“Nota
para un bautismo
La
barba me adjudica la intranquila cualidad de ser un prófugo de
mi propia identidad. Parece que el hecho de usarla (y el verbo no es
inocente porque nos remite a un objeto que se adquiere, que se impone,
que se muestra) produce en ciertas personas la idea de que oculto algo,
de que alimento secretos. Ellos piensan que las personas con barba:
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Intentan tapar las imperfecciones de sus rostros.
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Buscan darse aire de místicos, espiritistas, pensadores e/o intelectuales.
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Se suman años y, por lo tanto, experiencias
-
Son seres sumamente geométricos que creen que contrarrestando
el cabello con la barba se logra una cabeza simétrica.
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Son seres sumamente nostálgicos que intentan, por medio de los
aromas que en ella se almacenan, recordar comidas abundantes y conquistas
casuales que temen jamás repetirse.
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Son personas simples, sucias y dejadas.
Pero
no escribo para hablar de barbas sino para advertir sobre el peligro
de las narices.
La
voz del pueblo: Los narigones tienen mucha personalidad. (¿Al
pueblo le gusta someterse al poder?)
Hay
un libro (hay demasiados libros)
No
creo en el poder de la persuasión: Tengan cuidado con las narices,
detrás está el padre con sus leyes infranqueables. El
padre cuyo goce es un deleite del rechazo.
Hay
que buscar la mujer. Entre las calles de cualquier ciudad que tenga
callejones tristes como senderos de cementerio, que tenga calles con
árboles antiguos, que tenga plazas enrejadas. Mientras, la ausencia
de la mujer, hay que escupir en el retrete de Dios sólo para
verlo insultar.
Es
verdad, los guardianes y sirvientes del sol siempre serán para
nada. El sol sabe de empujones, de cegueras, de horrores. Nada sabe
de mí, de nosotros.
La
luna guía la marea. El tiempo y el agua. La vida.
Hay
que buscar la mujer.
En
la mujer pensamiento, en la mujer onírica, que es la verdadera
virgen, nosotros, los rastreadores, somos santos.
Mientras,
la ausencia de la mujer, hay que escupir en el retrete de Dios sólo
para verlo insultar.”
©Alejandro
Farías