A
la memoria de Marcelito Jack
II
Estoy.
¿Estoy? Sí. Creo. Eso sí: triste. Tan triste como
las chicas de Onetti. Como las mucamas que los jueves a la noche entran
gratis a Metrópoli. Tan triste como el día que Gilles
Deleuze, Leonardo Simons, o Carlos Correas decidieron suicidarse arrojándose
al vacío. Como cuando te dicen: necesito un tiempo para ver qué
me pasa. Como el raid de compras en la nocheshopping del Alto Palermo
en que me encontré envuelta la madrugada de ayer gastando lo
que no tenía. Como cuando tenés que decirle al boludo
que está con vos en la cama: vestite y andate. Como el congreso
de literatura que organizó este año la UBA –todo
bien Panesi, la mejor con vos, pero el congreso fue patético,
patético, patético. Tan triste como cuando abrís
la puerta para recibir al pocero porque el pozo está lleno y
ves a las chusmas del barrio mirándote desde la vereda de enfrente
con una sonrisa irónica. Triste como los pitos de oro que en
las madrugadas de los viernes quedan dando vueltas en el aire como trompo
loco sin manija en el Quilqueni. Tan triste como el sueldo que cobro
todos los meses y me humilla recordándome que no tengo visa para
cruzar la frontera de la pobreza –y como dice el Pichi en la mejor
novela que se escribió acá en los 90: vergüenza es
ser pobre, todo lo demás se agrega por añadidura. Tan
triste como Martín Heidegger, que tiene que cargar con estoicismo
y vergüenza ajena que José Pablo Feimman le dedique su próxima
horrible novela. En fin, tan triste como a tantas otras tristezas a
las que una se va acostumbrando.
Pero
ustedes se preguntarán por qué cosa puntual estoy tan
amarga como el Fernet con soda que estoy tomando en esta madrugada de
navidad. Se los voy a contar. Hoy a la tarde, saqué del placard
la malla que llevé el verano pasado a Mar del Plata. Me la puse,
me miré al espejo, y sólo pude articular:
Amor
se fue
mientras duró de todo hizo placer
cuando se fue
nada dejó que no doliera.
III
Pero
el show debe continuar, como dicen en la tele. Como bien sabe la Su,
que por más que los chongos la maltraten, que las pastas ya no
le hagan efecto, que las cirugías estéticas ya no puedan
maquillar el horror a la muerte, que ya no le quede nada por comprar
en los shopping de Miami, ella todos los años vuelve a hacer
Hola Susana.
Me
pregunto si el solo hecho de ser una chica de Letras me absuelve de
algún día devenir la Su Giménez. Ustedes me dirán,
qué tiene que ver una cosa con la otra, y tanta seguridad me
hace dudar.
Pero
como dicen en la tele, basta de pálidas y pasemos a algo lindo.
Se me ocurrió, para ponerle un poco de onda al verano, organizar
un concurso: La reina del verano de Letras. El concurso va a durar enero
y febrero y pueden entrar para votar en elsakalish@yahoo.com.ar
En un principio pensé proponer yo a los candidatos, pero después
me di cuenta que lo mejor era que cada cual vote a quien le venga en
ganas. Claro que el voto debe ser hecho como todo lo que hacemos nosotras,
desde una mirada crítica, ya que somos intelectuales comprometidos
o pichones a quienes el futuro nos espera con ese redituable papel.
Las
categorías son las siguientes:
- La reina del verano de Letras.
- Primera princesa del verano de Letras.
- Segunda princesa del verano de Letras.
Y
las menciones especiales:
- La tilingo-conchudita del verano.
- La costurerita que dio el mal paso.
- La que robó, huyó y la atraparon.
- Con la vieja no se jode.
- El infiel (premio a la trayectoria Arnaldo André).
Si
quieren, pueden justificar sus votos (breve, en dos líneas, porque
miren que no tengo elsasianos, como la Su a sus susanos, para que me
hagan el trabajo sucio).
IV
Ya
que estamos en la intimidad del cotorreo de Letras, les voy a contar
una intimidad. Para este número tenía planeado contarles
un sueño que tuve, en el cual Puán era La Salada y lo
mazorcábamos a Zizek, pero como se me murió un ser querido
y entré en crisis, preferí dejar el sueño para
otra vez y escribir estas estupideces, que espero que las conchuditas
de Letras que están enojadas con mi columna me lo agradezcan,
ya que les estoy dando pie para que le digan al divino de Juan Diego:
ves que teníamos razón cuando te decíamos que tenés
que tener mejor criterio a la hora de editar el material que te llega.
A todas esas conchudas un beso, igual las quiero.
Pero
para suplir ese sueño que espero poder contar en otro momento,
se me ocurrió cometer una canallada de esas que sólo las
chicas de Letras podemos hacer. Cometer el peor de los pecados que una
chica de Letras puede cometer, escribir “ficciones”, y peor
aún, publicarlas. Sí, como Daniel Link (¿cómo
una persona tan divertida a la hora de dar clases y hasta arriesgaría
buen critico puede publicar mamotretos como Los años 90?,
y más, me pregunto: ¿qué habrán pensado
los de la beca Guggenheim cuando leyeron el socotroco de La ansiedad?,
¡lo que ayuda tener pinta y chamuyo!), Kohan (bueno, en fin, mejor
no digo nada), Molloy, Barthes (que por suerte cuando empezó
a escribir su novela, que era algo así como lo novelesco sin
la novela, un camión de la lavandería se lo llevó
puesto y lo dejó chocolate), Florencia Abatte (que me hace acordar
tanto a la Tauro, pero sin la poesía con la que cuenta chimentos
con Polino, los sábados al mediodía en el programa Quién
es quién, por Radio 10), o la Drucaroff (que no me digan
que no parece un personaje salido de una novela de Dostoievsky), yo
también escribo “ficciones”.
Espero
que el cuento les guste y lo encuentren repleto de tipologías,
topologías, códigos, ostranenies, intertextos, doxas,
semas, operaciones de lectura y otras delicias que tanto nos gusta encontrar
a nosotras cuando nos sentamos a leer.
Por
favor llamen a mi casilla de correo para votar por La reina del verano
de Letras –o para contarme chimentos de Letras, por qué
no– y si se van de vacaciones a la costa no “tomen”
sol al mediodía que hace mal –siempre queda canchero hacer
alguna alusión a las drogas.
Bueno, eso es todo. Chau, chau, chauuuuuuuuuuu...
V
EL
AMOR TIENE CARA
DE TRAVESTI PARAGUAYO
Las
cosas iban mal y sólo a un forro como Marcos Aguinis se le podía
ocurrir que mañana todo cambiaría. Tampoco es cuestión
de cargar las tintas sobre un tipo, que bien o mal, había logrado
llegar a los 50, con dos hijos en la universidad, tres locales de ropa
en Villa Ballester, una linda casa en San Andrés, un auto japonés,
y un matrimonio que no se había disuelto hace años “por
los chicos" -se justificaba él- y “porque después
de aguantarlo todos estos años y perder lo mejor de mi vida a
su lado, qué lo voy a dejar ahora, ni loca, ahora que me mantenga
este forro hijo de puta” -se justificaba ella charlando con sus
amigas de Reiki.
Marcos
Aguinis no se llamaba así. Su nombre era Federico Schmitt y la
culpa de que todos lo llamaran Marcos Aguinis era de Lauri, la mejor
amiga de su mujer. Esta bruja, a diferencia de la bruja de su jermu,
gracias a la gimnasia, el yoga, el diván del psicoanalista, la
cirugía estética, las siliconas, el peluquero –al
que iba dos veces por semana–, una dieta macrobiótica,
y un buen gusto para estar siempre bien vestida y a la moda, era una
bruja más que cogible. Pero como era amiga de su mujer, nunca
intentó tener nada con ella, y por eso Lauri le tomo a él
tanto odio como el que le profesaba su mujer. Y como ella era una mujer
culta que amaba el arte –no se perdía una sola muestra
de Constantini en el MALBA, ni dejaba de ir a todas las obras de teatro
que se presentaran en el San Martín, ni dejaba de asistir a cuanta
presentación de libro anunciara alguno de los suplementos culturales
de Clarín, Pagina/12, o La Nación–, aparte de cuidar
su cuerpo, estimulaba los músculos de su mente
leyendo. Así es que un día descubrió un libro excelente
de Marcos Aguinis(1), El atroz
encanto de ser argentino, y cuando lo vio en el stand de Planeta
en una Feria del Libro firmando ejemplares de su obra descubrió
que era igual al marido de su mejor amiga. Entonces compró dos
ejemplares de un libro de Aguinis donde se lo podía ver en la
contratapa posando para la cámara con cara de boludo, como el
marido de su amiga, y se los regaló, uno a su amiga y otro al
esposo de ésta. Y le dijo a él, frente a su mujer, sos
un calco, igualito, te re parecés, así que de ahora en
más te vamos a llamar Marcos Aguinis.
Por
más que al principio mostró indiferencia, luego intentó
protestar y finalmente prohibió que se lo llamara como al escritor,
se tuvo que resignar a su nuevo nombre, con el que su mujer y su amiga
habían decidido rebautizarlo.
Las
brujas no existen, pero que las hay las hay: su mujer y la amiga lo
eran. Sabían que llamarlo como un escritor con cara de pelotudo
que se le parecía de forma notable, a él, le chupaba un
huevo. Pero que ese escritor fuera judío –y para colmo
cordobés– y que a él lo asociaran con un judío
era algo que lo humillaba.
Había
sido tan perfecta la tela de araña que tejieron las dos brujas,
que no sólo sus hijos habían olvidado el nombre verdadero
de su padre, sino hasta sus amigos, y proveedores, empleados y clientes
de sus locales de ropa se referían a él denominándolo
inocentemente “el rusito Marcos” sin saber que le estaban
escupiendo a la cara: judío, usurero, sucio, hijo de puta.
Sin
embargo, no eran todos sinsabores la vida de Marcos Aguinis. Los domingos
a la nochecita se secuestraba religiosamente en un departamento de Belgrano,
con Flopy, un travesti paraguayo.
Flopy
no parecía un travesti ni mucho menos una mujer. Flopy, vista
de lejos o cara a cara, arreglada para eclipsar la luna o de entre casa,
siempre daba la misma impresión, lo que era, un paraguayo disfrazado
de mujer. Ese era su encanto, su atroz encanto, no saber que era el
travesti más feo del mundo e ir por la vida como si fuera Sofía
Lorens. Flopy era petiso, negro y peludo, una suerte de reescritura
de Platero y yo escrito a cuatro manos por Philip Dick y Copi,
y Marcos Aguinis le pagó las operaciones en Chile para que le
sacaran el pito —que lo guardaba como souvenir en la mesita de
luz— y en su lugar le pusieran una prótesis de concha,
y le implantaran un buen par de tetas y una cola divina.
Marcos
Aguinis adoraba con locura a su oscuro objeto de deseo.
Le
bancaba un departamento de dos ambientes y lo único que le exigía
era que los domingos a la noche fuera solo para él. Durante la
semana o los sábados podía atender a sus clientes o hacer
lo que se le ocurriera, pero los domingos sin excepción ni excusa
que valga tenía que ser su exclusiva geisha paraguaya.
Se
habían conocido precisamente un domingo en la Zona Roja de Palermo.
Él había ido a ver “por boludear nomás”
cómo era ese espectáculo de putos en medio de la calle
ofreciendo sus servicios sexuales, que había visto en un programa
de televisión. Y fue tan solo verse y sentir una atracción
fatal. Él la vio a Flopy acercarse al auto, cuando éste
paro a metros de ella, y su idea era putear al “puto” cuando
le ofreciera “sus servicios sexuales” –palabras textuales
extraídas de un programa de televisión– para luego
salir picando, riéndose, por su ocurrencia, pero fue cruzar sus
miradas, y algo tan olvidado y vacío de contenido en sus vidas
como el Amor –con mayúscula y dentro de un corazón
atravesado por una flecha– los dejó mudos, sin aliento,
trémulos, y desnudos como Adán y Eva en el paraíso.
Ninguno de los dos tuvo que decir nada. Él le abrió la
puerta del lado del acompañante y ella subió con decisión
y naturalidad como si lo conociera de siempre, pero temblando, arrebatada
por la furia del amor que tanto miedo da.
Aquel
primer encuentro lo pasaron en un telo –él aun les decía
amueblada– que tenía habitaciones temáticas: ellos
eligieron la habitación-baticueva de Batman. Esa noche de domingo
Marcos Aguinis descubrió que el amor tiene cara de travesti paraguayo.
Luego de deshacer y hacer el amor hasta quedar exhaustos, aun con partes
de los trajes, ella con el de Batman y él con el del Pingüino,
se contaron sus vidas. Así supo Marcos Aguinis que Flopy tenía
veinte años, que desde los diez, cuando vio por la televisión
paraguaya una película con Sofía Lorens, supo que cuando
fuera grande sería como ella o no sería nada, que hacía
cinco años que había migrado a la Argentina y tres que
hacía la calle. Y Flopy supo que Marcos Aguinis había
pasado la barrera de los cincuenta, tenía mujer e hijos, un buen
pasar económico, y no era feliz pero tenía fe en el porvenir.
Al
mes de conocerse Marcos Aguinis le pagó las operaciones en Chile
para que se transformara en su dolce vita, en su florcita guaraní,
y le alquiló el departamento de Belgrano, para que no viviera
más en una casa tomada entre inmigrantes ilegales, vendedores
de droga, ladrones y prostitutas.
Durante
un buen tiempo fueron felices así: viéndose sólo
los domingos por la noche y hablando durante horas por teléfono
durante la semana. Como en toda pareja que se ama, tarde o temprano
llagan los hijos, y ellos no fueron la excepción. Fruto del amor
de Flopy y Marcos, nació primero Marquitos y después Flopyn.
Marquitos
era un bebote precioso, de ojos azules, que cuando se le apretaba la
panza decía: mamá, y que si uno le daba la mamadera hacía
pis. Marcos Aguinis no podía evitar emocionarse cada vez que
la veía a Flopy darle la teta a su bebote Marquitos –made
in Taiwán. Y así como Marquitos fue planeado, buscado
y esperado nueve meses, Flopyn los sorprendió irrumpiendo de
repente cuando ya habían decidido por mutuo acuerdo que sólo
tendrían un hijo. Una noche, yendo a comprar helado de pistacho
y banana splint al Freddo que quedaba a dos cuadras del departamento
de Belgrano, se tropezaron con una perrita abandonada, y él le
dijo a ella, mirá que hermosa, tiene tu mirada, y no dudaron
un instante, la adoptaron y la llamaron Flopyn.
Pero
como sucede siempre, la suerte un día cambia de mano, y la fortuna
que se fue acumulando con destreza y esfuerzo, con creatividad y riesgo
–como recomiendan los libros de management y marketing que le
gustaba leer a Marcos Aguinis en sus horas libres–, de repente
se esfuma en el aire en un abrir y cerrar de ojos –y como para
estas contingencias del azar los gurúes de los libros de autoayuda
y management no saben qué hacer prefieren obviarlas o simplemente
echarle la culpa al lector por no haber entendido y seguido sus instrucciones
al pie de la letra.
Marcos
Aguinis hacía un tiempo que se venía sintiendo mal, y
después de postergar todo lo que pudo la consulta a “su”
doctor, una tarde fue. Lo reviso y le ordenó un chequeo general.
Todo fue tan rápido y violento que casi no tuvo tiempo de pensar
en nada: cáncer. El pronóstico era delicado, tenía
una oportunidad en cinco de seguir vivo en menos de seis meses.
Como
amaba a Flopy y a los hijos que habían tenido fruto de la pasión,
Marquitos y Flopyn, y no quería que sufrieran por su culpa, decidió
romper la pareja. Sabía que esto a ella le haría mal,
pero también sabía que verlo morir consumido por el cáncer
le haría peor. Por eso opto por el mal menor. Después
de todo, Flopy todavía era joven, y cuando se repusiera del incomprensible
abandono de él, ella podría rehacer su vida, y quizá,
pensaba, quebrándosele la voz de la conciencia, quizá
pueda volver a enamorarse.
Marcos
fue tres veces intervenido en el quirófano, y luego de un largo
tratamiento de quimioterapia combinado con unos rezos y yuyos que le
recetó la bruja a la que iba desde su juventud para que lo protegiera
de las malas hondas y otros males, en menos de un año estaba
recuperado.
Recién
cuando el cáncer se transformó en un mal sueño
que había tenido la noche anterior, decidió recuperar
a su florcita paraguaya, volver a mirar a los ojos a su amor y contarle
todo. Que nunca la había abandonado aun cuando la había
dejado, que como tenía cáncer y los doctores lo daban
prácticamente por muerto había decidido no involucrarla
a ella en esa escena patética. Y que para él, desde que
la conoció, supo que el amor tiene cara de travesti paraguayo.
Acá
es donde el relato de desliza imperceptible hacia el género policial,
pero sin abandonar el melodrama.
Flopy,
al ser abandonada por Marcos Aguinis, se hundió en la depresión.
Durante los primeros meses se encerró en su departamento a tomar
merca y vino blanco de cartón EKI. Pero una noche se dio vuelta
después de tomar pala durante horas con un cliente, y si no hubiera
sido por éste, que llamó a una ambulancia antes de desaparecer,
dejándola tirada en el piso con convulsiones, vomitando espuma
y saliéndole sangre por la nariz, Flopy hubiera muerto en su
departamento de Belgrano de sobredosis y frente a sus hijos Marquitos
y Flopyn, que la miraban sin entender la escena.
Luego
de eso decidió que no podía seguir así. Dejó
las drogas, el vino de cartón y se dedicó a trabajar y
criar a sus hijos.
Una
tarde que iba a visitar a sus viejas amigas de la casa tomada donde
vivía, pasó por la puerta del canal América y,
sin querer, Marcos Aguinis, que salía del canal no la vio y se
la llevó puesta. Marcos Aguinis le pidió disculpas y ella
se quedó muda, pálida, sintiendo un maremoto dentro de
su corazón. Estaba convencida que era Marcos, su Marcos, pero
no, era el otro, el escritor. El mal entendido los llevo a charlar a
un bar de Palermo Hollywood y, cuando se dieron cuenta, ya estaban en
la cama enredados uno en el otro jurándose amor eterno.
Por
esto es que el domingo que Marcos Aguinis llegó al departamento
de Belgrano, con rosas amarillas, bombones y un koala de peluche gigante
con una remera que tenía un estampado que decía I LOVE
YOU FLOPY para reconquistarla, ella no lo esperaba.
Entró
al departamento sin avisar, abriendo con el juego de llaves que tenía
y no le había devuelto a Flopy cuando le dijo fingiendo indiferencia
y desdén “lo nuestro no va más, negra”. Ni
por un instante se le ocurrió que podía estar otra cosa
que no fuera Flopy esperándolo a él como cada domingo.
Al abrir la puerta, con los bombones, las rosas amarillas y el koala
gigante de peluche, lo que vio, lo dejo duro. Flopy estaba en el sillón
del comedor metiéndole un consolador en el culo a alguien igual
a él. El escritor Marcos Aguinis(2),
con el pepino en el ojete, y Flopy, en parte por la excitación
del acto sexual y en parte por ser sorprendidos en él, quedaron
tiesos y agitados mirándolo, sin saber qué hacer.
Si
hubiera sido un tipo cualquiera, Marcos Aguinis hubiera entendido que
había aparecido en un mal momento y se hubiera disculpado por
haber entrado sin anunciarse previamente. Pero el tipo era igual a él;
era el famoso escritor judío, por culpa del cual la amiga de
su mujer, al descubrir que eran iguales, empezó a llamarlo Marcos
Aguinis, o sea, una forma sutil de llamarlo judío sucio, usurero,
hijo de puta, pero con carpa, casi sin decírselo, pero diciéndoselo.
Aparte, Marcos, al verla a Flopy con él, que era un otro él,
que era otro y él, y a esta altura ya no sabía quién
era quién, solo atinó a pedir disculpas y retirarse.
Bajó
los ocho pisos por la escalera de servicio, confuso, llorando, sintiendo
que la realidad de ese momento era un decorado de cartón pintado
detrás del cual la irrealidad del universo lo reclamaba para
devorarlo en su abismo de sin sentido. Fue hasta el auto y buscó
en la guantera la Luger –que había heredado del abuelo
Ernst Schmitt– y que llevaba siempre encima para seguridad personal,
y volvió al departamento.
A
Marcos Aguinis le voló la cabeza y a Flopy le descargó
el resto del cargador, siempre apuntándole al corazón.
Volvió a cargar la Luger y mató a sangre fría a
sus dos hijos. Al bebote Marquitos, que dormía en su cuna, le
descargó dos tiros en el pecho, y a Flopyn la agarró entre
sus brazos y la arrojó por el balcón al vacío.
Luego se fue con paso quedo a tomar el ascensor, con el arma aun humeante
en la mano y la ropa salpicada con la sangre de su amor.
A
la tarde siguiente, la amiga de su mujer, Lauri, apareció por
uno de sus locales, el de lencería, y le tiró la sexta
de Crónica sobre el mostrador, con cara burlona.
—Mira
como terminó tu alter ego —le dijo Lauri.
—¿Tu
alter qué...
—¡Que
ignorante que sos! No importa. Te traje el diario para que veas como
terminan los rusos tramposos como vos.
—Yo
no soy judío –le dijo con odio contenido.
—¿Y
puto como tu tocayo escritor?
—A
ver... – y tomó el diario.
En
la tapa de Crónica habían titulado: ESCRITOR MUERE ACRIBILLADO
CON PEPINO EN EL HUPITE. Y el copete de la nota informaba: El escritor
argentino Marcos Aguinis fue anoche asesinado cuando estaba en un departamento
de Belgrano con un traba paraguayo. La policía dice no tener
pistas firmes y no descarta que el siniestro haya sido un crimen pasional.
Cuando
terminó de leer la nota, Marcos levantó la vista y miró
a los ojos a Lauri. Ella le sostuvo la mirada, acompañándola
de una sonrisa irónica, como diciéndole “yo sé
todo”.
—Mirá
—le dijo él—, ¿viniste nada más que
para contarme esta boludez sobre un judío degenerado que se encamaba
con trabas paraguayos?
Ella
volvió a sonreírle con una seguridad que lo intimidaba,
y movió la cabeza afirmativamente.
—Bueno,
si era eso solo, ya está, podes irte. Porque yo acá estoy
muy ocupado y tengo mucho trabajo.
Ella
volvió a sonreír y él se contuvo para no clavarla
contra la pared y darle en la cara hasta que desapareciera para siempre
esa sonrisa irónica que le ofrecía cada vez que hablaba
con él. Se dieron un beso en la mejilla. Y Marcos se quedó
parado, mirando como el culo de Lauri se perdía en la vereda.
Pensando qué haría ahora que tenía los domingos
libres.
NOTAS
(1)Breve
nota al pie sobre quién es el escritor al que se alude en este
texto: Marcos Aguinis es autor de una obra notable, que incluye novelas,
ensayos, y que nunca ha dejado de intervenir como intelectual crítico
en diversos medios de comunicación –como la televisión,
la radio y los diarios. Entre sus obras más destacadas se cuentan
su monumental novela La gesta del marrano, la novela histórica
La batalla perpetua, su más reciente creación
Asalto a la ilusión y su excelente ensayo, ácido
y corrosivo, El atroz encanto de ser argentino. Toda su obra
debe ser entendida como fruto de un diálogo con lo mejor de la
literatura argentina y su nombre ya es parte del panteón de los
grandes autores argentinos, como son Eduardo Mallea, Hugo Wast, Silvina
Bullrich, Ernesto Sábato, Maria Esther de Miguel, Tomás
Eloy Martínez, José Pablo Feimann, Rodrigo Fresán,
Luis Pedro Toni, Martín Caparrós, Luis Chitarroni y Juan
Forn.
(2)Marcos
Aguinis desde chiquito siempre fue muy pajero y culposo. Era el típico
judío culposo, que gracias a esa culpa insoportable gozaba como
loca. Cuando Flopy le metía el consolador por el culo, Marcos
Aguinis inevitablemente veía frente a él a su madre asfixiándose
en una cámara de gas de Auschwitz. Y su madre consumida, casi
irreconocible, transfigurada en un musulmán por la vida del Lager,
llorando, le decía a su hijo: Marquitos, la culpa de todo esto
que me sucede es sólo tuya. Y él, al borde del delirio,
le gritaba a Flopy: ¡Sí mamá, sí, sí,
mamita!
*************************************************************
(*)Las
personas o instituciones citadas en este texto, como lo que se opina
sobre ellas, debe ser entendido en el contexto de una operación
masturbatoria propia de una chica de Letras. Buscar en esta operación
–palabra que, como dice Jorge Panesi, no hay chica de Letras y
aledaños que no le guste hacer proliferar– agravios gratuitos
sería un despropósito, ya que lo único a lo que
se aspira al efectuarla es a encontrar el placer –¿o el
goce?– de hablar mal del prójimo para acabar en
el texto y sus voces.
©Elsa
Kalish