Yo
no amo la vida, sino la justicia, que está por encima de la vida.
Albert Camus: Los Justos.
Acto Primero
Lo
primero que nos dijo fue, “Bueno, aquí están: ustedes
aceptaron unirse a esto y ahora tenemos que preparar todo, pero a partir
de ahora consideren que están muertos. Aquí la única
certeza es la muerte; tal vez algunos sobrevivan, pero consideren que
a partir de ahora viven de prestado.”
Relato del primer encuentro del grupo inicial del EGP con
el Che Guevara, realizado por Ciro Bustos a Jon Lee Anderson
El testimonio, el
relato del que vivió un acontecimiento, del que comparte su vivencia
aún sabiendo que puede ser intransferible, suele ser un profundo
gesto de generosidad y de responsabilidad para con los otros: los contemporáneos
que no vivieron el suceso, o las generaciones siguientes, que quieren
saber, entender y reconocer lo que hicieron o dejaron de hacer aquellos
que los precedieron. En algunos casos, ese gesto busca –quizás—darle
sentido a una experiencia tal que amenaza con no dejarse nombrar por
las palabras.
Una
vez estabilizada la revolución Cubana, el Che Guevara intenta
crear un foco guerrillero en el norte argentino, con la intención,
una vez arraigado, de dirigirlo personalmente.
Durante poco más de medio año, el Ejército Guerrillero
del Pueblo (EGP) –un grupo de no más de 20 personas, entre
los que se incluían varios cordobeses—, sobrevivió
con extremas dificultades en el monte salteño. No llegaron a
realizar ningún operativo. Cuando la gendarmería lo desarticuló,
ya había varios muertos; algunos de ellos producto de fusilamientos
realizados por el propio grupo.
Publicamos en este número la primera parte del testimonio de
Héctor Jouvé, participante del EGP: desde que decide integrarse
hasta que cae preso. En el próximo número, el tiempo de
su larga prisión y sus reflexiones sobre lo vivido que significan
un aporte fundamental para el debate de la izquierda en la Argentina.
Primera
parte: la guerrilla
Héctor
Jouve: A principios de los sesenta, luego de una serie de golpes,
contragolpes, elecciones que se hacían y después se borraban,
y de pensar que no se planteaba ninguna alternativa seria para los cambios
revolucionarios en la Argentina, la revolución cubana nos movió
el piso a todos. Fue como aire fresco, lejos de la cosa ritualizada
al estilo soviet, lejos de la imagen de los soldados rusos marchando
con cara seria. Fue otra cosa, la gente participaba con entusiasmo.
Eso fue –creo-, lo que más incidió en esos tiempos
en nuestro país, tiempos en los que de alguna manera nos preparábamos
para la guerra, influidos por el proceso internacional: Cuba, Argelia,
Indochina, Mozambique, Angola… Ahora ¿qué llevó
a cada uno a unirse a la guerrilla? No sé, a mí personalmente
me impactaron mucho algunas cosas de la Segunda Guerra Mundial. No solamente
la masacre espantosa, sino particularmente los campos de concentración,
la matanza de judíos, y las bombas de Hiroshima y Nagasaki. En
aquellos años resultaba increíble que en un minuto murieran
más de doscientas mil personas. No se había hablado nunca
de esa bomba, no se sabía que podía existir un artefacto
tan infernal. Y por eso fue como un despertar violento, que atropellaba
cualquier esquema que pudiera tener una persona en la cabeza. Por otro
lado, yo venía de una familia unida –éramos 5 hermanos-
y en mi casa por ahí no había zapatos pero siempre había
libros; y también había conocido a un viejo interesantísimo,
yo lo llamo mi abuelo postizo, porque me enseñó muchas
cosas: que había llegado en un barco a los 16 años, solo,
que en la época del peronismo venía a escuchar las informaciones
de Radio Porteña a mi casa -transmitía los precios del
mercado de Liniers- y debajo de los huevos que vendía llevaba
el Nuestra Palabra, el diario del Partido Comunista. Y bueno,
él me adoptó de algún modo… yo no era antiperonista,
para nada, tampoco era peronista… tiraba más bien para
el anarquismo, leía a Bakunin, Kropotkin, porque la biblioteca
del club del barrio tenía esos libros. De todas maneras en el
golpe del ’55, yo me definía como perocomunista.
… y me interesaba qué pasaba en Rusia, tiraban un discurso
que parecía el que uno quería… Y luego fue la militancia
en el Movimiento por La Paz, la Juventud Comunista, y todo ese proceso
que parecía abrumador – la revolución cubana, la
liberación de Argelia, etc-, como si realmente el mundo fuera
para ese lado. Incluso miraba el mapa y me decía “pucha,
voy a pintar de rojo los países que ‘ya están’
” y claro, la mancha roja se había extendido un montón…
Bueno,
eso me preparó a mí personalmente para ir… y luego
la militancia en el PC, donde creo que lo que más me golpeaba
era el esquematismo, la ausencia de discusión, parecía
que la diferencia era un desacato a la autoridad. Y por otro lado algunas
cosas que salieron en Nuestra Palabra realmente lamentables:
hablar de manifestaciones de masas en el Día de la Paz en Córdoba
en aquellos años, 62, 63… cuando habíamos sido 5
los que estábamos en el acto… a mí me parecía
una cosa que no tenía sentido. Tal vez porque pensaba que la
política había que hacerla de cara a la gente, que no
había que mentirle. ¿Cómo les vamos a mentir? Es
lo mismo que torturar en nombre del socialismo, me parece ridículo.
Pero bueno, todo eso, nos llevó a algunos a comenzar a pensar
en otra cosa. Y comenzamos a juntar dinero, a comprar armas y a planificar
algunas cosas. La idea nuestra era rural y había un muchacho
que tenía un Willy de la Segunda Guerra Mundial. Pensábamos
que lo primero que había que hacer era ir a ver qué había
en el norte, como el eslabón más débil del desarrollo
social y económico del país. Así que empezamos
a preparar el viaje, a preparar el Willy, y de pronto, aparece Ciro
Bustos que nos pregunta si alguno iba a subir: era para mañana,
para el día siguiente. Y nos contó que estaba todo preparado,
que había armamentos, comunicaciones, gente entrenada, y que
ellos estaban reclutando gente, que habían explorado la zona
del norte argentino, un poco más al norte de adonde habíamos
decidido ir nosotros. Y yo dije vamos, y el grupo se acopló…
Y partimos en un tren de esos que iban al norte, lento, cargado de gente,
y con todas las cosas que podían cargar arriba… Y llegamos
a Orán, ahí tuvimos que esperar hasta el día siguiente
para conseguir un colectivo que cruzaba la frontera, por un lugar que
se llama Aguas Blancas. Esa noche pernoctamos en Bermejo y al día
siguiente seguimos viaje en un camión. Había otros tres
chicos que iban ya con sus atuendos de guerrilleros: pantalón
con bolsillos grandes tipo ranger, borceguíes. Llegamos a Tarija.
Ahí esperamos 3 o 4 días, hasta que una tarde apareció
Hermes Peña, que era el jefe de escoltas del Che Guevara en Cuba,
y Federico Méndez, un chaqueño que falleció hará
unos 5 o 6 años… y con ellos salimos para una finca que
quedaba a unos 60 u 80 kilómetros y ahí empezamos a entrenar.
Entrenamos desde el 25 o 28 de agosto hasta el 21 de septiembre, que
volvimos a entrar en Argentina. Debemos haber sido 9 compañeros,
y fuimos subiendo hacia el lado de Orán. Ese primer tiempo, dentro
de todo, las cosas andaban bien. Por ahí alguno se cansaba más
que otro, pero nada más… en un momento nos quedamos sin
agua porque pensábamos que el río estaba más cerca,
y hubo un incidente con uno de los chicos que venían de Bs. As.,
que se empezó a poner mal, muy mal, no podía caminar.
Al día siguiente fuimos a un lugar donde había un depósito
de YPF, nos juntamos con unos paisanos, había gallinas, bananas
–había un plantación de bananas- y ese día
comimos arroz con gallina. Después cruzamos el río Pescado,
que está en la provincia de Salta pero no lejos de Humahuaca.
En ese lugar tomamos un obraje. Había algunas personas que estaban
esperando que les dieran coca y alcohol para irse, porque no les pagaban
un peso, y había una señora que estaba enferma, y la atendió
uno de los muchachos de Bs. As, Pirincho, y bueno, les hablamos a la
gente de lo que estábamos haciendo. Y de ahí salimos un
poco más arriba, siempre para Orán. Iba a llegar más
gente de Córdoba y había que esperarlos en la zona. Justo
ese día se hace el juicio a Pupi (Adolfo Rotblat), un juicio
en el que yo no participé. Cuando llegamos, Masetti, que era
el jefe, nos comunica que lo iban a fusilar. Yo le pregunto por qué.
Y me dice cosas como que el Pupi no andaba, que en cualquier momento
nos iba a traicionar, que andaba haciendo ruido con la olla, que andaba
desquiciado. Yo pienso que estaba muy mal, que se había quebrado,
pero no vi que representara un peligro. Me dice “bueno, entonces
vas a ser vos el que le de un tiro en la frente”. Yo les digo
que no le voy a dar un tiro en la frente a nadie y mi hermano me dice
que me calle la boca. Y la cosa quedó ahí… estaba
mi hermano y estaba un muchacho que está en Cuba ahora, Canelo,
así que… se hizo la ejecución. Yo no estaba, porque
salí con el grupo nuevo, que no sabía de esto, y los llevé
a caminar por la sierra. Cuando llegué, las cosas ya habían
pasado, todo seguía. Creo que algunas caras habían cambiado.
De
ahí seguimos, siempre hacia el norte, cruzando el río
Santa María, hasta que vimos una casa, que era de un capataz
del ingenio tabacal, de los Carro Costas, y de ahí llegamos a
un pueblito que se llama Aguas Negras. Preguntamos quién era
el intendente o encargado. Le contamos lo que veníamos haciendo
y nos dejó un poco de dinero para comprar semillas, que nos iban
a hacer falta en el campamento. Esto debe haber sido a fines de octubre.
Nos señaló que siguiendo un sendero llegaríamos
a la casa de su cuñado. Ahí dejaron que nos quedemos.
Fumamos y todos se empezaron a acercar, así que convidábamos
cigarrillos a todos, chiquitos, grandes, todos fumábamos…
colgamos las hamacas, hicimos de comer y los invitamos. Escuchamos una
nena que lloraba y lloraba, le preguntamos al padre qué le pasaba
a la chica. El padre dice “y, la nena está pa’l hoyo”,
¿cómo pa’l hoyo? “y sí, ya enterramos
dos”. Y nos cuenta: “la primera, la llevamos al médico
porque lloraba igual, y se nos murió en el hospital porque esperamos
mucho. La segunda se nos murió en el camino. Y a ésta
¿para qué la vamos a llevar si igual se va a morir?”.
Como nosotros llevábamos algunos antibióticos y esas cosas
la atendimos… al otro día estaba fenómena. Además
le dijimos que no le podían dar locro, que la nena era muy chiquita.
Como había una vaca, le dijimos que le dieran leche. “no
–nos dicen- esa vaca es muy mala”. Así que luchamos
con la vaca hasta que le sacamos un poco de leche. Les explicamos que
haciendo eso todos los días iban a poder darle leche a la nena,
y le dimos algunas indicaciones: que le dieran verdura pisada, etc.
Y después seguimos viaje y nos fuimos al primer campamento estable
que tuvimos, que duró dos meses y pico. En ese campamento se
hizo el primer refugio para guardar armamentos, y sirvió también
para base de exploraciones. Había tres pibes de Córdoba,
jovencitos, que se sintieron mal. Se los acompañó hasta
la ruta para que se fueran. A ése lugar fue dónde llegó
Pancho Aricó, porque formaba parte de un grupo de apoyo que funcionaba,
me parece, como funcionó el grupo de apoyo en el gobierno de
Alfonsín: no para estar en el orden de los fierros sino para
decir políticamente algunas cosas. El primer número de
Pasado y Presente, el artículo editorial está
de algún modo dedicado al EGP. Evidentemente en ese artículo
Pancho, evocando a Gramsci, habla de la Voluntad Revolucionaria. Una
revolución no se hace sola, hace falta una voluntad para hacerla.
Un poco justificando el voluntarismo de esto que era la idea foquista
de la revolución. Discutieron bastante con Masetti, yo no participé
de esas discusiones, pero supongo que acordaron algunas cosas.
En
ese campamento había a veces discusiones políticas…
a mí me habían dado la responsabilidad sobre eso, era
como el “comisario político”, y en cuanto al asunto
de informaciones, en la finca de Bolivia habíamos aprendido Morse,
a codificar mensajes... Así que, bueno, yo me ocupaba de esas
cosas.
P:
¿Cuántos eran?
H.J.:
Y debemos haber sido alrededor de 20. Se iban, llegaban nuevos…
después no quedaron tantos. No me acuerdo bien. También
vinieron a ese campamento dos muchachos que eran bancarios, otros que
habían sido delegados petroleros, gente que estuvo en el PC en
el sur, en Caleta Olivia, y vinieron otros chicos jóvenes, entre
ellos Álvarez, que también venía del PC, pero tenía
una conducta tan extraña... él es quien trae de la mano
a los dos policías que se incorporan al grupo en el momento de
la caída del campamento. Habían llegado, creo, el día
anterior.
P:
¿Qué era exactamente lo que hacía Cuba?
H.J.:
Bueno, todo el armamento, el apoyo financiero... más que de Cuba
era un operativo del Che… el Che estaba interesado en que eso
comenzara, que eso empezara a moverse, El Che mandó a la Argentina
a la misma gente con la que quería estar luego en Bolivia, lo
mandó a Hermes Peña, a Castellanos, que era su chofer,
a Papi Martínez Tamayo…
Y
en ese campamento uno de los muchachos bancarios, que no sé cómo
podía andar en la montaña, no tenía ninguna habilidad,
creo que nunca había salido de la oficina, después se
quebró … creo que a todos les hizo mal ese quebrarse. Ya
se había ido Pirincho, también. A Pirincho lo habían
mandado a pasar un cargamento de armas, desde Uruguay a Bs. As, y como
los padres tenían un yate, agarró el yate y se fue para
otro lado. Nunca más supe de él. Y bueno, también
se hace un juicio contra él, el muchacho bancario (Bernardo Groswald).
Ese juicio termina en un fusilamiento. Estuvimos todos cuando se lo
fusiló. Realmente me pareció una cosa increíble.
Yo creo que era un crimen, porque estaba destruido, era como un paciente
psiquiátrico. Creo que de algún modo somos todos responsables,
porque todos estábamos en eso, en hacer la revolución.
Al
otro día, o a los dos días, salimos con los muchachos
que eran del sur, eran unos tipazos, salimos para Santa Cruz de la Sierra,
un pueblito que está sobre la montaña y al que se llega
por caminitos que se han ido haciendo canales por el paso de la gente
desde tiempos ancestrales, canales que ahora tienen una profundidad
de unos dos metros. Y nos encontramos con un hombre que fue a buscarnos,
le dije que le mandaba muchos saludos el Comandante, que quería
saber cómo estaba, y nos trajo para comer una pata charqueada,
entera, hasta la pezuña, y traían cosas para comer que
se las llevamos de vuelta a los compañeros.
Ya
de vuelta esquivamos la casa de la nenita que habíamos curado
porque vimos huellas. Yo estaba seguro de que el campamento estaba
perdido, estaba seguro y se lo dije a Papi, y él me dijo
que pensaba lo mismo, que teníamos que levantarlo lo antes posible.
Y seguimos hacia abajo, en una disposición distinta, mirando
para todos lados… y vimos las huellas, que estaban frescas, habrían
sido del día anterior, huellas de alpargatas, y los gendarmes
son los que andaban de alpargatas, y en lugar de ir para el campamento,
el camino que hicieron ellos, fuimos para otro arroyo, y cuando más
avanzábamos fuimos encontrando mensajes: que habían detenido
a los paisanos, que después los habían largado, que Diego
estaba herido, y que habían metido dos canas y que estaban presos
Del Hoyo, Frontini, Castellanos…
Llegamos
al campamento donde estaban los que habían sobrevivido, vimos
a Diego herido, que estaban sin comida… lo que traíamos
nosotros duró lo que dura un helado a la salida del colegio,
como decía Castellanos. Ahí se produce el derrumbe, se
hace una reunión para ver hacia dónde se iba, si hacia
arriba, con el herido, o hacia la ciudad de Yuco que era la que íbamos
a tomar el 18 de marzo, pero ya no para tomarla, sino para conseguir
alimento. A mí me pareció que podíamos ir hacia
arriba dejando algunos compañeros con Diego, y llegar a Pampichuelo,
un pueblo en las nacientes del río Piedras. Ése río
es el único río en el que no vi ningún pez…
no había nada, y tampoco se veían animales de caza. Y
empezamos a subir, hasta un lugar en el que nos separamos cuatro compañeros
que empezamos a trepar la montaña, para pasar un desfiladero,
y fuimos hacia la naciente del río. Ahí se nos perdieron
una tres pavas del monte que no pudimos cazar porque estábamos
mal. Tenía tanta bronca Masetti que después vio un pajarito
y le tiró y le sacó la cabeza… Ahí decidimos
separarnos, me ordenó que baje y que después suba a buscarlo
con otros compañeros, que él iba a seguir buscando comida.
A todo esto ya habían muerto Marcos, César… y Diego
estaba muy mal. Subimos por una grieta, y llegando casi a la punta Antonio
Paul se cae, y yo no lo pude alcanzar. Cayó en caída libre…
había lloviznado, estaba todo mojado. Alcancé a agarrar
la correa de su mochila, pero se me escapó. No teníamos
fuerzas, por el hambre terrible que pasábamos. Antonio cayó
unos 30 metros y yo me caigo hacia otro lado, hacia una corriente de
agua que me chupa, una playita que mirábamos desde arriba y le
llamábamos “el lugar de la muerte” (yo le había
dicho a Hermes, mirando desde arriba: “mirá, tan bello,
y sin embargo es el lugar de la muerte”) y mi caída fue
de esas historias rarísimas, que uno cuenta y le dicen qué
estupidez… porque no me pasó nada prácticamente,
no me ahogué, casi no me golpeé, … no sé
cuánto estuve abajo del agua. Pero realmente era un momento placentero,
bien placentero, era una sensación de no peso, como que nada
pesaba, ni el cuerpo, ni las piernas, ni los sentimientos, ni los pensamientos,
nada, nada… era un estado de… no sé qué cosa
parecida… como un estado de placer puro, un estado puro, sin sensación
de tiempo, de espacio… y no tragué agua. Yo tengo la sensación
de que respiraba, pero no estoy seguro, porque ¿cómo voy
a respirar abajo del agua?, pero lo cierto es que aparecí bastante
más abajo y me sacó de ese estado Alberto Castellanos…
estaba cerca del campamento. Entonces vuelvo, y lo encuentro a Antonio
moribundo, y él me dijo “bueno, de todas maneras, de acá
o salimos ganando o salimos con los pies para adelante, así que…no
te hagás problema, de todas manera vamos a ganar”. Le faltaban
vértebras, por lo menos la quinta vértebra no estaba…
Antonio agonizó durante cuatro horas y yo, como ya no tenía
morfina, le metí una caja de supositorios de Dolex. Estaba todo
fracturado… tenía fracturas desde la base del cráneo
hasta… bueno, en todo el cuerpo. Estuvo cuatro horas, con crisis
convulsivas, y estuvimos hablando hasta que murió.
Luego
me junto con Jorge y con Alberto, y Dieguito estaba muriéndose.
Lo enterramos y la verdad que yo no estaba en condiciones de volver
a subir la montaña, estaba muy mal, tenía un edema de
hambre, se me había hecho un colapso en el intestino, perdí
mucha masa muscular.
-
¿Cuánto tiempo había pasado desde que subieron
al monte?
-
Entramos en agosto y esto fue ya en abril. Mucho tiempo. Y sin comer
fue desde que yo los contacto a ellos, que fue en los primeros días
de marzo… y ya cuando vi la huella no comimos más. Ya llevábamos
30 días sin comer, y caminando sin parar. Y ya no podía
caminar. Entonces decidimos bajar a ver si encontrábamos a la
otra gente… y en la bajada, después de tanto tiempo, aparece
un bicho en el río y yo le pego en la columna, no sabíamos
qué bicho era… lo arrastramos como pudimos, y lo cuereé
con un cortaplumas de esos que tienen de todo, destornillador, tijerita…
Era un paquidermo, tenía un cuero gruesísimo. Bueno, digo,
“lo primero, las vísceras: comamos el hígado, los
riñones” mientras improvisábamos una parrilla con
palos. Y por fin comimos algo, pero lo mismo quedé mal, tenía
los intestinos a la miseria…
Cuando
llegó Hermes, al tercer día, la carne no se podía
comer porque se había podrido. Hermes traía un poco de
yerba y preparó un mate cocido, que creo que fue la comida más
gloriosa que comí en mi vida. La cuestión es que con Carlitos
–que venía con Hermes- comenzamos a bajar para ir al campamento
que yo no conocía, donde habían estado ellos antes, cuando
fueron en el primer viaje. Y llegamos ahí y estaban saliendo
ya los compañeros, creo que era el 12 de abril, y pensaban volver
en 2 días.
Y
al segundo día de que habían salido, yo estaba casi sin
poder moverme ya, estaba tirado al pie de un reborde del río,
empiezo a escuchar voces que no me gustan, y me acerco a un cinturón
en el que tenía dos granadas y en ese momento siento que me salpicaba
barro en la cara y manoteo una de las granadas y recibo un patadón
en las costillas… eran los gendarmes. Y me empezaron a golpear,
me desmayaron. Era imposible que no me desmayara, si estaba hecho una
piltrafa. Después hacen un simulacro de fusilamiento. Y al día
siguiente nos llevan.
Hay
un gendarme que después fue guardia cárcel en Salta y
que renuncia a la gendarmería por lo que vio esa noche en el
campamento. Se impresionó mucho. Esa noche quedó de guardia
y nos vio tan mal que nos tiró un par de cigarrillos. También
nos trajo en una lata de duraznos una sopa de tomate, otra comida gloriosa...
¡qué rica!. Estábamos desnudos, con una manta arriba.
Al
día siguiente salimos para Orán, ahí estuvimos
varios días: desde el 14 o 15 de abril hasta el 20 de junio.
Después nos trasladan a la cárcel de Tucumán.
Continúa...
(Ver
Parte 2: Tiempo de
cárcel y reflexiones posteriores)
(*)Versión
reducida de la entrevista videograbada por Abril Schmucler y Ciro Del
Barco en Agosto de 2004.
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La
experiencia vivida por los hombres comandados por Masetti, tal vez no
sea comprendida cabalmente sin el conocimiento de las ideas que circulaban
en la época entre los grupos revolucionares, y particularmente,
la propuesta guevarista. Para quienes estén interesados, sugerimos
la lectura del capítulo 25 “Vertiente guerrillera”
del libro Che: una vida revolucionaria de Jon Lee Anderson,
editado por Emecé, y Los orígenes perdidos de la guerrilla
argentina, de Gabriel Roth, Editorial El Cielo por Asalto sobre
el Ejército Guerrillero del Pueblo, así como Ideología
y Mito en el EGP, de Daniel Avalos, Ediciones Naño, Salta.
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Publicado
originalmente en
Revista
mensual La Intemperie Córdoba Política
Cultura
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Rodríguez.
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