La
primera vez que vi al hombre de la silla dorada, yo estaba
recostado sobre la baranda del muelle y pescaba. Estaba solo. Siempre
había estado solo. Siempre, todos los días que transcurrían
monótonos, pensaba en la muerte de mamá. Y aquel pensamiento
de flores marchitas me había arrebatado la fe en la gente que
me rodeaba. Tal era mi dolor que había llegado a perder la fe
en mí mismo.
La
gente que cruzaba delante de mí me ignoraba como si yo fuera
un viejo al borde del suicidio. Había tomado la costumbre de
vestirme de azul: azul oscuro, azul cielo, azul mar, azul pavo. Quité
los ojos del hombre que me observaba y contemplé de nuevo la
dulzura del mar. El mar interrogante, el mar posible, el mar era yo,
el mar era ajeno. Su ir y venir contra las rocas me emocionaba. Su sonido
de caracol vacío en los oídos era espantoso. El mar siempre
me hacía pensar en la noche. Estaba seducido. El mar era lo más
bello que había contemplado en toda mi vida. El mar era temible,
pero el mar también era mamá, la memoria de mamá.
Entonces
pensé en Kant, en las cosas que mi padre decía de Kant
y me volví a interrogar de nuevo con la pregunta inútil
de siempre: ¿por qué lo sublime no podía estar
en las cosas? ¿Por qué lo sublime no podía estar
en la naturaleza? El mar era sublime. No sólo lo era la escritura,
sino también el mar. La escritura sólo era la consecuencia
de la vida. ¿La vida misma? Busqué mi navaja en el bolsillo
de la chaqueta y escribí mi nombre sobre la baranda: Paolo Augusto
de Lizardi. Lo sublime era yo. Era mi nombre. Demasiada pompa. Demasiada
muerte. Entre mi nombre y yo estaba el exilio de mi propia clase. Entre
mi nombre y yo estaba esa muerte que no acababa de acontecer como suicidio.
Clavé la navaja a mitad de mi nombre y comprobé que el
puente se estaba pudriendo. En toda la tarde sólo había
podido pescar un sólo pescado. Lo había arrojado dentro
del cubo y el ojo del pez me contemplaba vacío como si fuera
el ojo de Dios. Los peces siempre, como los cangrejos azules, rojizos,
o lilas, me habían asombrado. Había algo obsoleto y abyecto
en los crustáceos. Había algo divino y erótico
en la mirada indecorosa de esos peces adolescentes que boqueaban. Cuando
pensaba en los pies sensuales de Laura, pensaba también en los
peces.
Había
pintado un retrato de ella, lo había exhibido, en donde los peces
de los tobillos amarrados de Laura (sus sandalias de verano) me devoraban
los ojos. Enseguida los pintores de San Juan y de King’s County
comenzaron a plagiarme. Mi delito, el símbolo de mi maldad, de
mi placer, los seducía. También pensé exhibir la
otra colección de cuadros en donde las mujeres arrastraban sus
lenguas contra la luz de la luna. Pero fue inútil. Víctor
Miguel inmediatamente aprovechó que yo me hallaba fuera del país,
exilado, para que su robo de mis cuadros inéditos pareciera el
robo de sus cuadros exhibidos. Me escandalicé: no podía
pensar, no podía pintar, no podía expresarme. Me rebelé.
No dejaría de pintar peces, no dejaría tampoco de pintar
esas mujeres que lamían las murallas de San Juan con la lengua
de Dios.
Entonces
se me acercó una de esas mujeres snob y me dijo al oído:
Víctor Miguel te ha influenciado. Desapareció. Yo inventaba
el mundo, reinventaba a Dios, y ahora era yo el que plagiaba. Escupí.
(Algún día publicaría la lista de los plagiarios.)
Pero a pesar de mi voluntad de pintar había decidido no exhibir
ningún otro cuadro mientras estuviera vivo. La estupidez de los
críticos, como la maldad de los amigos, me sofocaba. El último
cuadro que había pintado en primavera era el de un hombre desnudo
que poseía un pez falo; un dragón falo.
Laura
se rió.
---¿Puedo
verlo?
---¿Para qué?
---...
Se
volvió a sonreír.
Volteé
los ojos y el hombre que me observaba había desaparecido. El
sol caía lento contra la bruma del muelle y el crepúsculo
que avanzaba me impresionaba profundamente. Me hacía pensar en
lo que era la vida, me forzaba a pensar en el universo (Newton, Einstein,
Hawking) en la muerte, en los botes encallados. Pensaba en el Tao. ¿Cuántos
soles no habrían desaparecido ya? ¿Cuántos soles
no habrían de surgir de nuevo antes que la nada lo devorara todo?
Como todas las tardes, como todos los días, pensé en Dios.
Lo volví a repetir secretamente, como si tuviera miedo de oírme
a mí mismo: la super nova sería el Apocalipsis. El pez
haló el cordón como una llamada contra la caña
de pescar y lo vi culipandear debajo de las aguas del otoño.
Tuve miedo de haber pescado otro pez con los ojos de Dios y dejé
que tirara del cordón todo lo que le fuera posible. Entonces
chocó. Creo que tropezó contra los arrecifes. Busqué
nuevamente la navaja y corté el cordón. Contemplé
al otro pez que yacía en el cubo y lo tomé delicadamente
entre los dedos. El gato gris que se había acercado movía
su cola golosamente. Se lo arrojé. Empujé la lata con
mi bota negra y observé como se movía entre las olas como
una boya. Tomé la caña y me la eché al hombro.
Caminé despacio y comencé a silbar la marcha fúnebre
de Chopin.
Sabía
que el hombre de la silla me seguía, pero no me volví
para mirarlo. Lo pensé mucho antes de decidirme. Oía el
motor de su silla eléctrica y la sentía vibrar contra
las tablas del puente cada vez que se detenía. Me volví.
El hombre se detuvo y me sonrió. Lo saludé como si ya
lo conociera, pero él no dejó de sonreírme. Se
quitó la gorra de pelotero que decía San Juan y se secó
la frente. Buscó el bolsillo derecho de su gabán y guardó
la servilleta. Me tendió su mano redonda. Le tendí la
mía huesuda y lo estreché afectuosamente. No pude evitar
sentir aquella sensación de asco cuando toqué su mano
de muñeca gorda. Su mano regordeta y fofa me desagradó
totalmente. Tuve la sensación de acariciar un sapo concho. Entonces
oí su voz que me pareció más desagradable todavía
que su mano.
---Soy
el padre Martínez.
---¿Es cura?
---Si lo soy, pero ya no ejerzo.
---Pero es sumamente joven para ser un cura.
---¿Le molesta?
---Es que como los jóvenes son desafiantes...poseen el sarampión
del furor.
---No todos, ¿verdad?
Callé.
Descubrí de momento que su rostro era verdaderamente joven. Me
miró irónico y juguetón y, como si quisiera corroborar
lo que mis palabras afirmaban, como si no pudiera ser posible lo que
decía, se acarició el rostro.
---Es
que me hice una cirugía plástica.
---¡Oh!...--y me sentí el hombre más tonto del mundo.
Me
mentía.
---Disculpe,
no he deseado perturbarlo.
---No, no lo hace.
---Sólo deseaba decirle que yo también fui a su exposición.
---...
---Su cuadro me fascinó.
---...
---Casi lo desprecié. Esa morbosidad de los peces me pareció
deliciosa.
---Es un plagio.
---Sí, ya sé que lo han plagiado. Leí la entrevista.
---No, no me entiende.
---¿Qué quiere decir?
---Le robé la imagen a un poeta que es amigo mío.
---Ah, ya veo...Eso ahora es natural, todos roban, ya no hay vanidad.
---Es indigno...
---Es la democracia.
Se
sonríe.
---¿Y
usted a quién plagia?
---¿Yo?--dice sorprendido.
---...
---¡Yo plagio a Dios!
No
dijo nada más. La idea del robo debió haber perturbado
al sacerdote que llevaba encerrado en su alma. Caminé a su lado
oyendo el pla-pla de las tablas y sin decir palabra observé cuando
el cura buscaba en su pequeño bolsillo del pantalón y
sacaba de ahí un antiguo reló cebolla. Era redondo y parecía
de oro. La poca luz que quedaba rebotó en él como si lo
hubiera acabado de limpiar. Me detuve. Me inquietaba su silencio.
---¿Cómo
se llama?
---Víctor D’Éttica...
---¡Vaya!--dije-- ¿Es italiano?
---Sí, lo soy, pero me crié en San Juan.
---¿Y usted?
---Me llamo Paolo Augusto de Lizardi.
---Ah, sí, se me olvidaba.
---Puede decirme Paul...
---Gracias.
Me
molestaba caminar al lado de aquel hombre, pero no sabía qué
decir. Siempre he sido torpe para conversar con los extraños
y más para conversar con los sacerdotes o los psiquiatras. Total,
yo no creo en Dios, ni creo en la ciencia. La idea de Dios, como la
idea de los universos paralelos (como la idea de la nada, de la muerte)
me resulta intolerable. Ya no puedo creer en nada, porque estoy detenido
en el medio mismo de mi alma. Siempre he tenido la sensación
de que mi alma es un pantano de arena movediza que no hace otra cosa
que inmovilizarme más de lo debido, pero que no logra tragarme
definitivamente. Vivo allí, en el ánima, como un monje
que vive sepultado hasta el cuello en medio de la mierda. Como un sacerdote
al que sólo le queda su silla de ruedas. Me sonrió. Sólo
me quedan los ojos sucios para mirar el mundo y ya no puedo vivir escandalizado
con la maldad de los hombres.
---¿Usted
cree en Dios?--me pregunta guardando el reló en su bolsillo.
---No--le digo. Y sin saber qué más decir hago la estúpida
pregunta de siempre: ¿Y usted?
---¡Yo tampoco!--me dice.
---Pero...
---Sí ya sé....
---¿No me dijo que era un sacerdote?
---Más bien soy un sensualista...
---¿Un qué?
---¡Un sensualista!...
---¡Vaya!...
---¿No me cree?
---
No
sé qué decir ante aquel “ya sé” que
dijera momentos antes y que todavía flota en el aire. Trato de
entretenerme con el sonido que producen las ruedas de su silla dorada
sobre la madera podrida del muelle, pero es imposible. Estoy perturbado.
A lo lejos un barco de carga surca el horizonte. La tarde se precipita
lenta contra el crepúsculo de los horizontes rosas. Y sin oír
lo que el hombre me contesta, saboreo el sentido de aquellas dos palabras
que siempre me han fascinado. Las repito mentalmente: “horizonte”
y luego la palabra “crepúsculo”. No sé por
qué me gustan y eso me hace pensar nuevamente en ese “ya
sé” del cura que me observa como si hubiera descubierto
que saboreo las palabras inútiles. Hay un gusto en algunas palabras
como por ejemplo en insólito, en vulva, en exuberante, en befa,
en farfalla, en pater, en puela, en ataúd, que verdaderamente
no deberían olvidarse. Me detengo y lo interrogo:
---¿Le
gustan las palabras?--me mira intrigado, pero no me juzga.
---No-dice y vuelve a colocarse la gorra azul sobre la frente---me gustan
los niños--dice.
---Sí, claro, es natural.
---¿Natural?
---Sí, a mí, por ejemplo, me gustan los peces muertos.
---¿Necrofilia?
---Cada cual tiene sus gustos.
---Sí, los gustos son como la costra del alma.
---...
Me
observa. Me mira profundamente y retiro los ojos de él como si
estuviera desnudo. Retiro los ojos de él como si él hubiera
descubierto en mí el deseo de matarlo. Vuelvo la mirada hacia
la playa y trato de distraerme de mi propio disgusto. Aquel hombre de
Dios había comenzado a exasperarme. Creo, a veces lo pienso,
que hay algo desagradable en esos hombres que Dios ha marcado con su
dedo. En esos hombres que codician el mundo con la sensualidad de las
mujeres. Esos hombres escogidos que poseen algo maldito que sólo
he hallado en las amantes. Esos hombres que se parecen a la impudicia
que posee el exhibicionismo de los judíos o a esa obscenidad
que arrastran las mujeres musulmanas en los ojos. Lo miro y su gorra
me recuerda los ricitos de los judíos hasídicos. Contemplo
las muchachas que juegan boliból en tangas, pero no experimento
la sensación de placer que busco y que he deseado. Sin poderlo
evitar su voz me alcanza nuevamente. Siento que su voz me empuja.
---No,
no le gustan los peces--dice e indignado por su osadía de decir
lo que me gusta o no me gusta busco ripostar con la misma violencia
con que aquel hombre me trata.
---Entonces
le gustan los niños...
---¡Soy pedófilo!--dice.
Palidezco.
Quedo petrificado. Espiritualmente petrificado y busco retirarme de
él como si me estuviera apuntado con un revólver. Comienza
a reírse y me siento confundido. No sé si se burlaba de
mí o si se estaba riendo de su propia ocurrencia. Ahora soy yo
quien escudriña su mirada. Pero sus ojos están totalmente
oscuros, neutros. Su mirada es la noche de Dios. No hay ningún
tipo de emoción en él. Me contempla y nos miramos vacíos.
Es como si estuviera abandonado. Es como si estuviera muerto. Pienso
ahora en los ojos del pez que el gato ha devorado. Pienso en la mirada
petrificada del pez cuando yacía dentro del cubo. Y veo nuevamente
sus ojos de vidrio como si se lo hubiera robado a las muñecas
que comienzan a podrirse en mis armarios. Los ojos de los peces, como
los ojos de aquel hombre, deberían parecerse a la mirada de Dios.
También pienso en la lengua de las mujeres desnudas que he pintado.
La lengua de esas modelos que escogía monótonamente como
si fueran asesinos. Cada vez que pensaba en Dios tenía que pensar
en aquellas miradas. Cada vez que pensaba en Dios, secreta u obscenamente,
pensaba en los ojos de los peces. Tenía que apropiarme de aquella
imagen, tenía que deshacerla en mi interior. Tenía que
apropiarme de aquellos peces, pintarlos, picarlos, lamerlos para que
no pudieran descubrir que aquella imagen plagiada a un poeta me estaba
matando. El sacerdote no había dejado de mirarme. Y para llamar
mi atención comenzó a conversar sobre el significado de
la palabra que me ha aterrado. Presiento la maldad en él y cierro
los ojos.
---¿Sabes
lo que quiere decir la palabra pedófilo?
---Sí, sé. ¿Cómo no habría de saberlo?
---¿Estás seguro?
---...
---Entonces, dígame.
---No, no sé--digo avergonzado--. ¿Eso es lo que quiere
oír de mí? Entonces no sé...dígame...
---...
---Sabe una cosa, no me interesa la posible definición que usted
pueda otorgarle a esa palabra.
---¿Está seguro?
---Creo que usted es un pervertido.
---¿Me juzga?
---¿No debo?
---¿Está seguro que soy un pervertido?
Se
sonríe.
---Pero,
¿qué clase de hombre de Dios es usted?
---Un hombre despedido.
---¿Despedido? ¿Despedido de qué?
---Del amor...
---¡Vaya!
--¿No sabe acaso que el amor es el trabajo inútil de los
hombres?
Era
demasiado para mí. Callamos y nos detuvimos frente a los bancos
de madera. Aquel hombre me exasperaba, pero no podía abandonarlo.
Había comenzado a odiarlo y un deseo infinito de hacerle daño
embargaba todo mi cuerpo. La adrenalina corría físicamente
por mi alma. La fiera prehistórica que estaba en mí rugía.
El Minotauro de mis cuadros no podía contener sus movimientos
agresivos. Sentía que el hombre que yacía en lo profundo
de mí mismo hacía lo imposible por desenterrarme. Sólo
oía, sólo olía, sólo palpaba sus ojos de
pez ahogado y su lengua de mujer desnuda frotando sus labios cuarteados
contra la arena que invadía el muelle. Entonces lo dijo sin ningún
pudor:
---Ventosidad
de niño...
---¿Qué?
---Pedófilo quiere decir ventocidad de niño.
Escupí,
pero no lo miré. Metí mi mano en el bolsillo de mi chaqueta
y palpé el metal de mi navaja.
---Deseo
del bejín--prosiguió.
---No sé qué carajo es eso.
---Hongo blanco que cuando se rompe suelta un polvo negro.
---¿Y...?
---...
No
contesta. Hace girar su silla dorada y caminamos nuevamente hacia el
puente que acabamos de abandonar como si estuviéramos caminando
en los círculos de Sísifo. A lo lejos, como un objeto
apocalíptico, la luna comenzaba a iluminar el ocaso. Los bañistas
comenzaban a abandonar la playa. Y las gaviotas empezaban a apropiarse
de los residuos que iban dejando los hombres en la arena, o iban sacando
extraños cangrejitos grises de esa espuma anaranjada y rosada
del crepúsculo. Los volteaban con sus picos ágiles y comenzaban
a comérselos por abajo. La tibieza de la tarde-noche era total.
El silencio de lo que quedaba de la luz prácticamente nos aplastaba.
Caminé delante del hombre y oí perfectamente el sonido
monótono de las ruedas contra la humedad de la arena. Traté
de no pensar más en el sentido oculto de su definición.
Pero por más que me empeñaba proseguía envuelto
en el secreto de los sonidos. ¿Por qué no me alejo? ¿Por
qué estoy aquí todavía? ¿Qué busco
en la maldad de este hombre? ¿Qué deseo descubrir en mi
propia locura?
Continúo:
---Ellos...son
el olor siniestro de los niños.
---¿Qué?--digo desesperado.
---Los cangrejos--dice.
---¿Qué?...
---Huelen como los niños sucios.
---¿Cómo es posible que diga esas cosas?
---No se exaspere...
---¿Cómo es posible que sea cristiano?
---¡Los cangrejos huelen como huele el culo de las mujeres!
---¡Cállese!
Escupo.
---¿Usted
cree en Dios?
---¡Dios es increíble!--dice.
La
luna se ha escondido entre las nubes. Y el hombre saca una libretita
del bolsillo izquierdo del gabán y escribe lo que acaba de decir
de los niños y de las mujeres. Escribe para que su memoria no
le arrebate su pecado. Entonces pienso en los escritores. Pienso en
los poetas, en los místicos y vuelvo a escupir. Quisiera escupir
el alma mía, el ánima del ser humano, pero no lo logro.
La idea de ser igual a él me escandaliza. La idea de ser su prójimo
me horroriza. Ahora se sonríe y pasa su lengua de cobra sobre
su bigote húmedo. Lo miro como si fuera mi padre joven. La propia
imagen de Dios en el espejo de su rostro. Lo miro como si fuera yo en
el narrador de su delito. Y siento que el viento sopla con fuerza sobre
nosotros. Trato de cubrirme los ojos para que la arena no me ciegue.
Trato de cubrirme de la muerte del alma. Pero el salitre es tibio y
no puedo hacer otra cosa que buscar los ojos de este hombre como si
fuera un pez muerto (un Cristo muerto--el Dios muerto de los sueños--).
Su mirada cristalina, sucia, vidriosa, poduce en mí la misma
sensación que la arena sobre la madera pulida. Lo único
que puedo sentir por este hombre es desprecio, desdén, furia
inútil. Pero aún así no puedo, no debo alejarme
de él. Estoy fascinado: “¡Maldita sea!” El
es toda la est-(ética) del asco. (Estoy pensando en Kant.) Debo
estar seducido como las mujeres o como los pintores que observan lascivamente
mis cuadros. Su voz, como mis pinturas, son el mal mismo. El arte celebra
su propia liberación en el rompimiento de todos los valores.
El arte se celebra a sí mismo contra toda conceptualización
posible. Estoy desierto. Pero cuando decimos que el arte es tal cosa,
el arte ya se ha volteado, se ha esfumado, se ha ido de lo dicho. Otro
artista habrá surgido en la región insospechada del mundo
para traicionar todo lo dicho y todo lo pensado. El pensamiento es lento.
El pensamiento es la podredumbre del mundo. Sin poderlo evitar, digo:
---Sólo
la imagen vuela...
---Sólo los niños como la imagen del mundo.
Escupo.
Estoy en medio del asco.
Ahora
pasan dos niños corriendo. Uno lleva un traje de baño
rojo y el otro lo lleva azul. Tropiezan y caen. Se revuelcan, se llenan
de arena, gritan. Se mentan la madre. El mayor de ellos se le sienta
sobre la barriga del otro y lo golpea. Grito para que los niños
nos vean.
---¡Largo!--y
levantan sus ojos de mujer como dos madres pequeñas.
---¿Qué?--me interrogan con la voz de antaño.
---¡Que se larguen, carajo!
Uno
de ellos me da el dedo obscenamente y corren. El otro se saca el pipí
y corre detrás del amigo tratando de orinarlo. El viento sopla
y el orín cae sobre el rostro del agresor. Ellos ríen
como si fueran la inocencia. Todo es una fiesta. El delito de ser ellos
les permite cualquier cosa. El cura me mira fascinado ante la violencia
que generan y se ríe como si él también fuera uno
de los malditos.
---Son
unos sinvergüenzas--digo confundido.
---Dejad los niños venir a Mí y no se lo impidáis...
---¿Se burla de Dios?
---Me burlo del mundo...
Me
horrorizo de las palabras y callo. ¿Qué ha sucedido? Llegamos
al fin del muelle y contemplo la espuma golpear las enormes columnas
del puente. Debajo de nosotros el agua susurra. Dejo caer la caña
de pescar y lentamente el mar se la traga. En cada vaivén que
las olas producen veo esos cangrejos-niños, diminutos, grises,
que son la codicia de las gaviotas. No quiero pensar en el olor de los
niños y cierro los ojos. No deseo pensar en el olor de Dios.
El cielo se ha ido tornando un rosa intenso y hay una tristeza enorme
corroyéndome el alma. Estoy oxidado. Estoy roto y no sé
a dónde mirar. No sé en dónde depositar la muerte
mía. Una bandada de ganzos cruza hacia lo infinito del mundo.
Los contemplo y los envidio. Por lo menos ellos saben hacia dónde
van. Coloco mis manos en los bolsillos, porque ha comenzado a hacer
frío y me encuentro con la navaja de mi deseo secreto. La abro
lentamente en el interior de mi bolsillo. La expando como quien abre
una puerta, pero no la veo. No veo nada. Estoy ciego. Sólo escucho
el sabor del mar. Sólo oigo la maldad del sacerdote. Sólo
siento los latidos de Dios en mi tristeza. Pero no puedo imaginar la
muerte del hombre que me mira irónico. Inhalo el salitre del
mar y trato de no pensar en él, pero la voz de aquel loco vuelve
y me interrumpe violentamente.
---Es
la ventocidad del mar...
---¿Qué?--vuelvo a preguntar desconcertado.
---El salitre es la ventocidad del mar.
Estoy
cansado de oírlo, pero me siento culpable. Cierro la navaja y
camino sonámbulamente hacia donde ríen los niños.
Camino pisando el ruido de mi propia sombra. Camino pisando la sombra
deshecha de mi propia alma. No sé qué hacer y no sé
qué decir. ¿No sé por qué no lo mato de
una vez? ¿Por qué no lo mato eternamente igual a todos
los hombres? Estoy cansado de su voz. Estoy extenuado ante su odio.
---¿Usted
cree que yo podría ser Dios?
---¡Usted es un imbécil!...
Camino.
Me aparto de él. Ahora corro a pesar de la luna de otoño
que se sostiene mágicamente contra el mar, contra el silencio,
contra el olvido de mí. “El ser”--digo-- y corro
y río. Corro y grito. Corro y lloro. Me detengo bruscamente y
busco mi pañuelo en el bolsillo trasero de mi pantalón.
No debo hacer lo que hago. No debo enfrentarme a la maldad de mi padre.
Me seco el sudor. Me seco las lágrimas. Me soplo los mocos. Me
detengo y contemplo la ciudad que odio. Me detengo y contemplo el infierno
de New York.
---Lo
mataré--susurro.
Me
volteo y lo busco al final del puente. Pero no lo diviso. Las sombras
se precipitan rápidas, pero sé que el hombre no puede
haber salido del muelle, porque ésta es la única salida
posible. Las sombras lo protegen. Regreso despacio, intuyéndolo,
contemplando la luna, el silencio. Permitiendo que la luna me oriente
con su luz y que mi propia intuición de asesino me guíe.
La cuasi noche, apenas sombra y apenas luz, ha cambiado. Ahora siento
que mi felicidad es infinita, remota. Debo estar enfermo. Me acerco
a mi víctima, pero no lo hallo. Tanteo. Busco mis espejuelos
y trato de distinguirlo contra el horizonte. Trato de descubrirlo en
lo que queda del crepúsculo. Pronuncio las palabras que me obsesionan.
Pronuncio las palabras de siempre: insólito, vulva, parapluie,
farfalla, inexorable, pater, puela, ataúd. Y añado una
nueva:
---¡Asesino!
Me
detengo y no hay nada. Parece que no hay nadie. Me acerco lento, monótono,
soñando. Estoy a doce pies de la silla dorada y no puedo distinguir
si el hombre está inclinado sobre la baranda del muelle o si
yace ñangotado detrás de la silla. No puedo ver si llora,
si vomita, o si se esconde de mí. Abro la cuchilla, la acaricio
contra la costura de mi pantalón y me acerco decidido a cortarle
la yugular. El escogido de Dios debe morir. Me detengo. No hay nadie.
Sobre el asiento de la silla sólo está su abrigo negro
de cuero. Me acerco a la baranda del muelle y sólo veo el rumor
del mar. Sólo oigo el olor de la noche. Sólo puedo ver
la vereda de la luna donde los pescadores recojen las redes. Sin poderlo
evitar pienso en Jesús. Dejo caer la cuchilla que se hunde inmediatamente
entre las aguas. Escupo nuevamente contra la luna y siento las gotitas
de mi saliva refrescar el calor de mi rostro.
*****
Regreso
triste. Ha sido inútil. Camino infinitamente hacia mi casa con
la sensación de ser otro. Camino las mismas calles de siempre
y me parecen nuevas, añejas. El vecindario de Dios es casi próximo.
Las ventanas del sueño se cierran sobre mi propio sueño.
Me detengo. Estoy delante de mi propia casa y sospecho que es la casa
del otro. Empujo la puerta del edificio y aguardo al asesino. Camino
despacio. Subo más lento, más inútil hacia el tercer
piso en donde vivo. Cuento los escalones para no pensar en lo imposible:
uno, dos, tres... Deseo olvidar. Deseo que sea mañana. Deseo
que sea domingo. Que sea el próximo año. Que la muerte
de Dios sea cierta. Porque así, despacio, irónico, cruel,
el tiempo me alejará del pensamiento, del dolor de hoy para traernos
otros dolores más extraños. Busco las llaves, pero no
las encuentro. Toco a la puerta y espero que Laura esté en la
casa. Estoy devastado. Oigo sus pasos, oigo su olor de cangrejo avanzando
entre la sombra de la casa, como si estuviera aconteciendo un viejo
milagro. Abre y me contempla casi desnuda. Por el tamaño de sus
ojos, por la expresión de su rostro sé que debo parecer
un aparecido. Camino hacia el estudio sin decir nada (remoto, sonámbulo)
y abro la puerta. Enciendo la luz y ella me sigue curiosa, más
remota que yo, desafiante. Desea saber. Necesita que le diga qué
ha sucedido. Me toca. Hurga en mi silencio, pero no sé qué
decirle. Me interroga:
---¿Qué
ha sucedido?
---¿Qué quieres que te diga?
---...
---¿Qué carajo puedo decirte?
---¿Por qué estás asustado?
---...
---¡Dime!
---He visto a Dios.
---¿Qué?
---Es inútil.
---¿Qué dices?
---¡Que Dios es horrible!
---¿Qué?...
Pero
su “qué”, su escándalo, me recuerda el sonido
de mi propia voz. Su voz también huele a muerte. Su desconcierto
me recuerda al mío. Busco los pinceles. Busco los tubos de pintura,
los paños, el canvas, los cuchillos. Clavo la tela contra la
pared, abro las ventanas (olvido el cuerpo semidesnudo de Laura) y comienzo
a rebuscar el rostro de Dios entre las líneas. Comienzo a poner
manchas. Podría tomarla así sudada como está y
podría violarla.
---Podría
sodomizarte.
---¿Quééé?--se ríe.
---...
La
dejo. Con ella no hay remedio. No hay forma. Su risa cubre el mundo.
Estoy desconcertado, las manos me tiemblan y Laura lo sabe, lo ve. Me
toca entre las piernas, pero no quiero tocarla ahora. Quiero olvidar
el sueño de estar despierto. Pinto. Ella, inquieta, curiosa,
olorosa, hala el taburete y engancha sus piernas hermosas contra los
palitos que la sostienen. Me contempla y la contemplo. Está descalza.
Está desnuda. Suda la humedad del otoño y me sonríe,
pero sé que no existe. Su belleza es falsa. El mundo es falso.
La salpico con acrílico, pero no se inmuta. Sabe que algo terrible
me ha sucedido, pero no puedo decirle más. Ya se lo he dicho
todo y no se cómo explicarle el espanto. Se masturba, pero la
ignoro. Se sonríe. Sabe que es inútil.
No
quiero decirle que estoy loco. Que siempre he estado loco. Que el mundo
se me ha develado como la locura de Dios. Nunca antes Dios me había
parecido tan hermoso ni tan blasfemo. Dios era lo luminoso de Laura.
Dios era lo precario de los niños. Bosquejo la noche en la tela.
Trazo las líneas del puente. Alcanzo las formas sensuales de
los niños que gritan, de sus labios carnosos, del color remoto
de sus bufandas, del ritmo de su respiración. Estoy pintando.
---¡Qué
ha sucedido?
---He visto al diablo.
---Pero dijiste que...
---He visto la monstruosidad de Dios. El encanto de Dios.
---No me mientas.
---Estoy seducido por el mal.
---El mal soy yo--se burla y se acaricia entre las piernas.
---Estoy seducido por el bien.
---El bien también soy yo--dice ahora seria.
---He visto lo sublime.
---Pero, ¿cómo?
---He mirado, he visto, he sido.
---¡Carajo, que me digas!
---He visto el horror de la inocencia.
---¡Ya, cállate! ¡Es inútil hablar contigo!
---...
Laura
cruza la pierna derecha haciendo una mueca y puedo observar los pelitos
de su vulva (su caracol de niña, su erizo). Pienso en el hongo
que el cura ha definido. Pienso en el bejín de Laura. En el culo
de Laura redondo, sedoso, inquieto. Trazo las manos del hombre. Busco
mi presencia en el cuadro. Busco mi inutilidad: el siena, el magenta,
el rosado, mi cansancio. Laura se baja del taburete y me contempla.
Me besa en la frente.
---¿Cómo
llamarás al cuadro?
---No sé...
---Sabes...
---La silla dorada--digo.
Pinto.
Busco la arena. La trazo, la rasgo, la descubro. Los hombres están
de espalda y al fondo hay dos niños que luchan, que se escupen.
Dos niños que corren contra la luna. Y a la derecha, casi despintado
(todavía no es posible verlo), hay otro niño que porta
un quinqué encendido. “Delvaux”--murmuro. Toda la
luz del cuadro saldrá de su linterna. Laura me da la espalda
y se aleja moviendo sus nalgas de ángel. Busco mi cuchilla, pero
no la encuentro. Escupo otra vez infinitamente. La sensación
de haberla matado también a ella es total. El niño ilumina
la sangre y contemplo toda la hermosura de su cuerpo debajo de su traje
transparente. Cruza delante del espejo (delante de la linterna) y me
contempla. Hay algo infantil en su mirada que me asquea. Retiro mi mirada
de sus ojos como si fueran los ojos del cura. Regresa y se detiene (en
el umbral de los puentes). Coloca sus manos pequeñas entre sus
piernas y me interroga con la voz de las niñas:
---¿Quieres
café?
---Sí--digo.
Bajo
los ojos, porque la vergüenza de mirarme en ella me abruma. La
vergüenza de los niños (el olor de los niños, la
muerte de los niños) me escandaliza. La linterna ilumina el cuerpo
que golpea contra los zocos del muelle. Se asoma nuevamente a la puerta
y de pie, colocando su pierna derecha en su rodilla izquierda, me contempla.
Se me acerca y contempla una vez más el cuadro. Pinto rápidamente;
pinto febril, hipnotizado. Pinto y el color acontece como si fuera un
sueño gris. El color acontece como si fuera cierto. Toco el cuerpo
azul de las niñas en Laura. Toco la luna azul de mi fiebre y
de su fiebre. Laura se burla. Se quita su bata transparente. Me tiende
los brazos al cuello y me besa. Su boca es tibia. Su lengua profunda
hurga entre mi boca. Coloco el pincel en el caballete y me dejo arrastrar
por ella. Ahora oigo su voz como si estuviéramos dentro de un
caracol. Creo que soy el hombre que se ahoga. La penetro. Cierro los
ojos y contemplo a los niños en la playa. Su voz es clara:
---Dios
debe ser fascinante--se burla.
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31
de mayo del 2001
2 de noviembre del 2003
27 de noviembre del 2004
Nueva York
Yván Silén: Copyright © 2003