Un
congreso sobre crítica literaria, en una ciudad, en
Rosario, puede ser un espacio de intercambio, de crecimiento de la vida
académica. Puede ser lo más próximo a abarcar todas
las perspectivas de análisis actuales. La posibilidad de desestabilización
de lo consagrado y la potenciación de lo que se inicia. Puede
ser la oportunidad de contacto entre el trabajo arduo y la recepción
crítica que a su vez le da sentido y avance. La ocasión
de retroceder o de obstinarse. Puede pretender aquello que no siempre
es posible.
O
puede ser el encuentro de tres vías. Una: La de aquellos que
comparten el resultado de lecturas comprometidas con la exploración
de ideas importantes. Otra: la de aquellos que se jactan de sus ponencias
lúdicas que no terminan de serlo. Y la otra: la de los observadores,
oyentes, interpretadores que van con las hojas vacías a entrecruzar
perspectivas, a presenciar, a provocar y continuar el debate teórico.
Esto
es lo que fue un congreso en Rosario. La confluencia de sinceros militantes
del análisis literario que, porque es necesario para ellos, son
capaces de traspasar airosos todos los filtros de la seriedad y que
enmarcan su tarea en la continuidad de un trabajo aún mayor de
investigación; la confluencia de estos con señores burgueses
de la prosa expositiva que gustan jugar con los significantes y alcanzan
a veces originalidad en la imagen acústica o en aforismos alejados
de toda posibilidad de una idea fructífera o, al menos, correcta.
Estas damas y caballeros danzan en el podio de alguna consagración
y se divierten orgullosos de sus palabras y alegorías.
Pero
caen ante el primer filtro, los interpretadores que, acompañados
de expositores comprometidos, entrecruzan miradas de fastidio e indignación.
Ellos pueden optar por desestabilizar a la jactancia con alguna pregunta
que evidencie contradicciones o pueden huir a otra mesa prometedora
de relevancias.
De
la posible observación de este encuentro de vías de abordaje,
de la sensación de conformidad o no que puede experimentar quien
haya asistido a este evento de debates intermitentes y exposiciones
adornadas, se puede concluir favorablemente o se puede no hacerlo. Se
puede pensar en qué medida el congreso de Rosario se acercó
a lo que debería ser, pero no es necesario. Sólo se conseguiría
algo de fastidio y un poco, muy poco de gratificación intelectual.
Y es difícil cuantificar eso. Algo que se debe hacer, en cambio,
es preguntarse por la trivialidad de este evento. ¿Qué
tan importante para la vida académica es que sucedan estos congresos
y que sucedan estas cosas en ellos? Sospechemos que algo cierto es que
existen para ser leídos en forma crítica y comprometida,
para desentrañar en esa lectura cuáles son los fenómenos
que allí se condensan y que son la representación de,
ya en un orden general, la situación intelectual de nuestra crítica
literaria y la tipología de los personajes que la conforman.
©Rocio
Anahí Uran