Me
pego un baño. La toalla está áspera. Me
gusta que esté áspera porque seca bien. Me paso el desodorante
en barra varias veces. Elijo una remera blanca y los pantalones y zapatillas
que vengo usando esa semana. Antes de salir fumo un porro. Mientras
camino a la parada del colectivo me doy cuenta de que fue mucho. El
viaje no es largo pero resulta eterno. Hace calor. Bajo, y el aire que
me pega en la cara me gusta. El barrio es caro. Tiene árboles
viejos y enormes, pero para sus habitantes, la inseguridad es el
tema de conversación. Cada edificio tiene un sereno aunque casi
todos duermen sentados detrás de escritorios con radios prendidas
en AM.
La fiesta es de un matrimonio conocido que no veo desde hace siglos.
La semana pasada los crucé en la calle y me invitaron. Dijeron
que iba a estar muy copada, buena música y gente cool.
Odio a los que intercalan palabras en inglés. No había
que llevar nada. ¿Un vino?, pregunté. Nothing, contestaron.
Festejaban la inauguración de la casa. Año y medio de
construcción, explicaron. Quedé en ir, tengo el sí
fácil. Después dejaron algunos mensajes en el contestador
automático recordando la fecha y la dirección. Además
mandaron un mail. No tenía escapatoria.
La casa es moderna. Mucha ventana, metal, líneas rectas y algo
de piedra. Las pocas paredes están pintadas de blanco. Subo una
escalera hasta la puerta de entrada. De adentro sale música electrónica.
No creo que los vecinos estén muy felices con el evento de los
nuevos. Estoy un buen rato buscando el timbre. Lo único
que encuentro es un tablero con teclas numeradas parecido al de un teléfono.
Toco todas pero no pasa nada. La puerta no tiene cerradura. Mis manos
comprueban que además es dura. Nadie abre...Lógico, el
ruido te destruye los tímpanos. Bajo las escaleras. Decido volver
a casa pero veo un pedazo de pared que da al jardín. No es muy
alta, trepo, salto y caigo arriba de unas plantas. Las machuco un poco.
Veo una pileta iluminada donde ¿dos sirenas? nadan. Les digo
hola. Me miran y empiezan a reírse sin parar. Aunque hay antorchas
y velas por todos lados, afuera no hay nadie más. Sigo viaje
y entro a la casa. Me envuelve una ola de frío. Sistema de aire
acondicionado central. Un flaco que baila sin seguir el ritmo de la
música, exhibe o lo drogado que está, o lo tonto que es.
No hay mucha gente y entiendo porqué insistieron tanto en invitarme.
Además, las personas que veo no parecen muy cool. El
lugar es enorme. En la mesa del comedor hay todo tipo de bebidas, copas
y hielo. Un energúmeno con un turbante en la cabeza es el barman.
Vuelo a buscar algo para tomar. Tengo un jabón entero en la garganta.
“¿Querés un daiquiri?”, me grita el pseudo
árabe. “Una cerveza por favor”, le digo moviendo
los labios como si estuviese hablando con un sordo. Antes de salir disparado
a un sillón donde dos chicas conversan, me dice al oído:
“Aguante Bin Laden”. No respondo.
Me siento y escucho que las dos chicas hablan de algo relacionado con
la astrología. La palabra preferida de la morocha es “energía”.
No para de hablar y la compañera la escucha con atención.
“Lo que pasa en este país es un problema de energía.
Los gobernantes tienen energía negativa que baja en cascada al
resto de la población. La gente está desarmonizada,
y ya no tiene energía para seguir peleando...”,
etcétera, etcétera. Mientras tanto tomo la cerveza que
está tibia. ¿Tendría la casa un problema de energía
eléctrica? Miro al resto de los invitados. No conozco a nadie.
En un momento dado la morocha me mira. No quiero establecer contacto
visual (ni de ningún tipo) pero es tarde. “¿Qué
hacés ahí solo? Acercáte, estamos charlando con
Luna de un montón de cosas. Vení”. Corro el culo
al almohadón de al lado. La parlanchina se llama “Orion”.
En realidad, explica que no son sus verdaderos nombres, acaban de volver
de vacaciones de una isla (creo que del Caribe) donde en una ceremonia
tribal, un chamán se los puso. Qué interesante, digo.
Conociendo la respuesta les pregunto si fueron a un hotel “all
inclusive”. Orion me dice que nunca van a esos lugares.
Ellas siempre viajan de mochileras. Les pregunto si viajan
mucho. “Todo el tiempo. Vamos mucho a India”. La charla
continúa en los mismos términos durante un rato. Orion
es insoportable. Contemplo a Luna. Me gusta su silencio. Adivino la
forma de sus pezones debajo de la remera ajustada y fantaseo con una
raya depilada. Me excitan. Parece aburrida de todo. Me cae simpática
pero no tanto como para seguir aguantando a Orion, la energía,
el aura, el karma y demás. Les digo que voy a buscar a los dueños
de casa para saludarlos. Orion guiña un ojo y junta las manos
haciendo un saludo estilo monje hindú. Luna no abre la boca.
El cuadro de la fiesta es deprimente. Además de las chicas, Bin
Laden y el drogadicto perdido, hay un par de parejas con cara de quiero-volver-a-casa.
Miro el jardín a través de una ventana. Las sirenas retozan
en unas reposeras pero mejor evitarlas. Perdido por perdido, decido
recorrer la casa en busca de no sé bien que. Tal vez escapar
de la música. Bajo una escalera-caracol de hierro. El pasillo
es largo, muy largo, y despojado. Está repleto de puertas cerradas.
La primera que abro da a un baño con azulejos negros. La segunda,
a un cuarto con la luz apagada, pero escucho que hay alguien adentro
y la cierro. De la tercera, sale un perro enano (de muy mal carácter)
y empieza a ladrarme. Perro psicótico, le digo, cortála.
El hijo de puta no para. Perro de mierda. Lo empujo con el pie para
adentro para tratar de encerrarlo. Me muerde la pantorrilla y con la
otra pierna le pego una patada en la panza. Perro psicótico acusa
el impacto y aprovecho para pegar un portazo que casi le parte el hocico.
Contento encaro de vuelta la escalera. Empiezo a subir cuando del cuarto
de la luz apagada sale corriendo la dueña de casa, gritando:
“BOBBY, BOBBY” Supongo que todavía puedo huir, pero
con un timbre de voz demasiado agudo me chilla: “¿QUÉ
LE HICISTE A BOBBY?” Antes de abrir la boca pongo cara de preocupación
y contesto: “Hola, ¿Cómo estás? Se te ve
espléndida”, “No desvíes el tema de conversación.
¿Por qué llora Bobby?”, “No vi a ningún
Bobby...En realidad puede ser que arriba haya uno, el del turbante…Te
veo muy nerviosa...Tranquila, bajé porque estoy buscando a una
chica muy simpática que se llama Orion, Orion una tímida…¿No
la viste por acá?. Qué linda casa...” No contesta
y se va directo a abrir la puerta donde está el can. Perro psicótico
me ve y retrocede llorando. Contengo la risa, subo y salgo al jardín.
Me
siento en una silla blanca. Las sirenas me observan como si fuese un
marciano. Logran incomodarme un poco. Saco del paquete de cigarrillos
un porro bastante grande y lo enciendo. Dos pitadas largas me hacen
toser un poco. Mientras me miran no dejan de secretearse cosas al oído.
Unas maleducadas. “¿Fuman?” les parece una pregunta
graciosísima. Se vuelven a reír como histéricas.
Apago el porro. Trato de fulminarlas con la mirada y entro a la casa.
Por suerte, el pseudo árabe no está a la vista. Agarro
una cerveza que está mejor que la anterior. Orion conversa con
un recién llegado. Hace una seña para que me una, pero
no le hago caso. Al minuto, la tengo pegada al lado mío. “¿Dónde
te metiste? Ya te empezaba a extrañar”, dice en plan seductora.
Respondo que soy arquitecto y que recorrí la casa contemplando
el diseño. “¿Sos arquitecto? Me fascina la arquitectura”,
“¿Y Luna?”, pregunto. “No sé, debe andar
por ahí”. “Ya vengo”, digo y salgo disparado.
Lo único que puede salvar la noche es encontrar a Luna y convencerla
de ir a casa. En el living no está. Bajar es riesgoso: puedo
toparme con perro psicótico o peor, con la dueña de casa.
Entro a la cocina y prendo la luz. Luna sentada en la mesada de mármol
rodea con sus piernas al falso Bin Laden. Bin Laden la bombea con ritmo
frenético. Demasiado para mi. Pido disculpas, aunque creo que
ni me deben haber visto, apago la luz y salgo a la calle.
Camino
bajo los árboles. El viento les mueve las ramas y los hace susurrar.
El cielo está nublado. En una esquina escucho un sonido que me
gusta. Son un montón de pájaros cantando en un jacarandá.
Cantan y cantan. Me siento en el cordón de la vereda y me quedo
petrificado por la música. Me despiertan unas gotas de lluvia.
Al rato no escucho más a los pájaros. Camino hasta casa.
Llego empapado. Me pego una ducha caliente, me meto en la cama y sueño
con árboles que cantan.
©Martín
Llambi