A
partir de un elemento biográfico, como la misma autora
plantea en el “Prólogo”, el objetivo del libro será
comprender su propia alegría, junto con la de muchos, frente
al asesinato de Aramburu, en el marco de la particular configuración
política y cultural de la época. Resumiendo, el libro
tomará tres elementos: “un personaje” (Eva Perón),
un “acontecimiento” (el asesinato de Aramburu) y una “escritura”
(Borges), que se desarrollarán como cifras de esa configuración.
El intento de reunir con esa postulación de cifras una argumentación
para el libro, sobre todo para el caso del análisis de Eva Perón,
no será suficiente para que esa argumentación sea articulada
y capaz de caracterizar los ’70, pero sí deja entrever
varias posiciones adoptadas por la autora sobre ellos. Veamos.
El
mecanismo utilizado es el análisis semiológico: en la
parte dedicada a Eva será el análisis de sus fotos públicas
previas y posteriores a convertirse en Primera Dama; y en el caso de
los ’70 un análisis del texto publicado por dos de quienes
participaron del asesinato de Aramburu. En ambos casos se hará
a la vez un paralelo con ciertos relatos de Borges. Finalmente, incluirá
al libro una sección denominada “Hipotextos”, donde
se introducen distintas interpretaciones sobre estos hechos y referencias
teóricas y bibliográficas sobre los conceptos utilizados,
a la vez que explicitará y defenderá su propia lectura
frente a sus “pares”, otros docentes, teóricos y
periodistas. La división en este caso, más que agregar,
desarticula aún más el texto: de haberse introducido en
el corpus central hubiera evitado quizá en parte la
simplificación que resulta de las tres cifras. ¿O se trataba
de discusiones reservadas a los eruditos?
El
eje tomado de Borges es uno de los tópicos más habituales
y quizá uno de los más relevantes de la cultura social
y política desde la constitución del Estado nacional en
adelante: el conflicto entre civilización y barbarie. El viejo
tópico literario de la contradicción entre la ley personal
antigua y la ley impersonal de Estado, narrado en buena parte de las
tragedias de Sófocles, es enmarcado aquí en un contexto
secular y nacional. Así, aunque se señala que Emma Sunz
(el personaje vengativo de un relato de Borges) “no es sólo
Electra” (personaje vengador del dramaturgo griego, p.125), y
se agrega que “el argentino, desafecto al Estado, tiende a admirar
a los rebeldes que se le oponen” (p. 212), una diferenciación
entre las formas antiguas de justicia, donde cabe la venganza, y una
forma moderna, institucional y reglamentada, sigue funcionando para
analizar hechos como los de los ’70.
En
el marco de esta discusión se agrega una característica
propia de las tres “cifras”: la excepcionalidad (la rara
belleza de Eva, la ruptura dentro de su propia serie del cuento de Borges
“El otro duelo” y el asesinato de Aramburu como excepción
/ intento de instauración de otra forma de justicia). Pero aún
aceptando el carácter excepcional de cada caso, ¿es suficiente
poner en paralelo estas excepcionalidades de distinto registro y contextos
para dar cuenta de los ’70?
Introducida
una parte del título del libro, queda por ver la pasión.
Sarlo define a la pasión según su objeto, que se caracteriza
por estar ausente. La relación entre el hecho y la figura de
Eva Perón es justamente el escamoteo de su cadáver, es
decir, una ausencia en nombre del cual se realiza el asesinato y que
se configura así como pasión de venganza. Es la pasión,
por otro lado, la que explica el seguimiento de las masas al peronismo,
más que cualquier otra teoría, según arguye Sarlo.
Ahora bien, ¿cómo finalmente se “leen” esas
cifras respecto a los ’70?
Así
demarcado el análisis, la visión que queda de los ’70
de conjunto (extensiva al peronismo), es la de un momento excepcional
de despliegue de pasiones no suficientemente contenidas o exacerbadas
por malas políticas. Teniendo en cuenta el paralelismo con el
tópico literario desarrollado, la crisis de los ’70 se
nos aparece como la “barbarie” que nos es constitutiva,
aflorando en un período, y que no puede ser controlada / normalizada
por la “civilización”. En La batalla de las ideas(1),
por ejemplo, Sarlo consigna autores no opositores al golpe del ’55,
sino más bien sostenes del mismo, pero que sin embargo criticaban
que las medidas extremadas y humillantes tomadas contra los seguidores
de Perón no iban a causar más que una feroz reacción.
La apertura de los ’70 parece ser, para Sarlo, el momento de esa
reacción.
Los
’70, fuera de la “norma” liberal republicana que Sarlo
defiende en revistas y periódicos, explicados por la excepción
y la pasión, son un momento no racional, no civilizado. En ese
sentido, la respuesta dada por la autora a la pregunta retórica
por ella planteada, “¿se podía leer bien en los
’70?”, es categóricamente un no. La pasión
nubla la razón y en este caso las extralimitaciones de los izquierdistas
nublan la posibilidad de constitución de una salida institucional.
Tampoco Borges puede escapar a esa configuración, cuya serie
de cuentos que normalizaban con su escritura el “caos del Río
de la Plata” es roto en los ’70 con “El otro duelo”.
Después de todo, si hasta Borges cayó en ello, ¿cómo
no justificar a una joven en los ’70 Beatriz Sarlo? Sí,
en cambio, se puede leer bien hoy, como cree hacer ella, dentro de cierta
racionalidad institucional dada por la vuelta de la democracia burguesa
argentina de la cual se ha vuelto defensora. Hoy, como Borges, quisiera
normalizar con la escritura de este libro su ex-militancia, es decir,
leer “desapasionadamente”.
Pero
la pasión de los ’70 fue la revolución, y quizá
es, más que un análisis, una expresión de deseo
el que sean excepción. Cuando Sarlo introduce el “asesinato”
de Aramburu, alrededor del cual hace girar los ’70, hace una serie
de disquisiciones para justificar por qué toma éste y
no otro ajusticiamiento, como los de los burócratas sindicales,
por ejemplo. En todo caso, lo que podría preguntársele
es por qué toma un hecho iniciático de Montoneros y no
un hecho de acción colectiva y contundente despertar de masas
como el Cordobazo, por ejemplo. La elección de un ajusticiamiento
y no de una semi-insurrección de masas está al servicio
de hacer pasar la idea de revolución en el horizonte que funcionaba
detrás de ellas por un mero acto de venganza, de “barbarie”
primigenia no controlada. Porque admitir el constante resurgimiento
(a pesar de la normalización de la democracia burguesa) de lo
aquí puesto en paralelo con la barbarie, es admitir la existencia,
siempre presente aunque a veces controlada y a veces jugando todas sus
fuerzas, de la lucha de clases, es decir, de los explotados negándose
a seguir manteniendo con su trabajo y su vida a una clase parásita
y a sus personeros, los “Hombres de Estado”.
Las
contradicciones sociales y políticas que se representaron en
los ‘70 no pueden ser explicadas como un pathos literario/
antropológico / sociológico emergente cada tanto, ni la
voluntad de cambio y el arriesgar la vida en ello de toda una generación
puede explicarse como un simple problema psicológico / cultural
producido por unas fotos y algunos discursos. No es un pretérito
“conjurado”, es un presente que de manera larvada a veces,
rutilante otras, viene a recordarnos que la historia no es tan tranquila
como un análisis semiológico y que no son tan excepcionales
los muchos ex-apasionados que se dedican a aconsejar a los normalizadores
de hoy.
Ariane
Díaz
Notas:
(1)Beatriz
Sarlo, La batalla de las ideas (1943-1973), Buenos Aires, Ariel,
2001.