Se
puede decir una mentira, pero no se puede hacer una mentira.
Juan D. Perón
¡Lloren,
chicas, lloren!
En
medio del calor idiotizante de Buenos Aires, rodeada de velas blancas
que reclaman que se sequen de una vez y para siempre todas las vaginas,
y baladas de amor, locura y muerte que sueñan con dispositivos
de vigilancia y control —a la usanza de los viejos buenos tiempos—
que garanticen el orden y seguridad de un mundo feliz, ahí, justo
ahí, lo imprevisible de un intercambio de mails me devolvió
la alegría y humedad que brota de ese punto nodal donde el vacío
pone todas las fuerzas opuestas en tensión.
Me
explico. Hace tiempo que estaba caliente por leer la última novela
de Fogwill, Urbana. La novela la publicó Mondadori hace
ya unos años en España y nunca llego acá. Imagino
que por razones razonables, es decir, por variables de estricta lógica
de mercado, que es la lógica que le permite a los canallas hacer
guerras, hundir países enteros en la miseria, o hacer del objeto
libro una cosa más entre la infinita oferta de cosas, que otras
cosas —que algunos llaman hombre, o sujeto, o gente, o consumidor,
o lo que sea— pueden usar y tirar, con la misma instantánea
rapidez con la que se compra una latita de Coca Cola, se la toma y se
la tira en la calle.
Es
por esto que, harta de querer y no poder leer la novela de Fogwill,
venía jodiendo hacía meses a mis amigas con la cantinela:
mañana voy a ver si le mando un mail a Fogwill para pedirle si
me puede mandar Urbana. Y un día me senté frente
a la computadora y le mande un mail. Para mi sorpresa me respondió
al toque y como no podía ser de otra forma, Fogwill complació,
una vez más, todos mis deseos.
A
continuación reproduzco el intercambio de mails:
Fecha:
Mon, 24 Jan 2005 20:25:50 -0300 (ART)
De: "elsa kalish" <elsakalish@yahoo.com.ar>
A: fogwill@uolsinectis.com.ar
Hola
Quique:
> me llamo Elsa, estudio letras, y colaboro en una revista mensual
de literatura, www.elinterpretador.com, donde tengo una columna que
se llama Las chicas de Letras se masturban así. En el número
de febrero te vuelo la cabeza de dos tiros. Espero que no lo tomes a
la tremenda como otras chicas de letras que leen lo que escribo y se
indignan.
> ¿sabías que en letras hay pelotudas que piensan que
vos sos
antisemita y leen tu literatura como una continuación de Hugo
Wats? Claro que esas son las mismas que suspiran cuando se cruzan con
Martín Kohan por algun pasillo de letras.
> Bueno no la quiero hacer larga. Creo que vos escribiste una de
las
tres mejores novelas de los 80 y sin duda alguna, la mejor de los 90,
Vivir afuera -claro que mi opinion no es canónica en letras,
ahí están
convencidos que la novela es Las islas de Gamerro, que no está
mal, pero al lado de la tuya queda pagando.
> En realidad este mail te lo mando para pedirte algo. tu última
novela, Urbana, parece que los gallegos del orto no la piensan mandar
nunca, y encargarla allá cuesta una fortuna, y acá viene
el mangazo, ya que la novela vos la cobraste y acá no llega,
no me la podrías mandar por mail. A mí en particular y
a unas cuantas de las chicas de la revista nos harías muy felices.
si no podes por cuestiones de contrato o simplemente no querés
por alguna otra razón todo bien.
> un besito, Fogwill, elsa.
De:
fogwill@uolsinectis.com.ar
A: "elsa kalish" <elsakalish@yahoo.com.ar>
Asunto: A mi ña chicas de letras que hacen revistas boludas me
chupan
Fecha: Mon, 24 Jan 2005 22:26:18 -0300 (GMT+3)
a mí los contratos, a semejanza de las chicas de letras que hacen
revistas boludas, me chupan un huevo. pero si valen la pena, preferiría
que me chupasen la arrugadita pija.
Y
más si tienen ojos lindos
y son judías antisemitas
y putitas
Tu
revista me parece una mierda, como todo lo que se hace en Puan desde
que no está más la fábrica inglesa de Jockey Club
y Commander. Pero igual te mando la Urbana, ZZZZipiada y con errátiocas
herratas.
Gamerro
no existe. Creo que es un seudónimo de Brizuela
De:
fogwill@uolsinectis.com.ar
A: "elsa kalish" <elsakalish@yahoo.com.ar>
Asunto: kalish
CC: fogwill@fogwill.com.ar
Fecha: Tue, 25 Jan 2005 19:24:21 -0300 (GMT+3)
mandame
esos dos tiros a la nuca.
Ahora,
mi idea era simplemente conseguir la novela para leerla mis amigas y
yo. Pero cuando abrí mi casilla de mail y me encontré
con la novela, me puse loca. Corrí a un teléfono y lo
llamé totalmente histérica al divino de Juan Diego, y
le dije: loco, tenemos una bomba para la revista, tengo adentro de un
comprimido adjunto, titulado “Sarlitas Putitas”, el archivo
word con la última novela de Fogwill, entera, ¿qué
hacemos?
Estuvimos
discutiendo largo y tendido, y decidimos que era canalla guardarnos
la novela para leerla nosotras solas.
Claro
que estaba el tema de los “derechos” del libro.
Fogwill
en el mail era claro, los contratos le chupan un huevo, y aparte, la
novela ya la había vendido, cobrado y reventado la guita. Además,
le hacíamos circular una novela que a la editorial le importa
nada que se lea en Argentina –o en cualquier otro país
del tercer mundo donde no es rentable publicar cierta literatura.
Pero
estaba también el tema de los “derechos para todo el mundo”
de la novela que “compró” Mondadori. ¿Qué
hacer frente a esto? Si respetábamos los derechos de Mondadori
violábamos los nuestros —los de la revista y sus lectores—
y viceversa. ¿Qué hacer?, nos preguntábamos, como
el camarada Lenin. Entonces, ahí, recordamos las palabras, una
y mil veces repetidas, de nuestro maestro David Viñas: si los
libros no se pueden comprar hay que robarlos, los libros son de quien
los quiere leer y no de quien lucra con ellos. Y me acuerdo que después,
David, nos dio cátedra de cómo hacer en una librería
para robar libros —los de él inclusive, claro.
Así
es que decidimos publicar la novela íntegramente y al que no
le guste, como dicen los españoles, que vayan a tomar por culo.
No
quiero ni tengo ganas de explicar quién es Fogwill o qué
lugar ocupa dentro del sistema literario argentino. Pero sí quiero
anotar algunas observaciones personales.
Fogwill
es junto a Laiseca, Fontanarrosa, Leónidas Lamborghini, uno de
cada diez libros de Aira, Rivera, Saer, Asís, y tres o cuatro
más, la literatura argentina actual.
Fogwill
es el único escritor que ha logrado que me tuviera que hacer
tres pajas en una sola noche leyendo alguna de sus páginas de
La experiencia sensible, y otras tantas pajas más leyendo
Vivir afuera o el cuento “Luz mala”.
Fogwill,
como David Viñas, es para mí el chongo de las letras.
Claro que entre Quique y David hay diferencias, de estilo, del decir,
del hacer, pero no en cuanto a la incomodidad que genera el lugar que
eligieron ocupar, y mucho menos, en cuanto a esa sensación indeleble
y penetrante, que no encuentro otro forma de describir que diciendo
que ambos sudan olor a hombre. O para decirlo sin eufemismos, sus presencias
sudan un exquisito olor a pija.
Alguna,
asombrada, me podría retrucar, ¿y Alan Pauls?
Sí,
claro, Alan es un bombón. El más lindo. Pero cuando una
lo ve a Alan piensa, qué lindo, cómo me gustaría
chuparlo todo, como si fuera un chupetín, despacito, despacito,
despacito, hasta que no quede nada.
En
cambio, con David o Quique, una piensa, si éste me agarra me
la deja como una cacerola.
Como
quien diría, es cuestión de matices, viste.
En
fin, para ir terminando quisiera decir unas pocas palabras más,
a vos, amor de mis amores, Quiquito. El texto donde a vos te matan de
dos tiros en la nuca y a Zizek lo mazorqueamos las chicas de Letras,
si lo querés leer vas a tener que esperar a que salga en el número
de marzo de el interpretador. Y en cuanto a hacer público
nuestros mails, publicar tu novela sin pedirte permiso, creo que más
allá de que te enojes o no en un principio, te encanta. Te encanta
esta conchudez que hice, porque es propia de chicas conchudas, jodidas,
malas, perversas, histéricas, reventadas, en fin, como las únicas
chicas que vale la pena conocer.
Espero
que la novela les guste a nuestros lectores, y que puedan entender el
gesto de publicarla como lo que es, un acto de amor interesado. Y a
vos, Quique, gracias... totales, y muchos besitos, ahí, justo
ahí, donde a vos más te gusta.
Elsa
Kalish
elsakalish@yahoo.com.ar
*************************************************************
(*)Las
personas o instituciones citadas en este texto, como lo que se opina
sobre ellas, debe ser entendido en el contexto de una operación
masturbatoria propia de una chica de Letras. Buscar en esta operación
–palabra que, como dice Jorge Panesi, no hay chica de Letras y
aledaños que no le guste hacer proliferar– agravios gratuitos
sería un despropósito, ya que lo único a lo que
se aspira al efectuarla es a encontrar el placer –¿o el
goce?– de hablar mal del prójimo para acabar en
el texto y sus voces.
*************************************************************
Rodolfo
Enrique Fogwill
Urbana
Claro
que es redundante llamar urbana a una novela. Hoy toda novela es urbana:
la ciudad, que es su agente, compone a la vez el fondo de todo lo que
sucede. Más cuando ni se nombra y más aún cuando
el relato figura una escenografía sin ciudades ni casas ni más
vida colectiva que la que pueda hallarse en los recuerdos y en los diálogos
interiores del presunto personaje: al parecer, sólo puede escribirse
con las palabras de la ciudad. ¿Cuáles serán...?
No está al alcance de una novela determinarlo. Esta era una historia
de personajes sin cara y terminó como un relato de personajes
sin caras ni nombres. Idealmente debía eludir cualquier acontecimiento,
pero en tal caso nadie la habría editado y no habría encontrado
un lector. Rimando, puede afirmarse que los lectores acuden a la novela
sedientos de acontecimientos. Algo ha de estar indicando esto: quizás
haya tanta demanda de que en un texto sucedan cosas porque se descuenta
que nada sucederá entre el texto y su lector. Pero los editores
dominan el arte de administrar la medida justa que puede definirse como
la presencia de un máximo de acontecimientos en el texto y ninguno
por efectos de la lectura. Con ello consiguen que el lector termine
de consumir manteniendo intactas sus cualidades más preciadas:
su poder de compra y el hábito que lo llevará a pagar
por algún nuevo título de esa colección. Idealmente,
un día la industria terminará por librarse de los autores.
Mientras tanto, se insiste en narrar como si nada estuviese ocurriendo.
1
Alguien dijo que si hubiera un fondo secreto y común al alma
de todo periodista bastaría asomarse a él para dar con
un libro hecho de sueños.
Podrá
ser un proyecto en vías de composición, o una obra concluida
que empieza a descomponerse a causa de una corrección vacilante
y miedosa.
O
quizás ya fue multiplicada y en algún despacho se apilan
carpetones y fotocopias aguardando el desenlace de un concurso que arrancar
del anonimato al librito y a su abnegado compilador.
Sucede
a veces que uno muere y al inventariar sus pertenencias en busca de
esas cosas de las que se dice que "por ahora conviene no tirar",
aparece un objeto de tapas de cuero con el lomo sobrepujado en media
caña e impreso en relieve dorado que hasta por su emplazamiento
entre los mejores tomos de la biblioteca parece una edición especial
y es apenas el Eterno Ejemplar, único resultado de tantos sueños
que el muerto, en vida, fue desgranando en su tiempo libre, tal vez
anticipando ese momento revelador:
—¿Sabían
que P había escrito un libro...?
—Nooooo...!
¡No te lo puedo creeeeer...!
—Sí
creémelo! ¡Yo este mismo domingo voy a ponerme a leerlo...!
—Habría
que llamar a alguien que entienda un poco para ver si no conviene hacer
que lo publiquen. ¡A él le hubiera gustado tanto...! ¿Vamos
a mirarlo...?
—Sí...
Pero no se lo vayan a llevar, y por si alguien lo quiere hojear voy
a dejarlo siempre ahí: en mi mesita de noche, justo a la derecha
del velador, donde apunta justo la luz de la pantalla.
Y
allí, apenas a unos metros del salón donde yace el cuerpo
sin vida del autor, yace su Libro Acariciado. El también, a su
manera, velado por la luz mortecina de la bombilla del velador: cuarenta
vatios inútiles, velando y envejeciendo ese volumen de ciento
veinte páginas que jamás nadie irá a leer.
Y
el muerto, el desvelado acariciador de aquel sueño de consagración
encuadernado en cuero, no era periodista. Ni siquiera peronista era.
Era
perito agrario: un título profesional insignificante.
¿A
alguien le gustaría ser un perito agrícola? ¿Queda
en el mundo alguien que piense que una política educacional que
destina recursos del Estado a la formación de este tipo de técnicos
merece reconocimiento...? Si queda, que se lo reconozca al primer gobierno
del General Perón que fundó las llamadas universidades
agrarias donde extendían ese título profesional. O que
se lo agradezca a Dios, tal como hiciera durante años el finado,
que tuvo la fortuna de graduarse en 1955 en vísperas del alzamiento
del general Lonardi.
Porque
este segundo militar —undécimo de la serie de veintiséis
generales que presidieron la República— a poco de ocupar
el poder se ocupó de erradicar esas universidades chotas que
había diseminado el colega que lo precedió en el cargo
presidencial.
"Diseminado"
es una palabra chota. En cambio "choto" y "chota"
son adjetivos de una eficacia comparable a la de las figuras más
felices de la lengua coloquial del país.
En
verdad eran chotas esas universidades que el peronismo diseminó
por las circunscripciones donde sus partidarios no alcanzaban a completar
la media electoral de su partido.
En
la provincias, en las zonas donde el partido justicialista que respondía
a Perón no conseguía la meta de dos tercios del padrón
que el megalómano militar perseguía para humillar a sus
opositores, la marca Ford integraba casi la mitad del parque rodante.
La otra mitad se componía de unidades de la marca Chevrolet y
poquísimos despistados aparecían al volante de Pontiacs,
Buicks, o de algún De Soto de enormes paragolpes cromados desafiando
la mugre de los caminos de la época.
Las
universidades agrarias, que a punto de concretar su plan de igualitaria
distribución de ingresos diseminó el primer gobierno peronista
con la finalidad de provocar una distribución masiva de títulos
académicos, eludían los cromados y en verdad eran arquitectónicamente
chotas.
Sus
edificios, largos prismas con paredes de ladrillo hueco, pura humedad
y frío en su interior, estaban techados con placas de madera
aglomerada que se fijaban con clavos a las mismas viguetas de pino del
tejado ornamental.
Por
eso bastaba una llovizna para que los techos, curvándose por
la humedad, desplazaran tejas y resquebrajaran cielorrasos abriendo
vías de agua impredecibles. Ora aquí, ora allá,
en las horas de clase de los días de lluvia, profesores y alumnos
iban por las aulas tratando de eludir esas goteras migratorias que siempre
aparecían en el lugar menos esperado.
No
sólo arquitectónicamente: también eran pedagógicamente
chotas esas instituciones de capacitación rural. Quizás
al fundarlas, sin perder de vista su meta electoral, el peronismo debió
asignarles alguna función como campo de ensayos donde poner a
prueba la tolerancia de docentes y alumnos a las rutinas sin sentido
constantemente interrumpidas por calamidades que hasta el más
inepto de los chacareros sería capaz de prevenir.
Profesionales
temerosos de la competencia y la supremacía del más fuerte
que señoreaba también bajo el capitalismo beneficente
de aquellos años, elegían la docencia creyendo que el
ejercicio de la cátedra y un pequeño salario fijo los
pondría a reparo de los azares de una sociedad inestable. Pobre
gente: no una tormenta, sino una ínfima llovizna bastaba para
ridiculizar sus clases magistrales dictadas con el paraguas abierto
sobre el escritorio.
Y
ellos, con sus zapatos y bocamangas estucados de barro, posaban escrutando
techos y paredes con una parte de la mente ocupada en el tema de clase
y otra intentando adivinar dónde aparecería la gotera
de esa tarde.
Así,
en los crudos inviernos de provincia, siempre terminaban con sus trajes
domingueros arrugados por la lluvia, llevando bajo el brazo sus manuales
de trigonometría esférica y genética ovina convertidos
en esponjas de papel y mirando con resignación a los alumnos
que se desplazaban por el aula en busca de un reparo de los azares de
la naturaleza y de la imprevisión.
Eran
muchachos de clase media, hijos de funcionarios, profesionales y chacareros
afortunados de la pampa húmeda.
Pero
mejor no referir la expresión "húmeda" en presencia
de quien haya cursado estudios en esas universidades chotas, para no
devolver a su memoria la imagen penosa —chota— de los anocheceres
de invierno mal alumbrados a causa de las falencias de la red energética
del país, que las usinas locales nunca terminaban de suplir con
dínamos asistidos por calderas de vapor y motores diesel conseguidos
en los desguaces de la antigua flota de mar.
¿Quién
busca la piedad? Nada de esto inspirará piedad a los hombres
del siglo veintiuno. Tampoco en ella se inspiraron los generales de
1955, gente dispuesta a todo salvo a distraerse en consideraciones estéticas
y pedagógicas en el momento de tomar decisiones.
A
los seguidores de los generales Lonardi y Aramburu les bastó
aplicar sobre esas excrecencias de la precariedad la misma política
de tierra arrasada que se trazaron para todas las instituciones fruto
de la manía distribucionista del general que los precedió.
Algún
exagerado se dio a quemar bibliotecas y a desmontar cubículos
de madera aglomerada, que, pese a la humedad , también ardieron
sobre las brasas de vigas de pino y durmientes de quebracho cubriendo
con sus cenizas los escombros de unas paredes inestables, fáciles
de derrumbar.
Pero
la mayoría, sin quemar ni someterse al espectáculo penoso
—choto— de la miseria ardiendo, se limitó a transferir
la propiedad de las tierras que ocupaban esas chotas universidades a
las reparticiones municipales encargadas la recolección de residuos
urbanos.
No
por piedad, sino por ese principio castrense que entre los militares
predispone a una suerte de solidaridad hacia cualquier práctica
inútil que parasite la riqueza pública, burócratas
y docentes que habían buscado en la parodia académica
sustento y seguridad fueron indemnizados con seis sueldos, sus correspondientes
aguinaldos y vacaciones pagas, más una serie de plus reglamentados
para compensar las retenciones a las cuentas jubilatorias, sindicales,
sanitarias y turísticas, que por entonces mermaban los salarios.
Debía
haber otras fuentes de retención. En cuanto a los plus compensatorios,
nadie recuerda la nómina completa. Estaba el plus de ruralidad,
que se agregaba a los salarios de quienes debían desempeñarse
a más de cien kilómetros de la capital del país,
el de dedicación, que sólo cobraban quienes cumplían
un turno de cuatro horas o mayor, y el llamado plus acumulativo, que
se adjudicaba a quienes habían obtenido un incremento de más
del veinte por ciento de su sueldo neto como resultado de la suma de
los restantes plus.
En
ciertas zonas regía un plus especial. Lo llamaban "laudo
de servicios reconocidos" y sumaba el nueve por ciento al salario
bruto de los que hubiesen completado el servicio militar sin sanciones,
y a quienes cumplieran ocho horas mensuales de trabajos voluntarios
en los desfiles o en los servicios de asistencia social que organizaban
municipios, sindicatos y delegaciones del partido gobernante.
Esto
sucedía en una era pre-informática. Por entonces, liquidar
los salarios aplicando tantas normas y calculando tan diversos coeficientes
requería un adicional de mano de obra que el sistema educativo
no alcanzaba a capacitar pese a las grandes inversiones volcadas sobre
educación técnica y especializada.
Por
ello, no sólo en la pequeña empresa, sino también
en las industrias de gran escala y hasta en reparticiones estatales,
los administradores se resignaban a un cálculo global estimativo,
que, en esos buenos momentos de la economía, se sometía
al criterio consensual de reducir al mínimo las mermas salariales
y mantener los plus en un nivel cercano al de los máximos coeficientes
aplicables.
Parecerá
mentira y en estos casos es inútil decir que, sin embargo, es
verdad.
Pero
es verdad: días después, en la misma semana en que habían
velado el cuerpo, y en la misma casa donde apareció el coriáceo
volumen cuya concreción desveló su tiempo libre, yace
el libro bajo la luz apergaminada de un velador y pasan horas sin que
manos humanas, y ni siquiera una yema de dedo de mano humana, se disponga
a hurgar entre sus páginas mecanografiadas.
Apenas
ínfimas patitas de insectos saltarines que convoca la luz recorren
sin cesar el lomo, la tapa, y el encimado mazo de hojas que lentamente
van amarilleando.
En
los lugares donde el engrudo, al secarse , estiró un borde del
papel, se produjeron pliegues entre las hojas formando un túnel
insignificante. Allí el texto, por lo menos en los primeros renglones
del margen interno de la sección del libro más afectada
por el encolado irregular, hace franco contacto con el aire y con la
poca luz del velador que llega a filtrarse, apergaminando aún
más el fondo blanco del papel.
Pero
ninguno de estos insectos se interesa por recorrerlo.
Son
de una especie poco proclive a explorar oquedades: parecería
que sólo les interesa la luz.
Ni
pican a la gente: apenas molestan al humano posándose y escarbando
poros en las zonas más sensibles de la piel.
Han
de alimentarse de algunas proteínas que el humano excreta y es
evidente que beben el sudor y se bañan en los vapores de la nuca
porque jamás se los ve libar en flores, ni horadar tallos u hojas
de plantas, o rondar la basura.
Dios,
que hizo a todos por igual, habrá tenido sus motivos para disponer
así a estos insectos a los que llaman "cotorritas"
y que tan fácilmente se pueden aplastar con la yema.
No
se sabe cuándo puede ocurrir, pero hay un día en el que,
sin proponérselo, cada uno se libra del hábito de aplastar
cotorritas con las yemas, pisar hormigas y cucarachas con las suelas
y reventar ratones atolondrados por el veneno con el taco alto de las
botas de montar. Son seres que no vale la pena combatir porque siempre
se las componen para mantener una población estable, cuya magnitud
sólo varía con la temperatura, la intensidad de la luz,
y el excedente de comida disponible.
Habría
que averiguar de qué se alimentaban las cotorritas antes su encuentro
con la especie humana iluminada por la electricidad. Los entomólogos
deben tener una explicación y alguno de ellos ha de haber evaluado
en el nexo entre la evolución de la población de estos
dípteros y el desarrollo de la economía humana desde el
arado a la electricidad.
Si
pocas amas de casa alguna vez han reparado un velador, menos será
n las que hayan reparado en lo que significa para sus vidas el acceso
a alumbrado eléctrico. Para la mayoría de estas contemporáneas
la luz eléctrica es algo tan natural como el aire, las bebidas
gaseosas y la política de urbanidad con que los hombres simulan
acatar la igualdad de los sexos.
Sólo
una minoría de reflexivas tendrá conciencia de que la
electricidad es una conquista reciente cuyas ventajas son del orden
de la higiene y la practicidad y el bimestre de crédito que conceden
los proveedores del fluido. Pero ni ellas ni los jefes de familia advierten
que el sentido económico de esta tecnología guarda una
íntima relación con ese plus de higiene y comodidad que
brinda la incandescencia regulada por un flujo constante de corriente
voltaica.
Entre
las ventajas económicas, se destaca que la lámpara de
arco, y más que ella, la bombilla de filamento, y aún
más los tubos y las ampollas de gases incandescentes, convierten
la energía en luz minimizando en ese trámite la emisión
de calor.
Esto
que parece una ventaja para los hogares, facilita la proliferación
de las verdes y sumisas cotorritas que pululan sobre las mesas de noche
de las casas. Su hacinamiento y proliferación serían impensables
en una humanidad alumbrada por la combustión directa: allí
terminarían ahogadas por el humo o carbonizadas por la llama,
mucho antes de entregarse al juego aplastante de la yema de un dedo,
o de morir naturalmente por un ocasional descenso de la temperatura
veraniega.
La
electricidad es amiga de la gente doméstica y de las poblaciones
de dípteros. En cambio, la brusca virazón del viento hacia
el cuadrante sur, que para el habitante de la ciudad parece una bendición
del cielo, es para la cotorrita un enemigo más pernicioso que
el DDT —al que los insectos se adaptan en el curso de unas pocas
generaciones— y más dañino que el hábito
de amasarlas entre el pulgar y el índice como si fuesen bolillitas
de moco.
Estas
cosas jamás conseguirán mermar las poblaciones que saltan
y proliferan bajo la lámpara. Si la agresión humana tuviese
algún efecto sobre la población de dípteros, difícilmente
produzca un cambio, siquiera infinitesimal, en el equilibrio ecológico
entre ambas especies.
Según
la creencia popular —y a la vista de la banalidad de la prensa,
no es imprudente atenerse a las creencias del pueblo—, Dios hizo
a los humanos tal como a las fotófilas cotorritas veraniegas,
y ellas y el hombre, en cierta forma de equivalencia, conviven verano
tras verano.
No
puede saberse si a semejanza del lector humano que necesita su energía
térmica luminosa para descifrar los signos de la tosca narrativa
dominical, ellas buscan la luz por el calor y para mimetizar la fotosíntesis
que su costra quitinosa tan verde sugiere, o, si al revés, terminan
tan cerca de la luz porque necesitan una proximidad humana para saciar
su hambre de proteínas y su sed de solución acuosa de
sodio y calcio, que repondrá los iones indispensables para alistarse
a un nuevo salto.
—Tac..!
Saltó
otra cotorrita agregándose a esa mayoría de insectos que
nunca nadie aplastará: otro objeto perdido entre los hilos del
relato que se libra a su propio curso con la esperanza de volver a recogerlo
en un haz y destejerlo recuperando fibra a fibra la trama que volverá
a torcer y a retejer hasta tensar la cuerda narrativa, los hilos del
relato, el curso de las tramas curvándose bajo el peso de su
mero transcurrir, lo atribuible, la red de las metáforas, el
encordado de la prosa, la tensión del clavijero sintáctico,
la resonancia de la caja hueca de las ideas, la estupidez con todo lo
que su armonía infinita puede llegar a contener, y la afinación
del instrumento narrativo, y el breve texto, y los textículos
y la chotez de los textos de prensa.
Hasta
aquí la metáfora "choto" se ha aplicado una
docena de veces. En ciertos casos es útil clasificar: se ha usado
seis veces en su versión másculina, otras tantas en género
femenino, y una más, en este párrafo, en un género
virtualmente neutro, que acude a la grafía "choto"
no para aludir a un objeto, ni para metaforizar una sensación
difícil de exponer en un texto de divulgación o en un
relato, sino para referir la expresión "choto".
Eso
comentaba un filólogo de la Universidad de Córdoba hacia
el fin de un almuerzo, en mayo de 1996. El hombre había prescindido
del postre. En cambio, sus dos acompañantes pidieron sendas porciones
de un exquisito postre que era especialidad del local.
—Miren..!
—Dijo— Acaban de servirles pequeños penes a la pequeña
vagina...
Justamente,
el mozo depositaba sobre la mesa dos platos de membrillos a la vainilla.
Hubo
elogios al postre y antes de que sirvieran el café tuvo lugar
a una charla sobre el recurso metafórico al órgano copulador
en el habla coloquial.
El
muerto, el finado perito, tenía una verdadera pasión por
estas cosas. No era periodista, pero como se consideraba un intelectual,
cultivaba la amistad de la gente de prensa y siempre aparecía
por un bar donde el personal de redacción de los medios suele
congregarse.
La
mayoría de los parroquianos lo nombraba con su apodo, para diferenciarlo
de autores conocidos y de sus compañeros de redacción,
a quienes, por razones institucionales, solían refererirse con
el apellido, suprimiendo nombre y sobrenombre.
Pero
igual: si hubiera publicado su librito, algún habitué
de ese tugurio le habría dedicado una columna del suplemento,
con todos los elogios de práctica.
Entre
los elogios que se escucharon en el velorio, un profesor de lenguas
contó que el muerto atesoraba en la memoria gran cantidad de
curiosidades sobre el habla corriente y manifestó su esperanza
de que, en alguna parte, las hubiese copiado y compilado.
Infelizmente,
la etapa más activa de su vida había transcurrido en una
era preinformática. De lo contrario, habría entradas en
los archivos de sus unidades de memoria y sería fácil
reconstruir ese hipotético tesoro que ahora estaba deleteándose
en el fondo de los rígidos discos neuronales de su cabeza muerta.
Fue
una de las nueras del muerto la que sugirió la posibilidad de
que tal vez hubiera algo en el libro que había escrito.
—¿Escrito..?
¿Cómo...? ¿Tenía libros escritos y nunca
en la vida lo comentó...? —Se asombraba un viejo de la
inmobiliaria que todos los años lo acompañaba a la Feria
del Libro de Buenos Aires.
—Sí
—dijo una amiga de la nuera—, ya encontramos uno... Está
en la pieza que era el dormitorio de los chicos...
Pero
en el libro no había compilaciones. Por la calidad de las tapas
de cuero y el prolijo guillotinado del papel, cualquiera habría
esperado una obra impresa, con portada, datos editoriales, prólogo
y colofón. No había nada de eso. El papel, de buena calidad,
estaba mecanografiado en tipos desparejos y en algunos párrafos
las letras en tinta negra tenían un halo rojizo, probando que
fue copiado con una cinta obsoleta, o con una máquina cuyas palancas
y engranajes ya estaban fuera de registro.
Registrándolo
a medianoche, los dos de la cooperativa de crédito, —gente
culta, uno de ellos era universitario— coincidieron en afirmar
que se trataba de una especie de novela que merecía una lectura
cuidadosa. Comenzaba con el relato de alguien que quería escribir
en verano, pero vivía atormentado por los insectos que, antes
de la tormenta, formaban una nube alrededor de su lámpara de
lectura y le recordaban escenas de tormentos aplicados sobre pequeños
animales en los galpones de una academia rural que capacitaba a asistentes
de veterinaria.
Que
había algo perverso, dijeron como elogiando el texto, pero la
nuera debió tomarlo como una falta de respeto al muerto, y, airada,
les reclamó el libro para devolverlo a su lugar, en el dormitorio.
La
últimas páginas amarilleaban en degradé, desde
abajo hacia arriba y de derecha a izquierda, como si desde el ángulo
superior del libro hubieran derramado un café aguachento.
Pero
era una huella de la despareja oxidación del papel que en algunos
lugares debió estar más expuesto al oxígeno del
aire y a la luz y el calor que aceleran sus efectos sobre las fibras
de celulosa.
Lo
mismo ocurre con los textos sobre el papel, algunos más expuestos
que otros a la lectura, oscurecen más, o se aclaran hasta terminar
casi borrados de las páginas y de la memoria.
El
arte del encuadernador, y, ahora que todo se hace mecánicamente,
el arte del encuadernador amateur, debe velar para que cada pliego del
papel de la edición quede expuesto a niveles idénticos
de radiación térmica y luminosa.
Se
trata de un ideal tan inalcanzable como el de la escritura, que a veces
se empeña por obtener un máximo de exposición y
otras busca preservarse de los agentes naturales del desgaste. Son los
extremos que se corresponden con fuerzas antagónicas que, desde
cada punta, tironean del hilo literario.
—Toiiinnnnng..!
La
cuerda se tensa y vibra todo a lo largo, pero sólo hay un punto,
extremo del movimiento ondulatorio, que determina la tonalidad del sentido
deseado. Es imposible anticipar dónde estará emplazado
y lo más probable es que quien escribe nunca acierte a ubicarlo.
Lo
más frecuente es que el autor se desplace a tientas, cegado por
una luz que quizá sólo sea visible para él. Un
velador distante: una presencia humana al fin. Y ahí va él
a libar o a quemarse.
Tendría
que haber una armonía entre los extremos. La nota justa en la
palabra justa que aparezca justo en el momento imaginado.
Como
no hay reglas, el arte del escritor vela por la mejor distribución
de esa justicia de las palabras. Idealmente, lograr que cada una de
las palabras cargue algún resultado del vibrar unísono
del todo: la armonía inconcebible, inaccesible.
La
escuela de Chicago, y tras ella todas las doctrinas económicas
predominantes, sostiene que en un mundo globalizado no es posible reeditar
experiencias como la del primer gobierno de Perón, en cuyo transcurso
casi la mitad de los recursos económicos se destinaba al bienestar
de quienes no producían.
Pero
todo es posible. Especialmente si no se descarta que, tras años
de habituación, los profesores hayan terminado por resignarse
al automatismo de usar la palabra "posible" como sinónimo
de "deseable", o en reemplazo de lo que sienten como "debido".
Nadie,
ni el menos cuestionable premio Nobel de Economía, puede librarse
de los automatismos del lenguaje. Su accionar es condición necesaria
para la existencia misma del lenguaje, sin el cual, no está demás
decirlo, no existirían en este mundo la economía, la justicia
ni los profesores de Chicago y de Harvard.
No
existirían en este mundo: no está demás decir que
decir "no está demás decir" equivale a afirmar
lo contrario. Está demás decir que lo que no existe no
existiría: son típicas frases de velorio.
Un
obituario diría que el muerto consagró su vida a la bondad,
a la familia y a las letras. La prensa exagera: "consagrar"
promete mucho más que lo que una vida vivida en las condiciones
de su tiempo podría satisfacer.
Los
periodistas exageran y actúan como sabiendo que si no exagerasen
perderían su empleo. En general se exagera exageradamente: también
en esto las proporciones justas y la armonía resultante son ideales
inalcanzables.
Para
compensar tanto extremo, ha aparecido una promoción de periodistas
que exageran mesura, y escriben como si estuviesen convencidos de su
incertidumbre. Tal vez esto no sea simplemente una moda, y, si lo fuese,
se trataría de un nuevo género, pronto se conocerán
sus reglas y alguien las compilará para su empleo en las escuelas
de medios y periodismo.
Pero
el muerto no había consagrado su vida a las letras. Distribuía
su tiempo administrando un par de chacras de parientes, yendo a los
bares que convocan gente de periodismo y arte, comprando y vendiendo
prendas de automotores e hipotecas en la cooperativa y las escribanías
de los alrededores y saliendo con amigos. A veces iba al cine o al teatro.
Una vez por año visitaba la Feria del Libro.
Algunas
noches, desde la ventana de su cuarto salía el ta-ta-tá
del teclado de una Olivetti, pero cualquiera que lo oyese pensaría
que estaba redactando un apremio, o llenando un formulario de contratos
de venta o de alquiler.
Tarde,
recién de madrugada, cuando las nueras y los hombres de la cooperativa
de crédito se habían retirado del velorio, se reveló
algo más sobre su libro.
Tarde,
cerca de la una había aparecido el muchacho que tuvo a su cargo
la encuadernación de la obrita. Se disculpó: llegaba tarde
porque se había enterado demasiado tarde de la noticia de la
muerte del hombre. Era la última hora de la tarde y no pudo encontrar
a alguien que lo reemplazara en su trabajo.
Era
profesor de manualidades del colegio pero trabajaba hasta media noche
como supervisor de una estación de servicio. Le habían
encargado la encuadernación hacía dos años. La
tarea le llevó mucho más de lo previsto al presupuestar.
No
se le habría ocurrido hojear el libro si no hubiera sido por
un par de visitas que el finado hizo al galpón donde tenía
instalado su taller. De sus charlas le había quedado la impresión
de que el libro mencionaba a personas conocidas, por eso se puso a leerlo
salteando algunas partes que, -dijo- debían haber sido escritas
para gente de un nivel cultural más alto. Él no tenía
la costumbre de leer.
Pero
el libro no daba nombres y algunas cosas que decía de gente o
de casas no permitían formarse una idea respecto de a quiénes
o a qué barrios se refería. Al parecer, todo lo que contaba
había ocurrido en la Capital, en Buenos Aires, y de algo estaba
seguro: en lo que leyó, y en las partes que vio mientras guillotinaba
y cosía los pliegos del libro, salvo algunos presidentes de la
Argentina y militares del tiempo de las escarapelas, no aparecía
el nombre de ninguna persona.
No
sería mala idea hacer libros que relaten historias eludiendo
el nombre de unos personajes que el lector tarde o temprano olvidará.
De lograrlo se avanzaría sobre el público, predisponiéndolo
para la inminente desaparición de los autores. Se contará
eso más adelante.
2
Se
ha dicho que detrás de cada creativo de cine publicitario hay
un cineasta en potencia: otro que aguarda esa consagración para
la cual sólo le falta un productor con dinero, sensibilidad e
influencias sobre la red de intermediarios, agentes, exhibidores y pequeños
industriales que confluyen sobre el negocio del espectáculo en
procura de un medio de subsistencia menos penoso que el deber de trabajar.
A
veces ocurre que un director publicitario da su esperado salto: consigue
un productor y puede concentrarse en su largometraje apartándose
de la publicidad por diez o doce meses.
—Y
no más —dice uno— porque es bien sabido que en este
oficio dejás que pase un poco más de un año y todo
el mundo se olvida de vos...
Es
una opinión. En general, se supone que para conseguir el olvido
en el mercado de publicidad basta dejar que pasen cuarenta y ocho horas
de la cobranza de un servicio sin oblar las comisiones de práctica
a ese enjambre de funcionarios que, según su estilo, intervienen,
interceden o interfieren en el largo proceso que va desde la gestación
de una idea que parece apropiada para engañar al consumidor hasta
su materialización en forma de mensajes gráficos, sonoros
y visuales ajustados a los criterios indispensables para que el fabricante
pueda descansar en la creencia de que a él sí que no lo
han engañado.
Aunque
lo engañen.
Los
expertos en capacitación suelen reconocerlo: nadie cae en un
embuste con mayor facilidad que quien recurre a sus servicios buscando
nuevas técnicas para embaucar.
De
ser así se explicaría la proliferación de cursos,
seminarios y hasta de carreras universitarias destinadas a las supuestas
disciplinas del periodismo, la comunicación y la publicidad.
Cualquier
producto que se oferte en el rubro encuentra o genera su demanda: la
gente vive ansiosa por saltar al otro lado del mostrador de la pequeña
tienda social de los mensajes.
Y
no porque persigan un ideal de libertad sino tal vez por todo lo contrario:
corren persuadidos de que metiéndose en el negocio de la persuasión
se librarán de ulteriores persuasiones. Es la forma de abnegación
que cunde en una era sin mártires ni santos: no habría
manera más rápida y menos costosa de inmolarse frente
al altar del poder.
Afortunadamente,
queda una mayoría de personas resignadas a vivir sin andar emitiendo
mensajes por este mundo poluído de comunicación. Tal vez
baile en la disco, grite en la cancha, rompa una vidriera en el tumulto
o cante bajo la ducha, pero no anda diciendo por ahí que ha hecho
de esto un destino personal, ni aspira a pasar hacia el otro lado de
la pantalla de los mensajes.
No
diseña, no pinta, no escribe, no ejecuta instrumentos, no ensaya
teatro y aunque piense igual o mejor que el promedio, en sus grupos
de amigos y compañeros tiende a ser considerado una persona marginal,
justamente por mantenerse sobrio dentro de los márgenes de la
vida.
Es
el caso de otro personaje sin nombre. Él no escribe un librito
ni pinta cuadros. Jamás soñaría dirigir un film
ni arriesgaría dinero en la producción de un espectáculo.
Tipo
prudente, entre millares que medran interfiriendo e intercediendo en
cuanto negocio pueda depender de; varias partes en conflicto, siempre
se destacó por su moderación.
Donde
otros imaginaban un diez por ciento neto al alcance de sus manos y se
precipitarían al negocio como predadores de las llanuras subtropicales,
él se limitaba a ver apenas lo que solía llamar "una
puntita": un cinco, un diez o un quince por ciento disponible para
distribuir armónicamente entre todos los que el azar hubiera
puesto en las proximidades del botín. Esa era la clave de su
éxito.
—Si
hay algo de lo que estoy más que seguro es de ser el mecánico
dental más rico de este país —dijo unas de las pocas
veces en las que se lo escuchó hablar de lo suyo.
Y
no dijo "industrial", "financista" ni "empresario".
Era
una de sus tácticas para ganar voluntades. Nadie lo piensa, pero
todos saben que para ser el mecánico dental, el restaurador de
muebles o el poeta más rico de la ciudad, basta acertar con el
billete de una emisión corriente de la lotería: meta ínfima
para una sociedad en la que todos quieren ganar el primer premio literario,
o presidir el holding más exitoso de los tres o cuatro que protagonizan
el saqueo del semestre en curso.
Era,
efectivamente, mecánico dental, diplomado de una carrera universitaria
menor impuesta por su padre, y, aunque nunca ejerció su profesión,
solía referir con orgullo su título y las circunstancias
de su obtención.
Claro:
alguien capaz de cargar por toda su vida el estigma de un diploma menor
para obedecer el mandato de sus mayores, debe ser el primero a quien
conviene recurrir cuando se necesita gente leal y responsable, que sepa
cumplir la palabra empeñada.
En
el mundo de los negocios, un grado universitario, aunque proceda de
una carrera breve que por su facilidad atrae a sectores subalternos
de la clase media, siempre califica mejor que una identidad obtenida
por el escalafón de una carrera de empleado.
En
algunos ámbitos, se presentaba con el peso de la expresión
"mecánico" aludiendo a su capacidad para ordenar las
piezas y arreglar un conjunto de modo que funcione aún cuando
el ensamble parezca irreparable.
El
Karina Apart fue resutado de uno de esos arreglos que a cualquiera le
parecerían imposibles y que serían imposibles sin la intervención
de voluntades capaces de ensayar nuevos ensambles de partes cuando todo
indica que el resultado nunca funcionará como se espera.
Al
negocio lo había ideado un hombre de gobierno caído en
desgracia. Al iniciar la sociedad, los inversores daban por descontado
que sus influencias conseguirían exceptuar al terreno donde construirían
el edificio de las limitaciones de uso y de altura que protegían
el estilo señorial de esa zona de la ciudad.
Avanzado
el proyecto, con la tierra comprada a un valor más alto del previsto,
completados los planos y los costosos estudios de estructura y entregados
diversos anticipos a contratistas de obra, por un cambio de figuras
entre fracciones del partido de gobierno, el mentor del negocio perdió
su cargo, y en lugar de conciliar con sus reemplazantes la protección
de "su quintita", abandonó el cargo, y, como se suele
decir, siguió "girando poder en descubierto" cuando
todos sabían que era "un naipe descartado" al que no
valía la pena ni apostarle "una fichita de diez centavos",
lo que significó la interrupción de todo flujo de favores
y condenó al desgraciado al laberinto de pasillos y salas de
espera que en la jerga se refiere con la fórmula "hacer
banco".
"Hacer
banco" procede del fútbol: el banco de suplentes o de penalizados
es el lugar donde quienes no pueden jugar deben aguardar que su equipo
les conceda otra oportunidad de probar suerte con la pelota. "Poner
una fichita" procede de la jerga del juego: siempre se aconseja
al apostador distribuir su riesgo destinando parte del capital a números
o cartas que están siendo favorecidas. "Poder en descubierto"
procede de la jerga bancaria: como quien dispone de una libreta de cheques
puede simular que su cuenta tiene fondos prometiendo pagos que nunca
se harán efectivos, quien dispone de un cargo, o de una imagen
asociada al poder, puede girar un capital inexistente, con la ventaja
de que, a diferencia del sistema financiero, la contabilidad del poder
es vaga, suele pasar por alto los saldos de cuenta negativos y, hasta
a veces computa como un saldo de poder positivo cualquier evidencia
de que alguien se haya aventurado a sobregirar.
Tomando
riesgos, haciendo banco y distribuyendo con paciencia sus fichitas de
inversión y poder, el mecánico consiguió que el
Karina, esa torre de dicisiete pisos enclavada en un barrio palaciego,
fuera habilitado al cabo de dos años de la finalización
de la obra. Estaba ahí, rodeado de mansiones señoriales,
sedes diplomáticas y departamentos de lujo, como una excrecencia
kitsch o una avanzada del desvarío postmoderno sobre la adustez
de un pasado más sobrio e hipócrita, y, tal vez por ello,
más verdadero.
Como
en toda la ciudad, también en los alrededores del Karina hay
edificios de renta. Son construcciones que poco difieren de los apartamentos
de propiedad horizontal, donde cada familia es dueña del piso
que ocupa y de una proporción de los espacios comunes que debe
compartir con sus vecinos.
Viéndolos
desde afuera o recorriendo sus galerías y pasillos no es posible
determinar si sus ocupantes son propietarios o inquilinos. Ocurre con
frecuencia que algunos departamentos son propiedad de sus ocupantes
y otros, en el mismo piso, alojan gente que paga un alquiler al verdadero
dueño. Son los inquilinos, que, por pagar adquieren un derecho
temporario al uso de la propiedad territorial.
Uno
los ve bajar del taxi o estacionar su automóvil y entrar con
sus bolsos de compra o con sus ropas de oficina y tiende a pensar que
son propietarios de sus viviendas, aunque sean meros inquilinos.
En
los alredores del Karina no tiene sentido determinarlo: no hay grandes
diferencias de categoría social entre los privilegiados que tienen
propiedades y los no menos privilegiados que pueden permitirse el pago
de una renta.
En
cambio todo distingue a los vecinos tradicionales de los que entran
y salen del Apart Hotel.
Los
clientes del Karina no habían arraigado en la zona hasta su ingreso
al apart. Y no eran pasajeros como el público de los hoteles
convencionales: como ellos, procedían de otros barrios, y de
otras ciudades o suburbios, aunque todos debían compartir el
deseo de permanecer allí.
Además
estaban los trabajadores: custodios, ordenanzas, telefonistas, mucamas
y dependientes del bar: más de treinta personas.
—Demasiada
gente trabaja ahí... —Se dijo en vísperas de la
inauguración, a la vista de tanto personal con uniformes y delantales
que estaban entrenando.
La
presencia de trabajadores era ingrata para la gente de la zona. Estaban
habituados a convivir con el personal del consulado ruso, las secretarias
de las escribanías y consultoras que se habían instalado
recientemente y los empleados de algún comercio: no eran muchos
por cada lugar de empleo y se habían ido integrando gradualmente
al barrio.
El
Apart, con sus rotaciones de turnos, sus uniformes y su nítido
recorte en el paisaje de la cuadra, era una intrusión de la industria
en un espacio antes reservado a la vida familiar y al funcionamiento
de pequeñas instituciones que poco se diferenciaban de las familias.
El
Karina era la antítesis de lo familiar. Se decía que era
un lugar para divorciados: hombres que escapan de su mujer y han perdido
el hábito de administrar una casa. Los aparts también
parecen alojamientos ideales para las prostitutas caras: allí
pueden vivir y prestar sus servicios sin los inconvenientes de un hotel,
donde su clientela tendría que identificarse.
Habría
niños, pero serían niños de paso: ninguna familia
elegiría un apart como vivienda permanente.
La
gente temía a los traficantes de drogas que siempre andan mudando
de vivienda e identidades y que por su propia afinidad con la policía
elige los lugares más vigilados.
También
se temía a travestis y transexuales. La televisión comenzaba
a integrarlos como atracciones en sus programas y el público
trataba a aprender a distinguirlos por la calle. En el barrio del Karina,
cada vez que un grupo de personas veía a una mujer más
alta que el promedio y con músculos marcados por la gimnasia,
se abría la discusión acerca de si sería o no un
travesti. Generalmente se acordaba que sí. Para los vecinos,
cualquier persona que entrara o saliese del apart debía merecer
la peor identidad posible: narcotraficante, contrabandista paraguayo,
policía, homosexual, travesti, prostituta: gente extraña.
Algunos
enviaron cartas a funcionarios y legisladores y aparecieron copias en
la prensa. Se propuso una asamblea de propietarios que nunca llegó
a concretarse.
La
iniciativa de concertar un oscurecimiento cerrando y embanderando con
trapos negros las ventanas de los departamentos que rodeaban al Karina
pareció impracticable. Sin embargo la idea se contagió
a uno que imprimió un volante y a unos porteros que se ocuparon
de distribuirlo por los edificios cercanos, y, en vísperas de
la inauguración, una familia que tenía un frigorífico,
hizo traer una camioneta con peones, rollos de película de poliestireno
negra, y unas cintas adhesivas, también de un gris oscuro, casi
negro, que usaban para los embalajes de la planta de congelados.
Los
hombres trabajaron durante dos días, ayudados por algunos entusiastas
y por el personal doméstico de los departamentos. Todas las ventanas
fueron cegadas y, el día previsto para la inauguración
sólo rompían la uniformidad del conjunto los balcones
de un piso deshabitado al que no encontraron manera de acceder,
Un
vespertino publicó la foto con un comentario tan breve que ningún
lector debió entender a qué se refería. Gradualmente,
los vecinos que desde el primer momento habían perforado el plástico
para espiar y estar al tanto del clima y del ambiente del barrio, fueron
librando a sus ventanas del adefesio y pasada una semana de la inauguración
ya no quedaban huellas de la protesta.
—-Que
protesten...! La protesta es el festejo de los perdedores... —Razonaba
el mecánico ante lo irreparable: al día siguiente celebrarían
la inauguración del Karina y ya estaban ocupados veinte de los
setenta y cuatro departamentos temporarios.
Para
la fiesta habían armado una pérgola de plantas y flores
alrededor de la piscina del vigésimo piso. Desde cualquier ubicación,
los invitados tendrían a la vista las ventanas negras, mirándolos
con sus cuadrados ojos de oscuridad acuciante.
El
gerente estaba preocupado por la imagen. Venía del Sheraton,
y era su primer cargo de responsabilidad: las cosas tendrían
que haber empezado mejor para él.
Estaban
en enero. Habían cursado ciento cincuenta invitaciones pero buena
parte de los destinatarios estaría fuera de la ciudad, en vacaciones.
El agente de prensa que contrataron para el evento garantizaba que todos
los medios previstos para la cobertura harían la crónica
estipulada, aunque a su juicio, sería preferible que hubiese
buena concurrencia, además de las figuras y estrellitas cuya
presencia estaba asegurada con generosos cachets.
—Que
falle si tiene que fallar... —decía el mecánico.
De los cuatro socios que se habían quedado con el Karina, fue
quien más insistió en la realización el almuerzo
inaugural:
—Si
falla, después se arregla algo con la prensa... Con que vengan
veinte personas más la prensa y los shows alcanza y sobra...
Fueron
más de cincuenta. Empezaron a llegar a las diez y media de la
mañana. Los primeros tomaron jugos y cafés en el bar de
planta baja y después recorrieron algunos pisos guiados por un
grupo de promotoras.
Antes
de las doce, el éxito del evento estaba asegurado. Por la distribución
de las mesas alrededor de la piscina, bastó que una decena de
invitados se lanzara a probar los jugos y la primera ola del servicio
de copetín, para crear el clima de una celebración exitosa.
Ayudaba
la música: los parlantes, disimulados tras los macetones de los
seis ángulos de la terraza, creaban un clima festivo, aunque
sin estridencia. Esa había sido la consigna al diskjockey:
—Nada
bailable, nada de quilombo... Pensá algo que pueda escuchar la
gente joven que venga sin dormir pero también el Turco senador
con su señora... —Había reclamado el mecánico.
No
se lo había anticipado a su socios, pero estaba seguro de que
el senador se haría presente, aunque sólo fuera para el
momento del brindis: lo había prometido, y, como él mismo,
era un hombre de palabra.
También
tenía la promesa de la Cementera. Su participación sería
la mejor respuesta a los quejosos vecinos y la prensa agregaría
un párrafo especial para comentar su entrada, su salida, la ropa
que vestía y las personas con las que se habría dignado
a cambiar una que otra frase de circunstancia.
La
Cementera también era una mujer de palabra, y había comprometido
su presencia junto al senador, al cabo de una reunión de negocios.
Ella
y el senador estaban interesados en la compra de una parcela en el puerto,
que después de un largo trámite de remates judiciales
había quedado en poder de un grupo de financistas de Quilmes.
No eran los dueños: sólo habían conseguido juntar
el dinero para comprar el boleto en un remate, y algunas garantías
hipotecarias del cumplimiento del pago del saldo en el curso de dos
meses. Como en el caso del Karina, el Mecánico había intervenido
en los arreglos con el Banco Cooperativo, y aunque sólo tenía
un dos por ciento del capital en juego, cuando los de la empresa de
la Cementera consiguieron la lista de nombres de los presuntos propietarios,
el único conocido era él. Por eso lo convocó el
turco.
Quería
saber el precio. Él le dijo que era el de práctica en
el negocio de compra de boletos: lo invertido, más un honorario
del treinta por ciento.
—¿Sabe
quién quiere comprar? —Le había preguntado el senador
y él le dijo que no, aunque por las relaciones del turco con
el negocio del cemento, estaba sospechando que sería esa mujer:
—No
sé quién ni me interesa: a los socios lo único
que le importa es ganar lo debido y lo antes posible... —Dijo
antes de acordar la modalidad de pago. Tendrían que preparar
dieciséis cheques por diferentes sumas proporcionales para cada
socio y certificar toda la documentación en una escribanía
amiga.
—La
señora va a querer saludarlo... —Dijo el senador en vísperas
de la firma— Van a firmar por ella dos apoderados, así
que no se van a ver... Sería bueno que hoy mismo me acompañe
a visitarla...
"Sería
bueno" significaba que debía ir. Lo llevó en un auto
del senado, pero no fueron a la oficina sino a un despacho de la fundación
de la vieja. Ella le pareció mucho mayor de lo que mostraban
las fotos de actualidad, siempre supervisadas por su custodia al servicio
de sus agentes de prensa.
Tenía
preparado un pequeño discurso de agradecimiento. Él la
interrumpió, jactándose de no haber hecho favor alguno,
y explicándole que no buscar más provecho que el de práctica
—nunca menor del veinte ni mayor del cuarenta por ciento de lo
invertido—, era el principio del negocio de compra de remates.
La vieja recuperó su tradicional estilo seductor:
—Parece
que usted no sabe cuánto significaba esa tierra par mí:
era el último espacio abierto de la ciudad donde podíamos
—miró al senador— construir...
Parecía
reprocharle algo, y eso era parte de su seducción: reprochando,
lo trataba como si fuese un par suyo. Estuvo apunto de argumentar: podría
haber dicho que ni él ni sus ocasionales socios con toda la ayuda
del mundo podían desarrollar un negocio de esa escala porque
que eran gente que nunca tomaría más riesgos que los de
la compra y venta de boletos o certificados judiciales.
La
vieja volvió a agradecer y al despedirse le entregó su
tarjeta personal. No figuraba el nombre de su empresa ni el de la fundación,
y en el dorso, manuscritos con anticipación, figuraban los números
telefónicos de su departamento y de su celular satelital.
—Siempre
alguien atiende, y cualquier cosa que pueda necesitar de nosotros, no
dude en pegarme un telefonazo...
Dijo
eso o algo parecido pero estaba seguro que había usado la expresión
"telefonazo". En el viaje de vuelta hacia Belgrano, recordaba
la voz de la vieja. ¿Tenía acento francés, o eran
como francesas las palabras que parecía elegir cuidadosamente
al hablar?
Tal
vez se debiera a su ropa o a la decoración del despacho donde
los había recibido. Antes de despedirse del senador le dijo que
recibiría una invitación para el lanzamiento del Karina
y le consultó si valía la pena mandarle una a la Cementera
y el turco dijo que sí y que él mismo le pediría
que, si ese día estaba en Buenos Aires, se hiciera una pasada
por el lugar.
3
La
nena estaba fascinada con el ir y venir de las nubes.
Pronto
cumpliría once y hacía poco había aprendido la
palabra "fascinada". Decía estar fascinada ante cualquier
cosa que le gustase o que quisiera conseguir. También decía
"fascinante", y, a veces, "me fascina". Eran palabras
de su prima, una chica de trece, hija de su tía mayor y de su
tío el juez.
Ser
juez parecía más importante que ser un mero escribano.
Su tío tenía un campo y no un departamento, sino una casa
enorme en Pinamar.
Su
papá era escribano: tenía una escribanía en el
centro y siempre se quejaba de que el trabajo andaba mal. Salía
temprano, mucho antes de que pasara a buscarla el ómnibus del
colegio, y llegaba tarde, siempre cuando estaban por empezar a cenar.
Después de la comida se encerraba en su estudio a fumar leyendo
o escribiendo. Hablaba poco. Decía que su cuñado era riquísimo,
pero que la mujer era ostentosa y que le había contagiado eso
a sus hijas.
La
de trece siempre subrayaba: "nuestro" campo, "nuestro"
country, "nuestros" autos. A cada chico que conocían
le preguntaba si su familia tenía campo, cuántos caballos
tenían, y si ellos también tenían una lancha y
un crucero para hacerse escapadas al Uruguay.
La
nena no comprendía por qué era malo ser ostentoso, pero
lo entendía mejor que su familia, por cuanto, aunque también
ignoraba el significado preciso de "ostentar", a diferencia
de ellos, había aprendido que las cosas eran buenas o malas dependiendo
de quienes las hicieran.
La
tía no le gustaba, y en eso sí estaba de acuerdo con sus
padres. En cambio, preferiría que su padre fuera juez, que tuviese
más dinero y que no se encerrara todas las noches en su estudio
a leer y escribir.
Eran
las once de la noche de un sábado, y, como siempre, el viejo
estaba fumando. Golpeó la puerta antes de pasar al estudio, el
padre le preguntó que quería y ella dijo que nada. Miraba
la ventana. Desde allí siempre se veía la estación
del ferrocarril, iluminada por reflectores de vigilancia y, más
allá, en el río, las boyitas de luces verdes, coloradas
y blancas, entre las que solía aparecer un barco todo iluminado.
Pero aquella noche quiso mirar hacia fuera y sólo vio una tela
brillosa y negra, igual a la que habían colocado en su cuarto.
En el estudio parecía una pared que en algunos lugares reflejaba
la luz amarillenta de la lámpara del escritorio.
Le
preguntó al padre si no tenía agujeritos para espiar y
el viejo respondió que no. Después quiso saber cómo
había conseguido hacer tan perfectos los agujeritos del revestimiento
de la ventana del salón y le dijo que quería tener agujeritos
también en su cuarto. El viejo le mostró su cigarrillo
humeante y, con gestos, le indicó cómo había perforado
la película de plástico con la brasa para después
agrandar el orificio, haciendo girar el filtro como si fuese un tornillo.
La nena tendió la mano pidiéndole su cigarrillo. El padre
dio una última pitada y se lo entregó: quedaban un par
de centímetros de papel intacto entre el filtro y la brasa.
Cuando
iba hacia su cuarto, oyó la voz del viejo recomendando que no
agrandase mucho los agujeros y que después de hacerlos tirase
la colilla en el inodoro del baño principal.
En
el camino vio a la madre: estaba mirando una película en inglés
y ni la habría notado pasar. En su cuarto pitó el cigarrillo.
El filtro parecía mojado: saliva del viejo. Trató de sentirle
el sabor. Era agrio: alquitrán de tabaco mezclado con baba. Volvió
a pitar. La brasa se alargó y se reflejó en la película
brillante de poliestireno.
Resultó
fácil perforar un primer agujero, y acertó en el cálculo
de la distancia cuando hizo otro que le permitiría ver el apart
a un mismo tiempo con los dos ojos.
Miró:
un aura verdosa se difundía por el pozo de luz y teñía
las paredes de los edificios vecinos. Los reflectores ubicados en el
fondo de la piscina de la terraza del apart producían la imagen
de seis columnas de luz verdosa apoyadas en la superficie del agua apuntando
hacia lo alto y a los lados. En el cielo, dos haces principales, como
de reflector, confluían convirtiéndose en un halo de neblina
verde. Abajo, a no más de un metro de la piscina, nubes de insectos
giraban alrededor de cada chorro de luz.
Las
ráfagas de viento caliente y arrachado de aquella noche de verano
empujaban hacia el sur las nubes que se dispersaban para volver a compactarse
y recuperar su lugar, una suerte de remolinos girando alrededor de los
haces de luz. Habría insectos grandes, medianos y pequeños
pero la nena pensó que todos debían ser las conocidas
cotorritas del verano: le resultaba más práctico imaginarlo
así mientras se fascinaba por el ritmo de flujo y reflujo de
esas nubes que siempre terminaban recomponiendo su figura casi esférica:
una enorme bola de bichos.
Su
madre odiaba a las cotorritas porque mueren con cada amanecer y sus
restos se apelotonan en los plafones de cristal dando una desagradable
apariencia de suciedad. En realidad, eran suciedad: cadáveres
odiosos, aunque menos repugnantes que los de las moscas y las cucarachas.
La
nena dio la pitada final cigarrillo, esta vez inhaló a fondo
el humo y sintió un placentero dolor en el pecho. Era como si
algo la raspase pero muy suavemente. Sintió el mareo de fumar.
Era la tercera vez que fumaba y apagó la brasa antes de sumergir
la colilla en una taza con restos de Nesquick. Después tiraría
todo en la cocina. Quizás también tirase la taza en el
cubo de basura de la cocina: en la casa nadie llevaba la cuenta de la
vajilla.
Como
la segunda vez que fumó —había compartido unas pitadas
de Camel con unas compañeras de francés, en la plaza—
el mareo rozaba el límite de la náusea sin llegar a convertirse
en una sensación desagradable. Al contrario: producía
más placer que el del paso áspero del humo dentro del
pecho y, quizás, por evocación de su primera experiencia
con el tabaco, deseos de acostarse desnuda.
También
había sido un sábado, pero durante el verano anterior.
Todos los primos habían ido a pasar el fin de semana en la casa
grande del tío juez y a ella le tocó compartir un dormitorio
con la prima de trece que estaba con una amiga del colegio, algo mayor.
Cuando
todos se fueron a dormir, la prima había encendido el televisor,
trabó la puerta y abrió de par en par el ventanal que
daba al jardín. Entonces sacó los Marlboro de su mochila
y convidó a su compañera, instándola a que le diera
fuego con su encendedor. Las dos fumaban, pitaban, una tosió.
Después,
la prima la había convidando:
—¿Querés..?
¿Te prendo uno?
Ella
aceptó y la otra le dio un Marlboro encendido y una lata de Coca
Cola vacía, diciéndole que la usase como cenicero. Esa
vez la primera pitada le produjo el mareo, justo cuando la prima apagó
la luz, y, como debía ser su costumbre, se desnudó y se
tendió sobre una cama. La amiga hizo lo mismo. Ella las imitó.
Tendida, mareada, pitaba y sin tragar el humo frotaba la brasa en el
borde de la lata. Acostumbrándose a la oscuridad, le pareció
que sobre sus camas las otras se estaban tocando. No se desnudó,
pero empezó a tocarse también ella, metiendo una mano
bajo el elástico del shortcito. Después vio mejor: la
prima había levantado una pierna, movía las caderas y
sacudía la cabeza para ambos lados. Oyó ruidos justo cuando
tuvo el cosquilleo final, y ahí se durmió.
Había
sido la primera en levantarse: se sentía bien, pero recordaba
aquel mareo. Se fue a bañar a la pileta. En la casa todos dormían,
excepto el jardinero que ya estaba conectando los regadores del césped.
El
tipo la llamó por su nombre para decirle que tuviera cuidado
y no se metiera en la parte profunda: al parecer, no sabía que
ella nadaba bien, mucho mejor que las primas. Desde el agua, le preguntó
al tipo cómo sabía su nombre y él dijo que sabía
todos los nombres de las personas y de las cosas.
Estaba
medio loco, pensó, y volvió a pensarlo mientras nadaba
mariposa y siguió pensándolo hasta que el tipo se acercó
a la pileta como para seguir la conversación. Le preguntó
si recién se enteraba de que él sabía todo.
Eso
le recordó la lata de Coca llena de ceniza y restos de su Marlboro,
y, sin secarse, corrió a la casa dejando un reguero de charquitos
entre la antecocina y la escalera de los dormitorios y entró
al cuarto donde las otras dos seguían durmiendo, levantó
todas las latas de Coca y Seven y la llevó al cubo de basura
de la cocina, ocultándolas debajo de unas bolsas del supermercado
y montones de cáscaras de ananá.
Cuando
volvió a la pileta su tía andaba por los rosales, y, desde
lejos, le daba instrucciones al jardinero. Gritaba que había
sacado un cordero del freezer y que quería tener el asado listo
para la una del mediodía. Después siguió hablándole
a los gritos. Fue alrededor de los días de Navidad: la tía
también se habéa zambullido, pero había traído
una bandeja con cafeteras y platos y casi ni nadó: se dejó
ir bajo el agua por el impulso de la zambullida, emergió, dio
una brazada, salió por la parte baja de la pileta y fue a sentarse
en la mesa a tomar su café, comiendo pan dulce, hojeando la revista
de Clarín y haciendo llamados con su teléfono celular.
¿O
los llamados con el celular, junto a la pileta y comiendo habían
sucedido otra mañana? La nena no lo podía recordar después
de un año. En cambio recordaba el fin de semana anterior y un
viaje en auto a San Isidro, durante el cual la tía se la pasó
haciendo otra serie de llamados.
Se
le había muerto el administrador de la chacra y ella avisaba
todo el mundo y protestaba. Seguro que les iban a faltar papeles y ahora
se daba cuenta de que el tipo era un idiota. La nena la escuchaba quejarse.
Había pedido hablar con el contador y volvía a quejarse:
el tipo era un idiota y recién ahora se daban cuenta cuando ya
estaba muerto. Este verano no irían a la chacra, decía.
Mejor,
pensaba la nena, porque la chacra era aburrida y no recibía televisión
por cable ni por satélites. En el viaje de vuelta desde San Isidro
trataba de imaginarse a un idiota muerto. Un idiota muerto debía
ser alguien como el jardinero que adivinaba los nombres de todas las
cosas: flaco, viejo, alto, medio encorvado como él, y todo igual
a él, pero con el cuello hinchado, como los chicos enfermos de
bocio que habían visto en el norte.
La
noche de los agujeritos la nena estaba segura de que contador y administrador
eran cosas parecidas y mucho menos importantes que escribano, senador
y juez. Seguía el mareo, aunque había pasado un buen rato
y estaba desnuda sobre su cama. Tuvo curiosidad y se levantó
para espiar otra vez el apart. ¿Qué estaría sucediendo
en la terraza? Le costaba moverse: se fue apoyando en los muebles y
finalmente hizo un rodeo y pudo llegar apoyándose contra la pared.
En el camino estaba segura de que alrededor de la pileta habría
murciélagos, que, atraídos por las nubes de bichos y cotorritas
estarían dándose un festín. Imaginaba que sentadas
en el borde, con los pies en el agua, habría un grupo de nenas
fumando y hasta podía haber un jardinero idiota ahogado en el
fondo del agua.
Pero
no vio murciélagos. En cambio, el viento seguía dispersando
las nubes de insectos que le parecieron más chicas y que tardaban
más en reorganizarse. Ahora que habían apagado casi todas
las luces del edificio, la pileta iluminada estaba como flotando en
el aire a la altura del piso veinte.
Quería
calcular la altura: todos decían que el apart tenía veinte
pisos y no terminaba de entender por qué, estando su casa en
un piso dieciséis, un piso veinte quedara más abajo.
Tampoco
había nenas que fumaran sentadas en el borde de la pileta, y
el fondo estaba limpio y brillante con sus seis reflectores en fila.
Por ahí andaba un hombre: no debía ser un administrador
ni un jardinero porque tenía un saco blanco de mozo y llevaba
una caña larga que terminaba en una paleta de malla de red para
limpiar el agua. No alcanzaba a verle la cara y dio varias vueltas alrededor
de la pileta y cuando desapareció de la luz a ella le volvió
el mareo y, sin recordar que debía vestirse, volvió a
acostarse y se quedó dormida.
Se
vistió por la mañana, poco después de despertar.
Todos dormían en su casa. El padre y la madre habían dejado
encendido el televisor del dormitorio: transmitía una película
sobre autos, pero sin sonido. Alrededor de la cama, en la butaca, en
el puf y en el piso, había montones de ropa desordenada como
si en el curso de la noche hubieran salido a la calle varias veces.
En la mesa de noche el velador del viejo seguía encendido, y
bajo la luz amarillenta que se reflejaba en el poliestireno pegado en
la ventana, había un libro con tapas de cuero negro.
La
nena se había preparado un Nesquick y estaba decidida a beberlo
espiando por el agujerito de la ventana del salón. Aquel domingo
harían la fiesta de apertura del apart. Cuando miró, ya
estaba armada la glorieta de guirnaldas de enredaderas y flores.
¿Cómo
habrían hecho tan rápido? De la noche a la mañana
toda la terraza se había convertido en un jardín. En algunos
lugares donde la trama de guirnaldas era menos tupida, la glorieta dejaba
ver partes de las mesas que rodeaban la piscina. Había jarros,
copas y platos con comida de colores. Tratando de fijar la vista para
determinar si eran frutas, postres o golosinas, recordó que en
su ventana había hecho dos agujeros mucho m s cómodos
para espiar y partió a su cuarto llevándose la taza de
Nesquick.
Al
entrar la sorprendió un olor desagradable. No era humo, pero
emanaba de la colilla del Marlboro flotante en los restos del Nesquick
de la noche. Tendría que decirle a su padre que dejara de fumar:
ese domingo el cigarrillo le resultaba una de las cosas más repugnantes
del mundo.
Abajo,
en el apart, nadie fumaba. El hombre de saco blanco, u otro hombre vestido
como aquel, volvía a pasar su paleta por la superficie del agua.
Después la levantaba con destreza, la desplazaba hacia un costado,
y la hacía girar para volcar algunas hojitas de las guirnaldas
que habrían caído al instalarla. Había más
hombres de saco blanco por los alrededores: iban y venían corrigiendo
el arreglo de la mesa.
Cuando
apareció el gordo de bermuda verde y zapatillas Nike, empezaba
a subir una música suave, como para bailar con vestidos largos.
Sobre ella, una voz de hombre repitió durante un rato la palabra
"probando".
La
música no molestaba. La voz del hombre sí: salía
de un parlante y debió haber despertado a la mucama que ya estaba
haciendo ruidos en la cocina. Después cuando el amplificador
silbó y empezó a emitir un zumbido de acople mientras
la voz repetía "probando" pero mucho más fuerte,
desde algún edificio partió una voz de mujer gritando
"la puta madre que los remil parió".
Seguramente
sería una vecina que habían despertado con los ruidos.
La nena sabía que el oscurecimiento de las ventanas duraría
hasta el lunes, pero, igual, en ese momento imaginaba que pasaría
todo el verano espiando el apart desde sus dos agujeritos y divirtiéndose
con las puteadas del vecindario. El gordo de bermudas iba de un lado
a otro mirando hacia los edificios: parecía preocupado. No llevaba
revólver, pero de su cinturón colgaban un teléfono
celular, a la derecha, y una caja negra que debía ser un equipo
de radio, a la izquierda. En cambio los de uniforme azul andaban siempre
con revólveres o pistolas. Hacía más de un mes
los venía viendo rondar la zona y abrir y cerrar las puertas
de la planta baja del apart. Uno de ellos trabajaba con el teclado frente
a un monitor gigante de computadora. Escribía y vigilaba unas
lucecitas que subían y bajaban por la pantalla y debían
ser datos del movimiento de los ascensores. Los del ómnibus del
colegio, que siempre estacionaban por allí, decían con
asombro que aquel era un hotel íntegramente computarizado.
Pensándolo
bien, sería bueno vivir en un apart así, y en un piso
bien alto, cerca de la pileta. Por suerte, a la hora de almorzar, cuando
los viejos despertasen, irían al country de otro escribano que
tenía una pileta enorme, trampolín y una cascada con tobogán
de agua.
En
el country, cerca de la casa del escribano, había un estanque
donde permitían pescar. Tenía que pedirle al padre que
pasaran por una farmacia para que le comprasen crema protectora: a la
hora de pescar, el reflejo del sol en el estanque producía manchas
en la cara. Ya le habían encontrado unas pequitas marrones alrededor
de la nariz y quedaban muy mal.
4
A
veces conviene ponerle pecas en la mejilla a un personaje y sugerir
un vínculo entre pez, peca, pescar y pecado, sólo para
que el texto encuadre mejor o cierre justo en el límite inferior
de la página.
Otras
veces se impone determinar la hora. A las doce quedaron a cargo del
vestuario las mismas promotoras que habían estado recibiendo
a los primeros invitados en planta baja. Ahora, a los que llegaban los
conducían al gimnasio del último piso, donde tenían
habilitado un guardarropas. A quienes lo aceptaran les regalaban una
bolsa con un toallón, un kimono de toalla y unas sandalias de
caucho de colores flúo. Para las mujeres había unas mallas
de gimnasia y un gorro de baño. Para los hombres un short a rayas.
Alguien
calculó que ese obsequio debió costar más de cien
dólares por invitado. Las promotoras tenían un stock de
variedades de tamaños de shorts, sandalias y mallas con el nombre
del Karina Apart bordado bajo el isotipo de la marca Nike, de modo que
habrían comprado una reserva de talles y tamaños bastante
mayor que el máximo de concurrentes esperado.
Al
gerente le había parecido una promoción riesgosa. Era
su primer empleo de responsabilidad, e independientemente de la fortuna
que los socios hubiesen invertido en el apart, estaba seguro de que
él sería el más perjudicado por un fracaso. Los
dueños tomaban demasiados riesgos. Formado en el Sheraton donde
había llegado a segundo de relaciones públicas del hotel
de Argentina, hubiese preferido un lanzamiento más conservador.
¿Qué pasaría si un periodista se ofendía
con el obsequio veraniego? ¿Qué haría la gente
gorda vergonzosa de cambiarse? ¿Y si aparecían tipos con
traje o sacos sport y mujeres maquilladas y con peinados de fiesta?
¿Y si venía tormenta, o hacía frío, o si
alguien se descomponía en el agua?
Todo
es imponderable y el gerente no estaba preparado para eso. Tenía
bastante con ese fondo de ventanas oscurecidas y con los trapos y serpentinas
negras que pendían de algunos balcones de la vecindad. La fecha,
cinco de enero, era otra amenaza: ¿Quiénes se quedarían
un fin de semana en la ciudad, y cuántos de ellos estarían
dispuestos a perder medio domingo en una reunión, en una terraza?
Para
peor había viento. El gerente pensó en su mujer y en su
madre: ninguna de ellas toleraba el viento, enemigo natural de los peinados.
¿Estarían cómodas las mujeres, con ese viento norte
arrachado? "Viento norte duro pampero seguro", le había
oído decir al encargado de cocina, que había estado en
la flota de mar. El hombre se jactaba de conocer el clima del Río
de la Plata y pronosticó que antes de media tarde calmaría
el viento, el calor sería sofocante y que rato después
se desataría una tormenta de verano.
Por
momentos preferiría que todo fracasara. Sentía un odio
creciente hacia el Mecánico y sus socios que se dejaban manejar
por su despreocupado aventurerismo. Y ni quería recordar a cuál
de su objeciones había sido, si al costo del servicio de almuerzo,
si a la elección de los shows musicales o a la idea de disfrazar
a los concurrentes de bañistas para que todos probaran la corriente
de hidromasaje que instalaron en la piscina y, de paso, que la mayoría
dejase sus celulares en el vestuario, pero jamás olvidaría
la ofensa y el lenguaje con que le respondieron:
—Nunca
conocí a un empleado tan cagón como usted..! Había
dicho el Mecánico y le pareció que los otros socios asentían.
Pero
si algo fracasaba sería también su fracaso. Solo un imbécil
renuncia a una carrera de siete años en Sheraton para meterse
con estos aventureros. Pensaba eso y recordaba la palabra "cagón".
Seguía
llegando gente. La mayoría en pareja pero también entraban
grupos de hombres los más jóvenes debían ser periodistas
y algunas muchachas solas que parecían modelos. Algunos venían
con sus bolsos: alguien les habría advertido que inaugurarían
la piscina y el hidro.
La
mayoría de los otros aceptó cambiarse y dejar sus teléfonos
y efectos personales en las gavetas del vestuario.
Algunos
se habían zambullido, nadaron unas brazadas, se entretuvieron
un rato en el ángulo del hidro, haciendo bromas y gritando ante
cada reflujo del chorro de agua a presión y terminaron por tenderse
a descansar en los tablones de teca del borde la parte profunda.
El
gerente miraba con preocupación los kimonos abandonados en la
proximidad de las duchas y el trampolín. En un rato, —temía—,
nadie va a ser capaz de reconocer el suyo, de modo que terminarán
sentándose a la mesa descalzos y con el torso y las espaldas
descubiertas.
No
podía calcularlo: si estuviese su mujer la consultaría
y ella le daría un opinión más acertada, pero apostaría
que todas las mujeres de bikini tenían prótesis de siliconas
en los pechos. Los hombres que seguían el agua ni las miraban.
En cambio, dos que habían decidido no cambiarse y ya habían
bebido tragos largos de jugos con gin no las perdían de vista
y hablaban acaloradamente, con toda probabilidad, acerca de ellas. No
eran modelos conocidas, tal vez fueran plantel de alguno de los servicios
de acompañantes que el Mecánico se jactaba de contratar
y disponer a su antojo y —según decía— a crédito.
Un
grupo de hombres, al que poco después se agregó una pareja,
había tomado posición en la parte baja de la pileta. Dos
de ellos se habían sentado en el fondo y permanecían sumergidos
hasta el cuello. Los otros se acodaban en el borde y hacían señas
a los mozos para que se acercaran a servirlos.
Si
algo faltaba para arruinar definitivamente la escena era que se pusiesen
a comer en el agua. Y, en efecto, por las señas que hacía
uno que estaba bebiendo un largo vaso de jugo de tomate, el gerente
interpretó que reclamaba a un mozo platos de algo trozado: formaba
un círculo con los índices y los pulgares de ambas manos
y representaba la señal de cortar algo golpeando con el canto
de la derecha su palma izquierda que haría las veces de una pieza
de fiambre, un pan o un queso.
Reconoció
al tipo, más por su categoría que por los rasgos de su
cara insignificante. Era uno de la financiera de Quilmes que no estaba
en la sociedad del Karina, pero compartía varios negocios con
el Mecánico. El contador le había dicho que era miembro
de la mafia de los remates y que hasta hacía poco la financiera
era parte del poderoso aparato económico del partido comunista.
En
un tiempo, cuando todavía trabajaba en Sheraton, había
oído hablar de la mafia de los remates. La gente de negocios
la llamaba "los de la liga", refiriendo siempre el enigma
del poder que esta gente, en su mayoría usureros y gestores de
los suburbios, disponía sobre las figuras menos sospechables
del poder judicial.
—Serán
lo que serán, pero lo que no se les puede negar es que son gente
de palabra... —Había justificado un abogado de Sheraton.
Otro
enigma eran esas cooperativas financieras que se sabía ligadas
al partido comunista. ¿Cómo fue posible —se preguntaba—
que con todo el poder y el apoyo que los militares tuvieron durante
tantos años de gobierno, los hayan dejado seguir haciendo sus
maniobras..? Eso no podía explicarse por el mero hecho de que
fuesen "gente de palabra".
Lo
que ahora sí podía explicarse era por qué su jefe
hacía negocios con ellos: aquel mediodía había
terminado de convencerse de que, a la hora de compartir una actividad,
a igualdad de ganancias, la gente cómo el Mecánico siempre
elegiría asociarse con los que peor calaña parecieran
representar.
—Cuanto
más sucios sean, mejor para ellos... —Pensaba el Gerente
y lo confirmaba viendo las sonrisas de complacencia de su jefe y los
socios ante las guarangadas de las tetonas y del grupo de usureros comunistas
que, tal como había adivinado, ya estaban comiendo queso y jamón
en el borde de la pileta y ofreciéndoles los platos a una pareja.
Estaban agachados con el agua al cuello como si nadaran pero mantenían
con una mano en alto sus copas de vino blanco, o de champán.
Debía ser champán.
Él
jamás se metería en una pileta donde simulaba nadar gente
como aquella. Calculó que varios no se habían duchado
antes de zambullirse. Todos estos son iguales, pensó después,
mirando a las decenas de invitados y al personal, entre los cuales no
pudo reconocer la menor huella de desagrado o de reproche. Por el contrario,
todos parecían disfrutar de la situación, desde el animador
que haría de maestro de ceremonias —un periodista de la
TV Cultural— hasta dos tipos que acababan de pasar a la terraza
vestidos con trajes de gabardina y anteojos oscuros y todo indicaba
que serían custodios de algún invitado.
Debían
ser trajes de Armani. Conocía esa gabardina color tabaco virginia
de un amarillo subido que nadie elegiría en una muestra de paños
de su sastre, pero que una vez cortadas por esa marca y exhibida en
sus vidrieras del shopping tentaban a comprar.
Él
jamás elegiría un traje así. Son prendas que no
se pueden repetir dos o tres días seguidos. Sería un traje
para ocasiones aunque estos custodios debían usarlos para todas
sus salidas al aire libre. Seguramente eran policías prestando
servicios fuera de hora. Ambos parecían profesionales. Eran giles
y a pesar de su ostentoso disfraz de custodios se movían entre
la gente con más decoro que lo habitual.
Conociendo
las rutinas del personal de seguridad americano que aparecía
por Sheraton en cada encuentro diplomático, era evidente que
aquellos dos expertos estaban realizando lo que en su jerga llamaban
un fielding: la observación de un terreno antes de que sus compañeros
facilitasen el acceso a las personas que debían proteger.
Él
también estaba haciendo su fielding. Cualquier subalterno, las
chicas de promoción y los mozos contratados para el evento imaginarían
que estaba supervisando su evolución. Por eso trataba de sonreír
y de mostrarse ocupado y satisfecho pese a su malhumor.
Pero
en realidad, no tenía nada qué hacer. Lo habían
acordado la tarde anterior:
—A
las once de la mañana, cuando todos los contratados estén
en sus cargos, si no pasa nada raro, nosotros desconectamos los celulares
y empezamos a funcionar con piloto automático. Que laburen los
de cocina, el personal de atención de mesa, las promotoras, el
animador, los sonidistas y los números del show. Nosotros, a
joder y a festejar a la par de los invitados..! —Había
resumido el Mecánico y todo el personal asintió.
Pero
el gerente no tenía motivos para festejar. Según lo convenido,
antes del almuerzo vestiría su short a rayas y el kimono de toalla:
salvo los custodios, algún viejo y una gorda de piel muy blanca
del diario La Nación, todos estaban en trajes de baño
y alrededor de la pileta. La gerencia quedaría en suspenso por
unas horas: si no se cambiaba ya mismo, confirmaría su papel
de "cagón".Ser "empleado" y "cagón":
nunca imaginó que viviría una situación tan desgraciada.
La
desdicha del "cagón" es temer mientras los demás
hacen. Temer, en este caso, es un no hacer que produce más que
cualquier acción que se ejecute, y aunque parezca una de las
formas en que se manifestaría la duda, es todo lo contrario.
El temor que pretendió haber visto su jefe cuando lo llamó
"cagón" era una forma consumada de la certeza: la extrema
certidumbre sobre el propio destino de fracaso e infelicidad.
El
gerente no alcanzaba definir la idea que lo volvía a rondar cada
vez que evocaba sus años de carrera en Sheraton. Tenía
bien clara —lo había terminado de aprender ahora, y con
dolor— la diferencia entre una corporación americana y
una sociedad de aventureros argentinos.
Allí
a nadie le habrían infligido la humillación de recordarle
que era un empleado, y no solo porque todos —hasta el mismo presidente—
se imaginaban empleados, sino por algo que tampoco terminaba de definir
y tal vez fuese la vigencia de un acuerdo tácito en contener
el nivel de humillación en un marco de cortesía y discreción
institucional.
Como
el amor de madre que evocan los que no la tienen a su alcance, esta
experiencia corporativa es una de tantas sensaciones sin nombre que
cuanto menos pensadas y peor definidas se lleven por la vida, más
inexorablemente pesan sobre las personas.
Pero
él no pensaba en su madre. Estaba cambiándose en el vestuario
mientras controlaba por el ojo de buey de la puerta que daba al sauna:
temía que algún invitado se metiese allí y, justo
ese mediodía de tanto calor, tratando de poner en marcha las
estufas, produjese una catástrofe. También temía
que hubiera alguna confusión entre las gavetas o que, al retirarse,
algún invitado dijera que le faltaba algo. Se probó el
kimono —no le quedaba mal— y se miró al espejo. En
ese momento apareció el tipo desnudo. Era uno de los custodios
que habían andado haciendo fielding y estaba abriendo el bolso
de obsequio y miraba su kimono y su short. Era alto: le llevaba más
de una cabeza y no pudo evitar bajar la vista y mirarle el pene, grande
e inusualmente largo. En contraste con su cuerpo, uniformemente bronceado
hasta los mismos glúteos, el pene tenía la piel rosada,
como de bebé, y muy poco pelo. Tal vez a causa de su musculatura
marcada por el deporte o las artes marciales que debía dominar,
le pareció que también en su sexo tenía algo atlético,
pero no se atrevió a confirmarlo: eso habría requerido
que lo volviese a mirar y el tipo —que sin duda era un oficial
de policía— podía interpretarlo mal.
En
cambio le miró los músculos de la espalda y los brazos.
En el izquierdo, alrededor del bíceps, tenía un elástico
amarillo que fijaba un pequeño receptor. Pensó que sería
una radio pero cuando el tipo terminaba de vestirse, se oyeron unos
bips y comprobó que se trataba de un celular en miniatura.
Apoyaba
la oreja contra el brazo y hablaba. Mencionaba a un tal Pablo Suárez:
el gerente no pudo determinar si era su nombre, el de su interlocutor
o el de un tercero al que se referían en la conversación.
Decía
que en la terraza estaba todo claro y despejado y ordenaba que cuando
llegase el auto de la señora la acompañaran hasta el último
piso.
En
la terraza vio dos falsos fotógrafos. Eran también tipos
atléticos, más jóvenes que el custodio, y andaban
con bolsos de Nikon y antiguas cámaras con teleobjetivo. Uno
de ellos trepó ágilmente la escalera del tanque de agua
y, ahora, en la altura, se había instalado a vigilar. Simulaba
estar tomando fotografías de la piscina.
Alguien
había corrido la voz de que llegaba "la señora"
y recién cuando se agrupó gente alrededor de la entrada
la terraza, se enteró de que se trataba de la Cementera.
El
animador estaba anunciándolo y todos, hasta los mozos, habían
empezado a aplaudir. El gerente sintió una punzada en la boca
del estómago.
Otra
vez la contradicción: la presencia de la vieja significaba que
la inauguración había sido un éxito, y era también
su triunfo, porque garantizaba prensa, publicidad y prometía
un mejor perfil para la futura clientela del Karina: todo eso se traducía
en la certeza de que, al menos por unos meses, conservaría su
empleo, aunque fuese un cagón.
Pero
ese éxito era un fracaso relativo pues lo subordinaba aún
más al verdadero triunfador: el orden de aventureros e improvisados
guarangos como sus patrones, bajo el que había terminado por
caer y, para peor, percibía que también integraba a la
Cementera.
La
vieja había rehusado la invitación del animador de que
saludara desde el escenario, y ahora estaba estrechando la mano de cada
uno que se le acercara. A las mujeres las saludaba con un beso. Sabía
besar. Tal vez lo habría aprendido en algún curso de protocolo.
Por
lo general, si se observa a las mujeres cuando saludan besando a otras,
se descubre que vuelven la cara hacia fuera, y que no pocas llegan a
dibujar una expresión de repugnancia con la nariz o con la boca.
—La
gente es muy boluda... —decía un asistente de relaciones
públicas del Sheraton que estaba a cargo de un curso de protocolo
para los nuevos funcionarios—: La gente va a besar y se imagina
que apoyando los labios o la mejilla contra la cara del otro, como el
otro no lo puede ver, no habría nadie más en el mundo
que pueda ver lo que su cara expresa. Por eso ustedes tienen que mirar
bien —aconsejaba— y registrar la manera de comportarse de
la gente en público para no hacer después las mismas boludeces...
En
una de las sesiones les había propuesto un ejercicio. Debían
ir al bar, justo a la hora en que la gente de oficinas aparecía
por el hotel a tomar algo, y observar qué hacían las mujeres
cuando salían del baño. Casi todas las mujeres iban al
baño poco antes de dejar sus mesas, cuando sus acompañantes
pedían la cuenta y se disponían a pagar. Al cabo de media
hora los muchachos volvieron con sus blocks de notas, unos pocos comentaron
que las mujeres salían del baño mirándose u oliéndose
los dedos.
En
la sesión siguiente les hizo repetir la observación comprobando
que, en unos pocos minutos habían visto entre doce y quince mujeres
de las cuales no menos de ocho, —diez, según algunos—
habían salido oliéndose.
Por suerte conservaba los manuales de capacitación de los cursos
que había seguido en el Sheraton. Varias veces lo habían
mandado a Chicago, Santo Domingo y a Nápoles a distintos seminarios
que eran parte de su formación. Ahora, manuales, folletos y brochures,
algunos firmados por los profesores y por sus compañeros de curso
se ordenaban en un estante destacado de la biblioteca del living de
su casa. Y eran el mejor recuerdo de su paso por Sheraton.
Era
un convencido de que no hay que prestar libros porque la gente los lleva
excitada por un entusiasmo de momento y la mayoría de las veces
olvida leerlos, de modo que el libro queda por ahí, perdido como
la memoria de ese préstamo, hasta que un día, limpiando
y ordenando, alguien termina por ubicarlo en el estante de la biblioteca
que mejor se correspondiese con su tamaño, o sus colores y el
libro pasa a formar parte del mobiliario y si por azar quien lo llevó
prestado recuerda su promesa, eso que ahora es un detalle más
del patrimonio familiar, desalienta toda intención de devolverlo
a su dueño.
Pero
él también había prestado libros por error, y aunque
no llevaba la cuenta, también poseía libros procedentes
de préstamos ocasionales.
Pero
jamás prestaría los manuales de sus cursos, ni permitiría
que cualquiera los consulte. No descartaba que alguna vez podría
escribir un libro sobre marketing hotelero y aquel estante sería
la mejor orientación para planificarlo.
Pressing
Flesh —"prensando carne"— llamaban en Chicago
a la manera de saludar de las figuras públicas americanas. El
hábito venía de los políticos, que en sus campañas
electorales tenían como meta estrechar la mano de la mayor cantidad
posible de electores. Hubo uno que contrató a un asistente que
se ocupaba exclusivamente de llevar la cuenta.
En
las convenciones republicanas se consideraba que una buena performance
de campaña requería cumplir la media de cuatro saludos
por minuto, de modo que si el precandidato permanecía cuatro
horas en el encuentro, no podía darse por satisfecho si realizaba
menos de novecientos apretones de carne electoral.
Siguiendo
a los Kennedy, los demócratas que solían hacer sus convenciones
en el campus de alguna universidad o en centros comunitarios perfeccionaron
la técnica: tomando con la palma izquierda la muñeca derecha
de uno de cada tres o cada cuatro participantes que estuviese saludando,
el apretón de manos ganaba calidez, y, paradojalmente, duraba
menos. Hay un video de la campaña de Joe Wallace, el candidato
más joven que compitió por el estado de Connecticut, que
lo muestra saludando satisfactoriamente a ciento diez convencionales
en el lapso de apenas veinte minutos que dura la grabación.
La
Cementera no sólo sabía besar mujeres. También
dominaba el pressing flesh con una elegancia comparable a la de Hillary
Clinton. Tal vez habría hecho un curso en Estados Unidos, pero
a diferencia de los políticos, no parecía apurada por
sacarse de encima a sus elegidos. Cuando los fotógrafos estaban
por fijar la escena mantenía la mano extendida y prolongaba su
sonrisa hasta que las cámaras enfocaban hacia otro lugar.
Traía
un vestido de seda color rosa té. Parecía no tener maquillaje,
pero algo se habría hecho en la cara, tal vez una línea
de color en los párpados, o una sombra de rubor en los labios
y las mejillas. Dos aros, un collar y una pulserita delgada de oro blanco
o platino, engarzaban, cada uno, una piedra verde de talla oval.
Calzaba
unos zapatos del color de la seda de su pollera. Los tacos parecían
exageradamente altos: en cualquier caso, el pelo teñido de rubio
no alcanzaba a la altura de los hombros de la gente de estatura normal.
Casi
le resultó una mujer petisa, pero era evidente que se trataba
de una petisa que sabía comportarse como si fuese alta. Venía
acercándose. Era su turno:
—Cómo
le va..! —Fue lo único que le dijo, aunque con esa voz
ahuecada
y suave, cualquiera que hubiese oído habría pensado que
lo conocía o que lo había visto alguna vez.
Pero
nunca la había visto personalmente. Aunque hacía varios
minutos que estaba en la terraza, con tanto viento y no menos de treinta
grados de temperatura, tenía la mano helada, como si estuviera
aún bajo efectos de la refrigeración de su Mercedes.
Parecía
más vieja que en las fotos de las revistas y se le notaba el
estiramiento de la piel de la cara. Como suele ocurrir, aunque en ella
se lo veía en un grado menor, la cirugía, eliminando las
marcas de expresión, le había tensado la piel de los ojos
y suavizando todo artificialmente, le había dejado una carita
de conejo.
Ya
estaba saludando a otro, a quien seguramente conocía porque se
disculpaba:
—Pena
que no pueda quedarme a los brindis... Tengo un bautismo en el campo
de Luján y estoy comprometida a llegar antes del postre...
Después
oyó que le decía al Mecánico que el lugar era "hermoso"
y "encantador" y que esperaba que todo saliera tan bien como
había comenzado.
Cuando
el animador anunció que se presentaría un grupo de mariachi
que estaba de moda en Punta del Este la vieja aprovechó para
despedirse de todos levantando una mano y haciendo ademanes de tirar
besos a los que seguían en la piscina salió por la puerta
de los vestuarios acompañada por uno de su custodios y el Mecánico,
que la guiaba, tomándola de un brazo.
El
gerente no volvió a ver al otro custodio, ni a los muchachos
disfrazados de fotógrafos que anduvieron por los tanques de agua
vigilando todo. Buscándolos con la mirada, evocaba el tacto frío
de la mano de la vieja. Parecía un pez recién salido del
agua helada del mar: un pez rosado. Recordó la escena del vestuario
y se le ocurrió pensar que el pene del custodio, también
rosado, debía ser frío como un pez, o como la mano de
la vieja.
Y
era vieja: poco después de que saliera, ensayó un fielding
y calculó que había sido la persona de mayor edad entre
medio centenar de invitados y más de una veintena de gente del
personal que, hasta ese momento, habían pasado por la terraza.
Debía
tener setenta: diez años más que su suegra.
¿Qué
puede contar de todo esto un marido? El Mecánico le había
dicho que invitara su esposa.
—Todos
van a venir con sus mujeres, o con mujeres... No se olvide que lo único
que tenemos que hacer es celebrar... No quiero verlo con cara
de ejecutivo en medio de la joda.
Eso
sí se lo había contado a su mujer. Ella estuvo de acuerdo
en que no correspondía que fuese: habría gente de la noche,
novias de futbolistas, modelitos de algún servicio de acompañantes
y, hasta peores que ellas, andarían por ahí las mujeres
de los socios, ricachonas, guarangas.
También
le comentaría que había conocido a la Cementera y algún
detalle de su vestido o de sus joyas. Elogiaría la sobriedad.
No le hablaría de los custodios ni de la imagen de la vieja,
que parecía feliz de mezclarse con usureros y advenedizos.
Para
su mujer, la Cementera seguiría representando a una dama de las
mejores familias, que, triunfando en los negocios y en la vida social,
corroboraba el destino de superioridad de la aristocracia argentina.
Tal
vez los de prensa podrían conseguirle una foto de la vieja tomándole
la mano o hablándole: era lo único bueno que podía
haberle sucedido esa mañana.
Lo
malo era todo lo demás. Lo peor, ese viento que volvía
a sacudir las guirnaldas que daban sombra a las mesas y que habían
costado un fortuna con tanto arreglo floral que ahora empezaba deshojarse.
Ya había pétalos de distintos colores flotando en ángulo
sur de la piscina. El viento norte, cada vez más caliente y arrachado
ponía en peligro la estabilidad de los macetones con pinos que,
en los ángulos de la terraza, ocultaban los bafles del servicio
cuadrafónico que habían contratado. ¿Tendría
razón el de la cocina que aseguraba que pronto tendrían
tormenta?
Todo
indicaba que sí. Pero una tormenta no podía ser peor que
la sensación de fracaso que se acentuaba cada vez que comprobaba
la facilidad con que el Mecánico y su séquito de amigos
y socios simulaban divertirse.
¿O
verdaderamente se divertían?
Era
algo que el gerente no podía determinar. Ni siquiera se podía
formular la pregunta con precisión.
5
¿Se
divertían o simulaban divertirse? La pregunta solo tiene sentido
para un personaje que ve a otros divertirse, convencido de que la idea
de diversión anda flotando por el mundo y es una réplica
de otra igual que figura grabada en su mente.
En
un relato la digresión es un cambio territorial que desconcierta
al gregario lector. En los relatos y en el mundo, la diversión
sería una "noción": lo que nota el personaje
testigo, sin advertir que allí donde estaría la diversión
sólo hay una escena concebida por un ausente cuya existencia
ignora.
Es
el autor. Su existencia da lugar a otra paradoja: el comportamiento
del personaje sólo cobra sentido mientras ignore que ese sentido
es obra de alguien a quien nunca verá. A la vez, el accionar
de este invisible, solo cobra sentido cuando impone al personaje una
acción, cuyo propio sentido se le revela recién después
de haberla creado.
De
ese modo, el personaje solo funciona por la ausencia de un narrador
para quien narrar solo vale la pena en ausencia del personaje. El resultado
de esa ausencia mutua de personaje y narrador se verifica en presencia
de un tercero, que está fuera de la temporalidad plana del relato
y de los dos instantes del acto de narrarlo, el de la creación
del sentido de todo, y el del ulterior descubrimiento del sentido de
lo que se creó.
El
tercer ausente es el lector, un personaje que solo puede aparecer en
el relato como una digresión, y cuya existencia debe ser ignorada
al narrar, porque es inútil intentar que las palabras y lo que
ellas describan se ajusten a la medida de su conciencia.
Esto
fue una tragedia para el clásico: acertar de antemano con la
palabra justa y el acontecimiento justo para que el ausente lector interprete
justo lo que pretende que sea el sentido de su escritura.
Pero
la farsa terminó. La gente siempre se habitúa a lo inevitable
y tras un breve período de desconcierto, autores y personajes
usaron las palabras, escenas e interpretaciones que tuvieron a mano,
y así regresaron a lo convenido en los orígenes de todos
los relatos: como en el primer cuento de la primer abuela del universo,
las historias se ocupan menos de ensamblarse con las palabras justas,
que por imponer sus palabras y divagaciones sobre un mundo en el que
la justicia circula a borbotones imprevisibles.
Cuando
todo es convencional y no hace sino cambiar, más que imponerse
el cumplimiento de una incierta convención, convendrá
acertar con el momento justo de imponer convenciones.
Abandonar
a un personaje, a mediodía, con treinta y cinco grados de calor,
baja presión, y un fastidioso y arrachado viento del norte, preguntándose
con toda seriedad si los participantes de una celebración se
divertían o simulaban divertirse apenas cumple una convención
más.
Destripemos
al personaje y, con él, también a la convención
que lo congela en el borde de una escena en suspenso. Interiormente,
en un interior que no puede abordarse en un relato o una novela, podría
operar el mecanismo de la duda y es muy probable que en la vida las
cosas sucedan así. El personaje duda sobre si se divierten o
simulan divertirse y ese es su dilema, tan simple como la incertidumbre
sobre si vendrá o no vendrá la tormenta anunciada. A lo
sumo, podrá decirse: se divierten, simulan divertirse, o no existen
y yo a todo esto me lo estoy soñando por haber comido mucho lechón
en la cena. Y en ese triángulo de posibilidades se agota su programa
de duda.
Es
un programa corporativo que debe estar bien instalado para que un funcionario
pueda hacer carrera en Sheraton y que difícilmente los del Karina
Apart quisieran modificar, por cuanto si le han hecho tan buena oferta
de sueldo y condiciones de trabajo para integrarlo a esa aventura, debió
ser porque pretendían que fuese tal como su curriculum indicaba
que era: un funcionario capaz de decidir porque se limita a evaluar
las alternativas que proponen los acontecimientos y jamás se
extraviar en digresiones.
Tampoco
vacilar preguntándose si está soñando. Mirar la
escena de invitados, patrones, mariachis y gente contratada, incluyendo
a las chicas del servicio de promoción y a las del plantel de
acompañantes y ver a algunos divirtiéndose, imaginar que
otros simulan divertirse, pensar que es el único que no se divierte
en medio de un centenar de humanos, y si en ese instante el edificio
se derrumbara y todos quedasen sepultados bajo los escombros, moriría
convencido de que esas posibilidades eran todo lo que el mundo permitía
pensar.
Ninguna
de las infortunadas víctimas de la tragedia de Barrio Norte habría
contemplado la posibilidad de que muchos de los que antes del derrumbe
parecían divertirse, se divertían por el goce de simular
divertirse y por la conciencia de que lo hacían a la perfección.
Para
que surja esa conciencia se necesita un personaje como el gerente. No
precisaban verlo: algo en la atmósfera comunicaba que detrás
de la diversión generalizada había un padecer, o alguien
que padecía por su mera existencia, y eso convertía al
divertirse, o al simular divertirse, en algo más divertido.
Para
saber esto no hace falta un derrumbe: basta con la presencia de un autor
que fragüe tormentas y derrumbes, y, en plena digresión,
anuncie otra posible diversión, dando a la vez testimonio de
ella.
Lo
mismo sucede con el amor. ¿Qué es el amor?, se preguntaba
este otro personaje, que, de todos los que estaban en la terraza del
apart, era el único que podía preguntárselo justo
después del brindis y cuando tantos invitados habían cumplido
el compromiso de asistir a la celebración y habían vuelto
a su casas o a otros lugares donde seguirían divirtiéndose.
Y
pensaba que si a cualquiera de tantos que habían estado aquel
domingo en la terraza alguien le hubiese preguntado "¿qué
es el amor?", así, directamente, como en un juego de salón,
cada cual hubiera dado su respuesta, más o menos seria, o trivial,
quizás ridícula, pero en cualquier caso ajustada a las
reglas del juego social.
¿Qué
es el amor? Pensaba que entre tantos invitados que anduvieron ese mediodía
por la terraza, eran los últimos con quienes convendría
iniciar ese juego. Acababa de conocerla. Dijo que había estudiado
comunicación en la universidad, de modo que si alguien apareciese
con una videograbadora iniciando un juego de salón con la pregunta
"¿qué es el amor?", podría imitarle la
voz y anticiparse a su respuesta, que, con toda probabilidad, sería
del estilo "el amor es lo más maravilloso que existe",
en esas palabras, o en otras que no se alejarían mucho de lo
que parecían significar: virtualmente nada. En algunos lugares
de la terraza, la parte oeste, y los sitios protegidos del viento, el
calor era intolerable. La gente se zambullía sólo para
mojarse con agua fresca que duraba apenas unos minutos sobre la piel.
Los trajes de baño se secaban a la par. Ella tenía una
bikini sin marca. Seguramente la había traído consigo.
Conocía a otras muchachas que la llamaban por su nombre, pero
desde el primer momento en que la vio, venía representando el
papel de la chica sola. Y era la única persona con la que habló
ese mediodía que no había hecho referencia al calor insoportable.
El
viento norte por momentos arreciaba y hasta llegó a tumbar un
pino montado sobre un macetón con forma de barril. Había
volado buena parte del arreglo floral de la glorieta —unas guirnaldas
de enredadera trenzada con flores azules, rojas y violeta— y muchos
pétalos habían caído a la piscina. Allí,
como pequeños velámenes, patinaban sobre el agua para
terminar agrupándose en el ángulo sur. Cada cinco o diez
minutos, un gordo de remera y bermudas verdes trepaba a la tarima de
madera que cruzaba la parte baja como un puente y desde allí,
manipulando una caña con paleta de tejido de red, pescaba los
pétalos y en un mismo movimiento alzaba la caña y los
hacía volar por sobre su cabeza, hacia el sur. Las gotas de agua
ni debían llegar al piso. Los pétalos se perdían
volando hacia la calle Quintana y difícilmente llegasen al suelo
antes de recorrer centenares de metros volando en remolinos.
Ella,
nadando, había aparecido con una flor azul en la boca.
—Es
rica! —Había dicho riendo y la flor se despegó de
sus labios y se fue navegando hacia el ángulo sur.
Acababa
de conocer su voz, pero en el agua. Después, en el borde de la
piscina, sobre la zona del hidro, bebían agua mineral y ella
dijo que impresionaba ver tantos mozos sudando a la par, y reconoció
ese mismo acento: cantarino.
Antes,
en el agua, cuando había cruzado desde el hidro hacia la parte
más profunda nadando pecho y aún no había escuchado
su voz, imaginó su boca de lengua y encías brillantes,
y se la figuró llena de pétalos azules. Entonces, al besarla,
los pétalos pasarían a su boca, como los adolescentes
se pasan sus gomas de mascar. Anticipó un sabor a flores maceradas,
y deseos de besarla y, manteniendo unidos los labios, compartir un desmenuzado
bolo de flores dulces.
No
era una mala idea para aquel domingo, pero tampoco parecía el
momento de proponerla. En cambio le pidió que repitiera la frase
que había dicho nadando. Ella no la recordaba. Tuvo que decírsela
y entonces le repitió varias veces "es rica" modulando
diferentes acentos y ensayando distintos dibujos en la forma de su labios
como para acertar con el énfasis que habría querido volver
a oír.
"Obedece",
pensó.
Era
muy curiosa: preguntaba, insistía. No podía contarle el
motivo por el que estaba en la celebración y pensó no
responderle, pero no debía contrariarla: se había prometido
que compartirían flores boca a boca, o que harían algo
que suplantase a ese justificado capricho.
Además,
también estaba en juego su propia curiosidad. Desde el primer
momento en que la vio venía pensando que formaría parte
de un "plantel", es decir, del servicio de acompañantes
contratadas.
Es
fácil convocarlas a una de estas reuniones: se paga un básico,
no más de veinte dólares por muchacha o modelo, y un premio
en el caso de que terminen saliendo satisfactoriamente con alguien de
la lista privilegiada por el anfitrión. De lo contrario, todo
se libra al azar: si la chica hace su cita con algún participante
que no figura en la lista, lo que pueda obtener ser su propio beneficio,
del que tal vez deba rendir alguna comisión a la agencia.
Ella
insistía, preguntando:
—¿Cómo
fue que viniste a parar aquí?
Le
dijo que vivía afuera y que el Karina había invitado gente
de su country porque pensaban que entre tanta gente que estaba yéndose
a vivir lejos, alguien se convertiría en cliente del apart cuando
tuviera semanas de mucha actividad en el centro de la ciudad, o para
esos días en que las familias no se soportan. Ella creyó.
Contó que la habían invitado unas amigas, pero que no
habían aparecido. Ahora calculaba que estarían durmiendo:
—O
habrán cambiado de idea y me cagaron...
Los
mariachis habían estado recorriendo las mesas y ahora se acercaban
a la sombra vecina al hidro. Venían a dedicarle una canción
a ella. Rato antes habían rodeado a una pareja de cuarentones
y le cantaron a la mujer el bolero "Pecadora".
Para
ella eligieron un vals peruano. En verdad, aun sin flores en la boca,
ella tenía un aire de vals en la manera de moverse, aunque los
mariachis no parecían la clase de artistas capaces de reparar
en eso.
Sudaban
mucho. Dos de ellos vestían pantalones gruesos de montar y unos
chalecos de cuero tachonados con estrellas de metal blanco. La seda
de las camisas y el reborde del cuello de los chalecos estaban empapados
de sudor. Un guitarrista se secaba las palmas en sus pantalones. El
otro tocaba fumando con una boquilla: en los estribillos de la canción
el humo salía de su boca en forma de volutas que se disolvían
por el viento. Interpretaban un tema romántico sobre un amor
perdido. A ella parecía gustarle: el autor hablaba de la piel
de una mujer, sus altos hombros y su perfume. Como el hombre debía
estar lejos, se trataba de una mujer evocada y el guitarrista que interpretaba
la primera voz simulaba ensoñarse y sufrir. Cuando terminaron
los aplausos y ya preparaban otra serenata para un grupo que estaba
en la parte profunda de la piscina comentaron eso: que el tipo parecía
soñar y sufrir.
Cuando
ella dijo que la canción le había encantado le preguntó
si le había gustado la imagen de sufrimiento que componía
el cantor y ella dijo que sí, que la expresión le había
gustado porque parecía verdadera, pero que lo que más
le había encantado —repetía la frase "me encantó",
como cantándola— era verlos sudar tanto, a la par, a los
tres.
Ahora
los escuchaban por los bafles. Interpretaban un bolero desconocido y
se los veía de espaldas, en el ángulo noreste de la piscina.
Algunas de las mujeres del grupo al que enfrentaban también parecían
ensoñarse. Comentaron que no sentirían lo mismo si escuchasen
el mismo tema, por las mismas voces, pero desde las radios de sus autos:
también en eso estaban de acuerdo.
Entraron
a la pileta por la parte baja y nadaron hacia el hidro.
Vistos
desde allí, los músicos parecían cantar hacia el
cielo. Sus disfraces gris—plateados se recortaban sobre el fondo
de un edificio de departamentos y eran como ángeles espiados
por esos rectángulos negros como ojos de oscuridad acuciante.
¿Escucharían
la música desde aquellas ventanas cegadas? En el agua, el zumbido
de las turbinas del hidro impedía escuchar cualquier cosa que
no fuese una voz clara, hablándole al oído. Por ejemplo,
la voz de ella, preguntando:
—Eso
negro... ¿No te da la sensación de que estarían
espiando..?
—Sí...
—mintió: ni se le había ocurrido pensarlo.
Dejándose
flotar con los brazos y las piernas extendidos, la presión del
chorro del hidro los impulsaba lejos de la turbina pero al cabo de unos
metros los integraba a una contracorriente que los devolvía al
punto de partida. Podrían pasar la tarde flotando y girando,
imaginando que alguien espiaba sus juegos desde atrás de aquellas
telas negras. Eso dijeron:
—Si
no se nubla se podría pasar toda la tarde dando vueltas con el
remolino..
—Y
si se nubla también...
—No...
Si se nubla no se podría aguantar el agua helada.
Ella
decía que sí, que el agua helada le encantaba.
—Te
endurece la piel... —decía.
El
chorro principal era una masa blanca de burbujas. Un cartel ubicado
en el borde, decía en letras de bronce la palabra "ozone".
—¿Será
verdad que las burbujas son de ozono?
Le
dijo que no: debían ser puro aire a presión.
—Pero
hace igual cosquillas... —Justificó.
Ella
tampoco conocía los efectos del ozono sobre la piel. Pero la
presión y el agua renovada que debían inyectar desde los
tanques producían escalofríos. En las piernas y los brazos
se le notaban zonas erizadas. Flotando, se preguntaba si ella habría
orinado en el agua porque él había estado un par de veces
a punto de hacerlo.
Dejándose
llevar, flotando boca arriba y moviendo apenas los brazos y las manos,
su cuerpo iba recorriendo un óvalo de tres o cuatro metros de
diámetro. De esa manera, en el curso de un minuto, tenía
una imagen de todos los bordes de la piscina. No había más
de una docena de personas alrededor. Los del borde más cercano,
que estaban de pie, tal vez dudando entre volver a zambullirse o ir
a refugiarse en la sombra, cerca de las mesas y al reparo del viento,
parecían gigantes. Los del ángulo de la parte baja, lejanos
y sentados con los pies en el agua, parecían pequeños
y agotados. ¿Cuántos de ellos habrían orinado en
la pileta?
—¿Te
gusta el agua tan fría? —Le preguntó.
Estaban
justo sobre la turbina del hidro. Debió oír, ella, pero
se sumergió en la espuma y el chorro la empujó hacia atrás.
La vio pasar,
el pelo suelto en el agua, con sus mechones como rayos, le daba un aspecto
de medusa sobre el fondo blanco de burbujas. La siguió nadando
y le tocó el hombro: tenía erizada la piel de los brazos.
—¿Te
gusta el agua helada? —Volvió a preguntarle y ella afirmó
con la cabeza y se quedó con la mirada fija en sus ojos. Habían
hecho pie cerca de la turbina y la corriente envolvía sus cuerpos
y trazaba una estela de burbujas que se iba borrando hacia la parte
profunda. En ese momento descubrió que ella arqueaba las cejas
de una manera muy especial, en forma de ve invertida. De esa manera,
el entrecejo parecía señalar el cielo. Lo habría
visto antes, pero ahora le parecía significativo de algo que
no terminaba de definir: miró hacia arriba, pronto empezaría
a nublarse. Hacia el sur, una nube muy blanca y compacta parecía
el cuerpo de un fantasma inclinándose sobre la ciudad y la gente.
Rato antes, poco antes de que ella apareciese con su flor azul, la había
visto y, por su forma cilíndrica que se alargaba hacia arriba,
había pensado llamarla "la nube flaca". Ahora había
cambiado de forma: era la misma nube y debía estar mucho más
cerca. Hacia abajo, en unos bordes crispados como costrones de hielo,
aparecían manchas amarillas que podían ser reflejos de
los rayos del sol, o relámpagos. La música que venía
de los bafles y el zumbido del hidro impedirían escuchar algún
trueno, en caso de que lo hubiese.
—¿Serán
relámpagos, eso amarillo..? —Le preguntó.
Ella
no veía nada amarillo entre los bordes de la nube. En cambio,
la forma que había adoptado al curvarse le parecía un
gran dedo índice, que flexionándose, se dispondría
a aplastar a todos los que estaban en la terraza.
—Como
a bichos... A insectos... —Dijeron.
Cada
tanto aparecían esas libélulas que en la ciudad llaman
"alguaciles" y se supone que anuncian lluvia. Son mariposas
de cuerpo gris terroso y alas transparentes que a nadie se le ocurriría
atrapar ni coleccionar. Estos insectos no debían tener más
finalidad que acompañar las ráfagas del viento que los
lleva al acaso. Algunos caían al agua y quedaba adheridos a la
superficie de la piscina, y, como resignados a una succión definitiva,
dejaban de mover sus alas, sus patas y sus antenas: habrían llegado
a su destino.
La
imagen de una nube cilíndrica que va asemejándose al dedo
rugoso de un gigantesco y añoso albino y amenaza aplastar a los
humanos que se arrastran por la superficie de ciudades y casas debía
notificar algo a las libélulas, pero sus dispositivos genéticos
no tienen prevista alarmas ni recursos de fuga ante la amenaza de ser
sometidos por un dedo. Los dedos aplastantes habrán aparecido
en la evolución mucho después de que se consolidara el
instinto de estas especies, y de allí en más, ese accionar
humano no ha debido ser tan dañino para ellas como para favorecer
mutaciones dotadas de mecanismos de defensa, evitación o fuga.
En
cambio, como todos sus géneros y familias, estas inofensivas
libélulas han adquirido tolerancia a los insecticidas agrícolas:
bastó que unas pocas sobreviviesen al festín de extermino
que en el siglo XX emprendió la humanidad, para que, legando
a su progenie las condiciones que el azar les había brindado,
lograsen, sin saberlo, recomponer estas poblaciones que vuelven a aparecer
por las ciudades del sur en ciertas conjunciones favorables de la atmósfera.
No
se puede anticipar cuándo, pero hay un día en el que a
la conciencia del personaje, o a la del narrador, retorna un dato que
parece venido de uno de esos manuales de divulgación que ya nadie
lee.
Y
por azar, o, según se dice, "por un capricho del azar",
ese dato que bien puede ser un error o una trivialidad, se imbrica en
la trama justo al servicio de lo que el autor o un personaje venían
intentando expresar. Ahora, aquí, esta pareja de invitados ha
figurado la imagen de una nube interpretándola como un dedo cósmico
dispuesto a aplastarlos. Y en ese instante el viento norte, cósmico,
arrastraba enjambres de insectos, parte de los cuales quedaban aplastados
contra la superficie de la piscina y ya ni se movían.
Pero
no estaban muertos: bastaba que un peón los atrapase con su pala
de malla de red junto a pétalos y hojas caídos de la guirnalda
y tratase de lanzarlos al vacío, para que, libres de la tensión
superficial del agua, los insectos comenzasen a agitar las alas retomando
su viaje a favor del viento.
La
supervivencia de las libélulas está fuera de cualquier
plan del peón que, pautadamente, limpia la piscina. Para él,
basta que sus cuerpos hayan dejado de afear la verde superficie del
agua y que desaparezcan junto a cualquier otra señal de suciedad
visible desde la perspectiva humana.
Nunca
sospechar que, un renglón, o un instante después de girar
su paleta de malla de red lanzando todo al vacío del centro de
la manzana, los insectos, vivos, volverán a volar y seguirán
volando a favor del viento y lejos del alcance de su vista.
Fuera
del alcance de la vista de los que trabajan, y, en general, fuera de
la percepción y de la voluntad de todos, suceden la mayoría
de los acontecimientos. Sólo el azar, y solamente muy pocas veces,
te puede conectar con la imagen de una flor azul entre los labios de
una nadadora y provocar que la imaginación se figure su boca
llena de pétalos caídos de la guirnalda.
Lo
mismo puede atribuirse a un dedo compuesto con la materia de una nube
cargada de granizo. A partir de esa misma forma, otra imaginación
habría figurado un tronco añoso, talado y seco, restos
de un árbol que, durante décadas, se fue curvando por
el peso de una copa y un ramaje demasiado asimétricos.
Ahora
estos dos no podrían librarse de la imagen del dedo, en cuya
base —coincidían— podían verse relámpagos
y anuncios de tormenta. No era propiamente el cosmos, pero era lo más
cósmico que aquel ámbito permitía imaginar.
Tal
vez otro fragmento ínfimo del cosmos se anunciase a unos pocos
centímetros por debajo de la superficie del agua. Un vago dolor,
un bienestar-malestar en la parte más baja del vientre que expuesta
al chorro de burbujas heladas del hidromasaje, anunciaba una urgencia.
¿Orinar
en el agua de la piscina? No era eso. La imagen de un dedo hecho de
corteza de nubes curvándose en el cielo, lo llevaba a imaginar
a su dedo, humano, entrando en esa boca para hurgar entre las encías,
la lengua y los carrillos en busca de pequeños pétalos
azules, y esa sensación se desplazaba a la imagen cristalina
de burbujitas de saliva manando a los costados, que bajo la lengua que
acompañaban el tacto tibio y falsamente untuoso de la saliva
que le atribuía a ella.
Representarse
todo eso en sucesión acentuaba la urgencia. No era orinar: era
el impulso de penetrarla, ahora lo sabía. Y después sí,
después de penetrarla, comenzaría a explorar su boca con
la lengua o con un dedo y a devorar, junto a ella, un bolo de pétalos
diminutos amalgamados en saliva.
Pero
antes, la tormenta, toda su urgencia, y el tormento de apostar a una
improbable satisfacción: por ejemplo, invitarla a que tomasen
un departamento en el Karina por un solo día para refugiarse
de la tormenta,
—¿Anda
tu celular..?
—¿Y
cómo sabés que traje el celular...? —Preguntaba
ella y volvía a arquear la cejas, como "ve" invertida
con un ángulo central señalando al cielo.
—Porque
te vi... Porque te vi cuando viniste a la pileta y guardaste el kimono
espantoso, un paquete chico de Marlboro y un teléfono, allí,
en el bolso. —Señalaba hacia el ángulo sudoeste
de la piscina, como acusándola con la evidencia del cuerpo del
delito. Allí volvían a agruparse hojas y pétalos
multicolores de la guirnalda, y debía haber montones de libélulas
inmovilizadas por el agua, y más allá, en el borde, un
macetón y a su lado, el bolso azul de Nike idéntico a
otros bolsos que se veían en los rincones y los bancos.
—¿Para
qué lo querés?
—Para
hacer un llamado... Se me ocurrió algo... En cualquier momento
empieza la tormenta... ¿Nos vamos..?
—¿A
dónde?
—Se
me había ocurrido un chiste: llamar a la administración
del apart y tomar un departamento por el día... —Nadie
va a poder decir que nos fuimos de la fiesta!
6
Es
como cuando alguien sumerge una pala de red de malla unos centímetros
bajo la superficie del agua, levanta una magra cosecha de hojas, basuras
y algún insecto muerto, alza la caña hasta que apunta
al cielo y, haciéndola girar, lanza todo al vacío que
no es un vacío sino un espacio de aire sometido a las ráfagas
del viento urbano que se entuba entre casas y moles de cemento, impidiendo
anticipar la trayectoria de algo inerte que flota o cae, o de lo que
revive y se empeña en volar entre los remolinos de aire.
Como
velámenes, los muros y las casas hacen su trabajo de resistencia
derivando cualquier corriente hacia un destino que nadie tuvo previsto
al construirlas ni al proyectarlas.
Así
el relato. Esto es el relato. Cayeron dos personajes y de ellos quedarán
solamente unas imágenes revoloteando: la forma mutante de una
nube, una amalgama de pétalos azules, pequeñas formas
como granulaciones de la piel en los puntos donde un vello invisible
se erige estimulado por una corriente de agua fría y el fantasma
de una mucosa húmeda y tibia dentro de la boca que modula una
voz de mujer.
Debió
quedar también la figuración de algo que alguien, en el
fondo del vientre, pudo percibir como una urgencia que impulsa a uno
y a otro a urgirse mutuamente.
Todos
se urgían, así en la terraza como en todas las ciudades
del mundo. Uno podría suponer que la concurrencia de aquel encuentro,
igual que toda la humanidad, representa un conjunto casi infinito de
átomos de urgencia. De ellos, unos pocos —muy pocos—,
serían afortunadamente complementarios: el mozo urgido por atender
al comensal que, con una seña, acaba de reclamar otra botella
de agua mineral, la señora que agradece con su sonrisa al mariachi
sonriente que le ha dedicado una canción, y poco más.
Son casos tan infrecuentes que una mejor versión de la escena
debería pasarlos por alto.
Del
resto, casi no se puede entrar en detalle. En un instante, para medio
centenar de personas que comen, beben y se bañan en la piscina
sin preocuparse por la amenaza de tormenta, podrían suponerse
millares de ínfimas urgencias chocando entre sí, como
pequeñas partículas de incertidumbre que nunca llegarán
a complementarse ni terminarán de satisfacerse.
El
grueso de estas urgencias se dirige a personas. Se busca algo de alguien:
obtener algo, aunque solo sea la confirmación de que se hizo
todo lo posible y de la mejor manera posible para conseguirlo.
Una
pequeña parte de las urgencias se dirige a las cosas. La arquitectura
del lugar y la organización del evento están dispuestas
para satisfacer la sed, el hambre y el deseo de zambullirse para refrescarse
en la tarde agobiante. Junto a estas mínimas condiciones, también
se han dispuesto musicalizaciones, un cronograma de servicios de show
y de mesa y una eficiente división de funciones del personal,
que garantiza al público que habitar un espacio apto para que
todo el azar de las urgencias humanas se manifieste sólo en la
mente de cada uno.
Así
es el mundo. Las virtudes de la urgencia sexual proceden de la facilidad
con que puede asimilársela a los procesos naturales y de la felicidad
que a veces produce el sentimiento de ser, uno mismo, el escenario de
la intervención de las fuerzas del cosmos.
Ahí
salen dos. Van presa de una urgencia a la que les bastaría imaginar
como un anuncio de fuerzas cósmicas entre sus cuerpos, o sus
personas, para que se convierta en un inicio de felicidad. Después,
se sabe, la felicidad recorrerá su ciclo desde la plenitud hasta
el peor de los vacíos, pero el arte de vivir que inculca el mundo
habilita para que cada fase se asuma como si representase lo único
que puede suceder en la vida.
Este
ya tenía el cheque. Los maldecía: podrían haberle
pagado en efectivo esos seiscientos miserables dólares. El contrato
pactaba que debía animar y coordinar el espectáculo entre
las doce del mediodía y las seis de la tarde, pero pronto llovería,
su trabajo se decretaría terminado, el lunes cobraría
el cheque y en el curso de la semana habría olvidado todo.
Que
lo eligieron por su perfil cultural, le habían dicho los del
apart. Todo porque tenía ese programa de cable. Con el tiempo,
pensaba, toda la cultura se reduciría a los programas culturales
de cable, y lo que no aparezca en esos espacios podrá existir
igual que siempre pero no ser algo que suceda en la cultura. Mientras
tanto, las cosas siguen funcionando al revés: los productores
de cada programa cultural todavía revisan la prensa para detectar
lo que está sucediendo, y anda por las instituciones a la caza
de novedades para mejorar su perfil. Lo mismo ocurría en los
comienzos de la radio y la televisión: revolvían la prensa
para determinar qué hacer con su programación y qué
anunciar en sus espacios de noticias.
Ahora
nadie ignoraba que la prensa vivía pendiente de la televisión
y que cada año era mayor el espacio que destinaba a informar
lo que va sucediendo en canales y estudios. El animador estaba convencido
de que con la cultura sucediese lo mismo que con los noticieros y los
programas de entretenimiento, y seguía fiel a su proyecto inicial.
Se lo había dicho a su mujer: "ahora flaca, bajo perfil:
prender un pucho y sentarse tranquilo a fumarlo por unos años
porque el tiempo va a favor de lo que estamos haciendo. Es cuestión
de paciencia..."
Ya
se habían divorciado, pero ella seguía reconociendo que
tuvo razón.
Cinco
años atrás, a nadie se le habría ocurrido delegar
en una figura cultural la animación del show de lanzamiento de
un hotel caro, y este tipo de propuestas venían presentándose
cada vez con mayor frecuencia.
Dos
años atrás, tampoco él era una figura cultural.
Había publicado dos novelas y aparecía firmando una crónica
de los primeros años de la guerrilla en Sudamérica. Las
novelas fueron muy comentadas en los suplementos culturales pero el
público las desairó. Ahora los ejemplares amarilleaban
en las mesas de saldos y algún día se daría ánimos
para mandar a comprar todo, de modo de librarse de la sensación
de que, cuando esporádicamente alguien elegía y compraba
un librito suyo por dos pesos, lo hacía para burlarse de él
o para documentar alguna intervención desdeñosa en su
propio programa.
Algo
faltaba en esos libros y él, que lo advertía y hasta lo
reconocía entre sus amigos escritores, no terminaba de definir
qué era, y, sin embargo, estaba seguro de que cuando escribiese
su tercer novela sucedería lo mismo. La crónica guerrillera
fue virtualmente un éxito.
Había
agotado las dos primeras ediciones y se estaba traduciendo al inglés
y al francés, todo gracias a que fue comentada en las secciones
de política y actualidad y a pesar de que la mayoría de
críticas eran hostiles, se ensañaban con unas pocas inexactitudes
y lo calificaban de best seller oportunista.
Alguien
difundió que el libro había sido compuesto por un equipo
de ignotos estudiantes de periodismo, que, contratados por la editorial,
ni llegaron a verle la cara al supuesto autor. Mientras los mariachis
interpretaban su último número, el animador recordaba
sus temores de aquellos días en los que llegó a creer
que desenmascararlo como falso autor equivalía a una acusación
de plagio. Estaba equivocado: hasta para sus amigos escritores, que
se debatían bajo el terror de las influencias y abominaban de
los plagios, el hecho de tener éxito sin sacrificio alguno resultaba
una virtud comparable a los mayores logros artísticos. Ahora,
entre sus íntimos, exageraba diciendo que se había limitado
a diseñar el índice y a inventar el título y, que
estaba pensando un nuevo título y un índice para una obra
complementaria que trataría sobre las fuerzas armadas o sobre
la vida de los civiles indiferentes por los mismos años historiados
en su best seller.
Probablemente
jamás escribiría ese libro. Pero de algo estaba seguro
y se lo había dicho a su mujer en los días del divorcio.
Ella le había gritado que era "un trucho, un farsante, un
falso escritor..." y, al verla completamente imbecilizada y animalizada
por el odio sintió un alivio y le dijo que gracias a Dios era
tal como ella decía, puesto que si creyesen que el libro y sus
artículos en el diario los había escrito él, los
del canal no le habrían dado el espacio ni los privilegios que
garantizaban el éxito de su programa.
Pasado
un año seguía sintiendo el mismo alivio, solo interrumpido,
a veces, cuando sospechaba que ella podía estar acostándose
con algún escritor joven, fracasado. No eran celos. Lo sentía
como un temor supersticioso a recibir un daño, y no valía
la pena negarlo: hacía un tiempo que se sucedían acontecimientos
que confirmaban el acierto de su creencia.
Algunos
piensan que la envidia irradia un factor mágico que perjudica
a las personas que toma por objeto. No era su caso, pero creía
en lo que llamaba "las ondas".
En
el canal y en el estudio, todos hablaban de buenas y malas ondas, o
se oía decir que con tal o cual cosa o persona había o
no había onda. Sexualmente su ex mujer no le interesaba: ahora
diría que no tenían más onda.
Más
aún, preferiría que tuviese lo que ella llamaba una relación
plena con un hombre. Alguna vez imaginó que en las semanas siguientes
a la separación ella vivía un romance con el arquitecto
que estaba refaccionando el piso de sus suegros. Era probable, y tenía
muchas evidencias de que el tipo se interesaba en ella. Entre las mujeres
de su ámbito tenía fama de ser un amante infatigable,
al que una llamaba "el diez puntos", y otra "seis polvos".
Pensar
que ella se acostaba con ese tipo, al que suponía dotado de un
pene de grandes proporciones, lo dejaba indiferente: era un play boy
de clase media que seducía sólo por su narcisismo, y,
en compensación, vivía seducido por las mujeres mayores
que él, con dinero y con algún tipo de arraigo en el mundo
de la cultura o de la prensa.
Su
ex mujer administraba un bar que tenía un anexo de librería
y una pequeña sala de exposiciones en la planta baja de la fundación
Delta.
Su
suegro siempre aparecía como jurado de concursos y en las comisiones
asesoras de los proyectos culturales del gobierno. Era bastante para
un arquitecto ocupado de la refacción de casas.
Una
tarde la vio salir del estacionamiento de la fundación con ese
hombre y se convenció que irían a pasar la noche juntos.
No le importó y eso probaba que no sentía celos.
En
cambio lo inquietaba atribuirle aventuras con cualquiera de esos poetas
jóvenes que perdían las horas mirando libros en el bar,
revisando solapas para ponerse al día o consultando precios como
pretexto para hablar con ella. No era por la edad: serían más
jóvenes que ellos, pero tampoco el arquitecto debía tener
más de treinta, y aunque a ella le gustaran los jóvenes
y hasta de poco más de veinte años, si los aceptaba o,
directamente, los seducía, no era buscando un desenlace sexual
que difícilmente podría satisfacerla, sino para dar lugar
a esos diálogos íntimos que suceden al sexo y en los que
se aprontaría a corroborar la imagen negativa del ex—marido
entre los resentidos por el fracaso.
Odio,
sentía. Saber que ninguno de esos muchachos llegaría a
conseguir la menor notoriedad en la cultura no lo calmaba. Por el contrario:
acentuaba una rabia que no podía discriminar si se dirigía
a ella o al pobre proyecto de intelectual fracasado.
Pero
parecería que odiar no daña a los demás. Por el
contrario, el odio termina confirmándoles lo que son porque eligieron
serlo y, de ese modo, funciona como una influencia positiva en el ánimo.
Es todo lo contrario de la envidia. Las ondas maléficas de la
envidia no proceden del envidioso ni de la mujer resentida que estimuló
su insidia. Están en uno, allí en la parte de uno mismo
que descubre en el mundo focos de negación de lo que es y de
lo que elige ser.
Que
esto suceda desde siempre, y no solo en las sociedades sometidas a democracia,
prueba que no es que el alma o la mente escruten a un padrón
de individuos para tabular su prestigio o su popularidad. ¿Qué
es?
Tal
vez sea el reconocimiento de la existencia de algo —¿una
forma de amor?— que entre algunas personas define su bienestar
por oposición a otro que parece tenerlo inmerecidamente.
—¿Qué
es el amor? —se preguntaba también el animador por otros
motivos. Faltaban minutos para anunciar el brindis, pronto empezaría
a llover, y la pareja que venía siguiendo con la vista desde
la tarima del show acababa de salir hacia los ascensores, llevándose
sus bolsos pero sin pasar por los vestuarios a cambiarse. La chica caminaba
con largos pasos y movimientos de animal joven. El tipo era muy parecido
al arquitecto de su ex mujer: al llegar, lo había identificado
como parte de la custodia de la Cementera, y después estuvo preguntándose
por qué se había quedado en la reunión.
Ahora
entendía: habría resuelto quedarse interesado en esa chica:
querría rondarla, nadar con ella y hablarle señalando
el cielo y los edificios vecinos, que fue lo único que le vio
hacer desde el momento en que la comitiva de su jefa se retiró
del apart.
Al
parecer, por la manera de partir tomándola del hombro y poniéndole
una mano en el pecho, justo en el borde del corpiño de la bikini,
había conseguido su objetivo, y, de alguna manera, se mostraba
orgulloso tal como habría hecho el arquitecto. También
en esto se parecían.
Físicamente
cualquiera podría haberlos confundido: solo los diferenciaba
el corte de pelo policial de este en contraste con la melenita de soñador
que usaba el otro: sus pelos castaños, quizás aclarados
con alguna loción, siempre estaban volando sobre sus hombros
a merced de su hábito de volver bruscamente la cabeza hacia un
lado cada vez que conseguía completar una frase agradable.
Se
oyó un trueno y todavía no tenía resuelto cómo
convendría anunciar el brindis. Si estuviese lloviendo todos
emprenderían la retirada y también él estaría
yéndose con su cheque de seiscientos. Si hubiera empezado a llover
unos minutos antes ya se habría ido y habría visto a la
chica del custodio caminando igual, como en puntas de pie, pero chorreando
lluvia desde sus empeines, como cuando la descubrió por primera
vez saliendo de la pileta.
Le
había preguntado a un socio del apart si era una del servicio
de acompañantes y le habían dicho que no: era una amiga
de las de la agencia de prensa que a veces solía ayudarlas. Nadie
sabía su nombre.
7
Escuchaba
decir que estaban "pasando desgracia tras desgracia", y todo
a propósito de una boludez. En cambio, el viaje por la autopista
hasta el country de su colega había sido, en verdad, una desgracia.
Primero
tuvieron un embotellamiento en el empalme: durante media hora avanzaron
a paso de hombre, y de repente todo se despejó y retomaron el
camino sin enterarse de las causas de la demora.
Después
hubo un problema en las cabinas de peaje. Según algunos habían
asaltado a un cobrador, otros decían que un chofer fuera de sí
había bajado discutiendo y desencadenó una pelea. Habían
oído que una ambulancia se llevó a dos guardias sangrando:
por lo menos, al salir del peaje cada uno podía elegir la explicación
que más le gustase.
Finalmente,
al llegar al country del otro escribano encontraron una larga cola de
autos y todoterrenos. Había alguien de gobierno visitando a una
familia, se temía un atentado y los de seguridad revisaban baúles,
motores, bajo los asientos y en el equipaje de las familias buscando
armas y explosivos. Gente inexperta, se distraía verificando
detalles y les llevó minutos revisar la mochila de la nena, que
venía cargada de cosméticos infantiles y libros de Disney.
Cuando
llegaron al jardín de su colega, ya tenían listo el asado
y él seguía afligido por tanta demora sin poder librarse
de la imagen del guardia que morosamente controló hoja por hoja
un cuaderno escolar y se detenía a leer los epígrafes
de unas imágenes de la muñeca Barbie.
Durante
el almuerzo se fue calmando. Por suerte, la familia de su colega había
dispuesto una mesa atendida por una empleada donde comerían los
niños y la arboleda que rodeaba el jardín tenía
un efecto benéfico: pinos y eucaliptus filtraban el fuerte viento
impregnándolo de una atmósfera balsámica que atenuaba
el calor. Las mujeres casi ni hablaron y parecían interesadas
por la conversación de sus maridos: tres escribanos pesimistas
por el destino de su profesión.
Confirmar
que, en su escala, esos dos colegas afortunados padecían la misma
merma de trabajo que él y compartían sus peores pronósticos
sobre el futuro también tenía el efecto balsámico
de un bosque de cedros. Las mujeres tenían razón: en el
country el calor y la desazón se hacían más tolerables
que en la ciudad.
Pero
a los postres se agregó al encuentro su cuñado el juez.
Había aparecido en su nueva Harley trayendo a las hijas abrazadas
a su cintura. No sabía que estuviera invitado y su presencia
venía a hacerle más difícil la charla entre colegas.
Era
el nuevo rico de la familia. Casado con la hermana de su mujer, su pedantería
ostentosa escandalizaba a los parientes. Ahora estrenaba esa moto con
el entusiasmo de un chico de veinte años y esa novedad pronto
se agregaría a la lista de patrimonios que comentaba la familia,
alternando envidia y admiración, según los variables ánimos
de momento.
No
toleraba la teatralidad de la carrera de acumulación de bienes
que emprendía su cuñado. A medida que incorporaba una
nueva propiedad, —barcos, chacras, edificios de renta— se
agrandaba proporcionalmente su protagonismo en reuniones de familia
y encuentros sociales como el de aquella sobremesa. Ya no podía
imaginar una escena en la que el juez no fuese el centro de la atención
de todos.
Ahora
contaba que en las últimas semanas había tenido que vivir
desgracia tras desgracia.
Se
les había muerto el administrador de la chacra y había
desaparecido toda la documentación de operaciones de compra,
venta, ampliaciones y gastos de personal. Tuvieron que contratar a un
auditor que les aconsejó que diesen todo eso por perdido.
—Una
desgracia... Y no por la plata —descartaba—: por ahí,
con cien mil dólares se soluciona todo... Es la sensación
de que hoy en día uno tiene que vivir dependiendo de gente así...
Si fuera un negocio no sería tan grave, pero esta chacra era
una cuestión más de familia... ¡Mi mujer quedó
hecha mierda..! ¡Loca por este tema!
Contaba
que su despacho y las oficinas de los secretarios de su juzgado estaban
llenos de micrófonos, y que el mayor peligro era que la gente
que recibía grabaciones o transcripciones de las escuchas eran
un montón de inútiles capaces de interpretar cualquier
cosa.
Acababa
de enterarse de que su administrador, el muerto, además de imbécil
y desordenado, era comunista y trabajaba con una empresa financiera
ligada a los restos del aparato de su partido:
—Imaginate vos... —le decía al dueño de casa—
con tantas pelotudeces contables que uno pudo llegar a haber hablado
con un bolche, lo que puede pasar si a alguien se le ocurre leerlas
como mensajes en clave... Debo haber mencionado tres bancos, diez marcas
de herbicidas de nombres extraños y siglas con números...
Este invierno hablé montones de veces de la "caja negra",
que es el sistema que usan las cosechadoras para controlar los recorridos
de potreros con el posicionador satelital... Y de golpe un cretino que
gana quinientos dólares por mes escucha eso y hace copias para
la prensa...
Ya
anticipaba un titular, "La Caja Negra del Juez", y le decía
a los escribanos que ellos no tenían esos problemas, para explicar
que cada vez más seguido estas cosas le hacían pensar
la posibilidad de renunciar y vender todo para ir a hacer un postgrado
en leyes en Estados Unidos y vivir allí con lo indispensable,
sin depender de terceros y sin necesidad de vigilar dónde le
habrían metido los micrófonos esa semana.
—Lo
peor es la gente... —Decía.
Para
peor, esa semana había tenido problemas en su country y con la
brigada policial de la zona.
Había
desaparecido un reloj. Lo buscaron por toda la casa, interrogaron a
las mucamas y a las nenas pero nadie lo había visto. Era el cronógrafo
marino que decoraba una repisa frente a su escritorio. Al día
siguiente, aprovechando que el jardinero había salido en su franco
de los jueves, su mujer decidió revisar el cuartito que el tipo
ocupaba detrás de los vestuarios de la pileta.
No
lo consultó: él no la hubiera autorizado y, en caso de
verdadera necesidad, lo habría hecho personalmente y en presencia
de la mucama de confianza.
Ella
había salido al jardín y al rato apareció como
loca pidiéndole a los gritos que la acompañase a ver lo
que había encontrado. No estaba el reloj, ni vieron señales
de que el tipo tuviese algo de la casa salvo un mazo de fotos que guardaba
una caja.
Eran
fotos de las nenas, algunas retocadas con lápiz de color y otras
punteadas en tinta negra como para definir el marco de una ampliación.
Todas esas imágenes habían estado en su casa y de la mayoría
podían recordar el momento en el que las había tomado
la madre, o unas compañeras de colegio que solían visitarlos.
Al
principio él le restó importancia: era algo natural porque
de ese hombre se sabía que era muy cariñoso y hasta amigo
de los chicos del country. Siempre solía bromear con ellos inventándoles
adivinanzas y chistes rimados con sus nombres, de modo que le parecía
normal que hubiese juntado aquellas fotos que las nenas miraban y dejaban
tiradas en cualquier parte.
Pero
su mujer estaba horrorizada: decía que el tipo era un perverso
y que debía ser un violador. Él trató de calmarla:
estaba cada vez más seguro de que no había nada que temer,
y seguiría pensando así si no hubiera dado con el bibliorato.
Era
uno de esos libracos de contabilidad encuadernados en tela que se usaban
hace cincuenta años. Tenía cerca de mil páginas
pautadas a dos columnas por una doble línea roja y estaba escrito
con letras pequeñas pero con caligrafía muy clara, casi
como letras de imprenta. En las primeras páginas los trazos en
birome, que eran más leves, estaban desteñidos por el
tiempo y a medida que se avanzaba hacia el final parecían más
frescos y recientes.
Calculaba
que escribir eso con semejante caligrafía, sin borrones ni tachaduras,
debió requerir un trabajo de años.
No,
contaba: no era una novela. Una etiqueta escolar, pegada en el lomo
del libraco decía "El Jardín de las Flores",
lo que también a ellos los llevó a pensar que era el título
de una novela.
Era
una un colección de cartas. Al leer las primeras se pensaba que
serían copias de correspondencia de otras personas. Cada carta
venía encabezada con el nombre de una remitente y de la mujer
a quien estaba dirigida. Eran todas cartas entre mujeres. Desde el comienzo
se notaba que quienes escribían eran gente de edad, al menos,
cincuentonas, alguna de ellas ya jubilada. Debían ser diez o
doce mujeres que evocaban pequeñas historias de su infancia escolar.
Al comienzo eran formales, se trataban de "señora",
"querida señora" o "estimada señorita",
y se centraban en los preparativos de un encuentro de ex-alumnas planificado
para las vísperas de la siguiente Navidad.
El
juez había leído a los saltos, junto a su mujer, decenas
de cartas que gradualmente iban volviéndose más íntimas
y confianzudas. Empezaban en febrero. Ya hacia abril todas las corresponsales
se tuteaban y poco después se empezaban a poner procaces y descabelladas,
contagiándose y provocando el mismo tono de unas a otras.
Las
supuestas autoras terminaban pareciendo locas: por ejemplo una carta
contaba como si fuese la propia experiencia del remitente, algo que
páginas atrás, en el bibliorato, le había relatado
una tercera corresponsal. A partir de septiembre, una a una, iban evocando
su iniciación sexual y todas recordaban la fecha: se trataba
del mismo día, un cinco de abril.
Nadie que copie la experiencia de otro —decía el juez—
la relataría con los mismos detalles ni la dataría justo
sobre la misma fecha.
—¿No
es cierto..? —preguntaba su cuñado dirigiéndose
a los otros escribanos, como reconociendo que a él no le interesaba
la historia de sus desgracias ni sus relojes de colección.
Pero
en realidad, le había despertado curiosidad el libro: ahora querría
leerlo. Escuchaba al cuñado contar que lo que "les había
helado la sangre" era la descripción en detalle de un hecho
del que todas se atribuían haber sido víctimas. Hablaba
y cada tanto bajaba la voz y miraba hacia la pileta donde jugaban los
niños como temiendo que lo oyesen.
Todas
las supuestas corresponsales tenían entre once y doce años
en oportunidad del hecho y el corruptor, de cincuenta y cuatro, era,
en todos los caso el mismo hombre: el jardinero del colegio, un protegido
de las monjas francesas que lo administraban.
Era
un tipo muy querido en la zona. Vivía en el colegio y los sábados
y los feriados daba clases de box a los varones. Algunas cartas contaban
que había sido un destacado boxeador que comenzó su carrera
en Bahía Blanca y que llegó a trabajar como sparring de
algunos campeones en Los Angeles.
Eso
imponía respeto a los adultos, mientras que las chicas del colegio
estaban fascinadas porque se jactaba de conocer los nombres de todas
las cosas y recordar los nombres de todas las personas.
Curiosamente,
ninguna de las que en el bibliorato figuraban como autoras de las cartas,
sabía su nombre: todas lo llamaban "El Jardinero".
Contaban
las cartas que alumnas, monjas y profesoras del colegio lo admiraban
por su destreza para dibujar con ambas manos: reproducía insectos
con una perfección y un lujo de detalles que se comenta varias
veces en las cartas fechadas entre julio y diciembre, donde también
se refiere su conocimiento de los nombres y hábitos de infinidad
de especies de insectos voladores.
Lo
que más alarmaba, decía el juez, es la semejanza entre
el tipo aquel, que era un viejo hace más de cuarenta años
y el propio jardinero de sus terrenos en el Country Highland que ahora
debe andar por esa edad. Y lo que "te congela la sangre",
repetía, eran los detalles de la violación, que solo se
pueden recomponer leyendo en orden y con mucha paciencia las cartas
fechadas entre agosto y octubre.
Claro, decía: una persona normal diría violación,
pero en ninguna de las supuestas cartas se usa esa palabra.
Contaba
que una corresponsal la llamaba "iniciación", y que
otras aludían al hecho como "la experiencia", "el
encuentro", "el reconocimiento" y palabras vagas por
ese mismo estilo. Explicaba que habría que recuperar el bibliorato,
que ahora estaba en la delegación policial de Pilar, para cotejar
bien las descripciones que del hecho dan cada una de las supuestas corresponsales.
De lo que estaba convencido era que ninguna de ellas guardaba rencor
al hombre ni parecía reprocharle nada.
Vieron
una carta cuya autora reconoce que sintió asco, pero no se refería
a lo que ocurrió, ni a cuando sucedió, sino a algo que
sintió días después en el colegio, cuando se cruzó
con El Jardinero y notó que era tan viejo.
Eso
figura en la carta. Al mes siguiente, la destinataria le responde, burlona,
que no era tan viejo y que sería menor de lo que ellas dos eran
ahora, en vísperas del encuentro de ex compañeras.
Su
cuñado bajó la voz para repetir que los detalles eran
horribles, repugnantes y en ese momento, comenzó a crecer un
golpeteo de motores que venían oyendo hacía varios minutos.
Curiosos por la historia, no les había llamado mucho la atención,
pero ahora se había vuelto un ruido ensordecedor en el que se
reconocían los escapes de las turbinas de un helicóptero.
Todo
se oscureció: hacia rato que amenazaba nublarse y, hacia el este
el cielo se teñía de un marrón rojizo cada vez
m s denso. No eran nubes: entre los árboles se dibujaba un remolino
con forma de cono invertido que tendría el vórtice a ras
del suelo aunque no se alcanzaba a ver tras las lomadas divisoras de
predios.
—¡Qué
hijos de puta..! —gritaba el dueño de casa y explicó:
—Se pasaron la mañana haciendo vuelos rasantes sobre el
campo de golf y ahora decolan sobre las canchas de tenis... ¿Ven
eso? —señalaba hacia el cielo del este enrojecido—
¡Es polvo de ladrillos que levantan de las canchas! Van a ver
que ahora empieza a caer y que cuando pase —ya pasaba el helicóptero
a unos cincuenta metros por encima de las copas de los cedros altos—
el viento de la hélice nos apesta de olor a kerosén y
rocía todo con polvo y yuyos...
Los chicos habían trepado a la terraza del solarium y saludaban
el paso de la máquina. Un aire caliente y con olor a combustible
mal quemado invadió el jardín y en unos instantes la pileta
y el estanque que usaban para juegos de pesca quedaron cubiertos de
hojas flotantes. Algunas habrían caído de los árboles
pero la mayor parte eran briznas de césped del campo de golf
que la máquina cortadora no había terminado de aspirar
en el servicio de aquella mañana.
—Enchastran
todo... —Dijo el dueño de casa y su mujer dejó la
mesa diciendo que iba a encargar a las mucamas que limpiasen al menos
la pileta de los grandes. Todos querían saber m s acerca del
bibliorato pero el juez hizo un ademán significando que prefería
obviar algo. Volvió a decir que los detalles eran repugnantes
y que habría que leer todo con mayor atención porque las
revelaciones iban apareciendo de a poco en las sucesivas cartas que,
copiándose unas a otras, las iban ampliando.
—Ahora,
—decía golpeando su Rolex con los nudillos, como para indicar
que contaría algo que estaba sucediendo en el mismo instante—
fíjense que el jardinero, mi jardinero, —subrayó—,
hace un tiempo nos pidió autorización para instalar un
invernáculo en el fondo del terreno y puso una especie de capillita
de vidrio donde las nenas pasaban horas porque era un criadero de mariposas
y gusanos de seda.
Alimentaba
a los bichos con moras y un puré de frutas mezclado con azúcar
y aserrín y al comienzo del verano las chicas aparecieron con
ovillos de hilo de seda, que, según creían, habían
producido o segregado sus gusanos.
Lo
mismo dicen todas cartas: las llamadas "experiencias" habían
ocurrido en un invernadero donde criaban larvas, crisálidas y
gusanos de seda. El jardinero —el del colegio, claro— adormecía
a los gusanos con el humo de un cigarrillo. Él lo pitaba y, —según
contaban las viejas en sus cartas— incitaba a la chica también
a fumar. Después le mostraba cómo los bichos, adormecidos
por el humo, se volvían dóciles y se frotaban entre sus
dedos. Simulaba comerse uno, pero se limitaba a permitir que recorriese
su su lengua diciendo que era dulce y suave.
Según
las cartas todas las compañeras habían tenido la misma
experiencia, y coincidían en que eran bichos muy dulces, suaves
y perfumados. Ninguna debió haber llegado a tragarlos, pero todas
jugaron con el viejo a pasárselo de boca a boca.
Después,
contaba, todo seguía con juegos de lengua. Les sugería
que lo imaginen, pero que aunque eran cosas que cualquiera puede suponer,
era difícil que alguien conciba detalles tan retorcidos como
lo que estas viejas cuentan que hicieron, sintieron o se inventaron.
Del relato de su cuñado le quedó nítida la imagen
de gusanos de seda blanquísimos retorciéndose sobre una
lengua. Y del tipo del colegio, el de hace más de cuarenta años,
una imagen física que en su memoria se confundía con los
rasgos del jardinero que tantas veces había visto en la casa
quinta del juez.
Uno
puede ver verano tras verano al mismo hombre con sus palas y herramientas,
siempre inclinado sobre las flores, o caminando como agobiado por el
peso del sol, sin siquiera interesarse ni por su nombre.
Siempre
cualquiera puede ser un violador, o un asesino. De este jamás
hubiera sospechado nada. Que era loco, decían, pero sucede siempre
con la servidumbre llegada a cierta edad: la gente tiende a atribuir
locura a los que, siendo mayores que ellos, ocupan un rango social tanto
más bajo. Solo la demencia puede explicar por qué esa
gente no ha podido progresar con el paso del tiempo. A la vez, no descartaba
que muchos sirvientes exagerasen sus rasgos de ensimismamiento o de
tristeza para justificar una diferencia social debida a otras causas
que resultaría penoso reconocer en presencia de su pares y superiores.
Del
jardinero de sus cuñados recordaba la costumbre de caminar tarareando
y algunas curiosidades que le enseñaba a las nenas: nombres científicos
de árboles y flores, que eran temas de su oficio, o costumbres
de animales salvajes y de insectos que no tenía por qué
conocer.
Pese
a esto, nunca se le ocurrió que fuera capaz de armar un libro
ni de inventar una historia tan descabellada. Los médicos de
la policía que rato después mencionó su cuñado,
aseguraban que a la vista de lo que había escrito, no era un
violador pero que potencialmente era un tipo peligroso: todo lo que
desconcierta suele encubrir algún peligro.
¿Habría
copiado eso de otro libro, tal como esas viejas se copiaban los episodios
y hasta el estilo de sus cartas? Era otra de las cosas que nunca llegarían
a saber. Al tipo lo habían despedido, y con él se perdía
la pista de la historia, pero seguía sintiendo curiosidad por
leerla y confirmar si el cambio gradual de la correspondencia desde
la formalidad a la locura, y lo que su cuñado llamó varias
veces "contagio" de una a otra vieja, de una carta a otra,
se producían efectivamente como lo había contado.
Hay
muchas cosa raras en los libros. Su mujer le reprochaba que leyese tanto,
pero, comparándose con otros colegas y con algunos conocidos
que cada semana iban por las librerías de barrio norte a buscar
la última novedad, se consideraba un lector perezoso.
Últimamente
se había propuesto leer con método y tomar notas de las
ideas que se le fueran ocurriendo. Temía perder detalles, y más
que eso, olvidar ideas que algunas lecturas lo llevaban a pensar, y
que, en el momento le parecían importantes, o reveladoras.
Le
interesaba cada vez más el tema de la locura, pero no era fácil
enfrentar a un vendedor para pedirle libros sobre locura: cualquiera
interpretaría que se interesaba en temas de psicología,
o psiquiatría.
Pero
no era eso: en tal caso iría un local especializado, o consultaría
a un psicólogo. Ya había anotado que su interés
no debería definirse como lo que le sucede a un loco, sino por
lo que se siente en la etapa del comienzo de la enfermedad.
Temía
a la locura, no a perder la razón. Esa tarde lo aliviaba ver
que otros escribanos compartían idéntico pesimismo y el
mismo diagnóstico sobre la decadencia de la profesión,
y el consecuente temor al futuro. Pero, en compensación, tanto
la evidencia de la carrera de enriquecimiento y ostentación de
su cuñado, como el relato del libraco del violador, volvían
a perturbarlo.
Si
existía la locura, y si alguna de sus posibles variantes pudiese
llegar a afectarlo, sería bajo la misma forma: una amenaza venida
desde abajo, desde los animales, desde la servidumbre o de las mismas
calles de su barrio invadidas por gente indeseable que en apariencia
eran iguales a él y a los de su familia.
Tendría
que encontrar una manera de anotar esto para entenderlo mejor alguna
vez: pensaba en las absurdas láminas de poliestireno negro que,
simbólicamente y por unos pocos días, repudiaban la invasión
de su barrio por la canalla del Apart Hotel. Tendría que haber
un medio más eficaz que una cortina para garantizar que la locura,
igual que esa fealdad venida desde abajo, no llegara a entrometerse
en su vida.
¿Sería
cierto que el juez, que ya era un cuarentón, contemplaba la posibilidad
de abandonar todo y vender todo para empezar una carrera académica
sin mayores promesas, en otro país..? ¿O sería
otro despliegue de fanfarronería para llamar la atención
sobre su patrimonio..?
En
cualquier caso su cuñado acertaba: vivir algunos años
en una pequeña comunidad americana sería una manera de
evitar la amenaza de la locura para quien tuviese los recursos necesarios.
Estaba en lo cierto, sea que en verdad lo estuviese planificando, o
que se limitara fantasear con la idea, o a jugar con ella para provocar
la fantasía de los otros.
Para
él, hasta como fantasía, partir era imposible. Algunos
colegas, y no era el caso de los dos presentes, habían encontrado
hacía años una manera que entonces le pareció repugnante
y ahora descubría que era el único camino eficaz. Uno
se había asociado con directivos de los bancos, aceptando compartir
sus honorarios con ellos o con las firmas que representaban. Otros se
habían lanzado a la política, exagerando su entusiasmo
por el auge de la democracia. También a ellos les fue bien y
no sólo porque alguno llegó a ganar un cargo electivo
o cierta figuración de prensa, sino porque todos, moviéndose
en ese medio, accedieron a un nuevo tipo de cliente que ahora representaba
las mejores operaciones notariales.
Era
como la idea persecutoria de haber perdido el último vuelo: en
aquel momento, aquellos vieron lo que debían hacer y él
sospechó que podían tener razón. Ya nadie acertaba
con lo que le convenía hacer, y hacía años que
ni siquiera aparecían alternativas repugnantes como esas, que,
ahora sí, estaría dispuesto a contemplar con seriedad,
si el tiempo pudiera volver hacia atrás.
Pero, al revés, el tiempo sólo puede avanzar y urgir.
Esa es la clave de personajes que se retuercen pegoteados sobre la lengua
artificial del relato. Como en el invernáculo, el mismo cristal
que permite que una forma de vida prospere fuera del clima requerido
por su especie, fija los límites de su supervivencia: si el gusano
quiere salir, o la planta crecer más allá de su techo,
cada uno a su manera tropezar, como ante un obstáculo, con la
misma condición que hizo posible que creciera o que intentara
algo.
Es
la contradicción de la locura, que aparece en los locos, pero
también en los que temen a la locura y en los que tratan de explicarla,
narrarla o mantenerla bajo control.
Siempre
hay un error, y creyendo temer a la locura este escribano responde a
la amenaza social de desclasamiento con un miedo que su especie, su
clase y su familia no han previsto en sus programas de desempeño.
Y sin embargo es la única forma de locura dispuesta para él:
una circunstancia que, no por trivial, está libre del desenlace
trágico que aguarda a todos los humanos.
El
programa de los relatos es más simple. Aunque en la vida haya
relatos y a veces predominen sobre todo lo que se ve o se oye, y aunque,
por su parte, los relatos suelan ser pródigos en referencias
a la vida, ésta siempre dispone de un exceso procedente del tiempo
irreversible en el que está condenada a suceder. Es como si el
tiempo fuese un viento generado por las mismas cosas que va arrastrando
y repentinamente empiezan a caer sobre quienes no las esperaban.
8
Le
había pedido a la virgen que la niña estuviera bien y
que su hermana estuviera bien y que viniese a Buenos Aires en verano,
por lo menos antes de carnaval, porque en Semana Santa iría ella
a San José, y de no ser posible, si le atrasaban la vacación,
iría en junio o a mitad del invierno.
Iba
a ser una de las últimas veces para ver San José. Antes,
cada dos años iba allí y cada vez encontraba peor el pueblo
y la gente. Ahora sin hombres. Antes, casi todos los años, y
hasta la época de la guerra de Las Malvinas cuando llegaba se
hacía un alboroto de hombres porque avisaban que había
llegado la Porteña. Le decían La Porteña más
que nadie los hombres. Después, casi no quedaron hombres. En
la guerra murieron nada más que dos chicos, y eran primos entre
ellos. Pero cerraron un ingenio, después el otro, y los hombres
desaparecieron. Quedaron viejos nada más y algunos chicos con
abuelas. De tres boliches, quedó sólo el de la ruta y
lleno de santiagueños. Y en las últimas idas casi nadie
la reconoció ni oyó que la llamaran La Porteña.
A
la hermana sí, ahora le dicen Porteña porque baja a la
Capital casi todos los años y cuando vuelve habla como porteña
por unos cuantos días. Habla como porteña, pero sin maldad.
En
cambio el sobrino, las pocas veces que subió a San José,
se la pasó visitando casas y poblados de alrededor, haciéndose
todavía más porteño de que lo que se volvió
desde que vive en Tolosa y entró en la policía.
Le
había pedido a la virgen que el chico no fuera orgulloso, pero
hay cosas que nunca se pueden conseguir. Era mentira que fuese obligatorio
andar con la cartera llena de balas y la pistola, pero en Tucumán
el sobrino entraba a las casas disculpándose, diciendo que las
tenía que llevar aunque saliera a pasear los perros por los cañaverales,
porque era el reglamento. Ahora gana más de mil y le manda a
la madre cincuenta pesos y nunca a tiempo. Comparando, ella gana cuatrocientos
y manda todos los principios de mes cien o ciento cincuenta, según
vengan las cosas. Claro: el chico se casó y tiene más
obligaciones y tiene la mujer, que en el pueblo no gustó porque
parecía gringa, blanquísima, aunque no era una chica mala
con nadie, ni con la suegra.
Lo
bueno de los domingos es que se puede estar sola desde temprano y pensar
todo el día. Después de misa, aunque sea un domingo de
calor, una se siente aliviada, como cuando comulgaba.
Ahora casi nadie comulga y cada vez se ve menos gente en las misas.
Antes todos comulgaban por lo menos cada mes. Los sábados a media
tarde confesaban, el domingo, en la misa de las nueve, daban la comunión,
y entre la tarde del sábado y la hora de comulgar de la mañana
pasaba un tiempo más tranquilo, sin radio ni tele, tratando de
hacer todo con santa paciencia, y sin enojarse ni amargarse para no
pecar. Pecar es hacer daño.
Antes
pensaba que ignorancia era no poder escribir bien una carta o hacer
las cuentas y no saberse libros enteros de memoria. No, antes no, siempre
creyó así hasta que, todo a la vez y al mismo tiempo,
se dio cuenta de que se había vuelto vieja y que la ignorancia
era nada m s que ser malo.
Lo
bueno de la iglesia del barrio Flores era que nunca se podía
saber cuál cura era el que estaba confesando, aunque con el tiempo
se reconocía a los dos más jóvenes, por la voz.
Hace más de quince años que se mudaron y desde entonces
se confiesa en la capilla del barrio norte, siempre con el mismo cura
que cambió dos veces. A este cura no podía decirle que
ignorancia es ser malo, porque le volvería a hablar del pecado
de soberbia. Justo a ella, soberbia. Nunca le dijeron soberbia. Se acuerda
de que en la casa le decían primero La Chica y después
La Señora, en San José La Porteña, que algunas
veces le dijeron Negra, o Cabeza, y La Tucumana. Pero nunca oyó
ni le dijeron que habían dicho de ella que era orgullosa o soberbia
y mucho menos ignorante.
El
párroco de Flores había dicho que ignorantes eran los
que pedían cosas a un santo, a la Virgen y hasta al propio Jesús,
y ella siempre confesaba que había pedido, pero que no había
pedido ventajas para ella.
Pedir
para pedir algo para una misma es diferente de pedir para que escuchen.
Otro cura dijo que reclamar es pecado pero que hacerse oír los
buenos pensamientos no era pecado, porque era bienaventuranza.
En
la ventana del living el señor había hecho un tajito con
la gillette y por allí se podía ver la fiesta de inauguración
de la pileta. Todo el ventanal del piso estaba forrado de plástico
como paquete de regalo, por eso no circulaba el aire y había
que tener algunas luces prendidas para ver por donde se caminaba.
La
luz eléctrica da más calor. Miró por el tajito:
se escuchaba un bolero y se alcanzaba a ver un rincón de la pileta
con la gente bañándose. Mostrar la cola con esas bombachitas
hechas de tiras de elástico y levantarse los pechos con corpiñitos
en miniatura no es pecado si no se hace para incitar, pero algunas debían
hacerlo para eso. Igual, juzgarlas sería un pecado tan grande
como el que cometen ellas.
Pobres,
pensaba, las mujeres viven tratando de incitar. Y los hombres tratando
de mandar o de hacer ver que mandan.
La
gente de afuera parece más atrasada: es más atrasada en
casi todo, pero en esto es igual. En San José también
pondrían boleros para las mujeres y ellas andarían igual
sacando la cola o ajustándose las blusas. Pero ahora ya no hay
bailes. Un cumpleaños de quince o un casamiento con baile puede
llegar a haber, pero, ¿cuánto hará que no se casa
nadie..?
Le
había pedido a la Virgen que la niña se casara por fin
con ese novio y que se pusiera bien. Si no se casaba, seguro que antes
de mitad de año aparecía con uno nuevo. Cambia novio,
los padres se disgustan con ella, después se disgustan entre
ellos como si no tuvieran más motivos para pelear, la patrona
se pasa toda la noche sin dormir mirando películas en la cocina,
y el señor entra y sale de la casa, va a la cochera, arranca
el auto, sale, da unas vueltas por el barrio y lo guarda. Entonces vuelve
y se acuesta y al rato se levanta, va a la cocina, come algo o se sirve
una copa, camina por toda la casa y si ella le habla, empiezan a discutir
por plata. Y plata es justo lo que les sobra.
El
sereno de las cocheras, que es evangélico, dice que los patrones
están endemoniados. Los evangélicos combaten la superstición
pero son más supersticiosos que la gente y creen que hay demonios
volando por el aire que se meten adentro de las personas.
Pero
viendo a la gente pelear, entrar y salir y quedarse horas y horas con
cara de rabia, o con los ojos perdidos en la televisión, da ganas
de darle la razón al sereno o a cualquier evangélico que
aparezca diciendo que están infectados por los demonios.
El
ruido y el griterío de la terraza parecen endemoniados, como
los bailes de los chicos, que ni oyen lo que se dicen por tanto ruido,
y encima no se se ven, porque no hay luz o porque les ponen tanta luz
que los encandila.
La
niña decía que iba a bailar casi todas las noches y los
padres le creían. Hacía pensar que eran mentiras que decía
para quedarse por ahí con el novio de momento. Pero no: con novio
o sin novio, se iba igual a bailar, y cada noche a un sitio diferente.
Después, todo el día a dormir y levantarse a media tarde
para salir a comprarse más cosas y hablar por teléfono.
No
es por el demonio, es por la sobra de tiempo y de plata el pecado. Y
después pelean porque uno le hace perder el tiempo al otro, o
porque le hizo gastar o perder plata.
El
viento a los de al lado les arruinó las flores y las plantas
que habían puesto de adorno en la fiesta y que debían
tener pensado dejar para siempre. Ahora les va a empezar a llover y
termina la fiesta y el patrón del hotel va a tener un ataque
de rabia —La Ira— porque se les estropeó todo.
La
soberbia empuja a la vanidad, la vanidad trae la ira y todo parece el
mismo pecado. Pero juzgar también es un pecado, y tendría
que ser m s grave porque es más fácil de cometer y más
difícil de sacárselo de la cabeza.
A
los chicos les siguen inculcando el pecado de la carne como si fuese
lo peor. Pero la vanidad, la soberbia y el egoísmo llevan a matar,
a robar y a mentir mucho más que la carne. La carne tiene que
dormirse para ver estas cosas tal como son.
Cuando
viene tormenta duelen más los pies o se duermen las piernas.
Es el cosquilleo de la edad por causa del corazón o la circulación.
Hay que ir todos los años al médico para oírle
decir lo mismo sobre la edad, la circulación, el corazón
y el pulso. Cuando se duerme la carne viene un tiempo de sofocones y
malos pensamientos. Después se va pasando todo y hasta se pasa
el miedo a la vejez y a morirse.
Se
acuerda de las sensaciones en los pechos, en el vientre y abajo y de
la voz que le salía ronca. Antes, las sensaciones le volvían
a mitad de la noche, siempre iguales. Pecaba tratando de recordar cómo
habían sido y lo que había pasado con cada varón.
Ahora puede recordar hasta el menor detalle y todos aparecen más
claros pero sin sensaciones, ni vergüenzas, ni miedos de la carne.
Recordar no es pecar: se puede recordar sin vicio ni lujuria. Igual
preferiría ser vieja y morirse al lado de un hombre, y preferir
eso no es pecar: pecar sería querer ser otra con maldad, con
envidia. Ha de haber pocas, pensaba, que puedan ser felices de verdad,
y si lo son, bien lo tendrán ganado y se lo merecen.
Uno
dijo que no hay infierno y que el infierno es el castigo que se recibe
en la vida, pero la fe enseña que estas cosas no se pueden saber
y que de lo que no se puede saber, como de las cosas que no se deben
saber, más vale olvidarse.
Los
patrones saben todo y averiguan todo lo que pasa en el Apart Hotel y
si estuvieran esa tarde andarían espiando y peleándose
por opinar cada cual una cosa distinta.
Y
una bien podría vivir feliz y morir feliz sin enterarse de lo
que sucede al lado de su casa, pensaba. Mejor dicho, sentía.
Pero siempre hay un "pero" condicionando la descripción
del acontecimiento. Se ha comentado que uno puede vivir igualmente feliz,
o tan desdichadamente como vive, sin enterarse de lo que sucede a su
lado, un paso más allá, o mucho más lejos. Tal
vez sea cierto, aunque no sea la verdad lo que está en juego
en este decir que se repite desde hace decenas de siglos.
Tampoco
la felicidad y la desdicha son estados del cuerpo, —¿o
del alma?— que puedan modificarse con la satisfacción de
la curiosidad por lo que ocurre en una terraza, o en una guerra. Sean
acontecimientos, estados o sentimientos, son siempre cosas de las que
bien se dice que "corren por distintos carriles". No sólo
irían por carriles separados: pueden ser concéntricos,
perpendiculares y hasta enfrentados, y así van los trenes del
mundo a toparse estrepitosamente contra el tren de la vida personal,
o a pasar por debajo, o a seguir de largo: da lo mismo y todo depende
de los carriles del relato y de cómo haya podido uno trazarlos.
La
máquina que cuenta nunca se detiene y aunque esté lejos
del alcance de la vista y ni se escuchen sus vibraciones, conviene dar
por descontado que anda por ahí y esperarla, no en el vacío
ni en el aire y ni siquiera en un hipotético espacio interestelar
donde se esté parado, sino en su propio lugar: la espera.
Es
como una atmósfera, y en ella, hasta en los días más
calmos tarde o temprano aparecerá una zona de presión,
una columna de aire ascendente que se desplaza y tiende a mover todo,
o un punto frío donde el gas, lentamente, comienza a desplazarse
hacia abajo o a un lado.
Es
cuestión de tiempo: guardar y aguardar a un mismo tiempo, porque
en algún momento algo se manifestará.
Espera
nada, o, según se suele decir, o como diría ella misma,
"no espera nada" y eso porque ya da por descontados la tormenta
y el final del calor agobiante y del malestar circulatorio en las piernas.
Recordó
los tiempos en que se rezaba el rosario en la novena y la manera en
que las cuentas iban pasando una a una entre los dedos, como si pellizcándolas
entre el pulgar y el índice se consiguiera hacer que el tiempo
salte de una mano a otra y pase de a trancos. El tiempo como si fuera
un tren interminable: vagón tras vagón, una llega a la
cruz y vuelve a empezar por el final.
Recordó
el departamento de la calle Rivadavia, justo en los tiempos en que con
la primera patrona rezaban juntas la novena. Mientras se reza se nota
todo mucho más, las cosas cercanas medio desaparecen y los ruidos
de lejos se oyen más cerca. Rezando se oía el trepidar
del edificio cada vez que pasaba un subterráneo bajo la avenida.
Rezaban
a la hora en que la gente volvía del trabajo. Eran las siete
y media, y cada cinco o diez minutos pasaba un tren, vibraba todo.
Planchando,
cocinando, durmiendo o mirando la tele nunca oía pasar los subtes
que solo se volvían a notar al rezar la novena, y en la madrugada
de los lunes, cuando arrancaban después de mucho tiempo sin andar
porque los domingos no había servicios.
Por
el barrio nuevo —pensar que lo llamaba nuevo y estaban allí
desde hacia más de quince años le causaba gracia—
no pasan subterráneos y los domingos, como los sábados
y feriados, son días mudos porque la gente se va a las quintas
o a las playas del Uruguay. Las bolitas del tiempo son como vagones
de un subterráneo invisible que va volando lejos y se pueden
pellizcar en el aire sin sentir nada.
Esa tarde se oía la música del hotel, y, por momentos,
se intercalaba la voz grave de un locutor que presentaba a alguien o
despedía a una que se retiraba de la fiesta.
De
a ratos se sentía todo más cerca: era cuando aflojaba
el viento. No miró abajo, seguramente estarían refrescándose
en el agua, pero miró el cielo a través del tajito: todo
estaba nublado y las nubes bajas, las más oscuras, se estaban
acercando. Solo quedaba un pedazo de azul, arriba, hacia el lado del
río. Pronto las nubes lo irían a tapar.
Antes
de eso cayeron las primeras gotas. Hubo un gran ruido, no un trepidar
como el del subte. Fue como si un tren enorme corriese por encima del
edificio y no terminara nunca de pasar. Las luces del pasillo amarillearon,
se apagaron, volvieron a prenderse y a apagarse, después titilaron
y al fin quedó todo el piso a oscuras. Se oía un trueno,
pero formado por el ruido de muchos rayos que caían cerca y casi
a un mismo tiempo. Después se repitieron relámpagos tan
fuertes que transparentaban la misma tela negra de las ventanas que
no había dejado pasar ni el sol de la mañana. Ahora el
ruido era una cortina de agua que pegaba contra los techos y las paredes.
Le pareció que nunca había oído llover tan fuerte.
Era como si en lugar de agua o de granizo estuviesen tirando tablones
contra las casas.
Seguramente
las calles se estaban inundando. Buscando velas en la cocina, oyó
el ruido de los caños de desagüe que bajaban por la parte
de servicio del departamento. Cada tanto rugía un remolino y
después se sentía un golpeteo en la pared porque estarían
pasando globos de burbujas y chorros de aire chupados por las cloacas,
arrastrados por el agua. ¡Cómo se iba a inundar todo aquella
tarde! Había pasado un rato y con toda la casa cerrada ya se
sentía que estaba refrescando.
Prendió
una vela y alumbrada por su llama amarilla caminó hacia la ventana
del tajito para mirar. Pero casi no se podía ver. Caía
un verdadera cortina de agua y las gotas, —mejor dicho, los chorros—
iban de izquierda a derecha, señal de que había cambiado
el viento. Se adivinaban los bordes y las paredes de los edificios.
Abajo en la terraza no había más fiesta. Le pareció
oír gritos o chillidos que venían desde allí, pero
bien podía ser la mezcla de silbidos del viento que cuando arreciaba
abría huecos en la cortina de agua. A través de uno de
ellos pudo ver la pileta sin gente, donde flotaban trapos que serían
toallas o manteles y una mesa o la tabla de una mesa que daba vueltas
por el medio. En un balcón alcanzó a ver bolitas de hielo,
más grandes que huevos de paloma, pero ya debía haber
dejado de granizar. En el final de la terraza se movían formas
de colores, que serían personas vestidas corriendo de un lado
a otro como si no supieran cómo salir o dónde ponerse
para escapar del granizo, si es que seguía cayendo, o de la lluvia
torrencial con gotas grandes, casi heladas.
La
lluvia: el agua. Para ver mejor, puso los índices en los bordes
del tajito. En seguida sus yemas se mojaron. No tuvo que hacer mucha
fuerza para que el corte se extendiera unos centímetros hacia
arriba y separando los dedos abrió un ovalo del tamaño
de una cuchara de postre. Así vería mejor, pero la cortina
de agua se hizo m s densa, apenas se veían las ventanas del edificio
vecino y, a través del pequeño agujero, salpicaduras de
lluvia fuerte le mojaron la cara y un costado del pelo. Retiró
los dedos, alisó el tajito de modo que no se notara que lo había
agrandado y alumbrándose con la vela fue a mirarse en el espejo
del salón. Al mojarse, un mechón de pelo blanco había
oscurecido y se le había pegado a la cara. El párpado
inferior y la mejilla del lado derecho estaban empapados. A la luz amarillenta
de la vela una gota que le bajaba hacia el mentón y unos brillitos
de agua en el borde de la cara y en el cuello, daban la impresión
de que hubiese llorado. Pero en ningún momento de aquel domingo
había sentido ganas de llorar. Al revés: el mechón
blanco, que mojado parecía medio castaño o rubio, daba
casi ganas de reír, igual que darse cuenta que hacía cerca
de quince años vivían en ese mismo departamento y que
sin contar los dos veraneos que tuvo que acompañar a los patrones
y unas pocas escapadas de vacación a San José, todas las
noches había dormido allí, en la misma cama, en su misma
pieza.
9
Hacía
casi un año que no lloraba. Recordaba la fecha: fue un cinco
de abril. Hablaban por teléfono y algo había dicho su
amiga, —cualquier cosa, algo sin mayor importancia— que
le provocó una especie de sacudón que la hizo llorar.
Primero
aparecieron las lágrimas y al notar que se le había nublado
la vista y que unas lágrimas empezaban a bajarle por los párpados
y le mojaban la cara, sintió ganas de llorar y más sacudones
en el vientre.
Igual
que ahora. Si abría la boca para respirar mejor le brotaba una
voz de llanto, unas vocales, la "a", la "u", la
"i" y una mezcla de sonidos "is", "os"
y "ués" que debían sonar como un llanto fingido.
Es
fácil fingir un llanto, pero no es posible que una simule tantas
lágrimas como para mojarle totalmente la cara, el pelo y el cuello
al tipo.
"Tus
lágrimas! Tus lágrimas! ¡Tus laaágrimas!"
había gritado él y esas frases y la manera de entornar
los ojos mientras gritaba terminando, le daban el aspecto de un poeta
loco.
¿Cómo
ser un poeta loco?, se preguntaba ella y darse cuenta de que había
llegado a pensar que el tipo se parecía a una imagen que era
imposible definir, en lugar de causarle gracia le daba más ganas
de llorar, cuando ya sentía que eso había terminado.
"Acabé
mil veces...", dijo llorando y sintiendo ganas de reír.
"Pero mentira... Miento", repetía y aclaraba: "mil
veces no, pero diez por lo menos sí... ¡Nunca me pasó
así!".
Él
ni habló. Seguía jadeando, pero se había tendido
hacia un lado como si quisiera dormir. Con los ojos cerrados y apoyando
parte de su peso sobre el brazo que le cruzaba el pecho, le besaba la
cara y le lamía los ojos y las lágrimas, exagerando el
ruido que produciría al sorbérselas.
Sentía
la fuerza del codo del tipo apretando su pecho izquierdo y hasta dolor
allí, pero no era un dolor malo y se mezclaba con la sensación
de llorar y con el asombro por todo lo que había sentido.
"Nunca
antes me había sentido mujer...", dijo con voz ahogada y
prefiriendo que él no terminase de oírla. Respiró,
suspiró, volvió a sollozar o semillorar y después,
como para evitar que se durmiera, o como para anunciar que iniciaría
una conversación, le apretó el brazo diciendo "Te
debo resultar una boluda..."
Él
no respondió, volvió a besarle un párpado, la nariz
y las mejillas y al fin apoyó los labios contra los suyos llenándole
la boca con una saliva que, en efecto, tenía sabor a lágrimas.
Quiso apretarle más el brazo, y producirle un dolor como el que
había sentido en el pecho, pero era inútil: tocándolo,
era imposible distinguir la materia de los músculos tensos de
la dureza de sus largos huesos. Eso acentuó sus ganas de llorar
y besarlo. Lo besó, y después le habló con los
labios mojados contra una oreja. Le dijo "largos huesos",
y la sorprendió oírse diciendo primero "largos",
seguido de "huesos", exactamente al revés de la manera
debida, o, al menos, a la inversa de su manera natural de hablar.
Pero
él, mientras entraban al departamento que había alquilado
para la tarde de aquel domingo, le había dicho algo sobre su
estatura. Era alto: muy alto, más alto que ella, y para explicarle
que saliendo de la pileta le había encantado que fuese tan alta,
le había comentado algo sobre sus "altos hombros".
Por
eso, al decirle "largos huesos" se le ocurrió pensar
que ese tipo tenía algo contagioso. No hacía dos horas
que lo había conocido y tenía la impresión de que
estaba empezando a imitarle la manera de hablar. Hasta el acento y el
tono de la voz se le empezaban a contagiar y se le notarían más
si no fuese por las lágrimas y por los sacudones que provocaba
el llanto.
"Tenés
acento uruguayo" le dijo, pero tentada de decirle que había
oído en su voz "un uruguayo acento". En realidad quería
escucharlo repitiendo la frase sobre sus altos hombros, pero el tipo
seguía sin hablar: la acariciaba. Es odioso el abandono de los
hombres después del sexo, pero éste, que debía
estar a punto de dormirse, había puesto toda la lasitud en su
voluntad de hablar, o en la obstinación de no responder. En cambio
la boca, que reiteraba breves besos afectuosos, y las manos que le acariciaban
la cintura y las piernas, actuaban como las de quien intenta iniciar
el amor con una mujer reticente que debe ser conquistada con mimos.
Sentía
las caricias y recordaba las manos, que bajo el sol, o haciendo esfuerzos
en el agua para desviar el chorro helado de los surtidores de la pileta,
se destacaban por el contraste entre el blanco de hielo de las uñas,
y el broncíneo de una piel tensa.
Desde
el comienzo, en la terraza, había pensado que las manos del tipo
eran como fotos retocadas de manos, y que las uñas no eran pintadas,
sino como dibujadas e incrustadas de nácar. Sintiéndose
recorrida por esa materia mineral y humana a la vez, se representó
las manos de su marido. Cuadradas, planas, de uñas rosadas y
chatas: por fortuna sus hijos no habían heredado esas manos.
Tal vez, con la edad, el varón fuese adquiriendo la forma y la
tonalidad de la piel de este tipo. Ojalá, anheló, sintiendo
que empezaba a desear que volviera a penetrarla. "Debés
pensar que soy una boluda" dijo, y le volvió el sacudón
de llanto. Por fin volvió a hablar él: le preguntó
por qué lloraba. "Por que sí", dijo ella y sintió
que había dejado de acariciarle la cadera, "Se puede llorar
por muchas cosas", agregó. "Sí" dijo él,
"pero yo nunca lloro". "Yo tampoco... Yo hacía
un año que no me acuerdo de haber llorado..." "Yo creo
que desde los doce... ¿Cuántos tenés vos?"
"Adiviná vos", le dijo segura de que acertaría,
pero le dijo "veintitrés" y ella, aún llorando,
sintió el impulso de reír mientras decía "Cuatro
más: veintisiete", y aprovechó para decirle, repitiendo:
"veintisiete y dos hijos". "¿Hijos? —parecía
sorprendido— ¡Y yo cuando te vi en la terraza calculé
que no tenías más de veinte..!" Se había arrodillado
sobre la cama y decía que después, cuando estaban acostados,
había calculado que podía tener algunos años más
y que hasta podía ser casada: "¡Casadita! ¡Y
con hijos!", dijo, riéndose, y preguntó "¿Y
el padre?". "Salió con ellos, fueron a lo de mi suegra:
no banco ir a lo de mis suegros..." de esa manera pensó
que no necesitaría aclararle que no era divorciada, ni separada.
Acertó. Él seguía preguntando: "¡Y mañana,
seguro que le vas a contar todo lo de hoy... ¿O no?" "Quien
sabe no", respondió. Habían pasado las ganas de llorar.
"Ahora tengo hambre...", dijo él y tomó el teléfono.
Después,
desde el baño, oyó que gritaba: "Me dio ganas de
comer sushi.. ¿Te gusta la comida japonesa..?" Gritó
que sí, aunque no sentía hambre. Escuchó que hacía
un pedido por teléfono: le pareció extraño que
un domingo de tanto calor un restaurant japonés entregase comida
a domicilio.
"Tenés
acento uruguayo... Recién cuando te contestaba sentí que
me lo habías pegado." "Nunca me lo dijeron.. Tengo
acento de provincia porque en diciembre estuve en el sur, en Bahía.
Cada vez que vuelvo, vuelvo con el acento... Después, al tiempo,
se me pasa. Pero... ¿Por qué llorabas..?"
Ella
dudó, tentada de decirle que había llorado de felicidad.
Le parecía estúpido, aunque por momentos, sentía
que era verdad. "Felicidad orgánica", estuvo a punto
de decir, y también le resultaba estúpido y, al mismo
tiempo, o por eso mismo, verdadero. Pefirió decirle "No
sé: fue algo que sentí, algo muy lindo que sentí..."
"¿Cuándo?" preguntaba él y ella dijo:
"¿Cómo preguntás cuándo, tonto..? ¡Mientras
me cojías sentía eso..! Era una sensación. Algo
adentro, algo que me tocaba, adentro, mientras..." "El punto
G. ¡El famoso punto G.!", dijo él extendiendo el índice
y el mayor de su derecha, como disponiendo la mano para realizar un
examen ginecológico. Ella le tomó los dedos con la izquierda
y los mantuvo apretados en el puño. También allí,
la piel y los músculos de la palma eran tensos, como compuestos
por la materia ósea de las falanges y la muñeca. Le dijo:
"No, boludo, el punto G. es para delante, y yo sentía algo
arriba, en el fondo, adentro..."
Después
pensó que no debía haberlo dicho: éste —imaginó—
se va a pensar que creo que la tiene muy larga. Pero es cierto: no es
que la tenga más grande o más larga, es que te lo hace
sentir, o te lo hace creer... Debe ser por el cuerpo tan duro. Practicará
algún deporte, con bastante dedicación. No parece la clase
de tipo dispuesto a mirarse en los espejos de un gimnasio. Tendría
que preguntárselo, pero no era el momento: si mostrara curiosidad
por su cuerpo, el tipo se envanecería aún más.
Le preguntó: "¿De qué trabajás?"
Parecía bromear al responderle que era electricista. "Soy
electricista...", dijo, mostrando una sonrisa estúpida.
Tal vez fuera un poco estúpido: hasta ese momento lo había
oído bromear y lo había visto —y sentido—
hacer cosas, pero no le había escuchado ninguna frase inteligente.
¿Sería electricista? "No te lo creo", le dijo.
"Mejor", contestó él y estiró una pierna,
y enganchando con el empeine de un pie las manijas de su bolso lo alzó
y trazó un arco a lo alto con la pierna, hasta dejarlo apoyado
sobre la cama.
Dentro de bolso había cables, pinzas, y unos probadores de corriente
con diales e indicadores. "¿Me creés ahora?",
se burló él. Rato después cuando habían
comenzado a oírse los truenos y estaban terminando el almuerzo
improvisado sobre la cama, volvió a preguntarle si le creía.
Ella dijo que sí, pero que igual seguía pensando que los
electricistas no comían sushi y el le respondió riendo
que había estudiado electricidad en el Japón. Era la primer
frase inteligente que le escuchaba: sin duda, se trataba de un chiste.
Después, bromeando, él le mostró que sabía
comer arroz con palitos, manipulándolos simultáneamente
y a la misma velocidad con ambas manos. "¿Me creés
ahora que estudié en el Japón?", seguía burlándose
y ella mintió que sí antes de preguntar: "Y a coger
comiendo... ¿Dónde estudiaste? ¿También
en el Japón?" El no respondió: miró hacia
el techo haciéndole pensar que buscaba, sin resultado, alguna
frase original para seguir con aquel tono. Ella preguntó: "Te
pregunté ¿dónde te enseñaron a comer cogiendo..?"
"En un apart hotel de Kyoto" le respondió, mientras
volvía a montarse sobre sus piernas, y apretándolas entre
sus rodillas empezó a fingir que creía haberla penetrado
como si la piel interna de los muslos fuese una continuidad de la vagina.
Advirtió que rápidamente recobraba su dureza —"largo
hueso", pensó— y lo dejó hacer participando
en ese juego con breves movimientos de cintura. Daba igual: volvía
el mismo placer que sintió las dos veces que la había
penetrado a fondo. Sintió una fuerte vibración: era un
trueno interminable. Sonaba el cristal de la ventana golpeado por la
lluvia, tal vez por piedras de granizo. Pensó en piedras de granizo,
blancas como esas uñas y duras como ese cuerpo imaginado y sentido
encima suyo. Sintió un vacío helado en la vagina pero
no era el deseo de que la penetrara: era un vacío satisfecho,
puro placer. Arriba, él se curvaba sintiendo o fingiendo un placer
idéntico. Quería mirarlo y a la vez cerrar los ojos y
verlo con los ojos cerrados. En ese momento se silenciaron los acondicionadores
de aire y se apagaron las luces del velador y la del baño, que
desde hacía un rato venía supliendo a las de las ventanas
oscurecidas por la tormenta. Ahora va a empezar el calor, pensó
y tuvo ganas de gritarle "puto" o "hijo de puta"
pero se le ocurrió que si empezaba a decirle todo lo que se cruzara
por la cabeza se le repetiría el ataque de llanto. Esta vez no
quería llorar, aunque no le importara dar impresión de
ser una boluda.
Se
había dormido pensando en esas manos pero talladas en hielo.
Puede ser un estúpido, pero tenía razón acerca
de esa nube que le había parecido un dedo. Él decía
haberle visto un halo de colores y que eso indicaba que pronto vendría
la tormenta. Ahora estaba lloviendo. Nunca había oído
llover tan fuerte y hacía casi un año que no había
vuelto a llorar. Aquella vez había sido un cinco de abril: el
día del cumpleaños de su amiga. Le había telefoneado
para saludarla. La gente llama a eso "felicitar" porque saluda
diciendo "feliz cumpleaños". Pero "felicitar"
no es eso. Se felicita cuando alguien consiguió algo que lo hizo
feliz, no para desear que alguien se vuelva feliz sólo porque
que una lo esté saludando. Felicitar suena a "incitar".
La cara de este tipo incita. La nariz y las manos incitan. Lo que hace
feliz a quien recibe un llamado de cumpleaños es confirmar que
lo recordaron, o que recordaron su fecha. Pero aquella vez no había
llorado por el cumpleaños ni por la felicidad de su amiga, sino
porque le contó que cumplía veintiséis y que acababa
de darse cuenta de que estaba enamorada de un señor italiano
que conoció en Cancún, en México. Había
oído la frase "un señor italiano", y eso, inexplicablemente,
la hizo llorar. Y si casi entre sueños pensara que esa tarde
un señor argentino la había hecho feliz, le volverían
las ganas de llorar y lloraría y entonces ya no podría
dormirse. Las manos del tipo son de un hielo recalentado por el sol,
que, entre las nubes, arde todo pero no se funde. Las uñas son
de cristal blanco. No puede ser electricista: tiene las uñas
como limadas con mucha dedicación y las yemas de los dedos parecen
pulidas con piedra pómez. Si no fuese por tanta fuerza y tanta
dureza en la piel y los músculos, serían manos de guitarrista,
o de pianista o violinista. Pero con tanta fuerza no. ¿Habrá
un instrumento que requiera el mismo cuidado y tanta prolijidad en las
manos que al mismo tiempo necesite toda esa fuerza? La fuerza es una
espuma blanca de hielo que corre por el cuerpo de un gigante transparente
que es él y se derrama en la piscina cambiando el color y la
temperatura del agua: la enfría hasta que por donde circula la
corriente todo hierve como hielo seco. Ahora se siente más el
calor y el ruido del granizo o de las gotas contra las ventanas es igual
a la vibración del hidro de la pileta, en la terraza, arriba.
El cielo oscuro, cargado de nubes color azul noche de terciopelo con
manchas blancas deja pasar igual todo el ardor del sol. Y a él
ahora no se le siente olor a agua clorada de la pileta. Huele a hombre,
a remera de tenis sudada y a mezcla de hombre y mujer. La amiga, como
vuelve a cumplir años, puede entrar al apart en ropa de cama
y sin invitación. Camina en puntas de pie, viene de hacer el
amor con un señor italiano y se detiene en el borde de la cama
a mirarlos dormir mientras mueve las manos como para hipnotizarlos.
Hace pases con las palmas y por eso ellos deben respirar al ritmo que
ella va ordenando. Pasa la manos cerca de su espalda y le enfrenta las
palmas blanquísimas contra la cara. Las manos son dos espejos
hechos de palmas y dedos. Respira su olor. Las manos de la amiga emiten
un olor fuertísimo a concha. Y el olor se mezcla con los olores
a cable y a hombre de este electricista y la fusión de olores
termina produciendo olor a lágrimas. Siente la piel y el hueso
del hombro de él, del hombro del hombre, contra su cara y olor
a hombre y concha alrededor de la cara y de la nariz. Ahora ya puede
empezar a soñar que él le pellizca las tetas con los palitos
del arroz y las va transformando en botones de ropa, pero luminosos.
Por eso adentro se le forman cables, justo allí, en el fondo
de la vagina arden los cables, como si el electricista le hubiese eyaculado
ácido de baterías de radio. Transpira ácidos de
baterías de radio por la axila, pero llueve menos y ya terminó
el viento que irradiaban las manos del tipo de carne dura y hielo.
La
Historia también duerme. A diferencia de cualquier personaje,
sobre el ensueño y los sueños de la Historia es imposible
fabular. Los sueños y los ensueños repiten, alterándolos
caprichosamente, los acontecimientos vividos y los deseados: retroceden
o se anticipan en el tiempo. La Historia no: puro tiempo que se precipita
sobre el espacio de las personas, no puede adelantarse ni retrasarse
ni comportarse como si fuese una persona que juega o que se representa
que hace algo. Como quien apuesta a suicidarse cargando una bala al
azar en alguno de los seis alvéolos del tambor de un viejo Smith
& Wesson, la Historia, si juega, juega con absoluta seriedad. Los
juegos de la Historia no son juegos, aunque siempre se los pueda entender
como jugadas hechas con los juegos y los entrejuegos de las personas.
Uno —un varón—, dijo que todas las mujeres infieles
eran él mismo. "Son yo", decía. No es que jugara
a identificarse con sus personajes, ni que juzgara a imagen y semejanza
de sí mismo a su personaje femenino que era casi un insecto,
quizás bella, pero no muy distinta a cualquier previsible juguete
de su especie. Así la creó y la creyó él,
que mientras tanto se creería una suerte de culminación
del desarrollo del espíritu humano, no un bicho más. Esa
mujer era él —soy yo—, porque, igual que nosotros,
cedía fantasiosamente al juego de un relato social. Están
los cuerpos, el agua fría de la piscina, el calor de un mediodía
de verano, las nubes como brotando del pasado para convertirse en un
futuro de tormenta, los insectos que se entregan vitalmente al capricho
del viento y van con él o ceden a la fuerza electromagnética
de la tensión superficial del agua hasta parecer muertos, y están
los humanos que adoptan apariencias de atletas, electricistas o poetas
divagantes a la espera de alguien que pueda hacer un relato a la altura
de su necesidad con ellos y con la imagen de sus manos acicaladas y
cultivadas por la pasión de gustar. De modo que sería
tan fácil atribuir ese encuentro de pareja a la frivolidad de
la mujer infiel, como a un supuesto llamado de la especie, a lo que
suele llamarse "cuestiones de piel" o al hedonismo que proclama
la legitimidad del placer, ocultando que sólo es un aspecto del
sufrimiento sabiamente administrado por la ciudad capitalista. Pero
nada de esto importa a la Historia, pese a que se compone de este tipo
justo de acontecimientos. La Historia es como aquel viento integrado
por infinitas partículas de atmósfera que va arrastrando
y al mismo tiempo lo generan. La Historia arrastra infinitas historias
microscópicas sin atender a nada y sin pretender nada de sus
desenlaces. A su manera acontece la Historia. Pero no es un relato y
a pesar de tanto esfuerzo humano, sigue ahí, imponiéndose
sin contar nada y sin contar con nada. Y sin fábula ni moraleja
alguna, salvo ese "nada que decir" que su silencio siempre
está proclamando.
Antes
de quedar dormida ella recordó que la frase "señor
italiano" la había llevado a imaginar a un hombre mayor,
con grandes bigotes blancos, vestido con un traje a rayas de Giorgio
Armani. Llamar señor a un tipo con quien tuviesen una aventura,
no era la manera de hablar entre ellas. Que dijese estar enamorada de
un señor le hacía pensar en su amiga posando para una
postal del tiempo de los abuelos. Y pensar esto que nadie tomaría
como un motivo para llorar, lo convertía, por eso mismo, en un
motivo para llorar. Soñaba que unos hombres de traje amarillo
entraban al departamento y los obligaban a vestirse. Su compañero
protestaba, diciendo a que a ella la dejasen así, desnuda, en
la cama: debía hacerlo para jactarse de ser su dueño.
Pero él también se ponía una casaca amarilla y
forcejeaba tratando de calzarse uno de esos shorts a rayas que regalaban
en el apart. Le tomó un brazo, la sacudió diciendo que
despertase y lo esperara porque debía salir con los bomberos.
Despertó sobresaltada. Hacía calor, pero no había
señales de incendio. Los tipos de amarillo ahora existían:
debían ser bomberos de verdad que habían salido del sueño
e iban y venían por el departamento. Uno de ellos, las veces
que pasó, se demoró en el marco de la puerta para mirarla.
"Un baboso: pasa y vuelve a pasar porque quiere mirarme las tetas",
pensó. Tendría que bañarse, pero empezó
a vestirse apurada, tratando de encontrar su ropa en la semioscuridad.
Llovía menos y el cielo seguía oscuro como si estuviese
anocheciendo, aunque el cronómetro que él había
dejado junto a la cama indicaba las cinco de la tarde. Había
dormido apenas media hora y ya podía olvidarse del sexo. O empezar
todo otra vez, si el tipo volviera. Había dejado el bolso con
sus cables, el reloj y alguna ropa tirada por allí. En el bolso
guardaba una caja con seis preservativos, rollos de cintas adhesivas,
herramientas de relojería mezcladas con plaquetas electrónicas,
envoltorios de plástico con partes de radios o de computadoras
y una pistola pequeña: una especie de arma de guerra pero reducida
a la escala de un chico de diez años. La pistola parecía
peligrosa: a cada lado de la empuñadura tenía grabada
una letra doblevé con alitas. La boca del cañón
mediría poco más de medio centímetro de ancho.
Cargaría pequeñas balas para defensa personal. ¿Por
qué la llevaría entre las herramientas? Quizás
fue por influencia de la pistola, pero sintió miedo cuando se
repitieron unos gritos: latía fuerte el pecho y la garganta y
la boca se habían secado de repente. Pasaba gente taconeando
por el pasillo y se oían golpes de saltos por la escalera de
emergencia y voces de hombres dando órdenes a los que entraban
o salían de ese piso, el décimo del apart. Creyó
reconocer la voz de él ordenando "¡Dale! ¡Dale!",
pero sin acento uruguayo. ¿Sería él mismo? Temía
salir del departamento, pero la curiosidad por lo que estaba sucediendo
era mas fuerte. Buscó su bolso, se prometió no olvidar
nada en ese sitio al que nunca volvería, y, en la semipenumbra,
miró bajo la cama y sobre cada uno de los muebles de la habitación.
Envolvió los restos de comida y tomó los palitos de arroz
que habían usado y enrollándolos en una servilleta de
papel, los guardó en la cartera de su celular, dentro del bolso.
No encontró la llave del departamento pero la puerta estaba abierta.
La escalera estaba apenas iluminada por los reflectores de emergencia
de un piso bajo y una luz amarillenta se difundía por el hueco
del tubo que formaban las curvas del pasamanos. Si hubiera tenido un
lápiz o un marcador le habría escrito "chau!"
en una servilleta y la habría plegado para dejarla en el disparador
de la pistola. Pero tal vez lo encontrara en algún piso bajo,
desde donde venían más gritos y vozarrones, o en la recepción
del edificio, donde imaginó que habría gente y, entre
ellos, alguien dispuesto a explicarle qué estaba sucediendo.
Antes de llegar se cruzó con tres hombres de amarillo que subían
cargando un generador de electricidad: ninguno era él. Abajo
había bomberos vestidos con ropa negra y botas altas, policías
y otros dos hombres de amarillo. Nadie le habló ni la detuvo.
Llovía, pero un domingo no sería difícil encontrar
taxis por esa zona. Respiró aliviada bajo la lluvia. Cuando finalmente
abordó un Peugeot tenía la remera y toda la pierna derecha
del jean empapadas.
Pasó
el momento de elegir. Había que optar entre detenerse en el estado
de una remera, de un mechón de pelo, de la pierna izquierda o
derecha de un pantalón o dar paso a la voz del chofer de un taxímetro,
y traer con ella una referencia a las noticias de la tarde que probablemente
estar sintonizando.
O
poner en su voz un comentario sobre el mercado de viajes: en esos tiempos
los choferes solían iniciar el di logo con los pasajeros comentando
la baja demanda de sus servicios. Era algo lógico para los primeros
fines de semana del año porque el público que compone
la clientela de los taxis sale de vacaciones durante los meses de verano.
Con una referencia obvia al mercado, resulta fácil —como
se dice— "romper el hielo", ese blindaje de incomunicación
que distancia a clientes y choferes. A lo largo de días y semanas,
o a través de una vida, cada chofer perfecciona su estrategia
para dialogar con los pasajeros. Es frecuente que un varón interpele
a su pasajera sin más finalidad que explorar si vale la pena
cifrarse alguna expectativa sexual, pero, en tiempos de escasa demanda
de taxis, es más probable que la necesidad de "romper el
hielo" con pasajeros y hasta con pasajeras, obedezca a un mero
deseo de hablar. Los choferes pasan horas a la espera de un viaje, y
nadie en su sano juicio tolera semejantes intervalos de tiempo sin hablar.
Independientemente de tanto que se atribuye a la necesidad humana de
comunicación hay casi un requerimiento orgánico de hablar.
En estos animales superiores, hablar, silbar, zumbar y canturrear han
terminado integrándose a la función respiratoria. Los
entrenadores deportivos lo saben: si bien hablar es un gasto de energía
que distrae a sus pupilos, en los comienzos de la preparación
física y hasta que los iniciados dominan lo que llaman el "manejo
del ciclo aeróbico", quienes hablan en el curso de las marchas
o del trote toleran mejor los síntomas de fatiga, que, a la vez,
mientras se habla, demoran más en manifestarse. Es natural: hablar
exige una administración ordenada del flujo respiratorio y ese
aliento contenido para el diálogo actúa como una verdadera
reserva de aire y queda disponible para el aficionado que aún
no ha adquirido las tácticas de alto rendimiento.
Algo
semejante ocurre con el hábito de escribir, aunque en muchos
aspectos se lo pueda interpretar como todo lo contrario del diálogo.
Escribir también demanda una reserva de algo que, si bien no
es aire, también puede ser indispensable para alguna de las funciones
de los humanos.
—¿Qué
ser ...?
No
se puede saber, pero, como siempre, estas cosas que no se pueden saber
son las únicas que vale la pena saber.
Claro
que la curiosidad del pasajero se activa cuando oye:
—¡Estoy
arriba del auto desde las seis de la mañana..! ¿Sabe cuántos
viajes hice hasta ahora..?
Dos,
tres, siete, veintiuno: la gente apuesta a cualquier número,
así en un taxi como en cualquier juego de azar. Pero en este
caso, el pasajero que acepta la invitación al diálogo
suele responder con la fórmula "No: ¿Cuántos..?"
o con alguna otra que confirme al chofer que logró su meta, que
no era despertar curiosidad, ni manifestar su curiosidad por saber cuánto
sabe su pasajero sobre el mercado de viajes, sino entablar un diálogo.
¿Para qué? No hay chofer ni pasajero de taxi alguno del
universo interesado por saberlo. Tampoco vale la pena preguntar: cualquiera
puede responder cualquier cosa. Uno puede abordar un taxi y preguntar
directamente al del volante:
—Tengo
una curiosidad: seguro que usted sabe... ¿Por qué ser
que, últimamente, cada vez que tomo un taxi la mayoría
de los choferes dice algo o pregunta algo nada más que para sacar
un tema de conversación..?
Alguno
se pondrá a explicar que no es un hábito que haya comenzado
últimamente porque siempre sucedió igual. Otros responderán
que lo hacen para conversar, dato que ya venía anunciado en la
misma pregunta. También se escucharán alusiones al temor
a robos y actos vandálicos: al parecer, hay choferes convencidos
de que, conversando, podrán anticipar cuál ser el pasajero
que hacia el final del viaje lo amenazará con un puñal,
una granada o un revólver para robarle. En tal caso, el ladrón
podrá quitarles algo, pero les dejará el recuerdo de su
voz. En general, parece que hasta último momento los asaltantes
de taxímetros se comportan como pasajeros normales, cordiales.
Y no sería improbable que quien aborda un taxi en plan de robar,
exagere normalidad y cordialidad hasta mimetizarse con la imagen de
un pasajero ideal, cordial, normal, propenso a dejar una propina. Pero
nada se puede saber sobre los planes de un desconocido, o, según
se dice, sobre lo que cada anónimo viajero "tiene en mente".
Sin
duda, todo el que aborda un taxi tendrá algo en la mente y también
puede darse por descontado, que, aunque haya subido sólo para
apropiarse de la magra recaudación del turno, cada cliente tiene
una reserva de dinero para afrontar el pago de su viaje, que tiene una
reserva de aire para mantener un di logo normal, y que también
tiene lo que suele llamarse "sus reservas": cosas, datos,
sentimientos y opiniones que solo manifestaría en casos muy especiales
o en situaciones que pocas veces se producirán en el curso de
un viaje por la ciudad.
Es
lo contrario de narrar. Bajo la apariencia de tender a un destino, el
relato pretende —o requiere— dar con esas situaciones donde
lo que normalmente habría que mantener en reserva se manifieste.
Y
no para darlo a conocer sino para darse una oportunidad de conocerlo.
Se
oyen a menudo las frases "no era eso lo que quise decir" y
"no sé bien lo que quiero decir" y escuchando a la
gente y hurgando entre sus diálogos queda la sensación
de que sería imposible determinar si el que habló dijo
lo que quería decir, si dijo más o menos de lo que intentaba
decir, y si, en cualquier caso, supo alguna vez lo que querría
haber dicho y lo que estuvo diciendo durante toda su vida.
Hay
momentos en los que toda una biografía puede resumirse en una
escena. Entra un actor secundario, dice su frase, alguien lo oye, y
por un efecto de iluminación la escena desaparece y en continuidad
con ella la obra da lugar a otro acontecimiento, igualmente caprichoso,
pero que distrae al público con la ilusión de que es,
también, algo definitivo. Habría momentos en los que toda
la trama de biografías que puedan imaginarse en el mundo parecer
reducirse a un vago tul, una red en la que cada ángulo anudado
a otro sería el instante en que cada uno formuló la frase
única que representa todo lo que no llegó a decir y que
era todo lo que estuvo tratando de decir en su vida. Si hubiese tal
momento, se escucharía un unísono coral vociferando la
misma frase: "soy yo". Todo lo que todos pudieron decir estaría
contenido en ella y en su apariencia de ser tan verdadera como si hubiesen
cantado la frase "yo quiero".
Pero no hay coro. Desde el coro escolar y barrial de aficionados hasta
los elencos estables de las grandes salas de ópera y conciertos,
los coros son construcciones arbitrarias, circunscriptas a un lugar
y a un período estipulado en los contratos. El coro de todos
los humanos aún no se ha concertado, aunque algunos lo hayan
imaginado a semejanza del infierno o del fin del mundo. De eso hablaban.
Que con una lluvia así la ciudad se convertía en un infierno,
había dicho el chofer, y que esa tormenta parecía el fin
del mundo. Él había tenido la suerte de refugiarse en
una estación de servicio techada. Justo tenía que cargar
gas cuando empezó la tormenta y en la larga cola, los que terminaban
de cargar combustible se resistían a dar paso al siguiente auto
para que el granizo no arruinase la pintura del suyo. Por eso el lugar
techado también se convirtió en un infierno de bocinas
y protestas. Después hubo un rato sin radio: todas las emisoras
se habían silenciado justo cuando los taxistas querían
escuchar informes sobre las zonas inundadas. Estaba seguro que Barracas,
Belgrano y Paternal estaban inundadas. Antes, decía, los choferes
esperaban la lluvia porque con mal tiempo siempre se encuentra más
gente dispuesta a viajar. Pero ahora nadie quiere lluvia porque la ciudad
se inunda cada vez más y no hay manera de llegar al lugar que
reclama el pasajero. Por la tormenta habían suspendido los partidos
de fútbol. En los espacios reservados para transmitirlos hablaban
periodistas, directivos y jugadores de fútbol. Son cosas, decía,
que tiene que escuchar la gente que no le interesa el fútbol,
para que vea lo que es el fútbol. Si uno lo cuenta, nadie le
cree. Pero usted —decía— puede oír lo que
hablan: hace media hora que están hablando de compras y ventas
de jugadores, de contratos, partidos suspendidos, estadios clausurados,
de futbolistas expulsados por andar en las drogas, del gobierno, las
elecciones en los clubes, la plata y los préstamos y los negociados..
¿Usted cree que alguien dijo patear, pelota, arco o gol?, preguntaba.
Las cosas más importantes del fútbol son patear —repitió
la palabra "patear" y levantó la mano derecha hasta
el espejo retrovisor cerrando el puño y alzando el pulgar—
... patear... la pelota —allí flexionó el pulgar
y mostró extendido el índice— hacia el arco —ahora
mostraba extendidos, juntos, tres dedos de su mano— para producir
gol, pero nadie dijo una sola de ésas palabras en más
de media hora. Al pronunciar gol había agregado el anular y hacía
bailar los cuatro dedos en el aire y parecía a punto de volverse
hacia ella para mirarla directamente. Esto se lo puedo decir a usted
porque es mujer, decía, porque los hombres tienen tan metido
el fútbol en la cabeza, que si les hablo así me toman
por un loco. Pero usted escucha: ¿ve que hablan todo el tiempo
de política?, buscaba confirmar. ¿Usted es casada? ¿A
su marido le interesa el fútbol? ¿Usted es del interior?
¿Usted vive en ese hotel nuevo que recién inauguraron..?,
seguía preguntando y contaba que él tenía un recorrido
para conseguir pasajeros en los hoteles nuevos, que se ponen de moda
por un tiempo. Atraen gente extranjera, alojada ahí por las agencias
de viajes o de turismo con la promesa de servicios de cinco estrellas,
y siempre hay políticos de las provincias, turistas y jugadores
de fútbol. Son viajes típicos los de los hoteles nuevos.
Casi todos los pasajeros que se consiguen en los hoteles nuevos van
a lugares turísticos, al Congreso, a los comités, los
ministerios y a los clubes. Son viajes siempre iguales, o parecidos.
Rarísimo encontrar un viaje a Belgrano. Usted debe ser la primera
persona —decía— que sube en uno de los hoteles nuevos
y pide que la lleven a Belgrano. ¿Usted es uruguaya? —preguntó—
y se disculpó diciendo que él tenía muchos amigos
y compañeros uruguayos y que por la manera de hablar, por la
tonada, le había quedado la impresión de que podía
ser uruguaya.
10
Hubo
un momento en el que dejaron de ver. Ya había oscurecido. Eran
las tres en punto de la tarde y había oscurecido como si se hubiera
puesto el sol. Las nubes, de un verde opaco, medio azulado, venían
desde el sudoeste, rasantes, apenas por encima de los edificios altos
del centro y terminaron cubriendo todo justo cuando se oyó el
primer trueno y empezaron los rayos. El trueno no era un trueno: más
bien era el retumbar de una sucesión de truenos. Los rayos caían
por ahí, tal vez cerquísima de ahí. Como al llegar
había visto montones de veleros navegando frente al puerto de
la ciudad, quiso mirar el río, y ya resignada a mojarse bajo
el chaparrón, cuando todos trataban de buscar refugio en los
vestuarios, fue hacia los balcones de la terraza que daban a la zona
del puerto pero la cortina de agua, tan tupida, no permitía ver
ni los edificios más cercanos. Después ya no se podía
ver nada. Para volver a la zona de los vestuarios se fue guiando por
la línea de tablones de teca que rodeaba la piscina y cuando
pasó el escalón y llegó a la terraza propiamente
dicha, se orientó por el griterío de gente que pujaba
en la puerta tratando de pasar al hall de los vestuarios. Acercándose,
recién a unos pocos metros se reconocían los cuerpos,
y eso sólo por el movimiento colorido de la ropa, los kimonos
y los trajes de baño. Desnudas, o vestidas uniformemente de gris,
esas figuras se hubiesen confundido con la pared y los cristales de
fondo, o con la cortina de agua, también gris, que los envolvía.
Sintió un golpe en la frente, y después varios en los
hombros. Eran piedras de hielo: nunca imaginó que pudiesen doler
tanto. Eso explicaba los gritos: chillidos de mujeres, pero también
alaridos de hombres y puteadas. Uno gritaba "¡Auxilio! ¡Auxilio!"
y la primera vez que lo escuchó le pareció que llamaba
a alguien: su novia podría llamarse María Auxilio, o el
encargado de repartir paraguas y sombrillas, ser, justamente, Don Auxilio
Fernández. Causaría gracia pensarlo así, si no
fuese por el dolor de los golpes del granizo en los hombros, y, ahora
que miraba hacia el piso, en la nuca. Causaría risa, sino fuese
por el miedo. ¿Miedo de qué? No sabía a qué,
pero sentía que los chillidos, el griterío y el reclamo
de auxilio, que repetían voces de gente mayor y de mujeres, le
habían contagiado miedo. Eran treinta personas: supo la cuenta
después, cuando todo había terminado. Pero allí,
en aquel momento, entre lo que creyó serían cincuenta
personas, no había un solo hombre capaz de usar una mesa, una
silla o alguno de los caños que sostenían la tarima que
se había derrumbado, para romper el cristal o para forzar la
puerta que daba paso al hall de los vestuarios y a la escalera y los
ascensores. Hombres y mujeres, iguales, estaban ahí empujándose
y gritando instrucciones a los primeros de la cola, sin pensar otra
cosa que en protegerse de la lluvia y del impacto de las piedras de
hielo. Ella también: podía tolerar la lluvia, helada,
pero no los chicotazos del hielo, que seguramente le marcarían
con moretones los brazos y la espalda. Probó gritar: gritó
un "ay" parecido a los chillidos de los otros. En ese momento
una mujer fue a dar al piso sacudiéndose y varios retrocedieron
para no tropezar con su cuerpo. Entonces pudo avanzar unos pasos hasta
ubicarse entre dos hombres corpulentos, más altos que ella. El
cuerpo del más gordo —un morocho velludo, que sólo
vestía un short de baño— le protegió la espalda
y atenuó el golpeteo del granizo. Ahora todo se parecía
a un ataque de nervios. Gritó "¿por qué carajo
no abren?" y volvió a gritar y a exclamar "¡Abran
carajo!". A su alrededor todos gritaban frases parecidas o chillidos.
Nunca
había tenido un ataque de nervios y esa vez había comenzado
fingiéndolo, pero ahora las ganas de gritar y empujar al hombre
que tenía delante eran incontrolables. A la derecha, en el piso,
vio a unos que intentaban avanzar pisando sobre las piernas de la mujer
caída. Sintió frío: las gotas de la lluvia eran
cada vez más frías y empezó a temblar. La mujer
del piso también temblaba. Ahora podía verle la cara:
tendría su edad, cuarenta o cincuenta años y no chillaba:
emitía un "ah..." grave y gutural con cada sacudida
de su cabeza. Solo un hombre, vestido con ropa de calle, se había
agachado para auxiliarla. Oyó que alguien decía "epiléptica"
y que otros ordenaban inútilmente "¡Hagan algo!"
y "¡Traigan un médico!", pero esos también
buscaban abrirse paso por encima del cuerpo. El hombre agachado pedía
ayuda y reclamaba un médico: no tenía fuerzas para impedir
las sacudidas del cuerpo y la cabeza, que golpeaba contra el piso. Por
un momento llegó a sentir en la planta de los pies que los golpes
de las sienes de esa mujer repercutían por el mosaico. Después
un rayo iluminó todo como el sol del mediodía. Una antena,
a pocos metros de allí, permaneció durante varios segundos
brotada de chispas. Muchos se volvieron para mirarla, y el gordo velludo
dijo algo, y señaló hacia el lugar, pero ella ya lo había
visto y cuando el gordo la miró y le habló, la antena
había dejado de chisporrotear. En ese momento los empujaron.
Un grupo de parejas, desde el lado derecho, trataba de desplazarse hacia
la puerta y los hombres apartaban a los que, como ella, ni querían
ni podían abrirles. De todos modos, no valía la pena protegerse
bajo el alero porque la lluvia y el granizo volaban horizontalmente.
Y hacia cualquier lado, porque el viento, cuyo sentido podía
advertirse mirando el trazo de las gotas, se entubaba en la terraza
y la recorría en remolino, para escapar después hacia
lo alto, en el ángulo norte, donde antes había unos macetones
con palmeras y ahora se amontonaban mesas, sillitas y reposeras junto
a manteles y montículos de basura. Horas después uno dijo
que había llegado a ver una mesa que se levantaba con el mantel
inflado como un paracaídas y giraba en el aire para salir volando
y perderse hacia el lado de la avenida Callao. ¿Sería
posible? Mesas, manteles, bolsos y tantas cosas que volaron y terminaron
perdiéndose, estaban en aquel rincón norte y también
en la pileta: unas hundidas y otras flotando y recorriéndola
movidas por el viento y por el remolino artificial del hidromasaje que
estuvo funcionando hasta que se cortó la electricidad. O la cortaron.
Eso se oía: un plural. "Que abran la puerta de una vez",
"¿Por qué no vienen?" "¿Por qué
no suben de una vez?" "¡Trabaron todo!". Era una
lluvia de gritos, una catarata de plurales vacíos porque nadie
tendría una idea precisa acerca de quiénes debían
ser "ellos". En realidad, nadie debía tener una idea
precisa sobre nada, salvo el hombre que trataba de asistir a la epiléptica
y había conseguido ponerle en la boca una servilleta recogida
del piso, y gritaba que, de ese modo, no se cortaría la lengua
con las dentelladas involuntarias. Pero tal vez se trague la servilleta
y se ahogue, pensó ella, y alguien dijo que había visto
un ahogado en la pileta, aunque pudo confundirlo la imagen de un mantel
semiflotante.
Cosas,
manteles en el agua: algunos parecían fantasmas danzando a pocos
centímetros bajo de la superficie, subiendo y bajando del fondo,
retorciéndose. Alguien decía "No somos chicos...
¡No somos chicos!". Era obvio: el tipo era un viejo y por
lo demás, en la terraza no había habido chicos. Ahora
reclamaban un toallón mojado. "¡Pasennós ya
un toallón mojado, o un mantel mojado!" , pedían
los que estaban apretándose contra la puerta. Era ridículo:
no quedaba nada seco en todo el lugar. Pensó que lo pedían
para la epiléptica, pero en seguida supo que necesitaban trapos
para cubrir el cristal porque uno, que se había armado con la
base del micrófono de la tarima, no se atrevía romper
los cristales temiendo que estallaran. "A veces puede explotar
y te dejan ciego", explicaba. "Dale boludo.." , gritó
ella, animándolo, y en seguida alguien la imitó gritando:
"¡Dale maricón!". Pero el tipo no tenía
fuerza: golpeó tres veces contra el cristal sobre el que habían
adherido una bata de baño y tras el último golpe, cayó
la bata y el cristal seguía intacto. Todos le gritaron y el gordo
velludo le arrebató el pesado atril y lo hizo girar por sobre
su cabeza como un lanzador de martillo, creando un espacio libre a su
alrededor y una avalancha de gente que retrocedía asustada. Al
primer golpe cedió el cristal y se desmenuzó en pequeños
prismas no mayores que las piedras del granizo que estaban por ahí.
De la ventana emergió una bocanada de aire caliente: todos ya
habrían olvidado el calor de la tarde, antes de la tormenta.
Los últimos en pasar a los vestuarios fueron los descalzos. Para
ellos hicieron un camino de toallas y manteles plegados, aunque los
fragmentos desperdigados del cristal no eran tan filosos como su forma
y su brillo azulino llevaba a temer. En el vestuario de mujeres consiguió
una toalla seca, pero no bien se secó el pecho y los brazos y
se disponía a secarse el pelo, una mujer se la reclamó
mintiendo que era suya. Prefirió no discutir y se calzó
la bombacha y el jean con las piernas y los pies todavía mojados.
Los brazos y los hombros le dolían. Podía reconocer por
el roce de la blusa los puntos donde más fuerte había
impactado el granizo. Ahora debía bajar diecisiete o dieciocho
pisos en la semioscuridad cargando su bolso con los brazos doloridos.
Muchos ya estaban bajando y hablaban a los gritos, como si por la escalera
y los pasillos los persiguiera la tormenta. Habían entrado a
la epiléptica que seguía temblando y sacudiéndose,
pero asistida ahora por dos hombres y una mujer a los que se había
agregado un policía. Los que bajaban detrás suyo comentaban
a los gritos que los policías habían subido por la denuncia
sobre un ahogado que alguien había hecho desde un celular, pero
que, llegados a la terraza, dijeron que si estaba sumergido, el trabajo
de rescate y la confección de las actas correspondía al
cuerpo especial de bomberos. Se detuvo en el décimo piso. Allí
tenían un apartamento promocional, para mostrar a los futuros
clientes y a las agencias de turismo las comodidades del lugar. Aprovechó
a conocerlo y, de paso, tomar aliento porque bajar cargando el bolso,
con tanto dolor de brazos y de espalda, haciendo equilibrio sobre los
tacos altos de las sandalias y calculando cada escalón para no
tropezar la habían agotado. Tampoco el departamento tenía
electricidad, pero recibía la luz desde una ventana que daba
al río. La lluvia había disminuido y se podía ver
el puerto y mas allá el agua marrón. No vio ningún
velero. Era como si se hubiesen volado por la tormenta, o si los hubiera
sepultado la lluvia. Quizá también allí alguien
se hubiera ahogado. Otros curiosos que bajaban —uno de ellos seguía
en short, y empapado— dijeron que habían llegado los bomberos
y se burlaban porque habían traído dos médicos
y un buzo táctico para rescatar al ahogado. El de short parecía
indignado y se dirigió a ella reprochando el absurdo de la reglamentación
policial que requería un buzo para sacar un cuerpo de un lugar
donde el agua no pasaba de la altura del ombligo de un hombre normal.
¿Y si la persona estuviera viva o pudiera reanimarse lo dejarían
morir igual..?, protestaba. Ella no respondió: el tipo estaba
fuera de sí y ni valía la pena averiguar por qué
no se había cambiado, ni por qué no se había secado
con alguno de los kimonos de toalla que había tirados por la
escalera. Ella no llegó a ver al buzo ni a los médicos,
pero en los días siguientes, las veces que lo contó, sin
llegar a decirlo imaginó una pareja de muchachos de guardapolvos
junto a un hombre vestido con traje de neopreno y calzado con aletas
de nadador. Es algo natural: son cosas que siempre suceden cuando uno
cuenta lo que vio.
Están
los acondicionadores de aire, circunstancialmente detenidos, pero pronto
volverán a funcionar. Están los ascensores, momentáneamente
detenidos, pero pronto volverán a circular. Están los
pasillos, las escaleras, y los tramos de descanso de los entrepisos,
débilmente alumbrados por las linternas de emergencia: amarillea
la luz, poco se ve. Están los hombres agrupándose. Hablan
en voz muy alta como si no estuvieran a pocos centímetros de
quien debe escucharlos, algunos se apartan y suben por la escalera,
y otros se apartan para bajar gritando que irán a buscar algo
y prometiendo volver. Casi nadie los oye ni le presta atención.
Están las mujeres, pocas, con bolsos. Hablan de ir a preparar
los bolsos y de buscar un auto, o el auto. Algunas salen con un hombre
y miran hacia atrás. Otras discuten con dos hombres, en voz mas
baja que los hombres, pero con ademanes de recriminar algo. Una se fue
bajo lluvia, mojándose, indiferente a la lluvia o a la llovizna
gruesa en que la lluvia se había convertido. Ni buscó
reparo en la pared, que por su altura y con los balcones que cada tantos
metros despuntaban hacia la calle, creaba una zona de goteo muy ralo.
Otras salieron y corrieron taconeando hacia la galería comercial
seguidas por algunos hombres. Después se separaron y unas quedaron
bajo el alero de una tienda, haciendo señas que algún
taxímetro les respondía con un guiño de luz. El
resto del grupo entró a la galería, seguramente para acceder
a las cocheras del subsuelo. De los móviles estacionados frente
al apart, alguno de los cuales había montado las ruedas de la
derecha sobre el cordón ocupando un tercio de la vereda, subían
y bajaban uniformados. Intercambiaban frases breves, se daban órdenes,
operaban equipos portátiles de radiocomunicación y trataban
de evitar que los mojara la llovizna y las gotas gruesas que drenaban
balcones y voladizos: efectos, restos de la tormenta.
Es
natural, sucede siempre cuando el que estuvo ahí cuenta lo que
vio. Aunque no haya terminado la tormenta, basta haber visto y oído
que se atenuaron gradualmente el viento y el ruido de la lluvia, para
interpretar la tormenta como un resto de algo que fue y que pronto terminará
de pasar.
Todo
es distinto para quien oye. Bien instalado y asistido, uno de estos
nuevos grabadores digitales de doce pistas registra una docena de fuentes
de sonido simultáneamente. Un oído experto puede escucharlas
en otros tantos planos sonoros, y decidir, en cada tramo, cuáles
pistas conviene copiar a la matriz —el "master"—
para que los técnicos purifiquen el registro, filtren interferencias
y abrevien la grabación facilitando eventuales transcripciones.
Quien
lea eso nunca termina de tener una idea cabal de lo que estuvo sucediendo,
y lo mismo le habrá ocurrido antes al que seleccionó los
materiales para grabar el master. Esto se nota bien cuando alguno de
los canales del registro digital tiene captada una línea telefónica
o una frecuencia de telefonía celular. En el canal telefónico,
lo que se escucha viene libre de sobreentendidos a las cosas que quienes
dialogan están viviendo, o viendo. Aún en diálogos
reticentes, circunspectos o cifrados, la pista telefónica, cargada
de registros de frases emitidas fuera del espacio, puede contener mas
o menos información, y de valor mayor o menor, pero siempre mas
convincente. Es como si el espacio electromagnético de la telefonía,
al excluir la realidad de los cuerpos y del espacio que los contiene,
librara a las cosas de los efectos distorsivos del mundo. Pero sin ellos,
claro, ya no está el mundo y no siempre resulta fácil
explicarse por qué a toda esta información sin mundo se
le asigna más valor que al magma de cosas y acontecimientos que
componen el mundo.
11
Están
los acondicionadores, las libélulas muertas, los charcos de agua,
el recuerdo de una frase anterior, alguien tose, otro se calza un anorak
amarillo y es un bombero, otro imagina un buzo táctico que nunca
estuvo allí pero que aparecía en relato de la escena,
en pleno día, en la terraza. Viene un taxi haciendo guiños
con las luces para garantizar al probable pasajero que va hacia él.
Un hombre enciende un cigarrillo, enciende la radio para sintonizar
un programa de fútbol y en cien manzanas se interrumpe la energía
eléctrica.
Después
vuelve a fluir la energía eléctrica, se escucha un taconeo
en la vereda, no se llega a oír la voz de aquel animador, va
por allí uno interpretando que el supuesto programa sobre fútbol
es apenas un espacio radial destinado a comentar y a transmitir información
acerca de las instituciones que administran el fútbol y nada
de eso es el mundo, y decir que es un fragmento, o una "selección",
es un mero decir, porque lo que se concibe como el mundo también
es un fragmento, una infinita trama de omisiones.
Cierto
que la noción de trama lleva a imaginar un conjunto de presencias
imbricadas antes que una omisión, pero en lo que alguna vez el
artesano intentó hacer cruzando filamentos de secreciones secas
de gusanos de seda, o trenzando la lana —el pelo— de otro
animal, igual que en la trama de gestiones que programa quien planifica
un complejo negocio de inversión, lo que se omite cuenta tanto
como lo que efectivamente se realiza, es decir, lo que efectivamente
se vuelve real y queda puesto en alguna forma de espacio y cargado con
la pretensión de ser todo lo que hay.
Eso
es lo peor de la realidad, su eterna pretensión de ser todo lo
que hay. Y esto, que es lo primero que debería aprender un responsable
de escuchas, figura en los manuales, pero como siempre sucede, hay tanta
información en los manuales, —ítems, capítulos,
referencias, diagramas e ilustraciones—, que en el proceso de
capacitación se borran las diferencias entre lo indispensable
y lo anecdótico. Hasta los mismos autores, —agentes retirados
o redactores de folletería explicativa del instrumental—
ceden a lo inevitable y se resignan a exponer sus conocimientos sabiendo
que nunca serán debidamente asimilados.
Con
el tiempo, se espera, la práctica profesional irá completando
los vacíos que, por fuerza de las cosas, el aprendizaje no alcance
a cubrir.
Pero
con la práctica sucede lo mismo. Pasan años hasta que
un personal capacitado en escuchas se libra de las ideas erróneas
que contrajo antes de ser reclutado. Un jefe decía que esto era
causado por la televisión, pero otro igual, hace cincuenta años,
lo habría imputado al cine, y un siglo atrás, otro habría
culpado al teatro, aunque en esa época poca gente estuviera expuesta
a los espectáculos y aunque no hubiera habido reclutamiento ni
dispositivos electrónicos de escucha que requiriesen tanto personal
especializado. En verdad, la fuente del error del recluta, que tantos
años lleva superar, no es la televisión ni la cultura
de la imagen sino la vida misma. Y la causa del error de ese jefe que
cavila sobre las dificultades de la capacitación y las imputa
al nuevo medio electrónico que envolvería a los jóvenes,
es también la vida misma, que en su caso, y en el de todos los
funcionarios de su promoción y el de la gente de su categoría
social, sobreabunda en indicios y pistas falsas que imponen atribuir
a la televisión ser fuente de lo que sería apenas un circunstancial
reflejo, como fueron el cine durante casi medio siglo, el teatro por
decenas de siglos y la vida misma por todo el resto del tiempo sin espectáculos
que habitaron los humanos.
El
jefe siempre repetía que lo mas difícil de desactivar
en los reclutas es la idea falsa de justicia, que, según decía,
inculca la televisión. Héroes, detectives, inspectores
y los característicos abogados de las series de televisión
se desenvuelven en un combate interminable entre el bien y el mal, lo
justo y lo injusto, lo que se debe o no se debe hacer, y todos ellos
actúan —en la serie, pero particularmente en la realidad
que ella pretende representar— convencidos de que lo justo, lo
debido y lo bueno deben permanecer unidos, siempre coincidiendo en el
mismo lugar.
Según
él, y dicho en nuestras palabras, esta locura de la televisión
se contagia al público, especialmente a los más jóvenes,
y por eso el reclutamiento se llenaba de despistados. "Despistado"
era aquel que a pesar de los manuales y de las reuniones grupales donde
se analizaban casos bajo la supervisión de un cuadro superior,
seguía encadenado a la ilusión de que las escuchas y los
registros fotográficos son compilaciones de pruebas para incriminar
a alguien en un juicio oral ante la corte americana de la última
escena de alguna de sus series predilectas.
Y la corte no existe, decía el jefe, esas cosas suceden solamente
en la televisión y el Estado no invierte fortunas en tecnología
y personal para buscar culpables sino porque necesita saber, no culpar.
No hay buenos ni malos, pero, ¡atención!, decía:
aquí no está prohibido creer que puede haber buenos y
malos, acá se exige que cada cual crea lo que quiere, pero que
no pierda tiempo ni lleve a otros a perder tiempo calculando si el cliente
actuó mal, o actuó bien. Aquí, decía, se
invierten más de cien millones por año para saber lo que
está sucediendo.
Llamaba
"clientes" a los que figuraban como objetivos en cada relevamiento,
aunque a veces los objetivos no fueran personas, y fuesen, por ejemplo,
el baño de hombres del restaurant Pappetti, o la oficina de contratos
del teatro Colón. En tales casos, se llamaba "cliente"
a cada uno de los registros de voz obtenidos en cada objetivo de relevamiento.
La
ventaja de tener una pequeña renta es el poder de actuar con
la mente en claro, sin temer que de un día para otro te retiren
del servicio por haber cometido un error, o por un capricho de cualquiera
de los jefes. Si a un electricista lo retiran del servicio, pasa a oficinas
o a estudios ambientales, y queda ganando un sueldo miserable, sin viáticos,
viajes, ni honorarios especiales ni recompensas y cumpliendo horarios
a la vista de las viejas secretarias y de los supervisores que vigilan
que nadie se destaque ni llame la atención.
Pensaba
en su pequeña renta, que apenas alcanzaba para mantener la casa
de la playa en Monte Hermoso y financiar un par de escapadas por año
a California o a algún otro punto del Pacífico donde se
pueda surfear una semana sin peligro de que, justo en los días
de licencia, no haya olas o vientos adecuados.
En
su lugar, cualquier otro que dependiese de su cargo temería que
el lunes alguien encontrase que la pista nueve tenía registradas
dos horas de juegos sexuales y que viniera el jefe reclamando explicaciones:
—¿Qué es esta historia de los lagrimones de la casada
infiel..? ¿Así que ha vuelto a malgastar fondos del estado
para instalarse en un apart a comer sushi y a coger..?
Un
pobre tipo no sabría qué responder. Era poco probable
que alguien llegase a masterizar y menos a transcribir la pista nueve,
pero en caso de que ocurriese, diría que actuó en el convencimiento
de que la mujer estaba contratada para comprometer a un senador, o a
algún funcionario presente en el lugar, y que en la intimidad
habría obtenido valiosa información si no hubiera sido
por la tormenta y el accidente que interrumpió todo.
Tenía
pruebas, había detectado el número del celular de la mujer,
el nombre y los datos del titular, que con toda certeza debía
ser el marido y una serie de pistas que, en caso de confirmarse que
ella había estado allí comprometida con algún operativo
ilegal, permitirían identificar a los interesados en realizarlo.
Son pretextos que fácilmente se pueden imaginar cuando uno no
es un pobre tipo que teme perder el empleo, o algún privilegio
de su empleo.
Por
lo demás, en las otras once pistas debía haber bastante
material viable, que, aunque fueran boludeces, ganarían valor
no bien se confirmase que la muerte del anticuario no fue accidental.
El
ahogado era anticuario, o decorador y anticuario. No era viejo. Estaba
seguro que no había sido accidental: lo había visto nadar,
parecía sano, y que fuese homosexual, según comentaron
los policías, no implicaba mayor propensión a ahogarse
en una terraza. Hubo un momento de la tarde en el que sin motivo alguno
que lo justificara tuvo la certidumbre de que quien ordenó aquel
servicio de escuchas esperaba que sucediera eso, o algo parecido. Para
los policías, la aparición de un rosario confeccionado
con pequeños caracoles blancos sosteniendo una cruz de nácar,
y la versión de alguien que conocía al muerto y lo identificó
como un hombre del ambiente gay, eran evidencias que avalaban la sospecha
de un crimen. Les faltaría verificar una conexión entre
los rosarios con cuentas de procedencia marina y algún culto
afrobrasileño, y la de éste, sea el umbanda, el candomblé
o de alguna secta inspirada en ellos con la fauna gay de la ciudad,
para encaminar una pesquisa con perspectivas de buena prensa.
Es
muy sencilla la psicología policial y en su misma simplicidad
debe residir la eficacia de las divisiones especializadas de la institución.
A los oficiales de civil se los notaba entusiasmados. Habían
dividido al personal en grupos que recorrían el edificio. Uno
estaba en los vestuarios componiendo un plano de la terraza, señalando
los sitios donde habían aparecido diferentes huellas no mas significativas
que el rosario blanco: un encendedor Dupont con iniciales grabadas,
una cartera de mujer llena de cosméticos y medicinas ginecológicas,
varias servilletas escritas con tinta y borroneadas por la inmersión,
recortes de la revista Noticias protegidos por folios de un plástico
transparente y adhesivo, y otras supuestas evidencias que ya estaban
archivadas en unos sobres con rótulo judicial.
Hubiese
preferido saber más, pero prefería no llamar la atención
de los policías ni identificarse ante el jefe hasta estar seguro
de que todo el material de escuchas y los registros de fotografía
y video estuviesen fuera del edificio.
Todo
el cablerío y las miniantenas habían sido recuperadas
por su gente y por el personal de cocina que colaboró en la operación.
Por la tormenta se habían perdido dos sensores, justo dos piezas
de un kit de canarios suizos que estaban a prueba y costaban una fortuna.
En
la jerga, llamaban "canarios" a los micrófonos que
en cada partida venían mas reducidos, mas complejos y mucho mas
caros. Los canarios suizos eran una novedad en el ambiente y pocos equipos
de trabajo sabían operarlos. Hipersensibles, emitían su
señal y simultáneamente recibían y ejecutaban las
instrucciones que un operador adiestrado enviaba desde el teclado de
una notebook ubicada a cincuenta metros del lugar. Bien ejecutadas las
instrucciones corregían el foco de la grabación y eliminaban
sonidos par sitos. Como siempre, el problema eran los costos de cada
kit y del entrenamiento de los operadores del teclado: un error en el
comando inhabilita a un sensor cuya siembra pudo haber costado días
enteros de trabajo.
Se
llamaba "sembrar" al delicado rastreo de lugares adecuados
para implantar el micrófono o su sensor repetidor y también
al acto de instalarlo y verificar que funciona correctamente. Es un
trabajo donde influye mucho la intuición. "Te ponemos a
vos porque sos intuitivo, creativo", decía algún
jefe, y él pensaba en la pequeña renta, que cada mes,
en Bahía Blanca, el administrador del negocio de su madre depositaba
en su cuenta corriente. Sin ella no habría intuición ni
creatividad. La siembra, como la captación de datos y la selección
y descarte de material relevado eran juegos de azar y si uno pensase
en el resultado final de cuidar el cargo y conseguir nuevas misiones
de mas rango o privilegio, quedaría paralizado por la vacilación.
Es
como en el surf de competencia: la gente sabe y calcula según
el viento, las mareas y lo ha que ha visto durante horas, en qué
zona conviene esperar la ola adecuada para lo que quiere conseguir en
ese momento. Pero, superadas las rompientes y llegado al lugar, se encuentra
que es un área de cientos de metros donde sólo en una
pequeña franja podrá producirse el despegue ideal. Y no
hay modo de averiguar dónde aparecerá esa creciente concavidad
que se transforma en una corriente que empuja hacia afuera y fluye hacia
una línea invisible en lo más llano del mar donde de repente
nacerá la ola esperada.
El
competidor que necesita ganar puntos, especialmente las estrellas que
dependen de los caprichos de los jurados para la renovación de
sus contratos con fabricantes de tablas e indumentaria, pasa allí
sus peores momentos, y, a veces, esto lo inhabilita para conseguir lo
esperado.
En
cambio, un turista puede apostar y dejar que el mismo azar de la marea
y el viento se adueñe de su voluntad y haga lo suyo. Tal vez
acierte o coincida con lo que, más tarde, después que
todo sucedió, los jurados estimen que era el lugar debido, ahí
donde uno siempre debe estar. Pero llegado ese momento no hay más
que planillas: ni mar ni olas habrá, sólo registros en
planillas y la certidumbre de que todo sería mejor si ante estas
situaciones extremas, el tiempo pudiese volver hacia atrás, aunque
sea a un solo instante de la larga cadena de tiempo sucedido.
Pero
el tiempo no puede retroceder y el hombre debe actuar como el surfista
que, de rodillas, se dispone a relajar sus músculos buscando
la soltura y la energía indispensables para el momento en que
deba ponerse de pie y pisar con firmeza la tabla que empieza a deslizarse.
No son músculos, pero algún instrumento de la voluntad
debe suspenderse o desconectarse para que por la propia vida circule
libremente el azar, que a veces acierta, y que otras es la máscara
que adopta la voluntad cuando se ha logrado relajarla, es decir, cuando
se la ha podido librar de las interferencias del miedo y de la costumbre.
Tal
vez todo ha salido bien, pensaba, y ya todos los registros estén
a bordo de la combi. Anticipaba los comentarios de los operadores sobre
la pista nueve: "¡Hijo de puta! ¿Cómo hiciste
para ganarte a esa mina..?" Dirían eso, o algo parecido.
Se
dio, pensaba, y no era improbable que tal vez, a partir de los registros
de la pista nueve y de los datos del titular de la línea del
celular de la llorona se pudiese encontrar algo que cerrase bien con
el resto del relevamiento.
El
tiempo no puede revertirse, pero si se pudiera disponer de una Silicon
con procesadores actualizados y dos gigabytes de memoria RAM, las doce
pistas del registro podrían representarse gráficamente
en forma ondas de sonido, para detectar visualmente ciertas inflexiones,
timbres de voz y superposiciones que permitirían seleccionar
lo indispensable y escucharlo, teniendo a la vista, segundo a segundo
en la pantalla, el arabesco entrecruzado de ruidos y voces.
Pero
no hay presupuesto y en la oficina donde se están empezando a
registrar escuchas con tecnología del año 2001, se las
sigue procesando con los métodos impuestos en 1976. Un cuarto
de siglo desfasados, pensaba. Como siempre en este país, pensaba,
todo se ensambla mal, y, el tiempo, que no puede volver hacia atrás,
sabe permanecer y uno está aquí y ahora, y dentro de unas
horas va a la oficina y se encuentra allí y en ese otro momento
del futuro, pero con un pedazo del pasado flotando en el aire y titilando
para llamar la atención desde las pantallas monocromáticas
de las computadoras IBM ensambladas en 1980 que hizo comprar la presidencia
de Alfonsín.
Durante
un tiempo, poco antes de que terminara el siglo, había vivido
con la creencia de que no haber nacido en la ciudad era una desventaja.
De hecho, para algunas chicas de la Facultad de Arquitectura, que viniese
de Bahía era una suerte de estigma: la culpa de ser un chico
de provincia, ese acento que aquí sonaba como campesino, y que
la gente impostaba para cantar temas de folklore argentino. Había
pasado la infancia y terminado los estudios secundarios en una ciudad
pequeña, de menos de un millón de habitantes y recién
ahora, al cabo de una década de vivir aquí, y de haber
conocido grandes ciudades de Europa y de la costa oeste americana, advertía
que esa diferencia también había tenido sus ventajas.
Para
el que llega a la ciudad ignorando sus barrios, los nombres de las calles
y la ubicación de los lugares donde ocurrieron los principales
acontecimientos que todos recuerdan, la ciudad se manifiesta en un bloque
donde todo es presente, o mejor dicho, donde todo se da a un mismo tiempo,
de modo que pasan años hasta que pueden interpretarse los espacios
y las construcciones como resultados del curso de un tiempo que les
imprimió tales o cuales significados.
Viéndola
desde allí, desde este siglo, pensaba que su etapa de asimilación
a la ciudad se vio favorecida porque el estigma de no compartir la memoria
colectiva de la que todos parecían jactarse, le permitía
conocer todo en bloque, sin perderse en detalles insignificantes como
el acento de una voz que revela un origen de clase o de zona, o como
la jerarquía social de un bar o de una disco y el valor relativo
de una universidad o de un lugar de empleo.
Esto
es Kyoto, pensaba recordando los quince días pasados en la feria
electrónica, donde trataban de venderles equipos indescifrables
en una ciudad enteramente indescifrable. Las esquinas iguales, la gente
era casi igual, y los hoteles eran tan parecidos que cada concurrente
a la feria y a los cursos de capacitación debía llevar
prendida en la solapa una tarjeta impresa con los caracteres que identificaban
su alojamiento, el único lugar donde podían comer y donde
debían pernoctar. A muchos les sucedió lo mismo: llegaban
agotados al hotel, y el personal miraba sus tarjetas y les señalaba
el portal y una dirección en la que deberían seguir caminando
para encontrar el suyo, igual, con las mismas carteleras de neón
y con los mismos uniformes solo diferenciados por lo que debían
decir los signos japoneses bordados en las mangas.
La
llorona infiel no pareció creerle que había estado en
Kyoto. O tal vez lo creyera y prefirió representar indiferencia
para concentrarse en lo único que le importaba: el cuerpo. No
lo podía saber, pero como ante el registro de una pista sonora
que no permite identificar quién habló ni a quiénes
se refirió esa voz con los pronombres "vos", "ella",
"yo" y "ustedes", sobre lo que es imposible saber,
mas vale no intentar indagaciones que solo llevan a perder tiempo y
a cargarse de dudas sobre todas las cosas.
Lo
importante de esa mujer era que lloraba bien, que tenía, como
decía su novia "mucha piel en la cama", y que había
podido registrar el número de su celular y que seguramente la
llamaría.
Si
uno pudiera comportarse todos los días como si estuviese en Kioto,
o en Shangai que ha de ser mas indescifrable, y viviera todo el tiempo
ateniéndose a averiguar solamente lo que se puede llegar a saber
y empeñándose en buscar solamente lo que se puede conseguir,
toda la vida se volvería tan fácil como el atardecer de
aquel domingo.
Era
previsible que ella, medio satisfecha y asustada por el caos de los
pasillos se hubiera vuelto a la casa del marido. Ahora sólo le
faltaba llamarla y volver a encontrarla. Daba igual que siguiera la
lluvia, que hubiera un ahogado y que los policías anduvieran
por ahí enredándose en sus propias rutinas y montando
un espectáculo de órdenes, trámites y uniformes
como en una película argentina de los años cincuenta.
La policía era el pasado invadiéndolos y haciendo boludeces
por los pasillos.
Debían
contribuir el cambio de clima, el viento fresco y la noticia de que
todo el material relevado estaba en la kombi y en camino a la oficina,
pero, al salir a la calle y, pese a la llovizna y al peso de su bolso,
dispuesto caminar por la Libertador hacia la oficina, sentía
crecer algo que otros llamarían felicidad junto a la certidumbre
de que debía ser el único arquitecto que entendía
esto.
Estaba
seguro de que nadie objetaría los comprobantes por ciento sesenta
pesos gastados en el alquiler de un apartamento y el delivery del sushi
de esa tarde.
Estaba
seguro de que pronto construiría casas y que estas experiencias
le servirían para construir mejor. Estaba seguro de que antes
refaccionaría su casa de la playa, agregaría un mirador,
y ampliaría el jardín librando a la construcción
de esa horrible cochera con techo a dos aguas y tejas falsas.
Estaba seguro de ser el único arquitecto que se desempañaba
en el servicio, por lo menos, en funciones técnicas de ese nivel.
Estaba seguro de que ningún agente o funcionario de procedencia
política o de otros organismos de defensa y seguridad entendía
su trabajo y de que todos por igual apostaban a una carrera imaginaria
y pretendían ser jefes, lo que terminaba dejándolos pendientes
de sus jefes.
Pasaba
junto a un edificio de viviendas en torre cuyo proyecto había
estudiado en la Facultad. Los constructores lo habían promovido
como un modelo del ideal de seguridad. A más de dos mil dólares
el metro cuadrado, el más pequeño de los semipisos debía
valer entre seiscientos y novecientos mil. No descartaba que tal vez
allí alguien fuera feliz, pero en aquel momento también
él era feliz.
Felicidad,
seguridad, pasar los comprobantes de los gastos, llamar a la llorona,
firmar los informes, de paso averiguar cómo calificaron al servicio
de aquel domingo. Enumeraba todo y lo repetía mentalmente: Seguridad...
Felicidad... Telefonear... Cobrar... Firmar... Lo repetía como
al dictado de una voz interior: era una buena agenda para una semana
que prometía empezar bien.
marzo de 2001
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Agradecimientos:
A Rodolfo Fogwill
A Elsa Kalish
Corrección:
Inés de Mendonça
Sebastián Hernaiz
Marina Kogan
Juan Pablo Lafosse
Edición:
Juan Diego Incardona