Marzo
2002
Cornucopia
La vaca es el emblema grabado a fuego en la imaginación de los
argentinos, ya a edad muy temprana. La silueta bobina se prodiga en
láminas, gráficos y estadísticas de los libros
escolares; es también el objeto temático del texto que
tradicionalmente redactan los niños una vez dominados los primeros
palotes; y se la reencuentra en la ritual excursión pedagógica
a las exposiciones de productos agroganaderos. La vaca y el trigo, bienes
que la feracidad de la tierra pampeana prometió mansos, abundantes
y eternos, y encadenados al sol y la lluvia, sus fieles activantes naturales
del ciclo anual que culmina en el silo y el matadero. Por más
de un siglo, esos cuatro elementos han conformado la cuadratura del
círculo argentino, problema resuelto sin mayores trámites
en el convencimiento de que Dios tiene una partida de nacimiento local.
En la idea que los habitantes de este país se hacían de
una renombrada parábola bíblica, los siete años
de vacas gordas solo podían repetirse al infinito. Y así
como el cangrejo ermitaño siempre busca refugio en el caracol,
la imaginación nacional no ha conocido otro hospedaje que el
cuerno de la abundancia.
Cien años de imágenes de bonanza y tres momentos de consolidación
de "derechos plebeyos", contribuyeron a fijar la posición
excéntrica de Argentina en el mapamundi sudamericano. En cada
una de esas etapas, tensas luchas sociales -ocasionalmente sangrientas-
soldaron la masa crítica de la cultura popular a un vehículo
político específico. El primer momento vinculó
la cuantiosa inmigración europea con la construcción de
sindicatos y de una red de instituciones promotoras de "ilustración
obrera", mayormente orientadas por ideas anarquistas. El segundo
momento unificó al obrero peronista con la medianamente pujante
flora industrial de la época. Y al último lo constituyó
la epifanía cultural de la clase media modernizada de los años
60 y 70 atravesada por diversas y crecientes modalidades de la radicalización
política. Esta sucesión y superposición de "ganancias
históricas" promovieron diversos grados de ascenso social,
apropiación de derechos laborales y la consolidación de
la imaginación plebeya como ingrediente inescindible de la mentalidad
política dominante en Argentina. Su consecuencia fue cornucópica.
Sintéticamente: hasta hace un par de décadas atrás,
todo argentino nacía con el convencimiento de que le sería
garantizado trabajo de por vida, sueldo anual complementario, vacaciones
pagas, salud y educación amparadas por el Estado, universidad
gratuita, obra social sindical, psicoanalista pagado por el gremio,
e incluso de que podría enlazarse en matrimonio con un galán
o doncella de clase media superior. Esas certezas constituían
a la vez el nutriente del temperamento político y social de los
argentinos y el límite de lo pensable sobre las causas de la
riqueza y la decadencia de las naciones: en estas tierras la vaca flaca
era una imposibilidad zoológica. Ninguna de aquellas garantías
caía del cielo: eran el fruto jugoso de las pugnas sociales anteriores.
Pero a pesar de tantos avances de la línea de trincheras, la
lucha de posiciones permanecía irresuelta.
En los años noventa la imaginación política plebeya
se mantuvo activa y demandante -si bien a la defensiva-, pero los fundamentos
económicos, institucionales y políticos que la sustentaban
se debilitaron, o simplemente se disolvieron. Ciertamente, fueron años
en que Argentina promocionó a su sistema monetario, único
en el mundo, como experimento digno de merecer el Premio Nobel a la
vez que sus habitantes se comportaban a la manera de los fenicios satisfechos.
El encastre aparentemente grácil del país en los flujos
culturales y económicos de la globalización hizo germinar
una inmensa fantasmagoría colectiva que ocultó la visión
de la vaca enflaqueciente y sin nutrición a la vista. La moneda
argentina aparentaba solidez y el consumo de bienes parecía una
máquina de movimiento perpetuo, pero los economistas locales
(cuya locuacidad y arrogancia merecerían por sí mismos
un tratado completo) les adosaban cada año nuevo hipótesis
ad hoc para explicar la supervivencia del mecanismo, tal cual sucedía
a fines de la Edad Media con los astrónomos seguidores de la
teoría ptolomeica. Mientras tanto, el desempleo se enraizaba
y afianzaba a lo largo del país, como ristras de tejido muerto
a lo largo de un cuerpo. Y en el horizonte, la envergadura de la deuda
externa crecía día a día y se adosaba a las finanzas
públicas a la manera de las contracciones de una boa constrictor.
Lenta pero indeteniblemente, las líneas de continuidad social
entre pobres, clase media y sectores privilegiados se descoyuntaban,
astillando aún más a los excluidos y haciendo irreversible
el deterioro social. El contraste entre ricos y pobres devino una copia
de la rutina latinoamericana. Ahora, a tres meses del desplome de Fernando
de la Rúa, una cuantiosa transferencia de ingresos se desliza
incontinente hacia los grupos privilegiados, tal cual una transfusión
de sangre sacrificial en beneficio de los fuertes y victimarios, en
el mismo momento en que las nuevas condiciones exigidas por el Fondo
Monetario Internacional para soltar la calderilla que el país
imperiosamente necesita se cierran sobre el cuello argentino a la manera
del cepo.
La
consigna y sus antecedentes
"Que
se vayan todos" es el clamor que recorre la Argentina entera desde
el mes de diciembre pasado. La consigna, salpimentada de repudio a la
casta de políticos locales, no fue enarbolada por partido político
alguno ni saltó a la calle desde el estudio de un creativo publicitario.
Emergió en un instante, como por generación espontánea,
dos meses después de las últimas elecciones legislativas
y en el mismo año en que setenta mil argentinos zarparon del
país con mirada de vigía fijada en algún punto
de la costa europea. Al mismo tiempo que estremece al régimen
político afincado en el país desde 1983, la consigna unifica
a todas las clases sociales, resultando ser la expresión lingüística
más nítida de un intenso malestar colectivo. La impugnación
de la exigencia corre por cuenta del gobierno, de sectores de la prensa
y del empresariado, convencidos de que su extensión e intensificación
conduciría al país a un estado de incipiente guerra civil
o de desgobierno anárquico. Pero se trata de una estrategia defensiva,
y en parte necia, pues supone al reclamo capricho pasajero o protesta
administrable, y no asume que surge de las vísceras ciudadanas,
tal cual la supuración urgente e indetenible de un órgano
moral ya colmado hasta el hartazgo y necesitado de una purga. Quienquiera
hubiera prestado una mínima atención al panorama estadístico
que instaló el último comicio de octubre habría
notado que el agua estaba hirviendo y las venas hinchadas. No habiéndose
practicado una curación a tiempo, su consecuencia ha sido la
ruptura de la representación política, acompañada
por la conculcación del resto de los contratos sociales -comenzando
por los bancarios y los jurídicos. No ocurría un acontecimiento
semejante desde 1945.
La "mala sangre" burbujeó por años. Buena parte
de los argentinos transitaron la década del noventa "a la
espera" de un cambio. Esa espera asumió un contenido moral,
y por lo tanto su "tempo" era pacienzudo y su móvil
el resentimiento. Su correlato institucional fue encarnado por el Frepaso,
recambio político sentimental para la clase media que por un
tiempo pudo desplegarse con velas anchas y abiertas. Pero su alianza
matrimonial con el centenario Partido Radical haría abortar su
salto a la madurez electoral. Fue extraño que se esperara un
cambio de rumbo por parte de la Alianza, cuyo mascarón de proa,
el ex presidente De la Rúa, era botón de muestra emblemático
de la vieja corporación política. Casi se diría
que el personaje se había desarrollado desde el estadio de bebé
de probeta de comité. La compañía de ruta del Frepaso
le concedió a la alianza un dejo de sex-appeal, pero
el encanto se disolvió en un 13% de rebaja salarial de los empleados
públicos compensado por una suma desconocida de coimas entregadas
a diputados y senadores. En diciembre pasado, la espera abandonó
su estadio moralista y se autotransformó instantánea y
radicalmente en un sinfín de microacontecimientos políticos,
inorgánicos algunos, fundamentados en variedades de la ética
práctica otros, pero más pregnantemente, en una irritada
conversación colectiva que rehusa conceder poderes de representación.
No obstante, asambleas y marchas de protesta se han revelado impotentes
para construir un poder y para lanzar al ruedo a nuevos líderes
sociales, al menos por el momento. El descreimiento final con el gobierno
anterior fue patético: en su origen sólo se esperaba del
gobierno de la Alianza que no empeoraran las cosas y que se limpiara
el escenario de cuatro o cinco nombres propios odiosos. Era poco.
Numerosos analistas creen que el rechazo a la corporación política
es una tendencia de los años noventa causada por el triunfo de
los saberes económicos y tecnocráticos por sobre la racionalidad
argumentativa de la política; o que resulta ser la reacción
histérica e hipócrita de las clases medias violentadas
en sus expectativas; o bien que esa casta política es prebendaria,
ignorante e ineficaz, y por lo tanto, indefendible. Quizás. Pero
se olvida que la tradición "antipolítica" es
antigua en Argentina. Basta pensar que los millones de inmigrantes que
arribaron a este país nunca se integraron del todo a los procesos
electorales o bien lo hicieron con suma lentitud. Habitaron, por bastante
tiempo, una frontera imaginaria. Por entonces, las primeras organizaciones
gremiales del país, preñadas de ideales anarquistas, se
mantuvieron al margen de los incipientes procesos de inclusión
de ciudadanías, condición pronto legada a la izquierda
comunista y más subrepticiamente a saberes populares que localizaban
en la actividad política síntomas de arribismo, "cuña"
y oportunidad de "negociado". Por su parte, desde la década
del 30, la derecha integrista, los grupos de acción católicos
y los ideólogos del nacionalismo también repudiarían
la política "burguesa". Dos décadas después,
el peronismo se autoafirmó como "movimiento", paralelo
a las prácticas parlamentarias de los "doctores" y
superador de ellas. Más adelante, la generación política
de los 70, desde la nueva izquierda al peronismo tercermundista, creía
en la democracia formal tanto como un hippie norteamericano en el envío
de tropas a Vietnam durante el gobierno de Nixon. En esos años,
también el despliegue de los grupos de rock nacional en Argentina
se nutrió de ideales contraculturales que no han desaparecido
del todo de sus temáticas y de la sensibilidad de sus audiencias,
a pesar de constituir una industria y un mercado pujantes. Al fin, los
excluidos por la economía durante la década del noventa
poco y nada esperaban de sindicalistas y políticos. Son muchos
los afluentes que confluyen hacia esta desembocadura, y aunque muchos
de ellos dejaron de estar activos hace décadas, la transmisión
subterránea de los saberes y valores que ellos encarnaron en
otros momentos históricos no deja de pujar bajo la superficie
política nacional.
No estamos tan lejos de los orígenes de esa desconfianza: le
hemos dado un beso al abuelo inmigrante. Aún viven muchísimos
inmigrantes llegados hace más de medio siglo y millones de argentinos
son sus descendientes, impregnados por una memoria política mucho
más compleja de lo habitualmente reconocido. Escasa es la reflexión
existente sobre el doble vínculo de los inmigrantes con la idea
de autoridad, oblicua fuente de suspicacia hacia la figura del político.
Un enorme porcentaje arrastraba consigo la experiencia del régimen
autocrático, del poder arbitrario de un emperador, zar, sultán
o señor feudal -todavía en el sur de Italia a fines del
siglo XIX-. Esa experiencia se trasladó a los nietos y nutrió
una imagen ambigua y dual de la autoridad, vértice al que el
argentino se somete si lo obligan, al que adora si derrocha carisma
y al que desobedece a la menor oportunidad. No estaban mejor las cosas
en la Argentina a la que tantos arribaron. El gaucho matrero, el indio
"alzado" y el criollo rural aborrecían o temían
la llegada de la autoridad, encarnada en el caudillo, el militar o las
castas privilegiadas de provincia. Desconfiar de la autoridad es una
tradición en Argentina, aunque demasiadas veces asume variantes
perversas e imprevistas. Como extraña secuela, en época
de elecciones la población suele optar por los peores, pues la
tradición oral transmite a los jóvenes la convicción
de que quien se mete "en política" es alguien destinado
a ensuciarse, a robar o a vehículizar ambiciones personales.
Consecuentemente la honestidad sería una virtud solo resguardable
en el terreno familiar, en la vida amistosa –el tango ofrece un
ramillete de metáforas sobre el tema–, o en los esfuerzos
vocacionales. El misterio de la opción por los peores no se explica
solamente porque la única posibilidad presentada al electorado
venga envuelta en "listas sábana", sino por desconfianza
hacia la política en sí misma como actividad asociable
al bien común. A las raíces de la especificidad argentina
habría que rastrearlas en esas antiguas experiencias rurales
con la autoridad, del indio o el bandolero popular en fuga, pasando
por la montonera sublevada contra el centralismo porteño, hasta
llegar a las diversas formas de malestar con el orden social de los
caudillismos provinciales; o bien en la memoria de quienes migraron
desde imperios autocráticos hacia un puerto del Río de
la Plata.
Una paradoja poco pensada arroja más gasolina al fuego. La población
argentina conserva en su memoria política una ajada estampita
religiosa con imágenes de hombres y mujeres representativos de
antaño que no intersecta en lo más mínimo con los
representantes actuales. Se trata de figuras carismáticas que
acompañaron la larga marcha de la argentina republicana y plebeya,
entre 1900 y 1950, tales como Lisandro de la Torre, Hipólito
Yrigoyen o Eva Perón, todos ellos auroleados de honestidad, cuidado
de los dineros públicos o abnegación guerrera. Pero los
espacios de emergencia de los políticos ahora objeto de repudio
han sido otros, básicamente la etapa de conflictos civiles de
los años 60 y 70 y, un poco más adelante, el mundo de
la especulación financiera y del acuerdismo clandestino de los
años 80. El primer tipo de político maduró en comités,
unidades básicas, sindicatos, células guerrilleras y centros
de estudiantes, unidades mínimas de agregación que basculaban
entre sí según los humores violentos del mar de fondo
de los años "de plomo". Son personajes "sesentistas",
y no sólo debido a su nutrición ideológica sino
porque las velitas que iluminaban su última torta de cumpleaños
confesaban una edad equivalente. Se consideran "pilotos de tormentas",
y han forjado sus alianzas públicas y secretas al calor de viejas
rencillas superadas una vez que los militares los trataran alguna vez
como parásitos ineficaces por igual. No pocos han pasado por
la experiencia de la prisión y su retórica está
rociada de alusiones a la supervivencia de la víctima y a los
derechos morales del derrotado por la dictadura. El segundo tipo de
político es una o dos décadas más joven y los nichos
donde se formaron son más opacos y nos remiten a la imaginación
social afincada durante la dictadura: el ejercicio privado de la profesión,
los cargos gerenciales en grandes empresas, las primeras armas cumplidas
en medios periodísticos, el trabajo en estudios que brindaban
asesoramiento financiero, y el mundo de la clandestinidad tolerada.
Dejo aparte a aquellos que eran buscados para su exterminio. Se trata
de un tipo de político que tenía unos veinte años
en aquella época, que se formó no a pesar sino
en la dictadura militar, de acuerdo a las modalidades que asumió
la vida cotidiana y pública en esa época y de acuerdo
al tipo de articulaciones que se establecieron entre partidos, sindicatos,
cargos estatales, medios gráficos, financieras y bancos, es decir,
al rescoldo de laboratorios especulativos y transaccionales, donde la
negociación no solamente constituía una herramienta partidaria
sino el centro de gravedad de la Argentina de entonces. Si la cuna y
corralón del primer tipo de político estuvo señalado
por la conflictividad y el acuerdismo previos a la dictadura, al molde
de la siguiente generación de políticos se conecta subrepticiamente
con las prácticas de la city porteña, donde todo
valor eran objeto de negociación y a partir de donde se tejió
la telaraña que une a los diversos grupos de poder de la actualidad.
Y más allá del sentimentalismo populista (de izquierda
o de derecha) que cansina y burocráticamente concede color a
sus discursos, es gente permeada por ideas tecnocráticas, propias
también de la época militar, en la cual los ideales de
eficacia y los criterios no políticos en la gestión de
los asuntos públicos estaban a la orden del día, y que
una década después se acoplarían fácilmente
a las exigencias de la globalización. Esta generación
está a punto de articularse transversalmente en una nueva corporación
política.
A pesar de lo mucho que se ha escrito e investigado, lo que sabemos
sobre la vida cotidiana durante el proceso militar es misérrimo,
incluyendo a sus formas de legitimación, sus articulaciones políticas
o las relaciones que establecieron los grandes partidos con militares
y empresarios. El período que corre entre 1976 y 1982 es fecundo
para estudiar la emergencia de saberes y oficios de la especulación:
contadores, banqueros, economistas, financistas, expertos en evasión
de impuestos, en vaciamiento de empresas, en fusiones, en creación
de empresas off-shore, de empresas fantasmas. Además, es la época
en que comienza a fisurarse la relación entre mentalidad plebeya
y vehículo político, habilitándose de este modo
la extensión de las mafias que tomaban al Estado como vaca lechera
a ser ordeñada con fines privados. La mentalidad plebeya, mientras
estuvo conectada a canales políticos y a esperanzas colectivas,
ejercía un trabajo de acoso sobre los sectores privilegiados.
En cambio, una vez disueltas sus bases estructurantes y desorganizado
su referente político, el plebeyismo deviene "pícaro",
y lentamente las diversas articulaciones entre Estado, sindicatos, empresas,
sector financiero, la policía, los militares y los encargados
de vigilar las fronteras, conformaron encadenamientos mafiosos que tomaron
a las instituciones estatales como espacios de saqueo. Buena parte del
problema argentino reside en que el personal a cargo de los asuntos
públicos, incluyendo a la corporación política,
no cree en su misión ni dispone de ideales de servicio público,
y por eso mismo pueden secar o desguazar al Estado. La tendencia al
encanallecimiento no es sólo propiedad de las clases privilegiadas
sino también del personal jerárquico del Estado, cuyas
propias vidas cotidianas carecen de adherencia a las ideas que han formado
a lo público en la Argentina -la educación libre y gratuita,
la reforma universitaria, el ideal del médico sanitarista al
servicio de la salud colectiva, etc, etc, etc-, y esto desde hace mucho
tiempo. El plebeyismo pícaro alimentó lenta pero eficazmente
una red arterial del Estado, expandida hacia familiares, conocidos,
amigos y diversos beneficiarios y que, a la manera de las colonias coralinas,
conforma microemprendimientos mafiosos, que alguna vez pudieron responder
a partidos, líneas políticas internas o a "punteros"
barriales pero que hoy ya están independizados y se acoplan con
cualquier factor de poder por igual. Todo culmina en un Estado marchito.
La descomposición de la imaginación política plebeya
y de sus bases estructurales de sustento instaló en el espacio
público, a modo de secuela inconducente, a dos tendencias protagónicas:
el sentimentalismo populista, cuya última estribación
ha sido el breve interregno semanal de Adolfo Rodríguez Sáa;
y el ajustismo y eficientismo de índole economicista, sembrados
de emplastos de racionalismo socialdemócrata. Ambas escuelas
de acción, que confluyen ahora en el presidente Duhalde, amenazan
con transformar al país en una rata de laboratorio. La mercancía
argentina mejor producida y distribuida desde hace años es la
irresponsabilidad pública, y prueba de ello ha sido la elevación
al puesto de Canciller de Carlos Ruckauf, probable incitador de los
primeros saqueos a supermercados suburbanos el día previo a la
caída de Fernando de la Rúa. No está exenta de
compartir aquella mercancía la población en general, pues
una faceta del repudio a los políticos exigiría una reflexión
sobre la propia responsabilidad en el encumbramiento de estos mismos.
Sería una visita a la galería de espejos deformantes:
la moderada satisfacción general ante la asunción de Rodríguez
Sáa se constituyó en un índice de irrealidad. Por
cierto, el irrelevante caudillo de la Provincia de San Luis había
logrado meter las liebres más difíciles en su bolsa -incluyendo
a piqueteros y Madres de Plaza de Mayo- sin disparar un solo tiro ni
hacer el menor esfuerzo por correrlas: sencillamente las invitó
a su corral y las encandiló con retórica populista -la
panacea de los nostálgicos de épocas más exaltadas.
En esos siete días grotescos se manifestaron los deseos más
intensos de los argentinos. Pero no necesariamente tienen razón
quienes localizan la avería del sistema en la debilidad de las
instituciones democráticas ante gobernantes populistas o en el
"carácter irracional" del pueblo o en su mentalidad
anclada en la etapa del "bucolismo obrero y campesino" de
la época peronista. Ni el psicologismo conservador ni el republicanismo
abstracto ni el modernismo globalizador pueden sustituir la carencia
de acumulación plebeya de poder capaz de hacer frente a los grupos
privilegiados de un país, especialmente cuando las bases culturales
del proceso de transición a la democracia -tal cual se lo llamaba-
eran endebles.
Daño
e intimidad
¿Cuál
es la tasa de daño tolerable por una población? La pregunta
no admite una consideración sociológica, sino política.
Durante las presidencias de Menem y De la Rúa, la economía
y la política se transformaron en planos inclinados y oscilantes.
En el terreno de la economía, aumentaba indeteniblemente el desempleo
a la vez que crecía el frenesí del consumo, en especial
de bienes importados, entre amplias franjas de la clase media. En la
política, mientras buena parte de la población retiraba
sus energías del campo político y las desplazaba hacia
otras fuentes de interés, la expansiva inquietud moral se depositaba
en el emergente Frepaso. Para millones de personas, la economía
y la política se transformaron en zonas de arenas movedizas,
y a medida que se desplomaba la calidad de los servicios públicos
sanitarios y educativos, sólo la vida íntima parecía
ofrecer un proyecto de reparación del daño causado. La
tasa de daño aumentaba un grado más cada vez que la tierra
completaba su giro anual, y llegó el momento en que los distintos
quebrantos morales, económicos, políticos, subjetivos
y carnales devinieron en una gran cualidad. El evidente deterioro de
zonas enteras de la ciudad de Buenos Aires, antes gratas a la vista
y hoy apenas acantilados carcomidos, acompaña al deterioro físico
y moral que escarba las caras de los porteños. Pero la intimidad
resultó ser refugio tanto como ciudadela sitiada, justamente
porque encajó en sí misma toda la carga de responsabilidades
que no era posible canalizar a través de la justicia, la política,
la economía o la vocación. Eso mismo explica las formas
lingüísticas viscerales que asumió la protesta en
el mes de diciembre pasado: alaridos, gemidos, griterío, racimos
entrecortados de voces airadas. Al dolor argentino le llevará
mucho tiempo atravesar las cuerdas vocales con lenguajes autoreflexivos,
capaces de pensar el vínculo entre sufrimiento y política,
sólo expresable ahora bajo las formas del desánimo, el
delirio de fuga, el estupor político y el deterioro afectivo,
polos simétricos de la agitación improductiva, la exaltación
irresponsable y la codicia de los grupos que acumularon poder. Impulso
autodestructivo y desamor por la propia nación, tales son las
consecuencias del desplome de los ideales de porvenir.
Cada
daño individual se extendió como por un tendido de cables
subterráneos hacia los demás, y en el mes de diciembre
pasado su intensificación forzó la salida de la multitud
a las calles: la envergadura del perjuicio y la humillación se
hizo evidente en un solo instante. ¿Por qué tardó
tanto en asumir una modalidad política? En parte porque la población
había confiado en una última posibilidad representacional,
el Frepaso, y en parte porque la forja de una intimidad satisfactoria,
de índole amorosa, familiar o amistosa, o bien asociada al consumo
de bienes de diverso tipo, había condensado -y consumido- una
intensa energía colectiva. Agréguese a esta olla que se
cocinaba a fuego lento el consumo de antidepresivos y de libros de autoayuda.
Muchos se congratulan ahora de que la clase media al fin haya retirado
su apoyo a la casta política y tomado conciencia de la destrucción
general. Otros tantos desdeñan el nuevo tráfago y culpabilizan
a este mismo sector por haber concedido legitimidad a Menem, a Galtieri
durante la Guerra de Malvinas o a Perón en 1973. Pero estas tomas
de posición suelen estar desinformadas acerca de la verdadera
condición de la clase media argentina actual. Hace tiempo que
su unidad epifánica se disolvió, y tanto los sectores
beneficiados por las transformaciones de los años noventa como
los fragmentos desfavorecidos e incluso lumpenizados flotan ahora sobre
un universo que estalla una y otra vez. Solo restan cuarteamientos,
estratos fisurados que se interconectan unos con otros, a la manera
de las formaciones cristalográficas, y todo ocurre al interior
de una misma familia, de un mismo grupo de amigos, del mismo grupo laboral.
La experiencia del maltrato y de la salvación, del enriquecimiento
y la bancarrota, coexisten y se miden entre sí. Suponer a la
clase media un dato uniforme es una equivocación estratégica,
salvo que se la considere como mentalidad plebeya dominante en retirada.
A su vez, la experiencia del recambio generacional de la clase media
superpone la humillación al borramiento del horizonte: la entrada
intermitente al mercado de trabajo, los sueldos miserables, el trato
indigno, hace que la condición del joven no sea del todo desigual
a la de los sectores populares. También ellos son sudacas en
su propio país. Tampoco estos hijos de aquel sector arrogante
y culto han conocido el modelo del grupo familiar tribal, y abundan
las parejas inestables, las mujeres solas que son "cabeza de familia",
los padres separados incapaces de sostener económicamente a sus
hijos; condimentos que se precipitan sobre la actual experiencia política
de la clase media, y que explican las motivaciones diversas de aquellos
que se lanzaron a la calle en diciembre tanto como los distintos cursos
de acción que asumió la protesta: eran la momentánea
unidad harapienta de fibras de un tejido social entrecortado.
Las asambleas que emergieron durante este verano no son figuras fáciles
de analizar, pues no hay demasiados antecedentes locales de ese raro
sarpullido. Sin duda, existe la memoria de las asambleas sindicales
y las rutinas -bastante extendidas- de los centros de estudiantes. Pero
la inflorescencia asamblearia es efecto de siembras cercanas en el tiempo,
la emergencia final de una "sociedad invisible" que ya articulaba
grupos de afinidad variados, tales como los agrupamientos propios de
la escuela secundaria, las marchas contra la impunidad, los debilitados
pero resistentes organismos de derechos humanos, los grupos de ayuda
mutua, los grupos de apoyo psicológico, los grupos de estudio,
los talleres de todo tipo, los clubes de trueque, los rockeros y, al
fin, la amistad como cemento de contacto, que no sólo supone
un vínculo sentimental sino también funcionalidad asesorial,
psicológica, terapéutica, financiera y política.
La riada de la memoria de la autoorganización es subterránea
y concierne a todas las formas de filiación construidas durante
la última década, que no se condensan únicamente
en las figuras del "piquetero" o la del "cacerolero".
Es larga la lista de redes cuyo amarre a la representación política
clásica era inexistente. Ahora las asambleas languidecen, en
gran medida porque no hay fundamentos culturales en este país
que les permitan establecerse como principio de autogobierno. Su valor
reside en haber ofrecido una contención política tanto
como haber posibilitado un efímero bautismo de fuego para nuevas
generaciones. Es un espacio de aprendizaje político, salvo para
la izquierda, que sólo percibió en ellas una ocasión
de captura. Es esta autoexperiencia política la que inquietó
al gobierno y que fue impugnada por numerosos voceros del pensamiento
conservador local, cuyos temores son herencia y actualización
de otros anteriores, algunos tan antiguos como los provocados en su
momento por el malón indígena, la chusma rosista y la
montonera provincial, continuados con las imágenes del inmigrante
"sucio y feo" y de los activistas anarquistas y socialistas,
miedos renovados -aunque en forma localizada- por el bandolero popular
rural y la "polaquita" urbana, y más tarde aún,
con la aparición súbita del "aluvión zoológico"
de la época peronista, los "melenudos" y la mujer emancipada
de los años 60, el "subversivo" de la década
del 70, los drogadictos en los 80 y los travestis hace diez años.
Ese "afuera" incomprensible e incivilizado irrumpió
nuevamente a finales del año 2001.
Resta
el misterio de la creciente audibilidad de la voz femenina en política,
quizás un ingrediente importante para un futuro proceso de recomposición
de la esperanza colectiva. Al igual que en otras partes del mundo, la
política ha sido en Argentina un asunto masculino y, a medida
que su práctica se cerraba sobre un universo centrípeto,
las promesas de los políticos cruzaban el nivel menos cero de
credibilidad pública. Por el contrario, las voces femeninas,
en tanto y en cuanto se mantuvieran en una frontera entre lo
social y lo político, encontraban oídos cada vez más
atentos. La mayor parte de estas voces femeninas se lanzaron a la esfera
pública desde espacios no matrizados por la rutina partidaria.
En muchos casos, desde una intimidad dañada, o abandonada. La
retórica de estas mujeres difiere en gran medida de la de sus
contrapartes masculinas, fundamentalmente porque su lenguaje no es pomposo
ni burocrático, y más bien transmite una suerte de franqueza
que en estos tiempos es muy apreciada, es decir, en momentos de indecisión
colectiva sobre la calidad de las verdades que circulan en el ámbito
público. Tradicionalmente, las mujeres no intervenían
activamente en la política argentina, y su irrupción,
todavía incipiente, quizás sea causada por una mayor conciencia
asumida del daño que las desatenciones estatales han provocado
indirectamente en la vida íntima, pero también porque
la posición estructural, económica y afectiva de las mujeres
argentinas dio una vuelta de campana desde los años 60. Pero
quizás no se entienda la nueva experiencia femenina si se recurre
únicamente a teorías de género o a interpretaciones
psicoanalíticas: es la cuestión de la franqueza lingüística
en política lo que está en juego.
En
el matadero
Las
naciones no son eternas. Pueden ingresar en etapas donde prima su descomposición
moral, económica e incluso física, más aún
cuando ciertos poderes financieros y políticos internacionales
las eligen a modo de prototipo experimental de próximas subordinaciones
territoriales a un orden que aún no está ensamblado del
todo. A modo de prerequisito, el experimento exige la aceptación
voluntaria de la degradación. Los países sudamericanos
iniciaron su vida activa con una declaración de independencia,
pero el aprendizaje de la indignidad puede agravarse por medio de un
simple decreto de metamorfosis monetaria que permute su peso histórico
por un puñado de dólares, indispensables en el plazo fijo
pero contingentes en el largo plazo. En este mismo año, la autobiografía
de la Argentina iniciala un nuevo capítulo, y las voces colectivas
que orientan la escritura son vacilantes y escépticas, efecto
coral de sus ahora empobrecidas posibilidades existenciales. Por su
parte, sus dirigentes políticos -a los que cabría imaginar
como tenedores de ese libro- ya han dejado de hacer malabarismos
con la idea de nación, y se aprestan a ensayar el mutis, el travestimiento
o el empeñamiento del cadáver del estado nacional a la
doctrina económica de moda entre las burocracias de los organismos
internacionales.
Las
palabras que usan los hombres representativos de un país no pasan
indemnes por el inmenso cedazo que teje la conversación colectiva:
tanto pueden animar como damnificar a los pueblos que las absorben.
Hay palabras públicas que elevan y fortalecen las esperanzas
comunitarias y otras que ilusionan sin fundamentos y se vuelven, al
cabo, estériles e irresponsables. Una corporación política
despliega lenguajes, que pueden adquirir tonos vacuos o pomposos como
en el caso de De la Rúa, o estilos burocráticos como era
costumbre entre ministros y funcionarios, o estrategias demagógicas
e insinceras, tal cual sucedía con la mayoría de los diputados
y senadores. Palabras huecas, discursos de ocasión, rimbombancia
teatral, altisonancia de acto escolar, mentiras dichas con tono enfático,
en fin, cáscara vacía. Seguramente ese lenguaje tiene
escasas posibilidades de supervivencia pública, pues la población
reclama nuevas voces políticas, pero no debe descartarse que
la corporación política reconstruya sus juegos y posiciones,
metamorfoseándose y confluyendo con ambiciosos hombres de negocios
u otros outsiders del campo político, o bien aprovechándose
de la carencia argumentativa general, pues lo que ha circulado hasta
ahora en asambleas y en los emergentes partidos de oposición
es una mezcla de viejos retazos de discurso populista, parafernalia
del léxico trotzkista y voces vecinales fragmentadas por una
década de desastres y de fraudes lingüísticos.
Un
ejemplo de la insustancialidad de los hombres políticos argentinos
ha quedado expuesta en sus respuestas cuando han sido confrontados con
las treinta vidas perdidas el 19 y 20 de diciembre del 2001: rituales
"deslindamientos de responsabilidades" sumados a remisiones
a la obediencia debida. Nadie será responsabilizado por esos
muertos, pues los pactos de impunidad que la corporación política
ha sellado con sindicalistas, policías y jueces lo impiden. Pero
cuando la ley no se cumple por arriba nadie se siente llamado a cumplirla
por abajo, y ello se extiende a los ordenes impositivos y pedagógicos,
enraizando aún más la irresponsabilidad pública.
¿Por qué tantos se sorprenden entonces cuando borbotones
de violencia inesperada brotan en Argentina, como un géiser?
Las napas desde dónde se abrió camino la riada venían
trabajando subterráneamente. El viejo fantasma facúndico
recorrió las calles de Buenos Aires por dos días, y nadie
sabe cuando volverá a hacer su ronda nuevamente. El "retorno
de lo reprimido" fue resultado de enormes tensiones previas, algunas
muy antiguas, muchas otras producto de los traumas que dejó la
dictadura, otras de haberse promovido a partir de 1983 un constitucionalismo
de cartón piedra desasido de energías políticas,
otras de haberse malherido a la educación y la salud públicas,
muchas veces con la colaboración de personeros de intereses privados,
y aún otras del hechizo que las promesas, personalidad y logros
efímeros del Carlos Saúl Menem activaron en el notorio
porcentual electoral que lo acompañó en su gesta ruin
y destructiva. El inventario casi no registra beneficios, y la nueva
pobreza encuentra a la mayoría incapaz de imaginar un acto de
contrición colectivo. A la vez, un sacrificio general en pos
de un porvenir mejor solo puede tener sentido si la compensación,
material o simbólica, es creíble. Por el momento, la sola
idea de aceptar nuevos años de dureza sin el contrapeso de la
oxigenación política, jurídica, intelectual, empresarial
y periodística supone para los argentinos poco menos que una
intolerable conmoción espiritual.
Argentina
no es ya la vaca gorda de antaño que pastaba en horizontes inacabables.
Sus actuales marchas y contramarchas se parecen a las de un Minotauro
agitado que transita desconcertado por su propio laberinto, en el mismo
momento en que propios y ajenos repudian su extraña fisonomía.
Cortado el chorro anual de bienes obsolescentes, invertida la dirección
de los fondos que llegaban de lejanos paraísos financieros e
incierto el túnel de cuya desembocadura podría manar una
claridad esperanzadora, ese Minotauro apenas puede subsistir devorándose
a sí mismo. La autofagia es sinónimo del presente argentino,
y salvo que una dosis de sabiduría y de esfuerzo colectivos detengan
el proceso, inevitablemente se obturará la posibilidad de una
renovación espiritual en la generación aún adolescente
y le será negada a la población un principio de justicia
económica y política. Y si los argentinos no fueran capaces
de apropiárselos por sí mismos, el destino del país
que hemos conocido sería una mayor y casi inimaginable agonía,
o bien el afincamiento de un tipo de subjetividad estupefacta, aturdida
y resignada. Argentina sería arreada más allá de
su voluntad, carneada por obtusos matarifes locales y extranjeros, sus
cueros alfombrarían las salas de directorio de remotos organismos
de crédito y fondos de inversión, y de sus huesos solo
se ocuparían los historiadores de la decadencia de las naciones.
Al final de todo, la efusión de fósforo óseo que
despide el esqueleto del ganado sucumbido en el campo suele aurolear
momentáneamente la noche pampeana. Se la conoce como "luz
mala" y perdura apenas por un instante. Luego, se restaura la oscuridad.
Christian
Ferrer, marzo 2002.