El campo
no era más oscuro de lo que se habían imaginado.
Tenían que recorrer la zona para resolver un enigma. Estuvieron
dos o tres horas vagando sin encontrar nada interesante, salvo un
par de ramitas tiradas junto a un alambre y unas vacas que caminaban
en grupo y en silencio.
–No tendría
que haber venido. Sabía que esto iba a fracasar.
Siguieron caminando.
El sol y el sudor se juntaban en sus cuerpos. Aparecieron unos árboles.
El terreno se hizo irregular. Decenas de plantas brotaron de él.
–Parece
que nos vamos a meter en una selva.
Ya habían
ingresado. Era una selva artificial creada para encerrar al hijo del
rey. Segismundo, según informaron los vaticinios, sería
un tirano. Mataría a su padre y a su madre y los enterraría
en el lugar donde había crecido y pronunciado las primeras
palabras.
Avanzaron unos
pasos y escucharon gritos. El que gritaba sufría.
–Estamos
cerca. Vayamos despacio. Tal vez podamos oír algo que nos ayude.
–Mejor tirémonos
al piso. Nos dijeron que la aventura incluía armas.
Así hicieron.
Se arrastraron con cautela, como soldados en su primer combate. Una
voz se oyó, lejana. Cambiaron de rumbo. La cercanía
de un gemido les indicó que iban en la dirección correcta.
“El origen –pensó ella– nunca es lo que esperamos.
Siempre hay que arrastrar el cuerpo un poquito más.”
Él se adelantó unos metros. La esperó recostado
en el suelo, ahora como un lagarto.
–Escucháme.
Es peligroso que nos separemos.
–Vos te
adelantaste.
–Juntos
somos débiles; separados somos doblemente débiles. Detrás
de ese árbol –indicó el tronco más cercano–
hay un pozo. Puede ser una trampa, también una salida. Creo
que estamos obligados a averiguarlo.
–Es un juego.
Subir, bajar, avanzar y retroceder son parte de la diversión.
Vamos.
El pozo que se
veía en la superficie se comunicaba unos centímetros
bajo tierra con un caño gigantesco. Era una tubería
paralela al suelo diseñada para la circulación de hombres.
Había espacio. El plástico no dañaba los cuerpos.
–¿Cómo
estás? –Dijo Mr. Tool, que se introdujo primero.
–Como si
estuviera en un tobogán.
¿Un tobogán?
Se desplazaban con lentitud. Mr. Tool había entrado al tubo
con las piernas hacia adelante. Le parecía más seguro.
Carmen entró en la misma posición.
–Cuando
era chica iba a una plaza que quedaba cerca de mi casa que tenía
un tobogán. Los chicos de mi barrio, que éramos pobres
y solo accedíamos a los paseos que nos brindaba el estado,
inventábamos juegos para ver quién iba a subirse antes
a él. Algunos días, de tan divertidos que se volvían
los juegos, nadie se subía al tobogán.
“Una sentimentalista”,
pensó Mr. Tool. “A los niños pobres les alcanza
con lo que tienen; es más, hasta les sobra. Su espíritu
es rico. Están más allá de las cosas de este
mundo”.
–A quince
cuadras había una plaza que tenía muchos toboganes.
Era la plaza del pueblo, la que tiene enfrente la iglesia, la municipalidad
y, en los últimos tiempos, un teléfono público.
A nosotros no nos permitían jugar allí. Alguien –ahora
no recuerdo quién, eso no importa– había prohibido
nuestro ingreso. Nuestros padres nos recordaban continuamente y con
miedo que nos mantuviéramos lejos. Temían una sanción.
No era injustificado que actuaran así: el sobrino de una vecina
fue un par de veces a los toboganes y murió al poco tiempo
en un accidente. Al año ¡oh, casualidad! murieron sus
padres en otro accidente.
Las aclaraciones
las hacía en voz baja para diferenciar los comentarios de la
narración.
–No estaba
prohibido que nos acercáramos, pero sí que jugáramos
allí. Crecimos. Aprendimos a leer. Buscamos una ley que nos
dejara fuera de los toboganes. No existía. Nunca había
existido. Como estábamos en tiempos de revolución, logramos
que a la plaza le pusieran “La plaza de los niños pobres”.
No sé qué nombre lleva hoy, pero todos pueden jugar
allí.
“Hermoso.
Un homenaje a la igualdad. La humanidad progresa, pese a todo.”
Las piernas de
Carmen golpearon la cabeza de Mr. Tool.
–¡Cuidado!
–El culpable
sos vos que retrocediste sin avisar.
–No seas
estúpida –dijo Mr. Tool–. Me detuve porque adelante
hay un hueco.
–Avanzar,
caer –dijo Carmen. ¿Conocía lo que iba a suceder?–
No vinimos acá a reflexionar.
“Reflexionar”,
pensó el inglés. “No sé cuál es
la diferencia entre la reflexión y el recuerdo, el análisis
y el reconocimiento. Son escalones de una escalera que está
tirada en el piso.” Estiró su pierna derecha y tanteó
el vacío. Su pie fue cada vez más lejos: no encontraba
nada.
–¡Colón!
–dijo el inglés y se impulsó hacia atrás.
Su carne y todos sus huesos abandonaron el tubo y volaron durante
algunos segundos en la oscuridad. Después sintió el
golpe de algo fresco que imaginó agua o la muerte. Se sumergió
en una laguna, tocó el fondo, rebotó en él y
salió a la superficie. Ahora había luz. La orilla estaba
cerca. Nadó hacia allí. Antes de llegar, escuchó
una nueva zambullida. No se dio vuelta para mirar. Se acostó
sobre la arena. Cerró los ojos.
–¡Buen
chapuzón! –dijo su compañera–. Ahora nos
falta caminar sobre una cuerda para rescatar un gato.
Mr. Tool permanecía
en el piso. ¿Se estaba haciendo el dormido? Carmen juntó
las manos y sacó agua de la laguna. La tiró sobre la
espalda del inglés.
–O una liebre
–dijo, como si todo pudiera ser un poquito peor. Volteó
su cuerpo y abrió los brazos como un ahogado.
El escenario era
irreal: estaba la laguna, estaba la arena y, cerca del techo de la
cueva, un regimiento de cuervos. Pegaban saltos de un escalón
a otro de unas escaleras. Desplegaban sus alas para simular un vuelo
que no existía. Era curioso: los que estaban más cerca
del piso pasaban de un lugar al otro exhibiendo un equilibrio formidable;
los de arriba actuaban como los anteriores, pero después de
muertos –la muerte debe ser un ir hacia atrás, un renacer
que reconoce las mismas angustias, sufrimientos y felicidades de la
vida. A veces pienso que cuando muera, el reloj arrancará de
nuevo y poco a poco me acostumbraré, como hoy me acostumbro
al lenguaje y a la memoria, a sentir que todo es natural, suficiente
y necesario. No sé cómo se imaginan su muerte las demás
personas–. No estaba soñando: en mis sueños las
cosas bajan; por lo general, ni siquiera pueden separarse del piso.
Me incorporé
y fui hacia las escaleras. Crecían paralelas unas de las otras
como si fueran las raíces de una planta divina. No sé
por qué, al observarlas, recordé la cara de Chaplin
y las calles de Europa de comienzos de siglo. Tenía que rodear
la laguna. No era lejos. Carmen tomó mi lugar en la arena.
Estaba tirada boca abajo y con las piernas separadas, como los sapos
que mueren arrollados en las rutas sobre el asfalto caliente. Sentí
deseos de fumar. Pensé, como otras veces en mi vida, que yo
era un pobre hombre de ciudad. Inútil hacerse el héroe:
ellos esperan vencer a partir de la destrucción de su oponente;
nosotros, a partir de la persuasión o el cansancio. La arena,
a medida que avanzaba, se hacía más oscura. En otros
momentos, volvía a hacerse clara. Miré hacia arriba:
ahora, sobre los escalones, no había nada. Apuré el
paso cuanto lo permitía la arena. Llegué a la base de
las escaleras y descubrí que terminaban en un círculo
de luz. Calculé la distancia hasta la salida: no eran más
de noventa escalones. ¿Qué habría allí?
Me figuré una habitación llena de lamparitas con una
puerta en el costado que daba hacia un pasillo espiralado que regresaba
a la selva. Llamé a mi compañera.
Fui hacia allí.
En la mitad del trayecto sentí que nunca llegaría. Era
como atravesar un desierto con muletas. Las escaleras y el hombre
que me había gritado unos momentos atrás se alejaban
un poco cada vez que yo daba un paso. Yo avanzaba un metro y ellos
retrocedían medio, yo avanzaba medio y ellos retrocedían
un cuarto, yo avanzaba un cuarto y ellos retrocedían la mitad.
La maravillosa humorada de Zenón ahora cobraba sentido. Pude,
sin embargo, venciendo esa metafísica imposible –a veces
pienso que toda metafísica lo es– alcanzarlos.
–Arriba
hay luz –dijo Mr. Tool–. Luz eléctrica. Creo que
es una habitación llena de lamparitas. No se me ocurre otra
cosa. Lamparitas, un pasillo espiralado y la selva.
Carmen no respondió.
El inglés palpó el caño de la escalera que estaba
junto a él para asegurarse de que no fuera resbaladizo. Comenzó
a subir. Apoyó un pie, y el otro, y uno, y el otro, y los brazos
ayudaban juntos tirando hacia arriba. No era un ascenso armónico:
subía de la manera torpe con la que los chicos dan sus primeros
pasos. Carmen, al lado del niño, parecía una bailarina:
sus brazos se estiraban, sus manos se cerraban, sus piernas se alzaban.
En la mitad pararon a descansar. El segundo tramo les resultó
más liviano.
Llegaron al lugar
que el inglés había imaginado. Decenas de lámparas
pequeñas llenaban de luz blanca el espacio, que no era más
agradable que el comedor de un colegio municipal. En la zona de las
escaleras los focos estaban protegidos por unos conos de metal que
direccionaban la luz. A los costados, los conos desaparecían.
“Ahora, el pasillo.” A la derecha vieron una puerta. Esquivaron
dos huecos y llegaron hasta ella. La abrieron.
–Está
oscuro.
–Sí.
Siguieron por
un corredor que después de unos instantes se hacía espiralado.
Subía. Caminaron un par de minutos. El camino se hizo más
claro. Corrieron. La claridad aumentaba. Era la selva. Otra vez la
selva.
–Cuando
en una aventura la propia vida no corre peligro, es un juego. Cuando
en un juego se conoce de antemano lo que va a suceder, se transforma
en una trampa. La política es, creo, una de las pocas artes
que admite los tres estados a la vez.
La voz llegaba
aristocrática. Pertenecía a un hombre que estaba en
el centro de un pequeño estadio dando un discurso. Lo escuchaba
un centenar de personas que estaban sentadas sobre una grada. En un
sector se reunía un grupo de uniformados. Estaban parados.
–¡Cicerón!
–exclamó Mr. Tool–. Catilina y retórica.
Por fin un hecho histórico para presenciar.
Penetraron en
la selva. Dieron unos pasos y divisaron el estadio. Los pasos de un
animal sonaron cerca. ¿De dónde venían? No se
repitieron. Ingresaron al estadio. ¿Alguien notó su
presencia cuando ocuparon la grada? Se ubicaron detrás del
orador.
–Yo, el
más honesto y prestigioso de los pescadores, merezco, merced
al trabajo continuo y esforzado que he llevado a cabo durante toda
mi vida, la honra y la responsabilidad de decidir qué es lo
que conviene que hagamos. Yo –hizo una pausa para elegir la
palabra siguiente– suplico ese privilegio.
El hombre terminó
de hablar. El público se levantó con entusiasmo y comenzó
a aplaudirlo. El ruido se mantuvo hasta que los guardias movieron
sus sables en círculo. Sus puntas miraban al cielo. El sol
reverberaba en ellos. Ese brillo fue un espectáculo hermoso;
el vaciamiento de las gradas, una muestra de orden no menos espectacular.
Uno de los centinelas se acercó al orador y le dijo algo. Después
se reunió con el grupo de oficiales y salió por donde
lo había hecho la gente. El orador sacó un pañuelo
del bolsillo derecho de su pantalón. Se secó el sudor
de la cara y volvió a guardarlo, tras desplegarlo y doblarlo
prolijamente, en el mismo lugar. Tenía el aspecto de un borracho
luego de pegarse una ducha, cuando se mira al espejo y no sabe si
acostarse al lado de su mujer, tomarse un vaso de agua o pegarse otra
ducha.
Miró el
cielo. Una bandada de gaviotas lo cruzaba. Se agrupaban de a cuatro
o cinco formando, entre todas, un ángulo de cuarenta y cinco
grados. Pensó que, dado que parecían un bumerang, quizás
volverían y lo llevarían a conocer el lugar desde arriba,
de manera que podría descubrir cosas que nunca antes había
observado o entender, desde la altura, aquello que en el llano le
era incomprensible. Sintió que alguien hablaba. Sería,
seguramente, alguna persona que había llegado tarde a la cita,
que había dormido durante el discurso y que se había
despertado con las aves, no las que volaban sobre ellos, sino las
que llenaban su sueño de gritos, tal vez búhos, tal
vez cuervos. Se dio vuelta.
–¿Dónde
estamos? –preguntó Mr. Tool.
–Chile.
A treinta kilómetros de Viña del mar. En un lugar llamado
por los chilenos El cardenal y por nosotros La muerte del cardenal.
–¿Y
el año?
–¿No
sabe en qué año vive? Ahora, si pregunta por nosotros,
es otro tema.
No habían
viajado en el tiempo. Tampoco en el espacio. Si el cálculo
de Mr. Tool era correcto, el orador representaba la última
etapa del recorrido, la instancia previa al encuentro con el director.
El hombre no parecía
violento. Tampoco un demente. ¿Por qué se postulaba,
entonces, a un cargo político? Era canoso. Su pelo era abundante
a los costados de la cabeza. En el centro, el cráneo estaba
a la vista. Lo adornaban algunos lunares esparcidos sobre la piel.
Su imagen era la de un investigador, un erudito de país pobre,
sin recursos, hundido en la gloria y la miseria de sus papeles manuscritos,
revelados a algún discípulo después de la medianoche,
con poca luz, en una habitación repleta de frascos y tubos
de ensayo, libros y un poco de alcohol para esterilizar materiales.
“Si pregunta
por nosotros, es otro tema. Está claro que tengo que indagar
por allí. Una pregunta, una historia y el director.”
–Nunca había
escuchado que un pueblo utilizara la palabra muerte para nombrarse.
¿El cardenal es el pájaro?
–No es un
pájaro, es una persona. –El orador señaló
las gradas.– Será mejor que nos sentemos, porque la historia
es larga. Suelo comenzar por el origen y no evito los detalles.
El inglés
detestaba los detalles. Los consideraba innecesarios en una narración.
Sin embargo no dijo nada: ¿para qué postergar el desenlace?
¿para qué introducir nuevos hechos que se pudieran evitar?
El hombre levantó
la mano izquierda para tirar hacia atrás el pelo de ese lado
de su cabeza. Después miró su otra mano, que estaba
recostada sobre el cuerpo, e hizo un gesto de fastidio, como si ella
fuera la responsable, y no él, de haber olvidado el sombrero
de paja en su casa. Giró y caminó hacia las gradas en
las que se había ubicado el público. Detrás iba
Mr. Tool. Carmen, rezagada, lo seguía. Observaba lo que había
a los costados. Pensaba que ese hombre, que tan serio y confiable
parecía, era un impostor que los retendría hasta la
llegada de un contingente de indios antropófagos. Comparó
la altura de las gradas: la de la izquierda tenía dos escalones
más que la de la derecha. ¿Qué significaba eso?
Aceleró el paso. Quedó a la par de Mr. Tool.
–Esto no
me gusta nada –dijo–. Nos hace perder el tiempo. Es un
impostor.
Mr. Tool sonrió.
–Los impostores
no hacen discursos tan malos como el que escuchamos: ellos no escriben
sus discursos.
–Nunca se
sabe.
El hombre ya se
había acomodado en la grada. Estaba sentado en el tercer escalón.
Sus piernas, estiradas, se apoyaban en la arena. Su espalda, casi
recta, utilizaba como respaldo el escalón siguiente. Sus brazos
formaban un ángulo agudo; también se apoyaban en el
cuarto escalón. Mr. Tool se sentó en la arena. Después
Carmen, a medio metro de él.
–Cristo
fue el primero. Todo indica que murió en Jerusalén y
que nunca, más allá de algunos milagros, estuvo nuevamente
entre los hombres. Él es el inicio. ¿Si tenía
el mismo rostro que el que había muerto en Asia? No lo sé,
pero eso es anecdótico: en la historia importan los nombres.
Como el otro, es inmortal. A diferencia de ese, sus hijos y los hijos
de sus hijos también lo son. Y no de manera metafórica.
Mr. Tool hizo
una mueca jocosa.
–¿Nadie
muere?
–Déjeme
seguir. Cristo y un conjunto de mujeres tienen hijos. No me pregunte
de dónde salen las mujeres, porque para eso no tengo explicación.
Como entenderán –ahora volvía a dirigirse a los
dos–, estamos hablando del comienzo: ciertos axiomas son necesarios.
Esos hijos tienen hijos entre sí, la comunidad...
Carmen impidió
que avanzara:
–Eso es
imposible. Hoy no había ni cien personas aquí. Si fueran
inmortales, serían millones.
–No se apresure.
Voy a utilizar una parábola de mi actividad. ¿Está
bien? No me interrumpa, por favor. Yo soy pescador. Paso de cinco
a ocho horas por día sacando peces del agua. Imagínese
que preparo el anzuelo, lo tiro en cualquiera de los charcos que hay
por aquí cerca y un hombre, que me ha apostado momentos antes
que no hay peces allí, me quita la caña cada vez que
observa que tengo un pez bajo mi dominio. El hombre es más
fuerte que yo e intenta convencerme de que si yo no le entrego el
pescado en la mano, debo pagarle lo convenido. Usted diría
que ese contrato no es justo. No sé si me entiende.
–Entendemos
–se adelantó Mr. Tool–. No hace falta que se justifique
tanto: usted es el narrador.
–Todo está
sabiamente calculado. Doscientos años después del nacimiento
aparece la fundación. La población había crecido
de una manera monstruosa. Las mujeres hacían de todo: sembraban,
cosechaban, criaban a sus hijos. Y algo más, todavía:
eran las encargadas de servir a los hombres cuando ellos se lo pidieran.
Esa función estaba por encima de todas.
–¿Y
ellos, qué hacían? –preguntó Carmen. ¿Era
feminista?
–Estaban
ocupados con otras cosas. Los hombres se dedicaban a actividades deportivas:
luchaban sobre los árboles, corrían sobre la llanura
con los ojos vendados, lanzaban piedras o mantenían la respiración
bajo el agua. El problema apareció cuando comenzaron a aburrirse.
¿Cuándo fue eso? Cuando sabían antes de que empezara
la competencia quién iba a ganar. ¿Qué hicieron?
Ya estaban los mejores. Ahora restaba saber quiénes podían
ser los peores.
–¿Eso
no surgía también de las competencias?
–Es que
uso la palabra peores en otro sentido. Quiero decir inferiores, malos.
–¿Había
valores?
–Malos para
mi sistema de valores, no para el de ellos. Aunque no niego que tuvieran
el suyo, obviamente. Estaban aburridos. Ese es el hecho que nos interesa.
Querían cambiar de actividad. Y lo hicieron: comenzaron a maltratar
a las mujeres.
–¿Eso
es una evaluación suya?
–Vamos a
los hechos –protestó el inglés–. Es imposible
reconstruir una historia si reflexionamos sobre cada palabra que se
dice.
–Tenés
razón –dijo Carmen. El pescador aprovechó para
continuar:
–Jugaban
con las mujeres como antes arrojaban piedras o aguantaban la respiración.
Arrancaron con tinturas: las pintaban de diferentes colores e imaginaban
que eran distintos animales. Ellas debían hacer de ese animal
y respetar su rol dentro del relato. Defendían a los hombres,
los atacaban o los miraban recostadas en el piso según un guión
que existía en la cabeza de alguno de ellos, que nunca se comunicaba
y que la mujer debía adivinar. Una prefiguración de
la improvisación en el teatro moderno. Eso durante algunos
años, no sé cuántos exactamente. Después
vinieron los juegos de violencia explícita. Apostaban cuál
soportaría más golpes antes de caer al piso, a quién
le cicatrizarían antes las heridas y pasatiempos por el estilo.
Se practicaron mutilaciones. Cristo, estoy seguro, no esperaba semejante
atrocidad. Las mujeres padecían su carne. La mayoría
se volvió inútil para la reproducción. Entonces
Cristo decidió regresar. Retornaba para terminar su obra. Retornaba
para alcanzar la perfección. Cristo ama la perfección.
–Perdón
–dijo Carmen–: ¿dónde estuvo Cristo durante
esos años? ¿No era también un hombre?
–Cristo
es Cristo en cualquier continente. Tuvo algunos hijos, dio comienzo
a nuestra cultura y partió vaya a saber adónde a continuar
sus bondades. Luego volvió encarnado en otro hombre: el cardenal.
La historia iba
al nombre. El hombre había existido.
–¿Sabía
la gente que eran inmortales? ¿Especulaban con eso? Doscientos
años no es demasiado tiempo. Además, quizás fueron
cien. ¿Hay algún registro? Tal vez nunca haya habido
inmortales, sino, simplemente, algunas generaciones longevas. Dos
generaciones longevas pueden dar esa impresión.
–Eso es
una interpretación que usted puede hacer, pero no tiene nada
que ver con la realidad. Por otro lado: ¿por qué pensar
que los hombres vivieron el doble de lo que se vivía en aquel
tiempo y no aceptar mi versión, que es menos fantasiosa? Creer
que nuestro destino sobre la tierra se rige por el azar es ser partidario
de la religión más elemental.
–No nos
metamos con las creencias –dijo el inglés. Veía
que la conversación se estaba yendo a cualquier parte.–
En ese terreno no se puede discutir.
–Resumo
–dijo el pescador. Carmen lo interrumpió:
–¿Tenían
sangre?
–Eran inmortales,
no inalterables. Y déjeme seguir. Estaba desapareciendo la
reproducción. Por ende, el número de personas se mantendría
constante. El progreso, en esas condiciones, sería imposible.
Los hombres se arrastrarían de un lado a otro, como larvas,
con la piel arrugada y la vista muerta. Pero eso no llegó a
suceder: apareció el cardenal. Puso orden donde había
desorden, razón y letra donde había voz y arbitrariedad.
Lo primero que hizo fue proporcionar un alfabeto. Hasta ese momento
no había un conjunto de sonidos que significara algo para todos.
La gente se entendía por señas. Estas, a pesar de la
extensión de su uso, tampoco querían decir nada determinado,
tan solo que el que las hacía tenía algún deseo
que quería satisfacer. De qué deseo se trataba no importaba,
porque no había diferentes deseos. Ahora va a quedar más
claro. La repetición de señas llevó a su convencionalización:
estirar la mano ante una costurera significaba necesito un abrigo;
agachar la cabeza luego de recibirlo, el trabajo está bien
hecho. Ese comportamiento derivó en una sociedad de personas
atadas a lugares. Una mujer, por ejemplo, sacaba frutos de los árboles
cuando ya estaban maduros; que un hombre se le acercara significaba
que quería probar ese fruto. Si quería indicarle que
iba a dormir o que se había despertado temprano, no tenía
opciones disponibles en su lenguaje para hacerlo. Con el tiempo esas
intenciones fueron desapareciendo: dejaban de formar parte del universo
de necesidades de los hombres. A primera vista parece un lenguaje
pobre, sin embargo lo distingue de las otras lenguas naturales un
rasgo positivo: evita la ambigüedad. Con la creación del
alfabeto se modificaron muchas cosas: desde las leyes, que ahora podían
consultarse y discutirse, hasta el trabajo, que pudo distribuirse
equitativamente. Pero no termina ahí la obra del cardenal.
Con sabiduría entendió que el aburrimiento y la crueldad
no se podrían evitar mientras no se tuviera acceso a la muerte.
El cardenal mostró el sendero para alcanzarla.
El hombre se detuvo.
Estaba llorando.
–Disculpen
–dijo. Se secó la frente con un pañuelo.–
La gente elegiría gobernantes. Su número no sería
fijo: cualquiera podría postularse. El lugar del comicio sería
este estadio. El orador rendiría examen frente al público.
Este podría manifestarse de dos maneras: con aplausos, en caso
de aprobación, o con agresiones, en caso de que no le gustara
el candidato. El mandato duraría un año. Cumplido ese
lapso, uno ya estaría en condiciones de morir. Nada, ni siquiera
una gestión pésima, podría anular ese privilegio.
“Esta historia
es imposible”, pensó Carmen. “Las leyes pueden
afectar las condiciones de vida de las personas, pero no la vida misma.”
–Faltaba
el problema de la superpoblación. Decidió que cuando
una mujer tuviera un hijo, tendría que elegir un hombre para
abandonar la ciudad, en ese caso ya como mortales. El hijo se le cedería
a una mujer cualquiera. A esta le estaría prohibido quedar
embarazada durante cinco años. En caso de violar la ley, se
esperaría que diera a luz y luego se la echaría del
pueblo.
Mr. Tool escuchaba
excitado. “Una sociedad donde la política y el exilio
tienen el mismo fin.”
–Se les
concedió a los menores de treinta años la posibilidad
de elegir entre irse o tener un hijo dentro de los siguientes tres
años. A los mayores de treinta y menores de setenta solo les
cabía la primera opción. Una ley, la “Ley de derecho
al exterminio”, acabó con la vida de los viejos y la
de las mujeres que no podían procrear. Ese privilegio –esto
es claramente un símbolo del crecimiento de nuestra sociedad–
no se repitió nunca: no hizo falta. Así se terminó
con el exceso. Así comenzó la era de comprensión,
cordura y bienestar en la que hoy nos encontramos.
–Es fascinante
–dijo Mr. Tool.
–Ahora nadie
supera los treinta y dos años. Ni siquiera yo –dijo sonriendo–.
Cristo murió a los treinta y tres. Nadie puede vivir más
que Cristo. No entre los pueblos verdaderamente cristianos.
El hombre levantó
la cabeza y observó un conjunto de gaviotas que recortaba el
cielo: a diferencia de las otras, éstas formaban un círculo
casi perfecto, un anillo leve que conquistaba el aire.
–Siempre
hay un horizonte que nos llama. Debo seguir mi camino.
El hombre se incorporó
y caminó sobre la grada hasta la salida más cercana,
que era la que habían utilizado el público y los guardias.
Mr. Tool y Carmen lo siguieron con la mirada hasta que su figura abandonó
el estadio.
Antes de que pensaran
en algo, apareció el director. Venía escoltado por dos
hombres que llevaban anteojos negros. Uno tenía bigotes. El
otro tenía la cabeza rapada. Avanzaron en línea recta
hacia el centro del campo y se detuvieron allí. Cruzaron algunas
palabras. Luego, el director se separó. Su imagen era la de
un empresario que ha disfrutado de la vida sin demasiados excesos.
Era delgado. Cuando sonreía, parecía un niño;
cuando hablaba, dejaba en claro que odiaba a la gente que actua como
si todavía lo fuera. Era parco. No era irrespetuoso. Era un
hombre que nunca había obligado a nadie a hacer nada: él
proponía, los otros aceptaban.
–Los felicito.
Sabía que llegarían al final del recorrido –dijo
cuando estaba cerca de Mr. Tool. Este se levantó de la arena
y estrechó su mano.
–Tengo sed
–dijo–. ¿Trajeron alguna bebida?
–A doscientos
metros tenemos la carpa y los refrescos. Vamos.
El director ayudó
a Carmen a incorporarse. Les hizo una seña a sus hombres y
estos se acercaron. Los cinco caminaron en silencio. Mr. Tool, Carmen
y el director iban adelante. Salieron por donde habían salido
todos. Recorrieron un bosquecito con árboles de frutos rojos.
El director se detuvo frente a un pino. “En quince minutos volamos”,
dijo. “Pero antes tenemos que sacarles unas fotos.”
Volvieron al estadio.
Un helicóptero y una carpa amplia los esperaban. Bebieron agua.
Comieron pan y milanesas de pescado.
–Ahora pueden
tomar las fotos –dijo Carmen.
–¿Qué
fotos? –dijo el director–. ¿Quieren más
fotos todavía?
Subieron al helicóptero.
El director se ubicó frente a Carmen y el inglés. Los
hombres de anteojos negros fueron uno de cada lado.
–Todo salió
bien, por lo que veo. ¿Qué pasó?
Mr. Tool tomó la palabra:
–Caminamos
por el campo y aparecieron unos árboles. Del piso salieron
plantas y estábamos en una selva. Escuchamos unos gritos y
vimos que cerca, en el suelo, había un agujero enorme. Entramos
por ahí. Había un caño que corría paralelo
al piso. Avanzamos hasta que se terminó y caímos en
una laguna que estaba dentro de un lugar que era como una gran caverna.
Había unas escaleras y unos cuervos. Trepamos y llegamos a
una habitación que estaba iluminada con pequeñas lámparas
blancas. Pasamos a un pasillo espiralado y de ahí al estadio.
En el centro había un hombre que estaba hablando. En las tribunas
cien personas lo aplaudieron cuando terminó su discurso. Después
nos acercamos y nos contó una historia fantástica. Dijo
que vivía en una sociedad de seres inmortales en la que el
primer hombre había sido Cristo. Dijo que en el comienzo los
hombres eran crueles y no tenían lenguaje, que después
llegó el cardenal, que en realidad era Cristo, y les enseñó
nuestro alfabeto. Lo más importante que hizo es que puso condiciones
para ser inmortal. Los hombres se calmaron: el cardenal les había
dado un sentido a sus vidas.
–Bueno,
linda historia –dijo el director. Luego se dirigió a
Carmen: –Usted ya sabe lo que tiene que hacer. La espero en
quince días en mi oficina.
Las hélices
se detuvieron. Bajaron del helicóptero.