“Una prisión donde los más aterradores
y degradantes experimentos médicos son llevados a cabo por una
mujer cuya maldad sólo puede ser eclipsada por su insaciable
apetito de lujuria. …”
Leyenda
en la caja de Ilsa, la loba nazi (Siglo XXI Video, México)
“It
begins as straight soft core with two topless women whipping two naked
women. But by the end, when the victims have been reduced to bloody
pulps, it has turned into something else.”
De
la reseña en www.prisonflicks.com
1.
Nudie cuties y nudie roughies
A
principios de los años 60, los productores de cine ya habían
impuesto un género que tomaba el porno del momento y lo dotaba
de una trama, por lo general policial, aunque también se hicieron
experimentos con historias matrimoniales, de infidelidades y de celos.
Nada muy elaborado. El detective se acuesta con la mujer que lo contrata,
el marido desflora a la sirvienta, una ama de casa celosa y aburrida
experimenta con el lesbianismo. A estas películas se las agrupó
bajo el nombre de nudie-cuties, neologismo del slang que hibrida las
palabras “nude” y “cut”. Cuando los nudie-cuties
se disolvieron en la variada propuesta para adultos, surgieron los nudie-roughies.
Estos se filmaban en blanco y negro para distinguirlos de los nudie-cuties,
que siempre eran en color, y contenían violaciones, sadomasoquismo
y perversiones de todo tipo. La mayoría de las veces se trataba
de películas más que precarias. Las actuaciones eran malas,
las situaciones, absurdas, los decorados no convencían a nadie.
Pero las mujeres aparecían desnudas y usando un látigo.
El producto encontró su nicho.
2.
Plot
La
acción de Ilsa, She-Wolf of the SS transcurre en el
Campo Número 9 durante la Alemania nazi. Siglo XXI Video la distribuyó
en formato VHS en México con el digno título de Ilsa,
la loba nazi. La trama es simple, incluso accesoria. La película
empieza presentándonos a Ilsa, según un crítico
español “una rubia frondosa con el cerebro del Dr. Mengele”,
dirigiendo las actividades principales del campo: la tortura y el sexo.
Obsesionada
con la idea de que las mujeres son capaces de resistir más dolor
físico que los hombres, lo cual supuestamente las haría
mejores soldados, Ilsa pone en práctica distintas prácticas
que llegan al sadismo para, de alguna manera, trascenderlo. Por otra
parte, se somete a sí misma a grandes maratones sexuales con
prisioneros. El precio a pagar por no satisfacerla es la castración.
Por supuesto, Ilsa es una ninfómana insaciable y es raro que
alguien supere la prueba. (“If you fail to satisfy her, well,
let’s say you won’t be quite the man you were before”).
Entonces, en una nueva partida de prisioneros llega Wolfe, un soldado
norteamericano. Wolfe, según rápidamente demuestra, puede
mantener la erección por tiempo indeterminado sin eyacular. Y
allí vamos.
El
personaje de Wolfe encuentra su espejo en Anna, una prisionera cuya
capacidad para resistir el dolor impresiona y desafía a Ilsa.
Y no mucho más tarde, no enteramos de que las autoridades nacionalsocialistas
pretenden cerrar el campo y reubicar a los prisioneros. No se explica
por qué. Sobre el final, Wolfe lidera un motín contra
las autoridades del campo.
3.
Escenas memorables
Aunque
las fuentes pueden variar, la película fue rodada con seguridad
entre 1973 y 1975. Don Edmonds tardó nueve días en hacerlo
y el productor David Friedman, que declinó el honor de aparecer
en los créditos con su nombre real, le acercó el limitado
presupuesto de 150.000 dólares.
Más
allá de estos detalles, Ilsa, la loba nazi es lo que
es gracias a Dyanne Thorne, quien, a los cuarenta y dos años
de edad, se encargó de componer una espléndida y pulposa
ama sádica nacionalsocialista. El mito dicta que muchos de sus
amigos, dentro y fuera de la industria, le dieron la espalda durante
años después de ver la cinta.
La
demás actuaciones no son buenas. El actor que hizo de Wolfe,
Gregory Knoph, nunca volvió a trabajar en cine, traumado quizás
por esta primera y última experiencia. El crítico Mike
Bracken escribió que los diálogos suenan como si los actores
los estuvieran leyendo en el momento de un pizarrón escondido
atrás de las cámaras, lo cual es muy posible.
El
centro temático de la película es la exposición,
más o menos metódica de crueles violaciones y torturas
varias que incluyen consoladores electrificados, quemaduras con ácido,
armas químicas y sobretodo, mujeres corriendo, sufriendo y sometiendo
desnudas o escasas de ropa.
La
incongruencia narrativa hace difícil una sinopsis que encierre
aunque más no sea un poco de la película. Las escenas
memorables, pese a esto, son varias.
-Apoyado
contra un alambrado Wolfe conversa con Mario, otro prisionero. Mario,
habiendo pasado por las manos de Ilsa, es ahora un “hombre incompleto”
que sólo vive para la venganza. Cuando Wolfe pregunta por qué
Ilsa obra de tal manera, Mario responde con pasmosa tranquilidad: “Quizás
sea la forma de castigar al hombre que la hace sentir mujer, quién
sabe”.
-Cuando
enterado de las atrocidades, el Partido Nazi envía representantes
que deberán elevar un informe de las actividades que se realizan
en el Campo Número 9, Ilsa organiza una fiesta criminal en honor
de sus visitas. El menú incluye la tortura del cubo de hielo
consistente en sentar a la víctima sobre un pedazo de hielo y
ponerle una soga al cuello. La estrangulación se va dando lentamemnte
a medida que el hielo se derrite. También se introducen una buena
cantidad de gusanos vivos en la boca y en las heridas de otros prisioneros.
Al parecer en la edición en DVD, los protagonistas cuentan que
el vómito de Wolfgang Roehm, el actor que encarnaba al enviado
del gobierno, fue real y no fingido. Hay fotos de la escena en Internet.
La orgía termina cuando Ilsa logra la indulgencia del enviado,
cuya idea primordial era cerrar el campo, orinando sobre él.
-En
el final del film, cuando la revuelta triunfa, Ilsa es condenada a sus
propios tormentos y Wolfe y su novia Kala logran fugarse. Curiosamente
son los mismos nazis los que destruyen el Campo Número 9 para
que no caiga en manos aliadas y lo hacen sin distinguir entre prisioneros
y autoridades. La idea de que víctimas y victimarios mueren juntos
hace a la película todavía más singular. Es como
si la falta de distinción aislara al campo del mundo y lo autonomizara.
La moraleja los alcanza a todos: los freaks mueren juntos, tanto los
que dan como los que reciben. (De hecho, hay una conexión a nivel
nominal entre Ilsa, la She Wolf, la loba, y Wolfe, el hombre que puede
satisfacerla. Son enemigos pero sus nombres resultan equivalentes.)
4.
Puesta en escena
Al
parecer, la escenografía en la que se rodó la mayoría
de las escenas de la película pertencía al set de filmación
de la serie de TV Hogan’s Heroes (1965-71), una comedia
donde jocosos prisioneros americanos hacían sus correrías
en un campo alemán dirigido por el caricaturesco Coronel Klink.
Esto es al menos llamativo. Uno no puede dejar de pensar en las dos
caras de la moneda. La tortura y la risa, la voluptuosa Ilsa entrando
cuando se terminan los chistes sobre el ridículo bigotito del
tío Adolf, un MASH de la Segunda Guerra prestándole las
dos precarias paredes de la escenografía a la Venus de las Pieles
más oscura que dio la modernidad.
Los
uniformes nazis, por otra parte y aunque cumplen a medias el rol de
generar un liviano clima de época, no son originales. Esto desdibuja
un poco las cosas para el espectador. ¿Son nazis de verdad o
es gente perversa disfrazada? Los aciertos de la película, se
podría decir, no ayudan tanto a su singularidad como sus imperfecciones.
En
cuanto a cosas bien hechas, una de las razones que se señalan
a la hora de explicar por qué Ilsa... se transformó
en una película de culto son los efectos especiales de Joe Blasco.
Dos
mujeres son sacadas de sus celdas. Se las lleva a una cámara
de tortura. Tres agentes de la SS, escasamente vestidas, comienzan a
flagelarlas con látigos de cuero. Hasta aquí, una típica
escena de cine sexploitation. Pero, de pronto la cámara no corta
y los cuerpos comienzan a transformarse en masas sanguinolientas.
En
el DVD, reconstrucción digital mediante, la sangre es de un fuerte
escarlata artificial, sí, pero bastante convincente. Sobre todo
en el marcado ambiente antinatural de la película.
5.
Una extraña lectura del nazismo
¿Es
Ilsa... una lectura del nazismo? La crítica no está
dividida al respecto. Para la mayoría de los que reseñan
la película en Internet, Ilsa... no tiene nada que ver
con el nazismo. La trama y los uniformes son apenas una excusa. Y sin
embargo, las esvásticas están ahí, en los brazaletes
de los uniformes y en las banderas que decoran las paredes. Es dificil
evitarlas y menos aun negarlas.
Ilsa,
la loba nazi encarna una de las aristas más prominentes
de la común, aunque nunca explicada, relación entre nazismo
y sadimo. Los historiadores no repararron todavía en que, desde
el ámbito de la cultura de masas, la relación vuelve una
y otra vez a hacerse presente. Un escenario robado y algunos difraces
parecen ser toda la infraestructura estética necesaria para empezar
a torturar. La falta de un guión real que lleve la película
hacia alguna parte refuerza esta idea. Lo importante es mostrar una
serie de actos tabú. Es claro que enhebrarlos con coherencia
no era la prioridad del guión firmado por el inverosimil Jonah
Royston.
6.
Coetáneos y descendencia
Como
fuere, Ilsa no está sola. Las películas que la rodean
y le resultan afines en temática y producción son muchas.
Dentro del subgénero “nazismo sensual”, por llamarlo
de alguna manera, encontramos SS Hell Camp (1977), Salon
Kitty (1976) y The Gestapo's Last Orgy (1977). Los prisioneros
de guerra sufriendo aberraciones y torturas en campos de concentración
la conectan con la parte japonesa del género, cuyo exponente
más visible quizás sea Bamboo House of Dolls
(1974). Como pariente intelectual, pero no por eso menos perturbador,
podemos citar la prestigiosa Salò o le 120 giornate di Sodoma
(1976) de Pasolini y para primo gore está Bloodsucking Freaks
(1976). Indudablemente, la familia es grande y las fechas de nacimiento
coinciden con una precisión asombrosa.
Dentro
de este árbol genealógico, Ilsa… posee
el título, inverificable, de película más editada
de la historia del cine. Se dice que en algunos casos las escenas que
se suprimieron llegaron a restarle 45 minutos a los ya de por sí
magros 96 minutos totales.
Hoy
en día, todo parece lograr el lugar “de culto”. Desde
programas de televisión para niños y adolescentes hasta
títeres del siglo XIX. Sin embargo, ¿cuántos de
estos hijos exitosos de la industria cultural pueden jactarse de ser
estudiados en la UCLA? ¿Cuántos pueden vanagloriarse de
ser una de las recomendaciones principales de Quentin Tarantino? No
puedo dar fe de que Ilsa... se estudie en la UCLA como se dice
en algunos sitios de la web. Pero lo de Tarantino parece real y sobre
todo es verosimil. De hecho, Don Edmonds fue co-productor del guión
de Tarantino que Tony Scott tranformó en True Romance.
(Según el IMDB, hace poco Edmonds hizo una aparición como
actor en el film de sonoro título Killer Drag Queens On Dope
rodado en el 2003.)
Más
allá de estos datos, la película se pagó a sí
misma con creces generando bastante más dinero en Europa que
en los USA, aunque también tuvo su momento de gloria en un cine
de la newyorkina 42º Street (“in those glorious pre-Disney
Times Square days”) y el año de su estreno entró
en la lista de las cincuenta películas más importantes
del año de Variety's.
Otra
prueba del éxito son las secuelas. En 1976 apareció Ilsa,
Harem Keeper of the Oil Sheiks (esta vez el campo de prisioneros
está en Medio Oriente y el tema del petróleo es el eje
de la trama), y en 1977 se estrenó Ilsa, the Tigress of Siberia.
El “efecto secuela” fue tan importante que llevó
a Jess Franco (o a un distribuidor atento) a rebautizar su Greta, the
Mad Butcher (1977) como Ilsa, the Wicked Warden (campo de prisioneros
en algún lugar de Sudamérica y spanglish al por mayor)
para no desaprovechar el envión. Todas, salvo Ilsa, the Tigress
of Siberia, son incluidas en el reedición en DVD.
Como
ya se dijo, en la coda apurada del film, Ilsa muere presa de sus propias
atrocidades. Por supuesto, esto no le impide volver a aparecer en las
secuelas. Sin embargo, esta permanencia puede leerse, no sólo
como el dictamen de un mercado receptivo, sino también como un
guiño al deseo sexual, que en extraña comunión
con la violencia, aunque muera siempre vuelve a resurgir, indestructible,
de sus propias cenizas.
©Juan
Terranova