¿Sabe
usted lo que es la casa negra Señorita? No, no sabe, sentada
ahí, impávida, con su carita redonda y sus anteojos. Con
el marco desvaído de intelectual razonadora. No sabe. No sabe
usted Señorita, usted analiza, usted se limita. Mire usted, yo
viví mucho tiempo ahí adentro. Eso sí lo sabe Señorita.
¡Cuánto hará que lo venimos hablando! Viví
mucho tiempo ahí adentro. Y todavía, bah... no sé
qué digo. Dudo salir del todo alguna vez. Mucho tiempo ahí.
Adentro. Usted lo sabe, lo sabe tan bien que no sé para qué
vuelvo siempre a repetirle lo mismo. ¡Bah! No sé para qué
estoy acá en realidad. Usted ahí, callada, me observa,
escribe, hace notitas, qué se creerá que soy yo. La casa
negra. En eso estábamos. A qué explicar. Ya está
todo dicho. Pero siempre volver al mismo punto me hace como un bello
escarnio ¿sabe? un escarnio de Santa. Mire, no sé si le
conté esto alguna vez de las monjas: que sufrían en los
tiempos de la Madonna de una cosa que llamaban “llagas internas”
¿sabe? Sí, como las de Cristo. En los pies también,
pero sobre todo en las muñecas. Un dolor punzante horrible de
la palma de la mano a la muñeca. Pero entiendasé: un dolor
“espiritual”, materializado en las muñecas, sobre
todo en las muñecas, que hacían dar ganas de clavarse
algo y abrirse la carne en serio para que el dolor tuviera algún
asidero. Ver la sangre ayuda Señorita ¿sabe usted? ¿No
me cree? Sí me cree, sí lo sabe. Yo lo padezco. Llagas
internas. En esta época. Oscuro ¿no? Oscuro para la luz
que irradian sus ojitos escrutadores. ¿Y sabe por qué
nunca “materialicé”? ¿Por qué nunca
tuve el coraje para pasarme la piel con una aguja inmensa o un filo
cualquiera y hacerme por fin el escarnio? Por miedo a usted, Señorita.
A sus palabras sucias, asépticas, de buscar la “razón”,
el “equilibrio”, la “naturalidad”. Sea espontánea...
sea espontánea. Un río de sangre. Un escarnio, Señorita.
Eso es espontáneo para mí. La casa negra. Estábamos
en eso. ¿Sabe usted lo que es la casa negra? Igual primero déjeme
decirle una cosita: no me gusta nada que me mire por encima de la montura
de los anteojos. Primero, porque yo sé que usted sin los anteojos
no ve nada. Segundo, porque el gestito de pose me revuelve las tripas.
Sí, escuchó bien Señorita: su aire intelectual
me revuelve las tripas. ¿Quién se cree que es usted? Míreme
de frente. Así, a los ojos. Así me gusta. Usted, infalible
dueña de la verdad, usted que piensa que no miente nunca, usted,
es una hipócrita Señorita. Una frágil, una débil:
una cobarde. ¿Sabe qué? Me simpatiza mucho más
cuando trae los lentes de contacto. Parece más franca, más
limpia en serio. Y después me pregunto: cuánto resentimiento
estúpido, cuánta costra, cuánto moralismo barato
se le quedará adherido a los plastiquitos de los ojos. Esas capitas
de cebolla que permiten “ver mejor”. Ese filtro del que
nadie se da cuenta, que todos ignoran, que la protege a usted, Señorita,
del que tiene enfrente. (De mí en este caso, de mí, por
supuesto). Esas telitas de cebolla humedecidas adentro de los ojos.
O secas como vidrio molido. Secas, dolorosas. Me pregunto cuánta
mentira quedará filtrada en las telitas plásticas de sus
ojos, Señorita. Pegadas ahí, como residuos proteicos,
las mentiras de su cuerpo. Porque usted también tiene un cuerpo.
Mal que le pese. Y pienso entonces que mejor se traiga los anteojos
y la pose intelectual, que la hacen más ridícula pero
menos ficticia. Eso está bien.
La
casa negra. ¿Sabe usted lo que es la casa negra? Una casa familiar.
Decía: una casa familiar donde dejo fracturarme. ¿Nunca
dejaste que te fracturen? Es una tortura. Pero lo asumís así.
Vos no lo entenderías. Tu dignidad intelectual. Tu captura. Pero
lo íntegro primero les tiene que venir de la fractura. Punto
por punto. Pieza por pieza. Te descuartizan como a una vaca. Te devoran
así. Aunque primero te rearman. Como a una muñequita.
Como quieren. Y eso es íntegro. Vos ahí. Mirás.
Sos tan fascista como los que quedan inmutables. Los que descuartizan.
Te rajan. Y ¿quién sufre más? Mi cuerpo rajado
no creo sufra peor que el tuyo. Mirá, te digo. Por ejemplo ahora.
Tenés la pierna cruzada y se te asoma un pedacito de bombacha.
Blanca, puntillosa. ¿Te pusiste un protector? Sí, te pusiste.
Le noto apenas el plastiquito del ala. Me pregunto si estará
tan inmaculado como vos. Digo, el protector. ¿Para qué
te lo ponés? ¿es perfumado? La pregunta seria sería:
¿tenés algo que disimular con tantos cuidados? ¿algo
que mejor no se te escape? Me gustaría verte el crecimiento de
los pelos, gruesos, alambicados, solamente para que enrojezcas delante
de mí, que te delates.
Yo
por mi parte ya estoy descuartizada. En la casa negra es así.
Me obligan a besar con una boca que no es mía, a bambolear unas
tetas que no me pertenecen y a mirar con unos ojos puercos que tienen
la honestidad de otra. Y sufro, sí, claro que sufro. Pero eso
me hace “fragmentaria y completa”. ¿A los ojos de
quién? ¡Qué sé yo! A veces ni me importa.
Uno es igual al otro, al otro, al otro. Todos son el único al
final.
¿Y
yo qué soy?
Un
descuartizamiento de honestidad. Una putita bien amasada. Ni Eva ni
María. Un acto de crueldad. Y vos qué sos. Ahí,
sentada, mirando...
Señorita,
¿vos? ¿qué sos?
No
me caben dudas: una dignataria.
Cecilia
Perna