdidos, discrepancias, misterios. La botella,
mientras tanto, seguía pasando de mano en mano. El líquido
(denso, viscoso, áspero) logró arrancarles a Luster y
Rody algunas sonrisas. A partir de entonces el elenco de amigos espontáneos
se permitió bromear sobre lo escuchado. Uno de ellos, alguna
vez estudiante de antropología, lanzó la idea inesperada:
–¿Y
no reclamaron en la oficina de equipaje extraviado?
Rody
festejó la broma, pero no volvió a hablar en adelante.
Permaneció casi ausente el resto del encuentro. Luster, como
en un comienzo, intuyó que algo en él había cambiado.
/34/
El
departamento donde recibieron a la Mary estaba casi vacío. El
tipo tenía puesta una camisa oscura. Su rostro brillaba, como
recién afeitado. La mujer, sentada a su lado, madura, robusta,
pelirroja, no diría nunca una palabra.
–No
suelo tratar cosas a esta hora –murmuró él–.
Sólo por vos hago una excepción.
La Mary no supo si debía agradecer esa deferencia. ¿A
qué otra hora podía andar una travesti como ella por la
calle?
–¿Sabés
algo nuevo de Rody? –preguntó él.
–Más
bien que no, hombre –dijo ella, sorprendida.
–Qué
increíble lo de ese muchacho… Tiene suerte, parece. ¡Encontrar
las valijas en el lugar de equipaje perdido! Eso es ser un tipo con
suerte ¿no?
La
Mary se encogió de hombros. La mujer pelirroja encendió
un cigarrillo. Se lo pasó al tipo. Luego encendió otro
para ella. Todos sus movimientos eran lentos, parsimoniosos.
–Conmigo
no vas a tener problemas– siguió diciendo él–.
Es simple, Mary. Sólo pido que trabajes prolijamente. El resto…
No me importa lo que se diga, lo que hiciste con Rody: yo soy yo y apenas
me conozcas ni se te va a cruzar por la cabeza hacer algo así
conmigo, ¿me entendés?
–Ya
te conozco –dijo la Mary, amistosamente.
El
tipo y la mujer se rieron.
–Mejor
así –concedió él. Y lanzó una bocanada
de humo–. Sólo quiero laburos prolijos, ¿me entendés?
La
Mary dijo que sí, que había entendido. Y pensó
en ese momento que no sería difícil llevarse bien con
su nuevo patrón.
©Juan
Marcos Leotta