El movimiento infrarrealista reúne a un grupo de jóvenes entre los 17 y 23 años que tienen en común el vivir a la intemperie, haberse fugado de algún taller literario, no durar mucho tiempo en los trabajos, decomisar libros de las librerías elegantes, conocer todos los barrios del DF y dónde hacer el mejor conecte, haber leído los manuales de Martha Harnecker y haber sido expulsados de las juventudes comunistas o de alguna corriente trostka, recitar poemas en los bares del centro, llegar sorpresivamente a los recitales de poesía y las presentaciones de libros, organizar fiestas que duraban de domingo a sábado, y amanecer en cualquier playa del mar pacífico. Pronto esos jóvenes se dan cuenta que forman ya una tribu y se configuran alrededor del infrarrealismo como una forma de dar expresión estética a sus inquietudes y dedicarse a joder al prójimo que teme perder sus privilegios.
El infrarrealismo por tanto es una manera de acercarse al abismo a fin de buscar otra manera de asumir el poema, la escritura y la vida cotidiana. Representa la búsqueda de otro modo de ser poeta-escritor ante las opciones que le ofrece entonces la sociedad mexicana; detesta convertirse en un escritor funcionario, en el poeta ganador de concursos, en el escritor con chamba en una embajada, en un escritor burócrata (de derecha o de izquierda), en el obsesionado con su carrera y su lugar en la institución literaria, o en el escritor aparentemente ajeno a la política y que en casa oportunidad declara: me-importa-madre-la-política-yo-solo-quiero-hacer-mi-obra-personal. Ante estas opciones, el infrarrealismo prefiere la ruptura y la aventura estética como proceso vital de búsqueda y de creación. En tal búsqueda se dan dos vertientes durante los primeros años de actividades infrarrealistas en el DF; una que es escéptica y la otra irónica, y que respectivamente podemos encontrarlas en el escritor detective y el suicida. El primero es un francotirador, experto en el hit and run y la des-ubicación, en la elaboración de archivos e ir apuntando todo lo que ve y escucha en la ciudades y en los márgenes letrados con una sintaxis que se origina en las largas caminatas y al atravesar la larga noche en la altiplanicie azteca: vive en cierto modo para escribir y termina haciendo una obra literaria (Bolaño) inconmensurable. Por otra parte, el suicida prefiere la experiencia de los sentidos, rolar con los amigos, subvertir la vida cotidiana en cada oportunidad y la confrontación pública (poner en su lugar a los escritores autocomplacientes). Para el suicida, la escritura brota de esa aventura múltiple, cotidiana y lúdica; escribir es algo que se hace en los márgenes de libros, en cualquier cuerpo o pared disponibles, en papelitos regados que van quedando como huellas del itinerario personal por varios continentes (Santiago). El poema brota en las conversaciones y caminatas diarias con los amigos, las borracheras, en las llamadas telefónicas, y brota con la misma alteración de las normas lingüísticas, sociales, estéticas y verbales con que se respira. No escribe para hacer una obra (su misma vida es la obra –aunque hay que cuidarse de ser leyenda-, sino porque no hay manera de contener la pasión de las neuronas y la inteligencia del cuerpo. La mayoría de los infras vivimos entre el escepticismo lúdico o la ironía creativa. Por eso, el infrarrealismo no solamente fue entre 1975-1978, pero sigue siendo, aún si ya no deja de llover en nuestro medio siglo.