Ceguera
– Óxido – Temblor – Desenlace
Eran
cuatro los decididos a encaminarse hasta la escalinata principal.
Tenían planeado llegar y mirar hacia arriba, luchando cada
esfuerzo de escalón con cada rayo de córnea. Al final
de la escalera, pensaban, habría una mesa dispuesta para cuatro
comensales, ubicada justo en el centro de una plataforma circular
delimitada por tres biombos que establecerían zig – zags
abiertos y blancos.
Arriba,
creían, esperaba una escena teatral en la que podrían
deslindarse, diferenciarse, autodefinirse a través de una palabra.
Cada uno habría de representar en ese escenario definido la
entonación y la definición de su término.
La
mesa ovalada de la plataforma redonda sería el tablero quieto
y hastiado para los juegos de manos, para las querellas de voces,
para los choques de cuatro sustantivos opuestos varias veces entre
sí.
Herdosio subió dos escalones. Paró porque sintió
un dolor cáustico, como de risa de payaso esquizofrénico,
en la porción inferior izquierda de la cabeza. Se pasó
la palma de la mano tres veces, pero no quiso encontrar el agujero
de la herida que ya mascaba vida en la región de lo que era
casi su nuca.
Estuvo
quieto ocho segundos y luego reemprendió la marcha, sin saltearse
escalones para que el dolor no le bombeara en las sienes ni le hinchara
los dedos.
Astodimo
detuvo su atención en esos ocho instantes de quietud; los primeros
cuatro los gastó en curiosear la mueca que Herdosio realizaba
en su cabeza; los tres siguientes, en descubrir un lunar rojo y líquido
sobre el mármol de la escalera, a los pies de Herdosio; en
el último dio vuelta la cara y miró hacia arriba.
Estaba
intranquilo y quería tener tiempo para desarrollar la palabra
que él sería al final de la escalera, para así
hacerla carnívora en su cuerpo. El tiempo que le quedaba hasta
sentarse a la mesa lo aprovecharía mentalmente para prever
acotaciones, insinuaciones y acciones.
Estumiana
percibió rápidamente que en la cabeza de Herdosio, casi
en su nuca, había un hueco lastimado. Habiendo estado a sus
espaldas los primeros dos escalones de subida, se había enterado
de que la mano de Herdosio había preferido no caer justo en
el punto profundo y rojo.
Hubiera
querido ella, tal vez, deshojarle el pelo para curarlo, o entablar
una comunicación veloz con el agujero herido o acercarle el
oído para escuchar sus razones, sus orígenes. Pero mientras
Herdosio estaba pausado en el segundo escalón, Estumiana decidió
no hacer nada por él y concentrarse en la obsesión tenebrosa
que le causaban las escalinatas.
Mirando
oblicuamente desde el primer escalón, vio una catarata de piedra
blanca con rebotes de gris, una fiebre de agua dura que se le venía
encima, que no la dejaba llegar hasta arriba porque se le derretía
en los pies.
Estuvo
quieta también durante diez segundos.
Lasticia
tenía la boca seca. No vaciló en pensar en líquidos
cuando reparó en el fluido escondido de Herdosio; un líquido
que le llenara la garganta, otro que le refrescara la nuca, otro que
le salpicara la cara y uno último y alcohólico que le
desinfectara sus propios buracos en las rodillas rojas.
No
paró el movimiento por miedo a no reiniciarlo nunca más.
Desde el sexto escalón miró la vista oxidante de Astodimo
conviviendo con una mueca de dolor ciego y otra de terror.
Fue
Lasticia la que emitió el ultimátum. Fue casi con las
rodillas que dijo que siguieran los que iban a seguir y que se quedaran
los que se iban a quedar.
Tranquilamente
recorrió las caras para buscar efectos, respuestas, reacciones.
Estumiana pareció dudar, pareció temblar y llorar a
causa de la dureza astringente de los escalones. Sin embargo, miró
sus pies y de ellos no desprendió las pestañas hasta
llegar al primer descanso.
Los
peldaños que habían dejado atrás estaban marcados.
Mirando desde la quietud del descanso vieron el caminito floreado
de aureolas sanguíneas que terminaba en la cabeza de Herdosio,
como si en ella hubiera una casa pequeña en la que se pudiera
llamar a la puerta.
Herdosio,
mirando hacia arriba, prefirió no ver su propia huella líquida,
no verse condensado en cada gota de cada escalón.
Estumiana evitaba mirar hacia el final de la escalera. Cruzó
miradas con Astodimo, que le respondió con un ademán
que, acoplado a su hoyuelo derecho, insinuaba sexo. Estumiana volvió
a mirar sus pies luego de animar un gesto que se postergó hasta
el momento de la mesa, hasta el momento de arriba.
No
había segundo descanso. Lo descubrieron cuando no apareció
al momento correspondiente. Todos pensaron, entonces, que estaban
llegando al final.
Herdosio hubiera sido el primero en pisar la plataforma redonda si
Estumiana no le hubiera escarbado el hueco de sangre con el dedo índice,
justo en el instante en que él iba a apoyar el mocasín
marrón en el último escalón.
La
mano de Herdosio acarició por primera vez su herida, reconociéndola,
acomodándola; los cinco dedos también ayudaron a conciliar
el dolor de excavación que, de todas maneras, obligó
a Herdosio a remontar a la inversa su propio camino de gotas rojas,
a retroceder sobre su rastro para estirarlo y enchastrarlo de arriba
hacia abajo con la camisa azul que llevaba puesta.
Mientras
Estumiana miraba la caída que había causado, Astodimo
le miraba la flexión del codo con los labios.
Sólo
el primer contacto no fue compartido: luego de haber dado el primer
lenguetazo al brazo de Estumiana todavía desapercibida, Astodino
recibió otros tantos, dados en el anteúltimo escalón,
con la premura de un desenlace ajeno.
Lasticia
reconocía dos rodillas con agujeros que sangraban y dos personas
que ya habían quedado detrás suyo, enredadas en el anteúltimo
escalón.
Desde
la plataforma redonda que había alcanzado, volvió a
mirar toda la escalinata con marcas de ellos mismos. Bien abajo distinguió
una porción de azul rodeada de rojo.
Habiendo
primero separado a los que se lamían en el escalón anterior,
su rodilla derecha imprimió puntitos gomosos en la frente de
Estumiana. El derrumbe entre los filos de los peldaños fue
instantáneo; se detuvo solamente al alcanzar el descanso.
Su
rodilla izquierda apretó la garganta de Astodimo hasta dejarla
seca. En minutos reinó la inmovilidad y la sonrisa de óxido
destiló agua en el anteúltimo escalón.
La mesa bajo la que se acurrucó Lasticia estaba tendida.