No
creo que se hayan cumplido todavía tres meses del ingreso en
nuestro país de lo más avanzado y deslumbrante de la última
revolución tecnológica. Me refiero, claro está,
al desembarco en Argentina de Movistar, la compañía de
telefonía móvil más grande del mundo hispano.
Como
toda revolución, esta implica un profundo cambio de percepción
de la realidad y una amplia reorganización de las prácticas
sociales, lo que conlleva una nueva estructuración de las relaciones
de los sujetos entre sí y entre ellos y su entorno. También,
como toda revolución, esta se apoya en la creencia de que puede
mejorar, a través de su transformación, un cierto estado
de cosas. No voy a dedicarme en este texto a cuestionar las afirmaciones
anteriores, ni a proponer una explicación del modo en que distintas
fuerzas en pugna luchan por alcanzar la hegemonía, ni si hay
fuerzas en pugna, ni si hay hegemonía, ni si hay afirmaciones,
ni si hay posibilidades de explicar –o de decir– algo a
través de nuestro limitado lenguaje. Mi proyecto es mucho más
pretencioso: mitigar, por medio de este escrito, la pena que me genera
el haberme quedado sin celular.
Había
salido tarde de casa, por lo tanto tenía que recorrer media ciudad
en veinte minutos, proyecto imposible de realizar si se carece de una
moto, un helicóptero o una amplia preparación para participar
de carreras de mediana distancia. Como imaginarán, en este momento
de mi vida ya no dispongo de la fuerza espiritual necesaria para pretender
iniciarme en ninguna de esas tres aventuras. Más a mi alcance
se encuentra tomar un subte y luego un taxi, en ese orden: con el inverso
ya aparecen algunas dificultades.
Acéptese
que descendí en Congreso y me subí a un Renault 19; Acéptese
que no dialogué con el conductor y que, milagrosamente, estaba
llegando al trabajo en hora, dentro de los cinco minutos de tolerancia
que disfrutamos seis veces por mes para no perder nuestro premio. Téngase
también por aceptado que revisé en los archivos de mi
celular el número de un amigo, que luego creí haber guardado
el celular en el bolsillo de mi pantalón y que no perdí
la conciencia, ni por un segundo, en el trayecto que va desde el cero
de Callao hasta la intersección con Las Heras. Por último,
que no se ponga en duda el hecho de que recién me percaté
de que me faltaba el celular al retirarme de la oficina, que no se desconfíe
de la infortuna de no haber tomado el recaudo de solicitar al chofer
del taxi un teléfono para el caso de que necesitara localizarlo
ni que se me culpe por no haber pensado una manera para facilitar el
código de acceso de mi celular a aquel que, repentinamente, se
encontrara con mi aparatito en sus manos y no supiera bien qué
hacer con él. Acordemos en que hay algo que me sucedió
que yo les quiero contar.
No
es mi objetivo último aburrirlos. Por tal motivo, transcribo
a continuación apenas un resumen de lo mucho que hablé
con los operadores telefónicos de Movistar.
Uno:
–Mi
nombre es Valeria. ¿En qué lo puedo ayudar?
–Quiero
denunciar el extravío de mi teléfono.
–¿Es
con tarjeta o con abono?
–Abono.
–Número.
–1556568469.
–Nombre.
–Marcelo
Svartman.
–Aguarde
en línea, por favor.
Aguardo.
–Gracias
por aguardar en línea. Ya se cargó su pedido. Ya está
dada la baja.
–Está
bien, señorita, pero yo ahora me quedé sin teléfono
y tengo todavía cuatro meses más de contrato, así
que necesito un teléfono de reemplazo, pero manteniendo la línea.
–Aguarde
un segundo que voy a consultar con los asesores si hay algún
teléfono de reposición para ofrecerle.
Aguardo.
–Gracias
por aguardar. No hay disponibilidad en stock, señor. Llamé
nuevamente mañana. Gracias por comunicarse con Movistar.
Dos:
–Mi
nombre es Valeria. ¿En qué lo puedo ayudar?
–Mire,
ayer hice la denuncia por la pérdida de mi celular. Tengo el
número de la denuncia, si quiere. Me dijeron que tengo que solicitar
un aparato de reposición.
–Sí,
señor. ¿El aparato es con chip?
–Sí.
–Aguarde
que voy a averiguar qué modelos tenemos en stock.
Aguardo.
–Gracias
por aguardar en línea. No contamos en este momento con aparatos
de reposición. Puede llamar mañana para ver si ya ingresaron.
Tres:
–Mi
nombre es Mariano. ¿En qué lo puedo ayudar?
–Estoy
esperando que lleguen los aparatos de reposición. Llamé
ayer y anteayer y me dijeron que no tenían nada en stock.
–¿Me
podría decir cuál es su número telefónico,
señor?
–1556568469.
–¿Su
nombre y apellido?
–Marcelo
Svartman.
–Aguárdeme
un momento.
Aguardo.
–Lo
siento, pero no hay stock disponible.
–Mirá,
yo estoy pagando un abono y no me están brindando ningún
servicio. Si Movistar no tiene stock por dos meses: ¿yo sigo
pagando la línea?
–Señor,
en este momento no se cuenta con aparatos de reposición.
–¿No
hay otro lugar en donde puedan conseguirse los aparatos de reposición?
Me
pasó las direcciones de cuatro agentes oficiales. En este punto
creí que ya todo estaba solucionado.
Salí
del trabajo y fui a la oficina de Flores, que es la que más cerca
queda de mi casa. Pregunté si tenían teléfonos
de reposición para los casos de extravío de aparato. Me
dijeron que no, que eso era exclusivo de la casa central.
Al
día siguiente, bastante más enojado, volví a llamar
a la compañía. Me dijeron lo de siempre. Yo les dije que
había ido a uno de los agentes oficiales y que allí no
estaban habilitados para vender aparatos de reposición. La operadora
negó que eso fuera posible. Le dije que quería los teléfonos
de los demás agentes oficiales. Me respondió que no contaban
con esa información. Sentí que me estaba cargando. Me
enfurecí. Dije que necesitaba el nombre del gerente de Movistar,
ya que deseaba dirigirle una nota exponiendo la situación que
me estaban haciendo padecer. La operadora me dijo que no disponían
de esa información. Nunca insulto a un empleado ni intento hacerle
pasar un mal momento cuando está desempeñándose
en su puesto de trabajo. Intenté cambiar el ángulo de
la conversación: “¿qué puedo hacer?”,
pregunté. La chica me dijo que mi teléfono tenía
un chip, entonces Movistar debía introducirlo en otro teléfono
para que yo no perdiera la línea. Me ilusioné con la posibilidad
de que el extravío del celular concediera al usuario la privilegiada
opción de concluir el contrato antes de su finalización.
Creo que no es necesario aclarar que esa ilusión duró
un pocos segundos. “No me estás respondiendo lo que te
pregunto”. “Señor, esto es todo lo que le podemos
decir.”
Una
persona que conozco, cuyo nombre voy a reservar, dedica parte de sus
ratos libres a la actividad de rastrear en diarios y revistas noticias
y episodios que le parezcan productivos para estructurar una ficción.
Guardo secreto sobre su identidad porque no quiero seguir aumentando
el número de personas que, al enterarse de la tarea que realiza,
deja de brindarle su saludo. En más de una ocasión me
ha tocado ver cómo le reprochaban este modo de buscar materiales
para la escritura. He escuchado decirle que lo que hacía no era
ético, que rebajaba el arte, que su trabajo era la expresión
perfecta de la puesta en marcha del mecanismo neoliberal de producción
de objetos artísticos. Fueran calumnias, exageraciones o disparates,
estos ataques no impidieron que consultara a la persona en cuestión
sobre la viabilidad de dar forma de aguafuerte a mi desgracia con Movistar.
Para ser fiel a los hechos, debo reconocer que fui advertido sobre falta
de conveniencia de que llevara a cabo dicho proyecto.
¿Qué
podía hacer? Ni teléfono ni texto. Resignarme hubiera
sido otorgarle demasiado valor al asunto. Decidí no interrumpir
mi reclamo y desobedecer la sugerencia de no escribir el aguafuerte.
Me tranquilizó pensar que, cuanto peor me fuera con una cosa,
mejor me estaría yendo con la otra. En un instante todo se había
transformado y cobrado un sentido: mi queja y mi pena, unidas en forma
de aguafuerte, estarían expuestas a los ojos del mundo a través
de la vitrina de el interpretador.
Volví
a la carga al día siguiente.
–Mi
nombre es Andrés. ¿En qué lo puedo ayudar?
Expliqué
nuevamente todo lo sucedido, ya menos preocupado por que solucionaran
mi problema que por que contribuyeran con nuevas delicias a mi narración.
Esta vez tenían teléfonos en stock, aunque muy diferentes
del que yo estaba buscando.
–No
quiero un aparato que saque fotos, ni que tenga filmadora, ni base cargada
con 120 ringstones. Tenía un modelo Motorola A56 y quiero algo
similar. Pueden ser veinte pesos más o veinte menos. Me había
salido $99 pesos.
–El
que ahora está en stock, señor, cuesta 600 pesos. Es el
único que tenemos en stock.
Hay
momentos en que parece que los operadores telefónicos no te están
escuchando. Pero no es así, al contrario: te escuchan bien, muy
bien. Eso no quiere decir que vayan a responder lo que les preguntás
Y creo que eso obedece a un hecho obvio: aquello que no puede responderse,
no corresponde que sea respondido. Como es de esperar, los operadores
no pueden quedarse la mitad del tiempo mudos, porque eso sería
insoportable. ¿Qué les enseñan, entonces? A sortear
el hecho conflictivo interponiendo cualquier frase que pueda tomar apariencia
de respuesta. Esa es una de las formas que encuentra la empresa para
resolver aquello que, desde la estructura de la organización,
resulta imposible de solucionar. Por ejemplo: ¿qué respuesta
(solución a mi problema) me aporta Andrés cuando me ofrece
un teléfono de 600 pesos ante mi pedido de uno de 100?
En
algún llamado posterior me dijeron que podía adquirir
un teléfono sin línea y que Movistar le cargaba la información
que yo tenía en mi chip. Me aclararon que esos teléfonos
los podía comprar en cualquier lugar, es decir, que no era necesario
que fuera una agencia oficial de la compañía. No puedo
ocultar que esas palabras me causaron una gran decepción: la
pequeña historia con aire kafkiano que estaba proyectando, apenas
iniciada, había llegado a su fin.
Marcelo
Svartman