La sombra del helicóptero atraviesa la franja de tierra amarilla que se extiende entre el océano y una cadena de montañas bajas. El ruido de metralleta de los rotores gemelos aturde por igual a tripulantes e involuntarios pasajeros mientras la succión de las hélices levanta torbellinos de arena en el paisaje inmóvil. No se divisa otra cosa que dunas y mesetas inhóspitas, riscos y playas desoladas. Atrás ha quedado, espejeando, la promesa refulgente del mar. El helicóptero hace un viraje rotundo y enfila tierra adentro, dejando atrás la cadena montañosa para internarse en el desierto. La tierra se vuelve del color de una yema fritándose al sol.
–¡Ya estamos cerca del Paraíso! –le grita el piloto al Observador, y lanza una carcajada. A su lado el Observador, un hombre enjuto y calvo vestido con el albornoz negro reglamentario y con las manos aferradas a un baqueteado maletín de cuero oscuro, parece una cucaracha abrazada a su huevo. No hace un gesto, pero mira al piloto de reojo y hace que sí con el mentón.
La máquina se inclina para iniciar el descenso. Ahora planea sobre una quebrada más allá de la cual se abre el perímetro vallado de Proyecto Paraíso: una cinta de tierra de cientos de kilómetros de extensión en la que se distinguen un helipuerto, barracas militares, el foso de La Cantera –donde hormiguean unas figuras humanas abocadas a trabajos indescriptibles– y un laberinto de valles y mesetas que se pierden en la distancia. En seguida aparece la pista, un redondel de concreto orlado de reflectores azules tan potentes que brillan incluso a la luz de mediodía. El helicóptero se posa con la delicadeza de una langosta bíblica, y el Observador sale de la máquina encorvado, a fin de resguardarse de la ventolera de las hélices y siempre abrazado a su maletín. Un grupo de soldados mucho más apto que el Observador para caminar bajo las hélices ya ha abierto la rampa trasera y hace descender el cargamento: un grupo de hombres jóvenes descienden por la rampa con las cabezas gachas. Van desnudos, como es norma y encadenados por las muñecas y los tobillos, y atados entre sí por cadenas sujetas con grillos a la cintura. Avanzan con torpeza, zarandeándose uno al otro como una manada de elefantitos tomados de la cola. En sus tobillos resalta el color anaranjado de una cinta de baquelita con un chip brillante como una piedra de ónix –su DNI ADN– y grabada sobre la cinta va la palabra TRANSGRESOR, y un número de barras que completa su aspecto de animales a la venta por kilo vivo.
El Observador pasa el maletín a la mano izquierda, para estrechar con la derecha la mano del Comandante que ha venido a recibirlo en el límite de la pista.
–Todo un honor. Lo esperábamos. Sea Ud. Bienvenido.
No es su primera visita a Proyecto Paraíso. Le toca dar una presentación cada seis meses, para las tropas que rotan entre distintas bases del Proyecto en distintas partes del Globo. El Comandante lo escolta a la sala de conferencias, donde lo espera una audiencia compuesta por el mismo Comandante, la jefatura, los administrativos, el personal de servicio y finalmente la legión de soldados que integran la armoniosa comunidad de Proyecto Paraíso.
El Observador abre su maletín y saca su pequeño ordenador portátil, un cuaderno de notas que lo acompaña siempre como un amuleto, y la célula de memoria que enchufa al ordenador central. Las primeras imágenes de chabolas, pueblitos arrasados por terremotos e inundaciones, criaturas con los vientres inflados por las hambrunas subsaharianas y otros primores visuales maravillosamente compaginados por el equipo de marketing de la agencia gubernamental para la que trabaja, se despliegan con calculado impacto sobre los rostros azulados de una audiencia hechizada o catatónica (nunca ha conseguido decidirlo).
La presentación transcurre sin problemas y el Observador escucha su propia voz hilvanando las palabras, cuidadosamente selectas, con la facilidad y la elegancia que da el oficio de años. Los que llegan aquí lo han dejado todo atrás, menos sus esperanzas, se escucha decir. Bebe un sorbo de agua mineral y prosigue: Durante demasiado tiempo nuestra política se ajustó a una jurisprudencia hipócrita; a saber, la presunción de que existen los Derechos Humanos Universales. Desde la declaración de la Enmienda es posible seguir una política coherente. Pues bien, nos dijimos, si los derechos humanos han de ser universales, lo que nos hace falta es ponerle límites al universo. Así nació el Proyecto Paraíso…
Al final de la presentación le descerrajan los aplausos de rigor y las preguntas de cortesía, preparadas y filtradas de antemano por los secretarios de la Central, a fin de ahorrarle al Observador sorpresas y aprietos de última hora. A todas el Observador contesta en forma sucinta y contundente, incluso a aquellas preguntas que para apaciguar la ansiedad de los soldados de raso, quienes día a día enfrentan situaciones difíciles por no decir desesperadas en La Cantera y en los desembarcos y durante otras operaciones vitales para Proyecto Paraíso, han sido diseñadas con un tono provocativo, casi insolente, cual puros fuegos verbales de artificio: ¿Por qué inyectar a los transgresores en cuanto llegan? ¿Por qué la necesidad de infligir ese dolor adicional a su ordalía? ¿Es necesario? Todos llegan aterrorizados, porque todos han oído hablar de la Inyección, el puntazo, la llaman. Es el folklore de los capturados. Su leyenda urbana, contada y regurgitada y repetida y rumiada infinidad de veces durante el tiempo yermo que malgastan en su delito capital: la transgresión de fronteras.
La frontera se siente en la lengua antes que en cualquier otra parte del cuerpo, se escucha explicar el Observador al guapo joven magrebí de ojos gatunos que ha hecho la pregunta-anzuelo. Por eso lo primero que hacemos con los extranjeros que llegan aquí es quitarles la lengua, por así decir. Les aplicamos una inyección en el paladar que les inhibe la capacidad de articular frases (solamente pueden emitir sonidos o gritos) y la función del gusto. El procedimiento, también llamado AFASIA 4, es algo doloroso, pero tan rápido como aséptico. ¿De qué les serviría hablar si no hay nada más que decir? ¿De qué les serviría gustar si la comida que les servimos no tiene sabor? La pasta gelatinosa que aparece puntualmente en los comederos es tan inodora e incolora e insípida como su diaria ración de agua. La mínima sustancia nutricia, la mínima reposición de líquidos. La visión de la Unión Paneuropea, un esfuerzo de convivencia que abarca estados miembros desde el Atlántico hasta el Mar del Japón, es “sanidad con austeridad” y “humanidad con límites”. El problema de la migración, el problema de los transgresores que intentan cruzar hacia la Unión desde estados no miembros, o desde antiguas naciones en estado de disolución social, se origina en apetencias que no pueden ser satisfechas. No estamos en guerra contra nuestros prójimos menos afortunados, de ninguna manera, pero estamos en guerra contra su deseo…
Otro recluta se pone de pie. Un berebere fornido, de piel aceitunada y ojos dorados. ¿Por qué van desnudos? Quiere saber. La desnudez es una humillación innecesaria, además de una presencia ofensiva para el personal que trabaja en la base (sin duda es él mismo quien se siente ofendido). Los griegos del período ático se ejercitaban desnudos, repone sin vacilar el Observador. Les devolvemos la desnudez como una manera de devolverles su animalidad, que acaso restañe su calidad de criaturas inocentes del Señor. Recuérdese que criatura proviene del latín creatūra, de creatĭo-creatiōnis, la obra de Dios… (esta cita, por árida que parezca, cae muy bien entre los soldados musulmanes de la tropa que de inmediato identifican a Dios con Alá y se sienten avalados en su condición de brazos de la Voluntad Divina). Tras la ronda de preguntas vienen los saludos, las felicitaciones, las componendas para reuniones posteriores con el personal jerárquico. La sala de conferencias se desaloja poco a poco en medio de un clima afable y ordenado, y la tropa se retira contenta hasta la hora de congregarse en el Refectorio. Luego viene la visita a las instalaciones: la Sala de Acogida, donde al grupo de transgresores que acaba de llegar en su helicóptero se les están comprobando los datos optométricos, se les escanean las tobilleras DNI ADN, y se los transfiere sin mucha demora a la Sala de Esterilizaciones, donde esperan las duchas comunales de gas desinfectante “que causan ataques de tos convulsa, asma, algunos paros cardíacos y en ocasión se nos ha muerto alguno por hiperventilación como consta en el registro, es verdad, pero nos esforzamos por hacer las cosas con la mayor celeridad y limpieza posible”, explica un doctor simpático que se llama Rodríguez y lleva el ala de Admisiones. Escoltado por Rodríguez el Observador pasa junto a las butacas de Inyección Afásica 4, butacas que nunca dejan de impresionarlo con sus correspondientes correas metálicas de sujeción y sus pantallas anexas para monitorizar la resistencia del transgresor-paciente a la inyección. “Bah, la vacunita contra los bocasucias”, hace un ademán elocuente Rodríguez, y bromea: “¿Ve cómo yo mismo me explico sin palabras? Hay gente que me dice que gesticulo mucho, que muevo mucho las manos, je je. Venga por aquí. Cuidadito con el escalón”.
Rodríguez, tras un apretón de manos, lo encomienda a Van Heulsen, un tímido y meticuloso dietólogo holandés que hace subir al Observador a la rampa de Suministros y lo pone al día con los detalles del presupuesto anual: “Ochenta toneladas de plancton reciclado de playas industriales, mezclados con enzimas orgánicas obtenidas a partir de charcutería no tradicional, léase, cadáveres no reclamados de países no miembros y víctimas de…”
Luego, por fin, viene la comida de camarería, un evento que de forma invariable deleita al Observador. El Refectorio está lleno de bote en bote. Y ese día, para regocijo de todos, se sale del menú austero asignado a la Administración y a la tropa, “Tiramos el Paraíso por la ventana”, resume el Comandante. Y en esta parte del mundo, por la que el Observador tiene predilección, se prepara una verdadera tayine de cordero y cous cous de verduras que es para relamerse los dedos y levanta la moral de los soldados. Aromas de madre y noches perfumadas de Ramadan al final de la adolescencia flotan sobre las largas mesas comunales que respiran por una vez un clima de igualdad y cierta confianza en el futuro.
El mismo Observador comenzó así, “Yo mismo he comenzado así”, dice estimulado por el sabor de las viandas mágicas: “Fui una vez un transgresor fallido. Me capturaron en la Frontera y fui confinado a un Programa de Modificación de Conductas donde serví como soldado raso. Desde allí llegué hasta donde estoy”.
Se lo escucha con interés, con deferencia, con envidia, con fatal admiración. Con nunca mejor disimulado desprecio.
El Observador cuenta que fue en su día un recluta siempre dispuesto a limpiar los baños –por aquel entonces hediondos– en su hora de recreo. También supo hacer algún favor íntimo a algún oficial carente antes de que se implantara el Plan Pantaleón para la higiene sexual de los soldados que sirven allende la Frontera. De estos favores guarda el Observador algún rencor y algún dolor inconfesable, pero también la convicción de que sin esta paciencia pragmática, urdida de buena voluntad y de su proverbial capacidad para callar, no disfrutaría hoy de su posición de Observador. Es verdad que está cansado de viajar por parajes sin esperanza del Oriente Medio, de África Oriental y Subsahariana, de ver hordas de muchachos desnudos que descienden por las rampas traseras de helicópteros militares, de pasar días vacíos en cuartos acristalados de hoteles en torre cuyos ventanales dominan un paisaje de miserias sin cura; es verdad que sufre de accesos de vómitos incontenibles durante la noche; es verdad que el insomnio se le ha adherido como una sanguijuela según pasan los años en este empleo sin ascenso posible. Pero también es verdad que tiene un pasaporte de la Unión Paneuropea; también es verdad que su salario, más viáticos y plus por Trabajo en Zona Insalubre, se deposita todos los 28 de mes por débito directo en la cuenta que mantiene nada menos que en el BCP, el Banco Central Paneuropeo. Dada la asiduidad de sus Visitas de Observación, poco gasta de sus emolumentos, y sus ahorros crecen, y con ellos la posibilidad de jubilarse un día con un coche de ensueños y una pensión respetable, y de poder al fin cerrar los ojos en un apartamento de su propiedad, frente a un parque geométrico, en una urbe en el apogeo del consumo que pueden permitirse “las gentes que son gente” en “el mundo que es mundo, el verdadero Paraíso…”, como rezan las propagandas televisivas de coches deportivos. Y también es cierto que puede llevarse ahora mismo este bocado de tayine a la boca (¿quién podría quitárselo?) y sentir el gusto de las hierbas frescas sobre un trozo de carne dorada. Al fin y al cabo él no debe quejarse. Tuvo la suerte de ser reclutado cuando las cosas eran más fáciles, antes que se instaurara el procedimiento de la Inyección Afásica 4, la política de Trabajos Forzados en La Cantera, los traslados en pelota y con cadenas y la tobillera de balaquita con el chip de DNI ADN… Por lo demás, el Observador brilla entre sus pares. Todo el mundo, en el fondo, quisiera ser un Observador. En su capacidad de Observador él puede hacer recomendaciones, decidir presupuestos, sancionar la apertura y cierre de departamentos y cortar algunas cabezas indeseables. Y puede sobrevolar los desiertos –en apariencia infinitos para los transgresores– y descender de helicópteros bimotores comisionados ex-profeso frente a esa marea de rostros de soldados jóvenes, bellos y anhelantes, por no hablar de las caras perdidas de los transgresores, ante las cuales puede pavonearse con la omnipotencia de un Dios… ¿Qué más –considerando cómo están las cosas– podría pedir? Pero una sombra le pasa por el rostro al pensar en la tarea que lo aguarda.
Al día siguiente le toca empezar la parte más tediosa y más ingrata de su trabajo: la Observación de Campo. El mismo soldado magrebí de ojos gatunos que le hizo la pregunta ayer durante la presentación lo espera muy temprano por la mañana en la puerta de su barraca. No le dice nada pero le hace la venia, aún cuando el Observador no tiene grado militar. Se suben a un Jeep 4X4 y suben y bajan por cuestas de senderos montañosos que desafían el agarre de los frenos. El soldado arremete por las cornisas a tal velocidad que revela su pericia o su temeridad o su fastidio de hacer siempre el mismo trayecto. El camino serpenteante lleva a través de una quebrada vertiginosa y de un valle que parece hechizado, o tal vez sólo intemporal, hasta la valla exterior de La Cantera. Allí el soldado se baja de un salto, hace la venia ante la cámara del mangrullo electrónico, y le abre la portezuela del Jeep. Desde ese momento y desde ese punto el Observador anda solo. En La Cantera uno está solo. Ya no hay ante quién pavonearse como un Dios, y el espectáculo de los transgresores haciendo su trabajo forzado es de los que hacen pensar en reclamar un plus más alto en concepto de TZI, o sea Trabajo en Zona Insalubre. Llegado a las coordenadas indicadas por la Central, el Observador abre su maletín y despliega su ordenador portátil, su añejo cuaderno de notas y se cala los lentes de contacto refractarios a la luz apabullante del sol, que endurecen su mirada como si sus ojos fueran de vidrio.
Sentado en la caseta sobre la roca propicia que le ha sido asignada, protegida por una tenue alambrada electrónica que disolvería a quien se atreviera a atacarlo, contempla por enésima vez la misma escena. Alza los ojos hacia la altísima, acantilada pared de La Cantera. El trabajo se ha detenido y es la hora en que los transgresores se entretienen al tiempo que planean la evasión. Eso no consta en los registros pero ocurre y todo el mundo lo sabe. El Observador abre su cuaderno ajetreado al cual consigna las impresiones que no pueden ser rastreadas a través de un ordenador. Son notas que complementan, corrigen y por momentos contradicen sus propias palabras, las que ha pronunciado durante la Presentación de ayer, y durante tantas otras Presentaciones que en la memoria se superponen hasta parecer una sola y la misma: El problema de la esperanza persiste, escribe. Exhaustivos estudios neurológicos han concluido que no es posible extirpar este deseo de un cerebro humano sin destruirlo por completo. No se ha podido encontrar, por así decir, el Lóbulo de la Esperanza. Parece ser un mecanismo de supervivencia inscripto en el núcleo de la conciencia profunda. La Directiva de Inmigración Revisada da flexibilidad a los mandos para mantener la esperanza de los transgresores, como un instrumento de motivación para el trabajo asignado, a condición de que la esperanza sea falsa. Pero una ley no escrita, sancionada por un código de honor militar, autoriza a los transgresores a escapar si logran ascender la pared de La Cantera y a condición de que no vuelva a saberse nada de ellos.
La justicia de tal posibilidad consiste en que ni la autoridad militar de Proyecto Paraíso, ni el Observador mismo, ni sus secretarios o superiores, conoce la dimensión o trazado último de La Cantera, sus límites o periferias. Algunos suponen que La Cantera es una trampa de tiempo, un pozo donde la historia se estanca y que el trabajo es inútil, que nadie necesita los materiales extraídos por los transgresores, que La Cantera es una pura excusa. Otros sostienen que La Cantera es infinita, o bien que se obtura sobre sí misma, como un diafragma, que es un espejismo perenne, o que es la visualización resultante de un chip implantado en la lengua de todos los que trabajan para Proyecto Paraíso, ya sean transgresores o integrantes de la plantilla con nóminas domiciliadas. Incluyéndome a mí, el Observador.
El Observador eleva los ojos. Uno de los muchachos transgresores, prendido como un insecto a la roca, procura escalar la muralla de La Cantera. A sus pies, reunidos en enjambres, hay otros muchachos que gritan, como una letanía, palabras desarticuladas, o tal vez fracturadas, que suben como aullidos de lobo. ¿Alientan o abuchean? Otros aun, indiferentes a todo, erran por el cieno polvoriento de La Cantera. Parecen alucinados o zombis y, al cruzarse, se rozan en diversas salientes del cuerpo y su contacto semeja el rozarse de antenas entre hormigas.
Casi a punto de alcanzar la cima, el muchacho escalador se desprende de la pared. Se oye un grito parecido a un espasmo (¿tal vez así gritase cuando gozaba?) y luego el ruido seco del cráneo al estrellarse contra una roca. Algunos de los muchachos que lo alentaban con sus gritos permanecen en el sitio. Otros se dispersan rápidamente. Hay, por último, quienes se unen a los que erran por el cieno polvoriento, hasta que sea la hora de volver al trabajo. El Observador ha parpadeado y desvía los ojos.
Durante un tiempo que le parece ya inconmensurable ha presenciado, una vez tras otra, el ritual de la ascensión. Es un ritual agónico y, a sus ojos, insensato. Los escaladores no sólo corren el riesgo de desprenderse y caer a pocos centímetros de alcanzar la meseta en la cima, como ocurre las más de las veces y como acaba de ocurrir ahora mismo. Corren aun el riesgo de que la meseta, imposible de divisar desde aquí, sea tan árida como La Cantera misma. Tal vez sea apenas menos polvorienta o tal vez esos muchachos prefieran, a la polvorienta realidad de La Cantera, esa polvorienta promesa de libertad. Pocos la alcanzan, de todos modos, y la última vez que un muchacho lo consiguió (¿pero cuánto, cuánto tiempo hace de eso?) el Observador lo vio erguirse en lo alto de la muralla, siendo vitoreado por su camada. El asombro del sol perfiló su silueta de hombre y su rostro de niño. Su cuerpo se curvó de tal modo que no pudo saberse si se trataba realmente de un movimiento suyo o de una ilusión óptica provocada por la distorsión de la alta luz. ¿Quién sería el que, tan inesperadamente, logró ascender hasta la cima? Su cuerpo dio la impresión de ser recorrido por un escalofrío en el momento en que la repetición de los gritos rotos –el mismo sonido machacado y escupido de siempre– alcanzaba el paroxismo. Entonces se volvió y encaró el peregrinaje por la meseta. Como en casos anteriores (han pasado tantos muchachos similarmente desnudos o desesperados o harapientos o bellos por la mucosa cansada de sus ojos) el Observador supo entonces que ya nunca volvería a saberse nada de él. ¿Qué les ocurre a los que finalmente alcanzan la meseta en la cima? Es un punto fuera de su observación.
Un muchacho entre los que forman el coro del caído recibe ahora ayuda de su grey para encaramarse a su vez a la pared. Con los dedos formando pinzas, procura asirse a cualquier relieve a fin de propulsar su propio peso hacia arriba. Visto desde abajo parece un arácnido, un insecto trepador, y su humanidad sólo se distingue por los dedos ensangrentados prendidos a la piedra y el bulto del sexo surgiendo entre las ancas.
El Observador luce aburrido. Su aburrimiento no parece tanto un estado de ánimo como una condición física, y puede adivinarse en la curvatura de su espalda. Está curvado de una manera diferente a quien piensa o tiene frío o lee. Está agobiado, casi jorobado. Durante el tiempo acumulado de inacción, su espalda parece haber cobrado la forma de su tedio, una forma de cresta o de caparazón. Está frotándose los ojos cuando, tras un intervalo que sólo puede medirse en acomodamientos, suspiros y calambres, ve al muchacho caer.
Observa que la caída de este transgresor es mucho más lenta. Su cabeza pega contra las puntas de la roca y se rompe con un ruido de nuez cascada. Desgraciadamente para él, está aún vivo cuando se desploma con un ruido seco sobre un manto de polvo. Se oyen sus vagidos (¿tal vez así gritase cuando gozaba?), se ve la polvareda que ha levantado su cuerpo al caer. Se escucha en seguida un sonido tramado de frases incoherentes que suena como el susurro del viento. Pensamientos sonoros, si bien rotos. Hay un nervioso tartamudeo; luego unos gritos, que parecen simiescos. Se alcanza a distinguir, subiendo y bajando, el brazo del muchacho que está rematando al escalador. Entre sus dedos aferra una gran piedra ensangrentada.
El Observador bosteza; en seguida suspira. Desvía los ojos otra vez, pero los vuelve al lugar donde apuntaban como si todo lo que observa le resultara repetitivo o indiferente. Ve a los jóvenes cuyo ídolo escalador ha caído. Seguramente barajan ya su inminente destino de escaladores, o de corifeos de escaladores, o de meros zombis errantes que lo enterrarán en el polvo. Algo, sin embargo, ha cambiado en la escena. El polvo donde ha caído el muchacho escalador se ha asentado y pueden divisarse claramente las manchas en las rocas recién salpicadas de sangre. El color rojo provoca una agradable discordia contra el color terracota que domina el paisaje.
El efecto no dura mucho. A los ojos del Observador parece como si, en La Cantera, ni siquiera una cosa intensa y definida como un color pudiese tener una duración. Ni siquiera el color de la sangre.
Pasa más tiempo. Lo difícil es decidir cuánto. Es un tiempo que incluye el sueño leve y entrecortado del Observador. Cuando se espabila, no sabe si han transcurrido minutos o siglos desde su entrada en ese letargo, pero sabe que ningún detalle ha escapado a su vigilancia mientras dormitaba. Eso es oficio, solera, experiencia. En el cielo un sol como un ojo inyectado esparce su irritación sobre el paisaje. Bajo su luz agobiante el Observador debe hacer visera para compaginar su visión. Sopla, inusual, una ráfaga de aire fresco.
Y entonces una bruma de polvo se levanta de ninguna parte, como es común a esta hora y en esta parte del mundo, y tamiza la luz del sol. El Observador se arrebuja, encogido bajo la capucha de su albornoz. Por un momento su campo visual –un oval de luz incandescente– parece invadido por un enjambre de avispas o langostas. Siente una ráfaga de tierra sobre la cara, que le sugiere el sonido de un latigazo, e instintivamente cierra los ojos. Cuando los abre, tiene frente a sí a un muchacho desnudo de piel oscura y rostro dorado como una máscara de bronce. El muchacho se ha separado del grupo que erraba por el cieno polvoriento y al principio el Observador no distingue en su rostro otra cosa que la oscuridad y la fijeza de su mirada.
Todos los transgresores se parecen, piensa. El efecto del cautiverio y el yugo del sol los uniforma. Pero a medida que el polvo se disipa y se asienta, y el joven surge entre la nube de polvo, distingue el formato de los ojos y los rasgos del rostro donde están engarzados se le ocurren familiares. ¿Dónde los ha visto antes? Acostumbrado a rastrear sus observaciones hasta el fondo de la memoria, le vuelve a la mente una lejana y tórrida tarde de hace ya muchos años, durante la Insurgencia en Addis Abeba, una tarde cuando los disturbios y las multitudes pasaban como una película por el casillero de la ventana de un cuarto de hotel súbitamente afiebrado y oscurecido tras un corte de energía. Y él, entrelazado con una mujer de la vida, sintió por primera vez un vuelco en el corazón que si tuviera que resumirlo olería a sudor perfumado, se vería como un cielo tornasolado, se sentiría como un roce de seda. Ella tenía los mismos ojos que este muchacho, el mismo rostro con forma de máscara de bronce y la misma mirada, casi hostil de tan inquisitiva. Hubiera querido que esa tarde y que la espalda lustrosa de la mujer que abrazaba –y el abrazo mismo– se extendieran hasta el infinito. Pero se debía a su trabajo. Era entonces apenas un Pasante de categoría C y estaban por recomendarlo para su ascenso como Observador. No podía sacrificar su destino por una mujer, y tan luego por una puta. Y ni siquiera por una puta tan bella que le dijera: “Me he enamorado de ti como una idiota, pero como soy una puta nunca me creerías. Porque eso es lo que dicen las putas: me he enamorado de ti como una idiota”. El largo Sitio de Addis Abeba, los teléfonos mudos y los ordenadores apagados los reunieron incontables tardes, que si se lo pensaba bien eran siempre la misma, en un abrazo fulgurante en el poliedro mágico en que se había transformado aquél rutinario cuarto de hotel. Al fin las comunicaciones se restablecieron y sus órdenes llegaron. Tuvo que irse, y gozó aún de un último abrazo y de una atmósfera irrepetible de cigarrillos tristones y sudor perfumado antes de abordar su puntual helicóptero. Volvió a Addis Abeba una sola vez, un año más tarde, y le fue incluso dado volver a encontrarla. Ella le presentó a un bebé que parecía una réplica en miniatura de sí misma: “Es tu hijo, le dijo, pero como soy una puta nunca me creerías. Porque eso es lo que dicen las putas: me has hecho un hijo, sólo para quitarte más dinero”. El sonrió con una expresión que habrá sido de incredulidad o de sarcasmo (él mismo no podía saberlo). Le puso unos billetes en la mano. “Para la leche de tu hijo”, le dijo. Y se fue.
Nunca más volvió a Addis Abeba y nunca más volvió a verla. Hasta ahora, en los ojos bruñidos de este misterioso transgresor que tiene enfrente. ¿Se estará volviendo viejo? ¿Será el estrés de tantos años de servicio que por fin lo alcanza? ¿Se estará reblandeciendo? ¿Y lo que es más preocupante aun: lo habrán notado ya sus superiores? El Observador corta la electricidad de la alambrada que lo separa del transgresor, se pone de pie y se le acerca. Extiende la mano hacia el rostro del muchacho, que se crispa y la esquiva con un movimiento hosco de la cabeza. El Observador se lleva la rechazada mano al mentón.
–Hijo –dice.
Pero lo ha dicho en un tono impreciso, acaso interrogativo. Cualquiera haya sido su intención, tampoco puede saberse si el muchacho lo ha entendido. Ha bajado los ojos. De repente le vuelve la espalda y comienza a andar hacia la muralla de La Cantera.
El Observador va tras él, extendiendo una mano como si quisiera detenerlo pero a un paso medroso que parece traicionar esa intención. Sus movimientos parecen antes inerciales que instintivos y, en cualquier caso, no afectan en lo más mínimo el andar cansino pero determinado del muchacho hacia la pared. Otra ráfaga de polvo se levanta, esta vez salpicada de latigazos de arenisca, y el Observador se encoge en su albornoz, pero con las manos aún extendidas. Y sin embargo no atina a decir nada, y a poco se detiene, y baja las manos. En la penumbra jaspeada se oyen gritos, luego la espasmódica repetición de sonidos desfigurados por otra ventolera que lleva y trae las voces despedazadas, las palabras partidas de los otros transgresores que vitorean o se burlan o nada más se desfogan y Dios sabe qué intentan decir a través de su bruma afásica. Al disiparse el remolino de polvo, el Observador divisa la espalda joven y brillante del muchacho que ya asciende como una araña por la muralla. Ha trepado algunos metros y cuando la luz del sol espejea en sus omóplatos, y cuando ya centellea el dorso de sus muslos, el Observador siente su propia piel alcanzada por una ráfaga ardiente. Es siempre la misma historia, se dice para calmarse, es siempre la misma observación. Siempre caen. Pero la diferencia con todas las observaciones anteriores es este ardor lacerante que siente en el pecho mientras el transgresor sube, escala, se aferra a las rocas puntiagudas, se lastima y gime, resopla, trastabilla y cae un par de metros, y en seguida se repone y recupera la altura perdida y sigue. Tozudo, empecinado, acaso invencible. ¿Será este ardor la sensación de vivir, piensa aún el Observador, o tal vez yo me haya muerto observando y ésta sea la quemazón del infierno mientras mi alma sube con penuria y afán, como un transgresor cualquiera por la pared de La Cantera? Sea cual sea la razón, no hay nada que pueda hacer por él, se tranquiliza. Absolutamente nada. Aunque el chip DNI-ADN probara que este muchacho es en efecto su hijo, la Enmienda ha retirado todo derecho a ahijar transgresores. Él tiene su empleo, qué le importa. Le pagan para eso. Se desempeña bien, y terminará en apenas algunos minutos, vaya día. Esta escena no le importa nada y este joven tampoco, ascienda o caiga. ¿Y por qué siente entonces, tan irrefrenable como inútil, este deseo de que el muchacho alcance la cima?
Jorge Omar Viera