Mi
padre murió anoche. Ayer a la tarde cuando llegué
a casa, tenía un mensaje suyo en el contestador automático
diciendo que pasase a buscar unas camisas que ya no usaba. Era el tipo
de regalo que solía hacerme cada tanto. Nunca uso camisas. Caminé
las cinco cuadras hasta su departamento y, a pesar de tener un juego
de llaves, toqué el portero eléctrico. Nadie contestó.
Entré y me crucé con una señora que al verme apretó
su cartera contra el pecho. No la saludé y tomé el ascensor.
Me volví a anunciar con el timbre. Al final abrí. Siempre
me sorprendía esa casa. La biblioteca repleta de libros acomodados
por orden alfabético, la cocina reluciente, los adornos de la
mesa ratona en simetría y la alfombra sin arrugas.
Oí
el sonido de la televisión. Las camisas no estaban a la vista.
Estarían dobladas y planchadas en un paquete. Lo llamé,
pero no respondió.
Entré
al cuarto. Estaba boca arriba en la cama, tapado. Lo sacudí un
poco y no reaccionó. Ahí lo supe. Apagué la televisión.
Me acerqué de nuevo y apoyé mi oreja contra su pecho.
Le pegué unas cachetadas suaves sólo por si me había
equivocado. En una silla vi el paquete con las camisas. Apagué
la luz del cuarto y cerré la puerta.
Fui
al living. De la biblioteca separé cuatro libros. A todos los
que quedaban los bajé y apilé en el suelo. Los volví
a poner en los estantes sin respetar ningún criterio. Luego desacomodé
los adornos de la mesa ratona. En la cocina abrí todos los cajones.
Elegí un cuchillo alemán y un abrelatas. Mezclé
las cucharas con los cuchillos y los tenedores, y dejé los cajones
entreabiertos. De la alacena agarré dos botellas de vino de las
que mi padre reservaba para comidas importantes.
Volví
al cuarto y encendí la luz. Lo destapé. Le saqué
el pijama, lo doblé y lo guardé en el cajón de
la cómoda correspondiente a las medias. Abrí los demás
cajones. En uno encontré las camisas blancas y en otro las celestes.
Todas planchadas y dobladas. Las arrugué y mezclé. Al
paquete con las camisas viejas lo dejé donde estaba. Agarré
un bolso de mano y descolgué un cuadro con un paisaje de un desierto.
En el bolso metí las botellas, los libros y el abrelatas. Al
cuadro lo llevé en la mano. Antes de salir contemplé unos
segundos su cuerpo desnudo, lo tapé y prendí la televisión.
En
casa abrí una de las botellas, prendí un cigarrillo y
mientras hojeaba uno de los libros, llamé a mi hermano por teléfono.
Le dije que nuestro padre me había dejado un mensaje en el contestador
automático diciendo que podíamos pasar a buscar unas camisas.
Contestó que era justo lo que estaba necesitando.
©Martín
Llambi