Apenas
ha caído el sol.
Me he quedado sin perfumes, están todos en la mutualista y me
siento como una traficante enjuiciada, con todas sus pertenencias en
estudio. Al principio encontré tonto eso de estudiar mis perfumes,
pero debo admitir que es bastante lógico; yo misma me he dado
cuenta de que pueden llegar a cambiarme la vida, pero mi madre no está
preparada para esas cosas. Es todo muy sencillo. Las neuronas del olfato
se reemplazan continuamente, por eso me es tan fácil tener sobredosis
de perfumes, pues todos los perfumes que me entran en la nariz rápidamente
colman toda mi capacidad olfativa. Si una neurona cualquiera del cerebro
se muere o daña, no se puede recuperar. Las células nerviosas
del olfato sí se restablecen y reemplazan; son más viciosas
y propensas a adicciones de ese tipo. Mi madre no tiene un buen manejo
de las células del olfato, es incapaz de diferenciar la exquisita
mezcla de frutas, vainilla, sudor animal y ámbar Van Cleef de
cualquier muestra de Nivea que caiga en sus manos. Creo que la expuse
a un mundo demasiado agresivo para su metabolismo pueblerino.
Mi
madre mira tele.
Temo
que aparezca Cristo y le diga a todo el mundo que he estado envenenando
a mi madre con fragancias. Carlos y Enrique ya se están preparando
para ir a una rave que comienza a medianoche. Mi madre sube el volumen
con el control remoto mientras ellos hablan. Son dos papagayos en celo
enjaulados. Suena la lambada del timbre. Atiendo. Son cuatro mariquitas
amigos de Enrique, con aspecto de clones mal formados de Marilyn Manson,
maquillados con ojeras brillantes, y barba depilada. Sacan el televisor
de mi dormitorio y se encierran en el de Carlos a ver Resistiré.
Mi madre permanece ajena a todo ese revuelo, mirando el techo, como
si el olor a porro que se escapa por la rendija de la puerta de Carlos
fuera un inofensivo humo de cigarros mentolados.
No
sé qué hacer. Ya comienza la noche del sábado.
Todos tienen planes, menos yo. Me siento mal, como casi todos los fines
de semana. Me siento como esas chicas que se compraron ropa muy moderna
a comienzos de los noventa y ahora no tienen más remedio que
seguir usándola, en pleno retro. Me gustaría estar en
una de esas películas que tratan sobre dos hermanas gemelas que
se separan al nacer y se encuentran cuando ya son grandes. Quisiera
llamar a alguien por teléfono, pero no sé a quién.
Me siento sola, sin amigos, sin familia, sin perfumes. Me gustaría
ir al cine, pero ni siquiera sé qué películas están
dando, y son todas terceras partes de las que ni siquiera vi la historia
inicial. Me encierro en el baño, tiro la cadena de la cisterna
y salgo. Entro a la cocina y abro la heladera. No saco nada, sólo
la miro y la cierro. Me siento en un sillón y veo la pecera vacía.
Me paro. Me rasco. Como estoy nerviosa me tomo una pastilla blanca de
mi madre. Vuelvo al dormitorio y miro a través de la ventana.
Entra Carlos a pedirme un delineador.
–¿Qué
te pasa, linda?
–Nada,
nada...
–¿Por
qué no te venís con nosotros? Hace mucho que no salís.
–No
sé... no tengo ganas de salir, siempre hay demasiada gente...
Aparte, iré a ese lugar y ni siquiera sé cómo bailar;
no sé qué ropa me pondría... no creo que yo haga
juego con tus amigos, están como muy producidos y yo...
–Dale,
venite, linda.
Voy.
Nos
metemos todos en un taxi. Unos se sientan encima de los otros y todos
ríen, incluso el taxista, como en una película mexicana
muy moderna, filmada como un videoclip por un grupo de estudiantes de
cine que se harán famosísimos gracias a la crítica
especializada que elogia cómo potenciaron sus precarios equipos
de filmación. De fondo, Christina Aguilera canta “Ven conmigo,
baby” en español, como si tuviera una papa en la boca y
no pudiera escupirla. Nos bajamos tres cuadras antes porque llegar en
taxi es un quemo. La calle parece la pasarela de un desfile de fin de
año de una academia para diseñadores jóvenes de
vanguardia que hacen vestidos con bolsas de leche, por la que todos
caminan como gatos siameses. Tal vez alguien les paga mucho dinero por
hacerlo. Nos detenemos en una cancha de paddle en penumbras y entramos
cual mercenarios perseguidos por móviles policiales. Nos recibe
un chico con un look cyber-rasta indescriptible y se pone a hablar con
Enrique; nos hace señas y nos alejamos un poco, procurando no
molestar a las parejas besuqueándose en el suelo. Está
todo muy oscuro y la cancha de paddle ahora parece ser una de frontón.
Hay mucha gente, pero no podría especificar cuánta. Nos
ponemos en un rincón a esperar a Enrique, que llega caminando
como un cowboy heterosexual al que le acaban de ofrecer un puesto de
subdirector de algo, con la cara sonriente. Se arrodilla y prepara unas
líneas de merca con la tarjeta del videoclub. Nunca antes había
visto a Carlos drogándose. Toma las líneas con total naturalidad,
e incluso me invita.
–No,
Carlos. Sabés bien que yo ni ahí... apenas me he acostumbrado
al alcohol.
–Dale...
una sólo para probar, linda.
Pruebo.
La
primera impresión es nula, totalmente decepcionante. Camino una
cuadra pensando que se arma demasiado alboroto para tan poco. En la
siguiente comienzo a sentir más fuerte la música y a pensar
que tal vez no fue una buena idea ir a aquel sitio. Cuando falta sólo
una cuadra para llegar, me doy cuenta de que la rave es dentro de un
frigorífico abandonado en una zona marginal y que jamás
pasará un taxi por allí si se me antoja irme.
Llegamos.
Entramos.
Por
un momento me siento en Europa, pero vuelvo a poner los pies en la tierra
cuando descubro que no hay ropería y que deberé pasar
toda la noche con esta chaqueta de cuero encima. Tengo calor y comienzo
a sudar sólo con imaginarme bailando entre esa gente sudando.
La ventilación es mala. La música es muy buena y muy moderna;
siento como los golpes entran por mis orejas y se materializan como
si se volvieran cubos de azúcar; cada vez entran más y
más y mi cabeza se va llenando de azúcar. La sensación
es increíble. Pregunto dónde están los baños,
pero nadie sabe, así que decido encontrarlos por mi cuenta. Me
separo del grupo y comienzo a vagar por entre la gente como una hermosa
modelo anoréxica que debe actuar en un patético clip de
Enrique Iglesias para poder comer. Casi todo el mundo está en
mi misma situación y se mueve de un lado al otro como hormigas
que se han perdido del hormiguero, como patos emigrantes que acaban
de aterrizar. Luego de tres vueltas por el lugar compruebo que los baños
no existen y que todos toman tragos de colores, que no comprendo de
dónde salen. Ahora, mientras camino entre empujones, siento el
efecto inverso de los cubos de azúcar en mi cabeza; han cambiado
la música y el azúcar vuelve a materializarse en cubos
que salen por mis oídos. Siento que me desagoto, que me vacío
en cada golpe, como si mis orejas fueran una cisterna. Tropiezo con
una barra y pido algo de beber. El barman me ofrece alrededor de veinte
tragos desconocidos con nombres idiotas como “Soldadito de plomo”,
“Dulce espera” o “Drink del sol”. Le pido que
me prepare cualquiera que no tenga menta ni sea azul, que para eso traje
chicles. El chico sonríe. Es lindo. Intento seguir la conversación,
pero me da el trago y se pone a atender a otra persona. Como me duele
un poco la cabeza, me tomo otra de las pastillas de mi madre que me
traje en el bolsillo. Continúo mi trayecto hacia ningún
sitio y nuevamente mi cabeza vuelve a llenarse de azúcar. Camino
como si fuera más alta y más delgada. Ahora el Dj pone
unos sonidos graves que me dan patadas en el estómago, no aguanto
y me siento en un cubo que no comprendo si cumple función de
mesa o de sillón. Tomo dos tragos de algo que parece ser simplemente
agua y retumban en mi cabeza como pedazos de vidrios saltando del parabrisas
de un auto accidentado. Ahora lo veo todo mucho más nítido,
como si toda mi vida hubiera observado las cosas en dos dimensiones,
o en una tele de muy mala calidad. Me paro y vuelvo a sentarme. Me paro
nuevamente. Un par de chicas me aprisionan entre sus cuerpos y comienzan
a moverse sensualmente. Creen que están en un clip de George
Michael. Bailo con ellas un rato y comparto mi trago como si las conociera
de toda la vida y tuviera muchos temas para conversar. Siento sus tetas
frías por todo mi cuerpo mientras la música se vuelve
más estridente, taladrando placenteramente mis oídos llenos
de azúcar. Me invitan a ir a un lugar apartado. Las acompaño
a una pieza bastante húmeda, como un sauna deprimente, llena
de gente atontada por el vapor de sus propios cuerpos y el olor a marihuana.
Doy un par de pitadas a porros desconocidos y continúo el camino
que me indican. Una de ellas prepara tres líneas de merca sobre
un espejo de mano y tomo la que me corresponde. Las veo besarse unos
segundos, un tanto confundida porque nunca había visto a dos
lesbianas besándose. Una deja de mirar a la otra a los ojos y
me observa de reojo. Yo veo como su lengua sale y entra de la boca de
su compañera y descubro que lleva un piercing. Me sonríen.
Esta vez sí tengo un efecto rápido y mi cuerpo comienza
saltar al ritmo del nuevo golpe introducido a mi panorama musical. Necesito
imperiosamente ir a la pista central a bailar, pero demoro unos minutos
que parecen siglos, intentando salir de aquella montonera adormecida.
Cuando llego a la pista comienzo a saltar como Fabiana Cantilo en ese
video en el que baila en la playa atrás de una sombrilla y el
vestido se le cambia de color. Mi ropa también cambia de color
cada dos segundos. Se vuelve azul, roja, verde, le nacen lunares blancos
que se mueven. No, en realidad son las luces. Mientras salto escucho
el azúcar salirse de mis oídos. Algunos me acompañan
en la euforia y me invitan con tragos azules con gusto a menta. Los
tomo como si fueran agua. Un chico me sonríe, pero supongo que
está en su despedida de soltero o algo parecido, y yo soy la
apuesta, así que lo dejo de lado. Continúo saltando, pero
algo me incomoda; bajo mis ojos y me doy cuenta de que he perdido una
sandalia. Intento buscarla por la pista, pero es imposible con toda
esa gente alborotada. De repente la veo entre las piernas de unas chicas
que se creen Björk en el primer disco y bailan como muñecas
idiotas, haciendo muecas infantiles y acariciándose los moñitos
ridículos de sus cabezas, aparentemente cansadas de acarrear
la mochila transparente vacía que tienen en sus espaldas. Me
tiro en la pista. Es una cama, una piscina, un sillón de esos
que hay en las peluquerías caras y están llenos de revistas
gays que se distribuían gratuitamente en las calles de Chueca
hace tres años. La pista es muy cómoda, de hecho, la encuentro
blanda. Algunos me pisan, pero sus pies no me duelen, con excepción
de algunas patadas adrede y una plataforma que hunde violentamente mi
cabeza en el cemento mal barrido, ensuciando mi pelo recién lavado
y fracturándome la nariz. Estoy a pocos centímetros de
mi sandalia, pero una fuerza extraña la aleja a varias patadas
de distancia. Continúo arrastrándome por la pista hasta
que siento algo en mi pie descalzo; giro la cabeza y veo cómo
mis dedos se desangran torpemente, intentando escapar del interior de
una botella rota de cerveza. Me despreocupo de eso mientras mi cabeza
se llena nuevamente de cubos de azúcar y mi mano derecha logra
alcanzar la sandalia. En el momento en que grito “¡la tengo!”,
dos personas me levantan del suelo. Sus caras me lo dicen todo; mi aspecto
debe ser muy similar al de PJ Harvey en algún clip.
–Natalia...
¿estás bien? –preguntan en stereo las dos gemelas
idiotas ensartadas en idénticos vestidos de vinilo.
–¡Claro
que estoy bien! –contesto, intentando sacarme los vidrios del
pie.
–Vamos
a llamar una ambulancia –dicen en stereo.
–Sí,
vamos a llamar una ambulancia –dice Enrique (el del local de enfrente),
que sale de no sé dónde y me mira con cara de soldado
en el momento en que se desata la tercera guerra mundial. También
aparecen Carlos, Enrique y sus amigos de plástico con el delineador
corrido. Todos aparecen de la nada. Salimos afuera. Llega una ambulancia
y me meten en una camilla. Soy una gladiadora moribunda rescatada de
la arena de un circo romano. Todos están a mi lado como si me
hubiera muerto. Todos me ven agonizar. Todos. Cierran la puerta bruscamente
y mis ojos se llenan de oscuridad. Apenas ha caído el sol.
©Dani
Umpi