Hace
unas semanas, usted ha decidido cambiar el recorrido realizado
durante meses, casi un año, para ir a su trabajo (que queda lejos,
muy lejos, pero ¿por qué?), y ha comenzado a transitar,
levemente primero, con miedo, admítalo, la muy famosa Avenida
Gral. Paz. Famosa porque es muy larga, rodea a la Capital como un cinturón
de castidad y la separa del más allá, de la Provincia,
del cordón urbano que la sitia cada día y la amenaza,
la llena de miedos, dudas, incertidumbres: ¿podré hoy
llegar a mi destino?
Claro
que todo esto le ocurre al porteño medio, que vive acorralado
contra el río por la Pirámide de Mayo y que no conoce
la existencia de barrios como Versalles (que también es un Palacio,
sí, pero eso es otra cosa), o Villa Real. El porteño medio,
decía usted, género al que pertenece de forma tan mezquina,
tan estúpida, tan usted no sale de la Capital porque le agarra
un ataque de agorafobia, tan escritor romanticón del 20 que creía
que más allá del arroyo Maldonado estaba La Pampa. Usted,
admítalo, es una cobarde, y no salía a la Gral. Paz porque
le daba miedo perderse entre la barbarie. Lo dijo! Lo dijo!
En
fin, pero lo hizo. Y se sintió de dos formas tan diametralmente
opuestas que creyó que estaba asistiendo al nacimiento mismo
de una duplicación de personalidades: por un lado, usted feliz
porque tardó tan poco, que no puede creer que quince minutos
y de repente Villa Martelli; por otro, usted infeliz y estúpida,
que maldice las horas perdidas en el 114, cuando el 21 estaba a la mano,
ahí, tan manso, tan fluente, tan un cuarto del otro y millones
de años luz más rápido.
Y
ahora puede llamarse a sí misma una mujer afortunada. Usted sabe
que a nadie le importan estas cosas que escribe, pero lo hace igual,
porque se le canta. Se le canta, por ejemplo, decir que ahora el viaje
en el 21 es un paseo, un lujoso paseo privado, íntimo, que disfruta
como una nena. Pero explíquese, mujer. Usted se sube y descubre,
de repente, que la Gral. Paz es más que una avenida muy grande
y larga, que es, en realidad, y este es el verdadero secreto que el
Gobierno oculta con ajustes e inflación, una gran montaña
rusa deprimida, venida a menos, olvidada de su función primaria
y recostada como una gran pitón vieja y cansada, sobre las tierras
suburbanas. Es la anaconda argentina, y nadie se ha dado cuenta hasta
ahora. Pero para ser más precisas, es la colectora la que la
fascina, no sólo por su nombre, de señora amable que une
en sus brazos a todos los autos, camiones y colectivos desamparados,
perdidos, desorientados, no sólo por eso, sino porque sus formas
ondulantes y juguetonas la invitan a sentarse en el primer asiento del
colectivo, a olvidar sus buenos modales y permitir que ancianas y embarazadas
se bamboleen en el colectivo como en el Samba; las curvas la obligan,
casi, a apoderarse del asiento de copiloto y acompañar al colectivero
en la aventura de surcar pendientes que la lanzarán, minutos
más tarde, en una parada casi aérea, en frente a su trabajo.
La
víbora mansa, la pitón de asfalto, la anaconda gris, tangencial,
adormecida, la pasea por los límites absolutos de un par de barrios
porteños, que se truncan de repente, así, contra la serpiente
que les frena el paso, los cercena, le cambia el nombre a ese pedacito
de tierra sobre la que descansa.
Pero
el recorrido en sí es digno de ser mencionado. Apenas usted sube,
el paisaje es demasiado normal, muy urbano todavía, avenidas
se cruzan a su paso y no hay nada que merezca su mirada. Pasando Villa
Devoto, aparece Villa Pueyrredón, que usted como barrio en sí,
no conoce, pero que justifica sólo por la existencia de un túnel
maravilloso, de un verde furioso, ahora, quizás enfermizo en
invierno, que la atrapa y la hace sentir en una persecución alocada
de Bonnie & Clyde. Sí, los ladrones. Usted todavía
no sabe si los persigue o los lleva en su 21 privado, pero esa es la
atmósfera, la escena que se repite cada mañana cuando
usted, junto con su colectivero amigo, transita durante 7 minutos ese
bosque alineado al borde la colectora, al costado de una serie de edificios
que parecen armados con rastis amarillos, donde, de vez en cuando, usted
observa algún morador distraído, que se sabe afortunado
de tener un segundo cielo verde por el que pasearse a cualquier hora
y perderse en una película antigua, quizás una campiña
francesa, un carruaje marrón que se tambalea y una niña
tuberculosa que no asoma la cabeza por la ventanilla.
Después
del túnel, del paseo mágico por una zona que parece no
tener fin y que sólo está contaminada por carteles espantosamente
verdes que indican, de manera insistente, casi impertinente, hacia dónde
queda la Av. Constituyentes (¿pero a quién le interesan
los constituyentes, cuando el Gral. Paz nos recibe con los brazos abiertos?).
Decía, después del túnel, usted observa, siempre
a su derecha, claro, un triángulo importado directamente de División
Miami, en el que sólo falta Don Johnson paseándose en
mangas de camisa arremangadas, persiguiendo traficantes, que en esta
zona no faltarán, y muchachas en bikinis y patines, deslizándose
peligrosamente hacia la colectora. Claro que no hay nada de eso: sólo
un triángulo muy verde, con palmeras y señores cincuentones
que fatigan los caminitos asfaltados y aceleran sus pulsaciones al ritmo
de las noticias de Radio 10.
Y
finalmente, después del triángulo del footing,
llega el Parque Saavedra, que discurre rápidamente, dejándose
olvidar en unos segundos, preparando el cuerpo para el último
tramo del viaje, las volteretas alocadas, el sube y baja de hormigón,
la Indianápolis de los colectivos y las camionetas 4 x 4. Apenas
cruza la bendita Avenida de los Constituyentes, usted ya sabe que a
metros nomás comenzará la verdadera diversión.
Por eso corre a la puerta trasera, por eso se agarra fuerte de las barras
que custodian su descenso, por eso busca el timbre y apoya su dedo previsor,
porque sabe que de aquí a su destino hay solo un breve tramo,
uno pequeño, pero lleno de vueltas, subidas, bajadas, lomas,
depresiones, caídas libres, curvas traicioneras. Usted se aferra
y disfruta, siente las ondulaciones del recorrido que se expanden hacia
su cuerpo y le transmiten un temblor tímido, juguetón.
Nadie
la ve sonreír en el momento de ver la última loma acercarse,
la que la depositará, servicial, en la parada de Laprida. Nadie
nota su alegría al doblar la última curva, al anticiparse
a la última vuelta de su pequeña montaña rusa privada.
Nadie
la ve porque nadie entiende, en este mundito tan aburrido y monótono,
que los grandes también tenemos juguetes, que están ahí
para todo el mundo, sólo hay que saber usarlos.
Claro
que instrucciones no tienen.
©Usted