Apoyándose en uno de sus codos, Garrido se incorporó a medias y tanteó su entrepierna. Otra vez se había orinado mientras dormía. Acabó de ponerse de pie tratando de no hacer ruido, rogando para que ninguno de sus compañeros despertara y lo sorprendiera. En la anterior ocasión, el Gitano se había percatado de su incontinencia y lo había denunciado a los gritos. Todos, excepto Griselda, se habían reído y eso lo había avergonzado, al punto que se atrevió y fue hasta el hospital. Los médicos de la guardia no lo habían querido atender, exigiéndole que antes se bañara. Garrido se marchó del hospital arrastrando su humillación en silencio, pensando que de haber tenido donde ir a bañarse, probablemente no se hubiera enfermado, tendría ropa abrigada y comida caliente, no dormiría en la entrada de una galería entre cartones mugrientos y no comería de los tachos de basura.
Era noche cerrada cuando Garrido se había despertado mojado en sus pantalones; tiritando de frío, se encaminó hasta el teléfono público frente a la galería. Un aire helado le martirizaba la piel. Aún no estaba curtido, no llevaba viviendo en la calle el tiempo suficiente. Semioculto en la cabina, orinó con dificultad. Al ver acercarse a un hombre, Garrido dudó entre apresurarse y volver a su refugio para no ser visto haciendo sus necesidades en la calle, y demorarse e interceptar al caminante para pedirle una moneda. El hombre cruzó la calzada unos metros antes y le resolvió la disyuntiva.
Al regresar a su sitio, escuchó un chistido. Era Griselda, que le hacía señas desde el rincón donde estaba acurrucada. Pasando sobre el cuerpo de la Chola y esquivando al del Gitano, Garrido se acercó con sigilo y se puso en cuclillas.
—Tomá Varisto, hoy no la preciso —le susurró la joven pasándole una frazadita deshilachada.
—“E”...varisto —replicó él, también en voz baja.
—Es igual, agarrá y tapate que te vas a enfermar.
—¿Y vos no tenés frío?
—Yo no estoy mojada. Llevala y andá que sino los perros van a empezar a ladrar.
—No, dejá, yo me las arreglo.
—Jodete entonces.
La adolescente se dio vuelta tapándose con la frazadita. Garrido se quedó un momento a contemplar en medio de la penumbra los cabellos sucios y revueltos de la muchacha sobre sus mejillas manchadas de tizne.
El hombre regresó a su cama de cartones y se acostó nuevamente, apoyando la cabeza sobre un atado de diarios viejos. Se arropó con una caja desarmada, que desde una de sus solapas le mostraba la inscripción “Orbis Calorama 2000” y el dibujo de una llama incandescente. Percibió acercarse al Capitán, el perro más viejo de aquella jauría de hombres y animales, que se echó a su lado después de olfatearlo un rato. Confortado por el calor que brotaba de la pelambre de su imprevisto compañero de lecho, Garrido sintió retornar el sueño. En tanto, Griselda acomodó a la Chicha entre sus piernas, justo donde antes estaba el Capitán.
Con las primeras luces de la mañana, la banda de desarrapados recogió sus cosas, armó sus atados y cargando con ellos, cruzó la avenida en dirección al ombú que se alzaba en medio del parque. Las rejas abiertas de la galería los expulsaban hacia las rejas abiertas del parque.
Mezclados con ellos, los esqueléticos perros caminaban jugueteando entre sí, se toreaban y mordisqueaban como lo haría cualquier manada de buen criadero.
—La Chicha me amaneció alzada, en cualquier momento se la ponen —Ulrico, armado con una larga ramita, trataba de espantar a un par de machos alterados por los olores y fluidos que regaba la perra.
—Vos mejor cuidá a los que se la ponen a la Griselda, alguno de estos la preña uno de estos días—Desde unos cuantos pasos atrás, Chola lanzó la advertencia a su marido.
El padre de Griselda se encogió de hombros en medio de las risotadas de todos los demás. Aún quinceañera, hacía tiempo que el cuerpo de su hija había adquirido formas de mujer, él bien se había dado cuenta.
Griselda había aprendido a cuidarse por sí sola. Maruca —una anciana prostituta que acabó sus días entre los pordioseros— había tenido tiempo de aleccionarla antes de morirse de una neumonía el invierno anterior. Griselda, dócil para entregarse a sus compañeros de calle, era inflexible para obligarlos a usar los preservativos que le regalaba Don Gonzalo, el dueño de una de las farmacias del barrio y antiguo cliente de Maruca.
Aparentando ignorar el diálogo de sus padres y el coro de carcajadas, Griselda caminaba a la par de Garrido, quien era el único que marchaba cabizbajo y en silencio. Aún encorvado, el hombre le llevaba dos cabezas al menos.
—Hoy podemos a ir al baldío de Curapaligüe a juntar hojas de tártago, mi abuela que era medio curandera decía que el tártago es bueno para todo —propuso la muchacha en voz baja y sin quitar la vista del frente, como para evitar la atención del resto.
—Dejate de embromar con brujerías —masculló Garrido también sin mirarla.
—No son brujerías, son remedios.
—Mejor ocupate de vos, en cualquier momento estos van a pegarte una peste.
—¿Por eso es que nunca querés venir conmigo? ¿Tenés miedo de agarrarte una enfermedad?
—Callate la boca mocosa.
Griselda se quedó mirándolo. Garrido siguió caminando con la vista fija delante, arrepentido de haber abierto la boca para aconsejar a Griselda en esos ámbitos y entre esa gente. El “mirá mamá, un linyera”, con el que no hacía mucho lo había señalado un nene de la mano de una señora elegante, le había marcado la ruptura definitiva con su pasado de hombre normal, con trabajo, casa y comida, aún del lado de los que dan limosnas en lugar de mendigarla, de los que se cruzan de vereda para esquivar a los menesterosos que orinan en la vía pública, de los que se asquean de la mugre de los linyeras, de los que se compadecen de verlos disputarse la comida con los perros. Y sin embargo, su condición actual no acababa de hacérsele carne.
—No te la andés parlando que hoy me toca a mí —El Cabeza, un muchachón traído al grupo por el Gitano, sacó a Garrido de sus pensamientos.
Azuzada por un pellizcón en una de sus nalgas, Griselda escapó a la carrera riendo con aparente alborozo. El Cabeza, seguido de cerca por la Chicha y el Capitán garroneándole los talones, corrió tras ella. Garrido, mordiéndose los labios, los siguió con la mirada torva.
Con papeles, ramas secas y unos carbones que le habían dado en el supermercado de los coreanos, Laucha, un boliviano de pocas palabras fugado de una prisión de La Paz, hizo fuego dentro de una gran lata ennegrecida. Con las manos extendidas hacia el improvisado brasero, la comunidad se reunió en derredor.
Estela, una mujer de tez oscura y rasgos indígenas, muy envejecida, fue hasta la canilla del cantero, llenó con agua una pava abollada y la puso a calentar encima de la lata. Mendoza, el más viejo de todo el clan, casi un anciano, desarrugó una grasienta hoja de papel madera y extrajo unos restos de yerba con la que se puso a preparar el mate.
—¿Tenés algo? —preguntó el Gitano dirigiéndose a Garrido. Sin responder, éste sacó de su atado una bolsita con algunos panes y se la arrojó.
El Gitano la atrapó al voleo y se plantó delante de Estela, a la que ordenó:
—Vos dame el salchichón que ayer te dio la gorda de la fiambrería.
La mujer se quedó paralizada. Ella pensaba que no la habían visto conseguirlo y planeaba compartirlo solamente con Polito, su hermano menor, un retrasado mental de algo más de treinta años. Sumisamente, entregó la comida que atesoraba.
Mientras arrancaba la ronda de mate, el Gitano distribuyó el alimento disponible con ecuanimidad. Sin embargo, el negro Bidú, un rosarino que siempre tenía pleitos con el Cabeza, se quejó:
—Vos siempre le das más al Cabeza, que es el que más se rasca las bolas.
—¿Por qué no te hacés culear? —le increpó el aludido, a la vez que lanzaba un cachetazo.
El Bidú reaccionó violentamente y enseguida estaban revolcados en el piso intentando golpearse. El Gitano los separó repartiendo patadas, aunque por cada una que recibía el Cabeza, Bidú recibía tres. Polito, excitado por la disputa, se puso a correr alocadamente, yendo y viniendo desde el tronco del ombú hasta la lata con el fuego, a la que se acercaba peligrosamente en cada pasada. Hasta que en una de ellas golpeó la lata con el impulso de su cuerpo lanzado a velocidad y se quemó con el agua hirviente que se derramó de la pava.
Polito empezó a llorar dando agudos chillidos. Los esfuerzos de Estela por calmarlo mientras le revisaba las quemaduras, fueron inútiles. Polito continuaba aullando y el número de curiosos originalmente congregado para observar la batahola entre el Cabeza y el Bidú, había crecido formando un semicírculo cerca del ombú.
Griselda se acercó al retardado, le acarició los cabellos con ternura y tomándolo de una mano, lo llevó hasta uno de los bancos de la plaza. Una chica enfundada en un jogging rosa, que estaba sentada recuperando aliento después de haber estado trotando, se puso de pie y cambió de banco. Griselda la siguió con una mirada de odio.
La muchacha no dejaba de hablarle al oído al Polito, quien permanecía con la cabeza refugiada sobre el pecho de la joven. Aunque aún gemía, había dejado de llorar a los gritos. Al fin, ambos se incorporaron y caminaron hasta el acceso al subsuelo del monumento central del parque, que funcionaba como depósito de las herramientas usadas para el mantenimiento del paseo. Polito llevaba una sonrisa radiante. Griselda cuchicheó por un momento con los guardianes que estaban en la entrada, dos muchachones de unos veinticinco años, a los que sorprendió preparando la jornada de trabajo. Luego de que los empleados municipales intercambiaran miradas cómplices, los cuatro ingresaron al depósito y cerraron la puerta de chapa.
Salieron unos pocos minutos después. Polito chupaba un caramelo de limón y Griselda llevaba una bolsita con azúcar y otra con bizcochitos de grasa. Llegando al ombú, entregó las bolsitas al Gitano.
—Putita —le dijo el hombre al recibirlas.
Todos lo escucharon. El Cabeza y Bidú sonrieron maliciosamente, Ulrico y la Chola bajaron la vista, el Polito se apretó contra el cuerpo de la muchachita, Estela palmeó la cabeza de su hermano y Laucha se encogió de hombros.
—No le digás así —balbuceó Mendoza.
—Andá a cagar, viejo choto —replicó el Gitano escupiendo de costado.
Griselda y Garrido cruzaron sus miradas. El Capitán y la Chicha se pusieron a ladrar, hasta que el Gitano los silenció con un gesto amenazante.
Con la situación recompuesta, la tribu dio rápida cuenta del desayuno y se preparó para afrontar el nuevo día. Unas cuantas colillas le sirvieron al Gitano para improvisarse unas pitadas. Recostado contra el tronco del ombú, fumaba dando chupadas cortas, con vigilante actitud hacia su tropa. Sus ojos centellearon cuando el Bidú detuvo a un transeúnte y obtuvo un cigarrillo “nuevo”, aunque nada delató su envidia a los demás.
Sentado sobre el borde del cantero, y haciendo que Garrido le sostenga el pedazo de un espejo, Mendoza aprovechó el resto de agua caliente y unas virutas de jabón, para intentar afeitarse con una antigua maquinita medio desvencijada.
—Te cortás todo Mendoza, mejor dejate así nomás.
—¿Tás loco?, mirá si me muero hoy.
—Rajá de ahí, vos vas a vernos morir a todos.
—Yo ya ví muchos muertos, ahora me toca a mí. Decime, ¿vos sabés lo que hace el gobierno con los que nos morimos en la calle? A la Maruca la metieron en un furgón y ni siquiera me dijeron adónde la llevaban.
—No sé Mendoza, calculo que la habrán llevado a la morgue.
—Ajá, ¿y después? ¿Te parece que nos pondrán en un cajón? El Gitano dice que no, que nos tiran así nomás, todos los del día en una misma fosa.
—Quedate tranquilo, el Gitano habla al pedo.
—Me parecía, ¿cómo no van a ponernos en un cajón? ¿Qué le hace al gobierno un cajón? Aunque sea en uno de cajón de manzanas.
—Más bien, ¿no te acordás cuando se murió el Pollo?
—¿Quién era el Pollo? No me acuerdo, me parece que yo no conocí a ningún Pollo.
Garrido tampoco había conocido a ningún Pollo. De todas formas aclaró:
—Ahh, no, cierto, el Pollo era de la gente con la que yo andaba antes.
Pareciendo aliviarse, Mendoza terminó la afeitada. Guardó cuidadosamente los enseres en su mochila —un agujereado bolsón escolar con un aplique del Pato Donald— e incorporándose con dificultad, se movió hacia un espacio con sol.
Aprovechando que Garrido se había quedado solo, la Chola se acercó.
—A que el viejo poronga anduvo de nuevo preguntando por lo del cajón.
—No Chola, hablábamos de otra cosa.
Escuchándose, Garrido volvió a pensar en que debía desligarse de las costumbres de su mundo anterior, que acá no había lugar para tonterías como la discreción. Y menos para la compasión. Acá lo único importante —reflexionó— tiene que ser arreglárselas uno. ¿De qué me sirve tenerle lástima a este viejo loco, que cualquiera de estos días crepa y capaz que hasta nos trae un quilombo con la cana?, se dijo sin demasiada convicción. La Chola no le dio tiempo para detenerse en estos pensamientos, algo le rondaba y no parecía dispuesta a dejar pasar la oportunidad.
—Che, ¿vos también se la estás dando a la Griselda.
—No Chola, yo no —contestó Garrido secamente.
—Mirá, a mí no me importa, la chica ya es grande y por mí, que haga lo que quiera.
—Yo ya sé que a vos no te importa, así que te lo diría.
—No me jodás Garrido, dejá de hacerte el boludo. La pendeja es hija mía, para ponérsela me tenés que dar algo, todos los demás me dan, ojo con lo que hacés si no querés tener despelote.
Viendo que Griselda se acercaba, la Chola suspendió su negociación y se fue. Garrido sonrió, casi divertido por la huída de la Chola. Se propuso que también debería erradicar la repugnancia que le causaban algunos de los de su género. Y el odio, también el odio. Pensó que eran tantos los sentimientos humanos de los que debería desembarazarse, que le haría falta hacer una lista para no olvidarse de ninguno.
Le gustó ver como Griselda llegaba junto a él, balanceando con gracia su cuerpecito de niña mujer. La vio linda y fresca y volvió a sonreír, pensando en que si la suciedad y los andrajos empezaban a resultarle invisibles, estaba mejorando.
—¿De que te reís? —le preguntó ella con una leve inclinación de cabeza.
—De nada —respondió forzando acritud, mientras continuaba apuntando mentalmente en su lista.
—¿Qué te estaba diciendo la vieja? —preguntó Griselda tomando asiento al lado de Garrido.
—No sé, no le estaba prestando atención.
—No me lo querés decir.
—Pendejita, dejá de hacerte la que te las sabés todas.
—¿Ves?, no me lo querés decir.
—Dejate de joder, qué se yo, tu vieja siempre anda hablando pavadas.
—Sí, pero ahora te estaba diciendo algo que te enojó, se te notaba Varisto, a mí no me embromás.
—“E”...varisto, decilo bien. Y si no, decíme Garrido como todos.
—A mí me sale Varisto.
—Mah sí, decime como querás.
—Yo quiero saber —insistió obcecada la jovencita— , porque la vieja me estuvo preguntando si yo iba con vos. Y a mí no me va a pasar, eso es porque quiere cobrarte. Sabé que no hace falta, yo voy lo mismo, yo voy porque quiero. A más, ninguno le da nada, el único el Laucha, pero no por mí, lo que pasa es que ella va con el bolita, no vayás a decirle nada a Ulrico.
—Dejá de venirme con esos cuentos, ¿a mí qué me importa?
—No, yo te digo porque capaz vos no querés venir conmigo para no tener que darle nada a mi vieja. Y yo quiero que sepás que podés lo mismo.
—Callate Griselda, dejame en paz, no tiene nada que ver, yo no voy porque no quiero, no me hinchés más.
—Entonces, a lo mejor vos le tenés cagazo al Gitano. Te aviso que no pasa nada, ¿no ves que yo me dejo hasta con el Bidú y nunca me jodió? Vos todavía no estabas, pero la primera vez que me bajó, el Gitano dijo que basta que él me desvirgara, después, siempre y cuando no tuviese que esperar turno, podía cualquiera, lo único, me dijo, es que ojo con alguno que no fuese de los nuestros, que a ver si por ahí, se las tomaban conmigo, y que eso sí que no.
Griselda hablaba a borbotones, apenas dándose pausas para tomar aliento. Con un gesto de hastío, Garrido le ordenó silencio. Ella no lo obedeció, casi rogándole, dijo:
—¿Por qué no querés Varisto? Dále, vamos, yo me dejo hacer lo que vos quieras.
—Bueno, basta, me pudriste, rajá de acá —se obligó a replicar Garrido con la mayor brutalidad que pudo.
—Qué jodido sos Varisto, ¿qué te hice yo?
Garrido se la quedó mirando fijamente. La joven le había hablado de modo tan compungido que le dieron ganas de consolarla como si fuera una criatura. Fastidiado, se recordó que debía prohibirse las emociones. Pero cedió.
—Griselda, —arrancó hablando con ternura —a mí me gustaría, si no voy con vos no es por miedo a contagiarme de nada, ni por no tener que darle algo a la Chola, ni por miedo al Gitano, ni por ninguna de la sarta de boludeces que a vos te ocurren.
—¿Y entonces por qué? —preguntó sorprendida la mujercita.
—No sé cómo explicarte —balbuceó Garrido mirándola fijamente.
Griselda necesitó alejarse de esa mirada. Se puso de pie y se marchó con la cabeza gacha. Desde su puesto junto al ombú, el Gitano permanecía observando a toda la pandilla.
La jornada continuó sin que Garrido y Griselda volvieran a cruzar palabra. Y principalmente era la chica, quien como asustada, eludía cualquier encuentro. A Garrido se lo veía serio y reconcentrado, apenas cambiando de posición de vez en cuando, en el mismo lugar donde antes había sostenido la charla con Griselda.
Bastante pasado el mediodía, todos partieron con rumbos diferentes, excepto la Chola y el Bidú, a quienes les tocó quedarse al cuidado de los bártulos y mendigar en la plaza. Como siempre, nadie se preocupó por los perros, los que normalmente —salvo la Chicha y el Capitán que siempre seguían a Griselda— se dispersaban solos para regresar recién al atardecer.
Esta vez, a Estela le costó bastante conseguir que el Polito aceptara ir con ella y no con Griselda a las puertas del mercado, dónde últimamente les había estado yendo bastante bien. El Laucha inició su rutinaria caminata a lo largo de la avenida, había comprobado que cuando se ponía serio al pedir una moneda, más de uno se la entregaba asustado. Envejecido y enfermo, Mendoza ya no estaba para esos trotes, así que consideraba suficiente quedarse tirado en las escalinatas de la iglesia, a la espera de la clientela de viejas viudas o solteronas. El Cabeza se quedó como siempre en la boca del subte, obstaculizando el paso particularmente en los momentos de mucho gentío. Ulrico se anudó varias vueltas de trapos en la pantorrilla y acarreando una muleta, se instaló al lado de la rampa del supermercado grande.
Griselda no se alejó demasiado, se quedó a limosnear en una de las esquinas del parque, aprovechando las detenciones de los coches ante los semáforos. El primero de los conductores que abordó, un gordo al volante de un costoso auto alemán, le sugirió buscarse trabajo de sirvienta. A la segunda vez que le amagaron con un consejo similar, soltó todo el irreverente bagaje de insultos aprendidos en sus años callejeros, abandonó con desánimo la faena y se quedó sentada entre sus perros junto a un umbral.
Desganado, Garrido fue uno de los últimos en partir. Buscando alejarse del bullicio y el tránsito, vagabundeó a lo largo de una treintena de cuadras. Al fin, perdió sus pasos en un intrincado de cortadas y callejuelas, hasta arribar a una plazoleta seca, pequeña y hostil. Se acercó al único habitante del paseo, un anciano sentado a un banco de cemento. Le dirigió unas palabras, a las que el viejo no respondió, aunque hurgó en su bolsillo y le entregó un billete. Garrido cruzó la calle, entró a un almacén, compró un Tetrabrik de vino tinto y retornando a la plaza, se lo bebió de un tirón y se quedó dormido bajo el tibio sol de la siesta.
Recién entonces, el Gitano decidió suspender el acecho.
Con las primeras sombras adueñándose del parque, regresaron uno tras otro. El primero fue el Gitano, quien se encargó de sondear la recaudación de los demás. Algo más tarde, a la hora en que las bolsas de desperdicios comenzaban a poblar las veredas, volvieron a partir, ahora en dos cuadrillas. El Gitano se quedó aguardándolos junto al ombú.
Tras unas dos horas, su requisa comprobó el ínfimo producido de la incursión por la basura. Tal como siempre ocurría, estuvieron un largo rato intercambiando reproches, acusándose de haber estado comiendo cosas en el momento de hallarlas. Al cabo, se alimentaron silenciosamente y emprendieron la marcha hacia su refugio en el portal de la galería.
Bien entrada la noche, cuando parecía que todos ya dormían, Ulrico se escurrió hasta donde yacía Griselda. Quedamente, casi en un susurro, la niña le dijo:
—Hoy no Ulrico, me bajó con mucho y me duele.
El hombre insistió. Ahora Griselda alzó un poco la voz:
—No papá, te digo que hoy no puedo.
Unas risitas ahogadas acompañaron el regreso de Ulrico a su lugar. Al rato, fue el mismísimo Gitano quien lo intentó. Y cuando regresó a su sitio sin lograr su cometido, varios se revolvieron con inquietud. Aunque esta vez, no se escuchó murmullo alguno.
Al día siguiente, Garrido decidió probar suerte alejándose de los sitios habituales. Todos los días el Gitano se las agarraba con alguno, de modo que a Garrido no le despertó ninguna preocupación haber sido interrogado acerca de su plan del día.
En cambio, se sorprendió cuando luego de haber andado casi veinte cuadras, el Capitán y la Chicha se le aparecieron marchando a su lado. Miró hacia atrás y una sonrisa se le dibujó en el rostro. Enseguida, una ráfaga de miedo lo sobrecogió.
Los demás miembros de la bandada repetían en tanto su rutina de mercado, avenidas, bares, super, iglesia o subterráneo. La guardia en el ombú le tocaba a Estela (y consecuentemente, al Polito). Con alivio para la mujer (le resultaba una tarea ardua vigilar las pertenencias con un ojo puesto en el Polito), el Gitano determinó un cambio y se quedó junto al Cabeza. Ninguna voz se alzó para indagar acerca de los motivos, ni siquiera nadie preguntó porqué hacían falta tres ese día.
Una vez que todos habían partido, Estela vio que los dos hombres también se aprestaban a marchar. Amagó una tibia protesta, que naturalmente no fue escuchada.
—¿No te quedabas vos? ¿Qué te pasó? Cómo se ve que el Gitano no te jode y hacés la que se te raja.
—Hacé la tuya y no hinchés las bolas —Secamente, el Cabeza pretendió cortar de plano la requisitoria que le escupió Griselda, ni bien lo descubrió junto a ella y sus dos perros.
—Te aviso algo, ando con la regla y no puedo, así que si es por eso... —Griselda no era de callarse así nomás.
—No tiene nada que ver, para eso va a haber tiempo de sobra.
Molesta, Griselda continuó su recorrida entre los vehículos detenidos por los semáforos. Aunque no por demasiado tiempo, al primer descuido del Cabeza se le desapareció escabulléndose entre dos colectivos.
Tras haberse pasado la noche entera en una búsqueda furiosa, el Gitano y el Cabeza se aparecieron al amanecer trayendo a Griselda. La muchacha los seguía caminando unos pasos atrás, con evidentes signos de haber llorado.
—¿Qué pasó? ¿Dónde se había metido? —le preguntó Ulrico a los hombres.
—Decile a ella que te cuente —respondió el Cabeza.
—Pendeja de mierda, ¿dónde carajo estabas? —la inquirió la Chola zamarreándola por los cabellos.
Griselda se revolvió y empujó a su madre haciéndola trastabillar. La mujer evitó caer y le asestó un golpe con el puño cerrado. Ulrico se interpuso, evitando la intención de Chola de continuar.
—Garrido no volvió —anunció el Bidú.
—Ya sabemos, lo atropelló el tren cerca de Caballito —replicó el Cabeza arrojando un bulto con las cosas que habían pertenecido a Garrido.
—¿Y se murió? —preguntó el Laucha.
—Lo juntaron con cucharita.
Fue el Gitano quien habló, de pie en medio de todos, erguido y con los brazos en jarra, amenazante, como reafirmando su autoridad.
—¿Lo pusieron en un cajón?
La Chola se rió de costado. El Gitano torció el gesto y dudó un momento. Después le contestó a Mendoza:
—Sí, en uno de pino.
Emilio Bertero