el interpretador narrativa

 

Luster

Juan Marcos Leotta

 

 

 

 

/1/

Luster casi no hablaba con los muchachos. Siempre tan monotemáticos, tan egocéntricos. Quizás por eso, por quedarse callado, por observar en silencio, había sido el primero en advertir que algo le pasaba a Rody. Jefe y buen tipo: una combinación inusual. ¿Cómo era posible que alguien como Rody manejara aquel negocio? Quizás podía parecerlo, pero no era nada fácil estar en su lugar.

En un principio, Luster no le hizo ni una pregunta, tal vez por prudencia. Tal vez, también, por interés. Era esperable que Luster pensara, ante todo, en su propio futuro. Sin duda no permanecería mucho tiempo más en ese trabajo.

Bien dicho: aquello era ya para él, irreversiblemente, un mero trabajo. La aventura había terminado tiempo atrás. La fantasía había existido también para él, pero ahora poco y nada quedaba de ella. El sueldo no era malo, por cierto, pero venía a compensar un esfuerzo considerable: pasar a última hora por el gimnasio, tolerar la violencia del Animal Pack, soportar el horror de la depilación. Y además las mujeres, de cuarenta años o más, secretarias o abogadas o empleadas de comercio, gritaban y aplaudían como locas durante el show. Pero después nada. Sólo bailaban y tomaban New Age. Tomaban mucho, pero esa noche volverían junto a sus maridos o novios, o simplemente seguirían solas. Las mujeres llegaban a su vida por otros lados, no por su trabajo.

Dijera lo que dijera Rody, Luster comenzaba a sentir que era hora de irse de allí.

¿Otra vez?

¿Esta vez hacia dónde?

 

/2/

Rody pertenecía a la clase de jefes que en épocas de angustia económica se abocan con súbita obsesión a los detalles más irrisorios de sus negocios. Una noche entró al vestuario a decirle a Luster que saldría a escena con Simply Irresistible. Luster asintió con indiferencia. Y, como estaban solos (el resto de los muchachos aún no había llegado), aprovechó para preguntarle a su jefe, de manera ingenua y sincera, qué le estaba pasando:

–Tengo que hacer otra movida –le confesó Rody, y bajó la vista.

Al vestuario llegaba la música del salón, una rara mezcla de warm up electrónico y ritmos latinos.

–¿Es eso? –inquirió Luster. Después de meses de relación había entre ambos mucha confianza–. ¿Nada más?

–Nada menos –dijo Rody.

Entonces entró Silvito, sonriente, con un bolso Adidas a cuestas. Nadie dijo más nada. Esa noche, como siempre, Luster bailaría muy bien. Simply Irresistible era, de todos modos, un tema que detestaba.

 

/3/

Luster había nacido en el sur de Estados Unidos. Su madre, blanca, hija de diplomáticos argentinos, huyó de Washington DC rumbo a Arkansas a los veinte años. Perseguía a un profesor suyo de Historia, un hombre mujeriego y mayor, que increíblemente la rechazaba. Una noche, ya en Arkansas, algo borracha, se acostó con el padre de Luster. Apenas había cruzado algunas palabras con él en un bar. Era negro, alto y atractivo. Al día siguiente, él seguiría su camino: tenía mujer e hijos en Mobile. Ella, que se negó a abortar, jamás lo buscaría.

Arkansas era un estado conservador. Allí crecería Luster. Por motivos imprecisos, entre los cuales no se contaba la nostalgia, su madre le habló en español desde sus primeros días. Y los relatos de ella, junto con algunos artículos de revistas, construyeron en su mente una imagen algo quimérica de la Argentina. El país se le figuraba a Luster como un gran páramo repleto de chatarra, donde florecían aquí y allá pastizales plagados de jaurías rabiosas, habitado por gauchos, europeos y bailarines de tango.

Al llegar a Buenos Aires se sintió en una ciudad sucia, inmensa y nocturna. Quizás hubiera en ella (curiosamente) un resabio de aquella ciudad fantasmagórica forjada en su imaginación. La gente le pareció cálida, triste y culta. Le costó mucho creer que su madre hubiera nacido allí. Durante los primeros días, establecido en un hotel del centro, le gustaba mirar el mapamundi del lobby, localizar la Argentina, y pensar bobamente en cuán al sur se encontraba.

 

/4/

Rody había conocido Perú años atrás, siguiendo el típico derrotero de los jóvenes porteños: Salta y Jujuy, La Paz, Cuzco… Pero Rody no volvió en la fecha prevista. Grandes caminatas, alguna mujer, muchas calles, largas noches. Al regresar, un año después, traía consigo dos kilos de cocaína.

En Buenos Aires no le faltaron amigos y amigos de amigos que lo llamaban a cualquier hora con buena plata. Vendió y ahorró con una disciplina que jamás había tenido antes para otra actividad. Más por azar que por previsión, cambiaba cada tanto sus ganancias recientes a dólares. Apenas gastaba un poco en ropa. Sólo la mayor de sus hermanas, la menos ingenua, tuvo alguna sospecha cuando al cabo de dos años Rody puso su propio boliche.

–Rodolfo, ¿cómo conseguís que los bancos te presten tanto dinero?

Él sonreía.

–Vení cuando quieras a mi boliche –le decía–. Todavía le falta una reina.

En los comienzos, Rody manejó muy bien las cosas. Entró en caja mucha plata. Y pudo así abrir otro boliche más. Y después, un bar temático. Y después, el show para mujeres. Rody solía decir que era necesario estar despierto. Solía decir que la noche era un negocio imprevisible, con sus vueltas inexplicables, lleno de alzas y bajas. Lo decía con esas mismas palabras.

 

/5/

–Es como una grieta.

–¿Una grieta…? –repitió Luster.

La imagen era llamativa en boca de su jefe. Luster pudo permanecer serio sólo un instante, luego soltó la carcajada. También Rody terminó por reírse.

–Una grieta, sí –continuó diciendo. Estaba golpeado, pero aún lograba reírse de sí mismo. Señaló un banquito cercano a un rosedal. Hacia allí caminaron–. Lo siento así. Es así. Algo pasa, se me va la plata.

Luster sabía que Rody confiaba en su gente. No se trataba de que alguien le robara. Era otra cosa. Algo distinto. Algo impreciso, pero que ya no podía seguir siendo negado. No había duda de que en los últimos meses algo fallaba en su negocio, en la organización, en algún lugar.

–¿Cuál es la grieta, Rody? Pensá bien…

–Estoy cansado de pensar. Lo he pensado mil veces.

Rody mantenía a algunas mujeres; tenía salidas mesuradas; solía ser generoso con sus amigos: eso era todo. Nada exorbitante, al fin y al cabo. ¿Por dónde se perdía la plata? ¿Por qué siempre parecía faltar? Para peor, con cada cambio de comisario, la policía pedía sumas mensuales cada vez más grandes. Si llegara a menguar siquiera un poco la concurrencia a los boliches, entonces el problema se volvería ciertamente apremiante.

Se sentaron en el banquito cercano al rosedal.

–¿Sabés lo que sería empezar a caer y volver a cero? –dijo Rody. Ya no había rastros de risa en su voz–. Ni me animo a imaginarlo…

Luster desvió la vista.

–Está linda esta placita, ¿no? –dijo al rato.

 

/6/

Desde su llegada a la Argentina, Luster había pasado por muchos trabajos: profesor de inglés, mozo, vendedor en un shopping, instructor de natación. Era norteamericano y eso parecía bastar: creían en él. Hizo también un curso de fotografía, estudió Letras unos meses. Podía hacer cualquier cosa bien. Estaba convencido de ello. Pero todas las actividades y todas las personas terminaban por cansarlo en breve tiempo. No había nada definitivo para él, en ningún sentido de esa palabra compleja. Y eso no era un problema. Quizás al contrario… De un modo u otro, poco importaba esa diferencia. No eran infrecuentes los momentos en que se consideraba una persona más bien feliz.

En Buenos Aires los días pasaban sin más. Nadie lo conocía. Tenía ahorros y un buen sueldo. Nada (según parecía) le estaba negado. ¿Por qué no ser stripper?, se dijo en un momento. Tenía chances: era alto, la natación le había dado un buen físico, podía aprender a bailar. Su piel mulata resultaría llamativa a la vista de las argentinas.

Cumplido el esfuerzo necesario, se convirtió en pocos meses en la estrella del local de Rody. Hablaba poco y nada en los vestuarios, bailaba bien en el escenario, las mujeres lo aplaudían, sus ahorros se acrecentaban. Otra vez, podía decirse, las cosas le habían salido bien.

Llegó entonces un tiempo de inercia y descanso. Luster lo aceptó y trató de aprovecharlo lo mejor posible. Se conocía bien: en breve sentiría la tentación o la obligación de buscar un rumbo nuevo.

Ahora, esa sensación había llegado. Y no podía fingir desoírla.

 

/7/

La idea de llevarle un book a un agente surgió en una conversación entre Luster y la Mary. Según ella, que decía haber adquirido la intuición de las mujeres, alguien como él no tardaría en tener éxito en ese camino.

–Se te va a dar. Te lo digo yo, mi ángel. Vas a ganar buen dinero.

Tomaban mate en el departamentito de ella. Anochecía. Él partiría en un rato hacia el gimnasio. Ella no empezaría a maquillarse sino hasta después de la cena.

–¿Qué puedo perder…? –murmuró él.

–¿Perder? Nada, mi ángel –le contestó ella–. Pero yo te voy a perder a ti. Te conozco. Después, allá arriba, no te vas a acordar de mí…

 

/8/

A nadie le llamó la atención que Rody, al entrar al salón vacío con las luces encendidas, sacara de su bolsillo un paquete de Marlboro y prendiera ávidamente un cigarrillo. Decenas de veces había dejado y retomado el hábito. Ésa noche no era distinta por ello. Lo que atraía las miradas de todos era la piel sombría bajo sus ojos. ¿Cuándo había dormido bien por última vez? Sus migrañas se habían vuelto demasiado intensas. Casi ni visitaba a sus mujeres. Las personas que circulaban en torno suyo le parecían meras figuras vacías. ¿Por qué lo dominaba constantemente ese vago sentimiento de irrealidad?

Estoy solo, se dijo.

Debía mucha planta a gente impaciente. Odiaba a sus deudores, sobre todo por el temor que despertaban en él. Tenía que repetir la jugada inicial. No podía hacer otra cosa. No quería volver al llano.

Ya no se vivía a fines de los ochenta. Ahora el verdadero negocio consistía llevar la droga de Buenos Aires a Europa. El punto más complejo era encontrar la persona indicada para el transporte.

–Si eso no falla, nada falla –le dijo Rody a Luster. Su tono era firme. Buscaba, ante todo, convencerse a sí mismo–. Eso es lo que me quita el sueño.

–Se nota –bromeó Luster.

Esta vez Rody sólo esbozó una esforzada sonrisa.

 

/9/

–La vida es muy simple –le decía ella–. Tengas mucho o poco dinero, nunca eliminas la depresión. Pero el dinero la retarda, ángel mío. Y una vez que caes… lo hace todo más suave.

A Luster le gustaba conversar con la Mary. Día a día se enteraba de nuevos hechos de su vida, pero al mismo tiempo advertía en ella la recurrencia de evasivas sutiles, como si a fin de cuentas se rehusara, por motivos insospechables, a dejarse conocer por completo.

Había llegado a Buenos Aires tres años antes que él. Venía de Barcelona, en total huida de la heroína. Buscaba, como mucha gente, un lugar donde el caballo fuera todavía una palabra demasiado extraña. Podría haber ganado suficiente plata sólo con los clientes, pero además repartía cocaína entre sus amigas travestis. Todos los jueves aparecía por los boliches de Rody a buscar una cantidad que aumentaba semana a semana.

Luster, en cada visita a la Mary, recorría el departamentito de la Avenida Córdoba, en el cual aparecían siempre objetos nuevos: cremas, maquillaje, zapatos hechos a medida, un DVD, espejos, flores, sábanas y cortinas…

–Nada mal –dijo él–. Really...

–Siempre pensé que tú, si quisieras, podrías tener muchísimos clientes y ganar buen dinero mientras esperas que llegue el gran contrato…–le dijo ella.

Luster, sin mirarla, respondió con espontaneidad:

–No me gustan los hombres. Es una lástima.

 

/10/

La Argentina devaluada era una excelente opción para publicistas y productores extranjeros. La grabación les costaba apenas unas monedas, y luego vendían afuera el producto en dólares. Así fue como llegó a Buenos Aires un grupo de Madrid para filmar el spot de una nueva línea de camisas sport. El agente de Luster vio la oportunidad con claridad: un mulato podía dar el toque de cosmopolitismo a veces conveniente en ciertas campañas.

A Luster le tocó vestir una camisa verde manzana.

El corto televisivo y la gráfica correspondiente también fueron lanzados en la Argentina y el Uruguay, donde serían comercializadas las camisas. El día que apareció la publicidad, el llamado de Rody no tardó en llegar. Luster, que andaba en la calle, esa noche oiría varias veces el mensaje guardado en el contestador. Rody decía simplemente que tenían que juntarse a hablar. Nada más. Pero en su voz había una nota extraña, una exaltación velada, como si hubiera concebido una idea brillante que exigiese precaución y cuidado.

Luster decidió no contestarle el llamado hasta después de ese fin de semana. Sí llamó al trabajo: dijo que faltaría viernes y sábado, que se había doblado un tobillo jugando al básquet, que le deseaba suerte a Silvito en su reemplazo.

 

/11/

En la fiesta había muchas chicas. Martín, ex alumno de natación de Luster, solía estar rodeado de muchas amigas. Luster charlaba sobre todo con Malena, a quien ya conocía de reuniones anteriores. Era flaca, castaña, simpática. Estudiaba sociología. El alcohol la ponía algo locuaz. El espumante no era bueno, pero nadie, salvo el novio de Martín, dejaba de tomarlo. Bastante después de medianoche, por las calles empezaron a circular los taxis cargados de chicos rumbo a los boliches. Un buen viernes, francamente. Todos, salvo el novio de Martín, estuvieron de acuerdo en ir a bailar.

En el auto se rieron mucho, sobre todo cuando pasaron frente al afiche de las camisas. Iban muy rápido. Luster, por momentos abstraído, contemplaba las luces de Libertador, difuminadas por la velocidad. Estaba un poco borracho. Se sentía vagamente agradecido. Malena iba al lado suyo. Estaba con él. Esa noche (lo sabía bien) terminaría para ambos en el departamento de ella. Casi no era necesario decir nada.

 

/12/

Los tres amigos de Luster compartían un departamento en Palermo. Ese sábado no había mucho para hacer. Escucharon algunos discos. Tomaron cocaína. Discutieron un rato. Fueron a un bar. Pidieron unos tragos. Tomaron más cocaína. Volvieron al departamento. Jugaron al truco. Tomaron más cocaína. Charlaron muchísimo. Nadie dejó de decir que era muy buena esa cocaína. Tomaron un poco más, hasta terminar los papeles.

Cuando se hizo de día, Luster y uno de los dueños de casa salieron al balcón. Estuvieron largo rato allí, al sol, ya en silencio. Luego bajaron a una farmacia a comprar Lexotanil. Durmieron casi todo el domingo.

Antes de volver a su casa, Luster pasó por un locutorio. Habló varios minutos con una ex novia suya que aún vivía en Arkansas. Recién entonces lo llamó a Rody.

 

/13/

–¿Cuánto más? –le preguntó Luster con decisión.

Rody tomó una servilleta y sacó su lapicera.

Aún sonaban en la mente de Luster las palabras recientes de su jefe. Se nos dieron todas, hermano. Los diarios, la televisión… Estás en todos lados. No me podés decir que no justo ahora. ¿Quién te va a joder en el aeropuerto? Sos una estrella, negro. Hasta esta moza te reconoció. Se nos dieron todas… Luster había dejado jugar a Rody el papel de gran seductor. Aunque él, en realidad, ya había aceptado el trabajo por su cuenta. Varios días atrás, incluso. Había aceptado la oferta de Rody antes aun de que éste la formulara. Sólo buscaba, mediante ese juego, obtener un porcentaje mayor.

Recibió, impasible, la servilleta garabateada. Leyó el número con detenimiento. Luego dobló y guardó la servilleta en su bolsillo.

–¿Y? –dijo Rody.

Luster le dio el último sorbo a su capuchino. Sonrió, finalmente, a manera de respuesta.

 

/14/

Dotado de una lucidez notable (a veces, también, problemática), Luster había advertido desde un principio que su decisión respondía a una lógica particular, completamente insospechada por Rody. La repentina ubicuidad de su rostro moreno y sonriente podría evitarle sólo algunos problemas. No todos, a decir verdad. Allí residía, para él, la clave del asunto. Aunque Rody se negara a admitirlo, el riesgo de la operación no disminuía tan sustancialmente. Eso era lo que Luster (acaso comprensiblemente) buscaba en última instancia. Hacer las cosas bien había terminado por hastiarlo. Necesita otra clase de actividades. Otro nivel de emociones.

Y a la luz de esa misma lógica, no desechaba la carrera de modelo por miedo a que se tratara de un éxito de cinco minutos, sino, contrariamente, por creerse capaz de permanecer y triunfar en ella. Ya había vislumbrado, por otra parte, los placeres de ese singular camino. No era una alucinación de la droga, se repetía. No. Había entrevisto, vertiginosamente, en un solo fin de semana, las horas de ese futuro posible. Y lo trágico de esa visión era que (acaso por la fuerza misma de su claridad) había terminado por vaciar a dicho tiempo por venir de toda su densidad. El futuro era pasado. Vivirlo hubiera sido morir.

Luster no podía hablar de este asunto con nadie, pero le hubiera gustado que un oyente imparcial le confirmara que estaba bien, que no era descabellado, que era inevitable buscar la alternativa que él había buscado.

 

/15/

–Tengo una data para ti, Fabi –le dijo la Mary.

Fabián Velásquez, sobrio desde hacía algún tiempo, rechazó la oferta.

–Va solo –insistió la Mary–. Es todo tuyo, mi ángel. Le limpias enseguida.

–¡Que estoy fuera, digo! ¿No entiendes eso? Me quedé en este lugar de mierda, pero igual estoy fuera, Mary…

Ella, de pronto más seria, le habló sin vueltas:

–Es que oportunidades así se dan una sóla vez en la vida, hombre. ¡No puedes ser tan imbécil! Óyeme una cosa: te volveré a llamar pronto y aceptarás y reconocerás que te portaste como un imbécil… ¿OK, Fabi?

Se despidieron con pocas palabras. La Mary cerró los ojos. Hablar con Fabián, después de tanto caballo comprado y vendido, le producía un escalofrío casi insoportable. Pensó, como otras veces, que debía permanecer en Buenos Aires si quería seguir conservarse cuerda.

 

/16/

Pocos días después, Luster y Rody pasaron a buscar las valijas por un local de Scalabrini Ortiz. Las había acondicionado un talabartero que fabricaba los zapatos número cuarenta y cuatro de la Mary. Tenía fama de ser un talento de excepción con los trabajos en cuero.

–Una obra de arte –sentenció Rody al ver las valijas.

Luster no sabía si su jefe había hecho su elogio por convencimiento sincero o por mero afán de infundirle confianza.

–Está bien, creo –dijo él a su turno–. Entonces aquí caben quince quilos, ¿no?

El talabartero hizo un gesto de afirmación. Sólo habló al momento de reclamar el pago:

–Agradecería un extra por el apuro del trabajo –dijo con una voz llamativamente delicada. Y, mirando a Luster, agregó con sarcasmo–: Quizá sea verdad eso de que la fama dura cinco minutos.

 

/17/

De pronto pasó a ser muy difícil localizar a Rody. Por boca de terceros, Luster supo que su jefe había viajado al Norte. Quizás estuvo en La Paz, o quizás solamente en Jujuy. De vuelta en Buenos Aires, casi ni contestaba el celular. Estaba arreglando el contacto en Madrid, según le dijo en una brevísima charla.

Mientras tanto, la ansiedad de Luster en nada disminuiría con las intensísimas rutinas de gimnasio a las que llegó a entregarse. A cada rato hablaba por teléfono con la Mary, sobre todo de noche, siempre muy tarde, cuando ambos habían regresado ya a sus casas.
Luster sonaba cada vez más como un hombre cansado.

–Con la plata que gane –dijo una vez– puedo irme al sur.

Ella lo escuchaba mientras se sacaba el maquillaje. Había terminado por pensar que Luster, a fin de cuentas, era un depresivo. Ésa era su conclusión. Que rara vez se deprimiera era otra historia. No importaba. Era un depresivo.

–This is it –siguió diciendo él–. Me voy a ir al sur.

–¿A Miami? Invítame, desgraciado.

Él, sin llegar a reírse, pasó a hablar en un tono más liviano:

–San Martín debe ser un buen lugar. O… no sé… tal vez El Bolsón.

–Tienes raz… coño…

– ¿Qué pasa?

–Se me está terminando el demaquillador. Y con lo caro que está.

 

/18/

–Hola Luster. Soy yo, Rody. Supongo que andarás por el gimnasio. Bueno, te voy a ver esta noche en el show, supongo. Así que mejor charlamos ahí. Esteee, igual quería decirte ahora que… que me disculpes. Estuve un toque ausente, man, pero era necesario. Ya está todo. Ya está todo arreglado. Hasta lo del hotel. Me vas a esperar en un hotel de La Castellana ¿sabés? Bueno, después te cuento bien. No sé. No te olvides lo de tus pilchas. Es clave, man, como te dije. Si eso está bien, está todo bien. Seguro. Bueno, un abrazo. Chauuu.

 

/19/

La noche anterior al viaje Luster estuvo a punto de caer en un ataque de nervios. Le resultaba abrumador considerar la tarea que le esperaba. Decidió tomarse dos Alplax. Era imprescindible calmarse, pensar en trivialidades, alejarse un poco de sí mismo.

Las valijas estaban en un rincón del cuarto. Ya cargadas. Ya cerradas. Luster, inexplicablemente, no podía dejar de mirarlas. Era como si ejercieran sobre él una atracción misteriosa y torturadora. Al final decidió cubrirlas con una sábana.

En un video viejo tenía grabado un capítulo de Los Simpsons. Lo miró hasta la mitad: odiaba los capítulos en que Lisa era protagonista. Salió al balcón, a respirar un poco. Se le ocurrió llamar a Malena, al celular, pero nadie contestó. Luego volvió a encender el televisor. En ESPN transmitían el campeonato mundial de aerobics; en Crónica pasaron media hora de imágenes de un accidente en la Autopista Lugones; terminó mirando un thriller clase b por ISAT. En cierto momento sintió que tal vez podría dormir un poco.

Así pasó la noche.

El día amaneció nublado.

 

/20/

Lo atendería una mujer vieja.

–Pasajes, por favor– le dijo el hombre tras el mostrador.

Tomaría un café luego de despachar las valijas.

Su estómago temblaba. Ni siquiera podía tomar agua.

Habría perros policías por todos lados.

No había, hasta el momento, ninguno a la vista.

Se vería elegante y sobrio con su traje Mancini de setecientos pesos.

¿Por qué esa tela lo hacía transpirar tanto?

No pensaría en la cárcel.

La cárcel, pensó, devastaría por completo a alguien como él.

No miraría a ningún policía.

¿Por qué se demoraba su vista en toda persona que llevara algún tipo de uniforme?

No pensaría en la cárcel.

La cárcel, pensó, sin duda lo haría psicotizar.

No pensaría…

La cárcel…

 

/21/

No era la primera vez que el teléfono la despertaba a las nueve y media de la mañana. Quizás fuera un neura que buscaba cocaína. Quizás, algún cliente de gira.

–Diga –gruñó la Mary.

–Soy yo.

–Ay, qué sorpresa, chaval.

Era Fabián.

–Estoy dentro –dijo él–. Quiero el dato, Mary.

Ella le pidió que esperara un minuto. Se fue a servir un café y volvió al teléfono:

–OK, aquí estoy. Escúchame, ángel: ya está en camino, así que tienes que moverte rápido. Lo conoces, tienes que haberlo visto en los afiches de la calle...

 

/22/

–Gracias –murmuró Rody.

Daiana, una de sus mujeres, acababa de llevarle un té con miel al sofá donde estaba recostado. A él le dolía mucho la garganta: había fumado casi dos paquetes sólo hacia media tarde.

–¿Y cuándo es que pensás volver? –preguntó ella, acurrucada de nuevo a su lado.

Se mostraba cariñosa y ofendida al mismo tiempo: Rody no la había llamado por varios días.

–No sé –contestó él–. Todavía no sé muy bien.

–Seguro te vas a enamorar de una madrileña…

–Nunca –dijo él roncamente. Ella rió–. ¿Qué? Tengo la voz muy partida, ¿no?

–Para mañana vas a estar bien. Ahora tomá el té. Vamos –dijo ella, y le dio un beso en la frente. Luego, tras una pausa, agregó–: ¿Y qué me vas a traer de allá?

 

/23/

Fabián Velásquez vivía a poca distancia de la residencia de jugadores juveniles del Barcelona. Para viajar a Madrid utilizó la misma camioneta que manejaba todos los días, perteneciente a la pequeña empresa de encomiendas de su suegro. Partió a mitad de la noche, aprovisionado de un termo con café para combatir el sueño. La ruta no estaba muy cargada. Desde bien temprano sintonizó una emisora deportiva, en la cual los conductores analizaban minuciosamente los resultados de la última fecha de la liga y debatían sobre el escándalo judicial por la nacionalización de jugadores sudamericanos. Fabián no tenía una opinión formada sobre ese tema, pero escuchó el debate con una curiosidad atípica en él. Nunca solía prestarle mucha atención a nada.

Sólo al llegar a las inmediaciones del aeropuerto vio las banderas de la gran movilización. Apagó la radio, tanteó su arma, tomó su celular. Marcó un número recientemente programado. Julio, uno de sus amigos madrileños elegidos para la operación, contestó al instante.

 

/24/

El ruido de los cinturones de seguridad al desabrocharse surgió unos segundos antes de que el avión se detuviera por completo. Una de las azafatas dio por los altoparlantes, en castellano y en inglés, las instrucciones y las formalidades usuales.
–¿Viene alguien a buscarlo? –susurró la vieja.

Había estado sentado junto a él. Era amable, pero demasiado conversadora. Le había llegado a pedir un autógrafo para su nieta.

–No, no –dijo Luster. Y se puso los anteojos oscuros.

El avión finalmente se detuvo. Los pasajeros se pusieron de pie. Incluso en el pasillo, ocupado por la lenta fila, la vieja siguió hablando. Se había hecho varios amigos en el avión: las azafatas, sus vecinos de asiento, los pasajeros sentados delante del toilette. Era como si renaciera y se revitalizara con todo contacto humano, por trivial y fugaz que éste fuera. Luster ya casi no le prestaba atención. Estaba extrañamente obsesionado por la idea de transpirar demasiado. No podía dejar de pensar que así terminaría delatándose. En un momento la vieja volvió a dirigirse a él.

–Parece que hay una manifestación en el aeropuerto –le dijo alarmada. Alguien de la tripulación le había pasado la información–. Son unos revoltosos, me dijeron…

 

/25/

Eran muchos. Habían llegado desde muy temprano. Se desplazaban en buses, trenes, motos. Venían de todos lados. Flotaban y se mezclaban en el aire lenguas variadas. Sobraban por doquier las palabras: en las bocas humeantes, los gorros, las pancartas, las banderas: cánticos, consignas, chistes, lemas. La mayoría de ellos marchaba pacíficamente por las vías aledañas al aeropuerto. Y algunos cientos habían logrado ingresar al edificio central, en donde recorrían una y otra vez los pasillos, ignorando las miradas curiosas de los pasajeros que acarreaban bolsos y valijas. Los policías aeronáuticos se sentían desbordados. El nerviosismo era creciente. Ya venían en camino más refuerzos.

Invisibles un día antes, los globalifóbicos europeos se habían congregado esa mañana en el aeropuerto de Barajas para repudiar al primero de los presidentes de la OTAN que pisaría suelo español ese mediodía. Según especulaban, el repudio al primero de los visitantes demoraría y complicaría el arribo del resto. Tal vez alguno de ellos incluso cancelara su asistencia a la Cumbre.

De pie frente a la cinta mecánica que distribuía las valijas, Luster intentaba convencerse de que esa situación inesperada lo favorecía. Había imaginado cientos de escenarios posibles, pero no ciertamente ése. Era verdad que habría más policías de lo acostumbrado, pero sin duda estarían más abocados al control de los manifestantes que de los pasajeros.

–Adiós, joven. Que Dios lo bendiga –le dijo la vieja al pasar, cargando sola una pequeña Samsonite roja.

Los sucesos inesperados jugaban a su favor, se repetía Luster, mientras circulaban por la cinta más bolsos y valijas, y poco a poco se iban yendo quienes habían volado con él.

 

/26/

Sí, los años eran lo que más le pesaba. Cargar tantas maletas terminaría por romperle la espalda. La misma espalda maltratada durante su juventud en los campos de mango del Orinoco. Ya estaba viejo. Ya estaba cansado. Qué vaina. Esas dos maletas de cuero le resultaban pesadas como los mil diablos. Poco entendía ya del mundo loco. Pero de una cosa estaba seguro: esa condenada tierra que pisaba no era Madrid, como decían las etiquetas. Pesaban mucho esas maletas. Pesaban muchísimo. ¿Qué tendrían adentro? Qué vaina. ¿En qué se parecerían él y el pobre gringo que seguro cacareaba en la otra punta del globo reclamando por sus maletas? Era grande el mundo. Era grande el mundo loco. Pero vida se tenía una sola. Y verdad que era harto injusta. ¡Cinco hijas! Sobraban en su casa mujeres para cocinar y barrer y casarse con muertos de hambre de los morros. Y en cambio ningún varón para ayudarlo jamás, en la finca primero, o luego en el taller, o luego en la albañilería. Siempre sólo para juntar bolívares. Y sólo también en ese momento para cargar maletas. No había ningún otro cargador a la vista. Y justo en ese momento, recién aparecidas esas hermosísimas maletas repletas…

 

/27/

Las valijas habrían sido demoradas, pensaba Luster, pero nada parecía impedirle abandonar sin más aquel lugar. Continuó avanzando despacio entre la muchedumbre. Nadie reparaba en él. Ni los policías, ni los pasajeros, ni los manifestantes. Por primera vez en su vida consideró a Rody un tipo verdaderamente ingenuo: ¿cómo creer que su fama, casi inexistente, hubiera podido evitarle algún problema en circunstancias normales?

Lentamente, pero sin esfuerzo, Luster siguió abriéndose paso rumbo a la salida. ¿Qué sería de Rody en adelante? Difícil saberlo. No le correspondía a él, de todos modos, intentar adivinarlo. Su parte del trato estaba cumplida. Mal o bien, así era. Ahora se encontraba en Madrid. Y era preciso comenzar tal vez otro capítulo en su vida.

This is it, se dijo en silencio.

Y dos pasos después sintió la punta del caño contra su espalda.

 

/28/

El bus trepaba por los morros caraqueños como una hormiga solitaria. Durante ese regreso a casa, caviló hasta el hartazgo acerca del suceso principal del día. No había concretado su impulso. Jamás habría podido hacerlo, se dijo. Era honrado.

¿O cobarde? Sí, cobarde. Cobarde siempre. Siempre el buen camino: por miedo.

–Lucita, estas maletas se extraviaron– le había dicho finalmente a su supervisora–. Hay que reenviarlas a Barajas, Madrid.

El bus lo dejaba cerca de casa. Sólo debía subir una loma corta; una vez arriba, la suya era la penúltima de las casas aledañas al despoblado. Allí solían jugar al baseball los niños del lugar.

Esa tarde no había nadie.

Cobarde.

 

/29/

El Hotel Bernú, acaso el más discreto de La Castellana, atraía con sus bajas tarifas de habitaciones y cafetería a muchos estudiantes en travesía urbana por Europa. Esa mañana, tres jóvenes rubios charlaban sentados en los sillones del lobby cuando Rody entró y se acercó a hablar con la recepcionista.

–La reserva estaba hecha, sí, pero nadie se registró con ese nombre.

–Tiene que haber un error –dijo Rody–. Él tenía que estar acá.

La recepcionista hizo un gesto de desconcierto. Volvió a consultar el registro.

–Pues yo sólo puedo informarle que nadie se registró con ese nombre.

Rody sintió una puntada en la cabeza. La recepcionista, bastante joven, conservaba su sonrisa profesional. Se oyeron de pronto unas risas cercanas: los chicos rubios miraban y comentaban juntos un álbum de fotos.

–Tiene que haber un error –repitió Rody, con los ojos entornados. Ignoraba ya a la recepcionista y hablaba para sí–. Estoy seguro –decía–. Tiene que haber un error. Estoy seguro.

 

/30/

–Oye, Fabi, mejor le cubrimos la cara, ¿no?

Fabián, atareado, no contestó. Desde su silla, Julio insistió:

–Ya nos vio, vale, pero mejor le cubrimos la cara, ¿no?

En silencio, Fabián siguió limpiando la recámara de su Nertak 22 mm.

–Oye, Fabi… Fabi… ¡¡Fabi!!

–¿Cuál es tu puto problema? –gritó Fabián–. Dime de una vez ¿cuál es tu puto problema?

–No me grites, mierda. Que no se tiene a un secuestrado así nomás, con la cara descubierta, pues…como un amigo al que invitas a cenar…

Fabián no dijo nada. Volvió a su arma.

–Puedes estar limpio –siguió Julián–, pero eso no te habilita a comportarte como un gilipollas.

Atado a una silla, Luster mantenía los ojos cerrados. Le habían permitido tomar un tranquilizante. Ya había hablado, hasta entonces sin amenazas ni apremios. Ya había dicho lo suyo. El problema era que ellos no le creían.

Al rato se oyeron pasos en la escalera. Se abrió la puerta. Darío, el tercer hombre de la operación, apareció cargando unas bolsas de supermercado. Era la cena. Había varias botellas.

–Tal vez esto vaya para largo, ¿no? –dijo como justificación.


Fabián hizo una mueca que se acercaba a la negación, o acaso a un deseo de negación. Ninguno de los tres era sádico. Ninguno disfrutaría la tarea. De todos modos, no podían posponer el interrogatorio final, es decir el verdadero interrogatorio, por mucho más tiempo.

 

/31/

Con sólo verlo entrar, el mozo supo que algo terrible le había ocurrido a ese hombre. Hubiera sido casi un abuso pedirle que apagara el cigarrillo, aun cuando se encontrara en el sector no fumadores.

¿Quién era, se preguntó Rody, aquél que actuaba por él, que entraba a ese bar, que pedía un café doble y un cenicero? ¿Por qué experimentaba ser, en esos momentos, un simple espectador de sus propias acciones? Quizás todo se debía a una certeza: efectuados los llamados telefónicos, ya no le quedaba nada más por hacer. La operadora de la Aerolíneas Argentinas le había informado que el vuelo en cuestión había arribado a Madrid el día anterior, según lo estipulado; en casa de Luster estaba encendido el contestador automático; el Registro Central de Hospitales no tenía ninguna información que pudiera interesarle.

Eso era todo. Nada más por hacer.

La taza, sin azúcar, permaneció casi llena. El cigarrillo se consumió apoyado en el cenicero. Rody salió del bar. Se largó a caminar sin rumbo por Madrid.

¿Qué sería?, se preguntó el mozo desde la barra.

 

/32/

–¿Lo hicieron?

–No. No lo hicimos… ¿Te refieres a eso, digo? –el tono de Fabián era neutro–. ¿Para qué? Está vivo. Los pulsos vuelan, no te imaginas. Andará por la calle en estos momentos…

La Mary iba a comenzar a hablar, pero tuvo un ataque de tos. Había, además, mucho ruido en la comunicación. Fabián hablaba desde una central de teléfonos.

–¿Y qué harás ahora? –dijo la Mary, y volvió a toser.

–Regreso a Barcelona, qué otra cosa. Oye, ¿estás enferma?

–Cosas de estación. El cambio de temperatura, supongo. No te preocupes, Fabi Mándales saludos a la Lili y a la Agrado si las ves por allí. Diles que las quiero mucho.

–OK. Pero tú, Mary, tienes que estar atenta de ahora en adelante. Increíble la bajada de los pulsos…Tienes que estar atenta. Estos tíos van a sospechar que tú los entregaste.

–No hay historia. No son criminales. Cuídate tú, Fabi. Y diles a las chicas que las quiero mucho.

 

/33/

Ni Luster ni Rody habrían dicho que el reencuentro entre ambos fue absolutamente casual. ¿En qué otro lugar que la Plaza Mayor se podrían haber cruzado dos sujetos despojados y perdidos en Madrid? Había un magnetismo insoslayable en ese espacio de canteros secos y adoquines manchados, ocupado en su apertura por malabaristas, dealers, linyeras, turistas, bobos, tunecinos y gitanos.

Luster y Rody habían llegado a destiempo, pero ambos se vieron en el mismo instante. Y a cada uno le pareció ver un fantasma. Arriba de ellos, el cielo gris de la madrugada o del atardecer.

–El payaso es el personaje más interesante –dijo Luster.

Y la frase les valió la entrada en uno de los círculos de gente.

Les convidaron marihuana. También empezó a circular una botella por la ronda. A cambio, ellos ofrecieron las historias que cada uno traía. Entre los dos construyeron un relato en la cual había coincidencias, hilos perdidos, discrepancias, misterios. La botella, mientras tanto, seguía pasando de mano en mano. El líquido (denso, viscoso, áspero) logró arrancarles a Luster y Rody algunas sonrisas. A partir de entonces el elenco de amigos espontáneos se permitió bromear sobre lo escuchado. Uno de ellos, alguna vez estudiante de antropología, lanzó la idea inesperada:

–¿Y no reclamaron en la oficina de equipaje extraviado?

Rody festejó la broma, pero no volvió a hablar en adelante. Permaneció casi ausente el resto del encuentro. Luster, como en un comienzo, intuyó que algo en él había cambiado.

 

/34/

El departamento donde recibieron a la Mary estaba casi vacío. El tipo tenía puesta una camisa oscura. Su rostro brillaba, como recién afeitado. La mujer, sentada a su lado, madura, robusta, pelirroja, no diría nunca una palabra.

–No suelo tratar cosas a esta hora –murmuró él–. Sólo por vos hago una excepción.
La Mary no supo si debía agradecer esa deferencia. ¿A qué otra hora podía andar una travesti como ella por la calle?

–¿Sabés algo nuevo de Rody? –preguntó él.

–Más bien que no, hombre –dijo ella, sorprendida.

–Qué increíble lo de ese muchacho… Tiene suerte, parece. ¡Encontrar las valijas en el lugar de equipaje perdido! Eso es ser un tipo con suerte ¿no?

La Mary se encogió de hombros. La mujer pelirroja encendió un cigarrillo. Se lo pasó al tipo. Luego encendió otro para ella. Todos sus movimientos eran lentos, parsimoniosos.

–Conmigo no vas a tener problemas– siguió diciendo él–. Es simple, Mary. Sólo pido que trabajes prolijamente. El resto… No me importa lo que se diga, lo que hiciste con Rody: yo soy yo y apenas me conozcas ni se te va a cruzar por la cabeza hacer algo así conmigo, ¿me entendés?

–Ya te conozco –dijo la Mary, amistosamente.

El tipo y la mujer se rieron.

–Mejor así –concedió él. Y lanzó una bocanada de humo–. Sólo quiero laburos prolijos, ¿me entendés?

La Mary dijo que sí, que había entendido. Y pensó en ese momento que no sería difícil llevarse bien con su nuevo patrón.

 

 

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Juan Marcos Leotta

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Margen inferior: Josh Agle, Years Later, We Turn to Baal.