el interpretador narrativa
 

Copi

La guerra de los putos 
-versión completa-
por Copi

Traducción: Margarita Martínez

Bajar TXT

 

 

1.- Las escaleras de la Rue André-Antoine

Hablaba con un acento que me pareció al comienzo norteamericano, después español. Su madre me la presentó como Conceiçao do Mundo. Comprendí enseguida que no era una travesti como las demás.
Su madre la ayudó a sacarse una capa de plumas de pavo real que le llegaba hasta los tobillos. Su madre era al mismo tiempo su chofer; volvió a salir con la capa para estacionar el auto. Conceiçao avanzó desnuda, en tacos aguja. Nunca había visto una mujer tan hermosa, aparte de que era un hombre. Poseía una cabellera roja llameante que caía sobre sus ojos de ágata, y la piel mate de las mujeres caribes sobre una nariz apenas negroide. Su boca era carnosa, con labios pintados de naranja; tenía los ojos maquillados a la manera de las negras del sur de los Estados Unidos, con diferentes polvos fluorescentes. Era imberbe. Sus senos eran puntiagudos y firmes. Bronceada, no conservaba ninguna huella del traje de baño. Entre su pelvis tupida y sus piernas divinas pendía la más maravillosa pija del mundo. Tenía la medida de un antebrazo y el grosor del puño cerrado de un niño de doce años. Después de haberse sacado muy pausadamente un largo guante de satén negro, me tendió la mano, que besé bastante intimidado

Es usted Pogo Bedroom? –me preguntó.
–Soy su amigo –respondí sonrojándome– se está preparando.
–Que se apure  –me dijo– no es mi único cliente Pogo Bedroom.
Saqué de mi bolsillo dos billetes de quinientos francos, la suma convenida. Ella no sabía dónde guardarlos, no tenía cartera. Los dobló en cuatro y se los puso en el interior de uno de sus zapatos. Se sentó en el sofá Chesterfield de mi biblioteca, con las piernas abiertas y comiéndose las uñas. Tocaron el timbre; atravesé el living para ir a abrir. Era su madre.
–Se olvidó el látigo en el auto –me dijo su madre– ¿Todavía no comenzó la sesión?
Me preguntaba si debía hacer pasar a la madre o decirle que esperara en el auto. Adivinó mis pensamientos.
–Voy a esperar en la cocina –dijo– me voy a hacer un café.
La precedí en el pasillo. Era una mujer bastante bella, de unos cuarenta años aunque parecía más joven, mestiza de indio o de negro; estaba vestida con un sari anaranjado y un turbante plateado. Le expliqué el funcionamiento de la vieja cafetera a presión que Pogo quería tanto. Me preguntó, riéndose: “¿Se hace meter la cafetera ardiendo en el culo?”. Me pareció chocante.
Pogo era masoquista desde hacía cierto tiempo, le agarraba una o dos veces por mes; conocíamos una red de travestis sádicos bastante simpáticos. En general no había ningún problema: a Pogo le daban latigazos con un cinturón y después lo sodomizaban. Luego yo le pasaba mercurocromo en las nalgas y no hablábamos más del asunto. Esos seres eran feos y sin encanto, y rápidamente los olvidábamos. Pero esta vez yo estaba inquieto. Conceiçao do Mundo era la travesti más seductora que hubiera encontrado jamás. Y encima se presentaba con su madre.
Escuché un grito penetrante. Era la voz de Pogo. Me precipité en la biblioteca, Conceiçao estaba sentada a horcajadas sobre Pogo; le había atado las manos detrás de la espalda y le quemaba los bigotes con un soplete que había sacado Dios sabe de dónde. Me precipité para arrancárselo; la madre me asestó un golpe de karate en la nuca. Me desplomé, atontado a medias, en el Chesterfield. El olor de los bigotes quemados me dio náuseas; ahora le quemaba los pelos del sexo. No se si esa pesadilla duró treinta segundos o tres minutos; recuerdo la risa demoníaca de la madre cuando Conceiçao do Mundo saltaba con sus tacos aguja sobre las costillas de Pogo desvanecido.
Antes de partir, la madre me dio un golpe con la fusta que me abrió la mejilla y la nariz. Corrí a desatar a Pogo. Tenía olor a cerdo asado, quemaduras bastante horribles de ver en los párpados y en los testículos y heridas de los tacos aguja en el vientre. Lo dejé seminconsciente sobre la alfombra y llamé a una ambulancia con dedos temblorosos.
Felizmente, sus heridas sólo eran de segundo grado, pero eso no impidió que estuviera como mínimo una semana en la clínica.
No era ésa nuestra primera experiencia de cohabitación homosexual, pero antes, ni para él ni para mí, la cosa había durado más de algunos meses. Había conocido a Pogo en el FHAR (1) en 1970. Inmediatamente me fasciné por ese joven maricón, norteamericano, musculoso, rubio y de bigotes. Me dejé crecer inmediatamente los bigotes y lo invité a vivir conmigo en mi departamento de Montmartre. Durante diez años seguimos militando, cada vez más relajadamente. Pero habíamos estado juntos en la manifestación de homosexuales de Washington en 1979, por ejemplo, y habíamos contribuido con nuestro bolsillo a la creación de varias publicaciones gays. Pogo estaba en la moda. Hacía una colección por temporada de prêt-à-porter masculino. Soy, lo que es bastante raro para un homosexual, dibujante humorístico. Mi oficio me obliga a frecuentar heterosexuales. De hecho, me siento tan cómodo entre los dibujantes humorísticos como entre los homosexuales; los encuentro iguales en su comportamiento social, aunque los dibujantes humorísticos sean invariablemente feos, yo el primero.
Nos decíamos que si habíamos vivido juntos sin la sombra de una nube era gracias al humor. El humor de Pogo, muy norteamericano, se llevaba de maravillas con el mío. Pasábamos por períodos en donde nuestro lado femenino tomaba la delantera y nos peleábamos como dos conventilleras (2) a propósito de un par de botas mejicanas o de una camisa de seda, pero nuestras reconciliaciones no hacían más que volverse más viriles. El hecho de que se hubiera convertido poco a poco en masoquista no me sorprendió en lo más mínimo. Yo también me había convertido en masoquista al mismo tiempo que él gracias a un bailarín negro de New York que nos inició en ese arte sutilísimo del sexo. Pero Pogo entendía este giro en nuestros vínculos como esencial; adquirió el vicio de pagar, lo cual es absurdo. Hubiéramos podido darnos latigazos y agujerearnos las tetillas con alfileres de gancho entre nosotros sin gastar un centavo, del mismo modo que antes nos culeábamos mutuamente, pero según él, para gozar verdaderamente con el sufrimiento debíamos pagar para convertirnos en esclavos. ¡Es un rasgo de la cultura neoamericana del que mi avaricia, bien francesa, me habría podido dispensar! La culpa no era de Pogo, lo repito, sino de esa diferencia radical entre América y Europa que, a nuestra edad, se convierte en una fosa tan profunda como el océano Atlántico. En tanto que norteamericano, el peso de su cultura hacía de Pogo mi hermano mayor; en tanto que europeo, me sentía con frecuencia una madre que regaña a su bebé que camina en cuatro patas porque pone los dedos en el enchufe, lo que le ocurría con frecuencia, por desgracia. Si es cierto que cada nacionalidad lleva en sí el fantasma de su pena capital, nosotros, los franceses, nos vemos más inclinados a la prudencia y al dolor, y siempre con un carácter ejemplar, como en las fábulas de La Fontaine; los norteamericanos, por el contrario, saben que su moral cambia por lo menos una vez cada diez años. Esto les permite aproximarse a la silla eléctrica solos, como los héroes griegos, seguros de que nadie extraerá de ello una moral, sino apenas una foto para la televisión entre dos spots publicitarios. Y su moral no hace más que convertirse en más sólida.
Era bastante consciente de ello y también de otra cosa: me quería de manera más visceral que yo a él; diría que amaba todo de un modo más animal, incluso la muerte. Yo tenía en ese entonces cuarenta años. Mi militancia homosexual no me impedía ver una cosa de frente: el amor. El acuerdo entre dos seres exige un amplio margen de nobleza, sobre todo cuando se pertenece a dos culturas diferentes. El mimetismo norteamericano, la manera en la cual se disfrazan y piensan al unísono una vez por década, no hace más que ahondar la fosa atlántica. Nosotros, los europeos, continuamos contando el tiempo por siglos. E incluso siendo putos, todos tenemos algo de musulmanes, además de las matemáticas: todos llevamos una Scherezada en el corazón. Cada vez que nos dormimos nos habla al oído. Eso nos hace soñar, incluso si nos dormimos con una pija en el culo. Todas las noches son las Mil y Una. Nunca una buena mujer de las de ahora podría entenderlo, ya que se duermen con el fantasma de su padre, probablemente no mayor que un clítoris. La mujer moderna es una invención norteamericana, no dejo de repetirlo. Sé que mi lenguaje es extraño, pero me impulsa el humor. Hay un humor judío y un humor homosexual, pero nosotros, si se nos llevara a Jerusalén, transformaríamos el Muro de los Lamentos en un meadero y nos haríamos culear por los palestinos.
Esa semana que Pogo pasó en la clínica fue para mí una verdadera pesadilla. El teléfono no dejaba de sonar. Estábamos en pleno verano y la gente esa de la moda preparaba la colección de otoño. Pogo continuaba diseñando en la clínica telas para chalinas, a pesar de sus párpados tumefactos que apenas le permitían entreabrir los ojos. Estaba irreconocible. Ya no podría dejarse crecer el bigote, su labio superior era una llaga; le volvería a crecer muy poco cabello sobre el cráneo y le habían tenido que hacer la ablación de un testículo prácticamente calcinado. El jefe de los médicos quería que hiciéramos la denuncia a cualquier precio, pero Pogo se opuso enérgicamente. Yo estaba de acuerdo. Tan sólo vivir ya implica un riesgo de muerte, sobre todo para un homosexual. Conceiçao do Mundo y su madre eran también víctimas de la sociedad, a igual título que nosotros; ¿íbamos a agregar los horrores de la venganza jurídica? Pogo no quería por nada del mundo que contara a sus socios de la moda la agresión de la que había sido objeto. Yo respondía invariablemente, por teléfono, que estaba pasando unos días en una clínica para hacerse un lifting; una vez que salió, nuestros conocidos se acostumbraron poco a poco a las cicatrices.
Le compré una peluca de cabellos rubios enrulados casi idénticos a los suyos para el día en que le dieron el alta del Hospital norteamericano, y unos inmensos anteojos de sol. Apenas entró en la casa hizo la primera crisis de histeria en nuestras relaciones. Me acusó de haberme divertido viéndolo quemarse vivo, y hasta llegó a arrojar mis originales por la ventana. Me encerré en la biblioteca e hice como que dibujaba a pesar de que las lágrimas me impidieran ver con claridad. “Pogo Bedroom soy yo”, me decía. “Si me mirara en el espejo con el rostro quemado me sentiría tan mal como él, y estamos juntos para lo mejor y lo peor; voy a esperar el momento en el que recupere su verdadera personalidad”. Pero cada vez que intentaba encontrar una idea para un dibujo humorístico, lo que salía de mi pluma era el rostro desfigurado de Pogo. La primera noche de amor fue bastante penosa para ambos; yo cerraba los ojos e intentaba imaginármelo tal como era antes. Consciente del fracaso, corrió al baño e intentó cortarse las venas con una gillette. Para impedírselo, tuve que golpearlo. Rodamos ambos en la bañadera, donde llegué a dominarlo; abrí la canilla y le puse la cabeza debajo del agua fría hasta que se calmó. Le di un somnífero, y cuando finalmente se durmió, estallé en sollozos. Retiré los espejos de la entrada y del baño, y el póster de la biblioteca en donde aparecíamos posando desnudos en el palmar de Marruecos. Terminé durmiéndome sobre el Chesterfield con la ventana abierta.
Me desperté con la salida del sol, temblando de frío, y fui a acurrucarme contra Pogo. Me abrazó. Eso fue quizás, entre nosotros, esa mañana, el verdadero casamiento. Nos juramos no abandonarnos nunca en ninguna circunstancia; lo peor ya había pasado. Y el humor tomó la delantera. El humor y su coraje, ese coraje norteamericano que logró no solamente la conquista del oeste sino también la fuerza eterna de América.
Al despertar, me encontré con una fuente de cerezas al aguardiente, pop corn y huevos con tocino sobre la almohada. Era la primera vez que me llevaba el desayuno a la cama. Había escondido su rostro detrás de una toalla anudada como si fuera un chador. Estallé de risa; me hizo cosquillas en la planta de los pies y las axilas y nos revolcamos en la cama, volcando la bandeja del desayuno sobre las sábanas; fui a ducharme mientras él pasaba la aspiradora en la alfombra de la habitación, cubierta de pop corn.
Desde el primer día mostró su coraje yendo a hacer las compras solo a la Rue Lepic, en donde la noticia de la agresión se había extendido. Conceiçao do Mundo y madre eran muy conocidas en el barrio. No eran madre e hija, sino dos travestis brasileñas que hacían la calle por las noches en el mercado, tendidas sobre los mostradores de pescados de la esquina de la Rue des Abbesses. Tenían una clientela cada vez más viciosa. La que yo había creído la madre se hacía llamar Vinicia da Luna. Tenía una especialidad repugnante: sodomizaba a sus clientes introduciéndoles en el recto vísceras que sacaba de los tachos de basura. Nadie había hecho todavía la denuncia porque nunca robaban una billetera, y cobraban por anticipado. Vivían en la parte alta de la Rue des Martyrs, en lo de un maricón maso al que ataban con una cadena al pie de la cama y al que no dejaban nunca salir, obligándolo a hacer sus necesidades y a comer en un mismo recipiente. Pogo me contó todo esto muy excitado, mientras vaciaba el contenido del carrito de supermercado en la heladera; yo mientras me hacía un Nescafé entre dos dibujos.
–Esto se ha convertido en algo peor que New York –continuaba con su mejor acento neoyorquino– ¡los travestis brasileños invadieron Pigalle! Se dicen miembros de una escuela de samba, “As Mulatas de Fogo”, célebre en Río, pero de hecho se trata de una banda de cangaceiros del nordeste brasileño que desembarcaron en París con pasaportes falsos. Son más de cincuenta.
No creí ni una palabra, pero para asegurarme llamé por teléfono al amigo de uno de mis antiguos amigos que tiene vínculos con la policía (3) de la circunscripción XVIII, Jean-Jacques. Me dijo que había oído hablar de una banda de travestis marroquíes, pero que no creía que fueran brasileños. “En todo caso –me dijo Jean-Jacques– ya no es posible salir de noche por el barrio. El sábado pasado, una compañera mía jugaba al flipper en la plaza Blanche, y bien, ¡le arrancaron la cartera! En cuanto a los brasileños, me voy a informar”.
Me volvió a llamar una media hora más tarde. ¡Era verdad! Travestis brasileños habían tomado una casa en los altos de la Rue Trois-Frères. No se trataba de cincuenta, como se decía en la Rue Lepic, pero eran una buena veintena. Jean-Jacques estaba tan indignado como nosotros. Decidimos una reunión de militantes homosexuales de la circunscripción XVIII en nuestra casa esa misma noche. Comparamos nuestras listas: no éramos numerosos y la mayor parte estaba de vacaciones.
–¡Aprovechan el mes de agosto, esas sucias basuras! –gritó Jean-Jacques– ¡me importa un comino que ataquen a sus clientes en las puertas de los garages, pero nosotros, incluso si pagamos, estamos en nuestra casa! ¡O vamos a terminar todas quemadas como Juana de Arco, entonces!
Pogo volvió a salir a comprar pan cortado en rebanadas, diez latas de atún desmenuzado y un frasco de mayonesa. Cada uno traería una botella. Nos volvimos a encontrar catorce; cada uno había llegado con su compañero y dos botellas. Hice una gigantesca paella al atún mientras discutíamos. Comenzamos por contarnos los últimos crímenes homosexuales, unos más atroces que los otros. En los países musulmanes, nos cortaban las manos; en América Latina, se nos despellejaba y se nos entregaba, todavía vivos, como pasto para los cóndores. No habíamos llegado a tanto en el barrio, pero ya había elementos como para inquietarse. Jean-Jacques contó una vez más la historia de su compañera, a la que habían arrancado la cartera mientras jugaba al flipper, pero no era nada al lado de lo que nos había pasado a nosotros.
Mientras Pogo batía la mayonesa, decidimos redactar un comunicado para los diarios, pero el asunto terminó mal; comenzaron a tratarse de marxistas y de fascistas entre ellos; los hice reír haciéndoles notar que cada pareja de homosexuales está formada por un marxista y un fascista, y no por un hombre y una mujer. Finalmente, nos pusimos de acuerdo para no politizar el incidente, y pasamos a la paella. Por una vez, había tenido éxito; estaba exquisita. Se hicieron las bromas habituales, aunque sin vuelo. Lo que más nos divierte es contar historias de travestis, pero no nos permitimos reírnos de los travestis brasileños, a pesar de ser un tema de oro, a causa de Pogo, cuyo rostro desfigurado en la cabecera nos remitía a una realidad demasiado cruel. En el momento en que servía la crema al caramelo, Pogo se quebró. Atravesó la ventana y lo atrapé casi en el vacío ayudado por Jean-Jacques. Fue una escena atroz. Su peluca había caído en la cuneta, tres pisos más abajo; lo dominamos sobre la mesa, en medio de las sobras; vomitó la paella, se apoderó del cuchillo para el queso con el objeto de intentar cortarse la garganta. El amigo de Jean-Jacques, que es médico y vive en el inmueble contiguo, corrió a buscar su botiquín, donde guardaba algunos gramos de morfina. Lo extendimos sobre la cama. Mientras que Jean-Jacques lo consolaba, volví al salón; nuestros amigos estaban trastornados. Jean-Jacques llegó desde la habitación, haciéndonos signos de que nos calláramos.
–Se calmó –dijo con voz apagada.
De golpe, un barullo infernal nos llegó desde la calle. Todos nos precipitamos a la ventana. Vivíamos en la parte baja de las escaleras de la Rue André-Antoine. ¡No eran treinta ni cincuenta, como habíamos creído, sino al menos un centenar! Bajaban las escaleras vestidos como en el carnaval de Río. La mayor parte era mulata, los más viejos, negros como el betún. A la cabeza, Conceiçao do Mundo no tenía nada que envidiar a Carmen Miranda. No un ananá sino tres en la cabeza, más un racimo de bananas que probablemente había robado en el mercado, y al menos treinta metros de tafeta dorada en el vestido cuya cola estaba sostenida por seis negras más macizas que Pelé. Jean-Jacques, que conocía muy bien el carnaval de Río (es sociólogo), nos explicó el sentido de la ceremonia. Los dos diablos que estaban uno a cada lado de Conceiçao do Mundo representaban a Cosme y Damiao, dos divinidades de la macumba, semihermanos hermafroditas que encarnaban respectivamente la crueldad y la fealdad del mundo. Llevaban ambos una larga cola de tela roja a la que habían atado cacerolas que hacían un ruido infernal cuando bajaban las escaleras. Detrás de los diablos venían las amazonas; eran una veintena, en filas cerradas, llevaban arcos y flechas, y estaban vestidas con pieles de caballo anudadas alrededor del cuerpo con gruesas cuerdas que descubrían un único seno. Llevaban plumas de todos los colores trenzadas en los cabellos. Detrás de ellas venían sus “madres” (es una expresión de la macumba), viejos negros más negros y viejos unos que otros, vestidos con túnicas blancas, con cadenas en los puños y tobillos. La Madre Superiora, que a la sazón era Vinicia, madre ficticia de Conceiçao do Mundo, y también reina de la Luna, puesto que estaba vestida con un abrigo de piel plateado y alas de vampiro, tenía en el puño la fusta de la que yo mismo había sido víctima. La usaba para dar latigazos de manera salvaje a las madres y amazonas, que lanzaban lamentos que partían el corazón. Conceiçao do Mundo, con voz de tenor, entonaba una samba endiablada, acompañándose con un par de maracas enormes. Jean-Jacques nos tradujo la canción del brasileño (4) casi entera:

A aquel que no ama la samba
Hay que quemarlo.
A aquel que ama el amor
Es un sucio marica (bicha de merda) 
A aquel que se refriega los ojos
Hay que arrancárselos
(y  repetían todos, en coro, “bicha de merda”)

A aquel que toma al diablo
Por la cola, es un dios canceroso
Y hay que destriparlo

Y así seguía.

–¡Pero es inaudito! –gritó Jean-Jacques– ¡Y todo esto baja desde la plaza de las Abbesses (5)!
Lo hice callar. Muy raramente me pasó en la vida el experimentar una emoción estética, y así ocurre entre la mayor parte de los humoristas. Pero ningún dibujante habría osado imaginar esto; sentíamos que la ceremonia provenía desde el fondo de las edades, antes de que el hombre se convirtiera en hombre, y la mujer en mujer.
Conceiçao se detuvo en lo alto de la escalera y su madre la desvistió lentamente. Las amazonas montaron a horcajadas sobre sus madres, que relinchaban como caballos enloquecidos, bailando de manera cada vez más frenética. Habían dispuesto, de ambos lados de la escalera, filas de tachos de basura que habían llenado de nafta, y a los que más tarde prendieron fuego. Los dos diablos se daban latigazos entre ellos con sus inmensas colas rojas, las amazonas abrían las túnicas de las madres a cuchilladas limpias, pero lo más alucinante no había llegado todavía: unos diez de ellos, los más hermosos y jóvenes, llegaron, tomándose de la cintura, desde lo alto de las escaleras. Estaban vestidos, y no miento, con carne. Uno llevaba un collar de tripas anudado alrededor del cuello, y nada más; otro se había hecho un sombrero con una pavita; algunos llevaban vísceras verdaderamente repugnantes; uno se había hecho una suerte de corpiño de plástico que rebosaba de bofe e hígado, otro tenía un conejo despellejado entre los dientes.
Conceiçao do Mundo permaneció inmóvil en lo alto de la escalera, con las piernas abiertas, los cabellos sobre el rostro, y sosteniendo, en sus brazos, un atún inmenso. Cantaba:

Si el hombre no es un pez
La mujer es una sirena
Si el agua del océano comenzara a hervir
Cambiaríamos
De concepción de mundo

Las madres lamían los cuerpos de los jóvenes negros cubiertos de vísceras, y las amazonas daban latigazos a todo el mundo a cadenazos de bicicleta.

Si yo no fuera hombre,
¡el hombre no sería una mujer!

Y todo el mundo cantaba:

Conceiçao do Mundo
¡Rainha do Ceu y do Inferno!

Su madre le chupaba el sexo, cuyo tamaño había pasado a ser el de mi brazo. Los jóvenes efebos negros la frotaban con restos de carne, mientras quemaban el atún en un tacho de basura; el humo llegaba hasta nosotros.
–¿Pero viste esa pija? –gritó Jean-Jacques.
Corrió a buscar los binoculares. Éramos catorce maricas de bigotes balanceándonos en la ventana, pasándonos los binoculares. Conceiçao do Mundo, en trance, eyaculó en la boca de su madre, lanzando aullidos que espantaron a las palomas.
Un patrullero llegaba por la Rue des Abbesses. Las Amazonas huyeron en desbandada, abandonando los tachos de basura en llamas que obstaculizaban la escalera. Llegaron los bomberos. Cerramos los postigos; la prudencia del militante tomó la delantera.
–Hay que saber quiénes son y qué pretenden –dijo Jean-Jacques– Hace una eternidad que vamos a los países del tercer mundo para hacernos culear por gente como ésta, entonces, por una vez que los encontramos en el barrio, ¡no se los vamos a entregar a la cana! ¡No militamos diez años para llegar a esto!
Pero no podíamos vivir en el terror. La cana los había espantado, los bomberos ponían fin al incendio de los tachos; hacían rodar los restos del atún y de las vísceras a manguerazos limpios desde lo alto de las escaleras.
–¿Pero quién nos asegura –decía muy apropiadamente Jean-Jacques– que esta misma noche, si bajamos a los meaderos de la plaza Abbesses, no vamos a terminar calcinadas al soplete, atadas a la entrada del metro?
–Sólo tenemos que constituirnos en nuestra propia fuerza del orden –dijo Gontran, el amigo médico de Jean-Jacques– ¡como en Estados Unidos!
–¡Pero es ridículo, no vamos a ir todas juntas de levante a los baños a horas fijas!
Estallamos de risa, nos pasamos un porro de la mejor brasileña.
–¡Hay que decir que nunca vi una pija así en mi vida!
–¡Había jóvenes soberbios!
–¿Viste al que tenía un pollo en el slip?
–¡Ah, y los diablos, qué excitantes eran!
–¡Y las amazonas, entonces! ¿Cómo hacen para hacer que les crezca un solo seno?
–¡Se cortan el otro!
–¿Qué?
–¡Las indígenas se cortan el seno derecho para tirar con el arco!
–¿Pero qué son, negras o indígenas?
–¡Las dos cosas! ¡Pero los indígenas son de origen asiático!
–¿Qué?
Había un putito que no sabía decir otra que “qué”, parecía un pato. (6)
–No, pero es increíble, ¿se hacen prótesis de parafina en un solo seno?
–¡Se inyectan parafina incluso en los muslos!
–¿Qué?
Me había olvidado de que era el cumpleaños de Jean-Jacques. Fui a buscar el champagne y los saladitos. Al pasar, entré en la habitación en puntas de pie para ver cómo estaba Pogo. Gracias a la luz que llegaba del pasillo, lo vi ovillado entre las sábanas de las que sólo sobresalía su rostro deformado; le habíamos administrado tres gramos de morfina y no se despertaría hasta el día siguiente. Me pregunté si no debía llamar a San Francisco para contarle a su madre el accidente, pero era un asunto delicado. Su madre y yo nos detestábamos, ella me acusaba sin cesar de ser el culpable de la homosexualidad de Pogo, aunque la última vez que había venido a pasar sus vacaciones en Europa nos había regalado un cubrecamas en patchwork hecho por ella misma. La madre de Pogo era de origen esquimal, de Alaska; “Pogo”, en esquimal, quiere decir “el Inmortal”. Bedroom era el apellido de su padre, un cazador de focas ruso, no se sabe demasiado por qué. Su madre es el ser más insoportable que me haya cruzado en la vida, y mitómana además. Al abrir la heladera, rompí la botella de champagne que estaba mal ubicada en el freezer. En ese momento escuché un ruido de vidrios rotos en el salón; corrí dejando la heladera abierta. Todos los putos estaban sobre las sillas y gritaban como locas. En el medio de mi alfombra persa, un espectáculo alucinante: una rata tan grande como un gato, atada a un adoquín con ayuda de un alambre, a medias calcinada, lanzaba gritos de agonía. La habían arrojado contra la ventana, rompiendo los vidrios. Escuchamos una explosión formidable en la biblioteca. Habían arrojado una bomba Molotov sobre mi mesa de dibujo; mis originales se habían prendido fuego en los estantes; nos precipitamos a la cocina para buscar baldes, pero sólo teníamos dos; llenamos todas las cacerolas en la ducha; alcanzamos a dominar el incendio, pero dos paneles de la biblioteca estaban destruidos. La rata continuaba chillando en el salón; la desatamos del adoquín y la volvimos a dejar en la escalera.
Eran las seis de la mañana; los otros putos se retiraron, estaban agotados. Jean-Jacques y yo nos quedamos poniendo un poco de orden. Finalmente nos acodamos en la ventana, mojados y cubiertos de cenizas.
La cana y los bomberos se habían ido. Ya no había diferencia entre mi departamento y la calle. Se podría haber dicho que habíamos sido víctimas de un bombardeo durante la última guerra. Comenzaba a clarear.
–¿Nos fumamos el último porro? –preguntó Jean-Jacques.
Mientras lo armaba, me fui a preparar un Nescafé bien fuerte. Cuando abrí la puerta de la cocina, el olor a gas me hizo retroceder. Corrí hacia la entrada a cortar la llave de paso general, pero era demasiado tarde: Pogo estaba muerto con la cabeza en el horno. Fue por pura casualidad si una chispa del incendio no había alcanzado la nube de gas; todo el inmueble habría podido saltar.
Había dejado unas palabras en la heladera, borroneadas sobre un Kleenex: “I love you”. Había muerto sentado y en tailleur. Nos costó ponerlo de pie para recostarlo sobre la cama. Mientras llamaba a la madre de Pogo a San Francisco, el amigo de Jean-Jacques, Gontran, redactaba la partida de defunción.
La madre se tomó el asunto con bastante frialdad, me pidió que le enviara su parte de la herencia junto con las cenizas de Pogo para enterrarlo en Alaska. Jean-Jacques se ocupó de todo. Me fui algunos días a Berry a lo de mi madre, mientras rehacían mi biblioteca. Decidimos no hacer la denuncia antes de tomar una decisión en común entre los militantes homosexuales. La mayor parte estaba de vacaciones en lo de sus padres o en Baule; los que no tenían padres habían alquilado ahí una casa enorme frente al mar. Durante esa semana creí volverme loco; felizmente tenía a mi madre cerca de mí. Me consolaba, acariciándome los cabellos.
–Después de cierto tiempo uno se olvida de que es viuda –me decía– ¡todavía sos joven!
Pero yo no contaba con rehacer mi vida. O al menos no en lo inmediato.
–Es Jean-Jacques por teléfono –me dijo mi madre.
Los militantes homosexuales de la circunscripción XVIII habían rehecho el departamento por completo pagándolo de su bolsillo, aprovechando las vacaciones de mediados de agosto. Habían puesto el comedor donde estaba la biblioteca, lo que quedaba de la biblioteca en la entrada, y el dormitorio en el salón. Habían vuelto a pintar todo de blanco y habían puesto geranios en las ventanas para despistarme. Me esperaban esa misma noche y organizaban una suerte de fiesta de bienvenida.
Me despedí de mi madre. Yo lloraba; ella hizo como si no se diera cuenta. Me acompañó en taxi hasta la estación. En el taxi, me desahogué. Ya no sabía qué hacer de mi vida después de la muerte de Pogo. Papá se había suicidado, de acuerdo, pero no en las mismas circunstancias. Papá se había arruinado y eso no había manera de arreglarlo. Pero en cuanto a Pogo, lo que estaba en cuestión era mi conciencia de homosexual, no era un asunto de dinero. Mi madre no me escuchaba; yo enjuagaba mis lágrimas. El tren estaba retrasado y tomamos dos Coca-Cola en el bar mientras el taxi esperaba. Comprendí que había incomodado a mi madre, que me hablaba de los pulgones de sus rosales.
El tren estaba repleto; era la vuelta de las vacaciones, y tuve que viajar parado. Al llegar a la estación de Austerlitz, Jean-Jacques me esperaba en el andén con un ramo de violetas. Había venido con su enorme moto; me senté detrás sobre mi valija y tuve que disfrazarme con un casco. Mientras pasaba a toda velocidad los semáforos (7), Jean-Jacques gritaba a los cuatro vientos:
–¡Ya está, los sádicos brasileños están presos! ¡El gobierno brasileño pidió su extradición! ¡Habían hecho explotar un estadio en Río durante un campeonato mundial de fútbol! ¡Lo que es una cagada es que la mayor parte son prófugos de los campos de concentración para homosexuales de Rio Grande do Sul! ¡Si los vuelven a llevar allá, van a ser ejecutados!
–¿Y Conceiçao do Mundo?- pregunté.
–¡Desparecida! Hicieron una redada en el barrio, encontraron a la madre pero no a ella. La madre es una criminal peligrosa, ex–miembro de las Brigadas de la Muerte. Se la buscaba en Brasil por varios crímenes rituales de homosexuales. ¿Y sabés qué es lo más raro? ¿Sabés que edad tiene ella, Conceiçao? ¡Catorce años!
No daba crédito a mis oídos.
–¿Pero qué se hizo de ella?
–¡Se volatilizó en París!
Llegamos a mi casa y Jean-Jacques estacionó la moto.
–¿Catorce años? ¡No es posible, con tremenda pija! ¿Y los pechos?
–¡En ese país son adultos a los doce!
Todos los militantes homosexuales de la circunscripción XVIII me esperaban en casa con una sonrisa congelada. No reconocí mi departamento; habían derribado el muro entre la biblioteca y el comedor y habían instalado luces bajas un poco en todas partes. Éramos trece en la mesa y comimos en silencio. A la hora del café, todo el mundo se puso a hablar al mismo tiempo. Yo no los escuchaba. Toda mi atención estaba focalizada en la cortina de la ventana. Se movía empujada por el viento; me imaginé que alguien estaba escondido detrás. Tomé un cuchillo y me precipité para apuñalar a la cortina. Michou, el ex marido del amigo de Jean-Jacques, estaba allí. Es un psiquiatra joven que se opuso a que me internaran. Mi delirio duró cuatro días. Se turnaron en mi cabecera, me dieron inyecciones antialucinatorias. El rostro calcinado de Pogo me obsesionaba al punto de verlo dibujado incluso en mis huellas digitales. Cuando recuperé la razón, mi madre y Jean-Jacques estaban junto a mi cabecera.
–Felizmente te despertaste –me dijo mi madre–, estaba a punto de abandonarte.
Me besó en la frente. Jean-Jacques la acompañó, los escuché discutir largamente en la entrada; volví a caer en el sueño.
Me desperté tarde en la noche; sobre la cabecera, una nota de Jean-Jacques: “Llamame a cualquier hora. Te dejé Nescafé listo en la bandeja, solamente tenés que calentar el agua” Me paré; mis piernas apenas me sostenían. Había luz en la cocina; fui lentamente, apoyándome en las paredes del pasillo. Sobre la mesa me habían dejado incluso dos brioches y una banana. Puse agua a hervir; una puerta chirriaba; creí que era en el piso de arriba. Pero era la puerta de entrada. Jean-Jacques debía haber olvidado cerrarla al salir. Tuve la impresión de escuchar una respiración en el salón; era el ruido del viento, la ventana había quedado abierta. Volví a la cocina, el agua hervía. La vertí sobre el Nescafé y apagué el gas. Esta vez era claro: alguien respiraba detrás de mí. “Es mi paranoia”, me dije. “Ya se me va a pasar, no vale ni siquiera la pena llamar a Jean-Jacques”. Fui a leer algunas páginas de Colette a la biblioteca antes de acostarme.
Estaba entredormido en el Chersterfield cuando algo me hizo cosquillas en la oreja. Un insecto, seguramente. Apagué la luz y me dirigí a la habitación. En la penumbra, reconocí primer la capa de plumas de pavo real. Cubría totalmente la cama. Conceiçao do Mundo hacía como que dormía, chupándose el pulgar. No podía tener, en efecto, más de catorce años. Bostezó y se dio vuelta, poniendo en evidencia su culo divino y dejando que la pija le sobresaliera entre los muslos. Me volví en puntas de pie a buscar el revólver que me había prestado Jean-Jacques y que había escondido en un cajón del escritorio. Revolví todos los cajones y no lo encontré. Estaba en uno de los estantes descargado, con las seis balas al lado. Lo volví a cargar y me lo guardé en el bolsillo de la bata. Me aseguré de que nadie se ocultara ni en la entrada ni en el armario de las escobas; volví a la habitación.
Conceiçao do Mundo se acariciaba la enorme pija con ambas manos; me miraba con una sonrisa que quería ser perversa, pero que era de una ingenuidad encantadora. Encendí la araña, se tapó los ojos y lanzó un grito.
–¡Oh, no, luz no, por favor, tomé ácido!
Apagué la luz y dejé solamente iluminado el pasillo. Lloraba como un bebé; comprendí que había tomado una droga muy fuerte. Fui a buscar un vaso de leche. Bebió como si estuviera tomando la teta, aferrada a mi cuerpo. Su olor me embriagó. Le acaricié la espalda mientras dejaba el vaso vacío sobre la mesa de luz. Escondió la cabeza en mi bata y me inundó de lágrimas los pelos del pecho. Le lamí las lágrimas, deliciosamente saladas, y luego descendí hasta los senos, que mordisquee. Me empujó la cabeza hasta la pija, pero yo no estaba acostumbrado; me introdujo el glande en la boca, me asfixié y me puse a toser. Me levantó de los cabellos y pegó sus labios a los míos. Yo estaba en el colmo de la excitación.
–Andá a buscar la mostaza –murmuró.
Fui a buscar un frasco de mostaza a la heladera; me untó bien el ano antes de penetrarme. No era la primera vez que me dejaba culear, pero nunca por una pija de ese tamaño. ¡Sabía lo que hacía para tener catorce años! Y puedo decir que nunca, nunca en mi vida, había experimentado tanto placer. El placer es como el nacimiento o como la muerte, nos ocurre una sola vez, pero al nacimiento lo olvidamos y a la muerte la ignoramos; el placer es ese único instante de éxtasis cuyo recuerdo o ilusión nos mantiene vivos. Nos ocurre solamente una vez. El resto de la existencia, antes y después, solamente es una reflexión sobre el tema. Es ridículo pero es así, para los putos y para los demás. Creemos amar a una sola persona pero de hecho solamente amamos ese flash de placer, quizás como los católicos aman la crucifixión de Cristo. Pero no sería el primero en arrojar una piedra sobre los masoquistas.
Me dejé hacer sin miedo; era consciente de que Conceiçao estaba drogada, no importa en qué momento podía matarla, tenía mi revólver en el bolsillo de la bata al alcance de la mano. Me untó con miel de la cabeza a los pies y fue a buscar un cepillo al baño; me frotó de arriba a abajo y me ordenó maullar. Yo no maullaba lo suficientemente fuerte, me dio una bofetada, me ordenó maullar como una gata en celo; obedecí. Entonces despanzurró un almohadón y me cubrió de plumas que quedaron pegadas a la miel.
–¡Hacé como que sos una gallina!
Cacaree. Me ordenó poner un huevo. Me senté en el inodoro, me apretó la cabeza entre las rodillas. Me sentía en el colmo de la humillación. Me hizo tomar una ducha fría mientras me daba latigazos con un cinturón, antes de atarme a la pata del Chesterfield con la correa del antiguo caniche de Pogo en el cuello; ahí me quedé, temblando de frío con la ventana abierta, mientras ella dormía en mi cama, envuelta en su capa de plumas de pavo real.
Cuando la escuché roncar, me atreví a sentarme en el Chesterfield. Alguien estaba sentado en mi escritorio. Se dio vuelta y encendió un cigarrillo. Era su madre, Vinicia da Luna. Estaba vestida de hombre, con un traje gris impecable y un sombrero panamá.
–No soy su madre –me dijo con mucho acento, pero pronunciando con mucha lentitud– soy su padre. Puede usted desatarse y ponerse la bata, se va a agarrar una neumonía. Sé que tiene un revólver escondido en el bolsillo de su bata, pero está descargado.
Me ofreció un cigarrillo, que rechacé. La luz de la luna que entraba por la ventana dejaba en evidencia sus rasgos; parecía un viejo asesino asiático de una película de Hollywood. Es el hombre que más miedo me dio en toda la vida.
–¿Conoce usted la macumba?
Solamente conocía lo que había leído en los folletos de los charters París-Río.
–Conceiçao do Mundo quiere decir Concepción del Mundo. Sólo nace una por milenio. ¡Y va a reinar en el año dos mil!
Me di cuenta de que era un loco peligroso; acepté uno de sus cigarrillos y le ofrecí una copa de oporto. Se sacó su panamá. Tenía los cabellos afeitados y tatuajes de todos colores en el cráneo. Prendió mi lámpara de dibujo, me aproximé. Su cráneo era un patchwork de injertos de cuero de diferentes colores cosidos unos con otros.
–Soy un brujo del Amazonas, me dijo. Conceiçao es hija de un viejo linaje que se manifiesta una vez cada mil años; es la hermafrodita perfecta, la flor y nata de las obras de arte de la naturaleza.
Siguió un silencio. Se concentraba, aspiraba su habano.
–Usted es un buen hombre, se la dejo en custodia. Nuestra secta pasa por un mal período –agregó, frunciendo el entrecejo y mamando su cigarro.– Muchos de los nuestros están en prisión. Para los catorce años de Conceiçao, incendiamos un estadio de fútbol; el gobierno brasileño se las agarró contra nosotros. Nos queman en la plaza pública en Porto Alegre.
Se me escapó una pregunta muy francesa:
–¿Pero por qué son incendiarios?
–Adoramos al sol- me respondió estúpidamente.
Sacó de su bolsillo un diamante grande como un puño. A la luz de la luna, producía reflejos en toda la habitación como una bola giratoria de discoteca.
–Me permito regalarle este diamante.
–¿Para agradecerme qué?
–Para agradecerle que adore a Conceiçao do Mundo.
–¿Y a usted qué le hace pensar que yo la adoro?
Arrojó su cigarro por la ventana.
–Todo el mundo la adora.
–¡Mi educación me impide adorar lo que sea!
Se rió discretamente.
–Siempre puede usted cambiar de religión –me dijo–. Hasta hoy, usted adoraba a un dios norteamericano; pereció por el gas y por el fuego. Hoy adora a un dios hermafrodita venido desde el fondo de las edades.
–Si usted llama a eso un dios hermafrodita, ¡de acuerdo! ¡Pero no quiero saber nada con su diamante! ¡Lo único que tiene que hacer es agarrar a su hijo e irse, incluso si es su hija!
Se quedó un momento en suspenso.
–Le pido perdón –dijo humildemente.– Me equivoqué de persona, yo a usted lo creía bueno.
Fue a la habitación a despertar a Conceiçao. Los escuché hablar en una lengua extranjera sin comprender una palabra: por precaución, fui a tomar un cuchillo para cortar verduras que escondí en el bolsillo de mi bata antes de volver a sentarme en el Chesterfield. Conceiçao llegó bañada en lágrimas, completamente desnuda. Se aferró a mis rodillas.
–¡Papá dice que usted ya no me quiere!
Sollozaba. Le acaricié los cabellos. El padre o la madre –no lo voy a saber nunca- sonreía con todos sus dientes amarillos camino a la puerta.
–¡Feliz noche de amor! –dijo.
Depositó el enorme diamante sobre el televisor antes de dejar el departamento. Lo escuché reír a carcajadas en la escalera; fui a correr el cerrojo. Conceiçao tiritaba en el Chesterfield. Tenía frío y fui a buscar la capa de plumas de pavo real. Me abrazó.
–¡Tengo miedo del infierno! ¡Mi padre es el Demonio!
Le besé la frente perlada de sudor.
–Quedate conmigo –supliqué–. Me importa un comino que tu padre sea el Demonio, te voy a proteger incluso de él.
Tuvimos una erección. Le lamí primero la pija, después los huevos, luego abismé mi hocico entre los muslos. Dios santo, ¡era un verdadero hermafrodita! Entre los huevos y el ano, tenía un sexo de mujer que no habría sospechado. Mojé en él mis bigotes y ella maulló, toda temblorosa. Nunca había penetrado a una mujer, y nunca hubiera podido imaginar la naturaleza de semejante placer; me parecía renacer, no sabía incluso si era un pez o un mamífero. Nunca había sospechado que se pudiera sentir en el pene la emoción de un navegante solitario que descubre la isla de sus sueños. El culo te aprieta la pija, hay que luchar para agrandarlo, pero una concha de mujer te envuelve, te ama, es tu madre, o al menos, la madre de tus sueños.
Gozamos durante largo tiempo. Yo lloraba de alegría. Eyaculó al mismo tiempo que yo. Le chupé el esperma, sobre los senos, y luego lamí las lágrimas sobre sus mejillas. Nos abrazamos muy fuerte.
–¡Mi padre me quiere cortar la pija –me murmuró al oído– ¡pero yo quiero conservar todo, yo nací así!
Me contó en el Chesterfield cosas que me hicieron erizar los cabellos de la nuca: había nacido hermafrodita en una tribu amazona. Su madre, aunque también madre de dieciocho niños normales, fue castigada con un suplicio atroz: le cortaron los senos y le cosieron los labios vaginales; huyó y pasó el resto de su vida en una tribu de simios. Conceiçao fue vendida a un circo de monstruos por algunas monedas de cobre; pasó la más tierna infancia en una jaula, en compañía de una negra cubierta de pelos que tenía ocho pezones y de una cabra blanca banal, animal que en la jungla era fabuloso. El circo era itinerante, recorría el Amazonas al azar de las sequías e inundaciones. Cuando tenía apenas cinco años la ataban a la entrada del circo para atraer a los espectadores; al final de la función, se hacía una rifa entre los indígenas y era ofrecida al ganador. A veces era una tribu entera la que ponía plata para comprar un único número. Le pasó ser torturada durante toda una noche por una familia de jíbaros completa. Me mostró cicatrices de quemaduras en los muslos que yo besé, llorando de amor. El que se hacía llamar indistintamente Vinicio o Vinicia da Luna la había comprado al circo hacía apenas un año. Pertenecía a una banda absolutamente odiosa: ¡compraban menores hermafroditas en el tercer mundo para hacerlos trabajar en Pigalle! Conceiçao se durmió sobre el Chesterfield, chupándose el pulgar, después de haber bebido un vaso de leche; la cubrí con la capa de plumas de pavo real y me fui a la habitación a llamar por teléfono a Jean-Jacques. Eran las seis de la mañana y lo desperté.
–¿Tomaste el Nescafé y los somníferos? –bostezó.
Le conté los últimos acontecimientos. Creyó que todavía era víctima de una alucinación; me dijo que me quedara tranquilo hasta que él llegara. Largué el teléfono cuando escuché gritar a Conceiçao. Me precipité en el salón, pero no estaba. La puerta del departamento estaba abierta; encendí la luz del palier. La capa de plumas de pavo real yacía en la escalera. Salté hacia delante y bajé los escalones de cuatro en cuatro. Lo atrapé en la puerta del garage. Tenía a Conceiçao desvanecida sobre uno de sus hombros. Era un negro viejo vestido con un overol de trabajo de vinilo blanco. Le hice una llave; Conceiçao rodó por tierra sobre el felpudo de la puerta del garage. El raptor me dio un golpe en la frente antes de huir; yo chorreaba sangre por la nariz; corrí a tomarle el pulso a Conceiçao. Apenas se sentía. Intenté levantarla en mis brazos cuando llegó Jean-Jacques; se había puesto un blue jean sobre el piyama. Lanzó un alarido que habría despertado a todo el inmueble si no fuera porque estaba desierto; estábamos en pleno mes de agosto. Se dio cuenta de que todo lo que le había contado por teléfono pertenecía a la pura realidad. Tomó a Conceiçao por las axilas, yo por las rodillas, la subimos hasta mi casa y la extendimos sobre el Chesterfield. Entré la capa de plumas de pavo real que había quedado en el palier. Mi nariz no dejaba de sangrar; las escaleras y la capa estaban inundadas de sangre. Jean-Jacques llamó a Gontran, su amigo médico que vivía en el inmueble de al lado. Jean-Jacques tomó todas las esponjas y los repasadores para limpiar las manchas de sangre de la escalera y de la entrada; me quedé con Conceiçao mientras ella volvía en sí. Le froté los pies helados, respiraba apenas; la besé en la boca, me devolvió el beso. Jean-Jacques y Gontran entraron al mismo tiempo. Yo tenía el puente de la nariz roto, pero no era grave; Gontran me introdujo bolas de algodón embebidas de sulfamidas en las fosas nasales. Conceiçao se despertaba. La tomé entre mis brazos y la llevé a la cama de mi habitación, temblaba de frío. La envolví con mi bata, se chupaba ambos pulgares; se durmió. Me puse un par de blue jeans y volví al salón. Por la actitud de Jean-Jacques y de Gontran, apoyados en los brazos del Chesterfield, comprendí que estaban celosos.
–Me quedo con ella, ¿entendieron?
Me tomé de un trago la mitad de una botella de whisky.
–Me importa poco que sea un hombre o una mujer, ¡no me importa qué edad tenga!
Arrojé la botella por la ventana y estalló en la vereda.
–Hacé lo que quieras –dijo Jean-Jacques– pero no somos tus asistentes sociales; ¡no tenés derecho a despertarnos a cualquier hora para abrumarnos con tus atentados homosexuales, la próxima llamamos a la policía!
Estallé en cólera, los traté de putos nazis; mi nariz empezó a sangrar de nuevo. Me extendieron sobre el Chesterfield con una bolsa de hielo en la cabeza.
–¡Si es una guerra de gangs –les dije–, voy a saber cómo proteger a Conceiçao tanto de los putos militantes franceses como de la banda de sádicos brasileños!
–¡Dejá de tratarnos de putos! –me dijo Jean-Jacques–, ¡solamente estamos ayudándote! ¿Y esto qué es?
Había olvidado completamente el diamante que Vinicio da Luna había dejado sobre el televisor.
–Un diamante.
–¿Un diamante grande como el Ritz?
Gontran llamó a uno de sus amigos que es especialista en diamantes, Lulu. Organizaron un desayuno de militantes homosexuales para las diez de la mañana. Sólo eran las seis y media; yo no podía más.
–Hagan lo que quieran –les dije–. Me voy a acostar.
Tomé el revólver, me aseguré de que estuviera cargado; me lo guardé en el bolsillo de la bata. Dejé a Jean-Jacques aferrado al teléfono sobre el Chesterfield organizando su meeting, y me fui a la habitación. Conceiçao dormía sobre el vientre, como los bebés; se había desvestido. Me saqué el blue jeans, ya tenía una erección. La olisquee por todas partes, su olor me embriagaba. Se dio vuelta, me abrazó. Lloraba.
–¿Por qué llorás, mi amor?
–Te traigo muchos problemas –me dijo, con acento brasileño.
Bajé, lamiéndole los senos, y le mordí con ternura el glande. Me rechazó.
–¡Solamente me querés por mi sexo!
–¡Quiero todo en vos; te amo a vos, tal como naciste y tal como siempre vas a ser!
–¿Y si mi padre me cortara la pija, me seguirías queriendo?
–¡Te amaría más que nunca! ¡Pero tu padre no te va a cortar nada, estoy acá para defenderte!
–¿Y quiénes son los otros señores?

-¡Son amigos míos, militantes homosexuales!

Fue preciso que le explicara de qué se trataba, pero ella ya dormía chupándome los pelos del pecho. Jean-Jacques golpeó la puerta discretamente.
–¡Entrá!
–El diamante cuesta miles de millones –me dijo en voz baja–. No lo podemos tener acá. ¡Lo vamos a poner en el banco, en la caja fuerte de Gontran!
Me puse un slip y fui a la biblioteca. Lulu, el especialista en diamantes, era el pequeño puto de bigotes que me había pintado de blanco la entrada del departamento. El diamante estaba en el medio de mi mesa de dibujo; a la luz del día que empezaba, parecía enorme.
–¡Es el diamante más hermoso que haya visto en mi vida –dijo Lulu– tiene más de mil facetas! ¡Para tallar una piedra de este tamaño, no alcanza con la vida de un hombre!
Nos miramos estupefactos.
–En el centro tiene un punto amarillo, que se llama la semilla; en eso consiste todo su brillo. Ya fue descripto en los jeroglíficos egipcios; se piensa que era el diamante del collar de Ramsés II.
–¿Qué hora es?
–Las siete y media.
Y el banco de Gontran no abría antes de las nueve y media. Mientras esperábamos, decidimos esconder el diamante bajo el Chesterfield. Jean-Jacques me hizo un Nescafé bien fuerte. Luego, llamó por teléfono a uno de sus amigos periodistas, y le contó la historia en dos palabras, pero le suplicó que por el momento no lo desparramara; no sabíamos todavía de qué se trataba en verdad. Lo que yo no quería, sobre todo, era que Conceiçao se encontrara con los periodistas y menos todavía con los fotógrafos.
Lulu, Gontran y Jean-Jacques pusieron mi mesa de dibujo contra la puerta de entrada, por las dudas. Nos relevamos para vigilar por la ventana. Me tragué cuatro aspirinas. El viejo negro vestido de vinilo blanco apareció dos veces en lo alto de las escaleras de la Rue André-Antoine; nos arrojó algunas piedras y un petardo.
–¿Entendés? –dijo Jean-Jacques– ¡es una guerra entre trabas brasileños! ¿Te das cuenta? ¡En Montmartre!
–¿Pero qué quieren?
–¡El diamante!
–Se cagan en el diamante. ¡Bastante bien saben que lo van a recuperar, al diamante ese! ¡Nos tienen bastante confianza como para eso!
–¡Pero yo creía que la madre estaba en prisión!
–¡Se escapó de Fresnes!
–¡Entonces se entiende que haya venido a dejar el diamante acá!
–¡Pero entonces, lo que no entiendo es por qué el viejo con el vinilo blanco no se llevó el diamante, en lugar de a Conceiçao!
–¡Te digo que se cagan en el diamante!
–¿Pero qué quieren entonces?
–¡A Conceiçao do Mundo! ¡Solamente nace una por milenio!
–¡Pero un diamante así es milenario de sobra!
–¡Hay una diferencia entre un diamante y un ser humano!
La conversación se empantanó en discursos izquierdistas. Los dejé. Me fui a mi habitación; Conceiçao ya no estaba. Corrí al baño; dormía en la bañadera, envuelta con sus plumas de pavo real. La desperté.
–¿Por qué estás durmiendo acá?
–Porque usted ya no me quiere.
La envolví en la capa y la volví a llevar a la cama.
–¡Nunca, escuchame bien, nunca en mi vida voy a dejar de quererte!
–¿En serio? –Bostezó–. Andá a buscarme un vaso de leche.
–No me queda leche.
–Entonces andá a buscarme una Coca Cola.
–No tengo Coca Cola.
Me dio un puñetazo que me hizo sangrar de nuevo la nariz; fui a poner la cabeza debajo de la canilla de agua fría. Me asestó un golpe de puño en la nuca; me rompí uno de los dientes incisivos contra la canilla. La abofetee. Me saltó a la garganta como un puma. Jean-Jacques, Lulu y Gontran entraron en el baño y nos separaron. Por dos milímetros no me seccionó la vena yugular.
Mientras que Lulu y Jean-Jacques la dominaban, Gontran corrió a buscar su botiquín de médico. Me dio dos puntos de sutura al lado de la nuez de Adán; no era lindo de ver, con el diente roto y la nariz que se había puesto violeta y que no dejaba de chorrear sangre.
–Esto se volvió imposible –me dijo Gontran mientras me cosía la garganta–. ¡Es preciso que tomes una decisión!
–¿Qué decisión querés que tome? ¡Ay!
Me había hecho doler. Estaba sentado en el bidet. Tuve ganas de vomitar; me precipité al lavatorio.
–Te estás destruyendo a vos mismo –me dijo, con la aguja en la mano–. ¡Esta Conceiçao do Mundo no es más que un engañabobos para masoquistas!
Vomité litros de Nescafé.
–Sos libre de hacer lo que se te de la gana, ¡pero nosotros, en tanto que homosexuales militantes, no te apoyamos más! ¡Apenas hace una semana que tu Conceiçao do Mundo quemó a Pogo con el soplete!
Es cierto, me había olvidado completamente de la existencia de Pogo.
–¿Y hoy adorás al asesino de tu compañero? ¡Mirate en el espejo, mirá en qué te convertiste entre las manos de Conceiçao do Mundo!
Me miré en el espejo. Tenía la cara de un boxeador en el último round de su vida.
–¿Pero qué querés que haga? ¡Estoy enamorado de ella!
–Uno no se enamora de un monstruo. En fin.
Vi en el espejo que corrían lágrimas por mi nariz tumefacta.
–Sí –le respondí– uno se enamora de un monstruo, uno solamente se enamora de monstruos.
Volví a sentarme en el bidet; terminó de coserme la garganta. Me ayudó a llegar hasta la cama, después de limpiarme todo con un algodón embebido en alcohol.
Jean-Jacques y Lulu estaban sentados en la cabecera de la cama junto a Conceiçao, que lloraba como un nene.
–Yo creía que a usted le gustaba el dolor –imploró–. ¿Me perdona?
Estaba claro que Jean-Jacques la había retado severamente.
–Yo a vos te amo. Si te quedás conmigo, te voy a ayudar a vivir como un ser humano, Conceiçao.
Jean-Jacques, Lulu y Gontran se retiraron de la habitación; se sentían demás. Pegué mis labios a los suyos, pero ella ya se había dormido. Jean-Jacques me sacudió el hombro.
–Corre sangre por debajo de la puerta de entrada –me dijo.
–Pero si debe ser mi sangre, cuando me rompí la nariz.
–No es sangre humana.
–¿Cómo que no es sangre humana?
Me precipité a la puerta de entrada. Lulu y Gontran estaban ahí. Un raudal de sangre entraba por debajo de la puerta, inundando mi alfombra marroquí.
–Es demasiada sangre para un solo hombre –dijo Gontran, que es médico.
Corrí a buscar el revólver antes de abrir la puerta. La cabeza del negro vestido de vinilo blanco nos miraba desde el felpudo. El cuerpo continuaba debatiéndose en el palier; dio saltos de un metro antes de inmovilizarse. De su cuerpo brotaba un surtidor de sangre que nos salpicó de la cabeza a los pies. Lulu se desmayó; Gontran y yo lo arrastramos hasta el Chesterfield.
¡Vengan a ver –gritó Jean-Jacques– la cabeza habla!
Nos precipitamos al palier. La cabeza se contraía con un rictus de animal aterrorizado, movía las orejas, sus ojos eran grandes y estaban abiertos como platos. Escupió un último chorro de sangre antes de distenderse; estaba muerta.
Nos bajamos entre los cuatro una botella de vodka antes de tomar la menor decisión.
–¿Qué hora es?
–Ocho y diez.
–¿Y a qué hora llegan los demás putos?
–¡A las diez!
–¡Lo mejor es  que se encuentren afuera, y que lleguen todos juntos!
–¡Y armados!
–¡Absolutamente! ¡Es preciso que todos vengan armados!
Nos costó un trabajo enorme llevar el cuerpo del viejo negro hasta la mesa de la cocina; pesaba por lo menos cien kilos sin la cabeza. Jean-Jacques volvió a agarrar los trapos para limpiar el palier; felizmente el inmueble estaba desierto porque todos los vecinos estaban de vacaciones. Gontran, entretanto, llamaba por teléfono a su amigo periodista de Libération, pidiéndole que viniera al desayuno de militantes homosexuales; la cosa se ponía cada vez más candente. A Lulu le agarró una crisis de histeria. Gontran le administró un supositorio de belladona.
–¡Vení! –me murmuró Jean-Jacques al oído.
Lo seguí a la cocina. Mientras limpiaba el vinilo blanco del mameluco de trabajo cubierto de sangre, Jean-Jacques se había dado cuenta de algo atroz: el viejo negro no era un hombre. Era una mujer con el clítoris seccionado y la vulva cosida; sus senos habían sido cortados, con toda seguridad. Solamente quedaban cicatrices horribles.
–¿Dónde está la cabeza? –pregunté.
–¡En la bolsa de plástico adentro de la pileta de la cocina!
Era repugnante de ver; la sangre seguía goteando por la boca, la nariz y las orejas, y corría abundantemente por el agujero de la garganta. La tomé de los cabellos; le limpié el rostro con una esponja, y aunque era negra y mucho más vieja, la cabeza tenía los rasgos de Conceiçao. Dejé caer la cabeza en la pileta dela cocina y me senté sobre el tacho de basura.
–¡Es su madre!
–¿Qué?
Jean-Jacques se apoyó sobre el cadáver.
–¡Es la madre de Conceiçao do Mundo!
Gontran llegó de la biblioteca.
–Para vos, por teléfono, una voz misteriosa.
Era Vinicio da Luna.
–¡Es la noche de los regalos! –me dijo.
¿De qué regalos me habla?
Jean-Jacques y Gontran escuchaban por el otro teléfono desde la cocina.
–Le di al menos tres en una sola noche: Conceiçao do Mundo, el diamante más hermoso de la tierra y el cadáver de su madre. ¿Son tres regalos o no?
–¿Qué quiere usted de mí?
–Quiero París.
–Si usted cree que yo soy Luis XIV y que Pigalle es Versalles, ¡pobre de usted! ¡Además, en ese caso, usted no estaría hablando por teléfono, sino en la Bastilla!
Me ahogaba de la rabia.
–¡Le doy un consejo, señor, vaya inmediatamente a la policía si se quiere beneficiar de las circunstancias atenuantes! ¡En Francia, cortar la cabeza, incluso si se trata de la cabeza de un jíbaro, está penado con la guillotina!
–Bien dicho –subrayó Jean-Jacques desde el otro teléfono.
Vinicio da Luna se rió antes de cortar. Nos sentamos en el Chesterfield antes de ponernos a hablar los cuatro al mismo tiempo.
–¡Es vudú! ¡Te digo que la macumba es vudú! ¡Son brujos peligrosos de verdad!
–¿Pero cómo llegó hasta aquí su madre?
Les conté lo que Conceiçao me había contado: madre de una niña hermafrodita en una tribu de amazonas, había sido castigada con atroces suplicios rituales cuyas huellas se podían ver en el cadáver, luego de lo cual se había escondido en una tribu de simios.
–¡Pero es verdad, se podría decir que es un mono!
–¡Una mona, completamente!
–Cuando nos arrojó piedras por la ventana, era un completo gorila, incluso con el overol de trabajo de vinilo blanco.
–¿Pero cómo llegó hasta aquí?
–¡Le dan pasaportes a cualquiera!
–¿Habrá venido a recuperar a Conceiçao?
–¡Seguramente, un típico comportamiento de mona!
–¡Y decir que la tomé por King Kong, y solamente era su madre!
La broma nos relajó un poco.
–Vamos, ¿nos hacemos un Nescafé?
–¡Mejor armemos un porro! ¿Ya no tenés la brasileña?
–¡No hablemos más de brasileñas!
Nos reímos. Fui a revolver mis cajones; siempre escondo pequeños paquetes de hierba un poco por todas partes. Uno de los cajones estaba lleno al ras de marihuana. No recordaba haberla comprado. Era de la mejor, el olor era muy fuerte. Sobre la hierba, una tarjeta de visita convencional: Vinicio da Luna.
–¡No la fumemos, quizás esté envenenada!
–¡Hagamos aunque sea uno chiquito! ¡No vamos a tirarla a la basura, hay por lo menos tres kilos!
–¿Pero si estuviera impregnada de curare?
Los dejé discutir para ir a hacer el Nescafé. Ya no me sostenía en pie. Solamente al entrar en la cocina me di cuenta de la gravedad de la situación. El cadáver de la madre, con el mameluco de vinilo blanco, sobresalía ampliamente de la mesa de la cocina, incluso sin la cabeza; sus inmensas zapatillas rojas se arrastraban por el piso. Había sangre por todas partes, la cocina estaba inundada. En la pileta de la cocina, la cabeza parecía mirarme. Intenté cerrarle los ojos; se volvieron a abrir, más grandes. Tuve éxito sin embargo en volver a meterle la lengua en la boca y en cerrarle las mandíbulas; la lavé lo mejor pude bajo la canilla de agua fría.
Jean-Jacques, Gontran y Lulu se habían armado un porro; se retorcían de risa en el Chesterfield; cerré la puerta antes de abrir la de mi habitación. Conceiçao se había despertado, miraba el techo. Me senté en el borde de la cama y le tomé una mano, que besé y estreché antes de hablar.
–Ocurrió algo terrible Conceiçao; tu madre ha muerto.
–¿Qué madre? –preguntó.
–¡Tu verdadera madre, la que te dio la vida!
Le conté lo que había pasado, endulzando los detalles más macabros.
–¿El gran negro que intentó secuestrarme hace un momento era mi madre?
–Sí.
Estalló de risa.
–¿Dónde está la cabeza? ¡La quiero!
Fui a buscar la cabeza; no sabía cómo presentarla; me decidí a ponerla simplemente sobre una bandeja de acero inoxidable. Anudé alrededor del cuello, horrible de ver, una servilleta limpia. Se la llevé a Conceiçao y dejé la bandeja sobre la mesa de luz. Se apoderó de ella y se puso a jugar al fútbol; la cabeza rodaba por toda la pieza, rebotando contra las paredes. Luego la puso en el inodoro y tiró la cadena; era obvio que la cabeza no pasaría; intentó hundirla dándole patadas con el talón. Sentí vértigo, estaba cubierto de sudor; volví a cerrar la puerta de la habitación y volví al salón. Jean-Jacques, Gontran y Lulu, completamente drogados, se habían dormido sobre el Chesterfield; se habían sacado los zapatos.
Ya eran casi las nueve de la mañana; me asomé a la ventana. El día estaba lindo, un lindo día de verano. La calle estaba desierta, salvo algunos viejos que subían las escaleras de la Rue André-Antoine para ir a la misa de las nueve. Un pichón vino a posarse en el borde de la ventana, haciendo arrullos. Era una hermosa paloma blancuzca; tenía la costumbre de darle restos de pan, pero hoy no sentía el valor de desplazarme hasta la cocina, convertida, en mi imaginación, en una cámara mortuoria. El teléfono sonaba. No atendí. Me senté en la mesa de dibujo con la cabeza entre las manos. Por un instante, tuve la impresión de ser otra persona, alguien a quien desconocía totalmente.
Me desperté con un alboroto infernal. Primero creí que era un ataque brasileño; corrí al balcón. Todos los militantes homosexuales habían llegado en caravana y estacionaban los autos de cualquier manera. Eran por lo menos cuarenta, repartidos en cuatro Jaguar, dos Porsche y diez motos japonesas. Estaban prácticamente todos vestidos con camperas de cuero y blue jeans, salvo algunos travestis vestidos del mismo modo, pero rubios, peinados con cola de caballo.
–¡Hu, hu! –gritaron– ¡llegamos con víveres como para aguantar al menos una semana!
No daba crédito a mis ojos.
–¡Es una remake del mayo del ’68, lo juro!
Desembarcaron de los baúles de los autos una docena de canastas y otras tantas cajas con botellas.
Fui a despertar a Jean-Jacques, Gontran y Lulu al Chesterfield. Estaban muertos, entrelazados en una posición grotesca. Sus rostros eran horribles de ver, verdeazulados; sus ojos enormes estaban abiertos y cubiertos de pústulas. ¡Había curare en la marihuana! Solamente por casualidad no había fumado yo mismo.
Cuarenta putos subían en tromba por la escalera. El teléfono sonaba. Ya sabía quién era antes de atender: Vinicio da Luna.
–Tiene tres regalos más, quiero decir, tres cadáveres. Y tres posibilidades: primero, sus amigos putos lo hacen pasar por un loco peligroso y usted se va al sobre, por el resto de su vida, a Clairvaux; segundo, usted abandona la partida y se pega un tiro en la sien derecha; tercero, y la última, usted desaparece con Conceiçao después de haber encerrado a todos los putos en su departamento!
Había caído en una trampa infernal. Antes de reflexionar lo que fuese, fui a echar doble cerrojo a la puerta del departamento. Los putos subían la escalera y golpeaban con todas sus fuerzas la puerta; parecía la entrada de un club bailable un sábado a la noche.
–¡Esperen un momento, ya voy! –grité–. ¡Perdí las llaves!
Fui al baño a hundir la cabeza bajo la canilla de agua fría. La cabeza de la madre de Conceiçao seguía atascada en el inodoro. Conceiçao había extendido la capa de plumas de pavo real sobre la alfombra marroquí y dormía encima acurrucada, con uno de mis piyamas de cebra rayado en blanco y negro. La desperté.
–¡Conceiçao, mi amor, hay cuarenta hombres armados en la escalera que van a entrar de un momento al otro!
–¿La policía?
–No exactamente. De hecho, sí, ¡es la policía!
Marqué el número de mi madre en Berry; tardó horas en llegar al teléfono, debía estar ocupándose de sus rosales.
–Conceiçao, ponete uno de mis trajes, tenemos el mismo talle. La camisa primero, luego el pantalón, luego el saco. ¡Yo me ocupo del nudo de la corbata!
Finalmente mi madre atendió.
–¡Hola, mamá, adopté a un niño del tercer mundo!
–¡Pero qué encantador! ¿Qué edad tiene?
–¡No sé, en esos países no se sabe la edad! Te lo envío en el tren que llega a estación de Montluçon a las doce y treinta y cinco, yo me tengo que quedar en París para ver a mi traductor, y recién voy a llegar a la noche!
–Tomate el tiempo que quieras, me va a hacer compañía, me va a ayudar a regar. ¿Y cómo lo voy a reconocer en la estación?
–No te podés equivocar, mamá.
–Entendí. Te doy un beso, hijo mío.
–Si no te molesta, mamá, llamame apenas llegue. Solamente me tenés que decir: los rosales están en flor. Yo voy a entender.
Los maricas aullaban como caniches en la escalera.
–¡Ya voy, acabo de encontrar las llaves! –grité del otro lado de la puerta.
Conceiçao estaba vestida con un traje de franela gris que le sentaba a las mil maravillas. Le puse los cabellos dentro de un gorro mientras se ponía un par de zapatillas. Garabatee a toda velocidad en un pedacito de papel: Montluçon.
–Mi madre te espera en la estación de Montluçon, ¿entendiste? Vestido así, nadie te va a reconocer; te tomás un taxi en la plaza Pigalle y te vas directamente a la estación de Austerlitz; apenas si vas a tener tiempo de sacar el boleto. Tomá, tres billetes de cien francos. ¡Yo voy para allá a la noche!
Nos dimos un largo beso en la boca.
–¿Me llevo la cabeza de mi madre?
–¡No, eso sí que no! ¡Y no hables con nadie en el tren!
Le ajusté el gorro. La ayudé a bajar por la ventana de la cocina; era muy ágil, se dejó deslizar por el tubo de desagüe y llegó sin dificultad hasta el patio.
Los putos se empujaban en la escalera.
–¿Entonces, nos abrís o no?
Abrí.
–¡No sé cuántos son ni cuáles son sus intenciones –grité con voz viril- pero esto no es un picnic a la orilla del Marne! ¡Van a entrar en un departamento donde hay cuatro cadáveres!
Se reían en las escaleras, los idiotas.
–¡Les advierto, el que sea impresionable no tiene más que volver abajo y sentarse en la moto! ¡Entren en orden, uno después de otro; dejen las canastas con provisiones en la entrada, y me siguen en fila india!
Con sólo recibir órdenes se convirtieron en niños de jardín de infantes.
–Les advierto que el que toque un solo mueble puede dejar huellas digitales. He aquí, a la izquierda, sobre el sillón Chesterfield de la biblioteca, los tres cuerpos de nuestros ex camaradas, Jean-Jacques, Lulu y Gontran, envenenados con curare. Pasemos a la cocina. He aquí el cadáver de una mona vestida con un mameluco de vinilo blanco; es mi suegra. ¡Su cabeza está en el inodoro!
Al principio creyeron que era una puesta en escena; los más miopes se rieron antes de que algunos comenzaran a aullar de miedo. Corrí a la ventana, vi a Conceiçao girar a la izquierda en la parte baja de la Rue André-Antoine; nadie la seguía.
Los cuarenta putos corrían de una pieza a la otra; lo que más los impresionaba era la cabeza de la madre de Conceiçao en el inodoro.
La cabeza me daba vueltas, me desmayé.

***

2.- El rosedal de mi madre

Cuando me desperté estaba atado a mi cama vestido con una camisola. Me habían encerrado en mi habitación. Me di vuelta para mirar la hora en el despertador: la una y media. Había dormido entonces cerca de tres horas. Creía vivir dos aventuras simultáneas: mi muerte inminente y mi destino.
Escuché detrás de la puerta fragmentos de una discusión de izquierda; todo el mundo hablaba al mismo tiempo. Los términos “guillotina”, “traidor” y “loco” aparecían una y otra vez.
–Evolucionaron las locas –me dije.
Tenía los pies sujetados al pie de la cama y los brazos anudados detrás de la espalda; me dolía todo. Llegué a descolgar el teléfono de la mesa de luz tomando el auricular entre los dientes, y disqué el número de mi madre en Berry. Tardé al menos cinco minutos; tenía calambres en las mandíbulas. Con seguridad, si Vinicio da Luna no había hecho saltar el inmueble todavía era porque creía que Conceiçao no había salido de él. Mi madre tardó al menos tres minutos en descolgar el teléfono.
–Los rosales están en flor –me dijo– ¡Pero no me habías dicho que era una jovencita! ¿Por qué la vestiste de hombre? Le presté uno de mis vestidos; está desbrozando el rosedal mientras le preparo una de mis sopas al estragón.
–Gracias mamá –respondí, antes de colgar con los dientes.
Escuché una risa irónica detrás de mí, la risa inconfundible de Vinicio da Luna. Hizo brillar ante mis ojos una navaja automática.
–Bravo –me dijo–. Actúa mejor de lo que yo pensaba.
Cortó las sogas que me sujetaban los tobillos, las rodillas y los codos.
–¡Beba esto! –me dijo.
Me negué, temiendo que fuera curare.
Él mismo tomó un largo trago y me volvió a ofrecer la botella. Tenía olor a ron y grapa y tomé un trago. Me sentí mejor. Vinicio me frotó las articulaciones.
–¿Por qué me tiene miedo? ¡Usted tiene miedo de todo el mundo!
Volví a tomar un trago de su brebaje.
–Estoy esperando que se despierte hace diez horas y media; tengo un Rolls Royce estacionado en la esquina.
Me di cuenta de que estaba vestido de chofer, con una gorra azul en la cabeza calada hasta las cejas.
–Vístase como quiera –me dijo– cuando uno tiene un chofer como yo, se puede vestir como se le cante. Pero no se quede desnudo, póngase al menos una bikini y un sombrero.
Me costaba horrores moverme; me hizo darme una ducha tibia mientras me masajeaba la espalda. Cuando estábamos en el baño, alguien entró a hacer pis; Vinicio lo degolló con su navaja. Aulló antes de desplomarse mientras meaba. Los demás putos golpeaban la puerta de la habitación.
–¡Ábranos, asesino! –gritaban a coro.
–¡Abra y escóndase detrás de la puerta! –me ordenó Vinicio.
Obedecí. Él avanzó empuñando una metralleta y arrasó con todos los que se precipitaron primero en la habitación. Saltó sobre los cuerpos y salió al pasillo. Escuché el chisporroteo de la metralleta en la cocina y en la biblioteca. Las locas gritaban como en la Opera antes de que bajara el último telón. Me desplomé detrás de la puerta temblando con todo el cuerpo. Vinicio vino a levantarme.
–¡Sigue teniendo miedo! Póngase este impermeable, llueve.
Atravesamos el departamento. Vi entreverados los cuerpos de los candidatos homosexuales de las circunscripciones XVIII y XVI, de un periodista de Libération y otro de Paris-Match, luego de una periodista de Charlie-Hebdo, todos caídos sobre mi Chesterfield. En el suelo, algunos hombres de teatro de izquierda, muertos en posiciones macabras. Sylvia Monfort se aferraba al cuello de Coluche y el mimo Marceau a la araña. Dos dibujantes humorísticos, Wolinski y Topor, yacían enlazados en la entrada. Pero la verdadera carnicería se había producido en la cocina. Entre las celebridades, Michel Foucault estaba tirado sobre las baldosas, aferrado a los cabellos del peluquero Alexandre, Daniel Cohn-Bendit se había muerto estrujando un trapo de piso. Había al menos una decena de travestis de Le Palace y de Madame Arthur, eran los rubios vestidos con campera de cuero que parecían muñecas inflables. No tuve el coraje de ir a ver de cerca el rostro de los demás, pero en total debía haber más de cuarenta, algunos en posturas alucinantes: Marguerite Duras se encontraba en posición fetal en el interior del gran tacho de basura; se había tenido que esconder ahí cuando empezó el fusilamiento.
–Coraje –me dijo Vinicio da Luna– esto recién empieza.
Bajamos a la calle. Llovía a cántaros; Vinicio abrió un paraguas verde y me protegió hasta llegar al Rolls Royce, estacionado en la Rue Houdon. El trueno sucedía al rayo; aparentemente, nadie en el barrio había escuchado las ráfagas de metralleta. Me senté detrás, Vinicio me cubrió las rodillas con una manta, y me dormí incluso antes de que el auto arrancara.
Me desperté cuando estábamos en una autopista.
–¿Quiere que paremos para tomar un Nescafé?
–Me da igual.
–Casi hemos llegado.
–¿Adónde?
–A lo de su madre, en Berry. ¡Y no se olvide de que soy su chofer!
El corazón se me salía del pecho ante la idea de volver a ver a Conceiçao do Mundo.
–¿Es verdad? –murmuré.
–¿Usted cree que tenía intención de secuestrarlo? (Se rió) Sigue teniendo miedo; ¡usted es un verdadero maricón, lo juro!
Eran las seis de la tarde cuando llegamos a lo de mi madre. Conceiçao y mi madre tomaban el té en el rosedal. Salté del automóvil antes de que se detuviera, corrí hacia Conceiçao que corría hacia mí, tenía un vestido con un estampado años ’30 de mi madre y llevaba puesta una capelina. Nos abrazamos y rodamos por tierra. Te amo, te amo, te amo –le murmuré al oído.
–Cuidado con mis rosales –nos dijo mi madre–. ¡Todavía no me presentaste a tu chofer!
Vinicio da Luna se cuadró antes de inclinarse dos veces. Mi madre lo tomó del brazo.
–Estoy agradecida de que sea el chofer de mi hijo –le dijo– ¡es totalmente distraído! ¡Se olvidó de decirme que estaba de novio! ¡Me había jurado que había adoptado un niño del tercer mundo, mientras que se trata de la niña más encantadora del mundo! Pero venga que le voy a mostrar mi rosedal. Aquí, a la derecha, están las rosas color té; a la izquierda, las carmesíes, llamadas “Bocas de terciopelo”. Son muy raras. ¡Pero venga que le muestro mis rosas azules!
Mi madre parloteaba sola, como de costumbre, agarrada del brazo de Vinicio da Luna, que creía mi chofer. Desvestí a Conceiçao, ya no aguantaba más. Le chupé la pija que se había vuelto enorme; me la metió y rodamos entre los rosales de mi madre.
–¡Pero, chicos, mis rosales! –nos vino a decir mi madre.
Eyaculamos juntos, aullando de placer.
–¡Estos jóvenes! –dijo mi madre, antes de alejarse.
Nos abrazamos, antes de secarnos la leche con un pañuelo.
–Te voy amar toda la vida, Conceiçao –le dije, mirándola a los ojos.
–¡Qué amable que es tu madre –me dijo- acepto casarme con vos!
–¡Pero sos menor! ¡Debemos esperar por lo menos cuatro años!
Se chupó el pulgar.
–¡Entonces me vuelvo a Brasil y me caso con mi novio amazónico!
–¡Pero no, mi amor, esperemos cuatro años!
–¿Y si quedo embarazada?
Esta idea ni se me había ocurrido.
–¿Tomás anticonceptivos?
–¿Y eso qué es?
–¿Ya estuviste embarazada alguna vez?
–Sí, una vez. Es el aspecto de las mujeres que me molesta.
–¿Abortaste?
–No. Tuve una niña rubia, se llamaba como yo.
–¿Y dónde está?
–La sacrificaron.
–¿Cómo que la sacrificaron?
Se chupó el pulgar antes de responder.
–Porque era rubia.
–¡Pero yo también soy rubio!
–Claro. ¡Ese es el problema!
–¡Conceiçao, te juro que si tenemos un hijo, no lo van a sacrificar; lo vamos a criar juntos aquí, en Berry! ¡Quedate conmigo toda la vida!
–¡Pero entonces hay que matar a mi padre!
Solamente decía frases breves, pero iba al fondo de las cosas. Ya era mi intención matar a Vinicio da Luna, pero no se la había confesado a Conceiçao.
–Vení, vamos a pasear a la orilla del arroyo.
Le ajusté el vestido y la capelina. Mi madre y Vinicio charlaban en el huerto. Tomé a Conceiçao por la cintura y bajamos por el sendero que conduce al arroyo; escuchamos croar a las ranas; vimos saltar a una muy pequeña.
–¿Por qué son tan chiquitas las ranas francesas? ¡En el Amazonas son grandes como perros!
–No deben ser ranas sino sapos-búfalo.
–No. ¡Los sapos-búfalo son grandes como un búfalo!
Se sentó sobre una piedra y se puso a mordisquear una brizna de hierba. Yo le acariciaba la mejilla.
–¿Sentís nostalgia por el Amazonas?
Afirmó con la cabeza.
–¡Los ríos son más grandes!
–Esto no es un río, es un arroyo.
–Es posible, pero acá no se puede nadar.
–¿Querés nadar, mi amor? Mañana a la mañana te voy a llevar a la pileta; hay una en el hostal, a dos kilómetros de aquí.
–¿Qué es una pileta?
Le expliqué.
–¿Es un río cuadrado?
–Más o menos, salvo que no corre.
–¿Y está hecha solamente para nadar?
–Sí.
Estalló de risa. Arrojó en el arroyo la capelina de mi madre; me descalcé para ir a buscarla; luego siguieron mis zapatos, luego el vestido. Todo estaba empapado; sólo logré encontrar uno de mis mocasines. Conceiçao estaba desnuda; saltó sobre un nogal con una agilidad sorprendente y se sentó en la rama más alta.
–¡Bajá, querida, vas a tomar frío!
–¡Estoy mirando la puesta del sol!
Me senté sobre la piedra cubierta de musgo de mi infancia; tenía la costumbre, a los ocho años, de esconder mis muñecas de las rabietas de mi madre. Hoy estaba enamorado como solamente una loca de cuarenta años puede estarlo justo antes de la menopausia. Veía en Conceiçao do Mundo todos mis mitos de infancia realizados: era al mismo tiempo Edith Piaf y Mae West, Jack el Destripador y un efebo del Renacimiento. Y además, me llegaba desde la Amazonia, una comarca que situaba naturalmente, en mi cabeza, en el Reino de los Sueños.
–¡Cómo envejecí! –suspiré en voz alta.
Mi madre estaba a mi lado, no la había escuchado llegar por el sendero.
–¿Qué decís?
–Nada mamá.
–¡Pero esta niña adorable va a tomar frío!
Mi madre tiene la costumbre de repetir todo lo que pienso; soy hijo único, y papá se suicidó cuando yo tenía apenas cinco años, en ese mismo arroyo.
Conceiçao estaba acuclillada en lo más alto del nogal, con la cabeza entre las manos y los ojos fijos en el horizonte. Su pija sobresalía por mucho de la rama; felizmente, mi madre es más miope que yo.
Fui a buscar un chal a la casa por orden de mi madre; Vinicio da Luna regaba el rosedal, con el cigarro entre los dientes.
–Su madre es una mujer muy instruida –me dijo–. Me enseñó muchas cosas sobre los rosales. ¡Siempre es útil para un extranjero!
Me preguntaba a dónde iba a ir a parar todo aquello. Sonaba el teléfono. Fui a atender a la cocina.
–¿La señora viuda Pico? (En verdad, mi verdadero nombre es Pico; Copi es un anagrama.)
–Soy yo –respondí, imitando la voz de mi madre.
–Buenos días, señora Pico. Aquí el inspector Roux. ¿Usted tomó a dieciocho brasileños como jardineros?
Vinicio me arrancó el auricular.
–Inspector Roux, soy el Senhor Vinicio da Luna.
Levanté el otro teléfono.
–No había reconocido su voz, Senhor Embassador da Luna –dijo el prefecto Roux.- ¡Lo creía en una mina de diamantes en el Amazonas!
–Me instalo en el Berry; voy a casarme con una berrinesa, la señora viuda de Pico. ¡Usted es el primero en saberlo!
–¡Mis felicitaciones, Senhor Embassador, y también para la futura señora da Luna! ¿Qué tengo que hacer con sus jardineros? Se emborracharon en un lugar público en las afueras de Orleáns, la gente los tomó por árabes y hubo un lío tremendo.
–¡Yo pago la fianza, lárguelos enseguida! ¡Y le repito que no soy el Embajador de la Luna, soy solamente un hombre rico!
Cortó.
–Bien actuado –me dijo– usted estuvo perfecto en el rol de su madre.
–¡Pero tarde o temprano nos van a encontrar!
–¿Por qué?
–¿Y los cuarenta cadáveres de los putos en mi casa, en Montmartre?
–El inmueble saltó por los aires; dejé una bomba cronometrada en su departamento antes de abandonarlo. ¿Por qué usted siempre tiene miedo?
–¡Tengo razones! ¡Tengo miedo de la guillotina!
–Era un inmueble de maricas; ¡vaya a escarbar en el pasado de cuarenta maricas en pleno mes de agosto! Usted está de vacaciones en lo de su madre como cualquier burgués; no hay un solo testigo vivo.
–¡Se está olvidando del teléfono! ¡Cuando llegaron los putos para el desayuno, ya todo París estaba al tanto!
–Mañana ya no va a haber todo París. ¡Es más, ni siquiera va a haber París! ¡Usted será el único que será salvado, el único acólito en Occidente de Conceiçao do Mundo! ¡Un día, usted será su Marido Eterno; ese día lo denominaremos mi Yerno (8)!
–¿Y usted dónde piensa instalar su reino?
–Y, en la Amazonia, obviamente; conocemos todo el mundo. ¡Cuando me haya casado con su encantadora madre, ella se convertirá en la Reina Madre de la Amazonia! Y ahora discúlpeme, voy a regar los repollos.
Volvió a salir al huerto. Me precipité hacia la televisión, eran casi las ocho. Las noticias: la ocupación amazónica. Mostraban la Rue André-Antoine, que parecía Brest en 1941, apenas quedaban las escaleras y la parte alta de la calle. Todavía no habían identificado a los cadáveres; esto me pareció extraño. Increíble: ¡habían hecho saltar también dos inmuebles del Carrefour de Buci, la casa de modas de Yves Saint-Laurent y la Comédie Française! Todo París se había movilizado, era una verdadera guerrilla. Se veía el jardín de las Tullerías ocupado por las amazonas, que habían cortado los árboles para bloquear las entradas; en el centro, habían encendido una hoguera donde quemaban docenas de vacas y corderos enteros; habían desvalijado el matadero de Rungis. Estaban haciendo una toma en directo desde un helicóptero; el jardín de las Tullerías estaba rodeado de camiones del ejército. Habían instalado tanques entre las estatuas de Maillol, se los conminaba a que se rindieran por un altoparlante, pero las amazonas estaban armadas. Tenían una bomba atómica instalada en el lugar, ¡en el centro de las Tullerías! Solamente eran doscientas, pero estaban perfectamente entrenadas; estaban desnudas, pavoneando sus enormes sexos adornados con plumas; la mayor parte de ellas tenía senos. Llevaban turbantes hechos con pieles de animales salvajes, y fusiles lásers livianos colgados del hombro derecho. ¡Todas eran zurdas!
Apagué la televisión antes de que entrara mi madre. Llevaba de la mano a Conceiçao, que estaba desnuda.
–¡Cómo se han desarrollado las jovencitas de hoy! ¡Querido, es un verdadero pedazo de hembra!
Nunca había escuchado ese lenguaje en boca de mi madre. Vinicio da Luna debía haberle hecho beber uno de sus brebajes. Abandonó a Conceiçao en mis manos para ir a la cocina. Conceiçao tenía los ojos húmedos y se mordía el dedo meñique.
–¿Por qué estás tan triste?
–¡Porque usted no mató todavía a papá!
–Conceiçao, mi amor, ¡en Europa uno no mata a sus padres, incluso si los detesta!
Le agarró una crisis de histeria, me arañó el rostro, la dominé aferrándole los puños.
–¿Tanto miedo le tenés?
–¡Es el Demonio!
–Tu padre no es el Demonio, es un hombre enfermo, ¡está loco!
–¡Es lo que le estoy repitiendo! ¿Qué está esperando, que me sacrifique en luna llena? ¡Es esta noche!
Recordé de repente a las dieciocho amazonas que debían llegar de un momento a otro en un camión.
–¡Me secuestraron para sacrificarme el día que cumpliera quince años –sollozó-, y es hoy!
–¿Sacrificarte?
–¡De la misma manera que sacrificaron a mi hija, la pequeña Conceiçao, porque también era hermafrodita! ¡Me van a cortar la pija y me van a asfixiar con ella!
–¿Qué novela están dando en la tele? –preguntó mi madre desde la cocina.
–¡Mate a mi padre, se lo suplico! ¿O usted es un sádico como los demás? ¿Tiene ganas de verme supliciada?
–Es increíble lo que están pasando en la televisión –dijo mi madre. ¡Cuántas películas eróticas brasileñas mal dobladas!
Volvió a entrar en la habitación con una bandeja llena de canapés al estragón, era su especialidad, y su cóctel preferido: el Wojtyla, una mezcla de vodka con pimienta roja y martini blanco, algo asqueroso.
–¿Toma bebidas alcohólicas, conejita mía? –le preguntó a Conceiçao.
Brindaron antes de beberse cada una dos vasos en seco.
–¿Mamá, siempre tenés el revólver?
–¿El revólver con el que se suicidó tu pobre padre? Sigue escondido en el cajón de los pañuelos de su armario. ¡Pero te suplico, mi querido, no cometas una tontería!
Fui a buscar el revólver y me lo guardé en el bolsillo. Mamá charlaba familiarmente con Conceiçao.
–Tengo la obsesión del suicidio, querida nuera; no puedo hacer nada. Mi padre se suicidó, mi madre se suicidó, mi marido se suicidó, mis tres hermanas se suicidaron. ¡Mi hijo y yo somos los únicos en la familia que resistimos la tentación del abismo!
Salí a la huerta. Vinicio da Luna cavaba un pozo en el medio de las calabazas.
–¿Qué está haciendo?

-Ya lo ve, estoy cavando un pozo con ayuda de una pala.

Dejó de trabajar para extenderme el enorme diamante cuya existencia había olvidado.
–¡Tome, se lo puede dar como regalo de casamiento a su divina madre!
Volvió a la pala.
–¡Usted se está cavando su propia tumba, Senhor da Luna!
Saqué mi revólver, él soltó la pala, cruzó las manos detrás de la nuca.
–¿Qué le pasa? ¡Todo transcurre normalmente!
–¿Usted se olvida de que es un enemigo de Europa y que estoy en mi Berry natal, Senhor da Luna?
–¡Lo creía socialista!
–Lo soy, Senhor, ¡usted es quien no lo es!
–¡Entonces, hábleme directamente como a un capitalista, pero sin el revólver, eso no se hace! Ustedes nos construyeron una represa en medio del río Amazonas –la mitad de la población murió por la sequía–, ¿y tiene el tupé de enojarse porque nuestros muchachos se instalaron en las Tullerías para protestar? ¡Va lejos, para ser socialista!
–¡Me cago en la política, haga saltar París si se le canta, yo quiero a Conceiçao do Mundo!
–¡Pero si ya es suya! ¡Le repito que mañana ya no habrá París! ¡Y usted será el príncipe consorte de Conceiçao do Mundo!
–¿Por qué yo?
–¡No fui yo quien lo eligió, fue ella! Está en plena crisis de adolescencia; ve en usted a un segundo padre, ¡usted es el primer hombre que adora culear! ¡Por eso le pedí la mano de su encantadora madre, para que todo quede en familia!
–¡Conceiçao acaba de decirme que usted la quiere sacrificar con la luna llena!
–¿Eso le dijo? ¡Le voy a dar un par de bifes!
Saltó fuera del pozo.
–¡Métase de nuevo en su tumba, Senhor da Luna!
Apreté tres veces el gatillo; se desplomó en el interior del pozo; permaneció allí, mirándome mientras se reía.
–Explíqueme por qué quiere bajarme –me dijo–. Es exasperante, ¡me paso todo el tiempo descargando sus revólveres! Ya le concedí la mano de Conceiçao, le regalé un diamante que cuesta más que una pirámide, lo liberé de cuarenta putos que lo querían mandar a un asilo psiquiátrico y pongo a disposición de su querida madre mis dieciocho jardineros para su rosedal. No exageremos: ¡no soy tan mal partido para la señora viuda Pico! Soy lo mejorcito que se puede encontrar en Berry, el prefecto Roux se lo puede decir.
Vovió a encender su cigarro y yo me senté en una calabaza.
–¿Pero por qué destruir París? ¡Usted habría podido destruir Brasilia, y con eso era suficiente!
–Ya destruimos Brasilia a las doce y media hora de Brasil. Y en los últimos noticieros, usted podrá ver la Estatua de la Libertad rota en mil pedazos en el río Manhattan. Tokio, Moscú y Berlín saltarán al mismo tiempo. Vamos a eximir a Italia entera; es demasiado bella. Voy a instalar Venecia en la desembocadura del Amazonas para pasar allí mis últimos días.
–¿Quién es el jefe de su movimiento? –le pregunté.
–Conceiçao. ¡Es ella, la Concepción del Mundo! ¡Yo soy solamente uno de sus directores escénicos!
Conceiçao y mi madre llegaban desde la casa, abrazándose por la cintura. Mi madre estaba desnuda, como Conceiçao; sentí escalofríos en la espalda; nunca me hubiera imaginado que mi madre fuera una mujer desnuda como las demás.
–¿Qué le dio de beber? –pregunté a Vincio.
–¡Tomamos juntos un trip de ácido!
Mi madre saltó en el pozo y se aferró al cuello de Vinicio; le bajó los pantalones, rodaron al fondo del pozo. Tomé a Conceiçao por el brazo y la arrastré hacia la casa.
–¿Por qué usted todavía no lo mató?
–¡Más tarde te explico! ¡Vení conmigo!
Metí precipitadamente en una valija algunos vestidos de mi madre y me apoderé de los papeles que tenía en la cartera, envolví a Conceiçao con su capa de plumas de pavo real -que había tenido la precaución de recuperar en mi departamento de París-, y corrimos hacia el auto de mi madre, un Citroën 2 CV (9), muy modesto junto al Rolls Royce de Vinicio da Luna estacionado frente a la entrada del garage. La llave estaba puesta, arranqué sin problemas, y por cierto que ni mi madre ni Vinicio, en el estado en el que estaban, se pudieron dar cuenta de nuestra partida antes de unos largos cinco minutos.
Llegamos a Montluçon justo en el momento en el que el camión lleno de amazonas desembarcaba en la plaza, haciendo huir a los últimos parroquianos del café-tabac (10). Tomé la ruta que iba a Orleáns. Conceiçao me estrechó la mano. ¡Salvados!
La luna brillaba como una moneda recién acuñada, eran las diez de la noche. Conceiçao se acurrucó contra mí, la abracé con mi brazo derecho; sostenía el volante con la mano izquierda.
–¡Todavía no estamos salvados –me dijo– nos van a encontrar! ¡Usted debió matar a mi padre!
Sentí nacer en mi interior al héroe confuso cuya existencia todos sospechamos a fuerza de verlo representado por actores varios en las películas año tras año, pero cuya posibilidad siempre nos pareció imaginaria. En ese momento preciso, era yo ese ser único al que el destino había hecho creer que era un semidiós. Yo, René Pico, dibujante humorístico que usaba el anagrama de Copi, hijo maricón de una berrinesa algo excéntrica, me encontraba en el centro de una guerra mundial.
–No hay diferencia entre Brasil y Berry en la lengua amazónica –me dijo Conceiçao-, por eso eligieron Berry para instalar los cohetes. Berry es el centro geográfico de Francia, como la Amazonia es el centro geográfico del mundo.
¡Cohetes en el rosedal de mi madre!
Le acaricié los pezones bajo la capa de plumas de pavo real.
–¡Es mi padre el Demonio quien así lo quiere, oh, maldito Vinicio da Luna!
El olor de sus axilas me embriagaba. Estacioné el Citroën 2 CV en la banquina. Estaba loco de excitación, quería alcanzar ese momento de éxtasis epiléptico en el que descubrí su sexo de mujer.
–¡Dejame, cretino, no tengo ganas!
Saltó del Citroën. Mi excitación llegó al colmo. El hermafrodita de mi imaginación, de inspiración más bien griega, se había convertido, en ese decorado banal de autopista, en una menor a la que iba a violar. La perseguí y la atrapé en un arbusto de ortigas. Me mordió salvajemente la mano con que acariciaba su rostro inundado de lágrimas. Tenía la pija dura, la dominé, se la introduje de un golpe en el culo, y la hice gritar; eyaculé inmediatamente, a la manera árabe.
Ella lloraba. Me sentía horriblemente humillado, como si después del coito me hubiera quedado vacío de esencia. Levanté la capa de plumas de pavo real de las ortigas, y ayudé a Conceiçao a levantarse. No nos atrevíamos a mirarnos a los ojos.
Después de haber entrado en el auto, murmuré:
–¡Perdoname, querida, de pronto me creí un verdadero hombre, brutal y todo. ¡Te prometo que nunca más se va a repetir!
Estaba estupefacto, ignoraba que uno de golpe se pudiera convertir en violador. Más que miserable, me sentía cansado. En ese maldito día había perdido el respeto por mi madre y el self-respect del que estaba tan orgulloso en los tiempos de mi militancia homo sexual anglosajona.
–¿Pero adónde vamos, especie de cretino?
–A París, mi amor.
–¿A París? ¿Adónde? ¡Su casa voló por los aires y la ciudad está en estado de sitio!
–¡Tengo amigos en Montparnasse! Nos vamos a esconder en el taller de un compañero el tiempo necesario para ver qué está pasando.
No dejaba de repetir: “¡Usted debería haber matado a mi padre, especie de cretino!” Arranqué. Ya nada era como antes. El mundo entero ya no era como antes. Conceiçao do Mundo, cuya fascinación había destruido mi equilibrio mental (como probablemente el de una multitud de personas desde su nacimiento), me asqueó a un punto apenas soportable. Se sonó la nariz con su mano tosca, que después limpió en mi pantalón. No se había afeitado desde la víspera y su barba azulada asomaba a la luz de la luna. Sus senos enormes y su pija, que me habían excitado hasta la locura, me produjeron de repente el efecto de deformidades físicas, como una joroba o un pie deforme. Se tiró un pedo, bajé la ventanilla.
–¡Deténgase, quiero cagar!
No había terminado de detener el auto completamente cuando un líquido marrón ya chorreaba entre sus muslos. Corrió a buscar alivio ruidosamente mientras yo limpiaba el asiento con la manta escocesa de mi madre. El olor era pestilente.
–Es mi lombriz solitaria que tiene una crisis –dijo Conceiçao.
Me había olvidado de que en ese país tienen generalmente lombriz solitaria; seguramente yo debía tener toda una familia.
Continuaba tirándose pedos y cagando de lo lindo. Finalmente, le tendí la manta para que se limpiara. Tenía un aire extenuado.
–¡Ya se me va a pasar –dijo–, ni bien lleguemos a una estación de servicio me voy a hacer un lavaje con nafta, eso es lo único que calma a la tenia!
Se envolvió con la capa de plumas de pavo real que, después de todas esas aventuras, se parecía más bien a un pavo real aplastado por un tractor que a la soberbia capa de alta costura de la mañana, y se acostó hecha un ovillo en el asiento posterior. Inmediatamente se puso a roncar.
Me dije que con suerte íbamos a llegar a París hacia la una y media de la mañana; faltaba saber si el acceso a la ciudad era libre. Volví a encontrar en mi universo lingüístico expresiones propias de la segunda Guerra Mundial que tanto había escuchado de labios de mi madre. Así, me vino a la memoria el término “revituallamiento”. Apenas tenía cuatrocientos francos en efectivo y una tarjeta. Tenía también en el bolsillo uno de los diamantes más caros del mundo, pero ningún papel que probara su propiedad. ¿Y quién sabe cuánta gente buscaba en París, en ese momento, vender sus piedras preciosas y sus lingotes? Me había olvidado de la existencia de la radio. La prendí. Pasaban música clásica en todas las estaciones. Típico de un golpe de estado a la “coroneles” (11). ¡En Francia, en 1981! Faltaba saber quién detentaba el poder. Por cierto no las amazonas, a pesar de la ocupación de las Tullerías; en ese caso, hubieran pasado música tropical.
Todas las estaciones de servicio estaban cerradas; habíamos atravesado Orleáns, que estaba desierta, la gente se atrincheraba en sus casas; felizmente tenía el tanque lleno. Conceiçao gemía en el asiento trasero, seguramente tenía una pesadilla. La sacudí para despertarla, lanzó un aullido y me saltó a la garganta, cerrando sus manazas alrededor de mi cuello. No sé cómo alcancé a detener el automóvil en medio de la autopista. Un camión pesado no nos chocó de milagro. Sentía que me ahogaba y no podía aflojar la tenaza que me hacía Conceiçao. De pronto, el choque. Un automóvil se nos vino de frente a la velocidad de un rayo. Me aferré al volante, el 2 CV se convirtió en dos toneladas, y vi el cuerpo de Conceiçao, como una marioneta atravesar el parabrisas, mientras sentía un dolor punzante en la mandíbula. Varios autos hacían carambolas, escuchaba gritos. El Citroën quedó dado vuelta y yo, prisionero en el interior de la carcasa. Logré deslizarme como una serpiente por el vidrio posterior y alcancé el asfalto. Escupí un incisivo inferior en la mano. El Citroën, con las cuatro ruedas en el aire, yacía en medio de un charco de nafta y de aceite. A unos diez metros, un camión de seis toneladas se acoplaba a un Mercedes. Se escuchaban gritos que partían el alma.
“¡Conceiçao!”, grité. A cincuenta metros, un auto explotó, y el fuego iluminó la autopista como en una película. Había una decena de autos accidentados; una mujer en llamas corría en todas direcciones, perseguida por un niño; de la carrocería de un auto salía un rostro horriblemente quemado, fijado en un rictus de horror; un transporte de animales había volcado de lado, y los pobres caballos, apilados unos sobre otros, relinchaban mientras se quemaban.
–¡Conceiçao! ¡Conceiçao do Mundo! –grité, corriendo entre los restos de los automóviles humeantes.
Primero vi la capa de plumas de pavo real, a medias quemada en el pavimento, más lejos una de sus botitas rojas. Estaba ovillada a apenas dos metros de un auto que se incendiaba. Me precipité y la arrastré lejos de la hoguera. No parecía severamente herida, aparte de un raspón en la mejilla, pero apenas respiraba. Estaba casi seguro de que tenía un traumatismo de cráneo. Le hice respiración artificial; poco a poco respondió a mi aliento. Estaba angustiado. Comprendí que, después de todo, la amaba más que a nadie en el mundo. Me importaba un carajo el horror de los heridos alrededor de mí, solamente pensaba en que viviera Conceiçao.
Creí escuchar la llegada de un camión de bomberos, o tal vez se trataba de una ambulancia. Alguien daba órdenes por un altoparlante, una luz enceguecedora llegaba desde unos cien metros más adelante, vi gente de blanco que pasaba con una camilla. Pedí socorro. Llegaron inmediatamente, eran dos negros fornidos. Depositaron a Conceiçao en la camilla y se fueron casi corriendo. Los seguí cojeando, encima me había cagado un tobillo.
Una máquina luminosa de tres pisos estaba ahí, posada en una curva de la autopista. No sabía si estaba despierto o si soñaba; me dije que quizás me encontrara en el infierno. Al verla más de cerca (de hecho, estaba más lejos de lo que yo pensaba), el aparato tenía el aspecto de una bola de metal luminoso como si fuera de mercurio sólido. ¡Era mercurio! El armazón era blando, con una puerta minúscula, como la abertura de una carpa india pero más elástica, verdaderamente blanda, como la carne. Nos abismamos en ella. Inmediatamente, escuché un ruido de maquinaria infernal. Los dos negros que había tomado por simples enfermeros de ultramar eran, sin duda, dos peligrosas amazonas. Desvistieron rápidamente a Conceiçao y la lavaron de manera bastante brutal, sin ocuparse en lo más mínimo de mí, como si yo fuera un perro de la familia. La extendieron sobre una especie de sillón de dentista y la envolvieron con una manta inflada de color azul eléctrico antes de salir de la pieza. La pieza era hexagonal, con un sillón en el medio, tenía seis puertas de acero, cerradas, cada una en un panel del muro. Corrí a tomarle el pulso a Conceiçao, estaba mucho mejor. Pestañeó y me miró.
–Protegeme –murmuró–. ¿Dónde estamos?
–No sé, Conceiçao.
Miró alrededor de ella con expresión atontada.
–¡Es el plato volador de papá!
La habitación se sacudió como si fuéramos víctimas de un terremoto. Estreché a Conceiçao en mis brazos.
Una puerta se abrió. Vinicio da Luna, vestido de cuero dorado y cubierto por una capa de seda rosa me sonrió con todos sus dientes de oro.
–Bienvenido a “Conceiçao do Mundo” –me dijo–. Esta máquina fue enteramente construida por científicas amazonas –agregó, golpeteando los dedos contra una de las paredes–. Oficialmente, usted es el primer pasajero. ¡Vamos a la Amazonia, mi Yerno!
Mi madre entró detrás de él, vestida de modo ridículo con unos pantalones fuseau hechos de piel igualmente dorada, y un casco con dos antenas.
–Querido mío –me dijo- ¡Vinicio me ofreció este plato volador como regalo de compromiso! ¡Todos mis sueños de infancia consumados en un solo día!
Y todas mis pesadillas, pensé para mí.
Tenía un aire extasiado. Sentí que mis piernas flaqueaban. Me desmayé.

 

***

3.- Los maleficios de la luna

Me desperté magullado: me dolían los cuatro miembros, sin hablar del tronco y la cabeza. Me pregunté dónde me encontraría. En todo caso, en el negro absoluto. Me moví un poco. Estaba desnudo en una cama muy blanda, con sábanas de satén. Escuchaba el ruido de un motor en sordina, como en los barcos durante la noche. Pero no había ni un ojo de buey, ni sombra de una luz. Me arrastré hasta el borde de la cama y aventuré fuera mis piernas. Hundí un pié en el agua helada y lo retiré inmediatamente. Escuché la risa inconfundible en la negrura.
–¿Usted se despierta, finalmente?
Vinicio da Luna estaba allí. Una luz me encegueció, escondí mi cabeza entre las sábanas. Su mano me acarició los hombros.
–¿Por qué usted siempre tiene miedo? ¡Cada vez se hace más maricón!
Me arrancó las sábanas. Bajo el neón verde, vi mi cuerpo cubierto de moretones. Mi tobillo estaba seriamente inflamado.
–¡Tome, usted perdió su diamante, no deje que se lo lleven a cualquier parte, es un talismán!
La pieza era oval, pintada color cáscara de huevo; flotábamos sobre un colchón inflable que imitaba una inmensa hamburguesa. Vinicio estaba sentado al pie de la cama y sus enormes pies flotaban en el agua verde. Estaba desnudo, como yo. Su cuerpo de coloso negro estaba untado con una película brillante.
–Es aceite de hígado de bacalao –me dijo–, para conjurar la mala suerte.
Alrededor de él volaban moscardones que a veces aplastaba con un gesto rápido con ambas manos, como si aplaudiera. De repente se arrojó sobre mí y me abrazó. Me besó en la boca y tuve ganas de vomitar. Felizmente se alejó para deslizar su boca asquerosa hasta mis pies, que lamió. Me besuqueaba el tobillo afectado.
–¡Lo deseo, mi Yerno!
Me mordisqueó las pantorrillas, pronto llegó al sexo. Me sentía mal del estómago. Él relinchaba. Me separó los muslos y me frotó el ano con sus mostachos. No pude contenerme y cagué un chorro de mierda.
–¡Me encanta! –se atragantaba–. ¡Más! ¡Más!
Vomité, me besó en la boca, sorbiendo mis vómitos como una ventosa. Me debatí, pero era más fuerte que yo; me mordió el cuello como los perros en celo antes de torcerme el brazo por detrás de los riñones y darme vuelta.
–¡Te la voy a meter, mi pequeño Yerno!
Tenía una pija enorme, monstruosa, en forma de gancho y dura como ninguna. Cuando me la introdujo, aullé de dolor; tenía el recto en llamas. Continuaba aferrándome el cuello con los dientes; se puso a sacudirme como si jugara al flipper. Cuando eyaculó, yo tenía el culo lleno de mierda y sangre. Luego del estallido quedó exangüe, apenas respirando. Me desprendí trabajosamente del abrazo y expulsé la pija reblandecida, mordiéndome los labios para no gritar. No pareció darse cuenta, ya dormía con toda su masa corporal sobre la hamburguesa inflable. Me dejé deslizar al agua y me lavé por todas partes, frotándome con una sábana.
Me preguntaba dónde estaría Conceiçao. Si bien era cierto que ya no la quería como antes de esa horrible escena en que la había tomado por la fuerza, la adoración había dejado lugar a un sentimiento de naturaleza maternal. El agua helada me hizo bien; mis intestinos se calmaron y mi dolor en el tobillo se hizo casi soportable.
El agua me llegaba al cuello; nadé hasta la única puerta oval de metal dorado de la nave, en donde estaba escrito, en bajorrelieve, con letras groseramente góticas: “¡Desfóndame si quieres, sucia bicha!” (marica, en brasileño (12) ). Estaba seguro de no soñar, tan aguda era la conciencia de mis miserias, pero no estaba seguro de no estar siendo víctima de un delirio demencial. ¿Desde cuándo duraba ese delirio? Y por otra parte, ¿desde hacía cuánto tiempo dormía? Y Conceiçao do Mundo, ¿dónde estaba? Buscaba con mis manos bajo el agua alguna manija de la maldita puerta, gritando “¡Conceiçao! ¡Conceiçao!”, cuando me di cuenta de que el agua se estaba poniendo tibia al mismo tiempo que su nivel subía. Nadé hacia el colchón donde Vinicio da Luna flotaba roncando y salté sobre él; lo sacudí para despertarlo. El nivel del agua subía cada vez más a medida que se calentaba; ya se agitaba cuando mi cabeza tocó la araña de neón en el centro de la cúpula de la nave. Conseguí despertar a Vinicio a bofetadas.
–No se inquiete, es normal –me dijo, bostezando–, es nuestro sistema de calefacción que hace de las suyas.
Un ruido infernal de desagüe acompañó el rápido desagote de la nave; nos encontrábamos en un remolino del tipo bidet; me aferré al colchón que giraba sobre sí mismo como un trompo. De pronto aterrizamos, la puerta se abrió, y una corriente de aire fresco se abismó en el interior. El vapor se disipó. Entró mi madre. Vinicio me suplicó: “¡Sobre todo, ni una palabra a su madre sobre nuestro pequeño jolgorio de recién!”.
Mi madre estaba vestida igual que antes, con unos pantalones fuseau cortados en un material elástico rojo fluorescente que destacaba sus senos colgantes, sus muslos gelatinosos y su inmenso clítoris. Pero esta vez no llevaba su casco con antenas; había trenzado sus cabellos blancos con hilos dorados, y de sus trenzas tirantes colgaban bombitas de navidad. La locura de mi madre debía formar parte de la mía, o viceversa. Atravesó la pieza saltando sobre sus tacos aguja para ir a frotarse contra Vinicio, cubierto de excrementos y de vómitos, haciendo de cuenta que no me veía.
–¡Fornicame, mi macho!
Salí de la pieza para encontrarme en un pasillo muy angosto como de submarino, de una veintena de metros de largo, con una única puerta al final. Me arrastré hasta ella y la abrí. Daba a un inmenso invernadero abigarrado de plantas tropicales cuyas dimensiones no podía calcular. Hacía un calor aplastante. Volví a cerrar la puerta velozmente cuando me di cuenta de que las ramas de los árboles estaban cargadas de serpientes anchas como mi brazo y de varios metros de largo, de color plateado, cuyo lento movimiento en espiral alrededor de las ramas hacía parecer casi inofensivas, como las serpientes de Walt Disney. Sentí un sudor frío, temblaba con todos mis miembros. Volví sobre mis pasos a lo largo del pasillo. En el centro de la pileta color cáscara de huevo estaba la hamburguesa inflable. Mi madre penetraba a Vinicio con un frasco de ketchup. Él gritaba como una gata en celo, sacudiendo la hamburguesa de poliéster.
–¡Venga a unirse a nosotros, mi Yerno! –se apuró a decir.
Mi madre sintió vergüenza de la situación y escondió el frasco de ketchup entre sus piernas.
–¿Dónde está Conceiçao? –pregunté.
–Está bien –dijo mi madre- se viste para el descenso.
–¡Mamá, se que siempre fuiste imbécil, pero no cínica hasta ese punto!
–No sabía que usted se inquietaba tanto por Conceiçao, Yerno mío –me dijo Vinicio da Luna–. Está de lo mejor, con sus damas de compañía, organizando las festividades para el alunizaje.
–Alunizamos –agregó mi madre– andá a vestirte, querido, ¡no te arrastres desnudo por los pasillos!
–¡Dónde está Conceiçao!
–¿Por qué te ponés así de nervioso, Copi? –se indignó mi madre.
–No lo regañes, mamá, solamente es un niño –dijo Vinicio.
–¿Dónde está? –aullé.
Sentí una presencia con el rabillo del ojo y me di vuelta. Conceiçao estaba ahí. Me tomó rápidamente de la mano y me arrastró al mismo pasillo de antes. Estaba ataviada con una túnica ligerísima, tejida de perlas minúsculas y de coral, que dejaba entrever las divinas puntas de sus senos y su soberbia pija adornada con un pequeño colibrí. Cerró la puerta de la nave detrás de nosotros antes de besarme largamente en la boca. Estábamos solos en el pasillo.
–Conceiçao –murmuré entre sus labios–, te creía perdida para siempre...
–Nunca más vuelvas a decir eso –me dijo, acariciándome los labios con su aliento frutado.
Me arrastró hasta la puerta del invernadero.
–¡Hay serpientes! –le advertí.
–¡Son amigas!
Entramos. La abracé, apoyándome en sus hombros; el calor me sofocaba y yo cojeaba. Atravesamos trabajosamente el invernadero, apartando las ramas y las grandes hojas; felizmente, las serpientes se alejaban a nuestro paso; yo, sin embargo, temblaba de miedo. Llegamos hasta la raíz de un árbol gigantesco que tenía una puerta disimulada en la corteza; Conceiçao apenas la tocó con los dedos y la puerta se abrió para dejar ver un ascensor que me sorprendió por su aspecto anticuado. ¡Un ascensor Roux-Combaluzier en el interior de un árbol tropical, en el interior de una nave espacial! Por primera vez me di cuenta de que ya no tenía a nadie en el mundo con quien compartir mi asombro.
–Dormiste durante tres días –me dijo Conceiçao.
Hablaba como una sonámbula, atenta al manejo del ascensor. Éste se detuvo una primera vez, y entró un viento glacial; pude ver un iglú cubierto de pequeñas focas. Un esquimal no mayor que una foca verdadera se metió con el viento. Estaba vestido con una piel de oso blanco. Me toqué la barba. ¡Entonces era cierto que había dormido tres días!
–¿Qué pasó durante todo este tiempo?
–Un accidente espantoso, la Tierra prácticamente explotó –dijo Conceiçao.
–¿Cómo “explotó”?
El Roux-Combaluzier se puso en marcha. Esta vez bajábamos. El esquimal tomó la palabra. Hablaba como en los noticieros. La ocupación amazónica había enloquecido al gobierno soviético al punto de que había hecho explotar una bomba de neutrones en París; y ahí los norteamericanos no se habían quedado atrás. Habían aprovechado para arrasar todas las capitales de Europa del Este, aparte de Varsovia. Ayer, los últimos soviéticos habían hecho explotar New York, San Francisco, y -la gente se preguntaba por qué- La Habana.
–¿Y el hemisferio sur?
–Los argentinos hicieron explotar una bomba atómica que desencadenó el derrumbe de la Cordillera de los Andes en el Pacífico, Libia se apoderó de Africa y de Oriente sin la más mínima violencia. Khadafi es el único político que aprovechó ampliamente la situación.
Sí, ¿pero en qué mundo? Las secuelas de la catástrofe podían aniquilar la vida sobre la Tierra en un corto plazo; faltaba oxígeno, los bebés nacían muertos. Una multitud de sobrevivientes del hemisferio norte huían hacia el hemisferio sur. Los accidentes aéreos se multiplicaban. En cuanto al mar, todos los medios de transporte eran buenos, desde el barco de paseo hasta la simple balsa. Los sobrevivientes de Estados Unidos, de la Unión Soviética y de Europa se precipitaban hacia las costas africanas, desafiando al Mediterráneo, por primera vez en furor, y al Atlántico, bastante perturbado por un cambio radical en las mareas. En la mayor parte de los casos eran atrapados y asesinados por miedo al contagio atómico y se los quemaba vivos en sus propias embarcaciones. Se habían convertido en los apestados de un orden universal y el mundo musulmán quería aprovechar la situación para aniquilarlos.
“Así, Alá habrá tenido su corto reino sobre la tierra”, me dije. Y todo por culpa de las amazonas. Esta especie de mutantes amazónicas era el accidente imprevisto que ninguna religión en el mundo habría podido imaginar, o bien sí, todas juntas. Se trataba históricamente de un coito natural, si se lo pensaba a la francesa. La conciencia de mi propio ridículo era el único vestigio de la filosofía con la que había sido alimentado.
El pequeño esquimal frotó las pieles contra mis muslos. Me había olvidado de que estaba en un Roux-Combaluzier, y desnudo. El esquimal me besó la mano.
–Lo debe sorprender verme vestido así. Doy de comer a las focas, pero ahora me puedo quitar el abrigo.
Lo que hizo, dejándolo caer al suelo. La puerta del ascensor se abrió para dejar ver una enorme pieza redonda con una mesa cuadrada en el centro. Alrededor de la mesa había una veintena de amazonas que hablaban en su lengua todas a la vez. Eran de una belleza soberbia, como si reunieran en ellas lo mejor de cada raza. Tenían sexos de hombre enormes, y senos bien moldeados y puntiagudos; me pregunté si tendrían, además, como Conceiçao, sexos de mujer. Noté que todas tenían los ojos de distinto color. El izquierdo era invariablemente de terciopelo negro, como sólo vi en las mujeres veladas de Egipto; el ojo derecho podía ser verde, azul, amarillo o violeta. Una tenía el ojo derecho rojo, como un conejo (era el único feo). Pero en todas las demás, el ojo derecho tenía la movilidad y el brillo de los ojos de las fieras. El esquimal me presentó: “¡Es el habitante de Europa!”. Las amazonas me aplaudieron, algunas saltaron sobre la mesa. Tenían la piel oscura, cobriza, salvo la columna vertebral, que estaba erizada de pelos que continuaban una crin como en los caballos. Sin embargo, no tenían cola. Tenían entre siete y catorce años. En ese momento tuve la seguridad de que las amazonas eran productos de una manipulación genética que sobrepasaba nuestra noción de raza, de edad y de sexo.
–Es preciso que te deje –me dijo Conceiçao.
Se precipitó hacia el ascensor antes de que tuviera tiempo de atraparla. El Roux-Combaluzier se puso en marcha y desapareció de mi vista, aunque la escuché gritar: “¡Vuelvo enseguida!”
–Yo le voy a hacer de intérprete –me dijo el esquimal–. Y si usted me lo permite, también voy a ser su abogado. Tenga confianza en mí, voy a saber defenderlo, pero júreme que usted es un puto de verdad, caso contrario no va a funcionar. Ya bastante difícil es defender su caso, por culpa de su madre, que accedió testimoniar en su contra, no sabemos bien por qué. Pero no olvide que en ningún caso debe decir que usted es heterosexual, ya su relación con Conceiçao es lo bastante sospechosa, ¡felizmente su pasado de militante homosexual lo honra!
Estábamos todos desnudos, incluido mi abogado, que era el más pequeño del grupo; era el único de raza asiática y se lo habría podido tomar por un enano japonés. Pero yo me sentía el único desnudo entre los asistentes; escondí mi sexo entre las manos.
–¿Pero de qué se me acusa?
–¿Y usted lo pregunta? ¡Usted es el responsable de la catástrofe de la Tierra!
–¿Vinicio da Luna no puede declarar a mi favor?
–La situación de él es más delicada que la suya, y eso para no hablar de Conceiçao do Mundo. Apenas aceptaron emplearla como ascensorista, luego de haber sido líder absoluta del movimiento amazónico. Pero no se inquiete, no se trata de juzgarlo, para hablar en sentido estricto. Se supone que usted es un agente de Khadafi, pero algunos se inclinan por la versión de una serie de acontecimientos en cascada que se deben simplemente a su idiotez. En este sentido, el testimonio de su madre nos puede ser útil.
–¿Soy el único sobreviviente de Europa?
–No es el único sobreviviente porque usted no está vivo. Todos estamos muertos.
Tuve conciencia de estar tratando con un loco e hice como que entraba en su mundo.
–¿Cuándo me morí?
–Usted ya estaba muerto en el vientre de su madre, al menos es lo que ella afirma. Es un testimonio capital. Le puede permitir probar que es inocente, pero esto cuestiona la inocencia del jurado, que se encuentra más o menos en la misma situación.
¡Entonces ese japonés minúsculo era la cabeza pensante del movimiento amazónico! Era de prever. Después de las oleadas de profetas de toda nacionalidad y religión que habíamos padecido en la tierra durante los últimos años, jamás habíamos escuchado hablar de un gurú japonés. ¡Y bien, aquí estaba, era él! Hubiera debido pensarlo inmediatamente. Esta máquina, que reducía a la última nave espacial americana al estado de un globo aerostático, nunca podría haber sido construida por las amazonas, y por ninguna potencia del mundo más que por Japón. Mi conocimiento del mundo moderno se limitaba a algunas lecturas de publicaciones científicas en la sala de espera del dentista. Creía, ignorante de mí, que me encontraba todavía en el futuro hipotético de la prensa francesa. Me dije con sorpresa que incluso mi oficio de dibujante humorístico, que consiste en afirmar la realidad como ficción, me impedía captar la verdadera naturaleza de los acontecimientos actuales.
Nunca me había considerado, como trabajador de la imaginación, más que un rehén perpetuo del obrero desconocido cuyos ideales compartía; jamás habría imaginado que pudiera ser el rehén de una guerra de ese tamaño, en la que las nociones de sociedad y de país estaban casi excluidas.
–¿Cuántos somos en el satélite?
–Para hablar en términos correctos no se trata de un satélite, sino de un cohete que cambia de dirección constantemente. No podemos saber cuántos somos, ni siquiera las dimensiones del vehículo –respondió con calma el japonés–. Todas las piezas se comunican entre sí por medio de ascensores, pasillos, ventanas, aberturas. Encontramos aquí todos los climas y creemos incluso que al menos una familia de cada especie animal de la tierra puede vivir en los acuarios y los invernaderos mantenidos por robots.
Sabía que mentía: lo había visto a él mismo dándole de comer a las focas.
–¿No hay ninguna autoridad superior al tribunal?
–Sí, usted. En fin, por el momento. Depende del veredicto.
Estaba verdaderamente loco.
–¿Quién da el veredicto?
–Usted, obviamente. No somos competentes, pero estamos aquí para ayudarlo.
–¿Ustedes exigen de mí una suerte de autocrítica?
–¡Ah! No, no hay que confundir crítica y justicia, incluso muertos, sobre todo muertos. Usted va a juzgarse en alma y conciencia.
–No sé de qué se me acusa.
–De la catástrofe mundial.
–¡Absurdo! Además, ¿para qué defenderme, si estoy muerto?
Las amazonas me miraban con la boca abierta; yo no estaba seguro de que comprendieran una sola palabra.
–No sé quiénes son ustedes ni cuántos somos –continué– pero en este momento sólo veo dos víctimas en esta historia: ¡Conceiçao do Mundo y yo mismo! ¡Déjennos tranquilos en un rincón de su satélite! ¿Quién sabe cuál es la duración de nuestra memoria? ¡Y para qué utilizarla para juzgarnos los unos a los otros!
Hubo un silencio. Me sorprendí por el carácter político de mi discurso; concluí:
–¡No nos juzgamos entre muertos!
–Esa es la única razón para juzgarlo –respondió el japonés–. Usted es un caso nuevo en la justicia, porque en ningún caso se podría sentar jurisprudencia; de allí el interés extremo del tribunal.
–¡Entonces, que se me juzgue en ausencia, soy el único al que este juicio no interesa en lo más mínimo!
–Estamos de acuerdo –dijo- salvo por este detalle: a usted le toca juzgarse.
–¡Jamás me he acusado de nada, no puedo juzgarme!
–Su mala fe es evidente, pero nadie le dijo nunca que usted estaba obligado a juzgarse, puesto que no existe hora, ni fecha, ni incluso lugar preciso que lo obliguen a hacerlo. Usted juzgará la oportunidad de juzgarse en todo momento. ¿Y ahora, qué quiere hacer?
–Primero, ¿qué puedo hacer?
–Todo. Por ejemplo, puede pasearse por la Nave, jugar a las cartas, limarse las uñas, comer en las fondas, charlar. ¡Todo puede hacer!
No había escuchado llegar a Conceiçao; estaba detrás de mí. Su mano me rozó los cabellos.
–Todo va bien, mi amor –murmuró.
La tomé en mis brazos.
–Conceiçao, ¿por qué me juzgan?
–Es una costumbre que les quedó del Amazonas –dijo sonriendo–. Entre nosotros es un pasatiempo, como el scrabbel en Francia.
Conceiçao me hablaba ahora como si fuera una persona adulta. Como una enfermera habla a un enfermo, en realidad. Ya no tenía más razones para creerle a Conceiçao en lugar de al japonés. Ni a Vinicio da Luna. Y menos todavía a mi madre. En cuanto a los demás, no podía estar seguro de que, además de las amazonas y los animales del invernadero y los acuarios, hubiera otros hombres civilizados en la Nave, más allá del asiático y yo mismo. Se habrían manifestado, o bien se me habría hecho saber de su existencia. Pero quizás yo no era el único. ¿Cómo saberlo? Había escuchado lo suficiente como para comprender que era inútil plantear preguntas; todo el mundo me mentía. Esta serie de mentiras debía esconder sin embargo una verdad menos compleja, más evidente, pero por el momento, no podía más que limitarme a intentar descubrir la identidad del verdadero Cerebro de la Nave. Y me inclinaba siempre por Vinicio da Luna, más que por el japonés.
Este último, después de que entrara Conceiçao en la pieza, había cambiado radicalmente de actitud; se había sentado en un rincón alejado, con la cabeza entre las rodillas.
–Está muy angustiado –me dijo Conceiçao–. Es el ingeniero que construyó la nave, pero contaba con quedarse sobre la tierra. La Isla del Sol Naciente fue arrasada por una marea; no más nipones. Sin la Nave, New-New se habría quedado abajo.
–¡New-New! –lo llamó.
El se arrastró hasta nosotros como un perro, con una cola imaginaria entre las piernas. Ella le dio una patada en la cabeza.
–Decile hola al Amo –le ordenó.
El japonés lloraba: “¡Quiero hacerme el hara-kiri! ¡Denme un cuchillo!” Las amazonas se retorcían de risa; algunas lo escupían y le hacían pis encima. Entonces mi juicio había sido solamente una broma gratuita de New-New, ¡el cuasi perro asiático de la tribu amazónica!
–Si es tu voluntad, lo podemos torturar –me dijo Conceiçao– eso va a divertir a todo el mundo!
El japonés me abrazó las rodillas e imploró: “¡Por favor, Amo, no deje que me torturen!”. Se dio vuelta para mostrarme sus nalgas quemadas.
–¡Mire lo que me hicieron!
Todo el mundo estalló de risa, incluso Conceiçao. Vi en este hecho la resurrección de toda la bestialidad bárbara de la que siempre había querido arrancarla.
–¡No se tortura a un hombre, Conceiçao!
Ella me estrechó el brazo.
–¡Vení que te muestro la Luna!
Me condujo hacia el ascensor. El japonés se había aferrado a mi mano.
–¿Puedo seguirlo, Amo?
–¡Por supuesto, New-New!
Las amazonas lo persiguieron hasta la puerta del ascensor, pellizcándolo por todas partes y retorciéndole las orejas. Su piel de oso toda pringosa de pescado estaba todavía en el suelo del ascensor; se la volvió a poner y se volvió a agarrar de mi mano, llorando como un niño. Conceiçao se reía a carcajadas limpias mientras manejaba el ascensor.
–¡No hay que reírse de la infelicidad ajena, Conceiçao!
No hacía más que repetir los viejos argumentos cristianos que había ridiculizado toda la vida.
La puerta del ascensor se volvió a abrir; ya no sabía si habíamos subido o bajado, ni cuántos pisos. Nos encontramos al aire libre, en una terraza inmensa, en el momento de la puesta del sol. Hacía calor, pero la brisa nos acariciaba. Rodee los hombros de Conceiçao con ambos brazos. El sol formaba un mosaico azul y verde. Algunas amazonas dormían en el suelo, acurrucadas, otras abrazadas en grupo. La terraza estaba rodeada de una balaustrada de mármol de Carrara, blaquísima; nos aproximamos. El espectáculo me maravilló hasta el punto que olvidé mis problemas. La Nave, vista desde lo alto de la terraza, me pareció más ancha y angosta que cuando la había visto desde abajo; su caparazón de mercurio elástico, inflado en ciertos lugares, adoptaba, en otros lugares, la forma de la jaula de un ascensor. Sobrevolamos con la mirada una espesa selva ecuatoriana, que hervía de gritos de animales.

–¡Transportamos el Amazonas a la Luna! –me dijo Conceiçao–. ¡Mirá la Tierra!
Levanté la vista. Vi, en el cenit, el globo terráqueo de la biblioteca de mi infancia reducido a la categoría de un gran melón podrido. Se distinguían los continentes como en las fotos de los viejos satélites norteamericanos, pero algo había cambiado: la constelación de los continentes. En una de las superficies del Océano, en la que ya no existía límite entre el Atlántico y el Pacífico, Africa se codeaba, incluso se adaptaba, a las formas de América del Sur. Europa Occidental, particularmente la Isla del Reino Unido, se había deslizado hasta el Golfo de Vizcaya y se había separado de su consuegra de Europa Oriental y formaba una enorme masa de tierra que giraba perceptiblemente sobre sí misma. La ruptura entre ambas Américas se había debido producir a la altura de Panamá. América del Norte estaba incrustada en Asia. No puedo decir que pensara en Dios, pero tuve la intuición de lo que un dios único pudo representar tal vez para nuestros ancestros cristianos.
–¿Qué piensa usted de esto?
Era la voz de Vinicio da Luna. Vi a mi madre a su lado; ella hacía como que lloraba de emoción. Vinicio se inclinó sobre la balaustrada. “Amazononanamazanomamazona...” comenzó a repetir, como en éxtasis, con su potente voz de tenor. La selva se erizó de gritos de múltiples bestias. Esperaba un discurso dictatorial, pero no, se puso a cantar una bossa nova ya antigua sobre la tierra: “Ah, que saudade tenho da minha terra, a minha luna (13) e sempre a mesma, minha fortuna e ver a brincadeira, quero brincar vôcé à noite enteira!” Y he aquí lo que me dejó estupefacto: todas las voces de los animales (cuya naturaleza no conocía, salvo las raras ararás que sobrecargaban los árboles, pero sospechaba que había una multitud de especies, ya que sus gritos iban desde el aullido del puma al silbido de la serpiente, del grito agudo del cóndor al tam-tam del sapo-búfalo) comenzaron a parodiar la bossa nova, siguiendo el ritmo de Vinicio. Tenía miedo, estreché a Conceiçao entre mis brazos. Me besó profundamente en la boca. Se elevó desde el fondo de la selva una ovación con una voz cuya naturaleza me pareció apenas humana. Las ramas de los árboles, a nuestros pies, se llenaron de amazonas que se balanceaban como monos, haciendo huir a una multitud de pájaros. Nos mostramos en la balaustrada, mi madre del brazo de Vinicio y yo abrazando a Conceiçao. El enano New-New seguía pegado a mí; no sobrepasaba la altura del balcón.
–Le voy a servir de intérprete –repetía.
El sol se puso de golpe y la atmósfera cambió en un instante: la Tierra, que reflejaba la luz del Sol detrás de la luna, se hacía cambiante, caleidoscópica. Se veía el horizonte de la selva virgen, de pronto preciso, en donde se perfilaban cuellos de animales (¿dinosaurios?) rematados por minúsculas cabezas que pacían en las ramas altas de los árboles. En ese momento me di cuenta de las verdaderas dimensiones de la luna; el horizonte estaba muy cerca y se veía sensiblemente más curvo que el de la Tierra. Tuve vértigo; me alejé de la balaustrada. Conceiçao, mi madre y Vinicio continuaban saludando al pueblo amazónico, los otros continuaban aclamándolos, y todo estaba jalonado por el concierto de la selva. El enano New-New continuaba adhiriéndose a mí. Ya me había acostumbrado a él como a un perro.
–Amo, no se enoje conmigo por haberlo engañado hace un momento; quería medir la grandeza de sus sentimientos. ¡De aquí en más, seré su esclavo eterno!
Comenzó a lamerme la mano y lo aparté. Tuve nostalgia de la Tierra como un inmigrante italiano tiene nostalgia de la suya cuando comprende que la vuelta sólo podrá ser imaginaria. Después de todo, mi aventura no era más que demasiado humana. Pero estaba asombrado por el comportamiento de mi madre, de la que creía haberme hecho, sin embargo, de una vez por todas, una imagen.
Las amazonas ponían una mesa en medio de la terraza. Una mesa de metal oval que reflejaba la imagen de nuestra Tierra, siempre inmóvil en el cenit. Apenas había cambiado respecto de un momento atrás, salvo una nube sombría que avanzaba desde lo que quedaba de Asia hacia la masa de hielo del Polo Norte. ¿Un ciclón? Los sobrevivientes de la humanidad debían estar viviendo en ese momento lo que siempre habíamos denominado, oscuramente, “Apocalipsis”; quizás nos viéramos reconfortados por el recuerdo ancestral de otros cataclismos, de los que somos hijos espirituales.
Yo lloraba; el enano New-New quiso lamerme las lágrimas, pero lo aparté con el codo. Vinicio vino a ofrecerme una dosis de cocaína mientras que Conceiçao y mi madre, de la mano, daban órdenes a las amazonas acerca de la disposición de los diferentes platos que llegaban por el ascensor. Cada plato cuadrado de bambú estaba sostenido por cuatro amazonas. Todo estaba desparramado por la terraza. La escena transcurría a gran velocidad, como si se tratara de utileros de teatro montando un decorado durante el entreacto. Pero desconfiaba cada vez más de mi noción de tiempo. Tenía un poco de frío, me di cuenta de que estaba desnudo. Como si hubiera adivinado mis deseos, una amazona, negra como el ébano, con el ojo izquierdo color de ágata, corrió hacia mí con una capa de lino blanco que apoyó sobre mis hombros. New-New me la abrochó elegantemente sobre el pecho. Aspiré dos rayas que Vinicio da Luna me ofreció sobre un espejo de bolsillo, con ayuda de un canuto de plata.
–Es cocaína made in Amazonia, tenemos nuestros laboratorios al pie mismo de las plantas. ¡No hay restricciones en la luna! ¿Qué piensa usted de nuestro Reino? (comenzó a reír con esa risa contagiosa del tercer mundo.) ¡Los agarramos, a los putos!
Señalaba la Tierra, luego se agarraba el estómago. New-New también reía, nerviosamente; yo no. Hubiera preferido encontrarme en el lugar de cualquiera de mis hermanos que se habían quedado sobre la Tierra para vivir nuestro destino común o morir juntos. Decididamente, mi revuelta atea estaba menos consumada que la de mi madre. Completamente ebria, se había acostado sobre la mesa oval, donde vomitaba. Las amazonas la lavaban. Vinicio da Luna comprendió mi desamparo; lo sentí en su mirada, humana por primera vez.
–Sé que hay muchas cosas que usted todavía no comprende –me dijo– y la primera es ésta: ¡usted es nuestro jefe!
En efecto, había muchas cosas que comprender.
–¿Pero por qué?
–Yo no lo elegí –me respondió secamente Vinicio da Luna–. Usted tiene poca memoria. ¡Fue usted quien secuestró a Conceiçao do Mundo en París para llevarla a lo de su madre en Berry, y también fue usted quien la secuestró en Berry para provocar ese accidente espantoso en la autopista de Aquitania, donde por poco ella pierde la vida por su idiotez! Después de lo cual nosotros lo hemos salvado in extremis de la catástrofe mundial, ¿y en lugar de agradecerme me pregunta: por qué yo? Me cago en que sea usted u otro, ¡solamente pienso en la felicidad de Conceiçao! ¡Y por eso hasta estoy dispuesto a casarme con su madre! ¡Esto le parece a usted anormal porque usted tiene mentalidad de maricón!
–¿Usted es un ser humano sí o no? –estallé–. Está contemplando la aniquilación del mundo desde lo alto de este balcón en la Luna, ¿y me habla de la felicidad de su hija?
–¡Usted no es más que un pequeño burgués que desconfía de su banco! –me devolvió la pelota–. ¡No me diga que alguna vez, en su miserable vida de marica parisino, imaginó que un día se iba a casar con el hermafrodita de sus sueños, y que se convertiría por eso en el jefe de la Luna!
–¡No lo busqué!
–¡Nadie lo buscó!
–Pero entonces, ¿por qué esta catástrofe?
Me sacudió por los hombros.
–¿Pero entonces usted no entendió nada? ¡Se trata de la atmósfera! ¡Poseemos el Amazonas, el pulmón del mundo! La vida ya no está sobre la Tierra, ¡está sobre la Luna! ¡Usted lo está viendo, la Tierra agoniza! ¡Todo el mundo lo preveía desde Einstein, pero nadie, aparte de las amazonas, previó salvaguardar el oxígeno! ¿Usted sigue creyendo que yo soy un científico loco y que las amazonas son mis esclavas? Las amazonas siempre fueron bisexuales; son la única especie privilegiada en el mundo; no tienen necesidad de construir pirámides para momificarse; plantaron metro a metro la selva amazónica, ¡mientras que los otros imbéciles edificaban sus torres de Babel, y sus estatuas de la Libertad! ¡Por no hablar de las columnas griegas y de la Torre Eiffel! (Se ahogaba de la rabia). Y eso generación tras generación, ¡desde que existe la memoria humana!
No me tomé el trabajo de señalarle la diferencia entre nuestra cultura milenaria y la ecología apenas reciente sobre la tierra, pero observé:
–Quizás no sean nuestras esclavas, ¡pero nos tratan como si fuéramos una familia real!
–¡Es lo que somos! Las divierte disfrazarnos y servirnos a la mesa. ¡Bastante suerte tenemos si no nos envían otra vez sobre la Tierra! ¡Conceiçao les expresó claramente su deseo de reproducirse con usted; claro que comprendieron que usted era su jefe!
–En este aspecto, las amazonas imitan de alguna forma las costumbres de las hormigas marabunta –retomó el asiático New-New–. Durante la gestación, el macho es mimado por la tribu; el día del nacimiento, si el niño no es bisexual, al padre se lo castra.
New-New temblaba, aferrándose a mis rodillas al punto de hacerme perder el equilibrio.
–Todo depende de sus genes –dijo Vinicio–. Además, no es para mañana. El tiempo de gestación de las amazonas es de siete años y medio, aunque es preciso prever que sobre la Luna puede influir la falta de gravedad y hacer que el feto pueda tener más ganas de caminar en cuatro patas desde el quinto año de embarazo. Las amazonas caminan con los codos y las rodillas por lo menos durante diez años; solamente comienzan a escalar en el momento de la pubertad, para alcanzar las ramas de los árboles. Imitan a los pájaros hasta la edad de treinta años, antes de cubrirse de plumas. Hacen una única nidada de huevos de los que nacen los “ararás”, una suerte de mulo de la Amazonia. Bastante más tarde comienzan a crecerle los pechos y el clítoris, entonces bajan de los árboles para llevar una vida humana; en fin, una vida de amazona.
–¿Pero qué edad tienen? ¡Las había tomado por adolescentes!
–¡En esto, amigo, desengáñese! ¡Viven bastante más que un elefante!
–Lo más curioso –agregó el asiático, siempre aferrado a mis rodillas– es que hacia el final de su vida se convierten en animales acuáticos; se van a fundar selvas de algas en el fondo de los ríos. Al comienzo, nadan un poco como los caballos, luego les crecen escamas y cada pié se prolonga hasta formar una cola de pez, ¡y esto les permite nadar a una velocidad extraordinaria! Antes de la muerte se convierten en bastante malvadas; son una especie de viejos batracios que pasan su tiempo devorando a las pirañas que contaminan los ríos.
–Las pirañas son descendientes de las amazonas desde tiempos inmemoriales, que se rebelaron para comerse a su madre –declamó Vinicio da Luna, con su voz de tenor–. De allí su última mutación: ¡se convierten en batracios para luchar contra las pirañas!
–¡Darwin había anunciado la teoría de la relatividad, pero al revés! –sollozó el asiático.
–En lo más mínimo –se indignó Vinicio–. Los viejos batracios ponen un solo huevo antes de morir, ¡y de él sale una crisálida de Lunión!
¡La última mutación del Hombre, entonces, se llamaba Lunión!
–Son crisálidas que nacen con alas –dijo el asiático New-New– y que no envejecen tal vez jamás. ¡La más vieja que se conoce tiene más de mil años!
Lo que yo había tomado por enormes mariposas que giraban en el cielo casi verde, ¡eran Luniones! Intenté enfocarlos en aquella luz terrestre rojiza casi enceguecedora. Tenían inmensas alas de todos colores, como los pájaros del Moulin Rouge. Una se aproximó. En lugar del cuerpo que yo había imaginado, el de un gran insecto, había un sexo de hombre en erección; del glande sobresalían dos ojos pequeños de bogavante. Las pelotas escamosas recubrían un sexo de mujer que se parecía más a un erizo de mar que a una concha de verdad. Tenían tres pares de brazos, cuyos dedos terminaban en pinzas que hacían que sus manos parecieran cangrejos de una habilidad extraordinaria; atrapaban murciélagos al vuelo, a los que luego les rompían todos los huesos antes de introducirlos en sus conchas de erizos que inmediatamente se cerraban. De su boca en medio del glande eyaculaban una gelatina blancuzca que parecía esperma. No dejaban de devorar por detrás y chorrear por la boca. Quien sabe por qué capricho de la naturaleza el aparato digestivo se había invertido.
Sentí un escalofrío. La humanidad solamente se fundaba en la belleza del rostro, incluso en el caso de las bestias. Me sorprendí por segunda vez pensando como un católico. Les plantee la pregunta más simple, que hacía largo tiempo hubiera debido plantear:
–¿Quién es Dios?
–¡No hay Dios –respondió Vinicio– ya lo ve!
Quizás lo veía bien, pero no llegaba a creerlo; y sin embargo, siempre había creído saberlo, Dios no existía.
Es preciso que lo invente dentro de mí, me sorprendí pensando. Es preciso que invente a Dios, o al menos a un dios cualquiera, porque no estamos en la Luna, ¡bajamos al Infierno! Ya hubiera debido sospecharlo en el ascensor. Y Conceiçao do Mundo estaba sin duda muerta: sus movimientos eran los de una autómata, pero con la elegancia que solamente los pintores místicos pudieron capturar en el instante fugaz.
A la luz de la Tierra, Conceiçao era blanquísima; estaba acodada en el balcón lejos de nosotros, absorbida en sus pensamientos; se abanicaba con una pluma de pavo real. Me excusé con Vinicio y New-New para aproximarme a ella. Solamente cuando llegué hasta ella y percibí su fragancia de mujer me di cuenta de que estábamos todos vivos, y bien vivos.
–Nunca dudes de mi amor –sollocé– permitime amarte hasta la muerte, ¡incluso si nuestro hijo nace unisexual y es necesario castrarme!
Ella sonrió.
–¿Qué más te contaron esos imbéciles?
Me arrastró hasta el otro extremo de la terraza en donde había una pequeña fuente. Una amazona se aproximó con dos helados rosados sobre una bandeja marroquí. Tenía mucha sed, me tragué el mío, no tenía sabor. Nos sentamos en una hamaca, la atmósfera tenía olor a todos los perfumes de Arabia. Levanté la vista y la vi, a mi Tierra. A través de las lágrimas la vi como un tomate que pivoteaba sobre si mismo. Conceiçao me acarició tiernamente los párpados rozándomelos con los labios, luego me lamió las lágrimas. Me murmuró: “No llores, mi amor. La Tierra ya no existe, estamos en la Luna...”
Sentí el calor de su cuerpo, sus senos puntiagudos, la curva de sus muslos. Ya tenía una erección. Me apartó bruscamente.
–¡Estoy embarazada! Si querés coger, andá a que te culeen las amazonas; yo no pienso coger mientras esté embarazada!
Había adquirido las inflexiones de voz de mi madre en sus peores momentos.
–Tengo miedo de que nuestro hijo se vea afectado; ya bastante me la dejé meter, en Pigalle, en la época en que hacía de traba, donde está la fuente, acodada en las verjas del metro; bastantes chances tengo de que nuestro vástago nazca anormal; no vengas a removerme el útero. ¡Si aborto ahora, entonces en serio nos vamos a la mierda!
–¿También me vas a impedir que te ame? ¿Solamente porque estás embarazada de mí?
Me puse nervioso. Me clavó las uñas en las mejillas y me miró directo a los ojos.
–¡Querido mío, lo sabés desde el comienzo, no sos más que una pantalla!
Me desprendí; mis mejillas chorreaban sangre. Comenzó a llover, una lluvia glacial. Un relámpago iluminó la terraza de la Nave, y casi inmediatamente el trueno me ensordeció. Me tapé los oídos con ambas manos. Algunas amazonas se precipitaron con un paraguas que nos aisló de la lluvia, un verdadero torrente. Conceiçao temblaba de la cabeza a los pies; yo estaba empapado, en mi túnica; me asestó un puñetazo en la mandíbula.
–¡Vinicio da Luna es el Demonio, te rogué mil veces que lo mataras, pero sos un cobarde! ¡Y acá estamos, reducidos a ese juego innoble de mujer embarazada en la Prenatal, en compañía de tu madre, de la que estoy harta!
Sus narices temblaban como las de una pantera. Me mordió el bíceps.
–¡Conceiçao, te amo!
Yo gritaba sobre el ruido de la tempestad.
–¡Te amo, Conceiçao do Mundo, y a ninguna otra, ni siquiera a mi madre, a la que siempre detesté! ¡Si estamos acá no es por mi culpa; intenté matar a Vinicio al menos tres veces en la Tierra, vos lo sabés!
Me escupió en la cara.
–¡Anda con ese camelo a engañar a otros, maricón! ¡Hay que matar a Vinicio para apoderarse de la luna!
Me tendió una joya en forma de corazón, estaba llena de un polvo rosado.
–¡Tratá de que se tome esto antes de que se siente a la mesa, es estricnina pura!
Era un anillo a la Medicis; me lo puso en el meñique.
La lluvia paró en seco. Brotó el sol instantáneamente en el horizonte, encegueciéndome como un reflector de teatro.
–Tomá, ponete esto –me dijo Conceiçao do Mundo.
Me dio un par de anteojos negros.
Mi djellaba ya estaba seca. El enorme calor aumentaba sensiblemente. Vestido como estaba, tenía el aspecto de un hippie en una terraza en Marrakech, y no en la Luna. Una amazona se precipitó con un par de babuchas, que me puse; el sol era cada vez más fuerte. Otra vino a abanicarme con una rama de magnolia. Conceiçao me murmuró al oído: “No te olvides de hacerle tomar la estricnina, ¡es nuestra última oportunidad!” Me tomó de la mano y avanzamos hacia la mesa oval en donde mi madre y Vinicio da Luna ya estaban sentados, cada uno en un extremo. Mi madre, desnuda y con el peinado deshecho, bebía champagne. Cada vez que tomaba un trago, lo vomitaba inmediatamente, luego estallaba en risas. Dos amazonas le volcaban champagne helado en la cabeza. Ya tenía los senos y los hombros gravemente quemados por el sol.
Conceiçao y yo nos sentamos frente a frente; mi madre estaba a mi derecha, Vinicio da Luna a mi izquierda. Éste tenía un aire sombrío.
–Me preocupa algo, Yerno mío. Se trata de la salud psíquica de Conceiçao. Se volvió demasiado agresiva para con usted. Si lo molesta, sólo hay que enjaularla en su ascensor hasta el final de la gestación. Siempre fue de una perversidad inaudita; no querría que en una de sus crisis de histeria lo hiriera, o lo quemase con el soplete como hizo con su querido amigo Pogo Bedroom, ¡acuérdese!
Conceiçao se apoderó de un cuchillo que estaba sobre la mesa y lo arrojó sobre Vinicio, a la manera apache. El se apartó lo suficientemente rápido como para que el cuchillo solamente le afeitara el cuello como un relámpago antes de incrustarse en el ojo de una amazona que estaba detrás de Vinicio, sirviendo.
Mi madre estalló en carcajadas; yo lancé un grito de horror. Me encontraba en un mundo que había odiado sobre la Tierra, pero solamente a través de mis opiniones; no había vivido ni la guerra ni el hambre, cuyo horror solamente había conocido a través de las películas; ¿qué podía saber entonces del verdadero caníbal?
Un grupo de amazonas se precipitó sobre la herida; mientras una le chupaba la sangre que brotaba del ojo, otra le arrancaba el cuero cabelludo con el mismo cuchillo con que le había arrancado del ojo, otra le cortaba los senos y las pelotas, otra le ataba las muñecas a los tobillos. La amazona herida gritaba como un cerdo desangrándose. La pusieron sobre la mesa en donde Vinicio la ultimó, traspasándola a golpes de cuchillo.
Las amazonas, cubiertas de sangre, se frotaban y mordían como si fueran lesbianas. Vinicio le cortó una oreja al cadáver y se las arrojó: se la disputaron como lobas hambrientas.
A pesar del calor, tenía los pies y las manos helados; pasaba una nube enorme. El asiático New-New, cuya existencia incluso había olvidado, saltó sobre el respaldo de la silla y me cubrió la espalda con un chal de vicuña muy ligero, pero que me mantenía caliente. Me deslizó al oído: “Sobre todo no coma la entrada; espere el plato principal, que está congelado. ¡Y sobre todo no me dé propinas, van a sospechar que soy su cómplice!” Estaba vestido con un frac de satén rosado cuyos faldones le llegaban hasta las rodillas, con una peluca enrulada del mismo color que hacía resaltar no solamente su tez amarilla sino también el dibujo de sus ojos, móviles como los de una serpiente. Mi pasado de niño cinéfilo me vino a la memoria y me sirvió para reconfortarme.
Después de haber arrojado el cuchillo, Conceiçao se había quedado inmóvil, furiosa, mirándome a los ojos y acariciando con su índice el borde de una copa de plata. Entre nosotros yacía el cuerpo de la amazona supliciada. Mi madre gritaba “¡Olé, olé!”, y aplaudía. Bajo la nube, la luz se había convertido en plateada, como la de la Luna antiguamente sobre la Tierra. La Tierra había desaparecido en el horizonte. La selva alrededor de nosotros se volvió silenciosa; New-New me sopló al oído:
–Toda la Amazonia está rezando por el alma de la difunta. El espíritu de la amazona se concentra en el vapor de agua de la nube que nos oculta el sol. Para ellas es una muerte ejemplar, porque Conceiçao es la única autorizada a matar; es su primer crimen sobre la Luna, de ahí su carácter único. Van a santificar a la amazona una vez que la digieran, con toda seguridad. Pero le repito: ¡no diga a nadie que soy su aliado!
Se alejó inmediatamente para murmurar unas palabras a oídos de mi madre; ella estalló de risa. Conceiçao me dijo por encima de la mesa: “¡Vas a aprender, pedazo de cobarde, sos el próximo que se va para abajo!” El asiático New-New corrió a enrollarme una servilleta alrededor del cuello, al mismo tiempo que me deslizaba al oído:
–¡El verdadero enemigo es su madre! Está celosa de usted desde que nació, porque su padre también era puto; ¡se quiere vengar con usted! ¡Para ella es la oportunidad soñada! ¡Atención, amigo mío!
Después desapareció debajo de la mesa.
La nube se disipó, dejando lugar al sol en el cenit. Tuve de inmediato la impresión de estar asándome. Felizmente las amazonas nos cubrían con sombrillas y nos arrojaban agua fría a cántaros sin interrupción, de otro modo nos habríamos desmayado del calor. Sobre la terraza, la reverberación multiplicaba los dibujos de los mosaicos azules y verdes al infinito.
Vinicio chasqueó los dedos. Era la señal para que comenzara el festín. Las amazonas se precipitaron a la mesa y devoraron a su hermana frente a nuestros ojos como hienas. Nos vimos cubiertos de desperdicios; encontré una tibia y un pedazo de pie sobre mis rodillas. Despedazaban los músculos con sus cuchillos; quebraban las coyunturas para separar mejor los miembros. Algunos Luniones daban vueltas alrededor, husmeando el cadáver, pero sin atreverse demasiado a aproximarse, quizás debilitados por el calor. El olor, cada vez que estallaba un órgano, se hacía más pestilente. New-New vino a darme un pañuelo embebido en éter que pegué a mi nariz.
–¡Coraje, amigo mío, solamente vamos por la entrada!
Vinicio comenzó a roer un antebrazo, Conceiçao destrozaba un dedo del pie, mi madre se deleitaba con la punta del hígado.
–¿Puedo levantarme de la mesa?
–¡No se olvide de que es el único jefe de la Luna, Yerno mío!
Me alejé hacia una extremidad de la terraza que no había explorado, oculta por una hilera de cipreses. El enano New-New me siguió, con una sombrilla amarilla.
–¿Qué va a pasar ahora, New-New?
–¿Cómo podría saberlo, Amo?
Detrás de la hilera de árboles, había una pileta redonda. Felizmente soplaba una brisa fresca. Me desvestí y me metí en el agua clara: me sentí revivir. Esta última escena de canibalismo me había golpeado más que todos los crímenes de los que había sido testigo. ¿Cómo podían llegar al punto de devorar a uno de sus heridos, como ratas, cuando ni siquiera tenían necesidad de alimento? No se trataba de un crimen sádico ni de un crimen ritual; la mecánica del asesinato se había desencadenado por la visión de la sangre derramada. ¡Como las pirañas! Recordé lo que me había dicho Vinicio a propósito de las pirañas. El menor corte en el meñique y corría el riesgo de ser devorado por las amazonas. ¡Y hasta mi madre, de buena gana, me devoraría el hígado! En cuanto a Conceiçao do Mundo, ya no era el caso de experimentar el menor deseo por ella, ni incluso ternura. Y si yo vivía hasta el nacimiento de nuestro hijo (nada era menos probable), ¿a qué monstruo daría a luz Conceiçao? Las amazonas llevaban impresa, sin duda, la ferocidad de los animales más salvajes en sus genes. ¿Qué clase de hijo iba a tener, yo, pobre homosexual que nunca había soñado con reproducirme? Me pareció útil repetirme que estaba bien vivo; ya había sucumbido una vez a la tentación de considerarme muerto, y solamente estaba cediendo a mi miedo; era preciso que fuera fuerte y que conservara la cabeza fría. Sí, ¿pero en honor a quién? Los dos únicos seres civilizados que había en la Luna éramos New-New y yo mismo, y toda idea de reproducción simplemente humana estaba excluida. Incluso con mi madre, que había superado la edad de la menopausia. ¿Y si había, entre las amazonas, mujeres normales? Imposible; todas tenían pijas, e incluso tres veces más grandes que la mía; para no hablar de la de New-New, del tamaño de un rábano rosado. Flotaba a mi lado en la pileta, lanzando agua por la boca como un pequeño cachalote de Walt Disney. Walt Disney era el único artista sobre la tierra que había presentido esta Luna, en donde la percepción de los movimientos y los colores adquiría la rapidez de un dibujito animado. No era solamente a causa de la diferencia fundamental de la naturaleza de la luz, sino a causa de la falta de gravedad, que nos hacía movernos al ritmo de un dibujito animado. Era ridículo pero al mismo tiempo emocionante, aunque a veces la aceleración me diera un poco de miedo, como a los más pequeños cuando van por primera vez a ver un espectáculo. Lamenté no haber leído con más cuidado los informes de los científicos acerca de las experiencias que intentaron los astronautas sobre la Luna, aunque estoy seguro de que el miedo los atenazaba tanto como a mí. Pero ellos se sentían útiles a la Humanidad, mientras que yo desarrollaba un serio complejo de inutilidad. Me sentía confuso por pensar cada vez más católicamente, pero después de todo, era normal, en semejante lugar. Me pareció raro que nadie viniera a importunarnos; debían entregarse a vaya a saber qué satanismo.
–¿Usted conoce la selva amazónica, New-New? ¿Es abordable?
–Por supuesto –respondió New-New, suspendiendo sus gárgaras–. Todo es abordable para usted, porque usted es su jefe. Las amazonas están obligadas a defenderlo contra cualquier cosa, y créame: en un cuerpo a cuerpo, ¡incluso los gorilas machos les tienen miedo! Pero solamente hay que prestar atención a no comer ni frutas ni hierbas, porque todos los vegetales son alucinógenos. Los animales también: no hay que comer ningún animal, hasta los caracoles son alucinógenos. Es la única tentación a la que nunca debe ceder; no se conocen bien todavía los efectos de los alucinógenos en la Luna, pero corremos el riesgo de llevarnos una sorpresa nada linda; se habla de mutaciones súbitas extremadamente dolorosas. Por el momento, se desaconseja a todo el mundo comer frutas, verduras y animales de cualquier tipo.
–¿Pero qué comen ellas?
–Usted ya vio, comen lo humano.
–¿Se comen solamente entre ellas?
–¡Ah, no, lo que faltaba! Solamente se comen a las heridas.
El asiático New-New salió del agua y se sentó en una reposera a la sombra de un ciprés.
–Pero es excepcional –continuó–. Vivimos principalmente de productos congelados. Una pequeña nave vuelve a la Tierra una vez por semana para aprovisionarse de cadáveres. No es pillaje, sino simplemente limpieza; eso evita las pérdidas. Y cadáveres humanos siempre va a haber. Estaba previsto en el proyecto para la Luna. ¡Y desde hace milenios! Los asiáticos estamos en este proyecto desde hace mucho tiempo, “la Isla del Sol Naciente” nunca quiso decir otra cosa. Nuestro único problema es de orden religioso. Las amazonas no tienen religión y eso es muy inquietante; ¡están a merced de cualquier gurú, como Vinicio da Luna!
–Al principio yo creía que usted era el gurú –repliqué.
–Bien que traté, créame, pero Vinicio da Luna es demasiado fuerte, los tiene agarrados desde hace mucho tiempo. Soy el primero en rebelarme porque se comen entre ellos; bastantes desconocidos congelados hay que provienen de la Tierra. Pero las amazonas están subyugadas por Vinicio; yo no puedo hacer nada. En esto comparto la opinión de Conceiçao: usted debería matarlo; después de todo, es el jefe. Quizás usted tema las reacciones de su madre, pero una vez que Vinicio esté muerto, perderá prácticamente todos sus poderes.
–¡No es un hombre fácil de matar! ¡No voy por mi primer intento! ¿Usted vió la velocidad con la que esquivó el cuchillo de Conceiçao? ¡Está acostumbrado a evitar la muerte a cada instante! ¡Incluso aliados con Conceiçao nunca llegaríamos a matarlo!
–¿Chi lo sa? (14) –dijo el asiático.
Escuchamos gritos espantosos detrás de la fila de cipreses. Era la voz de mi madre. Estaba clavada (o más bien atornillada) en la mesa de metal oval, con los cuatro miembros doblados en forma de cruz esvástica. Las amazonas me apartaron violentamente, se peleaban por el cuerpo. Felizmente sólo duró un instante, una le seccionó la yugular, y ella expiró entre borbotones. Había unos quince devorando a mi madre. Vinicio da Luna observaba la escena de lejos. Conceiçao estaba a mi lado.
–Es el momento de vengarnos –me sopló al oído–. Ya está lo suficientemente drogado, ya casi no tiene reacciones, ¡tomá este puñal!
–Nunca maté a nadie, y sería incapaz de hacerlo. Si querés, podés matarlo vos misma. Y a mí también me podés matar, me da igual.
Era cierto; en ese momento, no tenía las más mínimas ganas de matar, ni el menor miedo de morir. La vida y la muerte me eran indiferentes, como en la televisión, cuando se cambia de canal indefinidamente al punto de confundir las series dramáticas y los flashes publicitarios, las informaciones políticas y las películas de terror.
De repente se levantó un viento fuerte. Un tornado rojo se aproximaba rápidamente desde el horizonte, arrancando al paso las ramas de la copa de los árboles. Las amazonas corrían por la terraza en todas direcciones, plegando las sombrillas. Incluso se habían olvidado el cadáver despedazado de mi madre sobre la mesa oval. Un golpe de viento me levantó. Me aferré al balcón para evitar que una ráfaga me arrastrara. Algunas amazonas pasaron por debajo del balcón, literalmente sopladas por el viento; me aferré con todas mis fuerzas. Las ráfagas se hacían cada vez más fuertes y frecuentes. De pronto me sentí agarrado de la cintura por dos brazos potentes; primero creí que querían precipitarme por sobre el borde, pero, por el contrario, me protegían pegándome al balcón; me ayudaron a mantenerme hasta que el viento comenzó a ceder. Cuando me hube recuperado, me di vuelta para ver el rostro de mi salvador. Era un hombre, un verdadero hombre, que me sonreía bajo un bigote negro muy poblado.
–¿Va mejor? –me preguntó, en francés–. ¡Creo que llegamos justo en el mejor momento!
Lo que había tomado por un tornado eran las hélices de una máquina que se había posado en la terraza de la Nave, una suerte de araña metálica de color ladrillo que nos ocultaba el cielo, sostenida por pinzas que se aferraban al borde del balcón.
No se veía a una sola amazona sino a una veintena de hombres de bigotes que bajaban por una cuerda enganchada en una abertura en el medio del vientre de la araña. Todos eran hercúleos, como los homosexuales de la California de los años ’80; llevaban shorts de blue jean, tenía el torso desnudo y zapatillas. Envolvieron el cuerpo de mi madre (en fin, lo que quedaba de él) en una bolsa de plástico que volvieron a subir a la araña con un montacargas.
–Le vamos a dar una sepultura terrestre –me aseguró mi salvador–. ¿Quién era?
–Era mi madre.
–Dios mío –suspiró– apretándome los hombros–. ¿Hay otros humanos civilizados en la Luna?
–Que yo sepa, no. ¡Ah! Sí. Un enano asiático, pero no es peligroso. Insiste en recordarme que es mi esclavo, aunque se pretende el arquitecto de la Nave.
–¿Es el asiático New-New, también llamado “el Perro Pomelo”?
–Absolutamente. Sólo puede ser él.
–Cuénteme qué ha visto.
–¡Preferiría que antes me dé noticias de la Tierra!
–No tenemos tiempo, ¡cuénteme primero todo lo que ha visto en la Luna!
Hice el esfuerzo de contar en orden cronológico, y lo más rápido posible, todo aquello de lo que había sido testigo desde mi despertar en la Luna, pero mi lengua se petrificaba, no llegaba a articular. Me dormí como una masa inerte.

 

***

4.- Conceiçao do Mundo

Me desperté en la cama de una clínica de estilo norteamericano; las enfermeras que me rodeaban eran solamente hombres. Uno de ellos me hizo aspirar un frasco de “poppers”, otro me acomodó la almohada. Sentía que me volvía a hundir en la oscuridad cuando me pincharon el brazo.
–Es ultracaína, para que se despierte solamente el tiempo necesario para mantener una conversación.
Mi salvador se había sentado en el borde de la cama. Despierto brutalmente por la droga, lo inspeccioné. Era como cualquier puto de mi edad. Me sonrió muy ampliamente. “¡Usted es nuestro primer héroe de la Luna!”. Los enfermeros salieron de la habitación, dejándonos solos.
–¿Cómo se siente?
Me tendió su estuche de cigarrillos de laca verde.
–Es habano cultivado en Venus.
Era una verdadera loca; tenía un uniforme seguramente diseñado por Courrèges.
–¿Se acuerda de mí? Me encontré con usted en el Café de Flore en mil novecientos setenta y cinco.
No me había equivocado: era el viejo gigoló canadiense de un viejo puto de la moda.
–Me llamo Louis du Bois.
¡Qué lejano me parecía aquel mundo!
–¿Dónde está Conceiçao do Mundo?
–Está bien. En libertad.
–¿Y Vinicio da Luna?
–Posiblemente sea pasado por armas. Su juicio no puede demorar. Esperamos todavía a algunos miembros del jurado que se encuentran en galaxias lejanas.
–¿Seguimos estando en la Luna?
–Sí, estamos en el Hospital del Estado Mayor. Plantamos bandera en la Luna.
Me asombré. “¿La bandera canadiense?” Se rió: “¡No, ni siquiera la bandera de la Tierra!” Me mostró la insignia rosada que llevaba en la solapa. ¡La insignia homosexual!
–¡Pertenecemos a todas las nacionalidades y nos esmeramos en esconder nuestra existencia a los heterosexuales de la Tierra! ¡Siempre habrá suficientes como para fabricarnos pequeños homosexuales!
Sonreía con todos sus dientes debajo del bigote negro.
–¡Nos reclutamos entre las personas más interesantes de la Tierra, y usted es una de ellas!
–¡Júreme que me dice la verdad!
–Lo va a ver con sus propios ojos, Copi. Cada vez que alguien llega a nuestra asociación, compruebo asombrado que nadie en la Tierra sospecha de nuestra existencia. ¿Quiénes, además de los homosexuales, han tenido acceso a todos los planes de la humanidad? ¿Y para quién iban a trabajar, sino para esta Interespacial Homosexual? Tan representada que está en la ciencia ficción y en el humor, artes homosexuales, ¿no?
–Escúcheme, en ese punto ya no se qué pensar, ni siquiera estoy seguro de no estar soñando. Por el momento me siento incapaz de discutir acerca de arte homosexual.
–¿El espectáculo de la muerte de su madre lo dejó muy impresionado?
–No, no creo. Soy un recién llegado en su sociedad, que me parece altamente civilizada. Sin duda provengo de un mundo acostumbrado a la violencia, incluso a la violencia que, en su memoria y lejos de la Tierra desde hace largo tiempo, puede parecerle verdaderamente horrible.
Algo en mi tono lo movilizó al punto que sus ojos se humedecieron.
–Usted es un hombre valiente –me dijo.
–Sin embargo, es usted quien me salvó la vida. Tengo una opinión bastante diferente de mí mismo. Por así decirlo, estoy enamorado de una amazona, señor Puto, ¡todavía soy demasiado humano para usted!
Se rió; era un hombre bastante fino y por cierto honesto.
–¡Hace una eternidad que no escucho pronunciar la palabra “puto”, pero hace más tiempo todavía que no escucho la palabra “amor”! Usted es un eterno adolescente; es raro entre los putos, como dice usted. No tema por Conceiçao do Mundo. Incluso si ha perdido su rango de Princesa Imperial de la Luna, todavía conserva sus poderes imaginarios. Está encantada con el juicio que iniciamos a Vinicio da Luna, aunque no pienso que el jurado le permita declarar. Se instaló con su cortejo de amazonas en la Nave que le hemos dejado por ahora. Después de haberle sacado los comandos, claro está. Creo que se divierte mucho; no deja de enviarnos emisarias amazonas que exigen la cabeza de Vinicio da Luna, que se quiere comer. ¡Las amazonas nunca dejarán de sorprendernos! Comprendo perfectamente que uno se enamore con locura, sobre todo alguien como usted, con sentido de lo teatral. Pero antes de liberarlo en la naturaleza para que vaya a ver a su Conceiçao do Mundo (lo voy a llevar yo mismo en jeep), quisiera invitarlo a almorzar con nuestro estado mayor. Se mueren de curiosidad por conocerlo. Solamente se tiene que poner una djellaba, es lo mejor para soportar las horas cálidas de la Luna. Pero no hay que olvidar que entre las dos y las cuatro de la mañana lunar hace un frío glacial, y que siempre tiene que tener a mano una ligera combinación de amianto. En fin, ya se lo explicaremos más tarde.
Me di cuenta de que, desde mi despertar en la Nave hasta la llegada de la Brigada de los Putos, solamente habían pasado dos o tres horas, mientras que mi impresión era que el lapso había durado siglos.
Me ayudó a levantarme de la cama, me dolía todo.
–Usted durmió cuatro días, ¡venga y saque la nariz afuera, a la Luna!
Salimos de la habitación a una galería que daba a la selva amazónica; esta vez, estábamos en el nivel de las ramas más altas de los árboles.
–Es impresionante como belleza, ¿no?
En efecto, era un poco mejor que Walt Disney.
–¿Es peligrosa la selva?
–Para nada. No hay animales salvajes además, quizás, de las pirañas. Incluso los cocodrilos son amables como corderos; todos los animales son herbívoros. Las únicas peligrosas son las amazonas, aunque esperamos que con la desaparición de Vinicio da Luna entren en un período más calmo. Sólo desde hace poco tiempo son caníbales, y únicamente por influencia de él.
–¡Es un verdadero demonio!
–Es solamente un hombre malo, pero bastante estúpido, como todos los heterosexuales.
–¡Ahí usted exagera un poco!
–Para nada. Sería de la opinión de volver a enviarlo a la Tierra en vez de juzgarlo si no fuera por el carácter ejemplar del espectáculo de la ejecución. En la Amazonia, en la Tierra, sería un heterosexual como los demás y se volvería a adaptar, estoy convencido.
–¿Pero es él quien construyó la Nave, creo?
–No, fuimos nosotros. Las amazonas no serían capaces siquiera de construir con sus manos una pirámide de ladrillos de cincuenta centímetros.
Continuó casi riendo:
–Nos encontrábamos cerca de Manaos para aprovisionarnos de plantas de marihuana, y a la vez para reclutar algunos homosexuales entre los jóvenes oficiales, que son encantadores. Ahí fue cuando Vinicio da Luna y el asiático New-New, que tenían un burdel de amazonas en Manaos, nos robaron la Nave, hace apenas un año.
Esto coincidía con la instalación de los travestis brasileños en Pigalle.
–Durante ese año, ocultaron la Nave en Berry, muy cerca de lo de su madre. Los dejamos hacer, sabíamos que inevitablemente volverían a la Luna; la Nave solamente funciona ida y vuelta de la Tierra a la Luna, imposible hacerla ir a otro lugar.
–¿Tienen muchas astronaves?
–Muchas más de las que usted imagina. Nosotros somos los OVNI, y no solamente los OVNI.
–¡Y decir que los humanos siempre tomaron a los homosexuales por marcianos!
Nos reímos de buena gana.
–Y hay algo más raro: ¡los católicos de los países pobres nos toman por apariciones de la Virgen!
De repente se puso serio: “¿Usted es creyente, Copi?”
–No; es más, odio hablar de eso. ¿Voy a verme obligado a enrolarme en un ejército, una religión o una ideología cualquiera?
–Para nada, ¡usted no me ha comprendido!
Se veía confuso.
–¡Estoy verdaderamente consternado por haberle dado esa impresión!
Por mi parte me sentí molesto:
–Mi lenguaje es el de un antiguo militante gay decepcionado –me excusé–, últimamente tengo fobia a cuaquier tipo de agrupación.
–Nadie mejor que nosotros comprende eso, pero usted, por su parte, se tiene que dar cuenta de que no somos una agrupación, ¡porque somos los únicos en el Universo!
–¡No soy el único loco acá! ¿En qué clínica psiquiátrica nos encontramos?
Me apoyó suavemente las manos en los hombros, mirándome a los ojos con su mirada húmeda:
–Sé que se tarda mucho, mucho tiempo en comprender, pero de ahora en más estamos en la realidad del Universo, y no en la de nuestra Tierra, ¡estamos en la Utopía, Copi!
–¡Le regalo la cacofonía (15) –repliqué, liberándome de su abrazo– pero prefiero seguir siendo un salvaje y siempre voy a estar del lado de las amazonas!
–¡Pero todos estamos del lado de las amazonas!
–¡En los tiempos en que usted, Louis du Bois, y yo, René Copi, éramos asiduos de Saint-Germain-des-Près, su comportamiento se llamaba colonialismo! ¡Y, en resumidas cuentas, la barbarie de Vinicio da Luna me da menos miedo que la suya!
Sentí una presencia. Me di vuelta. Se trataba de una mujer de una cierta edad, con los cabellos grises cortados à la garçonne, vestida con un djellaba como el mío. Sonreía cerrando los ojos, ya arrugados, detrás de sus anteojos a la Chirac.
–Señor Copi, esperábamos su despertar con verdadera curiosidad.
Hablaba con acento norteamericano.
–Mamie Dong –me presentó Louis du Bois.
–Lo he visto en New York en mil novecientos setenta y uno; usted estaba hermoso con su traje de Cardin, ¡inmediatamente me enamoré de usted!
Me sacudió la mano hasta hacerme mal en las articulaciones.
–¡Bienvenido a la Interespacial Homosexual!
Estaba azorado. ¡También había lesbianas! Me tomó por el brazo.
–¡Me tomé el atrevimiento de invitar a nuestro brunch a Conceïçaô Mundi y su corte imperial amazónica! ¡Los adoramos!
Bajamos por una larga escalera de mármol, tan grande como la de los monumentos de Washington. Nos cruzamos con dos putos barbudos tomados de la mano, vestidos con polleritas de tenis; una mujer calva, que debía pesar por lo menos cien kilos, vino a besarme en ambas mejillas.
–¡Lo he conocido en lo de la “Gran Tatave” en el canal Saint-Martin, yo era Rosa la Pelirroja!
Estas Brigadas Interespaciales debían estar llenas de parisinos que yo creía emigrados, retirados a provincias o muertos. Debían reclutar a cualquier desecho, mientras hiciera profesión de homosexual. Y Dios sabe si era fácil, con los tiempos que corrían en la Tierra. En la base de la Organización, sin duda había algún genio humanitario, como en la base de todas las locuras humanas. Luego el asunto debió haber sido tomado por estafadores de todo tipo. Habían esclavizado a las amazonas para hacerlas trabajar y reproducirse. Ni más ni menos que como los jesuitas habían hecho con sus ancestros en tiempos de la conquista de la Amazonia. Finalmente, yo quería saber de qué se trataba y no quería precipitar mi juicio.
Llegamos a una gran plaza que reconocí: ¡la Plaza San Marcos de Venecia!
–Es la verdadera –me dijo Louis du Bois–; la sustituimos piedra por piedra.
No sé si era la verdadera, pero el efecto era apabullante.
–Desengáñese, la Piazza San Marco es un poco un espejismo. Digamos que es una ciudad flotante de diez mil habitantes; somos un poco los marinos del espacio.
–¿Hay otras colonias en el espacio?
–¡Y usted insiste con esa palabra horrible! No, no hay una sola colonia. Cambiamos indefinidamente de planeta y de galaxia; conocemos alrededor de diez mil ciudades en nuestra galaxia, pero nuestra galaxia no es la única. Los Universos son innumerables. Estamos aquí o allá en el espacio, hasta en una decena de ciudades al mismo tiempo, como hoy sobre la Luna, pero esto ocurre raramente. Algunos aprovechan la ocasión para separarse de sus cónyuges y cambiar de ciudad, pero después de algún tiempo las personas se cansan; todas las ciudades se parecen, y todos los planetas también. Salvo la Tierra, por supuesto. ¡Pero qué quiere, es nuestro caldo de cultivo!
La lesbiana Mamie Dong se había alejado de nosotros para asistir a un partido de pelota vasca que los putos y las tortas disputaban contar el muro de la iglesia de San Marco. Se veían grupos de amazonas sentadas en los escalones o apoyadas en las arcadas, ataviadas con pieles de pumas y plumas de ararás. Abordaban indiferentemente a las parejas de putos y lesbianas.
–Yo sé lo que usted piensa –me dijo Louis, mientras atravesábamos ese gentío–. No se entregan a la prostitución, por el contrario. ¡Quieren que se les enseñe a hablar!
–¿A hablar?
–Es lo único que les interesa de nosotros. ¿No notó qué ávidas están de nuestras palabras? No comprenden más palabras que un perro doméstico.
–Creía que al menos hablaban entre ellas.
–Para nada. La única que habla es Conceïçao do Mundo; usted, decididamente, es muy distraído. Imitan a veces el canto de los pájaros tropicales, pero no saben hablar. Preferimos no enseñarles nada para dejarlas que inventen solas su medio de expresión. Que quizás no sea auditivo, sino táctil y olfativo. Pero no se puede afirmar que sean sordomudas. En fin, ya tendremos tiempo de ver cómo evolucionan las cosas. Muchas de ellas quedan con frecuencia embarazadas de nuestros homosexuales, pero abortan luego de dos o tres años expulsando un chorro de agua que hormiguea de pequeños renacuajos que sólo sobreviven unas horas; sin embargo, nuestros mejores científicos están inmersos en ese problema, no lo dude. Las amazonas han copulado también con algunas de nuestras lesbianas, aunque eso les repugna. Pero ellas ni siquiera quedan embarazadas. Puede ser que su acoplamiento con Conceiçao do Mundo sea de naturaleza diferente, bromeó. ¡Quizás tengamos el derecho de asistir al nacimiento del Homosexual Sapiens sobre la Luna!
Se rió sin malicia. Me di cuenta de que sabía tan poco del porvenir como yo mismo. Todos estábamos en suspenso, tanto las amazonas como los homosexuales. Era la idea de sabernos suspendidos en el espacio lo que debía producirnos esa impresión; la Luna era un punto en donde nos veíamos idénticos, pertenecientes a un linaje que incluía la gravedad terrestre.
–¿Y por qué no dejaron a las amazonas en la Tierra? –pregunté.
–Estaban aquí antes que nosotros. En cada planeta que exploramos (y esto ocurre en todas las galaxias que hemos descubierto), nos encontramos con una reproducción de la selva amazónica más o menos similar a la brasileña. ¡Quién sabe desde cuándo están! Probablemente esas selvas estuvieron en la base de la vida en varios Universos. En los planetas sin océano, la selva produce ella misma su agua, al concentrar el oxígeno y el hidrógeno que se encuentran, a veces, en galaxias lejanas de la nuestra. El Universo está recorrido por nubes más rápidas que la luz que solamente las amazonas logran descubrir. En su lengua, llaman a eso “os”, o bien “eau” (16). En esto son como los perros, que creen que el alimento les viene del aire, o que se produce por sí mismo en una lata de conservas.
–¡Y usted insiste en compararlas con los perros!
–Se las puede comparar con todo. Son nuestra imaginación. Se puede incluso imaginar que nosotros somos la suya, usted quizás lo sepa mejor que yo. Nos encontramos a cada lado de un mismo espejo, pero ni unos ni otros conocemos su curva o superficie.
Llegamos a un pequeño canal que atravesamos por un puente. Algunas amazonas nadaban, dando saltos de delfines. Parejas de putos y tortilleras las aplaudían y les tiraban huesos, con frecuencia carcasas de palomas que las amazonas se disputaban con bastante gracia en la superficie del agua, antes de que alguna se apoderara de ella y se sumergiera para devorar la presa por su lado.
–Sé lo que piensa –me dijo Louis du Bois–; ¡el Carnaval de Venecia ya no es lo que era sobre la Tierra! Pero las amazonas, sin duda, hubieran divertido a los Dogos de la antigua Venecia.
Su humor pseudo-nazi me dio náuseas. Un pequeño helicóptero vino a buscarnos al extremo del puente; estaba piloteado por una vieja pelirroja de anteojos negros, parecida a una chica que hacía strip-tease que había conocido en Pigalle. ¡Era un traba operado de Madame Arthur! ¡Decididamente, la Interespacial Homosexual era como un Ejército de Salvación que se había ganado el Universo jugando a la lotería!
Me senté a su lado en el helicóptero; Louis du Bois y Mamie Dong se instalaron en el asiento trasero. Nos elevamos muy alto bastante rápido, lo suficiente como para ver el círculo del horizonte de la Luna por debajo de nosotros a través del suelo transparente del helicóptero. La Luna era verdaderamente pequeña; la ciudad que acabábamos de abandonar, grande cuando uno estaba en ella, vista desde lo alto no sobrepasaba las dimensiones del Monte Saint-Michel. Había todavía cinco ciudades similares en el radio de la selva, y entre ellas la Nave en la que yo había llegado a la Luna. Vista desde el helicóptero tenía el aspecto de un pico de la Cordillera de los Andes; la cima estaba cubierta de plástico blanco que imitaba las nieves eternas.
–Pusimos el plástico para ocultar la vista de la terraza y evitarle recordar la muerte de su adorada madre.
Era Mamie Dong la que había hablado.
–¿Adónde vamos?
–¡Acá nomás! ¡Qué impaciente que es usted!
–¡Estoy impaciente por volver a ver a Conceiçao!
Vimos en el horizonte una ciudad mayor que las otras; su forma era la de una carpa de circo, a simple vista, pero era más alta que un rascacielos. En la parte superior estaba escrito “Interespacial Homosexual Circus” en enormes letras de strass art déco. Me pareció de un gusto pésimo.
–Comprendemos su impaciencia, denos tiempo de alunizar.
Tuve vértigo y cerré los ojos. Rebotamos como una pelota de ping pong en una explanada de granito roja. Había quizás una decena de miles de personas disfrazadas con trajes varios, pero sin un estilo preciso; la mezcla iba desde el Dragón del Circo de Pekín al Arlequín Negro del Carnaval de Montevideo; centenares de lesbianas con coturnos, túnicas negras y máscaras de tragedia griega se aferraban del brazo, saltando en el lugar; me arrojé fuera del helicóptero y caí en cuatro patas en la pista de alunizaje; me desollé la palma de las manos y las rodillas. Inmediatamente me vi rodeado de jóvenes petisos, barbudos y forzudos, que me alzaron sobre sus hombros. Alrededor de mí vi, entremezclados, amazonas, lesbianas y putos que estaban con los animales más diversos. Las amazonas llevaban nutrias vivas alrededor del cuello y pelucas de todos los colores sujetadas de sus crines; las lesbianas llevaban caimanes e iguanas de la correa; los putos acunaban pequeños mandriles que se aferraban a su pecho peludo para mamar. ¡Eso era entonces la Interespacial Homosexual! Me llevaron rápidamente a la entrada de la carpa. Me dejaron junto al asiático New-New, que estaba en el interior de una jaula de bambú. Gritó: “¡Copi, hacé que me saquen de acá!” Busqué con la vista a Louis du Bois o a alguna de mis acompañantes, pero se habían perdido en la muchedumbre. Los barbudos eran, sin duda, mis guardaespaldas; me rodeaban para protegerme de la multitud que quería tocarme. Me hicieron entrar en la carpa; en el interior, era el negro absoluto. La carpa se había vuelto a cerrar detrás de mí; estaba solo. La voz de New-New continuaba, afuera: “¡Socorro! ¡Quieren lincharme!” La abertura de la carpa dejó pasar a Louis du Bois, cuyo aspecto era alegre.
–¡No habíamos previsto tal recibimiento, las amazonas lo toman por un profeta!
–¡No les entregue a New-New, se lo suplico!
–¡Acabo de hacerlo liberar!
New-New se deslizó bajo el borde de la carpa y se pegó a mí lloriqueando. Le acaricié la cabeza; se calmó. Mis ojos se habituaban poco a poco a las tinieblas. Estábamos en medio de un gran círculo de arena rosada.
–¿Dónde está Conceiçao do Mundo?
–¡No puede tardar! ¿Usted vio la multitud que la espera en el exterior?
–¡Usted me trajó acá con el pretexto de encontrarme con el Estado Mayor Homosexual!
–La situación me pone incómodo, Copi, están demorados. Teníamos la intención de darle un mejor recibimiento, pero nos acaba de ocurrir un contratiempo que retrasará sin duda todo el juicio de Vinicio da Luna. Lo sabrá tarde o temprano, es inútil que se lo oculte durante más tiempo: la Tierra entró en erupción. De ahí la histeria de las amazonas. Nuestro Estado Mayor se va a reunir en cualquier momento; nos sentimos muy honrados de contar con su presencia.
–¿Dónde está Conceiçao do Mundo? ¿Por qué me la ocultan?
–¡Bueno, Copi, no complique más las cosas! Todo el mundo solicita a Conceiçao do Mundo, ¡puede escuchar a la multitud aullar fuera de la carpa!
En efecto, la multitud coreaba: ¡Con-cei-çao-do-Mun-do!
–¡Mamie Dong les va a dar un discurso para calmarlas!
–¿Pero dónde está Conceiçao?
–Desapareció. Estamos haciendo redadas en la selva, pero hasta ahora nuestras búsquedas no se vieron coronadas por el éxito.
–¡Déjenla en paz! –estallé–. ¡Si se fue, es problema de ella!
–¡No es solamente problema de ella sino de todos nosotros! ¡No se fue, la secuestró Vinicio da Luna!
–¡Usted me había dicho que él estaba preso esperando el juicio!
–¡Es lo que le dije, y era verdad!
En la penumbra, vi su frente perlada de sudor.
–No entendemos cómo pudo escaparse de la prisión. ¡Estaba rodeado de un muro de rayos lásers que fundirían el acero!
–¡Es el Diablo! –sollozó New-New, aferrándose a mis rodillas.
–Dejó estas palabras, vea –me dijo Louis du Bois.
Leí, a la luz de un encendedor: “La Luna va a explotar después de la explosión de la Tierra”. Firmado: Vinicio da Luna.
–Lo más molesto es que las amazonas se lo creen; ¡ya fueron testigo de la explosión de varios planetas, antes de la Tierra!
Miró su reloj. Llegaban del exterior briznas del discurso de Mamie Dong, que repetía indefinidamente: “¡Peace! ¡Peace! ¡Peace!”, palabras casi ahogadas por los gritos de las amazonas que reclamaban a Conceiçao do Mundo.
–Si todo hubiera ocurrido de acuerdo con nuestros planes –me dijo nerviosamente Louis du Bois– lo hubiéramos casado con Conceiçao do Mundo antes de que se abriera el juicio, en una ceremonia principesca. Esto habría distraído y calmado a las amazonas.
–¿Cómo, casarme con Conceiçao?
–Era una sorpresa que le reservábamos. En el momento en que fue secuestrada por Vinicio da Luna, ya estaba vestida de novia y se dirigía hacia aquí subida a un rinoceronte, seguida de su corte imperial amazónica. Vinicio la raptó a caballo, ¡y se perdieron en la selva!
–¡Pero no los van a encontrar nunca!
–Sí, los vamos a encontrar, pero vaya a saber cuándo.
Un boy con bombachones blancos vino a ofrecernos dos dry-martinis mientras que otro nos acercaba dos sillas de bambú en las que nos sentamos. New-New se acostó a nuestros pies en la arena rosada.
–¡Todo estaba listo para que evacuáramos la Luna –dijo Louis–, si no fuera por este contratiempo!
–¿Evacuar la Luna? ¿Usted realmente cree que va a implosionar?
–Incluso si la Tierra explotara, no pienso que tenga incidencia alguna en la Luna, salvo, quizás, un ligero cambio de trayectoria. ¡Y la Tierra en erupción, no exageremos! Se produjo una falla que va de Islandia a Tierra del Fuego; se supone que debido a una bomba nuclear que explotó por error en el fondo del Atlántico. Esto provocó, a la fuerza, volcanes y géisers en cadena a lo largo y ancho del mundo, pero la Humanidad sobrevivirá.
–¿Entonces por qué evacuar la Luna?
–Las amazonas se volvieron peligrosas. Contábamos sobre todo con el juicio y la ejecución ejemplar de Vinicio da Luna. Hemos cometido un grave error en lo que concierne a las amazonas. Las dejamos libradas a su imaginación en lugar de ocuparnos de su educación. El resultado es que están abandonadas en la Luna a merced de cualquier charlatán, y esto no lo habíamos previsto. Es triste porque al comienzo no se habían fanatizado en ningún sentido. Antes de la llegada de Vinicio da Luna, llevaban una vida salvaje muy libre; su bisexualidad las ponía al salvo de todas las enfermedades nerviosas y de todos los canibalismos. Eran hermosos animales lúbricos que se reproducían por sí mismos; por cierto, la obra de un dios anterior al nuestro. Pero Vinicio da Luna es un demonio de inspiración cristiana, ¡su juego es demasiado diabólico! ¡Me pregunto incluso si no habrá previsto la erupción de la Tierra!
–¡Previó todo, Louis, caímos todos en la trampa de Vinicio da Luna, homosexuales y amazonas!
–¡Usted es un paranoico, Copi!
Se tragó sin embargo su dry-martini con mano temblorosa.
–Y entonces, ¿cómo fue que se escapó de su prisión?
–Todavía no sabemos nada; quizás haya habido cómplices. Entiendo que nos lo pueda reprochar, Copi, pero le aseguro que Conceiçao do Mundo gozó de todas sus libertades hasta su secuestro. Esto ocurrió mientras nosotros estábamos en el helicóptero; usted tiene que entender que no tuvimos todavía tiempo suficiente para encontrarlos.
Un puto de bigotes llegó corriendo desde el fondo del circo.
–¡Los encontramos! –gritó antes de llegar hasta nosotros–. Él está muerto. ¡Ella lo mató! ¡Le cortó la cabeza y viene con ella!
Se escuchaba delirar a la multitud en el exterior de la carpa.
La carpa que cubría la entrada se abrió para dejar pasar la luz del día. Conceiçao do Mundo entró corriendo, mientras lanzaba un grito sostenido; estaba desnuda, sus cabellos en desorden flotaban sobre sus hombros. Sostenía de los cabellos la pesada cabeza de Vinicio, que tenía la lengua afuera. Recordé la escena en que la había visto jugando al fútbol con la cabeza de su, por así decirlo, madre. Me arrojó la cabeza de Vinicio a los pies y exclamó: “¡Te he vengado, amor mío!” El enano New-New recibió la cabeza en pleno pecho y exhaló un gemido de perro apaleado.
Conceiçao me abrazó y se pegó a mí; estaba cubierta de sangre seca y de barro, tenía mucho olor, como a pis de cabra. Una multitud de amazonas se precipitó en el interior de la carpa, llevando antorchas. Conceiçao se sacudía con todos sus miembros, como si hubiera entrado en trance. La cubrieron de collares de ámbar, corales y perlas. Estaba más hermosa que nunca; pegó sus labios a los míos antes de lamerme la nariz y los ojos; enseguida se me paró.
–¡Conceiçao, te creía perdida para siempre!
–Ya estuve demasiado tiempo separada de vos, ¡pero era a causa de Vinicio da Luna y tu cochinada de madre! ¡Ahora ambos están muertos! ¡Y nosotros vamos a tener un hijo, que será el Dios de la Luna!
Las amazonas coreaban una samba que hacía temblar la lona de la carpa.

O deus da Luna (17)
Nao é filho da Fortuna
E filho da Conceiçao
Que do Mundo é a Ilusao

Louis du Bois me atrapó antes de que fuera arrastrado por la multitud.
–¡Preste atención, Copi, esta ceremonia puede convertirse en peligrosa! ¡Si deriva en un desastre, no vamos a poder asegurarle nuestra protección!
Las amazonas nos hicieron subir, a Conceiçao y a mí, a un hipopótamo que atravesó la muchedumbre con bastante rapidez y salió de la carpa al trote; entramos en la selva, seguidos de un centenar de amazonas a caballo. Nos encontrábamos en una suerte de canasta de paja atada al lomo del hipopótamo, al que las amazonas pinchaban con sus lanzas para que corriera más rápido. Me aferré a Conceiçao, que sostenía las riendas del hipopótamo. El animal, que había galopado lo mejor que podía en los pantanos, se detuvo en seco frente a un río. Las amazonas lo obligaron a entrar en él a punta de lanza; se hundió y comenzó a nadar a contracorriente. Felizmente, la canasta estaba bien sujetada a su lomo; llegamos sin embargo empapados a una isla; se trataba de un palmar que se extendía hasta el alcance de la vista en una playa de arenas negras que me hizo pensar en una isla más bien volcánica que fluvial; sólo entonces me di cuenta de que el agua del río que acabábamos de atravesar era límpida y de naturaleza marina.
Apenas llegamos a la isla, el hipopótamo y los caballos nos abandonaron para ir a pastar algas entre las rocas. Mientras las amazonas encendían un enorme fuego en la playa, Conceiçao y yo nos quedamos frotándonos y besuqueándonos, con los pies en el agua. Las amazonas instalaron una enorme tela rojo sangre sobre la arena negra, y nosotros nos acostamos y abrazamos, mirándonos a los ojos.
–Vos sabías que iba a matar a Vinicio da Luna –me murmuró–, no solamente para vengar a tu madre, sino también a la mía.
Su voz estaba marcada por una calma asombrosa, después de todo lo que acababa de vivir.
–Soy yo quien hubiera debido matarlo en tu lugar, mi amor; soy un cobarde.
–Por eso te amo; por eso quería quedar embarazada de vos, para que nuestro hijo nazca cobarde como vos, ¡y así también voy a poder culearlo!
Me mordisqueó con ternura las tetillas.
–Si no fueras un cobarde, ¡jamás te la habrías dejado meter!
–¡Conceiçao, mezclás todo! ¡En nuestra sociedad terrestre, hace falta valor para dejarse culear!
–¡Es cierto –rió, mientras me acariciaba el ano con sus dedos expertos–. ¿Y ésta, te gusta?
Me empujó la cabeza hasta su enorme pija, cuyo glande saboree golosamente con la boca. El olor a huevos me embriagó, subí hasta sus enormes senos, que chupé; me senté sobre ella y me penetró. Tuve espasmos de placer, mis cabellos se erizaron y mi espalda se cubrió de sudor frío. Se contorsionó hasta chuparme la pija y retener el esperma en la boca; eyaculamos al mismo tiempo. Algunas amazonas vinieron a lavarnos las partes genitales y a perfumarnos los cabellos con sándalo. Nos pusieron una enorme almohada blanca en la cual nos acodamos, mirándonos a los ojos.
Del otro lado del río, se producía la puesta de la Tierra en el horizonte de lunar. Se la veía de un rojo resplandeciente, como una bola de vidrio líquido. A la luz de la Tierra, se distinguía una multitud de ciudades que se elevaba en el aire como globos, y luego desaparecían en el cielo verde.
–¡Las Brigadas Homosexuales abandonaron la Luna, Conceiçao!
–Qué bueno haberse desembarazado de ellas –suspiró.
Nos dormimos enlazados.

 

Copi

Traducción: Margarita Martínez

 

NOTAS

(1)
Front Homosexuel d’Action Révolutionnaire. Se trata de un movimiento parisino gestado entre fines de 1970 y principios de 1971 que reunía a un grupo conjunto de lesbianas y gays con fines de activismo político. Dos de sus líderes fueron Guy Hocquenghem (amigo de Copi) y Françoise d’Eaubonne.  En consonancia con los debates en torno del Mayo Francés, el FHAR reivindicaba la subversión del estado burgués heteropatriarcal y la inversión de los valores machistas de la sociedad.

(2)
Chiffonières en el original. Literalmente, pelearse como dos "traperas".

(3)
Police des mœurs en el original. Se trata de la rama de la policía que se ocupa de la prostitución.

(4)
Brésilien, en el original, en lugar de portugais.

(5)
Place des Abbesses es, literalmente, “plaza de las abadesas.”

(6)
Juego entre “qué” (quoi) y cua, el sonido producido por el pato cuando parpa, fonéticamente iguales.

(7)
Pendant qu’il brûlait les feux, en el original. Juego de palabras: brûler les feux se puede traducir como “quemar los fuegos”, en alusión a los feux rouges, los semáforos, “fuegos rojos”.

(8)
Beau-gendre, en el original, en lugar de beau-fils.

(9)
Un deux-chevaux, en el original (por “dos caballos de fuerza”.) Así se nombraba en general a los automóviles Citroën 2 CV.

(10)
En Francia los cigarrillos se venden en el tabac, que generalmente está instalado junto a un café.

(11)
En español en el original.

(12)
Brésilien, en el original, en lugar de portugais.

(13)
Luna, en lugar de lua, en portugués.

(14)
En italiano en el original.

(15)
Nous sommes dans l’Utopie, Copi!, en el original. Los últimos dos términos riman y producen la cacofonía.

(16)
Os y eau, fonéticamente iguales, significan en francés huesos y agua respectivamente.

(17)
Luna, en lugar de lua, en portugués.

 

 

 

 
el interpretador acerca del autor
 

 

               

Copi

 

Publicaciones en el interpretador:

Número 28: septiembre 2006 - Eva Perón (Traducción: Gabriela Simón)

Número 30: marzo 2007 - La torre de la defensa (Traducción: Guadalupe Marando)

Número 30: marzo 2007 - La guerra de los putos (Traducción: Margarita Martínez)


   
   
   
   
   
 
 
Dirección y diseño: Juan Diego Incardona
Consejo editorial: Inés de Mendonça, Camila Flynn, Marina Kogan, Juan Pablo Lafosse, Juan Leotta, Juan Pablo Liefeld
sección artes visuales: Florencia Pastorella
Control de calidad: Sebastián Hernaiz
 
 
 
 

Imágenes de ilustración:

Margen inferior: Michal Macku, Obra (detalle).