“Tengo
un plan”. Escribí la frase en mi cuaderno porque necesitaba
corroborar con mi compañera que esas palabras habían sido
las que había dicho aquella señora. Mi compañera
movió afirmativamente la cabeza mientras sus ojos asombrados
revivían las palabras. Parecía nerviosa, o en ella descubrí
mis propios nervios. Cuando la doctora volvió, le señalamos
la frase dándole a entender que nos había sido confiada
en su ausencia.
—Espéreme
en el pasillo, señora, mientras mandamos a prepararle un cuarto.
Será mejor que nos acompañe por unos días.
La señora se levantó con tranquilidad. Caminó por
el pasillo rumbo a la puerta de salida.
—Espere,
espere —le gritó la doctora inútilmente. La señora
se había esfumado, rengueando, entre los coches, entre los transeúntes.
—No
le des importancia. Todos los meses la misma historia —dijo el
doctor Martínez.
—Es
distinto. Dijo que tenía un plan. Lo dijo cuando yo no estaba.
Se los dijo a ellas —La doctora nos señaló; apunté
mi mentón hacia la frase que había escrito en mi cuaderno
y que no me pertenecía.
—Tomó
los medicamentos que le receté, ¿verdad? —preguntó
el doctor Martínez.
—Sí
dotor, pero las gana me vienen iual y ya no puedo deja´ de quere´
hacelo. Déjemele hablale a la otora. Ella es muje´ como
yo.
—Entienda
Angélica, no hay cuartos libres.
—Vo
a hablale de cualquier modo, ¿vio? No quero cartos. Quero contar
la pena mía.
—Tampoco
puedo prohibírselo
—Mi
nombe e´ Angélica y no quero vivi má —dijo
la señora a la doctora . Mi compañera me pateó
por debajo del escritorio. No fue una burla sino una advertencia; me
advertía que tenía miedo. Estábamos obligadas a
escuchar, era nuestro trabajo. Si fuera por mí, me hubiera levantado
en el preciso instante en que terminó de decir aquello porque
no me sentía con ánimo para enfrentarlo; sin embargo,
ahí estábamos, como muchas veces a lo largo de la vida,
obligadas a escuchar historias que corrompen la frágil inocencia,
que la corroboran. Su voz no tenía ningún tono trágico,
era una voz densa, larga; cada palabra se estiraba demasiado como si,
una vez comenzada, le costara pasar de una sílaba a otra; de
pronto obviaba consonantes sin seguir ningún patrón. Podría
decir, ahora, que su voz poseía la autonomía caprichosa
del azar y que el azar no es más que una sucesión atroz
de accidentes. Teno carenta y chinco año, y estoy muu cansada
—siguió diciendo—. Hace un año, ma o menos,
un coletivo me aplastó. Teno una piena dota, completa´ente
saca´a pa´ un costao. Teno la cabeza chata, pisa´a.
Acá, ¿ve? La espalda me uele mucho. No, no quero vivi
má.
La doctora se levantó. Espéreme un minuto, le dijo. Iba
a constatar su historia con el doctor Martínez. En ese momento,
la mujer nos miró con un aire distante y con la misma voz, su
voz sumamente neutra, nos dijo: Teno un plan. Mientras codeaba a mi
compañera, transcribí aquella frase en mi cuaderno.
Me levanto. Es la hora de ir al hospital. Me aseguro de no olvidarme
nada. Abro el cuaderno en la última página donde está
la frase de la paciente del Hospital. Cierro los ojos. Caminarás
como todos los días, lidiando con el viento para mantener la
pollera a una altura decente. El canillita de Fritz y Avenida Las Llanuras
te mirará el culo con esa manera tan poco discreta que a veces
te calienta y otras te provoca un rechazo total. Mientras bajás
por Fritz, te alegrarás de no tener auto, de no tener que estar
encerrada en esa zanja, tocando la bocina, inmóvil. Tus piernas
se moverán con gracia, siempre te gustaron tus piernas. Doblarás
en Santa Rita con la mirada en el piso, por eso lo primero que verás
será la pierna ortopédica contra el cantero, junto a la
escalinata de la Iglesia. Atónita, apuntarás la mirada
hacia la calle, encontrarás el cuerpo de la señora Angélica
desecho. Abro los ojos y cierro el cuaderno. Me mojo la cara mientras
me censuro; no es bueno ser tan permisiva con la imaginación.
Salgo. Cuatro cuadras antes de llegar al hospital me encuentro efectivamente
con Angélica. Está sentada en la medianera de una casa.
Está Terminando de tejer un suéter que por el color y
la forma sé que es para una nena de unos seis años. Me
detengo; no debería intervenir, mi trabajo es escuchar y anotar,
nada más.
La doctora Claudia está preocupada por usted, le digo. Ella me
mira sin reconocerme. ¿Quién?, dice. La doctora del Hospital,
le digo. Usted estuvo ayer con ella. Quería una habitación.
Nunca etuve en ese luar, dice. Termina la última costura, se
levanta y se pierde con su renguera en la oscuridad de la esquina. Se
ha dejado el suéter olvidado en el cantero. Lo agarró.
Siento un dolor fuerte en el pecho. Me siento sobre la medianera.
—¿Estás
bien?, pregunta mi compañera, Tenés la cara demacrada.
¿Y ese suéter? No me digas que. Nada, le digo, no tiene
nada que ver con aquello.
Me
encierro en el baño, en un inodoro, en el primer piso. Necesito
llorar. Aquello es una historia que me pertenece y que, a la vez, parece
pertenecerle a otra. Lo que ocurre con los recuerdos. Ahora tengo casi
treinta años pero antes he tenido menos y he hecho cosas que
no puedo deshacer. Una vez, cuando confiaba demasiado en mis tetas,
en mi culo, en las palabras que se gestan al calor de las sábanas,
estuve en amores con un tipo casado. La historia es bastante estúpida;
todo anduvo bien hasta que me cansé de que me prometiera que
se iba a divorciar y decidí apurarlo. Dejé de tomar las
pastillas y quedé embarazada. Cuando se lo dije, primero me preguntó
si era una broma, después, viendo que yo permanecía seria,
me pegó un fuerte cachetazo diciéndome que era la mina
más puta, la más traicionera que había conocido;
creo que me dio dos cachetazos más. Después, no tuve coraje
y aborté. No lo vi nunca más. El aborto parece que me
jodió algún órgano interno; quedé estéril.
A veces pienso que hubiera tenido una linda mujercita o un hombre bueno;
a veces pienso que es mejor así, que la vida hubiera sido demasiado
cruel para ese crío. Pido el día, necesito ir a casa,
quiero dormir.
El hombre camina con la cabeza abandonada casi sobre el pecho. Tiene
las manos en los bolsillos pero no hace nada de frío. Va por
una vereda angosta. A su lado, hay un edificio inmenso; mientras camina,
su cuerpo se va ensombreciendo como si el edificio se torciera para
devorarlo.
Ahora estoy despierta, acostada sobre la cama, contando las manchas
de humedad del techo. El suéter que tiene el tamaño y
el color indicado para una niña de unos seis años está
olvidado sobre el escritorio. Necesito saber algo sobre Angélica,
si tiene una hija, si está loca, si tiene una dirección
donde encontrarla para arrojarle el suéter bordado sobre la cara,
o si realmente tiene un plan para matarse y la voy a encontrar desparramada,
sobre la calle, un día de estos, de camino al hospital. La culpa
será mía; la culpa será mía, será
del doctor Martínez, de la doctora Claudia, y de mi compañera;
la culpa no será realmente nuestra pero cómo haremos,
entonces, para convensernos.
Es la hora del almuerzo en el hospital. Tengo media hora. Nuestro trabajo
es escuchar y anotar, nada más. No debería tener la carpeta
con los datos de Angélica en mis manos; no debería pensar
siquiera en ella con tantos otros pacientes que precisan una atención
seria, constante. Necesito saber por qué nos contó esa
historia, ese día, en el hospital. Mi trabajo es escribir y anotar;
por eso sé que cualquier cosa que uno quiera saber está
registrada, en algún lado, por alguien que, como yo, se gana
la vida llenando cuadernos con las historias, fechas y nombres de otras
personas.
Angélica Domínguez nació el 15 de febrero de 1957,
hija de Aníbal Domínguez y Teresa Reggio. Angélica
trabajó como costurera y doméstica, es soltera y quizás,
como yo, se dejó llevar por las palabras misteriosas de un hombre
casado y la vida se le fue en esperar en silencio, en tejer suéters
y mirar por la ventana la huída del hombre que se iba irremediablemente
a abrazar a su mujer llegada la hora de la cena, llegada la hora del
ritual del anillo y los chicos que hay que abrazar y querer. Quizás
nunca tuvo coraje para querer a nadie, ni siquiera a sí misma.
Quizás la vida se le fue entre diversiones y cariños sinceros
como el minuto y nada de esperar un mañana con alguien porque
el hoy es tan cierto y entonces. Quizás no quiso un hombre que
la abrace en la cena con el perfume y el sexo impregnado de otra.
En marzo del año pasado, mientras alimentaba unos gatos, un colectivero
perdió el control de su máquina, se subió a la
vereda arrollando a Angélica y a los gatos. El chofer, Luis Villanegra,
creyéndola muerta, se dio a la fuga. Meses después, ante
la falta de pistas, la policía dejó de buscarlo. Angélica
Domínguez perdió una pierna, tuvo traumatismos varios
entre los que sobresale un golpe en la cabeza. A partir de ese accidente,
se presenta mensualmente al hospital municipal a tratarse con el psiquiatra
Martínez quién la ha declarado insana y la mantiene medicada.
En diversas ocasiones ha declarado querer matarse pero, como la amenaza
carece de veracidad, no se le ha asignado internación alguna.
Vive en el humilde Barrio de Los Centauros, en la calle Lafogue al mil
ciento veintidós, piso séptimo, departamento hache.
Es de noche; como de costumbre, hemos terminado unas horas más
tarde de lo que indica nuestro horario. Bajo por la Avenida Mántraga
entrando al barrio de Los Centauros. Es un barrio de muchos edificios,
de calles angostas. Llego a la calle Lafogue. Estoy al setecientos.
Voy caminando rápido. En la cartera tengo el suéter; quiero
llegar rápido, tirárselo por la cabeza a Angélica
y volverme. No corre ni una gota de aire, lo cual es bueno. Los hombres
acá miran mucho, si la pollera comenzara a volarse no sé
si podría seguir caminando. La calle se vuelve muy angosta. Me
freno frente al edificio. Lafogue mil ciento veintidós. Voy a
tocar el portero. El hombre cruza la calle. Viene con la cabeza gacha
y, aunque no hace frío, tiene las manos en los bolsillos. Su
cabeza se ensombrece. Es un segundo. Salto a refugiarme bajo el balcón
cuando el cuerpo de Angélica Domínguez cae veloz, desde
el séptimo piso, sobre el hombre. Es una confusión de
cuerpos sobre el pavimento. Comienzo a vomitar.
Estoy más tranquila. No sé en qué momento saqué
el suéter de la cartera pero lo tengo apretado en mi mano. Me
entero, de pronto, que la casualidad puede ser terrible. El hombre que
murió aplastado por Angélica es Luis Villanegra. Alguien
dice que es una verdadera tragedia porque el hombre era viudo, tenía
una hija. ¿Cuántos años tiene?, pregunto. ¿Él?,
me dice. No, respondo, la niña. Y, tendrá unos seis años.
Siento un mareo fuerte, las piernas se me doblan, caigo de rodillas.
Aprieto el suéter bordado del color y el tamaño de una
nena de seis años contra mi pecho. La mujer a mi lado me enrolla
una manta a los hombros. Todo va a estar bien, me susurra. Tiene un
brazo rodeándome la espalda. Me lleva hacia una ambulancia. Estoy
tan mareada que oigo mis pasos que se dejan guiar, nada más.
©Alejandro
Farías