La
ciudad fue construida hace unos años, cuando aun llovía
y podía uno fumarse un cigarrillo y ver, caminando entre los
autos, a esas mujeres que luego costaba olvidar.
La
ciudad fue construida sobre un inmenso desierto, habitado por la sed
y el viento.
La
ciudad fue dispuesta sobre cuatro cuadrados que a su vez estaban subdivididos
en cuatro cuadrados inferiores. Las calles tenían números,
las casas letras y nosotros ventanas, un perro, algunos un niño
o dos si se tenía la suerte de una buena siembra y de una mujer
cariñosa.
Un
tiempo después, la ciudad tuvo una avenida que atravesaba diagonalmente
los cuatro cuadrados principales. El Tirano que la mandó construir
le puso su nombre. No había forma de salir de la ciudad sin pasar
por allí; las demás calles morían en fango o en
algún que otro rancherío que ya iba creciendo en las afueras
y que era mejor ni mirar, no sea cosa que la peste y el gusto a goma
mancharan el cielo y las siluetas de esas mujeres que esquivaban autos
y nuestras miradas, como carteles publicitarios, como un reloj que se
doblaba entre nuestras manos cuando creíamos que el tiempo nos
pertenecía y éramos tan sólo polvo desgajándose
en penas, éramos sonido y furia inventando locos y tontos, haciendo
significar la nada. El tiempo, no el de los relojes sino el de los cuerpos
que se apilan, nos enseñó después que esa no había
sido una época de vida, apenas una extensa noche llena de silencios,
de pisadas que se perdían en las esquinas, de contactos fugaces,
de diálogos en clave, de susurros. No, esa no era época
de nacimientos, con los cuerpos tan, pero tan escondidos.
Y
mi ciudad tuvo otra avenida, que también atravesaba de forma
diagonal los cuatro cuadrados superiores, pero su dirección era
inversa a la primera. El nuevo tirano decía que venía
a abrir nuevas puertas y salidas.
Después
tuvo una avenida muy amplia, mi ciudad, que cortaba los cuatro cuadrados
principales horizontalmente. Había que abrir más caminos
porque era el aniversario del Tirano y querían vernos a todos
riendo, vernos entrar y salir, subir y bajar.
Después
pusieron una plaza redonda en el centro mismo de la ciudad; la llamaron
plaza central en un ataque de originalidad y osadía. Pusieron
hamacas, un lago, tres patos que fueron plaga y un niño que parecía
anciano y que vendía pochoclos. Algunos decían que la
plaza tenía un secreto y que su posesión se pagaba con
la muerte. Nunca hemos visto los cuerpos pero se dice que son muchos
los que se perdieron en las partes oscuras de sus árboles, jugando
a la mancha. Se habla de puertas a otros espacios y tiempos, se habla
de la cinta de moebius y de una mujer casi transparente que seducía
adolescentes y les bebía la infancia. Se habla de borracheras
y de un señor con una bolsa llena de sombreros. Se habla de la
sangre, del amor y del precio excesivo de la carne que no deja de subir.
Y
vino la democracia. Y la ciudad, que era nuestra, que ahora era nuestra,
se llenó de luces, de vidrieras, de colectivos cargados de insomnio,
de malas palabras. Y claro, los rancheríos ya mordían
todos los costados de la ciudad, como una araña que se arrastraba
por las espaldas de los ciudadanos. Y los niños dormían
mal, acaso heredaban algún extraño temor que les hacía
esconderse bajo la frazada para no ver los espectros que proyectaban
los abrigos, los picaportes, las puertas mal cerradas, esas figuras
extrañas que se formaban sobre los techos pintando de espanto
el eco de los sueños. Y los rancheríos y la ciudad se
tocaban y entre sus bordes nacía una música de hombría,
un rebusque canalla que miraba a las pebetas desangrarse por unos morlacos,
al pibe que andaba chafando carteras para regalarse un día franco
en los vestíbulos del desamor.
Y
construyeron una avenida recta que separaba los dos cuadrados principales
derechos de los dos izquierdos. Y eran tantos, pero tantos los que bajaban
y subían que tuvieron que hacerla muy ancha. Y era la maldición,
mi amigo, era verle la cara a la tuberculosis y al amor embrujado, y
el hombre estaba allí atrapado en subir, en subir siempre.
Y
vino el hombre de la gran frente, y prometió que los rancheríos
serían casas y los hombres hermanos. Y hubo miedo en algunos,
en esos que se encerraron en sus amplios pisos de mármol a tejerle
bufandas a sus perros, a danzar en sus piezas de madera, a no querer
ver la esperanza que nacía en los otros, en los hombres de manos
con aceite y años de cansancio en los ojos. Y se encerraron en
sus casas para que no se les contagie esa mirada, ese madrugar con el
físico partido al medio, de tantos años, sí, de
tantos años de andar con la espalda doblada en el taller del
Beto, mateando y comiendo pan como si en eso se les fuera toda su jodida
suerte.
Y
hubo ese momento que se perdió por algún bolsillo agujereado
y chau, mi viejo, y chau a tanto esfuerzo, que ahí se quedo todo,
que ahí las palabras se volvieron serpientes que se mordían
la cola, que hablaban de cosas buenas y metían veneno.
Ah,
mi amigo, y mi ciudad se volvió oscura, las plazas se multiplicaron
y los adolescentes se dejaron atrapar por la sombra de un sauce que
no lloraba, que no lloraba el muy recio.
Y
los rancheríos no fueron casas, no, los rancheríos crecieron
más y más, y la música ya no hablaba de pebetas,
de cafishos, de madres como María e infancias tiernas como la
piel del recién nacido. La música tenía héroes
que explotaban la vida en toda su profundidad, que hacían de
la vida un calendario de experiencia que reventaban, que reventaban
como bombitas de luz en las noches de frío. Pero el frío
era ajeno, el frío crecía en las chapas y el cartón,
en aquellos que no querían explotar todos los sentidos sino simplemente
dejar de sentir que la vida los explotaba.
Y
ya no se podía fumar, ni mirar mujeres, ya todo se lo fumaba
la explosión y las ganas de vivir y las ganas de morir significaban
más o menos lo mismo. Porque te querías morir si dabas
a luz en mi ciudad, te querías morir si algo te hacía
sonreír demasiado, te querías morir para sentir que la
vida estaba ahí envolviéndote desde los pies hasta las
orejas, a pesar de no saber que mierda tenías que cambiar para
que no sea tan asquerosa. ¿Y qué te pedía? ¿Qué?
¿Qué
más? No sé qué más, ni siquiera sé
cómo se llamaba mi ciudad, pero tenía un puerto desde
el cual se podía ver el horizonte y el cuello de la jirafa más
alta del mundo. Tenía un olor como a nuevo y a vencido. Mi ciudad
tenía unos miedos grandes a ser ciudad y se quedaba en pantalones
cortos. Creía la muy guacha que podía ser inocente. Ella
que había mezclado tanto y lo había mezclado mal, con
recelo y antipatía, con angustia, con unos aires de princesa,
ella que era cobre y asfalto, que era sangre y polvo, que era la indígena
más sumisa y más puta de la tribu.
Y
hubo calles y avenidas por todas partes, y los rancheríos se
mezclaron con la ciudad y la ciudad se hizo enana.
Y
mi ciudad se hizo enana o desapareció o se hizo rancho por un
lado y fortaleza pequeña por el otro, como al principio, como
en el mismísimo inicio, y ahora le andan rezando a algún
Tirano para que vuelva a ensanchar las calles, a abrir avenidas y a
poner cada cosa en su lugar. Pero la historia no se repite porque en
cada vuelta absorbe más tristeza, como esos cigarrillos que fumo
a veces, y cada uno que repito me acerca más a mi muerte, como
esas mujeres que pasan dejando perfumes que se pierden por la ventana
de atrás del colectivo y se vuelven aire y ausencia.
Ves,
yo he tenido una ciudad que ahora ni siquiera sirve para hacer una simple
historia y que poco o poco se va perdiendo en la memoria, se va haciendo
toda olvido. Esa, mi ciudad toda construida de errores.
©Alejandro
Farías