Caminó
sin desmayo por callejones oscuros, entre paredes cuajadas
de musgos y humedad, que olían a orín y lluvia descompuesta.
A trechos, excrementos de perros y de personas que como perros defecan
en cualquier lugar, le iban acechando, eran pedazos de mierda descolorida
y lavada, marrón clara, y a veces, verdosa y peluda como se
imagina uno a los habitantes de un planeta húmedo.
Llevaba debajo
del remendado gabán azul, escondido como un tesoro, un trozo
de pan reseco, un cabo de vela y un viejo libro, y en el pecho un
pedazo de roja sombra que le manaba del corazón y se vertía
ya sin disimulo por el pestilente suelo.
Detrás
de él venían también sin disimulo los hombres
de la policía política, con su jauría de palabras
y perros. Le perseguían desde hacía horas por las calles
de aquella ciudad silenciada que no silenciosa.
No había
testigos, solo las contras de las ventanas se entreabrían cobardes
a su paso. Tristes parpadeos de los grises y desportillados ojos de
aquellas grises y desportilladas casas que, como valientes Antígonas,
desobedeciendo la expresa voluntad del tirano, le iban amortajando
con su sombra. Tras ellas se escondía el cobarde mirar de sus
cobardes moradores, la rabia venía cuando llovía y se
podía maldecir en voz alta, "la hija de puta de la lluvia",
mientras, los pensamientos iban por otro lado, y era justamente en
ese otro lado donde los hombres que sufrían la maldición
fascista se rebelaban proclamando así su desacuerdo con el
orden establecido. Valientes cobardías de un puñado
de cobardes.
El perseguido
una vez alcanzó la falda de la montaña, no intentó
ocultarse, ni tomó una dirección concreta, sino que
siguió caminando despreocupado de otra cosa que no fuese andar,
qué le importaba hacia dónde, su único objetivo
era prolongar la persecución, hacerla larga, pero sin más
afán que aquel con que el día busca el amparo de las
nocturnas sombras o las sombras las del día. Y es que fuese
donde fuese sabía que iba a ser apresado y ejecutado.
Esa mañana
—antes del primer intento fallido de detención, cuando
le dispararon dejando clara en aquella mala herida que lo mataba con
tan sañuda parsimonia, su regular puntería y pésima
intención— había estado paseando por la playa,
y lo entendió, entendió lo que le había ocupado
tantas horas de soledad y desasosiego. Fue un destello solamente,
una revelación tan simple como el andar, porque al andar el
pie golpea la arena y la arena salta y se confunde con la arena, de
ese modo todo pierde en algún momento su orden, su personal
estructura, pero nada cambia, las playas siguen siendo playas, la
arena sigue siendo invariablemente arena.
Para él
como para la arena, ahora lo sabía, no había otro destino
que el de dejarse golpear, sentirse romper, con la esperanza de que,
aún así, su rebeldía seguiría siendo rebeldía
y sus ansias de libertad su única playa.
Lo remataron de
madrugada a la orilla de un sendero sin márgenes, cárdeno
de luna y sangre, donde se hallaba caído leyendo su viejo ejemplar
de La Odisea. Alguno de ellos, tal vez el de más graduación,
le arrebató el libro de una patada, apartándolo así
de sus manos ensangrentadas, lo sostuvo luego con asco entre las suyas,
cuidando no mancharse, y lo hojeó con desgana. En una desgastada
hoja del principio, vio algo que le llamó la atención,
era un párrafo manuscrito, lo leyó para sí y
sonrió fiero, a la vez que asentía con la cabeza. Sus
hombres le miraban expectantes —les entendió, como entendía
a los perros que también le miraban con atención moviendo
la cola—; leyó en voz alta: "Tuvo suerte
la araña/ dice la mariposa,/le pude romper la tela./ Tuvo suerte
la mariposa/ dice la araña/ le pude devorar el alma./Pobre
Sefara mía, llena estás de blancas mariposas/ y negras
arañas". Todos siguieron mirándole serios
y expectantes, interpretó de nuevo con plena satisfacción
su lerdo mensaje, y lanzó una fuerte carcajada, sus hombres,
entonces si, le imitaron riendo, y los perros ladrando. Por fin lo
entendían todos, la risa del comandante era el prólogo
y el epílogo de aquella críptica frase. Arrancó
éste la hoja y la guardó celosamente en el bolsillo
de la guerrera, aquella era la confesión de culpabilidad que
no necesitaba del criminal.
Se fueron luego
monte abajo, felices y satisfechos. No era para menos, en su responsabilidad
pesaba orgullosa la firme convicción del deber cumplido, en
su corazón sin alma la constancia de la patria puesta a salvo,
y como no, la grata sensación de que por fin todo volvía
a su orden. Ahora podían volver a dormir placenteramente, el
tirano estaba a salvo, y con él el pueblo, y con el pueblo
sus familias y privilegios.
Las contras de
las ventanas se cerraron a su paso, párpados de ojos grises,
que esconden miradas jóvenes. Esas que saben que mañana
serán ellas quienes caminen por callejones húmedos huyendo
de la realidad sin más esperanza que la de ser cazados.
Las ideas, ni
se agotan ni se ordenan ni se repiten, son las formas quienes lo hacen.
Son por ello de las formas los ejércitos y policías,
y también los fanáticos y las balas.
Las formas te
llevan a la muerte, las ideas a la inmortalidad. Porque unas son animalillos
domésticos, simple alimento de un cuerpo físico que
vive del precario pero vital equilibrio de la forma, mientras que
las otras son hermosos albatros sondeando inmensidades, de las que
se nutre el amorfo, y por ende, infinito e indestructible cuerpo espiritual,
que vive, por el contrario, del desequilibrio que da sentido e identidad
a la idea.
Le mataron por
tener ideas, "pájaros en la cabeza" reconocieron
magnánimos los que más le querían dentro del
aparato político militar, sin saber que con ello daban la más
veraz versión de lo que verdaderamente había sucedido.
Él tenía pájaros en la cabeza que le llevaron
a desafiar el orden de los sociales y civilizados vientos, que son
y han sido desde siempre prisioneros de la peor de las esencias de
la forma, la del orden establecido.
El perseguido
renunció a la forma en favor de la idea, y puso con ello en
peligro el orden, ese fue su delito y por él fue tan gravemente
castigado.