Luego
de un momento, Elorle volvió a ponerse de pie; el piso dejó
de ser la mejor opción cuando el tajo astilloso del zócalo
se presentó demasiado cerca de su ojo izquierdo, que siempre
se ponía en peligros adrede.
De modo que se levantó por no quedar ciega de un lado, por seguir
sintiendo las cosas en su simetría interna, pausada y bihemisférica.
Un centímetro más en el giro que estaba dando y la astilla
más filosa del grupo hubiera herido, sin remedio, la pupila tonta.
Pero llegó a incorporarse con la visión ilesa y el sentido
del ojo angustiado, con una zozobra pobre de saberse salvado por el
ímpetu de Elorle hacia la posición verticaloide.
Igual siguió llorando: quizá reacción alérgica
a la pinotéa, quizá, en parte, alergizante agitación
de los ojales oculares, huidos de su definición geométrica
de recta y pura circunferencia. Tal vez también a causa del espejo
de cuerpo entero y roto que no sólo le reflejaba los ojos atacados.
El picaporte no estaba tan lejos; por lo menos no lo estaba el de la
habitación. La segunda puerta, de calle, resultaba ser un tema
aparte, aparte de todos los cuartuchos achorizados de la casa elongada
y encapsulada. Elorle, de algún modo, escapó de la grieta
que le proponían el espejo y la dicróica, saliendo gracias
a la fácil manipulación y articulación que recaía
sobre el picaporte de la habitación.
De algún otro modo, distinto del modo que le había permitido
salir de su cuarto, de algún otro modo más inusual, todavía
menos abstraible, la segunda puerta se cayó a sus pies y rezó
una oración musical, tras la cual todos sus matices avidriados
se amotinaron en la esquina superior derecha, punto desde el cual se
desparramó una suerte de pequeña dinamita doméstica,
un estallido de los vidrios demasiado usados. Desde allí, entonces,
las nuevas transparentes astillas se craquelaron entre ellas hasta adquirir
la estúpida fuerza necesaria como para adentrarse entre la tela
rosada de la camisa de Elorle y su piel de verano, nacida, sin embargo,
en otoño de viento resecado, en ocre otoño torpe. Entre
ambas superficies, entonces.
Elorle aprevechó, entonces, su tendencia a la quietud; un solo
movimiento durante el estallido hubiera resultado rojo, incicatrizable.
El movimiento cero posibilitó que la camisa rosada no se tatuara
lunares carmesí; posibilitó que la apielada cobertura
de Elorle no resultada material de tallado, como si de una manualidad
de la erosión forzada se tratara. Las dos superficies entre las
cuales los retazos de vidrio se habían acomodado estaban totalmente
calmas, quietas, fuera de todo peligro con la condición de la
quietud.
El
vidrio de una puerta de calle roto; detrás de él, una
muñequita crecida, con los ojos duros y el cuerpo de pergamino;
un pequeño manekine de piedra con piel, de ojos de bolita, de
camisa de papel crepé; lista para la mirada a través del
vidrio roto; llena a medias de posibles coágulos sangrientos;
agujeros rojos implícitos; estuches de astillas transparentes
y afiladas. Inmovilidad de vidriera apiedrada luego del ataque; un aire
de escaparate truculento establecía de a poco la situación
agarrotada entre las superficies de Elorle. ¿Entrarían
los glóbulos de cristal? ¿Cómo se habrían
acomodado en el entremés de piel y ropa? ¿Estaban descendiendo?
Era bastante claro que algunos sí lo estaban haciendo. Sólo
la total inmovilización; ni el más mínimo respiro
profundo, nada.
Algo
no estaba saliendo bien. Elorle sí sentía algunas erosiones;
mientras, parecía una mujer amanekinizada, demasiado inerte,
detrás de un piedrazo reciente. Quizá Elorle y su entorno
fueran contemplados como una instalación, como un pequeño
fetiche de amplio y activo arte moderno, como un ícono de la
movilización artística, como la expresión torcida,
e interesante, de algún maniático perdido. La quietud,
al contrario, como primer reacción estaba reinando allí,
como una reina vieja cuyos filosos vasallos tienen el poder real.
La
quietud instaló a Elorle en la apariencia de un grano geométrico
de sal gruesa, en la tendencia progresiva hacia la desaparición
en el fluido, y en la disolución en el líquido viscoso
que se le había roto frente a la cara. Un fluido y florido funeral
hacía tan-tan-tan para adentro y para afuera, como si se tratara
de una masacre con vidrios y cristalitos de colores.
Las
erosiones que seguía sintiendo se acentuaban más, llegando
a formular lo que Elorle imaginaba como rayas estiradas y alineadas
. La inmovilidad ya no era tan adecuada: permitía que los vidritos
se movieran, con forma de interrogante trunco. Quizá debía
ya empezar a incluir algún tipo de pequeño movimiento
en su dieta de cuerpo, en su rutina acorazante. Podría funcionar
un leve alejamiento de la camisa y de la piel, producido por dos dedos
pulsadores de seda rosada. Pero quizá Elorle estuviera ya totalmente
anquilosada, expuesta como lamentable estadío quieto de esfera
urbánica.
Los
inquisidores que pasaban la seguían mirando como a un fenómeno
artístico-moderno-contemporáneo-vacío: figura de
mujer símil marfil, símil estatuaria que se concentra
en la parte izquierda de un hall de entrada, detrás de una puerta
de vidrio que explotó en su frente.
Llegado
el momento crítico de la quietud, momento en que ya no servía,
en que producía movimiento de cristalitos puntiagudos, Elorle
debía terminar de instalar la instalación para proyectarla
en una acción endurecida, a partir de la internalización
de las ojeadas de museo nuevo que también la sacudían.
Estaba ya a punto de cansarse de mover las pestañas en círculo,
como única muestra de movimiento de juguete sucio, de media rasgada
o de puño en la nariz, diagonal.
Instalar
la instalación de la muñequita crecida, habitante legendaria
del hall de entrada: considerar las reglas, los elementos invulocrados,
los planos atacados, las miradas desde el otro lado, la calma sucia,
el sacudimiento posible. Aglomerar y resolver en concepto, en acción.
Pasar barniz para cubrir la imagen tonta y fijar. Barniz en tres dimensiones
voluptuosas: abrillantar la escena para los espectadores que pasan
La
instalación de una fugacidad eterna, hecha de vidrios sin ningún
color. Los procedimientos de la puesta dictaminaban que los cristalitos
permanecieran en sus lugares, como actores antes del grito de acción,
introspectivos en las bambalinas. Sin embargo, los avidriados octaedros
de la puerta de calle se deslizaban, dejando un rastro en ambas superficies
del entremés de tela y piel que tenía lugar en Elorle.
Las
líneas rasguñadas de la camisa le configuraban un estampado
geométrico no previsto ni registrado en las reglas de la instalación.
La piel de sangre era la hermana gemela de la camisa de seda rosada:
una gemela maldita, cuya presencia en el hall de entrada ningún
espectador de los que pasaban hubiera dado por real o por posible. La
instalación estaba rota por la piel de sangre, una nueva sustancia
molecular para un final tan prolongado como el fluir del líquido
viscoso que cualquier tipo de vidrio es. La instalación instalada
fluía de rojo neón.