Estas
son unas líneas respondiendo a algunos planteos de la
carta enviada por un lector de el interpretador. En cuanto
a Sarlo particularmente, adjunto una nota de mi autoría recientemente
publicada en Lucha de Clases Nº4, donde se amplía
la discusión con las posiciones y ubicaciones tomadas por ésta
y un sector de la intelectualidad argentina. En cuanto a los que estamos
“bajo el mismo techo”, como dice Diego en su carta, algunas
cuestiones que no comparto.
Mi discusión con Sarlo la tenía como objetivo porque no
considero tales cuestiones como un mero “clásico”
de los pasillos de Puán o de la calle Corrientes, sino que, siendo
una intelectual que influencia ideológica y políticamente
a través de periódicos, revistas, TV, etc., es decir,
impregna un conjunto de sectores sociales y funciona, por decirle de
alguna manera, como “ideóloga de los ideólogos”,
considero útil tomarla para la lucha de ideas, tarea tan central
y necesaria como otras para quienes, como dice Diego, “queremos
cambiar la realidad” (porque es cierto que no basta “sólo”
ir a una marcha, aunque ponerle el cuerpo a las ideas no es tampoco
menor).
Por
otro lado, no creo que la discusión de problemas digamos “internos”
de Filosofía y Letras sea incorrecto en sí mismo, depende
con qué amplitud de perspectivas, en todo caso, se los discute.
Al contrario de lo que ves Diego, “clásicos” no veo
muchos, más bien opino de conjunto que poco es lo que se discute
política, social e ideológicamente en nuestra honorable
Academia, salvo que cuentes como discusiones las peleas entre camarillas
por los cargos y los prestigios; mientras, lo que persiste es un status
quo sólo de vez en cuando cuestionado, cuestionamiento que muchos
corren apresuradamente a cerrar antes de que pueda profundizarse.
A
pesar de ello, y de criticar el internismo, sos vos el que en tu carta
reduce la discusión a Filosofía y Letras, criticando a
“sus críticos” (papel que ocuparía yo con
mi nota en este caso) sin decir nada de la institución (aunque
la Academia no era el eje de mi nota, a su manera en ciertos aspectos
la toca), siendo que, como el conjunto de la Universidad, hace rato
ésta se cocina en su propia salsa. Claro que podría no
ser tu eje la institución y sí sus críticos. Tu
planteo comienza pareciendo apuntar a criticar las posibles “oposiciones
a su majestad” (esto es, oposiciones que a su manera son los mejores
servidores del status quo en tanto lo legitiman como pata opositora),
pero si tal fuera el caso de las dos notas que criticás, creo
que finalmente te molesta en ellas más la crítica a la
institución que su posible “insuficiencia” como críticas.
Al mejor estilo posmoderno, tu crítica “radical”
que se ubica más allá de todo desde un altar relativista
donde todas las ubicaciones son las mismas, ni bien se rasga un poco
no es más que la defensa de lo establecido. Para ello, ¿por
qué no empezaste defendiendo la institución y chau?
En
muchas situaciones gente “bajo un mismo techo” puede estar
violentamente enfrentada a pesar de ello(1). Así
que, ser todos parte de alguna u otra forma de Filo no quiere decir
por sí mismo tener los mismos intereses, responsabilidades ni,
por lo visto, opiniones. Diferencias que no marco yo sino que todos
conocen y muchos defienden en esta institución. Es fácil
de ver si se ojea apenas el órgano de gobierno de esta Facultad:
¿cuántos docentes, estudiantes, no docentes, participan?
¿Igualitariamente acaso? No, y es sólo un ejemplo aunque
significativo. ¿Cuántas cátedras paralelas conocés
vos en todas las carreras que se dan acá? ¿Cuántas
visiones y perspectivas distintas conocés que existan inter /
intra cátedras? Hablás de cátedras dogmáticas
que quieren imponerse, ¿no son así todas (o casi todas)
las que conocés, impuestas hace años? Ahí está
el caso de Romero, que de la mano de Alfonsín desde los ’80
maneja la carrera de Historia y que pone el grito en el cielo, usa diarios
y amistades políticas (porque si hubo gente que “comió”
con la democracia alfonsinista) para impedir... una mísera cátedra
paralela a su materia (no lo digo por la materia lo de mísera,
cuya evaluación no viene al caso, mísero es que los debates
de nuestra intelectualidad sean éstos, mísero es que se
arme semejante revuelo por una sola cátedra cuando debería
ser lo normal que existan para todas las materias, mientras que el país
vivió una de sus crisis más grandes que estos intelectuales
ni vieron, no previeron, ni pudieron explicar luego, pero eso parece
no cuestionarlos como intelectuales). La realidad (en un sentido amplio,
no sólo político), su riqueza y sus desafíos, al
parecer hace mucho han dejado de ser una medida para la Academia. Y
en este mapa no estoy contando la participación de los estudiantes,
ni siquiera a los docentes ad-honorem ni a los adscriptos y demás
formas de trabajo semi gratuito tan habituales, cuya participación
es casi nula. “Al menos” Romero fue elitista desde siempre,
“honestidad” no puede negársele a quien abiertamente
acusa a los alumnos y demás colegas de cuasi-barbarie e incapacidad
intrínseca y que no rehuye aceptar sus vínculos estrechos
con el poder estatal burgués. Para otros, parece que eso de que
todas las interpretaciones son válidas y ninguna debe tener jerarquía
sobre otra es linda para pronunciar pero no para aplicar cuando de cargos
se trata.
Más
allá de las opiniones sobre estas cuestiones, para alguien que
se tira contra el pensamiento único como vos, pasar por alto
que existen tales fenómenos donde aparecen diferencias y contradicciones,
no debería ser un peligro; sin embargo, simplificaciones así
atiborran tu carta que dá vueltas alrededor del mismo recurso.
Otra simplificación, donde todos los gatos son pardos, ya que
citás a Hegel: es ya demasiado gastado el recurso de equiparar
izquierda y derecha buscando similitudes formales como por ejemplo “ambos
quieren imponer su dictadura”(2), etc. ¿Eso
es lo novedoso que señalabas en Sarlo? Pensé que era del
más viejo y rancio liberalismo... Cuando la generalización
oscurece tanto el contenido al final no se dice nada (esto, claro, para
los “dogmáticos” como yo que opinamos no que la forma
no importa y sólo es importante el contenido, pero que nos negamos
a considerar la riqueza concreta de la realidad como mera apariencia
y significantes y a las discusiones como juegos de palabras). Así
que por ejemplo cuando decís que los escribimos somos tan parte
de la institución como los criticados, ¿podrías
especificar cómo y de qué manera? Quizá encuentres
un núcleo común y podamos debatirlo, ¿pero no sería
entonces lo interesante desarrollarlo y demostrarlo? Suena bastante
althusseriano (personaje que creo no debe simpatizarte) eso de que todos
tenemos un casillero, aún los que están en contra, decir
que somos todos parte de la institución porque estudiamos en
ella, por ejemplo. Un Althusser medio “post” por los agregados
barthesianos, pero aún más determinista, en última
instancia, eso que achacás al marxismo.
Me
suena bastante irreal, por otro lado, eso de que el marxismo o la crítica
marxista son parte de la institución. No dudo que la Universidad
pueda tomar y toma en muchos casos aspectos de la teoría marxista
para incorporarla en la misma, por lo general, quitándole con
ella su lado filoso en cuanto guía para la acción (para
mí marxismo supone que no es divisible un lado teórico
del práctico), pero ¿de verdad opinás que en las
Academias argentinas, en la UBA en particular, incluso en Filo donde
más abunda, el marxismo tiene mucho lugar? Mi impresión
es que esta academia está degradada a tal punto que salvo excepciones,
ni aún “teóricamente” se tienen en cuenta
aspectos fundamentales del marxismo que son ineludibles para cualquier
análisis por ejemplo histórico. ¿Cuánto
de marxismo concocés vos se da en la carrera de Filosofía?
¿Y en Historia? En Letras, carrera que estudio, para la gran
mayoría “marxismo” en el arte es sinónimo
de “realismo socialista”, lo cual representa una absoluta
barrabasada histórica fácilmente disipable con sólo
ojear algunos clásicos ni siquiera marxistas. Si se da algo de
marxismo, se lo hace alrededor de los comúnmente llamados “marxistas
occidentales” (definición discutible pero en el contexto
operativa), puestos en directa relación con el postestructuralismo,
por ejemplo, sin mucha discusión de tal cambio abrupto (y desde
ya sin discusión de las distintas lecturas del marxismo que tales
autores hacían y debatían entre sí, etc.). Después
de años, quizá, algo de eso parece moverse, pero eso quiere
decir que después de los estudios poscoloniales, su crítica,
el movimiento anticapitalista, el 19 y 20 de diciembre de acá,
la conversión al capitalismo de Rusia, etc., etc., etc., la academia
se digna a considerar “algunos” elementos.
No
entiendo tampoco qué sedimentación tomás en Marx.
Yo conozco visiones positivistas que se reivindican marxistas (con las
que no acuerdo), pero no conozco la verdad las bases positivistas que
encontrás en Marx, y la verdad su procedencia y desarrollo proviene
más bien de las antípodas. Y si de no repetir dogmas se
trata, la apelación al “fascismo del lenguaje” barthesiano
requiere su explicación (si lo crees así, ¿qué
voluntad morbosa te lleva a autoflagelarte escribiendo?). Desde ya pido
disculpas si malinterpreté o no tengo el nivel suficiente para
los sutiles giros poéticos “a lo post” de rebuscadas
construcciones gramaticales y palabras ambiguas cuando no contradictorias,
que una dogmática como yo disfruta mucho en literatura pero que
para las discusiones le parecen como mínimo poco claras, cuando
no maniobras teóricas, aunque estén muy de moda hace años
en los “pasillos” de Filo.
No
creo que nos conozcamos bien, como vos decís: para empezar, porque
la “disculpa” que condescendiente nos otorgás de
que no crees que seamos tan brutales como otras figuras de la izquierda.
Debo decirte que no merezco tal disculpa si de lo que se queja tu crítica
es de las opiniones enemigas a la democracia burguesa que tenemos los
marxistas, o la reivindicación y defensa de los intereses de
la clase obrera. Porque si de ser militante de izquierda se trata, debo
admitirlo, soy culpable. Me asombra, además, que vos que parecés
saber tanto de la izquierda des datos tan imprecisos: ¿cuál
es el apoyo material que lo partidos les proveemos a ciertos autores?
¿Estás hablando de plata, apoyo moral....? Te agradecería
que lo aclares.
Para
terminar, y un poco enganchar con la nota de Sarlo a continuación,
ya que hablás de la post-dictadura: creo que justamente tu discurso,
dogmáticamente relativista (donde todos los gatos son pardos
y se simplifican las diferencias más que se las resalta), ecléctico
en cuanto a corrientes y referencias, cuando no desinformado, y escéptico,
conformista, sobre todo, es propio del clima post dictadura, de la vuelta
de la democracia alfonsinista y sus continuadores a la actualidad, una
democracia para ricos y asentada sobre la desaparición de toda
una generación. Resistente, además, a aceptar que esos
años lenta pero firmemente se acabaron aunque aún estemos
buscando el hacia dónde y el cómo, que sólo para
hablar de Argentina existió diciembre del 2001, que ésta
y otras instituciones están en crisis de difícil recomposición
por más que tanta tinta y papel se gaste y desgaste (y dinero,
discursos, maniobras políticas, tranzas, corruptelas varias,
etc.) para defenderlas y mantenerlas tal cual son, o a lo sumo con algunos
cambios cosméticos acordes al “espíritu de época”,
por seguir citando a Hegel.
Quizá
algunas afirmaciones te parezcan algo duras. Espero no lo tomes como
una cuestión personal sino como un intento de aclarar algunas
diferencias y provocar una polémica de las que tanto hacen falta
bajo estos “techos”. Eso me parece más respetuoso
(e interesante) que la habitual diplomacia académica que esconde
“maniobritas” de todo tipo y superficiales discusiones para
no hacer un debate abierto de las diferencias.
Con
saludos y en espera de respuesta,
Ariane Díaz
NOTAS
(1)Quizá
la fábrica sea el ejemplo más claro, al menos para una
marxista como yo.
(2)Sarlo
es especialista en este recurso y políticamente su mejor expresión
ha sido defender la teoría de los dos demonios.
***
Nota
de los editores
(Consideramos
pertinente reproducir a continuación el ensayo La utopía
de un social-liberalismo argentino, publicado en la revista Lucha
de clases - número 4, y escrito por la autora del
texto anterior)
***
La
utopía de un social-liberalismo argentino.
por
Ariane Díaz
Punto
de Vista, “revista de cultura”, ha llegado a nuclear
un sector importante de la intelectualidad argentina. Definida por su
actualmente única directora como una revista de “élite
y minoritaria”(1), comenzó a editarse
en el año ’78 y ha constituido un colectivo que no sólo
se identifica alrededor de temas culturales, en los que por definición
se centra, sino también por posicionamientos políticos.
A diferencia de otros sectores, la cultura no es una excusa para arrellanarse
en un registro apartado de la política, sino más bien
una forma específica de ganar terreno y prestigio para intervenir
en la escena política nacional. Tal prestigio en buena medida
viene de haberse comenzado a editar durante la dictadura como parte
de los distintos proyectos de izquierda de la época, y por haber
mantenido continuidad después de la caída de la misma,
aunque no sin importantes cambios: de ser financiada por un partido
autodefinido “marxista- leninista”(2) a
ubicarse como paladines del “paradigma democrático”
instaurado a principios de los ’80, apoyo al alfonsinismo incluido.
En estos años ha logrado mucho prestigio en la Academia nacional,
incluso con alguna referencia internacional y, sobre todo, en el mapa
de la intelectualidad centroizquierdista. Pero es sin duda también
donde la crisis hace epicentro: han quedado desdibujados en la escena
política actual con la asunción del gobierno de Kirchner
y un discurso (sólo un discurso) “nacional y popular”,
más aprovechable para otra porción de intelectuales histórica
e ideológicamente ligados a la izquierda peronista que para estos
devenidos social-liberales republicanos, reconocidos soportes de los
que se han planteado como “proyectos alternativos”, desde
el alfonsinismo hasta el Frepaso y la Alianza.
Sus dos mayores referentes y fundadores fueron, hasta hace muy poco,
Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano, en cuyos planteos nos centraremos
en esta nota. Pero la dupla intelectual de más de 25 años
acaba de divorciarse. Altamirano, seguido de Hilda Sábato y María
Teresa Gramuglio, abandonan el “Consejo editor” no en muy
buenos términos. De los motivos se nos dice poco, pero significativamente
las renuncias están fechadas cerca del aniversario del 24 de
marzo y la cesión de Kirchner del terreno de la ESMA para la
construcción de un Museo de la Memoria. Todo un dato en un colectivo
intelectual que ha querido fundarse en un “justo medio”
en varias discusiones políticas candentes, como ha sido Cuba(3)
o los años ’70.
La caída de De la Rúa mediante la acción directa
de masas, la crisis del régimen de dominio burgués o,
como lo tilda este sector, la “crisis de representatividad”,
han puesto en el tapete el significado y funcionamiento de la “democracia
a secas” y sus instituciones, que “felizmente” habían
puesto término al proceso de abierta lucha de clases de los ’70,
que estos intelectuales prefieren remembrar como años “de
violencia”, definición que no usan para caracterizar solamente
a la dictadura militar sino también al auge revolucionario previo.
Si ya preocupaba a estos intelectuales que desde fines de los ’90
comenzara a surgir un “tercer relato” sobre los ’70
que reivindicaba la actividad militante de los desaparecidos por la
dictadura(4) (distinto al de algunos “excesos”
en la “lucha anti-subversiva” reconocidos por los militares
y al de “los dos demonios”)(5), ha tensionado
y explicitado aún más sus posiciones que el presidente
haya “pedido disculpas” en nombre del Estado, ubicándose
a la izquierda de sus predecesores atacando a sectores emblemáticos
de la dictadura, aunque actualmente con poco poder real, como gesto
hacia los sectores más progresistas de las clases medias(6).
Al calor de la crisis del 2001, el significado de los ‘70, sus
continuidades al día de hoy y el balance de lo actuado por los
distintos actores sociales, son reactualizados para sectores más
amplios en la discusión política y cultural. Una nueva
erupción de libros, películas y artículos sobre
el tema da cuenta de que el intento estatal de relato “unificado”
de este nudo central de la historia nacional está en crisis,
y que no pueden soldarse en la simple juricidad los intereses de clase
abiertamente enfrentados en los ‘70. La “teoría de
los dos demonios”, que se había constituido como la “versión
oficial” del Estado, está en duda, y en un acto demagógico
Kirchner da cuenta de ese ánimo popular con la cesión
del terreno de la ESMA para un Museo de la Memoria. Los intelectuales
reunidos en la revista parecen no acordar en hasta qué punto
debe aceptarse que es necesario buscar otros mecanismos de “conciliación”,
o si debe mantenerse a toda costa tal teoría (si es posible con
sesudas apelaciones a la necesaria neutralidad “estatal”,
pero si es menester, con encendidas bravatas que la expliciten)(7).
Presentaremos algunos de los presupuestos centrales que ha manejado
este colectivo intelectual para analizar qué rasgos de la crisis
de la intelectualidad centroizquierdista se expresan en este proyecto,
a través de dos ejes: su ubicación frente a los fenómenos
sociales acontecidos en esta trayectoria y su visión del lugar,
la función y conceptualización del “intelectual”.
Una
institucionalidad esquiva
Varias
preocupaciones comunes reúnen al staff de la revista. En cuanto
a lo cultural, lo predominante ha sido el debate estético con
sus pares, pero también, y como rasgo distintivo, el análisis
de tópicos y problemáticas de la vida cotidiana ciudadana:
el espacio en la ciudad, los medios de comunicación, las expresiones
de la cultura popular. Las intervenciones que con “un lenguaje
distinto”, según nos aclara la directora, aparecen en diarios
y revistas masivas, en Punto de Vista son tratados haciendo
referencia a tradiciones teóricas internacionales que en muchos
casos la revista reivindica para sí por haberlas introducido
en Argentina, como es el caso de Raymond Williams, Richard Hoggart y
otros; incluso se presentan referencias que juegan con una particular
interpretación de Walter Benjamin o Antonio Gramsci. Entre los
artículos de la revista y los libros publicados por sus editores
se teje una red de referencias mutuas que en muchos casos parecen responder
más a las amistades propias del referato académico que
permiten construir un perfil y por qué no, una estrategia de
venta adecuada.
Pero no los unen sólo los prestigios y negocios sino también
una ubicación política e ideológica por la cual
la revista se define (que sin embargo no es por ello, como se verá,
menos espuria). Es significativo, por ejemplo, la inclusión de
un análisis de Huyssen(8) en el número
de ruptura: éste relata el “otro lado” alemán
en la guerra, el bombardeo de sus ciudades, como muestra de que “hay
otra historia que contar” además de aquella identificada
con las víctimas aliadas, artículo que más allá
de las razones y posiciones de este colaborador extranjero, empalma
muy bien con negarse a tomar parte por una “lado” particular
de los hechos de los ’70 argentinos, lo que significaría
una aceptación del “tercer relato” que Sarlo a modo
de provocación ha descripto como una forma de “discurso
único”: “Fui una militante de esos años y
sé que no sólo tuve sueños humanitarios y generosos
sino autoritarios y violentos [...] no habrá construcción
de una verdad si la idea misma de construcción, es decir de aportes
diferenciados que se ensamblen, es jaqueada por la intolerancia, un
sentimiento comprensible en las víctimas directas, pero injustificable
en los intelectuales, el Estado y el Gobierno”(9).
La memoria de la sociedad argentina debe mantenerse al margen de los
discursos únicos del terrorismo de la dictadura militar, pero
también del “terrorismo insurgente” de los militantes
de los ’70, de allí que el Estado, representante de esa
sociedad neutral y unitaria, debe ser también neutral y unitario,
construyendo una memoria “integradora” que prevenga a esa
sociedad de los males que la aguijonearon por aquellos años.
Cualquier similitud con lo expuesto en el Nunca Más,
donde aparece enunciada la teoría de los dos demonios, según
la cual la sociedad argentina en los ’70 quedó entrampada
por un terror proveniente tanto de la extrema izquierda como de la extrema
derecha, no es mérito de esta investigación sino de la
adopción explícita de Sarlo de esta perspectiva, sólo
que mientras el Nunca Más refiere como fuente para demostrar
el “terrorismo de extrema izquierda” un libro publicado
por el mismo gobierno militar(10), Sarlo nos da su
propia “confesión”, arrepintiéndose de sus
anti-institucionales errores de juventud.
Reparando esta falla, una obsesión de los escribientes de la
revista sería desde entonces hasta la actualidad la institucionalidad
del régimen democrático burgués argentino.
El mencionado debate sobre los ’70 y el caliente diciembre de
2001 han despertado como pocos las alarmas de esta élite que
en dichos momentos ha desbordado notas y espacios para hacer oír
sus recomendaciones, aunque es cierto que siempre han estado alertas
señalando cada fallo de la Corte, decisión parlamentaria
o presidencial, que haga sospechar de la idea de un funcionamiento “republicano”
serio (más preocupado en que esto “avive giles” que
en lo antidemocrático que pudiera ser). Han sabido mostrar verdadera
dedicación, aunque con escasos resultados a la vista, en defender
ante todo la “necesaria” norma institucional que nunca debería
perderse por más evidente y extendido sea su desprestigio, incluso
fraguando “diálogos” con el sentimiento popular para
convencernos de que la defensa de las instituciones no es conservadurismo
sino la referencia que nos permite un cuestionamiento paulatino a los
problemas sociales que nos aquejan, porque “es el conflicto entre
instituciones lo que hace dinámicas a las sociedades. [...] Incluso
para una mirada caracterizada por la positividad de la transgresión,
la existencia de instituciones está en la base de las posibilidades
transgresoras”(11). Dinamismo que debemos dejar
a “los de arriba” y que quizá arroje algún
beneficio a “los de abajo”, un miserable conformismo “dinámico”
que nos ofrece en el mejor de los casos alguna “reforma política”
si prometemos no cuestionar dichas instituciones, aunque ellas mismas
sean parte intrínseca del problema. Olvidando, por otro lado,
que históricamente ninguna leve reforma fue obtenida sino como
prenda concedida por la burguesía para no perder todo, cuando
se vio amenazada de conjunto en sus ganancias y en sus instituciones
de dominio.
Una comparación traída a cuenta por el Nunca Más
es apropiada para demostrar esto. El modelo que allí se contrapone
a lo actuado en Argentina es el de Italia, que “durante largos
años debió sufrir la despiadada acción de las formaciones
fascistas, de las Brigadas Rojas y de grupos similares. Pero esa nación
no abandonó en ningún momento los principios del derecho
para combatirlo, y lo hizo con absoluta eficacia, mediante los tribunales
ordinarios, ofreciendo a los acusados todas las garantías de
la defensa en juicio”(12). Sin embargo, el Estado
italiano modelo, sostenido hasta el día de hoy en sus múltiples
relaciones con la “mafia”, no se privó de acomodar
las normas “republicanas” a la represión de la izquierda
social y política con medidas “de excepción”
que caracterizaron los llamados “años de plomo” italianos
(los mismos años en los cuales Sarlo y Altamirano viajaron a
Europa y quedaron encantados con el “paradigma democrático”):
elevación de la detención preventiva de 5 a 11 años,
interrogatorios sin abogado defensor, potestad gubernativa de clausura
de sedes políticas, militarización de las cárceles
y utilización, como única y suficiente prueba en juicio,
de declaraciones de “arrepentidos” que negociaban con el
Estado las acusaciones a otros necesarias para sortear el propio juicio.
La misma Amnistía Internacional llegó a denunciar las
irregularidades de los “juicios justos” que en el Nunca
Más se reivindican. El espacio mismo donde se juzgaba a
los acusados era muy “republicano”: se mandó a construir
en Rebibbia un bunker donde los acusados permanecían frente al
tribunal enjaulados.
Ya que nos estamos ocupando en esta nota de las ubicaciones de un sector
intelectual, mencionemos sólo el caso de Toni Negri: después
de 4 años detenido, las causas abiertas por su participación
directa en diversos atentados comienzan a desestimarse, pero es enjuiciado
entonces en base a sus escritos, considerándolo responsable “moral
y objetivo” de los mismos, es decir, condenándolo finalmente
por su papel de “intelectual”(13). Importante
lección que los social-liberales viajeros comprendieron a fondo:
nunca más se debería ser ni moral ni intelectualmente
desafiante con las instituciones burguesas.
Sarlo no parece cuestionar los hechos represivos de los ’70 sino
que el Estado argentino tenga problemas antaño y hoy día
para “mantener las formas” republicanas. Pero ello proviene
justamente de que en los ’70 argentinos, la situación social
distaba de ser una unidad aguijoneada por un “terrorismo insurgente”
que le era ajeno, y mucho menos eran éstos los únicos
actores insurgentes. El “terrorismo de Estado”, brutal y
explícito, fue necesario porque lo que en la Argentina se había
iniciado era un verdadero proceso revolucionario cuyo principal protagonista
era un movimiento obrero insumiso que desde el Cordobazo venía
rompiendo con sus direcciones tradicionales y avanzando en su independencia
de clase, imponiendo la centralidad obrera y sus métodos en los
distintos levantamientos insurreccionales que le siguieron, y construyendo
embrionariamente organismos de poder obrero, como las “coordinadoras
interfabriles” en los momentos previos al golpe del ‘76.
Fue la falta de un partido revolucionario con una estrategia de poder
que permitiera al movimiento obrero hegemonizar al conjunto de las clases
subalternas para establecer su propia democracia de clase basada en
Consejos(14) lo que impidió la victoria de esta
enorme fuerza social puesta en juego, y permitió a la burguesía
armarse para derrotarla con el golpe del ’76, desechando momentáneamente
el régimen democrático burgués por su insuficiente
eficacia para un enfrentamiento de clase tan abierto.
Este “cuarto relato” es aquel que se hace necesario hoy
día profundizar y poner en juego para un balance cabal de los
’70 que aún no está saldado. Pero lo que para aquellos
que no renegamos de la militancia y de la voluntad revolucionaria que
movió a esa generación es búsqueda de lecciones
históricas y discusión de estrategias para alcanzar finalmente
esos objetivos, para estos intelectuales “desapasionados”
es voluntaria miopía histórica, que gusta representar
los ’70 a través de “atentados” aislados y
no en los grandes hechos de masas, a la vez que minimizar los sectores
militantes de aquellos años como, en el mejor de los casos, ingenuas
vanguardias imbuidas de referencias revolucionarias lejanas(15).
Desde tal perspectiva es sin duda inexplicable la ferocidad de la dictadura
instaurada en el ’76, la cual sólo puede entenderse si,
tomando la verdadera situación social de esos años como
marco, se ve la necesidad de la burguesía argentina de “institucionalizar”
en el Estado justamente un disciplinamiento a la altura del desafío
en que los trabajadores y las masas avanzaban y para el cual la Triple
A y las formas de contención tradicionales no eran ya suficientes.
Pero volvamos en todo caso al “modelo institucional” que
nos viene a ofrecer Sarlo y que en los ’70 no supimos comprender.
Después de dos guerras mundiales es realmente un “voluntarioso”
trabajo de optimismo burgués (en el que se ha trastocado la “voluntad”
revolucionaria reivindicada por el populismo con el que Sarlo estuvo
ligada) sostener que la institucionalidad burguesa es garantía
de tratamiento igualitario y de progreso social(16),
aún más difícil de defender en un país semicolonial
como Argentina, que desde su constitución (amén de sucesivos
golpes militares) aun cuando formalmente rigió, incluyó
episodios verdaderamente desafiantes a una idea más o menos aceptable
de república: “fraude patriótico”, proscripciones,
presidentes que huyen de sus cargos y que, durante los ’90, tuvo
como más conocido “juego” entre las instituciones,
el aceitado y publicitado mecanismo “Banelco”. Por otro
lado, tal institucionalidad burguesa no ha evitado sino profundizado
las diferencias en el reparto de la riqueza social: las mismas estadísticas
oficiales dan cuenta que el país hoy día tiene la peor
distribución de los últimos 30 años(17).
En este marco, Sarlo por momentos reconoce que han existido históricamente
en Argentina tendencias al bonapartismo a veces necesarias o, en sus
palabras, al “decisionismo”. Característica que ve
encarnada en especial en el peronismo por cuyas filas, aunque desde
la vuelta de la democracia se hayan mantenido en las antípodas,
Altamirano pasó acompañado brevemente por Sarlo (antes
de formar ambos en una tendencia de orientación maoísta).
Peronismo por el cual Sarlo actualmente no disimula cierto desprecio
y sobre el cual Altamirano guarda prudente silencio.
Como ya analizamos en un artículo anterior de la revista(18),
la tendencia al bonapartismo encuentra su fuente en la condición
semicolonial argentina donde, como en toda semicolonia dirigida por
el imperialismo, la burguesía local es relativamente débil
en proporción a un proletariado relativamente fuerte, obligando
al régimen burgués local en mayor medida que en los países
centrales, a cobrar mayor protagonismo como “árbitro”
en la pelea de intereses sociales en juego, apelando a la coerción
y a la cooptación en diversos grados. El sistema fuertemente
presidencialista argentino, en comparación con otras “repúblicas”
de países centrales, es una manifestación de este fenómeno.
Pero como buenos liberales, aún aquellos que pasaron por una
militancia populista como Sarlo y Altamirano, la categoría de
imperialismo no entra en sus análisis, siendo reemplazada por
un ideal republicano abstracto de democracia donde las fallas deben
ser entendidas psicológica y antropológicamente, o bien
simples deficiencias intelectuales de la clase política argentina,
que ellos generosamente vienen a saldar iluminando el camino con su
insistencia en la formación de una “definitiva república”
como desafío para un verdadero reformismo(19).
Sin embargo, en análisis particulares Sarlo parece reconocer
algunas de estas características definitorias del régimen
argentino y lo dudoso de su propuesta al agregar que en Argentina toda
“república” debe incluir cierta “redistribución
social” o, en términos de Altamirano, de “populismo”
tranquilizador, para palear una existente y conflictiva “injusticia
social”(20). De allí que hayamos denominado
a este sector como social-liberales.
Decepcionados por los fracasos de sus sucesivas apuestas políticas
(estrepitosas huidas como las del alfonsinismo y la Alianza o verdaderos
fiascos como la ascensión y caída en tiempo récord
de la señora Fernández Meijide, proyectos todos que los
contaron como legionarios), después de diciembre de 2001, convencidos
de que la “clase política” argentina había
llegado a un punto sin retorno poniendo en peligro la idea misma de
institucionalidad, Punto de Vista lanzó una campaña
que ha sido la más radical que ellos mismos pudieran imaginarse:
el llamado a una Asamblea Constituyente. Claro que no buscaban con ello
fundar sobre nuevas bases tales instituciones, ni siquiera eliminar
a sus personeros, sino cubrirlas con un manto de legitimidad dado por
un gesto de “renunciamiento” republicano a los intereses
y negociados habituales. La misma editorial de Bazar Americano (sitio
web de la revista) llamando a esta campaña explicaba que sus
fundamentos no eran una respuesta a las masas movilizadas sino una necesidad
del propio régimen para evitar un mayor y definitivo deterioro(21).
Finalmente tal “radical” medida no le fue necesaria a la
burguesía argentina para salir del paso. Kirchner pudo con ciertas
condiciones económicas favorables y una dosis importante de demagogia,
lograr cierta estabilización y pasivización a una crisis
que no se ha cerrado pero que por el momento no muestra su lado más
agudo. Una vez más, desdiciendo las predicciones de Punto
de Vista aunque no conviniendo menos a sus deseos, el peronismo
ha sido el mejor conservador de las instituciones burguesas, aún
con sus formas poco “republicanas”(22).
El peronismo es una vez más, como ha sido en toda la trayectoria
de este sector, piedra de toque constante con el cual, ellos mismos
admiten, mantienen una deuda de “interpretación”
social y política. Deuda que por otro lado nunca les impidió
apoyar y adornar proyectos alfonsinistas, el Frepaso, la Alianza y el
ARI, aunque siempre reservándose cierto escepticismo respecto
a las posibilidades y capacidades de sus integrantes para lograr una
base social sólida sobre la cual maniobrar (única forma
en que consideran a las masas), que sí tiene el peronismo. Habiendo
cumplido éste bastante satisfactoriamente su rol histórico
una vez más, las diatribas pueden entonces dosificarse y, por
qué no, el kirchnerismo puede encontrar algún aliado en
el colectivo social-liberal, aunque ello signifique por el momento una
ruptura en el mismo.
Una
sombra amenazante
En
este marco, Altamirano titula sintomáticamente el primer capítulo
del libro de Sarlo La batalla de las ideas(23) con
otra de sus preocupaciones centrales que aparece como la contracara
del régimen institucional burgués: “¿qué
hacer con las masas?”. Si la salida es siempre “por arriba”,
las masas serán siempre un problema, consideradas condescendientemente
en tiempos de paz, pero peligrosas y amenazantes cuando éstas
deciden irrumpir en escena.
Durante los ’90, en los análisis culturales de Sarlo previos
al 2001, las “masas pobres” argentinas son un dato que como
sombra aparece de trasfondo problemático en las descripciones
de los supuestos elementos del “primer mundo” introducidos
en la vida nacional. Por ejemplo, el análisis sobre la proliferación
de shoppings, a la moda intelectual de los ’90, culmina describiendo
cómo en sus patios de comidas se sientan a comer las sobras los
excluidos del boom consumista. El uso de algunas formas y temas propios
de la moda posmoderna tiene sin embargo como eje una crítica
a tales posiciones, denominadas como “neopopulistas”, aquellas
que cínicamente vienen a encubrir que las condiciones reales
de vida de los sectores populares están lejos de ser tan “pluralistas”
y “democráticas” como se las quiere hacer ver. Pero
la solución propuesta por Sarlo no es nunca, claro, una alternativa
que signifique un protagonismo de las mismas masas, sino un mecanismo
de regulación y provisión estatal que equilibre las diferencias,
tales como la escuela o un espectro de políticas culturales que
hagan accesible a mayor cantidad de ciudadanos los beneficios de la
alta cultura, herramientas para unas masas que, como reiteradamente
plantea Sarlo, “hacen lo que pueden” con la cultura, la
educación y las instituciones, en los márgenes estrechos
de su situación cotidiana de exclusión(24).
Pero la condescendencia y el consejo se transforma en desdén
y grito de alarma cuando las masas deciden actuar por su cuenta para
reivindicar lo que es suyo y demuestran que pueden hacer mucho más.
Sarlo y su colectivo intelectual no aconsejan ni advierten desde cualquier
lado. Tal como la revista, el promontorio desde el que hablan está
dado por la autoridad de haber pasado ellos mismos en los ’70
por ese estadío “pre-político” o “anti-político”
(como caracterizarían al “que se vayan todos”(25)),
siendo militantes de la izquierda “marxista-leninista”.
Han aprendido de sus “errores” de juventud y comprendido
que la verdadera política no es otra que aquella dada dentro
del paradigma de la democracia burguesa. Altamirano relata sin empacho
en una entrevista su “viraje de expectativas políticas”
en un viaje a Europa compartido por ambos en 1979, donde adoptaron la
“cuestión democrática” como estrategia y rompieron
con su pasado marxista (maoísta)(26). Así
se prepararon para recibir con los brazos abiertos a la democracia alfonsinista(27).
Sin embargo Sarlo, cuando se la cuestiona, contesta haciendo uso de
sus viejas visas de militante: sus referentes fueron no intelectuales
sino hombres de acción, dirá, y por ser parte de esa generación,
saben mucho porque “actuaron mucho”(28).
A alguien que utiliza la literatura borgeana asiduamente para conceptualizar
sus posiciones políticas, no es injusto trazarle un paralelo
con el personaje de un relato de Borges. En “El otro” se
relata el encuentro entre un joven entusiasta Borges, que se identifica
con los oprimidos, y un viejo conservador Borges que responde a estas
proposiciones reivindicando el individuo y desconfiando de la posibilidad
de esa identificación. Después de relatar otras diferencias
entre el mismo hombre en dos momentos de vida distintos, el viejo Borges
condescendiente cavila: “Medio siglo no pasa en vano. Bajo nuestra
conversación de personas de miscelánea lectura y gustos
diversos, comprendí que no podíamos entendernos. Éramos
demasiado distintos y demasiado parecidos. [...] Aconsejar o discutir
era inútil, porque su inevitable destino era ser el que soy”(29).
A diferencia del viejo Borges, Sarlo sí piensa que debe aconsejar,
pero retruca, cada vez que es demandada por izquierda, que no se insista
tanto con ello si en definitiva, tales críticos van a terminar
adaptados como ella.
Los ’70 han sido a su manera para este sector un punto en el cual
referenciarse, pero a la vez el máximo ejemplo de lo que no debe
repetirse, y no se refieren solamente con ello al golpe militar del
’76. Para ellos representan un momento donde el enfrentamiento
más abierto entre las clases hace de la acción por fuera
de las instituciones (políticas, militares y sindicales, tanto
de la izquierda como de la derecha), una marca. Para los marxistas ello
es resultado de una exacerbación de las contradicciones sociales
que ponen en evidencia la cobertura del régimen democrático
burgués como forma de mantener su hegemonía. En tales
momentos, la burguesía está dispuesta a concederla si
ya con ella no es posible sostenerse, y por su lado, los trabajadores
y el pueblo comprenden que deben enfrentarla y derrotarla si quieren
lograr sus objetivos. Para un liberal, tales fenómenos son la
irrupción de la barbarie pre-política no bien contenida
por la política civilizada moderna, de lo cual tanto izquierda
como derecha son responsables. Esta es la base de la teoría de
los dos demonios puesta en juego el último aniversario del 24
de marzo. Altamirano parece haber aceptado que, después de todo,
cierta demagogia es necesaria en el marco de la crisis y que no es productivo
resentir aún más la relación entre masas y régimen.
Sarlo en cambio se niega a ceder este punto. Además de las conservadoras
opiniones vertidas en esa oportunidad, en La pasión y la excepción
había tratado de fundamentarlas teórica y culturalmente:
especie de balance personal, realizará un relato de los ’70
en paralelo a un análisis semiológico de imágenes
y discursos que configuran para ella la época, en los cuales
busca la problemática de la “civilización”
intentando contener a una “barbarie” que, aparentemente,
siempre reemerge en la historia nacional, pero que Sarlo se empecina
en hacer ver como momentos fuera de la norma y de la racionalidad (excepcionales
y pasionales), cuyos peligros deberían conjurarse.
Ahora bien, las diferencias respecto a este tipo de accionar del gobierno
de Kirchner parecen ser diferencias de caracterización sobre
las formas de contener el conflicto más que de proyecto: el mismo
Altamirano ha sabido definir el suyo como un “reformismo democrático”,
aclarando que no significa ya una discusión sobre los métodos
(reformistas o revolucionarios) de lograr a un cambio social profundo,
sino el reformismo como único horizonte posible(30),
es decir, un ramplón progresismo más de centro que de
izquierda. En este panorama, las masas, vistas las pocas posibilidades
que tienen de sacar algún provecho de ello en la situación
dependiente de Argentina que Sarlo y Altamirano en raptos de honestidad
reconocen (aún más lúcidamente que la “izquierda”
peronista), deben tenerse en cuenta y ser contenidas por promesas de
alguna redistribución y reivindicación histórica
si no se quiere que esa sombra amenazante decida tomar cartas en el
asunto. Hasta qué punto el peronismo de rostro centroizquierdista
de Kirchner puede ser un buen representante de esta política
es lo que está en discusión más que sus intenciones
mismas. Por lo demás, han mantenido unificado silencio frente
a la creciente explicitación de este dudoso centroizquierdismo
que paga abultadas cifras de la deuda, envía tropas a Haití
y aplica la agenda derechista que Blumberg viene proponiendo.
Para terminar este punto, remontémonos a una tradición
cultural y política argentina que a muchos literatos ha enamorado:
la generación de 1837 y la idea de un grupo de intelectuales
con ideas modernizadoras y liberales en lucha contra la “barbarie
rosista”. La Argentina de los siglos XX y XXI ya no es la misma
que la proyectada República de las Letras del siglo XIX. Los
intelectuales, por otro lado, ya no son un sector de la clase dominante
con preocupaciones literarias, como lo eran los de la generación
del ’37. Pero si la “clase política” es incapaz
de ponerse a la altura de las circunstancias históricas, en un
dejo de continuidad histórica aunque de menor vuelo, allí
están ellos, los actuales intelectuales social-liberales, para
dar apoyo ideológico y moral aconsejando “críticamente”
a las distintas alternativas burguesas. Aunque no todas ellas estén
dispuestas a reconocerles este lugar... No dejan de añorar proyectos
como el alfonsinismo, el Frepaso y la Alianza, que tuvieron la “virtud”
de dar un espacio cercano a los intelectuales en el cual manifestarse.
La situación se presenta más conflictiva para los social-liberales
en el peronismo, que en la visión de este grupo, históricamente
tuvo menos voluntad de “rodearse” de esta corte, aunque
Kirchner parece estar intentando revertir tal “injusticia”
con nombramientos que algunos están más renuentes a aceptar
aun que otros.
Cual generación del ‘37, reivindican su función
letrada para imponer un legado de “civilización”
contra las actuales masas de las “montoneras”. Si éstas
sólo “hacen lo que pueden”, necesitan de la aristarquía,
el gobierno de los que saben, al decir de Rodó (continuador a
su manera arielista de esa vieja idea), capaz de educarla en los modos
políticos y culturales de la sociedad moderna. Pero, queriendo
retomar esta tradición, la trayectoria y las crisis de Punto
de Vista desde los ’80 a la actualidad puede resumirse como
“las contradicciones de ser un liberal en el siglo XX y en un
país semicolonial”. Era de esperar, 2001 mediante, que
cuando tales contradicciones fueran puestas en el tapete por las masas,
desoyendo a estos visionarios, una postura liberal abstracta quedara
pisando en el vacío.
“El
intelectual debe hacer política” (burguesa)
Los
’90 con su proliferación de expertos y asesores en los
medios dejaban poco margen en la escena política a estos intelectuales
“humanistas”. Pero mientras otros sectores se pertrechaban
como “reserva moral” en la Academia(31),
Sarlo y los suyos insistieron en la necesidad de que los intelectuales
“hagan política”, se posicionen en la escena nacional,
participen de las discusiones cotidianas, intervengan tanto en la “alta”
como en la “baja” cultura (con lenguajes distintos al utilizado
entre pares, por supuesto(32)), y aprovechen el espacio
mediático, aún para criticarlo(33). El
intelectual debe ser un crítico, entendido como aquel que “desordena”
y genera nuevos “objetos” de discusión, esto es,
según ella: ni demasiado separado del horizonte de las masas,
concibiéndose a sí mismos como vanguardia (como lo hacía
el viejo “intelectual comprometido”), ni demasiado adaptado
a los vaivenes políticos culturales circunstanciales (los manejos
mediáticos o las exigencias de utilidad, como sucede con los
contemporáneos “asesores”)(34).
El “hacer política” debe entenderse según
su particular punto de vista. No se trata, para nada, de algún
tipo de militancia relacionada a algún movimiento social. Ello
no significaría sino el retorno a una vieja “pesadilla”
vivida en sus jóvenes años ’70, al decir de Sarlo
y de casi toda la plana intelectual más reconocida(35),
según la cual la “disciplina” de una organización
política evitaba el desarrollo de un pensamiento “crítico
independiente” y obligaba a seguir la “línea de los
dirigentes”. Podría aclarársele a Sarlo y Altamirano
que, si su idea era el desarrollo de la crítica y un funcionamiento
organizativo democrático, haber elegido sucesivamente el peronismo
y el maoísmo de la “revolución cultural” fueron
sí, elecciones erradas, pero en todo caso no atribuibles al marxismo
y la militancia sino a su mal olfato para evaluar estrategias políticas
en la izquierda. Pero veamos cómo lo plantean en la actualidad,
lejos ya de sus “desvaríos” de juventud.
La batalla de las ideas (1943-73) antes citado contiene todo
un programa: “La línea narrativa de este libro podría
sintetizarse en el pasaje de las soluciones reformistas a las propuestas
revolucionarias. [...] Otra forma de definir esa línea narrativa
sería la de subrayar la progresiva pérdida de especificidad
de los discursos intelectuales en relación con ciertos grandes
temas: ciencia y técnica (de la investigación a la denuncia
de las condiciones dependientes del saber); la literatura y artes (del
compromiso al arte político, de la modernidad y la vanguardia
a la revolución), universidad (el fin de la cuestión universitaria
propiamente dicha, que se disuelve en la revolución en la universidad
y una universidad para la revolución); catolicismo y socialcristianismo
(de las encíclicas a la teología de la liberación)”(36).
El avance de la revolución es para Sarlo una forma de cercenamiento
de sus propias posibilidades de consejera.
Por si quedara alguna duda, Sarlo se ocupará de separarse de
cualquier planteo izquierdista posible. En la competencia ya añeja
que mantiene dentro de la Academia y en algunos medios sobre la interpretación
de la cultura argentina con David Viñas, parte del colectivo
que constituía la revista Contorno, enunciadora local
de la idea del “intelectual comprometido”, Sarlo se separará
de esta tradición sobre todo por seguir planteando, si no una
“organicidad”, al menos una relación con un sector
de la sociedad frente a otro, una toma de partido inadmisible para quienes
no están de ningún lado sino con el árbitro: las
instituciones(37).
Por otro lado, existe un balance común para Punto de Vista
sobre las ideas del marxismo. Su ascendencia política, dirán,
debe desestimarse en tanto está cancelada la idea misma de revolución,
y aquí Sarlo y Altamirano además de hacer gala de su mezquino
horizonte, también recurren a viejos prejuicios según
los cuales tal falla provenía de una “visión teleológica”
intrínseca al marxismo donde el socialismo aparecía asegurado(38).
A ello le contraponen una idea de “justicia social” que
aunque nunca sea alcanzable, sirva como el señuelo que se utiliza
en las carreras de galgos para que los perros avancen. Como en las carreras
también, los beneficios parecen ser más para el dueño
del galgo que para él mismo. El marxismo guardaría, sin
embargo, importancia en tanto “cuerpo teórico”. Esto
aparece sin embargo poco explicado y es potencialmente contradictorio.
Si lo que deja de importante el marxismo es justamente el cuerpo teórico,
¿cómo es que la militancia marxista significaba la imposibilidad
del desarrollo teórico? Sarlo y amigos deberían especificar
e historizar en todo caso la noción de marxismo e intelectual
que utilizan. Respecto al marxismo, comparten la trayectoria de muchos
otros intelectuales europeos que, provenientes del maoísmo y
frente a la decepción con la “revolución cultural”,
luego del ’68 francés transformaron su propia versión
mecánica y osificada del marxismo en un fantoche difundido por
ellos mismos con el cual se hacía fácil discutir, como
forma de justificar su rápido paso al liberalismo(39).
Son deudores, también, como buena parte de los sectores a los
que a veces se enfrentan, de una visión del intelectual construida
a la salida de la segunda guerra mundial, cuando la alternativa era
capitalismo o socialismo... stalinista. La idea del “intelectual
crítico” como especificidad surgió, aunque en diversas
formulaciones y en distintas peleas políticas(40),
como tercera posición para mantenerse fuera de ambos campos.
Además de la base política, puede agregarse posteriormente
como base social del fenómeno la aparición de la universidad
de masas, la amplificación y especialización en el terreno
cultural y científico, que cimentan la idea de que existe un
amplio sector que puede tener como función social unívoca
el ser “intelectual” a secas, por fuera (y por arriba en
muchos casos) de los condicionamientos de clase. Pero antes de ello,
para los dirigentes políticos e intelectuales de las internacionales,
por ejemplo, estas actividades nunca fueron contradictorias. La III°
Internacional previa a la stalinización es uno de los centros
de desarrollos políticos pero también intelectuales más
amplios y profundos del siglo XX, donde se discutieron apasionadamente
teorías políticas, económicas, filosóficas,
culturales, como pocas veces. Si uno se pone en aras de cuestionar su
pasado marxista y los “prejuicios” que cargaba, éste
debería ser uno de los primeros prejuicios a analizarse.
Por otro lado, la fanfarronería respecto a las peleas y divisiones
de la izquierda bien deberían evitarse si no quiere uno verse
grotescamente reflejado: las peleas de las camarillas académicas
en torno a cargos, las pretensiones de monopolio ideológico (como
el caso Romero en Filosofía y Letras al cual Sarlo y amigos no
dudaron en defender(41)), las habladurías que
circundan los portazos dados al retirarse de una institución,
como recientemente Sarlo azuzó en Filosofía y Letras(42),
los desplantes como levantarse ofendido de los programas televisivos
ante una discusión(43), o las rupturas con acusaciones
por “escarnios” pero “buenos deseos” a futuro
vertidas en las cartas de renuncia del último número de
la revista, hacen palidecer, ciertamente, cualquier discusión
política o ruptura dada en el campo de la izquierda.
Las
cinco diferencias entre avisar del incendio y ser bombero.
Sarlo
crecientemente ha utilizado la figura de Benjamin no sólo queriendo
emular por momentos su estilo de análisis cultural y algunos
de sus tópicos. Incluso ha editado un libro sobre este importante
teórico marxista, bastante de moda en el mundillo académico
literario. Pero la referencia a tal figura, ¿le es adecuada a
alguien como Sarlo?
Benjamin vivió y escribió en la Alemania nazi, momento
ciertamente conflictivo de las relaciones entre las masas y un régimen
que había llegado con un discurso que apeló a la pequeña
burguesía y a los sectores más marginales de la sociedad
para aniquilar la oposición obrera y popular (y su creciente
horizonte revolucionario), para finalmente utilizar a esas masas en
el frente de la carnicería mundial que la burguesía alemana
necesitaba para reubicarse en el mapa imperialista. Sin embargo, Benjamin
nunca vio la barbarie en las masas sino en el sistema capitalista mismo
como forma de organización social.
Benjamin discutió agriamente contra visiones marxistas teleológicas
según las cuales el futuro socialista estaría asegurado,
pero nunca dejó de apostar a que las acciones de los hombres
efectivamente vuelen por los aires las fuerzas sociales, instituciones
e ideologías que mantenían atadas sus manos para la decisión
de su propio destino: esto es, a la revolución.
Benjamin trató al pasado como documento simultáneo de
cultura y de barbarie, y consideró que los sufrimientos de las
masas silenciados por la burguesía serían releídos
en el presente y redimidos en una futura sociedad definitivamente liberada
pero, consecuentemente, identificaría en esa historia a quién
le correspondía la barbarie y a quién la cultura, y nunca
lo leería como un error compartido por “dos demonios”
extremistas.
Benjamin
dio suma importancia a la cultura, pero nunca se conformó con
una cultura limitada a unos pocos dentro de los márgenes del
sistema burgués, bregando por un desarrollo cultural realmente
amplio y productivo en el socialismo.
Finalmente, por varias de estas discusiones, Benjamin fue recientemente
tratado por Michael Löwy como aquel que había dado el “aviso
de incendio” de la sociedad capitalista(44).
Pero ese era su legado para que las masas fueran capaces de utilizarlo
en su favor, y no para que la burguesía y sus instituciones fueran
capaces de aplacarlo.
Mientras que la historia del siglo XX ha demostrado la reaccionaria
utopía de todo liberalismo burgués, un tratamiento cabal
de la figura benjaminiana no haría más que evidenciar
los elementos más reaccionarios de la ideología de estos
social-liberales argentinos: la complicidad con la teoría que
mantuvo un manto de impunidad para los genocidas argentinos, la defensa
de la institucionalidad burguesa que ha demostrado en estos últimos
más de 20 años ser continuadora de ese proyecto, y su
profundo desprecio por las masas. Su trayectoria y prácticas
intelectuales explicitan también el papel funcional y por momentos
grotesco que la burguesía deja en sus estrechos marcos a sus
consejeros centroizquierdistas.
El campo de batalla sobre la historia reciente está abierto,
y para un balance que permita retomar lo mejor de los hilos de continuidad
dejados por esa generación, criticar sus debilidades y plantear
una nueva perspectiva en que los trabajadores y el pueblo “tomen
su destino en sus propias manos”, una nueva generación
de jóvenes intelectuales debe adoptar como propio el desafío
de combatir la complicidad ideológica de nuestra progresista
intelectualidad y sacarse definitivamente de encima el aplastante conformismo
escéptico acompañado de mediocridad y eclecticismo intelectual
difundidos en los últimos posmodernos años. Para que sea
el capitalismo definitivamente cosa del pasado, los jóvenes intelectuales
que escribimos esta revista nos proponemos afilar las armas de la crítica
profundizando y desarrollando la teoría marxista que ha surgido
de esta lucha y que ha demostrado en sus mejores representantes ser
una insustituible guía para la acción revolucionaria,
ligando nuestra práctica al sujeto con la fuerza suficiente para
llevar a término el proyecto revolucionario que generaciones
anteriores dejaron inconcluso: la clase obrera.
Notas
(1)
Beatriz Sarlo, “La hacíamos más por nosotros que
por los lectores” en Página/12, 30/03/04.
(2) Vanguardia Comunista, de tendencia maoísta.
(3) Ver por ejemplo “Cuba y los derechos humanos”
en Punto de Vista Nº 79, agosto de 2004, declaración
firmada por todos (y algunos más) intelectuales de este sector.
(4) La revista ya había alertado sobre la peligrosidad,
como síntoma social, de que fuera la izquierda política
y los organismos de derechos humanos los que tuvieran mayor peso en
el balance de los ’70, hecho que crecientemente se verificaba
en las marchas aniversario del golpe. Ver por ejemplo el artículo
de Vezzetti “Lecciones de la memoria” en Punto de Vista
N°70, agosto de 2001.
(5) Para un desarrollo de los “relatos”
sobre los ’70 ver en este mismo número la nota de Christian
Castillo al respecto.
(6) Los objetivos de Kirchner no fueron sólo
una respuesta a este síntoma social y una forma de encubrir la
enorme continuidad en el terreno económico, sino que escondía
dos objetivos: a corto plazo servía para poner a la defensiva
a los adversarios en la interna peronista; a largo plazo, para replantear
sobre una nueva base la “reconciliación” con las
FF.AA. frente al fracaso de la estrategia previa con la que radicales
y peronistas habían logrado evitar la cárcel a los genocidas
pero a costa de una profunda deslegitimación de una institución
que en última instancia debe poder funcionar de garante del poder
estatal. Para un análisis de las distintas medidas tomadas por
Kirchner ver “Realineamientos de clases y debates de estrategias”
en el número anterior de esta revista.
(7) Para ver los planteos más o menos calmos
de quienes no renuncian a la teoría de los dos demonios, ver
Hugo Vezzetti, “Políticas de la memoria: el Museo de la
ESMA” en Punto de Vista N°79, agosto 2004, o Beatriz
Sarlo, “Nunca más el discurso único” en Página/12,
28/03/04. Es significativo que en ambos casos los propios autores, que
no eran identificados con esta teoría ya que nunca antes se habían
postulado como sus voceros, son los que la traen a cuenta, quizá
descubriendo sorpresivamente su intrínseca pertenencia a dicha
visión. Un conocido argumento jurídico, que a estos intelectuales
tanto gusta ensalzar, dice “a confesión de partes, relevo
de pruebas”. En forma de dicho popular podríamos decir
que eso es “tener cola de paja”.
(8) Andreas Huyssen, “W.G. Sebald: la memoria
alemana y la guerra aérea” en Punto de Vista N°
79, agosto 2004.
(9) Beatriz Sarlo, “Nunca más el discurso
único” en Página/12, 28/03/04.
(10) “Prólogo” al Informe de la
CONADEP Nunca Más, Buenos Aires, Eudeba, 1984.
(11) Beatriz Sarlo, Tiempo Presente, Buenos
Aires, Siglo XXI, 2001, pág. 224.
(12) Prólogo al Nunca Más, op.cit.
(13) Sobre las medidas de excepción de los “años
de plomo” italianos puede consultarse abundante material en Internet
en los sitios La Fogata o www.autsoc.com, de donde fueron tomados
estos datos.
(14) Soviets fue el nombre que históricamente
adquirió este tipo de organismos en la revolución rusa
y por ello los marxistas nos referimos a la democracia obrera como “soviética”.
(15) Sarlo ha sistematizado tales análisis en
el reciente La pasión y la excepción, al cual
volveremos a referirnos más adelante pero sobre el cual puede
consultarse “La cifra de un arrepentimiento” en el número
anterior de la revista. Una muestra más de este tipo de razonamiento
que minimiza el protagonismo de las masas y su incidencia en los movimientos
“por arriba” del régimen burgués es el balance
de la guerra de Malvinas, compartido por otros intelectuales del núcleo
de Punto de Vista. La posición adoptaba fue el “derrotismo”
para Argentina a manos del imperialismo inglés, como única
forma de desgastar y terminar con la dictadura militar. Dado que este
sector no quiere ver las luchas de resistencia que aún en duras
condiciones la clase obrera llevó a cabo durante la dictadura,
y que fueron socavando al régimen, considera actualmente loable
haber adoptado esta “corajuda” y solitaria perspectiva que
según su particular lectura fue corroborada por la historia.
Sin duda la derrota de Malvinas fue un elemento importante de desgaste
del régimen militar, pero visto así, la tan mentada democracia
lograda no sería más que un favor que debemos a la tan
poco republicana Margareth Thatcher.
(16) La democracia norteamericana “modelo”,
si nos referimos solamente a la última década, no sólo
ha actuado como cobertura de la contraofensiva neoliberal y la justificación
ideológica de las guerras imperialistas, sino que internamente
ha presentado desde escándalos tipo Enron hasta “Actas
patrióticas” que lisa y llanamente restringen los derechos
democráticos más básicos de los “ciudadanos”
del propio EE. UU.
(17) Fenómeno que se agudizó con la devaluación.
De acuerdo a los últimos datos del INDEC (que pueden encontrarse
en su página web), el 10% más rico posee el 38,6% del
ingreso nacional y gana 31 veces más que el 10% más pobre.
En Capital y Gran Buenos Aires, donde se concentra la mayoría
de la población, la diferencia es aún mayor: el porcentaje
de la riqueza que obtiene el sector más rico es del 44,5% y gana
50 veces más que el sector más pobre. Palmaria demostración
“oficial” de la continuidad de objetivos e intereses de
la dictadura y la democracia burguesa: cuando el INDEC comenzó
hace 30 años con estos estudios, la distribución de la
riqueza era similar a la de algunos países europeos de desarrollo
medio; hoy es uno de los de mayor inequidad de toda Latinoamérica.
(18) Juan Dal Maso, “Doctores y matreros: dos
ideologías de la pasivización” en Lucha de Clases
N°2/3, abril de 2004.
(19) Ver las entrevistas a Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano
en Javier Trímboli (entrevistador y compilador), La izquierda
en Argentina, Buenos Aires, Manantial, 1998.
(20) Ídem. En esto se ubican a la derecha aún
del postmarxista a la moda europea Ernesto Laclau, el cual recordando
su pasado latinoamericano señala que la perspectiva democrática
en América Latina fue aportada, en tanto permitió la integración
de sectores más amplios de la población, por el populismo.
En una entrevista reciente diría: “sin una dosis de populismo
no habría política [....] La política adviene cuando
las demandas sociales chocan con un sistema que las niega, y aparecen
distintos proyectos que disputan por articularlas. Por otra parte, una
sociedad que fuera totalmente reglamentada, donde no hubiera política,
sería una sociedad donde el pueblo o “los de abajo”
no tendrían ninguna forma de expresión” (Clarín,
27/07/02). A pesar de que su evaluación del “que se vayan
todos” es similar a la de Sarlo, y claramente sus reflexiones
no apuntan a una alternativa política surgida de las masas (los
de abajo deben poder “expresarse” en la política,
no llevarla a cabo), en su visión de la “dinámica
social” (para estos intelectuales hace tiempo la lucha de clases
dejó de ser el motor de la historia), Laclau admite un lugar
allí a las demandas sociales que deben “articularse”
en las instituciones, y no el mero “juego de instituciones”
que nos ofrecía Sarlo.
(21) Ver “Asamblea constituyente: por un nuevo
pacto” en www.bazaramericano.com
(22) Para aquellos que, reticentes a aceptar el peronismo,
prefieren hasta el momento mantener esta larga trayectoria de viudez
política coqueteando con el ARI, la estadística, sino
no quiere apelarse al azar, no parece augurarles mayor suerte en hacer
digerible este nuevo “sapo” centroizquierdista, que en sus
críticas de oposición oscila entre apelar a Dios o acercarse
a López Murphy.
(23) Beatriz Sarlo, La batalla de las ideas
(1943-73), Buenos Aires, Ariel, 2001.
(24) Ver, sobre todo, Beatriz Sarlo, Escenas de
la vida posmoderna, Buenos Aires, Seix Barral, 2004. La edición
original es de 1994.
(25) Ver “Por una convención constituyente”
en Bazar Americano.
(26) Javier Trímboli, op.cit., pág. 18.
(27) No fueron los únicos que tuvieron su viaje
iniciático en los “temas democráticos” en
su paso por el primer mundo. Ernesto Laclau será otro que por
los mismos años llegaría a sus tesis pos-marxistas que
no son sino otro nombre para un desenterrado reformismo liberal. Tales
pasajes del marxismo al liberalismo se sustancian en una tendencia general
en la teoría política contemporánea, dominada por
la falsa antinomia entre “democracia y totalitarismo”, cuya
base fue la caída de los regímenes stalinistas, retomando
“el fundamento liberal de la autonomización absoluta de
la política con respecto a toda determinación social,
introduciendo nuevamente un antagonismo insalvable entre la democracia
política y la emancipación económica”. Ver,
para un desarrollo de esta tendencia internacional y sus diversas expresiones
actuales, Claudia Cinatti y Emilio Albamonte, “Más allá
de la democracia liberal y el totalitarismo” en Estrategia
Internacional N° 21, septiembre de 2004.
(28) Beatriz Sarlo, Tiempo presente, op.cit.,
pág. 225/6.
(29) Jorge Luis Borges, “El otro” en El
libro de arena, Madrid, Alianza, 2000. Esta comparación
fue usada respecto a otro intelectual argentino, Emilio de Ípola,
por Octavio Crivaro en una nota debate sobre el balance del proceso
de elección directa del director de Carrera en Ciencias Sociales
de la UBA. Por lo visto, no sólo Sarlo y Altamirano pretenden
achacar a las presentes generaciones los conflictos con su propio pasado
político.
(30) Altamirano entrevistado por Trímboli en
La izquierda en Argentina, op.cit., págs. 32/33/39.
(31) Una definición representativa de esto se
encontrará en la serie de entrevistas a Nicolás Casullo
publicadas como Sobre la Marcha, Buenos Aires, Colihue, 2004.
(32) Ver “La hacíamos...”, entrevista
en Página/12 antes citada.
(33) Lo cual tienen sus distintos relieves de integralidad
y prestigio. Además del encumbrado colectivo de Punto de
Vista, Sarlo actualmente es parte de otro grupo de opinión
en la Viva de Clarín, con Jorge Bucay y Valeria
Maza.
(34) Ver Beatriz Sarlo, “Intelectuales”
en Escenas de la vida..., op.cit., el apartado del mismo nombre
en Tiempo presente, op.cit., “Ya nada será igual”
en Bazar Americano, entre otras entrevistas e intervenciones de la autora.
(35) El libro de entrevistas de Trímboli antes
citado contiene este dato en cada uno de los intelectuales tomados y
es también un presupuesto del propio entrevistador que, como
aclara en su introducción, para hablar de la izquierda convoca
justamente a intelectuales que ya no estén relacionados con ninguna
organización de izquierda.
(36) Beatriz Sarlo, La batalla de las ideas (1943-1973),
op.cit, págs. 14/5.
(37) Ver por ejemplo Beatriz Sarlo, Tiempo presente,
op.cit. La conceptualización del propio Viñas no deja
de ser problemática en otro sentido. Si bien suele criticar,
con ciertas remembranzas gramscianas, a los que considera “intelectuales
orgánicos” de la burguesía, donde entrarían
no sólo los asesores ministeriales sino también estos
social-liberales como ideólogos, el gramscismo se termina cuando
se llega a la definición de un intelectual orgánico al
proletariado, que en Gramsci era justamente el partido revolucionario
que Viñas no está dispuesto, no digamos ya a aceptar,
pero al menos a discutir. La alternativa, dado que el proletariado no
podría tener, por sus condiciones de existencia, intelectuales
surgidos de su propio seno, sería la de “intelectuales
críticos” que por tanto están, en este marco conceptual,
“entre clases”.
(38) Ver entrevistas a ambos en Javier Trímboli,
op.cit.
(39) Para un resumen de esta misma operación
realizada, por ejemplo, por la revista europea Tel Quel, ver Perry Anderson,
Tras las huellas del materialismo histórico, México,
Siglo XXI, 1988.
(40) No puede considerarse igual, por supuesto, a un
Sartre crítico del stalinismo que mantendría por tanto
una relación distante al PC francés pero que nunca abandonó
la idea de revolución, con los intelectuales argentinos que en
los ’80 decidieron “independizarse” de la militancia
para abrazar la “democracia a secas”, sin incomodarles demasiado
en cambio las constricciones/ cooptaciones que la política social,
cultural, económica e ideológica que la burguesía
les impone.
(41) Frente a la apertura de una cátedra paralela
a la materia dictada por Romero en la UBA, éste y su camarilla
adicta pusieron el grito en el cielo ante la posibilidad cierta de perder
su monopolio ideológico (y el consiguiente peso político
y también, peso en las ventas de sus publicaciones), utilizando
todos los recursos ganados por sus leales servicios prestados al radicalismo,
desde la apelación a diputados nacionales hasta encendidos discursos
en La Nación. Sarlo y, feliz coincidencia, sectores
de la intelectualidad kirchnerista como González, lo acompañaron
desde Página/12 con tono moderado.
(42) Sarlo ha renunciado a la cátedra que dirigía
en la carrera de Letras de la UBA. Los motivos nunca fueron del todo
conocidos, aunque un viaje hacia nuevos rumbos alemanes daban una pista.
Pero al partir denunció la formación de una nueva camarilla
ideológicamente “intolerante” (se refería
a la nueva gestión de la Facultad que hacía lugar a los
aires kirchneristas), legitimando de hecho los dichos de Guariglia,
nefasto docente de Ética en la misma casa de estudios, famoso
por haber proveído una justificación filosófica
a las leyes de impunidad para los genocidas de la dictadura, al cual
se le había negado recientemente los honores de un nombramiento
vitalicio.
(43) Es famosa la acalorada discusión entre
Sarlo y Viñas en un programa de Canal á que terminó
con un ofendido “portazo” televisivo de Sarlo (abandonando
el programa a la mitad de su emisión).
(44) Michael Löwy, Walter Benjamin: Aviso
de incendio, Buenos Aires, FCE, 2002.