Desafortunadamente
para el hombre demokrático, nos encontramos ante una
nueva esclavitud: la esclavitud de los hombres anónimos. Esta
sumisión (la del ciudadano pobre ante los ciudadanos millonarios)
no es otra cosa que la neoesclavitud demokrática que el capitalismo
trafica hacia el interior de sí mismo y hacia el exterior de
los Estados Unidos. Ese movimiento irrumpe en el neo-ilotismo de los
hombres que votan por los hombres que han sido escogidos maliciosamente
con anterioridad para mantener la explotación económica
y la persecución de los hombre ilegales. El hombre
demokrático sólo puede "escoger" lo que
los hombres ricos han escogido para él. La posibilidad es falsa.
No hay alternativa posible, porque la carrera política de los
candidatos vale millones de dólares y sólo los ricos pueden
costearla. El hombre rico escoge al hombre rico y lo presenta como el
único candidato idóneo de la "demokracia" y
de la "libertad". Las opciones, una vez más, son falsas.
Las opciones son exclusivamente las opciones del poder para consigo
mismo. El poder es sólo demokrático con el poder.
El
hombre Nadie está marginado de su propio proyecto de ser. La
derecha, republicánamente en el poder, ha organizado
un aparato militar tal que hasta la misma demokracia, ahora llamada
neoliberalismo, se ha vuelto ultraderechista. Y los demókratas,
contaminados por el miedo (al terror), temerosos de que se les llame
bushistamente terroristas, se han tornado reaccionarios en
el peor de los sentidos y han arrojado a la basura todos los "derechos
humanos" que los caracterizaban en el disimulo de su justicia artificial.
Estos hombres ricos han asumido las posturas más deshumanizantes
y más enajenantes de las que tengamos memoria: Kerry, como un
seudo-Kennedy, apoya la guerra genocida y no se diferencia casi nada
de la política de Bush, ese nuevo Johnson del odio y la mentira,
que ha convertido a los Estados Unidos en el país más
peligroso del mundo. La guerra de Iraq nos recuerda desgraciadamente
la guerra de Vietnam. Pero ante este espectáculo de la maldad
demokrática, los centristas se parecen cada día más
a la derecha neofascista de los republicanos. Y el individualismo, aun
ese individuo anarquizante de las discotecas norteamericanas, de la
apatía y del nihilismo, se ha convertido en un reflejo inmoral
que los arrivistas voluntarios (los cubanos, los salvadoreños,
los mexicanos, etc.) de la demokracia imperial copian decadentemente.
El neo-esclavo quiere ser fascistamente más yanqui que Bush.
¡LA DEMOKRACIA SE PUDRE CINICA Y NIHILISTAMENTE DELANTE DE NOSOTROS!
El hombre demokrático, totalmente desorientado y separado de
sí, no sabe qué hacer. Sólo vota zombimente para
mantener su estupidez política y la neoesclavitud que lo vigila
y lo persigue a nombre de la "seguridad" nacional. Este cuasi-hombre
de la demokracia se exilia, emigra y muere mercenariamente
para obtener una ciudadanía falsa y racista que lo desprecia
profundamente. El hombre demokrático sueña con
la ciudadanía de la Morgue. Este "sueño americano"
de la muerte, del saqueo del hombre tercermundista, ese cliché
de la propaganda de la televisión y de la prensa, no es otra
cosa que el acontecer de la desilusión ciudadana con su propio
anonimato. Las noticias se han convertido, entonces, en el anuncio imperial
del hombre mercancía y los periodistas en los cómplices
de este delinquir. Este hombre demokrático no es, no
será el hombre que se sacrifica moralmente por la comunidad (o
por la libertad), sino el esclavo-libre que sirve gustosamente
al aparato burocrático de la "legalidad" (la legislatura,
el senado, los partidos, la "justicia", los jueces, la brutalidad
de la polícia, la muerte, el odio racista, el olvido mismo).
Este "aparato" que se vende cínicamente a los "inocentes",
a los incautos, este gobierno de los ricos, para los ricos y por los
ricos, se edifica sobre la deshumanización del hombre-cosa que
vota apabullado y acorralado demokráticamente contra
sus propias ilusiones de "progreso". Por esta razón
podemos afirmar que ¡el hombre demokrático no
existe, es un mito! Es un simple simulacro de su voz, de sus protestas,
de sus derechos humanos y del sufragio universal. Este cuasi-hombre
de la no existencia demokrática, de la deshumanización,
no sabe qué hacer con esa "globalización" que
lo aplasta, mientras asesina en el extranjero a otros hombres que se
le parecen. ¿Dónde está, pues, la moral de la demokracia
legalista? ¡No existe! Porque los representantes han convertido
a la demokracia en el mejor de los negocios posibles. La demokracia
del pillaje, con el visto bueno de los hombres irreales de la representación,
y con el visto bueno de ese montón de ilotas que la celebran
fetichistamente, no hace otra cosa que atacar y bombardear a otros pueblos,
mientras habla cínicamente de la justicia y de la "libertad"
en su propia casa. Estos "representantes" de sus propias riquezas
no permiten la diferencia o la crítica, a menos que no sea la
diferencia o la crítica de los hombres de su propia clase, de
la semejanza: los ricos se contemplan en los pudientes, los demás
no existen. Sólo son un pretexto, una excusa, un motivo para
adquirir y sostener el poder a través de su docilidad, de su
ignorancia y de su confusión. La moral demokrática no
existe, no sólo porque la demokracia se ha tornado maquiavélica,
sino porque ésta se ha convertido en el obstáculo mismo
de la mundialización que trafica.
La
demokracia se ha convertido en aquello que ésta le criticó
al nazismo de Hitler y al comunismo de Stalin: su violencia, su racismo
y el despotismo de los partidos de lo mismo. Por eso tenemos que preguntarnos
inmediatamente: ¿dónde está la moral de la gente
que vota por los hombres ricos y de los hombres ricos que manipulan
estos votos para el saqueo, para el racismo y para el genocidio? ¿Cómo
es posible que la demokracia haya podido engañar a tanta gente
durante tanto tiempo? Bastaría pensar en el vejamen y la crueldad
acontecida contra los soldados iraquíes para tener una idea clara
de los actos indignos y de la obscenidad política y militar que
se trafica cotidianamente a nombre de la demokracia.
La
demokracia, no sólo la demokracia bushista, sino toda la demokracia
norteamericana en general (la demokracia traficada e impuesta a Latinoamérica
y al Mediano Oriente), no sólo yace nihilizada en el folklore
de su propio discurso y de su propia farsa, sino que está descomponiéndose,
vulgarizándose e idiotizándose en la práctica nociva
de sus intervenciones mundiales (Iraq, Afganistán, Panamá,
Nicaragua, El Salvador, Cuba, Puerto Rico, Dominicana, Granada, Corea,
Vietnam, etc). El "hombre cosa" de Ortega y Gasset, el hombre
anónimo de la demokracia, el hombre nada, el hombre fantasma,
no sólo se vende a sí mismo, no sólo se hace objeto
de su propia tragedia mercantil (el "yo" como el mejor producto
del mercado), sino que se hace mercancía moral para poder sobrevivir
en el más espantoso de los "paraísos artificiales".
En este "sueño de la ruina americana" no sólo
el desempleo aumenta, no sólo aumenta la criminalidad (independientemente
de lo que diga el señor alcalde de Nueva York y su prensa amarillista),
no sólo aumentan los suicidios, el SIDA, la drogadicción,
sino que aumenta el manipuleo político de los medios de comunicación
y de esa educación que se descompone vertiginosamente para el
bienestar de los hombres ricos. Porque de ese derrumbre de la educación
popular irrumpirá la mano de obra barata que ellos necesitan
para la explotación.
La
demokracia se encuentra, entonces, delante de su propia crisis política:
la creación de una mano de obra barata idiotizada, inculta, y
enajenada de sí misma facilita la "libertad" de los
ricos. Esa "libertad" de ellos no sólo se ha convertido
en una estatua de cemento para los turistas contaminados por
la propaganda que llega de los Estados Unidos, sino que también
se ha convertido en la consigna de la inmoralidad de las tropas de asalto
norteamericanas para la dictadura criminal de la demokracia.
Sé que esta idea, que estos conceptos son duros, terribles, pero
alguien tiene que decirlo y alguien tiene que plantearlo. El "hombre
demokrático", lo que nos queda de él, está
descubriendo una nueva verdad o una verdad que podría ser más
escandalosa que lo planteado arriba: ¡la demokracia no existe!
El hombre demokrático es un objeto que se vende inmoralmente
al mejor postor. El capitalismo ha convertido al "hombre libre"
en la más siniestra de las mercancías. Bush ha
reinaugurado el crimen demokrático legalizado, porque desde Hiroshima
y Nagasaki, pasando por Corea y Vietnam, no habíamos presenciado
algo igual. El cinismo crece y la mediocridad se expande. El hombre
demokrático está políticamente enfermo de
muerte. Mientas tanto los millonarios, los que viven bien sobre la miseria
de millones de "hombres", siguen pidiendo y organizando donaciones
millonarias para continuar con sus políticas de simulacro a nombre
del pueblo. Las consignas demokráticas de Lincoln y de los fundadores
de la "patria" (la demokracia del pueblo, por el pueblo y
para el pueblo) se han derrumbado para siempre. Estamos viviendo espantosamente
la nada del hombre anónimo. La hegemonía de la
demokracia se ha convertido en la decadencia del hombre demokrático.
Nos hallamos políticamente en el principio del fin.
©Yván
Silén