Introducción
Tríptico
nace como una idea de Diego Arbit. Hacer un libro escrito de a tres.
Diego
Arbit escribió el primer capítulo y lo mandó a
las casillas de mail de los otros dos escritores, y los tres escritores
mandaron en una fecha de entrega estipulada su segundo capítulo
a los otros dos también vía mail. El que dirigía
el libro era el encargado de decidir que capítulo iba y que capítulo
no al libro. O, en el caso de que todos quedaran en que orden irían.
Diego Arbit lo dirigió y no rechazó nunca ningún
capítulo, porque los tres escritores siempre intentaron meterse
en la historia del libro. Lo más interesante de este proyecto
es que los escritores tenían prohibido charlar entre ellos sobre
el capítulo que iban a escribir, de esa manera no podían
influenciar a los otros escritores en el rumbo que iba a tomar la historia
del libro más que con sus escritos. Los escritores no podían
proyectar sobre el futuro de la historia del libro sin miedo a que otro
de los escritores aplastara su idea concebida. Así cada uno debía
adaptarse al trabajo del otro escritor sin chistar.
Hasta
conseguir el resultado final.
Tríptico
(extracciones)
“Pero
conozco esos bailes de máscaras de la imaginación de los
que se vuelve con la muerte en el alma, agotado, sin haber visto más
que falsedades y sin haber dicho más que tonterías”
Gustave Flaubert
Capítulo
uno: Leandro
por
Diego Arbit
No
esperaba volver a hablar tan pronto en realidad, mi idea era llamar
al silencio por un tiempo. Pero las cosas se dan de una manera y de
esa manera andamos de acá para allá, empujados por algún
capataz invisible por la angosta entrada del corral donde se guarda
el ganado. Todos los pobres personajes los sumisos personajes que habitamos
esta ciudad, porque en esta ciudad empieza esta historia, en Buenos
Aires, en Argentina, todos estos transeúntes que sin sentido
recorren la ciudad, enojados con su destino, con su rutina diaria que
devasta todo toda esta vida sin sentido toda esta humanidad resentida
violenta y triste como la ciudad, que se choca y muge adentro del corral...
No quería volver a hablar tan pronto en realidad, tan pronto
no, en un rato. Pero al rato ya tengo otra historia para contar y es
de ésta en particular sobre esta sencilla historia quería
hablar, esta historia que comienza con dos protagonistas, uno, Leandro
Torbi, un vendedor ambulante que se cree escritor. Leandro anda por
los bares de la ciudad vendiendo sus libros, sus palabras. Por alguna
razón que desconocemos Leandro le da mucho valor a sus palabras,
y por esa razón que desconocemos anda por los bares de la ciudad,
casi todos los días de la semana tratando de vender y difundir
sus palabras. Pero sus palabras no gustan a algunas personas, algunas
personas se ofenden con lo que Leandro quiere decir en sus libros, y
es que no es muy agradable la forma de escribir del muchacho. Ahora
mismo una señora mayor se pone furiosa con un párrafo
de Torbi, una curiosa página al final del libro consta de una
larga lista de agradecimientos, al final de los agradecimientos aparece
una maldición, transcribo esa maldición tal cual la escribió
Torbi para que tengamos una idea de como se refiere el vendedor ambulante
a las cosas y a las personas.
“Pdata:
En ediciones anteriores aparecía en la lista de agradecimientos
la gente de Gigir. Ojalá se les pudra el alma, que las peores
pestes y el cáncer más doloroso los invada, que la peor
desgracia caiga sobre sus familias. Es muy feo jugar con los sentimientos
de las personas.
No tienen idea hasta donde puede llegar la maldición de un poeta.”
Qué
fue lo que le pasó con la gente de Gigir quizás más
tarde lo sabremos, pero esa pregunta muy natural no se la hizo la señora
Zunilda Atrofocia Martín Álzaga. La señora Álzaga
gozaba de un dinero importante de una comodidad que acompañó
toda su larga existencia, la señora Álzaga vivió
setenta y dos años en esta tierra de nadie, pero en su corazón
guardaba un peso una desazón una desilusión irreparable,
ciento treinta o ciento cincuenta años sin sentido sin una satisfacción
sentía que vivió Zunilda Atrofocia Martín Álzaga.
La señora Álzaga, que es la segunda protagonista de este
primer capítulo de esta historia se denominaba señora
por capricho de vieja, porque nunca visitó lecho alguno, nunca
durmió de otra manera que en soledad. Compartir su olor con el
de otra persona le repugnaba, su casa grande la recorrió por
años en soledad. Es cierto que en su juventud se masturbaba,
en el baño en el almuerzo familiar en la casa de sus tías
muy cerca de sus tías incluso con sus tías mientras tejían.
Es verdad todo eso, y también es verdad la culpa que Zunilda
sentía, mucha era la culpa, culpa en el almuerzo familiar en
el baño en la casa de sus tías. Pero la culpa no calmaba
el ardor el fuego que su chucha segregaba. La señora Álzaga
tras horas de frotado de clítoris luego de ejercitar sus dedos
metía cuanto podía en su agujero, dados, botellas, muñecas,
zapatos, pequeñas libretitas, Romeo y Julieta, La Ilíada,
El Martín Fierro, agujas de tejer hasta el fondo que luego buscaban
su tías, a veces con las manos a veces con los dientes. El ardor
era muy grande el fuego todo lo incendiaba, y Zunilda no se podía
calmar, a Zunilda nada la calmaba. Zunilda sabía que estaba pecando,
sabía que era una gran pecadora, y como pecadora que era le temía
a Dios, Zunilda temía a Dios, a su venganza. Esa venganza no
tardó mucho en llegar, porque toda la Familia de Zunilda, madre
padre y hermanas, murió en un accidente cuando ella tenía
apenas diecisiete años de edad. Zunilda sabía que era
la pecadora la responsable de ese desastre, y sabía que si seguía
pecando la ira de Dios iba a continuar, pero Zunilda seguía cachonda.
Toda la semana de Luto en la casa casi vacía de los Martín
Álzaga Zunilda le dio sin asco a la chucha, por la mañana,
terminando por la noche, antes de descansar, a veces incluso un poco
mientras dormía. Fue por eso que Zunilda no pudo más de
tanta culpa y se castigó echándose nafta en la chucha
y tirándose un fósforo encendido delante de las tías,
la chucha se encendió y las tías tardaron en poder apagarla.
Tres meses estuvo internada en un hospital Zunilda Atrofocia, los tejidos
destruidos entre sus piernas perdieron toda sensibilidad, a veces se
meaba es verdad, pero ya no era una pecadora.
Zunilda
dedicó el resto de su vida a la lectura de poetas puritanos y
novelas rosas, muchos años después, en su ancianidad dedicó
su vida a los libros de autoayuda, y ella misma se animó a escribir
algunas cosas, llenaba y llenaba sus libretitas con palabras, casi siempre
sentada en un bar. Y sentada en un bar fue como llegó a su mesa
un libro de Torbi. El libro de Leandro en verdad la impresionó,
leyó algunas páginas sueltas, pero cuando terminó
de leer la maldición a Gigir fue demasiado. Zunilda habló
a Torbi un rato largo, intentaba hacerle entender lo mal que hacía
en escribir esas cosas, ella le deseaba lo mejor a Torbi, le deseaba
que se convirtiera en un gran escritor, pero le pedía por favor
que no escribiera esas cosas, es que esas cosas la asustaban. Pero Zunilda
notó que no conseguía convencer al vendedor ambulante,
que se creía escritor, y por eso Zunilda no le devolvió
los libros a Torbi, le compró ese libro y todos los libros que
Torbi tenía en su mochila. A todos esos libros Zunilda los quemó,
y siguió comprándolos a todos, para quemarlos. Zunilda
llamaba a Torbi varias veces por día, muchas veces en realidad,
y le leía algún capítulo de un libro de autoayuda,
si no atendía le dejaba su lectura en el contestador. Torbi se
volvió temeroso de salir a la calle, porque cada vez que salía
la señora Álzaga se le aparecía, como por arte
de magia, casi todos sus ejemplares iban a parar al horno, casi todas
sus palabras desaparecían. Sin embargo Torbi se dio cuenta que
no estaba tan mal que pocas personas recibieran sus palabras, porque
alguno que otro libro la señora Álzaga no podía
rescatar, no estaba nada mal el dinero que la señora Álzaga
le daba. Gracias a ese dinero Torbi escribió más libros,
muchos libros en realidad. Palabras y palabras sin sentido que llenaban
a la vieja de fantasías macabras, que hacían que la vieja
se meara antes de quemar los libros. Casi a tres manos escribía
Torbi para recibir el dinero de la señora Zunilda Atrofocia.
Casi no podía escribir más, ya casi no podía escribir
más, pero más libros más dinero, eso lo sabía
Torbi. Por eso tuvo que revelar su pequeño secreto a un par de
amigos, a su mina de oro la tuvo que compartir con un par de amigos
pidiéndoles que le ayudaran a escribir un libro, lleno de injurias
a Dios a esta vida espantosa a este destino irreparable de eternos corderos
en el corral de los vencidos, esta vida sin sentido de acá para
allá no termina nunca, porque nuestros hijos nos repiten siguen
nuestra existencia prolongan nuestra podredumbre nuestra miseria nada
nos va a enriquecer, quizás materialmente la señora Zunilda,
y la vida acomodada que le ofrecía Zunilda convencía bastante
a Leandro Torbi.
Esta
historia apenas empieza, sus ramas son interminables y sus protagonistas
cambian en cada página quizás, porque a cada página
el narrador cambia, y quién sabe qué es lo que puede pasar,
allá los miedos de uno se mezclan con las fantasías ridículas
de otro narrador, acá mismo las miserias de uno no se comparan
con las miserias del próximo escritor, estos tres miserables
que dedican sus horas miserables a respirar la mierda de la ciudad,
la mentira de la ciudad, la miseria de la vida se respira en estas páginas
quizás, en algunas páginas quizás, ya veremos...
Capítulo
5: Dorio
por
Darío Semino
Notas para una posible novela:
La novela requerida entonces, debe empezar a escribirse. Llegó
la hora, después de los lloriqueos y correspondientes ataques
de pánico, de recopilar oraciones con la intención de...
Primer momento. Observación de la vida cotidiana. La dictadura
de la ironía y el cinismo déspota. Básicamente,
un mecanismo de defensa y en última instancia un modo de preservar
el status quo.
El
dilema de la viejita. Desde el comienzo del día uno se levanta
a la mañana. Respira frío o calor (dependiendo de la época
del año), se baña, desayuna, se cambia… Y sale.
Abrimos la puerta para salir de casa y entrar al mundo exterior. Uno
sube al colectivo para ir a trabajar y saca boleto con una somnolencia
ritual en cada gesto. Uno, ese mismo que sacó boleto, se sienta
en un asiento, el único asiento que hay vacío, en la tercera
fila, no muy atrás, y se dispone a dormitar. Pero el colectivo
se mueve, frena, dobla, salta al pasar por los baches de las calles
(cortesía del Gobierno de la Ciudad) y uno, que intenta dormitar
tranquilo, perdiéndose en reflexiones literarias, que si Onetti
que si Borges, uno abre los ojos, tan sólo por una milésima
de segundo. Y ahí es que la ve. Amenazante, parada sobre dos
tambaleantes piernas de alambre, vigorosa en su senectud, agresiva y
suplicante a la vez. La viejita.
El
dilema comienza porque uno lleva acumulado en su interior bastante neurosis
e incertidumbre. Ahí está, he ahí la viejita. En
un intento ingenuo por negar lo evidente uno voltea hacia ambos lados.
Registra frenético los demás asientos, sólo para
corroborar que están todos llenos. Y no sólo eso. Porque
el problema no es que todos los asientos estén ocupados sino
que ninguna de esas personas estén dispuestas a darle el asiento
a la viejita. Así comienza el dilema. Como un quiebre entre dos
seguridades. Uno piensa, en primera instancia, que es su deber darle
el asiento a la viejita. Pero por otro lado se encuentra con que nadie
más parece dispuesto a hacer tal cosa. Entonces tal vez la viejita
no sea en realidad tan viejita como para darle el asiento. Quien le
ofreciera su lugar correría el alto riesgo de faltarle el respeto.
Ya que es bien sabido que pocas cosas son tan terribles como la ira
de una vieja que en realidad no es tan vieja.
Es
bien sabido que el dilema no tiene resolución posible, al menos
no con resultados positivos. Si cedemos el asiento tenemos que seguir
el viaje de parados. Si no lo hacemos tendremos que hacernos la idea
de que hasta el fin del mismo vamos a estar sintiéndonos culpables
e incómodos con la viejita mirándonos.
(La premisa que motiva lo que antecede es clara: pasar de la vida
a la escritura, generando un documentalismo literario. No se trata,
es importante entenderlo, de un abuso más de la cualidad mimética
sino más bien de un modo de exploración. También
podemos sugerir la idea, o quizás la excusa, hedonista. Si fuéramos
intelectualmente correctos encontraríamos una justificación
psicoanalítica, ya que el deseo de placer y sus respectivas represiones
siempre corren por cuenta de los psicoanalistas. ¿Pero qué
deseo, qué placer? Existe una pequeña aunque irrefutable
satisfacción en el hecho de escribir, no sólo por la ilusión
catárquica y la posibilidad de mandarnos la parte posteriormente,
más allá de eso existe el placer del trazo, porque la
escritura es, en su grado más primitivo, un trazo y nada más
que un trazo. [gracias Barthes] Entonces escribiríamos esto por
mero placer masturbatorio, como si usáramos nuestro semen para
llenar la hoja. Y a su vez podríamos plantearnos las ventajas
liberadoras que hay en ese placer. Disfrutar de la cuestión post-
orgásmica para limpiar la mente y crear desde un estado de tranquilidad
y pureza. Lo que muchos llaman soltar la mano.
Pero volviendo al tema del documentalismo literario habría que
formular un conjunto de reglas que nos permitan desarrollar el género
de forma independiente. Sin caer en la pedantería de la copia,
ya no de la realidad, sino de otros géneros ya existentes, por
ejemplo el periodismo. [tema aparte] Tampoco queremos hacer literatura
realista ni ninguno de sus derivados, por ejemplo el costumbrismo, el
naturalismo decimonónico, o la exageración cientificista
del noveau roman. El documentalismo literario se encuentra más
allá de esas y otras posturas, supera todos los debates posibles
acerca de la labor literaria y está llamado a ser el nuevo punto
de inflexión de la historia de la literatura. El futuro es nuestro,
el género ya está listo, listo para cambiar todas las
reglas, solamente falta definirlo.)
Historia del surgimiento, auge y caída del documentalismo
literario
Los comienzos del documentalismo literario se remontan a los últimos
años del siglo XX. Entre 1998 y 1999 se produjo el famoso encuentro
casual, en los pasillos de la facultad de filosofía y letras
de la Universidad de Buenos Aires, de los dos jóvenes que serían
los responsables de llevar a cabo una de las revoluciones más
particulares en las estructuras literarias modernas. Estos dos estudiantes
de letras se llamaban: Antonio di Korda y Maximiliano Abrahan Enrique
José Wilbur Esccelotto, argentino el primero y uruguayo el segundo.
Esccelotto y di Korda se hicieron amigos inmediatamente “mientras
nos comíamos un pancho”, según recordara posteriormente
en su biografía el uruguayo.
Los
primeros borradores del manifiesto fueron redactados en esos años
aunque pasaron rápidamente al olvido junto con muchas otras teorías
que formulaban los amigos como una forma de divertirse. “Nos
juntábamos en la facultad, a veces íbamos al bar de enfrente,
que con una hemorragia de creatividad había sido bautizado Platón,
y nos pasábamos horas discutiendo, en ocasiones nos perdíamos
las clases. Permanentemente escribíamos manifiestos que pretendían
desarticular las nociones críticas que nos imponían nuestros
profesores. El documentalismo literario fue uno de esos manifiestos,
así nació, y muy pronto se traspapeló entre teorías
y conversaciones manchadas de café”.
Pero
ese borrador no estaba destinado al olvido. Pocos años después
fue recuperado por di Korda quien se sintió absolutamente sorprendido
de haber sido el autor de un texto tan innovador. Los dos amigos volvieron
a redactar el manifiesto varias veces hasta obtener la versión
definitiva, la cual fue publicada en internet, en la hoy ya mítica
página de di Korda: www.archideconstruidos.com.ar . Inmediatamente
después de terminar con el planteo teórico di Korda y
Esccelotto comenzaron a producir textos que avalaran el manifiesto.
De estos primeros años son las mejores obras del escritor argentino,
entre el 2002 y el 2006 escribe y publica en internet: La odisea
de las puertas, El pene de Francis Scott Fitzgerald, Llamarse di Korda,
Marilyn, El cementerio de las fantasías, La etiqueta de la cerveza,
Borges nunca fue joven y Gutiérrez, el tigre de Balvanera.
Dueño de un estilo único, que oscila entre el cinismo
cotidiano y el fanatismo mediático di Korda fue un creador incansable
cuya prosa es tan vertiginosa como lo fue su vida. Se casó por
primera vez a los dieciocho años con Eleonora Ascasubi, su novia
de la secundaria. Ese primer matrimonio, al igual que los otros cuatro,
iba a durar muy poco. Di Korda era una persona apasionada y ecléctica,
que poseía un talento desmedido y una capacidad de acción
desbordante. Pero esas cualidades, como suele ocurrir, venían
acompañadas por la sombra de los excesos y la locura. A lo largo
de los cuarenta y cinco años que duró su vida di Korda
no sólo se casó cinco veces, la última con un futbolista
sudafricano, sino que también se dedicó al periodismo,
la docencia, la militancia sindical, la actuación y el paracaidismo.
Se jactaba de hablar cinco idiomas y disfrutaba de rodearse de famosos.
Las crónicas de la época lo describen como un personaje
imprescindible de la noche porteña, habitué de las orgías
organizadas por Cacho Alvarez, quien por esos años había
abandonado la política. También era conocido como di Korda
el loco, por sus ataques de delirio y su perversa obsesión con
Marilyn Monroe, a quien buscaba en todas las mujeres rubias que se cruzaban
por su camino. Muchos sostienen que esa fue la causa del breve pero
intenso romance que mantuvo con la veterana actriz Mihrta Lhegrand.
Finalmente el genial escritor, el polémico personaje murió
el 5 de octubre de 2020, el mismo día de su cumpleaños,
atragantado con un hueso de pollo. Dejó escrita una de las obras
más originales del habla castellana, compuesta, aparte de los
ya mencionados, por Canibalismo, Remoto Control, Sobacos ensopados,
En busca del buscón perdido, 34 rph, Joyce estaba del orto, Soliloquio/Coloquio,
Santa Monroe y Solidez entre los más destacados.
Todos sus textos mantienen la premisa de la experimentación permanente
postulada desde sus comienzos, fue tal vez el único escritor
que llevó hasta las últimas consecuencias el mecanismo
transforterizo, o de desaparición de las fronteras. Por eso es
imposible determinar si sus libros son novelas, ensayos, poemas o artículos
periodísticos.
Muy
diferente fue la vida de Esccelotto. Hijo de un panadero italiano, Esccelloto
nació exactamente el mismo día que su amigo, el 5 de octubre
de 1975. Pero aparte de eso y de su afinidad ideológica, Esccelloto
no tuvo nada que ver con di Korda. Su obra consta de un solo libro el
cual tuvo sucesivas reediciones a lo largo de los años. Octopuso,
tal es el nombre de la obra, fue reeditado, siempre con agregados, unas
sesenta y siete veces, y consta exactamente de tres mil doscientas cuarenta
y siete páginas. Hay que tener en cuenta que Esccelotto vivió
ciento catorce años y escribió hasta el último
día de su vida.
Su
juventud la pasó en Montevideo, de donde partió a los
dieciocho años con su familia para instalarse en Buenos Aires.
Diez años más tarde volvería a Montevideo y se
quedaría allí para siempre. Extremadamente celoso de su
privacidad, nunca fue una figura pública, daba muy pocas entrevistas
y nunca permitía que lo filmaran o lo fotografiaran. Antes de
morir exigió tajantemente que jamás se publicara ninguna
biografía suya que no fuera la que hizo su esposa Celeste Klein.
Y nunca fue a recibir ninguno de los incontables premios que se le ofrecían,
rechazó el premio Cervantes, el Príncipe de Asturias y
el Nobel.
Hablar
de Esccelloto significa hablar de Octopuso, el descomunal libro
que elude todas las definiciones. Hasta el día de hoy los críticos
no logran llegar a un acuerdo acerca de su naturaleza. Mientras que
algunos detractores sostienen que se trata simplemente de una novela
larga otros tienden a considerarlo no sólo como la manifestación
más acabada sino también como la superación misma
de la transfronterización. El libro se plantea en un principio
como la corroboración empírica de la teoría de
la novela. “Todo lo que puede escribirse puede escribirse
en la novela.” Pero a medida que el texto avanza se desprende
no sólo del discurso sino también de la intención
de ficcionalización, para terminar convirtiéndose en una
refutación de la misma cita que pretendía corroborar.
Hay especialistas que sitúan en Octopuso el final de
la novela post-moderna que había comenzado con Ulises
de James Joyce. Otros no están de acuerdo y consideran que Octopuso
no es un solo libro, es más bien una recopilación de libros
que se realizó a lo largo de los noventa años que duró
su escritura. Más allá de las discusiones es indudable
que Octopuso ocupa un lugar fundamental, para bien o para mal,
en la historia de la literatura universal.
El
documentalismo literario no acabó en las obras de di Korda y
Esccelotto. Después de que el manifiesto fuera publicado en internet
muchos jóvenes escritores que no encontraban un modo de expresión
adecuado se sintieron identificados con la propuesta. Es importante
tener en cuenta que el documentalismo literario fue uno de los primeros
movimientos en desarrollarse paralelamente en varios países del
mundo. Durante la primer década del milenio existió una
escuela de escritores documentalistas en los cinco continentes, escribiendo
en diferentes idiomas y sin conocerse entre ellos. La lista de nombres
es larga y heterogénea, se destacan en ella el español
Albertino Sanchez, el colombiano Fernando Nágera, los estadounidenses
John Somerset y Melanie Rodriguez, el nicaragüense Ricardo Félix
de la Haya, el alemán Werner Kretksz, la inglesa Eva Johnson
Mills, el japonés Ryunosuke Nishi, el ruso Alexander Gorlof y
la escritora india conocida como Avalokitesvara que también fue
la tercer esposa de di Korda.
A
principios de la década del 10´ el documentalismo literario
se había ramificado subterráneamente por todo el globo.
El reconocimiento para sus dos creadores se plasmó en cierto
rédito económico de las ventas de sus libros a pesar de
que nunca fueron tan masivos como prestigiosos. En 2012, con el dinero
obtenido por sus múltiples trabajos, di Korda fundó la
Editorial Sandokán como un espacio desde el cual combatir el
monopolio de las grandes editoriales manejadas por empresas multinacionales.
La elección del nombre es una manera de honrar a quien representaba
el primer acercamiento a la literatura para el niño di Korda.
A
medida que fue avanzando la segunda década del siglo se generó
en la literatura a nivel mundial una situación particular debido
a la aparición del documentalismo literario. Se produjo una división
del terreno entre quienes postulaban al nuevo género como la
única forma posible de hacer literatura y quienes se negaban
a aceptar las innovaciones propuestas por el manifiesto. El segundo
grupo de escritores continuó desarrollando una noción
de la literatura que no tenía en cuenta siquiera la existencia
del manifiesto y sus seguidores. Podría decirse que el documentalismo
literario casi nunca fue atacado sino simplemente despreciado, negado
con indiferencia. La figura polémica y mediática de di
Korda produjo que muchos literatos consideraran que el movimiento carecía
de contenido y solidez.
Todavía
hoy existen muchas interrogantes acerca del documentalismo literario.
Una vez pasado su momento de mayor efervescencia fue lentamente quedando
de lado. A pesar de esto su influencia se plasmó en la mayoría
de los escritores de las generaciones siguientes de forma tal vez inconsciente.
Muchos de los nombres que le dieron brillo al movimiento están
actualmente olvidados o se destacan como individuos independientes pero
no como parte de un grupo.
Bueno, bueno, acabo de inventar la historia de un movimiento. La incapacidad
de redactar un manifiesto engendra la capacidad para inventar sus consecuencias.
Es una de las posibilidades de la escritura. Si no tengo nada que escribir,
me invento un linaje, una corriente en la cual situarme. Me hago el
borgeano y listo.
Capítulo
13: Waldo
La receta del abuelo
por
Fabio Daniel Guerrero Arévalo
En
una plaza conocí al Néstor, tomaba cerveza en un oscuro
círculo de caras graves y ojitos entrecerrados. Apuró
de un beso media botella y tendió su brazo apuntándome
con el pico. Acepté el convite de buena gana y pareció
complacido.
Eructó.
Luego se dispuso
a contarme el por qué de su congoja, tal como lo había
hecho con todos y cada uno de los condolientes seducidos y atrapados
en el anzuelo de la rubia bebida.
-En casa somos
ocho, todas piernas menos yo y el menor, que es un pajero. Sin contar
a mi vieja y la más grande que vive con nosotros sólo
cuando el macho está en cana, son cuatro pendejas que comen
como lima nueva... haber bó, andá a comprá un
par de birras -el flaco se paró y esperó unos segundos
"la vaquita", como nadie hizo ademán de pelar billete,
encaró para el quiosco, en veinte metros había luqueado
a dos personas.
-Hace varia semana
que no engancho un laburito y con lo que la vieja trae no alcanza.
Encima los putos de los patrones la bibicletean, podridos en guita
están, ella le cuida la madre a la patrona, la baña,
le da de comé, hasta le limpia el culo a la vieja. Sabé
la fuerza que hace, toda la espalda le duele, y estos putos le pagan
a los premios, doblada queda, muerta... hijo´e puta...
El provinciano
rostro hincado de rabia - Hoy una doña me dio una bolsita de
harina con gorgojo y a la Silvia se le ocurrió hacer un biscochuelo
para esperar a la viejita con mate y biscochuelo. Nos pusimo a rejuntar
las cosas que hacían falta, la Silvia dijo que en el ropero
había encontrado una latita de Royal que tenía poco,
pero que alcanzaba.
¿En el
ropero? -Le dije ¡Que vieja marroquera! Teníamos un huevo
y el azúcar. Mientra yo pasaba la harina por el colador para
sacarle lo bicho, mi hermana le fue a pedir leche a la vecina.
Cuando lo sacó del horno era un mazacote grí.
El Jonatan rompía
las pelotas. -Quiero torta, quiero torta-. Así que la cortamo
y la comimo antes de que viniera la vieja, pero le dejamos dos porciones
tapaditas con un repasador. Era como comer una hojota. Por suerte
nos habíamo zarpado con el azúcar, y se podía
tragar. Llegó el chabón con las cervezas.
Cuando hay hambre
no hay pan duro, dicen. Cuando vino la vieja la estábamos esperando
con mate y... eso. Miró la porción con desconfianza
y le pegó el bocado pa´ no despreciar. Fue ahí
que vio la lata sobre la mesada. Quiso decir algo, abrió grande
los ojos, boqueó dos o tres veces y cayó redondita.
Nadie entendía un carajo. La llevamos a la cama, le sacamos
los zapatos, la abanicamos... alguien trajo un trapo húmedo
y se lo puso en la cabeza. Cuando volvió en sí se puso
a llorar a mare. No había forma de hacerla callar. Era un quilombo
el que no gritaba, lloraba como desesperado. Al rato más calmada,
mirando la pared con los ojos hinchados y chorreante de moco y lágrimas
nos dijo lo que le pasaba.
Su padre había
muerto hacía tiempo y los parientes decidieron quemarlo. Pusieron
los restos en una urna y eligieron la persona que cuidaría
de su descanso. Con los años la urna barata se apolilló
y mi vieja llevó la urna a lo de un vecino carpintero para
repararla.
Seguíamos
sin entender.
-Mientras arreglaban
la caja puse las cenizas... en... la... laataaaaaaaaaaa!!!!!!! Buuuuuuuuu!!!!!-
-Vuelta al moco
y vuelta a las lágrimas. Las pelotudas de mis hermanas gritaban
y saltaban, rezaban y se abrazaban. La Silvia se quería cortar
las venas y la paré a los cintazos.-
La botella hizo
la vertical en su boca y vació gran parte de su contenido.
Se limpió la boca con la manga y esperó con angustia
desafiante mi reacción, que fue una de principio a fin y me
subió de las pantorrillas al pecho para desembocar en la estrepitosa
y obscena carcajada. Me revolcaba de la risa, aún a costa de
mi propia vida. -¡¡Se comieron al Nono!!- Risa incontenible.
Cuando podía abrir los ojos miraba la expresión fiera
del rostro anguloso. Nueva risa. El Néstor, (al momento yo
creía que se llamaba Ernesto), incorporándose. Mi inútil
pantomima del mismo gesto pero con estertores involuntarios. ¡¡¡Ja
jajajaja ja!!! La masa corpórea impresionante parada frente
a mí, resultó la de una persona con una capacidad inusual
para captar la sinceridad de las personas, y no había dudas
de que mi reacción lo fuera. Él apreciaba eso por sobre
todas las cosas, así que reprimió su impulso de descuartizarme
y me llevó con sus secuaces a un sótano en el cual tocaba
una banda malísima de Heavy Barrial. Bajo los acordes saturados
de su versión de "el ojo blindado" se las arregló
para quebrarle el brazo a uno en el pogo. Ese brazo tendría
que haber sido el mío, pero el chivo expiatorio había
pagado el tributo a través del cual, el Néstor me regalaba
algo más destructivo que una paliza e infinitamente más
problemático... su amistad.