el interpretador narrativa

 

El asado de Mabel

Claudia Feld

 

 

 

El viaje empezó mal. El hombre estaba encaprichado con poner su valija en el asiento de adelante y no quería por nada del mundo que fuera al baúl. Era enorme, no me dejaba llegar a la palanca de cambios, cuenta Mabel. Quiero tenerla a la vista, insistía él y Mabel déle explicarle que no había peligro, que la valija no se iba a escapar a ningún lado. Finalmente, el hombre subió al taxi y se acomodó en el asiento de atrás con su equipaje. A Ezeiza, dijo, y Mabel arrancó. 

El tipo era raro, tenía sobretodo negro y un sombrero. ¿Quién usa sombrero?, dice Mabel. Cuenta que lo primero que le llamó la atención, en realidad, fue el sobretodo en pleno diciembre. Y hacía un calor ese día, agrega, pensé que el tipo estaba enfermo.

 

La segunda discusión fue porque él le hizo apagar la radio. Y eso que yo apenas podía escucharla, aclara Mabel. La apagó por no seguir peleándose y pensó: total en veinte minutos me lo saco de encima. Bastante mal humor tenía antes de que el tipo subiera, dice, estuve dando vueltas desde las siete pero ni al loro encontré, parece que la fiesta los había planchado a todos. Comenta que pasó la Nochebuena en lo de sus vecinos y que, aburrida, decidió acostarse temprano para salir a trabajar. Desde hacía varios días venía flojo el laburo, explica, y esa mañana andaba sola por la calle: yo y los perros, hasta que lo vi a ese loco.

 

Después de apagar la radio enfiló por 9 de julio para agarrar la autopista y, ya en la subida, el hombre le dijo: por la autopista no, tome Garay, después Chiclana y vamos por la Riccheri. Ni me gasté en contestar, cuenta Mabel, ¿quería ahorrarse el peaje? Y bueno, que se pusiera con todo para pagarme.

 

El viaje siguió sin novedades hasta que llegaron a un desvío, una calle de tierra que se abría a la derecha. Por ahí, le indicó el pasajero. Ahora me afana, pensó Mabel, y sin embargo le hizo caso. Es verdad que el tipo me estaba llevando para el lado de los tomates, dice, pero no tenía miedo, en eso me dejo guiar por mi instinto.

 

Pare acá, le dijo el del sombrero cuando llegaron a unas casas de madera con techo de chapa. Cortinas de tela, en vez de vidrio, cubrían las ventanas y afuera varios chicos jugaban con un perro. Le tiraban piedras, el perrito trataba de escaparse pero iba rengo y, cuanto más se encogía, más piedras ligaba. Cuando el taxi estacionó los pibes se fueron corriendo. El hombre bajó y levantó al perrito, le agarró la pata enferma: está jodido, dijo, éste no llega a fin de año. ¿Dónde estamos?, preguntó Mabel mirando las puertas torcidas. En el barrio Primavera, respondió el pasajero. Lo increíble, cuenta Mabel, es que enseguida empezó a acercarse gente y todos lo saludaban como si fuera un primo, un amigo, alguien que conocían de hace tiempo. Él se metió en una de las casas con su valija, pero antes preguntó: ¿quiere bajar o esperar en el auto? Espero, dijo Mabel, y dejó el motor encendido por si acaso. Mabel cuenta que el reloj del taxi pasó treinta fichas hasta que el hombre volvió. En el medio, dice, se acercó un ñato en pantalón corto y yo trabé todas las puertas, tenía un mate en la mano. Me pegué un susto, comenta, porque una vez me asaltaron así, me abrieron la puerta y apuntaron, pensé que no la contaba. Me mandan a servirle unos mates, ofreció el desconocido, porque dicen que hace rato está usted esperando. No gracias, interrumpió ella desde adentro del taxi. Bueno, respondió el ñato y se metió otra vez en la casilla. En la puerta de esa casa, una mujer colgaba de una soga remeritas de todos los tamaños, la más chica con los colores de Boca.

 

Cuando volvió el pasajero, ordenó: ahora sí, al aeropuerto. Mire el contador, le avisó Mabel, no vaya a ser que se me asombre al final del viaje. El otro: no se preocupe. Sacó un billete de cien dólares y se lo dio. Era diez veces más de lo que llevaba gastado, cuenta Mabel, le dije guarde eso y me paga el precio justo cuando lleguemos. Es cierto que el tipo estaba loco pero no era para andar abusando.

 

Siguieron por una calle poceada y Mabel preguntó: ¿salgo a la ruta? Vaya por donde quiera, contestó él, ya resolví mis asuntos. Ahora me lo saco de encima, pensó Mabel pero al dejar el camino vieron un carro enganchado a un caballo con una chica haciendo señas. Pare, dijo el hombre, y abrió la puerta del auto. Lo único que falta, pensó Mabel, ahora lo apuñalan y a mí me agarran de rehén para afanar por toda la ciudad. Alcanzó a preguntarle: ¿seguro que quiere bajar? No solamente bajó, cuenta Mabel, sino que se trajo a la piba al taxi. La pobre no se tenía en pie y largaba un olor. Abrí todas las ventanas, él corrió la valija, hizo lugar para la chica y entonces dijo: vamos al dispensario, acá cerca. Dobló por la avenida, pero el hombre mandó: tomemos las paralelas. Como si hubiera paralelas, se rió Mabel, aunque él se conocía todas las callecitas del barrio y terminaron en una casucha bien arreglada con un escudo del Partido de Esteban Echeverría. Hasta acá llega la civilización, pensó Mabel. Y él, como si la escuchara, dijo: no se imagina todo lo que hay debajo de la autopista.

 

Empezaba a cansarme, reventando de calor en el auto y llevándolo a los lugares más mugrientos. Él, para colmo, pretendía darme clase. Escuche, dijo Mabel, si quiere lo alcanzo al aeropuerto, si no, lo dejo acá, pero basta de dar vueltas. La miró de frente como retándola aunque tenía algo dulce en la mirada. Respondió: no la voy a obligar, váyase si quiere, y entró al dispensario con la piba y la valija a cuestas. Estaba por largarlo ahí, cuenta Mabel, pero pensé en el billete de cien dólares, ya había perdido media mañana y no iba a ser tan estúpida de rajar sin cobrar el viaje.

 

Cuando el hombre volvió, Mabel le preguntó a qué hora salía el avión tratando de mostrarse bien dispuesta. Estaba claro que él iba a hacer lo que quisiera, explica Mabel, y que yo no podía sacármelo de encima así nomás. El hombre respondió: no sé, tengo que comprar el pasaje. ¿Al menos sabe a dónde viaja?, comentó Mabel como cachándolo porque creyó que el tipo bromeaba. Pero él, ni una sonrisa: voy a saberlo cuando llegue al aeropuerto. Ahí me di cuenta de que algo raro pasaba. Qué carajo hacía no sé, en tantos años de calle nunca había visto a uno tan rayado.

 

¿Qué tenía la chica?, Mabel cambió de tema. De todo, contestó él, no la van a curar, se muere en doce días. ¿Y para qué la dejó ahí?, preguntó inquieta. Nada que hacer, dijo el hombre, en doce días le toca. Dígame, Mabel perdía la paciencia, ¿usted tiene la bola de cristal?, ¿cómo sabe que la piba va a espichar? El hombre la miró serio pero no dijo nada.

 

Al costado de la ruta había gente en sillas de tela comiendo bajo los árboles. Mabel, mientras tanto, sentía el sol de lleno en el techo del auto. Le sorprendía que el hombre ni por casualidad transpiraba, y eso que iba con el sobretodo y el sombrero. Si tiene tiempo, dijo él, le hago un regalo. No gracias, respondió ella por las dudas. No quería más sorpresas, cuenta Mabel, el único regalo era que el chiflado ése me pagara y se bajara del taxi. Tenía que volver a mi casa, dice, aunque fuera a estar sola mirando la tele, no me daba el cuero para seguir trabajando y eso que necesitaba la guita. El hombre no insistió y anduvieron unos minutos en silencio. Mabel veía el humito que salía de las parrillas, con familias reunidas y chicos jugando alrededor. Suspiró, por un rato se olvidó del pasajero. Pare acá, dijo él. ¿Acá, dónde? preguntó Mabel impaciente. Acá, repitió el hombre, donde están ésos. Pensé que iba a ser cosa de minutos, otros sobrinos para saludar en los bosques de Ezeiza, como los de la villa. Pero no, explica Mabel, el tipo me pidió: baje del auto. Yo estaba tan cansada que salí, me senté en el pasto y pensé que sea lo que sea, una hora más, dos, no importa. Pero ahí, a la sombra de los eucaliptos, empecé a sentirme mejor.

 

El hombre sacó la valija del coche, la abrió y Mabel pudo ver por fin lo que tenía adentro. Una carnicería llevaba el tipo, asado, vacío, chinchulines, no sé cómo entraba tanto ahí, dice Mabel. Para completarla, sacó también carbón y empezó a encender el fuego. ¿Qué hace?, preguntó, y el hombre: el regalo para usted, un asado. Ella no sabía cómo reaccionar. Y él, adivinándole otra vez el pensamiento: era lo que quería, ¿no?

 

Mabel no puede precisar si el asado se hizo enseguida o demoró un rato porque perdió la noción del tiempo. Tenía la sensación de ser de nuevo una nena, dice, todo estaba brillante y fresco. El tipo era un asador experto, sin sacarse el sobretodo ni el sombrero, prendió el fuego e hizo un asado riquísimo: las mollejitas crocantes, el vacío a punto, yo no daba más de comer. No quería tomar vino para poder manejar hasta el aeropuerto, pero el tipo insistió. Mabel asegura que la botella estaba también en la valija. Tómese una copita, dijo el hombre, no le va a pasar nada. Así que hasta vino tomé, cuenta Mabel, y después me tiré un ratito en el pasto, dormí, creo, mientras pensaba que el tipo me iba a afanar el auto. Pero cuando se despertó, el taxi estaba ahí y también el hombre mirando los árboles, muy rígido, con la valija a un costado.

 

Ahora sí tengo que irme, dijo. Ella estaba liviana y despejada, el auto detenido, el reloj apagado. No se preocupe por el precio, observó él, le pago todo el día de trabajo. Y ella, que se sentía buena: no, deje, págueme como un viaje normal al aeropuerto. Y por fin, cuenta Mabel, agarramos la autopista. Bajé al tipo en la zona de embarque, le busqué un carrito para la valija, pero él ni quiso usarlo, decía que no le pesaba el equipaje.

 

Al salir del aeropuerto, la paró la policía. Mabel se asustó por el vaso de vino que había tomado. Documentos, registro, papeles del auto, todo tuvo que mostrarles. Me desplumaron, cuenta Mabel. ¿De dónde sacó estos cien dólares?, le dijeron. Y ella: me los dio el pasajero que acabo de traer. Primero le confiscaron el billete y después la llevaron a la seccional. Toda la noche me tuvieron, cuenta, meta preguntarme cosas, si el tipo vio a alguien, si hizo contactos, si traía armas, quién era el ñato de la villa que me convidaba mate. Yo les conté todo, hasta del asado les hablé, aunque ya no estaba muy segura de si había sido verdad o lo había soñado. Primero me agarraron a los golpes, después se pusieron más suaves, ésta no sabe nada, estamos perdiendo el tiempo. Al final me largaron y, cuando salía, uno con cara de jefe me comenta: te salvaste por un pelo, era peligroso ése que dejaste en Ezeiza. ¿Peligroso?, preguntó ella. Ya a esa altura quedaba claro que no tenía nada que ver con el fulano. Los canas, cuenta Mabel, se miraban entre ellos sin soltar palabra. Andá, volvé a tu casa, sonrieron, todavía alcanzás a brindar para año nuevo.

 

¿Cómo peligroso?, se subió al taxi con la pregunta en la cabeza mientras daba vueltas por las calles repletas de autos. Con lo bien que me trató, pensaba. La ciudad parecía más confusa que el día anterior aunque todo me daba lo mismo, dice Mabel, ni pasajeros quería levantar. Cada vez que lo cuento, me explican que andaba mareada por la impresión, no es para menos, después del interrogatorio con la policía. Pero no creo, concluye Mabel, peores cosas he pasado. Explica que quería quedarse en la calle, encontrar al del sombrero y avisarle que lo buscaban. Era al pedo, agrega, porque él se las había tomado, aunque tardé un buen rato en darme cuenta. Estaba reventada, dice, andando como bola sin manija y hubiera dado cualquier cosa por comer otro asadito bajo los árboles.

 

Mabel está segura de que el hombre va a volver. La villa esa donde fue el tipo, cuenta, la limpiaron. Hubo tiros y todo: parece que no quedó ni uno. Volaron las casillas y aprovecharon para poner un centro comercial. Cada tanto voy por ahí a buscar pasajeros. A veces me parece verlo a él, dice, más que nada en invierno, por el sobretodo oscuro.

 

 

 

Claudia Feld

 

 

 
 
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Imágenes de ilustración:

Margen inferior: Gianfilippo Usellini, Il gelataio (detalle).