el interpretador de �poca

Narraciones post 2001: 
avatares del realismo inveros�mil

por Marina Kogan

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Una novela no es s�lo su an�cdota,

tambi�n es su lenguaje.

Rafael Pinedo, entrevistado por Carlos Moreno en la Fundaci�n ONLINE

0- La muerte

Tendr�a que haber empezado a escribir este texto hace tiempo. Hace d�as, quiz� meses. Justo cuando enciendo la computadora de casa, dispuesta a sentarme, por fin, a pasar las notas sueltas de un cuaderno y unirlas a las tantas otras notas todav�a mentales, me entero de que muri� Rafael Pinedo, el autor de Plop, una de las tres novelas (junto a El a�o del desierto, de Pedro Mairal y a Las viudas de los jueves, de Claudia Pi�eiro) que le� para escribir este art�culo. Supongo que no quiere decir nada, que una chica como yo no cree en ninguna cuesti�n c�smica, aunque a veces, es cierto, me deje llevar por la magia de las coincidencias.

Triste, la de hoy. Haber le�do Plop en los �ltimos meses (le�do y rele�do) sabiendo a Pinedo vivo (como Mairal, como Pi�eiro) impregnaba la lectura de un matiz que quiz� ahora sea (o deba ser) distinto. Pero no lo s�. C�mo no caer en la idealizaci�n m�tica de la muerte. C�mo hacer una lectura respetuosa. C�mo no poder o no querer evitar rendirle un homenaje o dedicarle este mismo texto. No lo s�.

I- Los l�mites del realismo

Cinco a�os del 19 y 20 de diciembre del 2001; cinco a�os del momento que Claudia Pi�eiro elige para terminar Las viudas de los jueves (1); y cinco a�os que necesita Mar�a, la protagonista de El a�o del desierto, para recuperar la lengua (2).

Entre el final de Las viudas... y el momento en que Mar�a vuelve a hablar, se encuentran la novela de Mairal (narrada por Mar�a retrospectivamente) y, como un camino tangencial, Plop, de Rafael Pinedo.

All� donde Claudia Pi�eiro elige callar en un gesto definitivo como lo es el t�rmino de una novela, Pedro Mairal comienza a escribir; cuando la familia Guevara cruza la frontera del country, cuando Mar�a se toma por �ltima vez el tren de B�ccar a Capital, es decir, justo cuando los personajes se ven forzados a abandonar su h�bitat cotidiano termina un relato y comienza el otro. Ambos bajo la amenaza de los que vienen, una tercera persona plural impersonal que en Las viudas? son ?los de la villa, supongo?, y en El a�o del desierto son los de la intemperie.

Antes del v�rtice que es Diciembre de 2001, Claudia Pi�eiro narra lo que ya sabemos. Un relato hiperrealista para lo que podr�a ser la extensi�n de cualquiera de las noticias que le�mos en los diarios durante los �ltimos a�os. Un crimen en un country que sirve para mostrar el per�odo inmediatamente anterior a la devaluaci�n: el desempleo que alcanza hasta a los que parec�an salvados, la dificultad de quienes ten�an alto poder adquisitivo para asumir su condici�n empobrecida y el desenlace como resoluci�n de esa dificultad en lugar de tratarse de un crimen perpetrado por un tercero ajeno a la problem�tica.

Antes de comenzar la novela leemos la siguiente aclaraci�n: ?Todos los personajes y situaciones narrados en esta novela son fruto de la imaginaci�n, y cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.? La imaginaci�n de Pi�eiro, parece, entonces, bastante apegada a la versi�n medi�tica de los sucesos. La aclaraci�n juega literariamente en contra del texto, del mismo modo en que se ve perjudicado por expresiones que, por ser fieles a la realidad pero sin comprometerse con ella (3), evaden referencias concretas que de todos modos el lector completa sin ninguna dificultad. Hay much�simos (demasiados) ejemplos: la referencia a Menem como ?...nuestro presidente, el de La naci�n, que gracias a la reforma constitucional que cambiaba a cuatro a�os su mandato, pod�a ser reelecto? (p�g. 62), o� al a�o 98 como ?el a�o de los suicidios sospechosos. El del que hab�a pagado las coimas del Banco Naci�n, el del capit�n de nav�o que hab�a intermediado en las ventas de armas al Ecuador y el del empresario de correo privado que hab�a retratado al fot�grafo asesinado? (p�g 105). El texto se ve manipulado para que entren este tipo de expresiones, con aclaraciones redundantes (?...nuestro presidente, el de La Naci�n...?) que le quitan econom�a, ritmo y fuerza.

A partir de este rasgo y de una escritura explicativa por dem�s, con argumentos que oscilan entre el sentido com�n y los lugares comunes (4), podemos decir que Las viudas de los jueves es una novela para lectores de diario. Sin desmerecer a aquellos que d�a a d�a siguen el curso de las noticias nacionales e internacionales, cuando digo lectores de diario intento pensar en un tipo de saber que se configura a partir de esos materiales, un saber que responde a la realidad construida por los medios, que atiende, por ejemplo, al ?riesgo pa�s? durante el gobierno de De la R�a y a los �ndices de crecimiento durante el gobierno de Kirchner. Como el cl�sico ejercicio de un idioma extranjero fill in the blanks (complete el espacio en blanco), el texto se relaciona con un lector que no s�lo puede completar esas referencias que tienen eco en las p�ginas del diario o en las im�genes de un noticiero (un lector que entiende que al mencionar ?el atentado a la mutual jud�a? se refiere al atentado a la AMIA de 1994, y uno se pregunta por qu� entonces la novela no dice AMIA, por qu� no dice Menem, Cavallo o Yabr�n); la novela supone un lector, dec�a, que adem�s se siente orgulloso de eso, que a medida que avanza en la lectura piensa frases del tipo ?esto es tal cual? y por eso se siente atra�do al texto (5). Las viudas de los jueves es un test de lectura y de seguimiento de las noticias permanente.

Por otra parte, la novela se pretende coral pero no consigue componer distintas voces para contar el relato. Apenas nos damos cuenta porque hay cambios de primera a tercera persona, pero el registro es uniforme y la sintaxis es siempre la misma. Las viudas de los jueves, m�s all� de sus intentos de pluriling�ismo, es una novela monol�gica, presenta una sola l�nea discursiva, y m�s all� de que deja entrever cierto progresismo (el mismo progresismo, pol�ticamente correcto, que reproducen los medios de comunicaci�n) cuando leemos la condena t�mida que ejerce la voz de la narradora Mavi Guevara sobre los juicios y modos de los vecinos del country para tratar a la servidumbre, a los hijos adoptados o a los jud�os, m�s all� de todo eso, Las viudas de los jueves es un texto conservador, sin ning�n riesgo ni b�squeda original. Pero �por qu� debi�ramos pedirle ?riesgo? a una novela? �Por qu� pienso que justo cuando esta novela calla es donde la literatura debiera comenzar a escribirse?

Ariel Schettini, en su ensayo ?Osvaldo Lamborghini, la Argentina como representaci�n? (6), plantea un trabajo pendiente sobre el modo en que la literatura se constituye como cr�tica de la representaci�n. Pensar los textos como mera representaci�n o como cr�tica de la misma puede servirnos para reflexionar sobre la potencia literaria de unos y de otros, o m�s bien, sobre el rol o la funci�n de la literatura hoy, entre tantas otras representaciones.

La fina distinci�n que aparece esbozada en el texto de Schettini se encuentra correspondida con las dos l�neas que traza Sebasti�n Hernaiz para leer la literatura post 19 y 20 de Diciembre (7).

Hernaiz se�ala una primera l�nea de textos (en la que se encuentra Las viudas de los jueves)que ?trabajan en una direcci�n que retorna -m�s o menos productivamente- a la narraci�n con procedimientos del realismo cl�sico, con personajes que se construyen entrecruz�ndose sobre el fondo de los hechos p�blicamente reconocibles. El 19 y 20 de diciembre es, ac�, an�cdota y claro anclaje temporal? como contrapuesta a un segundo grupo de textos que ?omiten el anclaje en las fechas exactas, o que, incluso, se muestran como acontecimientos del futuro, del pasado lejano o de un tiempo inefable, pero que se cargan de significaciones en el modo en que trabajan la escritura y por c�mo se rearticulan en el lenguaje del texto las series pol�ticas y sociales. El di�logo con el 19 y 20 opera desde el interior de estos textos y en la lectura. Dig�moslo guarangamente: los ritos asamblearios de Plop de Rafael Pinedo o la centralidad tangencial del ser motoquero en El a�o del desierto de Pedro Mairal, no son referencias directas al proceso asambleario o a los motoqueros asesinados en la represi�n de Plaza de Mayo, pero dif�cilmente puedan ser le�dos sin ser cargados de significaciones, orientaciones y redireccionamientos en un di�logo potente con el 19 y 20 de diciembre y sus im�genes.?

Volviendo a la comparaci�n, Las viudas de los jueves funciona del mismo modo que la televisi�n del padre de Mar�a en El a�o del desierto (8). Ambos se apagan en el mismo momento, cuando entre lo que sucede en la calle y lo que narran los medios de comunicaci�n comienza a haber un desfazaje de versiones. ?Pap� no me quer�a creer, dec�a que si no aparec�a en la televisi�n, no era cierto? (p�g. 19). Lo que en la novela de Mairal es la relaci�n que un personaje establece con la TV, en Las viudas de los jueves parece ser el criterio que encausa el veros�mil de la novela. ?Si aparece en los medios, es real.?, parece decirnos la novela de Pi�eiro.

II- Narraciones de una realidad desmantelada

Tanto Plop como El a�o del desierto son parte de esa segunda l�nea que se�ala Hernaiz, y que a m� m�s me interesan por ser textos que remiten a los hechos del 19 y 20 de Diciembre de 2001 desde un trabajo m�s ligado a la percepci�n de una �poca que a su recreaci�n anecdotaria. Las novelas de Pedro Mairal y de Rafael Pinedo pueden ser le�das y comprendidas por cualquiera en cualquier lugar, no porque evadan nombres propios y fechas precisas, sino porque narran una historia que se sostiene con o sin la referencia contextual, y que en todo caso, con esa referencia, desde la lectura, se ven enriquecidas.

La percepci�n sensible de Mairal o de Pinedo sobre un momento que de seguro excede lo sucedido en esos dos d�as, se lee en novelas en las que podemos reconocer rasgos de la �poca, sin transformarse en una cr�nica posible pero ficticia. Para muchos de nosotros, el 2001 fue un a�o que desafi� lo veros�mil, que nos hizo pensar que si pasaba lo que pasaba era porque pod�a pasar cualquier cosa, y que incluso nos ve�a envueltos en an�cdotas que nunca antes podr�amos haber imaginado (basta leer las aguafuertes que se encuentran en este n�mero de el interpretador) (9). El a�o del desierto es una novela que parece basada en premisas como ?puede pasar incluso lo que cre�as que no pod�a pasar? y ?todo, siempre, puede ser peor?. El 19 y 20 de Diciembre de 2001 posibilita una novela como esta porque no basta la representaci�n realista para narrar sucesos que en lo real desmantelaron nuestros l�mites de lo veros�mil.

Al comenzar este trabajo dije que Plop pod�a pensarse como un camino tangencial a El a�o del desierto. No es descabellado imaginar que, en su itinerancia, Mar�a podr�a haberse encontrado con un grupo como el que se narra en Plop.

Grupo y supervivencia son dos palabras que atraviesan Plop y que de alguna manera tambi�n son fundamentales para la traves�a de Mar�a. Siempre entre otros, Mar�a se agrupa para sobrevivir. Con los nuevos habitantes del departamento de Pe�a y Ag�ero, el consorcio y los vecinos del edificio, a fuerza de demolici�n de paredes y quita de puertas, se crea una comunidad (10) y se estrenan nuevas formas de organizaci�n, algunas impuestas desde afuera, otras autogestivas. Luego el hospital, el grupo de prostitutas del Ocean Bar, �l exodo hacia el campo junto a Catalina y Gabriel, la vida en la tribu.

El recorrido de Mar�a, siempre junto a aquellos que en ese momento tambi�n viven para no morir, es a trav�s de una ciudad que cambia su paisaje hacia un pasado que no es otra cosa que el presente en v�as de degradaci�n (11).� En la caminata sin rumbo, por una ciudad que la desconcierta con sus paisajes desconocidos (?En el Shopping Abasto ahora funcionaba un mercado.? ?p. 97),� con su gente dispuesta de nuevas maneras, como por ejemplo en la reconfiguraci�n de los l�mites de la propiedad privada, o ?se hab�a juntado gente que miraba para arriba en la entrada de un supermercado Coto, abandonado. Hab�a un loco colgado del cartel, pataleando en el aire como si fuera a caerse.? (p. 97), Mairal construye el caos que est� presente a lo largo de todo el texto.

A diferencia del caos de El a�o del desierto, Pinedo, en Plop, plantea un nuevo orden. Oraciones breves para describir el modus operandi del grupo, para formular leyes o explicitar las normas y derechos de sus habitantes (12). Algunas propuestas que aparecen en El a�o del desierto en Plop se ven llevadas al extremo: si a lo largo de toda la novela, leemos que a Mar�a le es m�s sencillo (nunca f�cil) sobrevivir en grupo, en Plop leemos que el grupo es el �nico marco posible para la supervivencia.

Elsa Drucaroff (13) tambi�n plantea la continuidad entre ambos textos pero disiento con su planteo cuando lee que las hordas n�mades, b�rbaras, �grafas, sin memoria de Plop, bien pueden ser los descendientes de los braucos o los huelches que imagina Mairal: la resistencia sin programa, vuelta barbarie pura, que ya en su novela ha perdido su lengua madre y su memoria, y que en Plop, luego de generaciones, se ha transformado en las hordas degradadas que negocian toscamente o se comen entre ellos.

Drucaroff lee en el final de la novela de Mairal una ?Argentina borrada del mapa?, y yo leo el final de la novela en ?Mapas?, el primer cap�tulo, cuando Mar�a, en presente, narra el reencuentro con la lengua y la memoria: ?...volver en castellano, entrar de nuevo. Eso no se deshizo, no se perdi�; el desierto no me comi� la lengua.?

Y all� donde Drucaroff lee barbarie y canibalismo, yo leo un nuevo orden que es parte de ese ?esp�ritu asambleario? que bien detect� Sebasti�n Hernaiz (14) en su lectura de Plop. Creo que leer Plop desde nuestros juicios de valor nos lleva a un lugar equivocado. La continuidad entre ambos textos me parece que est� dada por la sensaci�n de caos que impregna todo el relato de Mar�a y luego el orden casi milim�trico del grupo de Plop. Un orden regido por reglas que desde aqu�, desde la Argentina borrada del mapa, podemos juzgar b�rbaras, pero que en el texto no llevan valoraci�n alguna, sino m�s bien y pese a la repulsi�n que por momentos nos causa, tambi�n logra momentos de emoci�n, como en la escena en que Rara y Rarita aprenden a leer. Emociona, justamente, aquello que nos devuelve nuestra propia imagen, el ideal del hombre b�rbaro educado y nos repelen momentos en los que, por ejemplo, el grupo vota qui�nes deben seguir o abandonar el camino, como si no operara all� la l�gica ya conocida e incluso venerada de los realitys shows en los que el voto de la gente elimina participantes. La barbarie de Plop es nuestra barbarie, s�lo legislada de modo diferente, con otra sintaxis y un lenguaje original.

Ambas novelas comienzan por el final, el ?Pr�logo? en Plop y ?Mapas? en El a�o del desierto. Su continuidad es tambi�n su diferencia. Desde all�, Mar�a y Plop recordar�n su vida. Ella narrar� en primera persona desde la supervivencia y gracias a la recuperaci�n de la lengua. Plop, en cambio, recuerda desde su sentencia de muerte, con un narrador en tercera persona, ?con cada pu�ado de tierra que le cae sobre la cabeza, le va apareciendo en la mente una imagen de su vida?.

III- Entonces, la Literatura.

Los textos que encuentro m�s interesantes dentro de la literatura argentina contempor�nea son aquellos que encierran un debate de versiones (16), la medi�tica versus la literaria, textos que cuestionan o reescriben los modos hegem�nicos de representaci�n, los que inventan una nueva zona entre aquello que vemos por la pantalla y lo que sucede en la vida, textos posibles porque hay quienes comprenden que vivimos en un inveros�mil tal (que estall� o se vio condensado en Diciembre de 2001) que le dan potencia a la literatura con escrituras que no piden ser pensadas como continuidad de su realidad referencial, sino como cuestionamiento de esa realidad que en es en s� misma otra representaci�n.

En el debate de versiones, que adem�s es una lucha de poder entre las versiones, la literatura debe ocupar el lugar de la loca, la que apela siempre al juego de los extremos, el travesti que cuenta c�mo se siente ser mujer.

Para textos que reproduzcan la pantalla, mejor la pantalla, colorida y audiovisual. La literatura se alimenta de otros recursos, los que no tienen l�mites presupuestarios ni materiales de ning�n tipo. No pienso en sue�os ut�picos, no creo que la Literatura deba ni pueda cambiar el mundo. S�lo espero de ella una revuelta en la que El a�o del desierto o Plop sean tan veros�miles (o lo contrario, en su doblez) como los d�as en que retumbaban cacerolas y los amigos llamaban desde el exterior para preguntar si est�bamos en guerra civil; que nos animemos a dudar de lo que se dice realista, a desbaratar esa categor�a que dialoga con una supuesta realidad a la que, en todo caso, deber�amos pedirle m�s explicaciones, o con la que deber�amos permitirnos la sospecha. ?Otros tambi�n dudaban de todo. Est�bamos acostumbrados a creer s�lo en los hechos que ve�amos por la pantalla.?, cuenta Mar�a.�

Si este pa�s da para cualquier cosa, la Literatura no puede andarse con chiquitas. Su desaf�o es a�n mayor: escribir ficciones tan alejadas de la realidad como la realidad misma.

Marina Kogan

NOTAS

(1)Cito el fragmento final de Las viudas de los jueves. El subrayado es m�o.

< hasta la misma gente de los Tigrecitos est� haciendo barricadas, tienen miedo de que vengan.? ?�Qui�nes??, le dije. ?Los de las villas supongo, dicen que est�n saqueando del otro lado de la ruta. Pero no se preocupen, ac� estamos preparados. Si vienen, los vamos a estar esperando.? Y cabece� hacia otros dos guardias parados a un costado, junto al cantero de las azaleas, armados con fusiles.

Mir� hacia delante por el camino que llevaba a la ruta, estaba desierto. Pas� la tarjeta por el lector y la barrera se levant�. En el espejo retrovisor estaban los ojos de Juani y Romina, observando los m�os. Ronie me golpe� el muslo para que lo mirara. Parec�a asustado.

����� Le pregunt�:

?�Te da miedo salir??>>

(2)?Estuve cinco a�os en silencio, hasta que las palabras volvieron, primero en ingl�s, de a poco, despu�s en castellano, de golpe, en frases y tonos que me traen de vuelta caras y di�logos?. El a�o del desierto, p�g. 7.

(3)�O para que la novela no quede tan anclada en la Argentina, volvi�ndose incomprensible para lectores internacionales?, como sea, razones que son extraliterarias.

(4)?El v�rtigo de la d�cada que terminaba me ten�a impresionada. Cuando yo era chica la plata tardaba m�s tiempo en pasar de mano en mano. Hab�a familias, conocidas nuestras, de mucho dinero, apellidos repetidos en distintas combinaciones dobles, generalmente gente con campos. Esos campos pasaban a sus hijos, que ya no los trabajaban sino que pon�an peones, pero que todav�a pod�an sacar una buena renta aunque la suma se repartiera entre varios hermanos. (...) Pero as� y todo, aunque nadie tenga asegurado nunca nada, ten�an que pasar dos o tres generaciones para que la plata que se cre�a segura resultara no serlo. En cambio, en los �ltimos a�os, la plata cambiaba de due�o dos o tres veces dentro de una misma generaci�n, que no terminaba de entender qu� estaba pasando.? (p�g. 270)

(5)?Menos de un a�o despu�s del atentado a la mutual jud�a, se mataba el hijo del presidente al caer su helic�ptero, explotaba Fabricaciones Militares en R�o Tercero matando a siete personas, y se iban �dolos como el boxeador que hab�a tirado a su mujer por la ventana, o el primer campe�n argentino de f�rmula uno, que todo Balcarce despidi� encendiendo el motor de su autom�vil en el momento del entierro.? (p�g. 62, el subrayado es m�o)

(6)Schettini, Ariel, ?Osvaldo Lamborghini, la Argentina como representaci�n?, le�do en el marco de las Jornadas de Discusi�n "Realismos", llevadas a cabo en Rosario el 9 y 10 de diciembre de 2005, organizadas por las C�tedras de Literatura Argentina I y Literatura Argentina II en el marco del PID (Proyecto de Investigaci�n y Desarrollo). "Problemas del realismo en la narrativa argentina contempor�nea", Facultad de Humanidades y Artes Universidad Nacional de Rosario. Publicado en el n� 22 de el interpretador, https://elinterpretador.net/22-ArielSchettini-OsvaldoLamborghini-ArgentinaComoRepresentacion.html.

(7)Hernaiz, Sebasti�n; ?Sobre lo nuevo: a cinco a�os del 19 y 20 de Diciembre?, publicado en el interpretador n� 29.

(8)?Pap� no se volvi� a levantar de la cama. Cuando anularon la �nica hora de televisi�n diaria, empez� a dormir literalmente todo el d�a.? (p�g. 40)

(9)Coincido con Elsa Drucaroff en su art�culo ?Narraciones sobre la intemperie?, publicado en el interpretador n� 27, sobre la descripci�n de los efectos que el 19 y 20 de diciembre tuvieron para los j�venes de mi generaci�n: ?Es que el 19 y el 20 de diciembre se�alan la primera vez que los j�venes vieron pasar un tren en marcha, la locomotora de la historia pitando con urgencia, invitando a sumarse, movi�ndose con esa velocidad que anuncia simult�neamente que en cualquier momento acelera, prometiendo, insinuando que no importa c�mo termine la pel�cula, hay que ser demasiado cobarde o marciano o indiferente para quedarse en el and�n, darle la espalda.

En el pa�s la fecha produjo resultados contradictorios y desiguales, de evaluaci�n todav�a confusa; sin embargo, por primera vez en mucho tiempo ninguno de ellos es una evidente y catapultadora derrota, una nueva l�pida que pese sobre la Argentina. Tal vez por eso los j�venes puedan sentir el 19 y 20 como el final de algo y el comienzo de otra cosa que, por m�s contradictoria que sea, no es exactamente m�s de lo mismo.?

(10)?Tiraron abajo las tapias del pulm�n de manzana para hacer un espacio en com�n. Nuestra manzana qued� como un fuerte con murallas de cuarenta metros de alto, porque en ninguna de las cuatro cuadras que formaban los costados hab�a casas bajas.? (p�g. 47)

(11) ?Camin� hasta la parada del 92, pero no estaba ah� ni estaba la verduler�a de la esquina de Medrano ni el Blockbuster donde alquil�bamos pel�culas algunos s�bados a la noche; ahora, en su lugar, hab�a una casa de muebles de madera. Vi algunos colectivos destartalados que avanzaban con chispazos sobre el techo. Mir� bien y not� que andaban sin neum�ticos, con ruedas de hierro sobre los rieles del tranv�a, como me hab�a contado Alejandro.? (p�g. 96)

(12)?Estaba prohibido pelear o discutir?, (p�g. 27) o ?Cuando llega el solsticio de invierno se hace la Asamblea de los Nombres. A todos los que tienen m�s o menos diez solsticios, cinco de verano y cinco de invierno, se les pone nombre y se los destina definitivamente a una Brigada, en la que permanecen para siempre. Alguno, caso raro, consigue cambiar.? (p�g. 24)

(13)Drucaroff, Elsa. Op. Cit.

(14)Hernaiz, Sebasti�n. Op. Cit.

(15)Schettini, Ariel, ?La clase obrera va al purgatorio. Nuevas im�genes de la pobreza en Argentina?, ensayo in�dito.

el interpretador acerca del autor

Marina Kogan

Buenos Aires, 1982.

salesdehumo.blogspot.com

Publicaciones en el interpretador:

N�mero 1: abril 2004 - Desde hoy has elegido llamarte Lola (narrativa)

N�mero 3: junio 2004 - El pasamonta�as (narrativa)

N�mero 4: julio 2004 - Dos poemas (poes�a)

N�mero 5: agosto 2004 - Tres deseos (narrativa)

N�mero 10: enero 2005 - Alel� (narrativa)

N�mero 13: abril 2005 - 7 de velo -columna mensual sobre cine- Festival de Cine de Mar del Plata (en colaboraci�n con Mart�n Turnes)

N�mero 14: mayo 2005 - El sue�o de Karol (poes�a)

N�mero 16: julio 2005 - Tzalel Blitz (poes�a)

N�mero 17: agosto 2005 - Un gusano en la gran manzana (aguafuertes)

N�mero 17: agosto 2005 - El sorteo (narrativa)

N�mero 25: abril 2006 - Iconos de la memoria: �memoria? (aguafuertes)

N�mero 28: septiembre 2006 - Confesionario (aguafuertes)

N�mero 29: diciembre 2006 - En su justo sitio (narrativa)

N�mero 29: diciembre 2006 - Narraciones post 2001: avatares del realismo inveros�mil (ensayos/art�culos)

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