Camino,
como siempre,
con mi vestido blanco, mi pelo negro y mis pies descalzos.
El
paisaje no es más que fondos limpios. Un cuadrado sin ángulos
y eterno. En la infinidad de estas paredes con este suelo y este techo,
creo avanzar pero nada cambia.
Lo
único que se escucha es mi respiración y mis pasos lentos
tratando de descubrir en dónde estoy.
De pronto Él viene a mí.
Con
su mirada más dulce, toma mis manos y me promete compañía.
Yo
sonrío enamorada y pienso que Él es real y no va a mentirme.
"Allá…
—digo—… allá... ¿Lo ves?... Ahí
está... No murió... Me está buscando, quiere mi
calor de madre… Me está esperando…"
Y
a Él lo suelto, y corro hacia el bulto celestito y rosado. De
lejos me veo, a alta velocidad me dirijo al encuentro. Llego, abro la
manta y salen asquerosas cucarachas de lo que yo creí era mi
angelito.
Suelto
todo asustada por la impresión de tantos bichos atolondrados,
marrones, sucios.
Lo
miro. Necesito una explicación. Pero Él se acerca con
tanta tranquilidad.
"Tonta"
me dice. Y me pega un cachetazo que me deja tirada en el piso. Lo miro
desde abajo. Me escupe. Me agarra de los pelos y me dice puta. No lo
miro más. Cierro los ojos y lloro… Hasta dormirme.
Al
despertar el paisaje es otro.
Camino,
como siempre con mi vestido blanco, mi pelo suelto y mis pies negros,
descalzos.
Ésta ciudad sí que es gris. No hay nadie en la avenida,
sólo una viejita ciega con una lata vacía de monedas.
De
la boca del subte salen todos los ciudadanos.
Señores
formales con saco y corbata, mujeres de su casa con ropa limpia, chicas
con la cara sucia de maquillaje.
Todos
vienen hacia mí.
Y
me tiran al suelo, me patean, me pegan sopapos, me escupen, mientras
me dicen que ellos tampoco, nunca, van a perdonarme.
Él
viene a rescatarme. Los empuja a todos, se hace espacio entre la multitud,
me agarra y me lleva entre sus brazos.
Lo
miro y sus ojos son tan dulces. Llegamos a su casa. "Vení,
es acá donde está", dice.
Abre
la puerta y veo el bulto celestito y rosado. Lo abro. Y es un muñeco.
"No,
no, no, no. Éste no es, éste no es...", murmuro.
Él
se transforma. Toda la furia brota de su mirar, de su piel, de su pelo,
de su boca.
"¡Te
digo que sí, que es éste! Lo que pasa es que estás
loca, hija de puta. ¿Qué? ¿Ahora ya no lo querés?
Mirá lo que hago." Grita temerariamente y agarra el bulto
que ahora contiene un niño que llora y él, totalmente
fuera de sí, lo arroja por el balcón.
Silencio.
El
niño ya no llora. Ya no está. Ha aparecido y luego ha
sido arrojado por el balcón. Por Él.
Ahora
siento que no puedo volver a caminar, porque todos los caminos ya están
impuestos.
Pensé
alguna vez que uno decide sus cosas. Pero cuando me toca elegir no es
porque desee estar en esa situación de elección.
LOS
CAMINOS SON ESTOS.
NO VAS A CREAR NUEVOS.
PERO TENÉS QUE ELEGIR UNO.
Y
yo me niego, porque ya no tengo fuerzas para caminar.
Maldita
trampa.
Me
arrastro hasta llegar a mi cartera. Ahí adentro tengo un revólver.
Lo saco y desde el piso apunto a Él, que ahora me mira otra vez
con sus ojos dulces.
"No
vas a matarme, ¿eh?. A mí, que te amo. No podes vivir
sin mí, lo sabés, ¿cómo vas a asesinarme?",
me dice y se acerca.
Me
veo desde lejos y ahí estoy, temblorosa, asustada viendo como
Él se aproxima. Mi vestido blanco roto, ensangrentado, mis pelos
negros roñosos y enredados, mis pies doloridos.
No
puedo apretar el gatillo. Todos los caminos están impuestos.
Pero Él no tiene miedo. Y me besa.
Entonces
yo lo mato.
No
pude crear uno nuevo.
Ahora
me veo desde lejos. Sigo tirada en el piso, con el cadáver de
Él, a mi lado.
Apunto
a mi útero y estallo en mil pedazos.
Aunque
no lo decidí… Elegí uno.
El
principio es oscuro. Invisible pero oscuro.
De
vez en cuando una lamparita se prende.
Bichos
luminosos mágicos te ponen tan feliz.
Tu
cuerpo avanza flotando hacia la luz.
Alrededor
del principio oscuro hay estrellas.
No
las podes tocar.
No
querés, por miedo a darte cuenta que son de mentira.
Así..
Mirándolas.. Lejanamente.. Parecen hermosas.
(No
quiero recordar). Nada es como se ve.