I
Ayer a la noche llamó mi madre para
avisar que uno de mis hermanos se casa en unos meses. ¿Va a hacer
una fiesta, con iglesia y eso? Sí, tendrías que llamarlo
y felicitarlo. Bueno, está bien, hablamos, chau, Chau, un beso.
Cortamos, me metí en la cama y me quedé leyendo hasta
tarde "París era una fiesta" de Hemingway. Capaz que
hoy lo termino.
A
la mañana temprano, a eso de las diez, mi hermano menor toca
el timbre de casa. Tomamos un té y partimos en bicicleta hacia
un club que queda cerca del río. Hace unos días reservamos
una cancha de tenis. Jugamos cada dos o tres años.
Llegamos
al lugar, atamos las bicis a un poste y vamos a la Cabaña
de Tenis. La Cabaña de Tenis es un cuartucho. Adentro
hay un viejo que nos indica que nuestra cancha es la número 4.
Su acento parece de Europa del Este. Le decimos que no tenemos pelotas.
Nos dice: "Esa no es problema" y saca de un cajón
un tubo. Damos las gracias y salimos a sentarnos en un banco a esperar
que sea nuestra hora de jugar. El día está lindo. En la
cancha 3 hay una vieja tomando una clase. El profesor le hace chistes
y se ríe con caras que parecen ensayadas. En la 4, un pibito
juega con el padre. Juega bien. En la 5 hay una morocha con remera blanca
ajustada. Dejamos de mirar al pibito.
Mi
hermano hace picar las pelotas en el suelo. "Están pinchadas.
Compremos unas". Vamos al bar. Un tubo cuesta $18. Mi hermano pregunta
si venden pelotas sueltas y la señora aprovecha para mirarnos
de arriba a abajo. Nuestra pinta es diferente al resto de las personas
que hay en el lugar. Descartamos la idea de la compra y nos volvemos
a sentar afuera a mirar a la morocha de remera ajustada.
A
las once entramos a la cancha y en el primer peloteo confirmamos que
las pelotas están pinchadas. Mi hermano me pregunta si me parece
una buena idea pedir unas prestadas al profesor de la 3 (tiene un canasto
lleno). Me imagino que nos va a decir algo como "Disculpá
pero las uso para laburar" y por un momento me deprimo. Al final,
mi hermano menor se las pide. El tipo agarra unas cinco pelotas y nos
las tira. Damos las gracias y pone la cara de actor. Las pelotas pican
bien.
Mi
hermano menor y yo jugamos bastante mal. Cada vez que se nos va una
pelota a la cancha del "profe", el tipo nos la pasa y damos
las gracias. Termina el set y gano 6-4. Peloteamos durante un rato más.
La vieja de al lado termina su clase y el "profe" (todo sonrisas)
nos pregunta si vamos a seguir jugando. Le decimos que no, devolvemos
las pelotas, damos las gracias por décima vez y nos dice: "Cuando
quieran, acá me encuentran siempre. Fue un placer". Me dan
ganas de abrazarlo. No lo hago y nos vamos a almorzar a una parrilla.
Otra mañana de otoño.
28/04/04
Hoy
fue el estreno de la Parte II de la película del director de
moda. Como a mi mujer y a mí la Parte I nos había gustado
mucho, decidimos ir a la función de las 16.10hs. Ella quedaba
libre (cerca del cine) a las 15.55 hs. Nunca me acuerdo de los horarios
de las cosas que hace. A veces discutimos por este tema. También
discutimos por otros.
Supuse
que las entradas se podían agotar. A las 15.00hs ya las había
comprado, pero no tenía tiempo suficiente como para volver a
casa sin andar a las corridas. Fui a una plaza cercana donde había
una escuela. A través de una reja vi a unos niños jugando
en unas hamacas. Una maestra los cuidaba. El día estaba nublado
y empezó a lloviznar. Los chicos corrieron para adentro. Saqué
un porro y lo encendí. Fumé rápido, no quería
(aunque esto era casi imposible porque había árboles,
arbustos y la reja) que algún chico me viese.
En
frente del cine había un locutorio con computadoras. Me dieron
la número tres. Quería contestarle un mail a un amigo
que vive en una provincia. La máquina andaba mal. Uno tecleaba
y las letras no aparecían hasta después de un rato. Tardé
una media hora larga en escribir tres párrafos. Igual, a esa
altura, no estaba como para ir a reclamar un cambio de PC. Mandé
el mail. Cuando decidí que podría escribirle algo a mi
hermano, el que se va a casar, se cortó la luz. La oscuridad
era total. Se escuchó: “CLAUDIA, ¿Qué tocastes
(sic), boluda? Esa es la térmica, subíla ¡TARADA!”
Volvió la luz. Mi computadora no prendía. El vecino de
la 2 me dijo que había que apretar un botón pero me di
cuenta de que ya estaba bien de locutorio. Me paré, pagué
y salí a la calle. Tarareé Girl de los Beatles.
Caminé
dos cuadras hasta una disquería. Ahí tienen unos aparatos
con auriculares, donde pasás por una lectora de código
de barras cualquier disco y escuchás dos minutos de cada canción.
Agarré Rubber Soul y puse Girl unas cuatro veces seguidas. Después
escuché varios discos más. Me entusiasmé un poco
con el programa y a las 16.05 hs era hora de ir al cine.
Mi
mujer esperaba sentada en el borde de una ventana. En esos cines no
hay un banco o una escalera donde sentarse. Cuando nos vimos, sonreímos
apenas y nos dimos un beso. La película nos gustó. En
casa preparamos café y tostadas. A lo mejor, no todo está
tan mal.
29/04/04
Este
fin de semana vamos a ir con mi mujer a un pueblo, a pasar un fin
de semana en un pueblo. Ella insistió para que fuéramos,
como una mini luna de miel, dijo. Hoy viernes, me despierto, me afeito
y salgo con la bici. El día está fresco. Por suerte, paró
de llover y salió el sol. Pedaleo hasta un negocio de libros
usados. Estoy un rato revolviendo best-sellers hasta que descubro el
criterio con que ordenan los libros. Lo único potable es el estante
de “Clásicos”. Empiezo en la A y paro en la C. El
primer libro que agarro es “El corazón de las tinieblas”
de Joseph Conrad. Lo único que leí de Conrad es una novela
corta que, si mal no recuerdo, se llama “Una avanzada del progreso”.
Miro el precio escrito con lápiz, $7. Un libro usado, una edición
no muy convincente, me parece razonable. Sigo hasta la F y agarro “Madame
Bovary” de Flaubert, $9. Tengo la sensación de que va a
ser un bodrio, pero muchos escritores (que admiro) recomiendan esta
novela. Agarro Madame Bovary, $9. Es un libro gordo, de tapas duras,
símil cuero, con letras doradas. Hace un tiempo fui a la
casa (recién construida) de un compañero del trabajo.
Todo era grande, la cocina, los cuartos, el baño, etc. Le pregunté
porqué tenía la biblioteca del living vacía y contestó
que sólo quería tener libros buenos, libros de cuero,
estilo antiguos. Supongo que esta edición de “Madame Bovary”
podría calificar para estar en su biblioteca. Busco “Dublineses”
de Joyce. No lo encuentro. Al final agarro “Trópico de
cáncer” de Henry Miller, $7, y voy a la caja a pagar. Un
tipo de pelo largo le habla a una empleada del negocio. Es evidente
que le está haciendo el filo. Me da un poco de vergüenza
y hago como que sigo revisando. Después de un rato, me parecen
horas, la chica le da su número de teléfono. No conforme,
el pelilargo se pone a hablar de Borges con el flaco de la caja. El
flaco de la caja está de malhumor (puede que se esté lamentando
por no haberse animado a avanzar antes a la empleada). Tiene un cartel
en la frente que dice: “Hijo del Dueño”. El pelilargo
se va y le doy mis libros. Los abre y anota los precios en un papel.
Cuando creo que va a sumar, vuelve a agarrar el de Conrad y le grita
a la empleada.: ¿POR QUÉ ESTÁ TAN BARATO ESTE LIBRO?
La empleada pone cara de terror. Sospecho que ella no es la encargada
de la política de precios de la compañía. El flaco
sigue ladrando y pienso en decirle que si quiere puede cambiarle el
precio. Pero no le digo nada y se calma solo. Me dice son $23. Le doy
un billete de 20, uno de 2 y cuatro monedas de 0.50. Dice: “Son
$23. Me diste $24” y me devuelve dos monedas. Doy las gracias
y salgo a buscar otros libros y otras librerías. Tengo que tratar
de acordarme de no volver a ésta.
En
casa preparo unas hamburguesas (caseras) con queso y espero a que termine
el día. Tengo todo lo necesario para un fin de semana en
un pueblo. El olor a hamburguesa (casera) todo lo invade.
30/04/04
continuará...