Hubo
alguien antes pero yo no lo conocí. Aunque muchos me dicen que
tengo algo de su carácter y de su boca. Esas cosas. A mí
no me preocupa paracerme a alguien. Hay tantas caras en el mundo que
uno, tarde o temprano, termina siendo otro. Yo quisiera hablar acá
de los que conocí. Ellos dejaron sus huellas en mi vida y pienso
que una forma de retribuirles que me hayan pisado es contar quiénes
eran, lo que me enseñaron. Esas cosas.
Para esa época mamá trabajaba en la fábrica de
corpiños Peter Pan. Un nombre glorioso. No sé si todavía
sigue funcionando. Mamá, por lo que me cuentan todos, era una
mujer despampanante, parecía una vedette. Piernas, culo, caderas.
Vivíamos en un departamentito del barrio de Once, muy chiquito,
yo pensaba que era como el caño de Hijitus: el dormitorio de
mamá, el living donde yo dormía en un sofá cama
y una kitchenet empotrada en la pared. Eso era todo. Mamá tenía
ropa tirada por todas partes. Y cosméticos y revistas que se
traía de la peluquería de su amiga. Mi madre era una gran
lectora. A veces, cuando ella iba a bailar, yo me quedaba con la peluquera,
una paraguaya que me hablaba de sus hijos quienes, decía, tenían
casi mi misma edad y estaban con su padre en Asunción. Yo no
asociaba Asunción con un lugar físico, mas bien me parecía
un verbo.
En mi memoria, el primero de todos fue Carmelo. Petiso, musculoso, ex
boxeador. Mamá me lo presentó una noche cuando la pasó
a buscar para salir. Yo estaba mirando algo en la tele muy chiquita,
diminuta, que la peluquera nos había traído de Ciudad
del Este. ¿Ven? Ciudad del Este sí me parecía un
lugar.
Carmelo se me acercó y me estrechó la mano. Pensé
que me iba a besar, porque yo era un niñín y la gente,
por lo general, cuando me conocía, me besaba. Pero él
me dio su mano, callosa, grande como un teléfono. Ese gesto me
gustó. A partir de aquella noche Carmelo empezó a venir
seguido a casa y cuando pasaba a buscar a mamá se quedaba cada
vez más tiempo conmigo, charlando de las hazañas de su
época de boxeador. Y un día de campo, a la luz del sol,
sucedió una cosa increíble: la piel de Carmelo, al aire
libre, tenía el color de la cinta scotch. Quiero que esto quede
bien claro. No era como si estuviera recubierto de cinta, como una momia;
tenía el color y la consistencia de la cinta scotch. Así
que lo bauticé –para mis adentros- Carmelo Scotch. Debe
haberse visto extraordinario, casi desnudo, bajo las luces del ring.
Cuando empecé a sufrir de los bronquios, mamá me tuvo
que llevar a un hospital para que me curaran. Me hacían inhalaciones,
me daban pichicatas, me decían que tenía que tomar sol.
Carmelo se preocupó mucho por mi salud y le dijo a mi mamá
que yo tenía que hacer ejercicios, correr, saltar. Esas cosas.
Entonces se apareció en equipo de gimnasia y me explicó
que tenía un plan para volverme un atleta. Extendió sobre
la pequeña mesa de fórmica naranja del living, un mapa
con las etapas de ejercicios que él creía que me iban
a cambiar el físico. Empezamos a practicar por las mañanas,
en el gimnasio donde trabajaba Carmelo. Abdominales, carrera en velocidad,
cintura, cinta. Era grandioso. Él se paraba a mi lado mientras
yo la sudaba y me gritaba: “Vamos, más fuerte, ¡téngale
bronca al cuerpo! ¡bronca, bronca!”. Después nos
duchábamos juntos. Una vez me contó, mientras nos secábamos,
que la alegría más grande de su vida la tuvo cuando le
tocó pelear como semifondo de Nicolino Locce. “No sabés
lo que era pisar el ring del Luna repleto… sólamente vos
iluminado y todos mirándote… las lucecitas rojas de los
puchitos en la negrura de las tribunas…”. Fue empate.
Y
aún llevo en mis oídos el grito de guerra de Carmelo Scotch:
“ ¡Téngale bronca al cuerpo!”.
Una
tarde, mamá me dijo que lo había dado de baja. Tuvo que
pasar una semana de hostigamiento para que me dijera por qué.
¡Le había levantado la mano! Mamá era inflexible.
Y para elegir a sus novios, una verdadera renacentista. Pasó
del deporte al arte ¡Y al segundo candidato lo capturó
delante de mis narices! El profesor Locasso había llegado al
colegio para cubrir una suplencia y, sin lugar a dudas, para cobrar
lo que pudiera cobrar sin hacer prácticamente nada. Llegaba,
ponía sobre el escritorio un paquete de facturas o de merengues
–yo iba al cole de mañana- y mientras cruzaba sus pies
sobre una silla empezaba a engullir sin parar. Nos decía que
teníamos que pintar lo que se nos ocurriera. En la hora de Locasso
nos podíamos rascar el higo sin problemas. Así que agarrábamos
hojas y dibujábamos cualquier cosa. Cuando se las llevábamos
para que les echara una mirada, mientras masticaba y dejaba de leer
el diario, miraba nuestro dibujo y nos decía su célebre
muletilla: “más color, alumno, más color”.
Aunque la hoja estuviera untada de témpera como un pastel del
panadería, el repetía “más color, alumno,
más color”. Estaba bueno. Nos hacía reir. Por supuesto,
para nosotros su nombre cambió de profesor Locasso al de profesor
Más Color. E imagínense mi sorpresa la noche en que lo
vi sin su guardapolvo, con un traje oscuro que le quedaba un poco grande,
y con una botella de vino en la mano en el umbral de la puerta de mi
casa. El profesor Más Color era un hombre de unos cuarenta años,
con una herradura de pelo blanco que le bordeaba la nuca y que siempre
estaba demasiado larga, descuidada. La frente le brillaba como una bola
de billar. De cuerpo atlético, cuando caminaba por el patio del
colegio, lo hacía a zancadas.
Según
pude reconstruir mucho después, Más Color había
entablado relación con mi mamá en el acto del 9 de julio,
en el cual di dos pasos adelante y recité un poema alusivo. El
colegio se venía abajo de gente y la noche anterior yo había
estado muy nervioso. Tenía miedo de que en el momento de recitar
el poema se me apareciera en la cabeza la laguna de Chascomús.
Pero fue glorioso. Verso a verso, demostré que tenía talento
para recitar poemas y durante toda esa semana patria mis compañeros
y mis maestros no pararon de elogiar mi perfomance. Pero volvamos al
idilio de mi madre. De más está decir que fue la comidilla
del colegio. Todos mis compañeros sabían que mi mamá
salía con Más Color. A veces, en los recreos, algunos
se animaban a preguntarme si eso me molestaba. Yo les repreguntaba:
“¿Que ustedes sepan o que ellos salgan?”. Silencio.
Otros compañeros que trataban de ser más comprensivos
conmigo, me decían que me habría convenido más
que mi mamá saliera con el profesor de matemáticas –materia
dificilísima- que con el de dibujo. Tenían razón.
No puedo negar que yo ya había hecho ese razonamiento.
El
romance de mi mamá con Más Color duró casi dos
años. Cuando ellos terminaron la relación, yo entraba
en quinto. A diferencia de Carmelo Scotch, mi vínculo con Más
Color fue relajado. El tipo se quedaba a dormir en casa dos veces por
semana y a veces salíamos los tres a dar un paseo. Sólo
una vez salimos él y yo. Me llevó a ver una exposición
de Salvador Dalí, pintor al que él admiraba. Le gustaban
esas cosas retorcidas. Relojes doblados, crucifijos espaciales. Esa
tarde, en un café, tuvimos el siguiente diálogo:
-¿Te
molestaría que yo pase más tiempo en tu casa?-, me preguntó.
-No
-le dije después de pensarlo un momento.
-Me
parece que sería bueno que hubiera un hombre en la casa y yo
estoy pensando en casarme con tu mamá. Todavía no se lo
propuse porque primero quería saber tu opinión.
-El
único problema es que la casa es muy chiquita- opiné.
-Si
vos y tu mamá están de acuerdo, podríamos mudarnos
a otro lugar. Con patio. ¿Te gustaría tener un patio para
jugar?
-Sí
-le dije después de pensarlo un momento.
Más
Color pareció satisfecho con mi contestación. Nos estrechamos
la mano y me llevó a viajar por el subte. Me mostró todas
las combinaciones posibles y los diferentes modelos de trenes que existían.
Cuando llegamos, tarde, a casa, se encerró con mi mamá
a charlar en el dormitorio. Me pareció que discutían.
Yo me puse el piyama, me lavé los dientes y me acosté
a dormir. Me desperté a mitad de la noche y me pareció,
todavía más nítido, que estaban discutiendo. La
semana siguiente Más Color no se quedó a dormir ni una
hora y si bien llamaba por teléfono y hablaba con mamá,
yo empecé a presentir que algo andaba con mal color. Traté
de recordar la charla que habíamos tenido para ver en qué
se le podría haber complicado la cancha. Y saqué las siguientes
conclusiones: a mi mamá, sin dudas, le convenía tener
un hombre en casa. Es más, ella siempre estaba diciéndole
a la peluquera paraguaya que deseaba encontrar un sustituto de padre
para mí. Lo cual a mí me parecía razonable. Yo
envidiaba, cuando iba a las casas de mis amigos, cómo ellos podían
sentirse seguros y exhibir a sus padres. Así que por el lado
del casamiento no debería haber habido problemas. Creo que el
conflicto estuvo en la posibilidad de mudarse. Por algún motivo
recóndito que a mí me costaba y aún me cuesta entender,
mi mamá amaba la pocilga de plaza Once o The Eleven Park, como
ella le decía. Algo en la casa tocaba su fibra más íntima
y contra esas cosas es imposible marchar.
Una
tarde de invierno, mientras mamá se hacía la toca, me
comunicó que Más Color había entrado en la inmortalidad.
Ahora pienso que mi infancia estuvo separada por tandas en las cuales
mi madre me informaba las bajas de sus noviazgos. Yo seguí viendo
a Más Color durante tres años –quinto, sexto y séptimo-
pero, salvo saludos incómodos cuando nos encontrábamos
de frente en el patio del colegio, nos evitábamos. Aunque, es
justo decirlo, gracias a él conozco a la perfección la
línea de subterráneos que cruza la ciudad. Jamás
podría perderme.
Más
Color ya era historia cuando me anoté en el ateneo de la iglesia
de San Antonio para jugar a la pelota todas las tardes. Los curas te
atrapaban con una cancha extraordinaria y, a cambio, te pedían
que tomaras la comunión. Así que fui derecho a catequesis
y terminé como monaguillo en un par de misas. Una tarde mamá
me pasó a buscar y me dijo que la esperara porque quería
confesarse. Me pareció raro ese gesto viniendo de ella. Pero
es verdad que para ese entonces se pasaba mucho tiempo en la cama, como
si algo le hubiera roto el ánimo. El padre Manuel la escuchó
en silencio, en el confesionario. Mamá empezó a venir
tarde de por medio para confesarse o para caminar charlando con el padre
Manuel. Me dijo que el cura –que era muy joven- lograba darle
ánimos para vivir. “Mamá ¿por qué
no querés vivir?”, le pregunté. “No es que
no quiera vivir, es que no tengo ánimos”, me contestó.
Una
noche, en que me había quedado más de la cuenta en la
casa de un amigo, me sorprendí viendo salir al padre Manuel de
mi edificio. Lo que más me sorprendió fue que estaba vestido
como un hombre cualquiera. El no me vio, pero yo lo vi clarísimo
porque estaba en la vereda de en frente. No dije ni mú. Cuando
entré a casa, mamá estaba con los ojos rojos, como si
hubiera estado llorando. Al otro día se la pasó encerrada
en su pieza con la peluquera paraguaya. Cuando abrían la puerta
porque necesitaban ir al baño o a buscar algo a la cocina, salía
un olor espantoso a cigarrillos. Creo que por eso yo no fumé
nunca.
Decidí
hablar con el padre Manuel después de que me encontré
a mamá sentada en el livincito, con unas ojeras inmensas. Parecía
que había estado sentada ahí desde su pubertad. “Todos
los aparatos de la casa decidieron suicidarse”, me dijo con una
voz muy ronca, apenas me vio. No andaba la heladerita ni el televisor
y el calefón hacía un ruido horrible cuando abríamos
la canilla de agua caliente.
El
padre Manuel estaba leyendo en su cuarto, me dijeron. Le dije a la monjita
que lo necesitaba urgente. Al rato lo vi venir por el corredor de la
escuela. Esta vez tenía su sotana negra e impecable. Me acarició
la cabeza y salimos a caminar por la cancha de fútbol que a esa
hora –las dos de la tarde- estaba vacía. Era un día
primaveral.
-Padre,
no sé que le pasa a mi mamá- le dije. Sentí que
la voz me salia del pecho.
-Hijo
–me dijo, a pesar de que era muy joven- ¿sabés cuál
fue el calvario de nuestro señor Jesucristo?
-¿Todo
el asunto de los romanos y las espinas en la cabeza y la traición
de Judas?
-Exactamente.
Quiero que pienses mucho en esa parte de la historia de nuestro Señor.
Porque muchas veces en la vida los adultos tenemos que hacer grandes
sacrificios. ¿Entendés?
No
le entendía ni jota. Pero asentí. Me estaba dando un pesto
bárbaro.
-Tu
madre es una mujer ejemplar. Quiero que esto te quede bien claro. Y
la mayoría de las veces las personas muy íntegras sufren
demasiado. Ahora vamos a ir a la iglesia y nos vamos a arrodillar para
rezar por ella.
Y
así fue. Rezamos en silencio. Para ser sincero, yo no recé.
Mi cabeza saltaba de una imagen a otra como si fuera un videojuego.
Lo veía al padre Manuel con sotana, después lo veía
en ropa sport, como lo vi cuando salía de mi edificio, después
me lo imaginaba en calzoncillos, después jugando al fútbol…
Al final me dio la mano y me dijo que me fuera tranquilo, que el Señor
sabe lo que hace.
Lo
cierto es que mamá no volvió a la iglesia y a los pocos
meses lo trasladaron al padre Manuel a un convento en Córdoba.
El Señor no se equivocaba porque mamá empezó a
andar mejor y finalmente salió de esa melancolía en la
que estaba hundida. Arreglamos el televisor, arreglamos la heladerita
y sacamos el calefón y pusimos un termotanque.
Pasó
casi toda mi secundaria sin que mi mamá trajera otro novio a
casa.
Y justo cuando me estaba preparando para entrar en la Universidad, llegó
el último y quizá el más importante para mí.
Se llamaba Rolando, trabajaba poniendo antenas, en las alturas, y fue
clave porque él me habló por primera vez de mi padre.
Porque él estaba obsesionado con el tipo que fue mi padre.
Mamá
lo conoció en un grupo que se reunía los domingos en el
Hospital Pena. Era un grupo de ayuda psicológica para poder superar
la tristeza de los domingos. No era que mi mamá se pusiera mala
los domingos, fue acompañando a la peluquera paraguaya que los
domingos a esos de las siete, invariablemente, se quería matar.
Rolando estaba yendo porque era de un equipo de fútbol que se
había ido a la B y por eso sufría los domingos sin partidos.
Según mamá, fue un flechazo fulminante. Rolando tenía
rulos, un corte tipo Principe Valiente y la voz ronca. Me cayó
bien enseguida. Y más cuando me enteré que se la pasaba
en los techos de los edificios arreglando y poniendo antenas.
Me
encanta la gente que se cuelga de los techos, me encanta saltar por
los techos de las casas.
Así que rápidamente –yo tenía 17 años-
me le pegué como acompañante en su trabajo. Era superior.
En el verano, subíamos a las cimas con una heladerita de telgopor
donde poníamos seis latitas de cerveza. A veces, si no habíamos
comido, nos llevábamos en un taper queso y dulce. Después
de arreglar las antenas nos sentábamos a, como él decía,
chamuyar. Rolando estaba obsesionado con la vida que llevaban algunas
personas. “Fijate esos tipos que andan por el mundo jugando en
el equipo que les hace de sparring a los Globetrotters. Eso es espantoso.
Recorrer el mundo poniendo la cara para que esos negros guachopijas
te hagan hacer el ridículo. Hay destinos espantosos ¿no?”.
Y siempre, después de las cervezas, me hablaba de mi viejo: “Yo
no sé cómo tu mamá le pudo creer a ese imbécil
todo lo que le decía. ¿Vos sabés que tu viejo andaba
metido en la guerrilla y que prefirió eso a tener una familia,
cuidarte a vos, verte crecer… ¡Y tu mamá lo creía
un tipo grosso, inteligente! ¿En serio nunca viste ni una foto
suya?”.
Una
tarde, mientras veíamos caer el sol desde los techos de un edificio
altísimo, me dijo: “Vos sabés que yo ahora te quiero
mucho”. “Sí, lo sé”, le dije y sentí
que se me ponía la piel de gallina. “Pero antes no podía
ni verte porque pensaba que eras un polvo de tu viejo hecho carne”.
No le contesté nada porque me quedé pensando en su expresión,
y me acordé de cuando el padre Manuel decía que Cristo
era Dios hecho carne. Rolando se bajó todas las cervezas y al
rato dijo: “A esta hora en Italia la llaman el Pomeriggio ¿sabés
por qué?”. No dije ni mu. “Porque Pomeriggio significa
tomate ¿ves el color que tiene el cielo?”. Qué capo.
El cielo estaba rojísimo. Agregó: “¿Ves?,
desde acá podemos ver toda la ciudad ¿no es fantástico?
La mayoría de la gente no sabe que estamos acá arriba,
mirándolos. Somos como dioses”.
A
veces, antes de clavar una antena contra el techo, la levantaba con
una sola mano y gritaba: “ ¡Ya tengo el poder!”. Y
nos matábamos de risa. Otras veces se ponía melancólico
y me decía: “Jurame que si vuelve tu viejo vos no te vas
a dejar engrupir por él”. “¿De dónde
va a volver, Rolando?”, le preguntaba. “ ¡Qué
se yo, de la loma del orto!”, me largaba.
Pasó
el tiempo y me sortearon para la colimba. Me tocó tierra y tuve
que bajar de las cimas. Pasé un año en el infierno como
asistente de un milico. En algún momento de ese año, mi
mamá y Rolando rompieron. Ella me lo comunicó en una carta.
Cuando volví a casa, conseguí trabajo arreglando antenas.
A Rolando nunca lo volví a ver, pero supe de él por un
portero de un edificio. Me dijo que le había agarrado vértigo
y que por eso dejó de trabajar en las cimas. A mí eso
me sonó a ciencia ficción.
A
veces, cuando estoy en las alturas, con mi vianda, me doy cuenta de
lo increíble que fue que me dejara acompañarlo y aprender
el oficio. Porque el vértigo de los techos es una disciplina
para personas solitarias. Para animales fabulosos. No se necesita a
nadie acá arriba.
Fabián
Casas