*
Abrirse una salida — todo es de a pie
bajo el pequeño signo
— hecho al este de la luz
de las estrellas y
con los ojos casi ciegos caminar
en círculos
o en larga línea recta a la ciudad cercana —
subsistir de a pie y — atravesar los campos
o el desierto
donde nada nos resulte así
tan propio y — caminar más aún
después
hasta saberse disuelta
de tragedia.
*
El Juicio
final como la fuente
de la tierra — se abre se raja a mis pies y debajo
hay un túnel negro
un pequeño lecho — de musgo para mí
me pertenece.
Ahora
descanso en las enaguas — terrosas
por primera vez
duermo aquí
— no me desvelo
estoy vendada — sin el sol
me reconozco.
*
Estas faldas me protegen —
son como las manos
de un varón muy grande que desciende — de los Aires
solamente trae
— Virtudes
cuida el
pellizquito de carne
que habita el agua densa de los cuerpos
y el puntillo antiguo
de esta mujer —
tan joven.
*
Huelo las hierbas
las trago
son mi único alimento — ocioso tras la fuga
estoy
ciega todavía
al costado de un camino
— lo reconozco en el mordaz
sonido a transeúntes
soy — una pequeña
bestia sagrada sobre el borde —
contra el filo
llevo los pies — bien dispuestos
ahora para andar en
propia salida.
*
Pelo y muslo
al costado del camino — yo también puedo volverme
un animal callado
— sólo fuego por los ojos.
Después la sutileza de la luz
debajo de los párpados
indica su natural
procedencia —
aparece
bajo la máscara de un nombre
que mi boca
sólo supo pronunciar —
sin intenciones.
*
Y tuve además en la boca
demasiados nombres
imperfectos —
*
Por el camino del desierto —
los ángeles simulan su alimento
su procedencia celeste
la esconden detrás
de los ojos — son de luz
apenas ellos
lo admiten — su cuerpo se transforma
nadie lo comprende pero abren
una fuente donde antes sólo hubo
— duras piedras.
Cecilia Perna