Gozar
y ser bulbo; placer que recorre los cuerpos y que permite la libertad
del ser. Gozar como forma de llegar a las fisuras en donde se debate
la posibilidad de libertad y predestinación. La geografía
de “Trento” invita a recorrer este mapa a partir de la posibilidad
de transformarse en bulbo, calidad rizomática que inquiere el
placer individual, al mismo tiempo que el goce de la escritura se deshace
en el aliento descentrante del texto.
“Trento”
trabaja con una cartogafría que permite recorrer el territorio
escriturario de su cuerpo con la mirada “subversiva” del
recorte genérico. En el texto de Lamborghini existe una estructura
de la anécdota, un régimen de lectura (y escritura) que
“centra” la especifidad del texto, pero también existe
otro régimen que se sitúa en los intersticios de la linealidad,
provocando fisuras, bulbos, líneas que se pierden y se encuentran
en la significancia total del texto; fisuras y fugas, goces y placeres:
“Ahora eres un bulbo de anciana vida que brota de debajo de la
tierra, y sientes el dolor y el goce de una resurrección”.
Ser bulbo, ser fisura textual: resurrección del “ser”
en un nuevo ser. La primavera, capítulo del cual es epígrafe
la cita anterior, es la metáfora pre-renacentista de la juventud,
de la vida, de aquella posibilidad sin fin de volver a lo mismo, sin
ya serlo. La primavera configura dos series en el pensamiento renacentista;
por un lado está inmersa en el cumplimiento del ciclo anual,
en el mito de los ciclos; por otro lado, es un tropo que sustituye a
La Juventud.
El
deseo de Procopius por Gitona abre la posibilidad de goce, de una inestabilidad
en su propio ser que lo lleva a la posibilidad de ser “otros”:
“...soy el caballo...el caballo violador y asesino”; “Yo
era hijo de Alá ardiendo en deseo”. Es esa la posibilidad
del deseo: vivir “la fascinación del derrumbe”, del
derrumbe de todas las seguridades, y cambiarlas a todas ellas por una
nueva forma incómoda y paradójica. En “Trento”
la seguridad del género es trocada por la inestabilidad del deseo:
“deseo ser otro texto”, afirma “Trento”.
“Trento”
es el derrumbe de la posibilidad del Ser, el Ser como sentido: “Trento”
des-coloca constantemente destruyendo toda posibilidad de sentido; el
único sentido posible es que el Sentido se destruya a cada paso.
“Trento” es la destrucción de la novela como régimen
de la anécdota.
En
cualquier lectura solemos recorrer varios itinerarios. Un texto como
“Trento” puede justificar una política de lo actual,
trazar líneas: una actualidad política dentro de los regímenes
de las posibilidades, de la prudencia textual. “Trento”
puede ser cualquier cosa porque elige la ruptura como condición
de posibilidad de su goce y porque el sentido es construido a lo largo
del texto. “Trento” elige, entre algunas de sus líneas
y fracturas, reacomodarse en la geografía política pampeana,
reescribir de alguna manera, de otra manera, el mito violento que dio
origen a la nacionalidad: Rosas y El Matadero existen como ámbitos
trazados por la política, por un régimen de dominio sobre
los cuerpos: violencia originaria que está presente en toda la
literatura argentina, desde “El matadero” a “El niño
proletario”, pasando por “Operación masacre”
y “Cadáveres”. Trento aparece como un espacio imaginario
más parecido a la Pampa sarmientina, que a una ciudad renacentista:
“Soñé que Gitona corría por una pampa húmeda
perseguida por un monstruo bestial que se parecía en un todo
a Abraxas; o tal vez era yo mismo: en los sueños todo se confunde”.
Teoría del sueño, o teoría política sobre
el ser nacional, Lamborghini, en todo caso, elige la inestabilidad del
borde, la imposibilidad de representación de las fisuras. Echeverría,
Sarmiento, Walsh, Borges, Lamborghini (ambos), Perlongher, entre otros,
cuando no todos, son absorbidos por la violencia nacional. “Trento”
absorbe la violencia constitutiva de la Argentina, y la violencia contemporánea:
“Siguen apareciendo en el Adigio cadáveres de niños
a los que se les ha hecho el mal”.
“Trento”
habla de la argentina justamente porque calla todo lo que tenga que
ver con su representación anecdótica. En los silencios
del texto aparece el sonido ensordecedor de la grieta que abre todo
el cuerpo textual; de ella escapa la Argentina desgarrada como sonido
de una profunda dis-locación violenta: Agrio es el país
violentado.
En
el texto, Lamborghini explora las posibilidades de la escritura; la
literatura es aquel resto que no puede dar cuenta de la realidad sino
a partir de sus silencios, al mismo tiempo que lo literario se reconoce
en la desviación de la norma. Lamborghini crea una lengua que
se desparrama inquietante sobre el mapa textual. La cartografìa
de “Trento” desarma las posibilidades totalizantes del lenguaje,
juega con textos que al ubicarse en los límites del mapa escriturario
se transforman en restos: varios lenguajes puestos a orillar el mapeo
del texto. Lamborghini parece sugerir, en esa babel intertextual, que
ya no hay posibilidades para la novela: esos restos componen un nuevo
texto, así como las posibilidades búlbicas de
“Trento” facilitarían otros nuevos des-armando el
“original”.
En
la constante búsqueda de sentido, “Trento” se compone
como una serie alegórica: la alegoría política,
la alegoría de los ciclos del año, la alegoría
de la literatura misma. Pero como todo sentido, se propone a cada paso
abandonar un término por otro; de eso se trata el sentido, y
la alegoría: un continuo en la serie de los significantes que
se relacionan con un significado, para luego estar sometiéndose
a una nueva deriva. Someterse es un sentido figurado aplicado aquí
por una necesidad representativa; “Trento” se justifica
por su combate continuo al sentido sincrónico, combate el sometimiento:
Agrio es el escritor en “Trento”, la metáfora de
la escritura; paradójicamente, el que no escribe. Pero Procopius
también es la figura del escritor sólo cuando logra en
la segunda parte del texto deslizarse en una lengua psicótica.
Trasciende el espacio anecdótico a partir de una lengua paradójica.
El
juego de los intertextos (aunque todo es un intertexto en “Trento”),
permite la des-ubicación en la lectura anecdótita, dóxica:
“como el que/en círculos/-atento-/trota y da vueltas/en
la pista//como el que/-atento-/alrededor/ de ese centro/da vueltas/y
trota//como el que/trota y da vueltas/en la pista/ atento://olfateando
su hocico/el terror del tormento”. El juego significante permite
que cada verso se asocie a la ciudad por calidad fonética: una
alegoría que teje su sentido res-balando por la cadena de sonidos.
El
lenguaje se comporta como fuente de sabiduría, y la tradición
como una institución digna de respeto. En “Trento”
la creación de un nuevo lenguaje tiene sus condición de
ser en la violencia del dogma cristiano: crear un nuevo lenguaje, una
nueva ortografía, es el imperativo ante el avance inquisidor.
Dios hilvana las palabras, dios es el tejedor por excelencia; el lenguaje
es un tejido divino: Trento es la ciudad que inaugura la contrarreforma
católica, aquel grito desesperante del dogma cristiano: el grito
cristiano queda abolido a partir de los gritos de Agrio (a quien “su
pecado de herejía le ha dislocado el habla”, según
Procopius). Agrio es quien se atreve a romper con el lenguaje dogmático:
“A la verdad: en. mas os. mas considerad: y mas. pero.
y testimonio”. Verdad y testimonio son las búsquedas
del regimen inquisidor (el testimonio es la fuente de la maquinaria
inquisidora para encontrar la verdad: sin confesión no hay verdad
ni herejía). La Inquisición es el régimen que pugna
por un lenguaje coherente, mientras que “Trento” se convierte
a lo largo de todo el texto en una máquina incoherente, finalizando
su recorrido lingüístico por un des-enfreno en la lengua
de Procopius: el rubro 59 de clarín es la base de ese dislocamiento,
dislocamiento que tiene su correlato en el orden temporal del texto:
el tiempo de lo enunciado es igual al tiempo de la recepción
(una enunciación a contrapelo). De esta forma demuestra, o denosta,
cualquier tipo de literatura que se impone desde un régimen de
verdad-realidad: lo verídico no está dado por la anécdota,
sino por las posibilidades que desde el lenguaje tiene la literatura
para abrir nuevas fisuras sobre el cuerpo textual, nuevos sentidos en
la búsqueda sobre el texto. La literatura habla lo que la “realidad”
calla; la literatura calla y, desde ese silencio, abre nuevas fisuras,
crea nuevos mapeos; la ruptura con la norma del lenguaje, con la serie
lingüística, prepara el camino para la serie literaria:
“Trento” se convierte en literatura justamente porque construye
su lengua desde la desviación constante.