“Un
pobre diablo yo sé que soy/
que va a la vida con arrogancia/
en fin...y gracias a dios (¡por dios!) no sigue nadie/
con mis consejos.”
La
literatura se erige como un monumento cuando las preguntas de la crítica
son insuficientes, o mal formuladas; o, peor aún, cuando tratan
de escapar a aquello que nos presenta el texto literario como procedimiento
original: su irreductibilidad a cualquier lectura moral. La moral de
la crítica hace de ese monumento de la arquitectura lingüística,
un documento de la moral. Ese documento, por su carácter dóxico,
deja en ruinas el edificio del texto literario, y lo único que
queda como acercamiento a su original textual, es, justamente,
la escritura del crítico. La moral, por su naturaleza,
siempre que entendamos este sustantivo como un tropo de cultura hegemónica,
resguarda a la literatura de los malos-entendidos de lectores capaces
de reconocer la irreductibilidad literaria, o, lo que es igual, se resguarda
al texto literario de cualquier capacidad lecto-comprensiva que encuentre
la posibilidad subyacente de leer por fuera de la clave dóxica.
Cuando
la crítica se edifica dentro de los límites de la moral,
queda suspendida cualquier posibilidad de una tarea de reconstrucción
de la ruina escrituraria. De esta manera, toda nueva lectura por parte
de la crítica moral debe comprometerse a decir verdades,
y en los términos en que manejamos este concepto hacemos referencia
a la búsqueda del develamiento del sentido, que todo texto parecería
encubrir (para estos moralines), tras las huellas de la lengua. En todo
caso, la crítica se transforma en un severo albañil que,
leyendo cuidadosamente los planos impartidos por la ingeniería
civil, levanta de los escombros pedazos de mampostería que le
recuerdan las directrices del plano.
Peor
es cuando se pretende embaucar a los lectores, aquellos que podríamos
llamar desde los postulados iluministas, opinión pública.
Cuando esto sucede es, seguramente, el momento en que los críticos,
y los escritores, abusan de su deteriorada sapiencia literaria, y pretenden
discutir cuestiones que hacen a la estética del texto, cuando
en realidad están hablando otro dialecto: la colocación
dentro del campo intelectual de determinadas posturas, que juegan a
la impostura, sometiéndose a las leyes del mercado.
Siempre que sucede esto, se discute otra cosa que no es literatura:
se discute de moral, moralina, diríamos; verso, palabras baratas
sin más valor que el que creen darle, sólo por mostrar
algún nombre que apuntala sus falsos juicios críticos.
Las
opiniones vertidas en la revista “Ñ” por parte de
algunos de los popes de la literatura y la academia argentinas, dejan
vislumbrar, pero más que con una tenue luz, con una cachetada
lumínica, las baratijas que se vende desde el campo cultural,
las expresiones no ya indecorosas, pero sí de una falta de pesadez
crítica que hace ver a la literatura como un gas imperceptible
escapando de las fosas lodosas de las abstracciones laderas: la insoportable
levedad de la discusión, pretendidamente estética, y que
no es más que flatulencias escapadas de culitos sórdidos
y pecaminosos: la crítica especializada se fomenta dentro de
un mercado, ya sea académico, o de cualquier otra institución
cultural proclive a las incontables estupideces de la inteligencia literaria
nacional. Todos preocupados por mantener un lugar en esos dos mercados
que ninguno se atreve a atacar porque son parte de ellos: “El
hambre es hereje”, decían hace tiempo, sin ver que este
triste dicho popular hoy representa mejor que ningún otro a los
postulados de los críticos y de los literatos jóvenes,
en esta triste argentina, donde ya no se discute, por lo menos, el valor
ético de determinadas características de la literatura
actual (figura que aparecía en los debates durante los setenta,
a la luz de la estampida revolucionaria), sino obviedades como las de
Tabarovsky, que parecerían desafiar décadas de literatura
y crítica (sí, Damián: los flujos de la conciencia,
y la ruptura de la estructura clásica de la narración,
ya fueron puestas en práctica desde, por lo menos, la década
del veinte del siglo pasado, y desde la teoría, por lo menos,
también, desde esos años; o, si preferís la andanadas
francesas, desde la década del sesenta). Los descubrimientos
de este crítico, que afianzó su fina lectura sobre la
literatura en París, dejan a quien quiere unirse a este conglomerado
de lugares comunes la ilusión de encontrarse con algún
paraíso perdido, aquel en donde un buen nombre puede postular
por su sola presencia verdades inconmovibles. Lo que pierde de vista
el crítico Tabarovsky, es que la ilusión que corroe desde
hace años a estos académicos ha sido demolida “por
prepotencia de trabajo”, no, justamente desde los lugares de la
academia, sino desde la práctica literaria que roe los huesos
de forma lenta, pero escalonada, y a la que tantos de estos críticos
jamás logran comprender, porque su oasis vital consiste en disfrutar
del extraño y perecedero poder que creen que emana desde las
bocanadas estertóreas de sus voces tras-vestidas de originalidad.
Otra
de esas voces que claman por sus verdades críticas parten del
matemático Martínez, quien logra en otro periplo de originalidad,
llegar a la máxima que acompaña a aquellos escritores
poco proclives a su trabajo, y más compañeros de resacas
argumentativas: esa polifacética, y utópica añoranza
por una discusión entre “académicos” y “escritores”,
en donde los primeros vendrían a corporizar una suerte de lugares
comunes, alejados de la práctica concreta, que los segundos encarnarían.
El maniqueísmo de Martínez no es otra cosa que fulgores
y exhalaciones de moribundos, tanto como los comentarios precisos e
inteligentes de Tabarovsky. Lo demás... Martínez y compañía...
ya saben: inteligencia, trabajo, y que los eunucos bufen.
Gonzalo
Basualdo