Aquel
día bajó del colectivo en el mismísimo
punto neurálgico de Puente Saavedra (que no es el propio puente,
sino la Avenida, la calle, la vereda agujereada, los obreros, ese pasto
verde, sorpresivo, repentino, los colectivos) y al caminar apenas unos
pasos por la vereda, al pasar despacio, dificultosamente por delante
de las vidrieras de las casas de ropa femenina, al hacer todo eso pensando
que llegaba tarde pero que llegaba al fin, en eso estaba cuando una
certeza la golpeó: hay olor a Navidad. Simple, nada más
que eso. Como cuando huele el perfume Paris y vuelve a las
Cataratas, como cuando, al sentir el aroma del comino, usted ve empanadas
de carne (pero las de su madre, no otras) por todas partes. Así,
de repente, usted lo supo: hay olor a Navidad. Está en el aire.
Y usted lo huele. Y entonces se empieza a sentir mal, como si se tratara
de un mal olor.
Pero
lo del olor fue sólo el comienzo, la excusa en la que usted se
ampararía para pensar en la Navidad y dejar de hacer cosas que,
seguramente, son mucho más importantes. Y usted pensó,
pero en realidad, sintió, percibió, experimentó,
una vez más, la vorágine de diciembre, el remolino en
el que cae cada año, la marea de actividades en la que se ve
envuelta y se envuelve cada vez que el año está por terminar.
Y se sintió mal de nuevo. Pero… ¿entonces no era
el olor? No, no, no. Está todo en su cabeza, doña, acéptelo
o crea en Papá Noel.
Y
es que cada diciembre es lo mismo: empieza despacio, pero con la certeza
de que las cosas se van a poner complicadas a medida que pasan los días.
Promediando el mes, comienzan los encuentros con amigos, las cenas,
las cervezas, las charlas que oscilan entre el conformismo aburrido,
el optimismo bonachón y los ridículos pronósticos
apocalípticos. Y así llegamos a la ansiada Nochebuena,
el comienzo, el puntapié inicial de una carrera que toda familia
argentina que se precie de tal ha corrido más de una vez en su
vida. Y exactamente una semana después (qué buen ojo que
tuvo el que armó todo esto, joder!), todo de vuelta. Las mismas
caras, otra comida, la misma urgencia, las doce de la noche, el quiebre
que marca el pase de año, el final, el comienzo. De nuevo. Otra
vez.
Pero
entonces, la excusa.
Porque
todo esto es una excusa para que usted demuestre, como quien no quiere
la cosa, que en realidad lo que más le interesa de todo esto
es el ritual. Y busca torpemente, y con un fracaso asegurado, la razón
por la cual todo se repite, año a año, sin cesar, hasta
el fin de los días. Y entonces abre un libro, el que está
leyendo en estos días, justamente, y descubre, estúpidamente
(porque debería haberse dado cuenta antes) que se trata de una
noche. De la última noche del año de algún año
en la que una familia que vive, presumiblemente, en la costa de Santa
Fé, un una isla perdida, se reúne para comer un cordero
asado y recibir el año nuevo. Y entonces se acuerda de otra novela,
del mismo autor, que a esta altura podríamos decir que es Saer,
y que se nota por las comas, de las que usted hace uso y abuso, y ya
podría abandonar un poco porque complican la lectura y lo dejan
a uno agitado, como cansado pero sin razón, al pedo, bah. Se
acuerda, decía, de El entenado. Y como que las ideas
van tomado forma. Y no importa que usted, el que lee, no sepa de lo
que estoy hablando, porque en realidad es siempre lo mismo, Saer le
deja la misma sensación que le dejan las fiestas: hay algo que
no cierra. Pero no es que sus novelas sean malas, o aburridas, o que
no valgan la pena ser leídas. Es lo mismo que con las fiestas:
son inofensivas. Y el problema aquí es la repetición.
Ya se lo dijo usted a un gran amigo hace tiempo, pero seguro que alguien
lo dijo antes y mejor: lo que pasa con Saer, lo que me atrae y me repele
de Saer, es esa capacidad que tiene de contar la misma anécdota
durante 200 páginas, sin que pueda dejar de leer. Me seduce la
idea de pensar constantemente que me están engañando,
que sólo me están diciendo: mirá lo que hago, te
cuento lo mismo una y otra vez y no me canso, no me canso, ¿no
te canso?
Conclusión:
las fiestas son igual a Saer. O Saer es igual a las fiestas. O Saer
es las fiestas hechas literatura. O las fiestas son un Saer de cuatro
días en los que nos empachamos de comida. Y de palabras.
Entonces,
el olor a Navidad se mezcla con el olor a asado del cordero que Wenceslao
ha sacrificado en el patio trasero del rancho de su hermano, y con el
olor a asado humano que los indígenas asan frente a los ojos
del entenado, que devoran para su espectáculo, que asimilan para
seguir siendo. Ceremonias, no más que eso, rituales, eventos,
pequeños actos que se repiten una y otra vez, en los que los
hombres nos definimos, nos delineamos, somos, nos hacemos, nos confirmamos.
Estas
fiestas, para no variar, usted se reunirá con su familia cada
una de las dos noches, cada uno de los dos mediodías y comerá,
beberá, charlará, reirá, discutirá, dormitará
en alguna silla incómoda, verá cómo sus parientes
pelean por ver quién tiene la hora más acertada en su
reloj, verá a sus sobrinos abrir regalos y sonreír, lavará
los platos tambaleando, de la borrachera y el dolor de panza, verá
cómo los vecinos lanzan fuegos artificiales y se romperá
la cabeza intentando encender una estrellita, se quemará los
dedos, por supuesto, disfrutará el momento en que la sidra helada
refresca su esófago y prepara el paladar para recibir los turrones
y las garrapiñadas, y se sentirá aliviada, cuando al volver
a su casa, pueda verificar, efectivamente, que todo ha terminado, hasta
el año que viene.
Usted
(le desea a usted muy Feliz Navidad y un próspero Año
Nuevo)