1.
A mediados de la década del noventa, la casa editorial Penthouse
International Ltd., cuya publicación más conocida es la
revista de material adulto llamada de la misma manera, vendió
su licencia para una Penthouse Comix que salió al mercado hispanohablante
desde Barcelona. No tuvo una existencia duradera y en Buenos Aires se
consiguió tardíamente en librerías de saldos.
El
índice del número 2, 425 pesetas, 1994, es variado pero,
como era de esperarse, gira en su totalidad alrededor del sexo explícito.
Por ejemplo, El joven capitán aventura, con dibujos
de Adam Hughes, es una interesante y sarcástica parodia de Marvel
y DC Comics. Hericane, su protagonista, es una superhéroe muy
femenina cuya principal actividad consiste copular con valientes y villanos,
mientras sobrevuela los cielos de Nueva York. En Vástagos,
dibujada por Kevin Nowlan, dos mujeres construidas a partir de procesos
de clonación en Chernobyl, escapan del debacle político
y social de la ex Unión Soviética, mientras descubren
sus poderes y realizan osadas fornicaciones lésbicas. Los diálogos
siguen este estilo.
—No
quiero mis poderes. Los odio. No quiero ser diferente —dice la
telépata rubia, curvilínea y asustada.
—No,
te equivocas, lo que no quieres es ser una persona poderosa y reflexiva
al mando de su propia vida —le responde la morocha de anteojos,
más intelectual y ambiciosa.
—Quieres
ser una aburrida y mansa puta—agrega después mientras la
besa. Ambas están desnudas y acostadas en el suelo de un búnker
abandonado.
Quizás
lo más conocido de este segundo número de Penthouse Comix
sea un excelente capítulo de Clic!, firmado por Milo
Manara, donde una pareja intenta practicarle un enema de hierbas mágicas
a la sensual Anna Rita.
Salvo
excepciones, los dibujos son muy profesionales y las historias, muy
disparatadas.
2.
El primer episodio de Doctora Dare y la lanza del destino,
incluido en este número de Penthouse Comix, se titula Eleonora
& Franklin. El guión, que, como veremos, no es moco
de pavo, pertenece al enigmático George Caragonne y el dibujo
está a cargo de Gray Morrow, conocido ilustrador más bien
clásico del horror y la ciencia ficción en paperback.
El color es responsabilidad de Artheru Suydam y la portadilla la firma
Mike Harris. El nombre original de la serie es Doc Dare: The Spear
of Destiny y, al parecer, se llegó a editar una recopilación
en volumen unitario.
La
trama comienza directamente in media res. Se nos indica que estamos
en el sótano de la Casa Blanca, el 7 de diciembre de 1939 , y
una pelirroja embravecida rechaza con violencia el ataque de seis soldados
estadounidenses. El más lejano incluso le dispara por la espalda,
pero la bala rebota en la piel de la mujer, que está vestida
con camisa blanca, pantalones de fajina y botas de montar. Levantando
la mano, Franklin Delano Roosevelt (boquilla, anteojos redondos, canas
y silla de ruedas con manta escocesa sobre las piernas) pide que el
combate termine.
La
mujer, que ha salido bien parada de la trifulca, ayuda a los oficiales
a incorporarse.
—¿Está bien sargento?
—Sí,
señora. Tiene usted la fuerza de doce mulas. No entiendo...
Poco
después, en la privacidad del despacho oval, la misteriosa mujer
les cuenta su historia al presidente de los Estados Unidos y a la Primera
Dama. Así nos enteramos que el nombre de la heroína es
Joanna Dare (To dare, en inglés, atreverse, desafiar)
y que trabajaba para el gobierno perfeccionando una fórmula secreta
creada para el ejército, cuando espías nazis irrumpieron
en su laboratorio. Después de reducirla y amordazarla, prepararon
una bomba para que toda evidencia del ataque fuera destruida por la
explosión. Sin embargo, antes de que esto ocurriera, ella había
logrado ingerir la pócima, para despertar seis meses después,
ilesa y con “poderes y facultades muy superiores a los de los
simples mortales”.
Hasta
aquí se trata de la clásica situación de inicio
de la vida activa de un héroe moderno. Lo que podría haber
sido un trágico accidente en el terreno de la ciencia se transforma,
por azar, en un salto tecnológico inexplicable que convierte
a una “persona normal” en un superhéroe. Los casos
abundan. La variante que presenta La doctora Dare y la lanza del
destino, sin embargo, no deja de ser asombrosa y hasta innovadora.
Después
de su accidente, Joanna Dare descubre que es la actividad sexual, y
no otra cosa, la que hace que su “fuerza e invulnerabilidad se
multipliquen por cincuenta”. Luego de la fornicación, el
efecto le dura unas doce horas, después de las cuales vuelve
a ser una simple científica. Claro que no por eso pierde su belleza
ni sus curvas, por lo tanto, para que el lector menos avispado comprenda
cuando la doctora posee fuerza sobre humana y es inmune a las balas,
su pelo es de color rojizo, y cuando no, es de ese azul oscuro que en
el mundo de los comics representa el morocho.
Una
vez expuesta esta introducción, la doctora Dare ofrece su ayuda.
—Y
puesto que soy el único “super soldado americano”
he venido para ofrecer mi ayuda —dice y mientras habla hace la
venia militar con la mano derecha. La escena tiene algo de patética
y algo de ingenua. A espaldas de la científica, flamea una enorme
bandera de los Estados Unidos.
Roosevelt,
que escucha con atención, no se deja impresionar y le recuerda
que, hasta ese momento, Estados Unidos se ha mantenido oficialmente
neutral frente a la guerra europea. No obstante, le promete considerar
el ofrecimiento. Luego, Eleonora, retratada como una seria mujer de
edad, le pide a la Doctora Dare que se quede en la Casa Blanca y la
invita a una cena de Estado que se realizará para honrar la memoria
de Theodore Roosevelt.
—¿Qué
hay de su ofrecimiento de actuar como agente nuestro? Podría
resultar útil... —dice el secretario privado del presidente
cuando las mujeres ya se han retirado.
—John,
por favor —le contesta Franklin Delano—, no importa qué
clase de poderes tenga Joanna Dare... Es una mujer. Y no vamos a enviar
mujeres en misiones de seguridad nacional.
La
viñeta que sigue ocupa media página. En un gran depósito
a oscuras, una lámpara que cuelga del techo proyecta un pequeño
cono de luz amarillo. Una mano anónima coloca el expediente rotulado
“Dare, Dra. J.” en un fichero. Los nombres de los otros
expedientes destinados al olvido pueden leerse con facilidad: “Puntos
vulnerables de Pearl Harbor”, “Propuesta máquina
del tiempo”, “Túnel trasatlántico”,
“Platillos volantes”, “Artefacto nuclear”, “Motor
h2o”.
3.
Lo que sigue es un castillo gótico, con gárgolas y enormes
piedras grises en paredes y suelo. Un pequeño recuadro señala:
“Mientras tanto, al otro lado del Atlántico...”.
En el interior del castillo vemos a dos mujeres de claros rasgos sajones.
Ambas son rubias, bellas y de generosas formas. Una está tendida
en el suelo, sobre una piel que sirve de alfombra, va vestida con ropas
tirolesas y su expresión es acongojada. Frente a ella, la otra
mujer se pasea desnuda con aire de arrogancia y poder. Viste apenas
unas botas militares negras y una gorra de general, y blande una fusta
trenzada en cuero de aspecto marcial. En la mano derecha usa un guante
negro.
—Vas
a hacerme gozar, pequeña —le dice a la de aspecto campesino.
Después, desnudándole el torso, comienza a acariciarla
y a besarla. Enseguida se le sube encima y, apoyándole el sexo
en la cara, le ordena que le practique sexo oral. La campesina obedece.
El
bien abastecido hogar que se ve al fondo no entibia la gélida
escena. Sobre una pared, cuelga un estandarte rojo con la típica
esvástica negra sobre el círculo blanco. Entonces, nos
percatamos de que no somos los únicos que presenciamos la escena.
En segundo plano, casi como un detalle, alguien observa. Las mujeres
practican otras posiciones, hasta que la demandante ama la detiene.
—Ya
basta —dice.
—¿Ha
quedado satisfecha, señora? ¿Hay algo más que pueda
hacer para complacerla? —pregunta la asustada campesina.
Y
ante su horror, el tercer personaje, desde las sombras, hace aparecer
una Luger. El ama la recibe con tranquilidad, la empuña con la
mano enguantada y responde con ironía.
—Sí,
morir con gracia.
En
un círculo, vemos el arma disparándose. El casquillo vacío
vuela a corta distancia y sobre la viñeta hay escrito un “Blam!”.
La
página cierra con una imagen y un diálogo. El hombre recibe
a la asesina en su poltrona y la abraza con cariño. Su pelo renegrido,
su bigote y su uniforme de fajina son inconfundibles.
—¡Vunderbar,
Liebchine! —dice Adolf Hilter—. Siempre encuentras los modos
más originales de satisfacer mis apetitos.
—Ahora
que estamos solos, mi Führer —responde irónicamente
la mujer—, pensemos qué vamos a hacer con Joanna Dare.
4. Acabamos de presenciar la puesta en acto de una
de las relaciones erótico-políticas más simples
y conocidas de la historia social del siglo XX: Hitler, al final, era
un sádico. La próxima viñeta pertenece a otra serie
narrativa. Seguimos en la sala privada del castillo, y la partenaire
del voyeur nazi, aunque más relajada, continúa desnuda.
Los temas que se discuten son, sin embargo, bien otros. Arriesgo que
se trata de la conversación post-sexo más extraña
de la historia del erotismo. Con la agilidad que sólo las historietas
parecen tener, nos enteramos de muchas cosas en muy poco tiempo. Primero,
la mujer de la gorra militar resulta ser una de las espías que
intentó, no hace mucho, arrebatarle la fórmula secreta
a la doctora Dare, destruyendo el laboratorio donde trabajaba y provocando
la situación que le dio sus asombrosos poderes. Aunque no explica
cómo, la acólita del Führer culpa a la científica
norteamericana de haberle hecho perder la mano derecha durante ese enfrentamiento.
—¡Debo
dar gracias al genio de la ciencia teutónica por conseguirme
este repuesto mecánico! —aclara enseguida. De allí
el enigmático guante negro.
Pero
Hitler, igual que Roosevelt, no está interesado en Joanna Dare.
—Hay
muchos otros asuntos que nos preocupan —dice, mientras toca con
seriedad un gran globo terráqueo.
—¿Qué
puede ser más urgente que descubrir el secreto de sus poderes?
Podría servirnos para crear un ejército de übermenchen...
—responde ella.
Como
era usual en sus discursos, Hilter pasa entonces del sosiego reflexivo
a una explosión de ira.
—Bah,
esa ciencia... ¡Esa ciencia judía no puede ser la clave
de la victoria definitiva del nacionalsocialismo! ¡Sólo
nos haremos invencibles dominando las antiguas fuerzas místicas!
Aquí
hace ingreso a la ya sustanciosa trama de la historia otro tópico
que acompaña al nazismo desde que se convirtió en tema
para la divulgación y la literatura: Hilter, lejos de encarnar
al impulsor más acabado del proyecto moderno, era un místico
irracionalista. Esto, por supuesto, abre, una vez más, un sin
número de puertas narrativas y argumentales.
Señalando
una imagen en un libro reciamente encuadernado, nuestro Hitler cuenta
la historia de “la lanza del destino”
—El
arma que hendió el costado de Cristo en la cruz —explica
nuestro sádico dictador— es la misma que Constantino, el
primer emperador cristiano, llevó en su victoria sobre las hordas
paganas.
La
lanza, también conocida como “lanza de longinos”,
no es una creación de la afiebrada mente del guionista. “Longinos”
sería el nombre del supuesto soldado romano que habría
cortado el cuerpo de Cristo mientras agonizaba en la Cruz y la lanza
existió en la realidad histórica. Aquí la historieta
no desvaría.
Mucho
se ha especulado, y de maneras muy asombrosas, sobre esta legendaria
arma. Pero más allá de toda leyenda, el interés
de Hitler por ella fue cierto. En Mein Kampf se narra, con
intensa pasión, la primera vez que el futuro líder del
nacionalsocialismo pudo admirarla en un museo de Viena, durante los
años de juventud y bohemia que pasó en la capital austriaca.
“Supe –escribe el Hitler histórico en su biografía
política– que aquel momento era un momento importante en
mi vida... Me quedé muy quieto durante unos minutos mirando la
Lanza y me olvidé del lugar en donde me encontraba. Parecía
poseer un significado oculto que se me escapaba, pero que al mismo tiempo
yo ya conocía. Sentía como si la hubiera sostenido en
mis manos en algún siglo anterior, como si yo mismo la hubiera
reclamado para mí como talismán de poder y hubiera tenido
el destino del mundo en mis manos.”
La
viñeta que sigue, en el centro de la página, proyecta
un serio aire de apoteosis. Dándole la espalda al lector y alzando
los brazos frente a un nocturno ventanal que es cortado por un rayo,
el deseo es afirmado con un grito y es como si el Hitler del comic citara
de memoria Mein Kampf.
—¡El
hombre que tiene la lanza del destino no puede ser derrotado en batalla!
—dice— ¡Yo debo tenerla!
Solícita
pero torpe, la que no hace mucho fuera el ama dominante en una cruel
sesión sádica intenta hacer entrar en razón al
arrebatado nacionalsocialista. Así, le señala que él
ya posee la pieza que el museo de Viena había guardado durante
tantos años y no parece haber en ella ninguna propiedad mística.
Con el aplomo que da la calma después de la euforia, el dictador
responde que aquella no es más que una baratija, una falsificación,
pero que sus espías han descubierto dónde está
la verdadera lanza. Luego señala con decisión en el globo
terráqueo. El diálogo vale la pena en toda su extensión.
—¡Aquí!
—¿En
África Central?
—¡Por
supuesto! —responde Hitler—. El agente me habló de
una ciudad perdida y de su misterioso gobernante. ¡Creo que hemos
descubierto el reino oculto de Prester John, el emperador perdido de
Roma!
—¡Seguramente
se trata de una leyenda, mi Führer! —insiste ella.
Pero
el dictador le da la espalda a su sierva. De cara al lector levanta
el brazo izquierdo señalando con el índice el cielo y
manteniendo la derecha en un puño.
—Todas
las leyendas tienen su origen en hechos reales, mi leal seguidora —sentencia
para después ordenar—. Viajarás a África
y separarás la realidad de la ficción. Pondré a
tu disposición a mis mejores guardias de asalto de la SS y también
a mi invencible Afrika Korps.
En
la viñeta siguiente, el dictador toma a la mujer firmemente por
los brazos y profiere una amenaza.
—Pero
no cometas errores... Puedes regresar con la lanza o en la lanza...
Los
roles se han invertido. Es ella la que siente ahora todo el peso del
poder. Su cara expresa consternación, pero también es
posible observar una mueca de placer.
No
es difícil comprender que el diálogo reproducido alcanza
uno de los puntos más altos del episodio. Que una caricatura
realista de Hitler le ordene a una voluptuosa mujer sajona, ama sádica,
desnuda y servicial, “separar la ficción de la realidad”
viajando al África en búsqueda de una reliquia con supuestos
poderes sobrenaturales resulta, como mínimo, digno de atención.
La
mención del “Preste Juan” (conservado en inglés
un poco arbitrariamente por el traductor) termina de nutrir el pastiche
esotérico. Personaje legendario de la tardía Edad Media,
se lo describía como un príncipe religioso y se decía
que gobernaría, o gobernaba, un reino cristiano situado al Oriente
del mundo islámico. También se lo consideró parte
de la Iglesia nestoriana en la India, la cual habría ayudado
a los cruzados a tomar Jerusalén. Otros, y según datos
de la web, lo identificaron con Toghrul, rey del pueblo kerait, convertido
al nestorianismo y asolado por Gengis Kahn hacia el 1200. Como es de
esperar, las fuentes de las que nace el personaje, los relatos de Marco
Polo, alternan realidad y ficción.
5.
A vuelta de página, nos encontramos otra vez en Washington,
más precisamente en la anunciada cena en honor de Theodore Roosevelt.
Un gran mesa de mantel blanco ocupa el centro de la escena, sobre el
fondo vemos largas cortinas y amplios ventanales. Llegamos para la sobremesa
y mientras el servicio retira los últimos platos, los hombres
de smoking y las mujeres con vestido de noche y amplios escotes conversan
sobre temas banales y política internacional.
En
la cabecera, Roosevelt sonríe y habla con un hombre joven sentado
a su izquierda.
—Señor
Pike, en el año 13 estaba Ud. de safari con el primeo Teddy,
¿correcto?
—Sí,
señor presidente, entonces tenía yo sólo catorce
años y trabajaba con mi padre que era uno de sus guías.
Haciendo
una rápida cuenta, comprendemos que Pike nació en 1899,
por lo tanto tiene cuarenta años en 1939. No es difícil
tampoco adivinar que su profesión, como la de su padre, es la
de cazador. Su parecido con Alec Baldwin, su sonrisa y sus modales nos
sugieren que se trata de un caballero y un hombre de mundo.
Apenas
surgido el tema de África, la lúcida Eleonora observa
que hay temas más importantes en el Continente Negro que la caza
mayor.
—¿No
cree, Dr. Durban? —pregunta.
—Cierto,
señora Roosevelt —contesta el encanecido doctor, tusando
su bigote, y enseguida señala que las fuerzas del Eje actúan
allí a sus anchas. En ese momento, el lector pasa a observar
lo que sucede debajo de la mesa. Mientras la superficial conversación
se desarrolla con fluidez, el citado Dr. Durban descorre una añosa
mano hacia la pierna de la Doctora Dare, que hasta el momento ha permanecido
en silencio.
Aunque el pelo de la científica está de color oscuro,
y por lo tanto se entiende que no posee los superpoderes, el libidinoso
doctor comprende el rechazo del que ha sido víctima cuando ella
le estruja la mano haciéndole ver las estrellas. Al mismo tiempo,
le pregunta cuáles son las necesidades primarias de los nativos
africanos. El doctor responde, sobándose y con cara de estar
aguantando el dolor, “Calmantes”. Concluida la escena entre
picaresca y graciosa, los comensales pasan a un salón donde la
gala continua en un grado de mayor distensión. Entre la gente,
el Doctor Durban se acerca a Pike, y el guionista termina de presentarnos
al personaje.
—De
modo que usted es el famoso Pat Pike —dice Durban—, el vigoroso
arqueólogo y aventurero, ladrón de tumbas...
Pat
Pike asiste mientras acepta un whisky y extrae su cigarrera del bolsillo
interior de su smoking. Desubicado, Durban le ofrece una taza de té.
—No,
gracias —responde con amabilidad Pike y agrega—, después
de la cena sólo bebo bourbon y agua de quinina.
Un
negro, con uniforme blanco y moño rojo, interrumpe la conversación
cuando acerca un mensaje en un plato. La viñeta en que Pike lee
la breve esquela no tiene globos. En la siguiente, que también
es muda, Pike, de espaldas al lector, levanta el papel con discreción
y la Doctora Dare le hace una señal con su copa de champagne.
—Discúlpeme,
doctor, acabo de recordar que tengo una cita importante... —dice
Pike, dejando plantado a Durban y apoyando su vaso de whisky en una
bandeja, se retira.
Corte
abrupto y de repente vemos una habitación decorada con mesura,
una amplia cama de sábanas blancas, y en ella, dos amantes en
la más precisa intimidad. Ella yace arrodillada pero abrazada
a una almohada. Él, tomándola de la cintura, la penetra
desde atrás. En la siguiente viñeta, confirmamos nuestras
sospechas al ver que se trata de la Doctora Dare y el señor Pike,
esta vez enlazados en la forma tradicional, cara a cara. La tercera
posición la encuentra a ella acostada boca arriba pero con las
piernas elevadas y enlazando los pies en la nuca de su amante, que sigue
en movimiento. La cama rechina y las exclamaciones de placer son varias.
Mientras él termina con un gran “yaah!” de satisfacción,
una sonrisa en los labios y sin despeinarse ni un poco, el cabello de
la doctora empieza a cambiar el color, producto de los poderes que despierta
en ella la fornicación.
—¿Quién eres? —pregunta Pike asombrado.
—Lo
siento —dice ella—, debía de haberte advertido que
hacer el amor me causa estos efectos.
Con
un refinado sentido de la oportunidad, Eleonora Roosevelt entra en ese
momento a la habitación. Luego gira y dándole la espalda
a los amantes, les pide que se vistan. Una vez que Pike se ha puesto
el pantalón ceñido con tiradores sobre su musculoso cuerpo,
y la Doctora Dare, sensualmente, se ha cubierto con el saco del smoking,
la primera dama los felicita por llevarse tan bien y les informa que
van a trabajar juntos en una misión muy especial.
—¿Una
misión para el presidente? —pregunta Dare.
—No
para el presidente querida, para mí.
Eleonora
les cuenta, entonces, al historia de Amelia Earhart, una aviadora reportada
como desaparecida en algún lugar al sur del ecuador hace dos
años. Earhart volaba sola y cumplía órdenes secretas
del OSA (Office of Strategic Affairs) cuando su avión fue derribado.
Como nunca se encontró su cuerpo, la Primera Dama cree que ella
puede estar todavía con vida.
—Recientemente
—explica la vieja y decidida Eleonora—, una patrulla de
chicas boy-scouts de expedición en África regresó
con fotos de un avión accidentado idéntico al que pilotaba
Earhart.
¿Una
patrulla de mujeres boy-scouts en África? Supongo que hasta altura
es posible y hasta banal. No se aclara qué tipo de relación
une a Eleonora Roosevelt con la aviadora o por qué está
tan interesada en encontrarla con vida. La misión consiste en
viajar a esa parte impenetrable del África y, si la aviadora
está viva, traerla de vuelta.
Es
entonces cuando Pike, que ya está enterado de la misión,
protesta. Como el presidente de su nación, es un machista.
—Señora
Roosevelt, ¡nunca me habló de viajar llevando una mujer
conmigo!
Mientras
Pike enumera los posibles peligros del viaje, nativos hostiles, calor
ardiente, agentes del Eje, las diferentes amenazas de la jungla, la
doctora Dare, fortificada con las relaciones sexuales, toma a sus espaldas
un duro bastón y le hace un nudo.
—Lo
único que me preocupa es si serás capaz de estar a mi
altura —le dice mientras se lo muestra al sorprendido Pike que
emite un suave “¡Glup!” de constricción.
Eleonora
sella la escena diciendo que partirán por la mañana, pero
entonces se le revela al lector un acto de espionaje. El doctor Durban
escucha sin hacer ruido en el corredor y piensa “Ah... Muy interesante”.
6.
A la mañana siguiente comienza la última parte de este
episodio. En el aeropuerto, Pike, vestido a lo Indiana Jones con sombrero
y pañuelo al cuello, saluda a la doctora que ha vuelto a su camisa
blanca, sus pantalones de fajina y sus botas de montar. Esta vez ella
lleva el pelo recogido y anteojos intelectuales.
En
la parte de atrás del avión, un manto negro tuerto, que
esconde su ojo malo con un parche de pirata, hace un solitario improvisando
una mesa con una caja de madera.
—¿Tu perro juega al solitario? —pregunta la doctora.
—Sí
—responde Pike—, y también al ajedrez pero siempre
me gana, de modo que ya no juego con él.
Al
avión despega y a continuación se nos muestra el mapa
de África y una gran flecha roja que indica el cruce del Atlántico
y una primera escala en Casablanca. Luego de una segunda parada en El
Cairo, la flecha continúa hasta casi tocar las palabras “Congo
Belga”. Dentro de la nave, un avión bimotor con insignias
de la Fuerza Aérea Estadounidense, mientras Joanna acaricia al
manto negro tuerto, Pike, práctico y amigable, pide disculpas
y trata de ordenar las cosas.
—Me
equivoqué y fui descortés, de ahora en adelante, yo seré
el cerebro y tu, los músculos.
La
Doctora Dare no espera para responderle.
—Yo
soy el cerebro y los músculos.
—Entonces,
¿quién soy yo? —pregunta Pike.
—El
que no es invulnerable a las balas —responde la Dare, en una de
las más originales réplicas del episodio. Súbitamente,
el avión comienza a sacudirse.
—¡Tenemos
compañía y no es precisamente el comité de bienvenida!
—dice el piloto.
Un
avión alemán les dispara ráfagas de ametralladora
que suenan con el clásico “¡ratatata!”. Aquí
se produce una ligera anacronía. El avión que ataca a
los protagonistas es un HO9. Producto de los diseñadores de avanzada
alemanes Walter y Reimar Horten, el HO9 era una de las tan temidas y
mitologizadas deutsche wonder waffen o arma secreta alemanas.
Aunque nunca se confirmó, es posible que este avión con
forma de “ala volante”, casi invisible a los radares, haya
podido volar más allá de la barrera del sonido. El dibujante
lo retrató casi a la exactitud. El problema es que el primer
HO9 experimental se probó en febrero de 1944, cinco años
después del momento en el cual sucede nuestra historia. Por supuesto,
en el universo de la Doctora Dare esto es irrelevante y más aun
si la que pilotea la nave es nuestra criminal y rubia ama sádica
que resulta tan eficiente a la hora del amor como de la guerra. Vestida
con ropa de piloto de la Luftwaffe y exhibiendo una sonrisa sensual,
conduce el pequeño pero veloz HO9 con una agresividad extraordinaria.
Cuando la Dare y Pike llegan a la cabina, una ráfaga de munición
ha penetrado el plexiglass transparente y dado muerte al piloto.
—Confío
que sepas usar esto —le dice Pike a la científica y le
entrega un paracaídas.
—Aprendo
rápido —responde ella. Ambos saltan y Pike carga con el
ovejero tuerto.
Las
tres últimas viñetas ocupan la última página,
ubicada como corresponde a la izquierda. En el primer recuadro tenemos
al cazador y a la científica colgados de los árboles.
—No
te preocupes, Joanna —dice Pike, mientras corta con un cuchillo
los hilos de su paracaídas que se ha enredado en las ramas—.
Estamos en mi selva, tienes mi garantía personal de seguridad.
La
Dare mira al costado, un poco aturdida. La anteúltima viñeta
del episodio está ubicada en los ojos de la heroína. Nosotros
vemos lo que ella ve y ella ve cuatro guerreros africanos de lanza y
escudo, las caras pintadas, el líder usando una grotesca máscara
que le tapa la cabeza y parte del pecho. Lo que dicen es, una vez más,
un guiño al lector: “¡Uga! ¡Buga!”.
En
la última viñeta vemos a Pike y a Dare atados fuertemente
a un poste de madera. Están amordazados y a la altura de sus
rodillas los guerreros, que bailan al rededor del improvisado totem
con antorchas encendidas, han juntado una abundante cantidad de paja
y leña. Como no puede hablar, la doctora Dare piensa: “¿Garantía
personal de seguridad, eh?”. Se trata – ¿quién
podría dudarlo?– de un clásico final de comic cargado
de suspenso. A pie de página leemos “Próximo episodio:
Muerte en el cielo”.
7.
Comparada con otras de las tiras de la revista, La doctora Dare
y la lanza del destino es ligeramente más realista en los
dibujos y menos pornográfica en la trama. Su grado de excentricidad,
sin embargo, es llamativo. Nunca conseguí el número 3
de la Penthouse Comix para saber qué pasó con Joanna Dare,
con Pike y su perro tuerto.
Como
fuere, la densidad de la trama, como la poco ortodoxa manera de activar
los poderes de la científica, resulta tan atractiva y compleja
que uno puede darse por satisfecho con apenas este episodio, completado
por los arrebatos y el sadismo sexual de Hitler y su amante, el esoterismo
de la lanza y los guerreros del África Negra. Es de esperar que,
en futuros capítulos, los aborígenes o los agentes del
Eje sometan sexualmente a la doctora para que ella luego, una vez despertados
sus poderes, los reduzca por la fuerza componiendo así la situación.
La posibilidades del planteo son muchas y es innegable que todas tienen
su atractivo. Hecha con retazos y sobrantes macerados en la incoherencia
y mezclados y confundidos una y otra vez hasta el delirio, La doctora
Dare y la lanza del destino es un tesoro oculto esperando ser descubierto.
©Juan
Terranova
NOTAS
(1)No
encontré referencias claras al 7 de diciembre de 1939. El 7 de
diciembre de 1941, sin embargo, ocurrió el ataque japonés
a Pearl Harbor, lo cual decidió el ingreso de los Estados Unidos
a la Segunda Guerra Mundial por parte de los aliados.