En
el espacio que ocupamos los irrepresentados, reaccionamos
ante la movilización capitalizada por la derecha en reclamo
del endurecimiento penal; nos molesta que las únicas banderas
sean celestes y blancas, que se cante sólo el himno, que se
roce la idea de pena de muerte. De la misma manera nos hizo ruido
la capitalización que la izquierda partidaria hizo de la revuelta
del 20 de diciembre, de Maxi y Darío, cuya posición
política había incomodado a dicha izquierda.
¿De
quién son los muertos?
Y
en el medio, la clase media, que navega entre la revuelta del ahorrista
y la mano dura, entre la denuncia del gatillo fácil y el aumento
de penas, entre el “que se vayan todos” y la nostalgia
del uno a uno.
Los
muertos. ¿Quiénes los lloran?
En
esta tierra hay muchos muertos. Todos son muertos, pero la mirada
mediática insiste en discriminarlos de manera falaz, lo cual
tranquiliza a esa clase media que necesita imperiosa y permanentemente
limpiarse las culpas pasadas, vivir en la inocencia perpetua.
¿Quiénes
los utilizan?
Los
muertos del terrorismo de estado, mediáticamente, sólo
son los treintamil. En menor medida y casi silenciosamente se acepta
que los treinta y tres del 19 y 20 de diciembre pertenecen a este
grupo. No ya Maxi y Darío, porque fueron producto de la locura
de Franchiotti. Ni hablar de Walter Bulacio o los muertos del gatillo
fácil, de Cabezas; mucho menos de Axel. Para “los medios”
no son asesinatos del terrorismo de estado. Esta discriminación
y utilización bastante morbosa redunda en la diferencia y en
la distancia de los reclamos: Juicio y Castigo contra Pena de Muerte.
¿Quiénes
los vengan?
Si
el ejemplo son las Madres, ahora aparece un Padre.
Pero,
aquí sí es necesario separar la paja del trigo para
entender y entendernos.
Para
Nietzsche la idea de Justicia supone una venganza avergonzada; así,
todos reclaman y reclamamos socialmente venganza. Pero, si del grito
de principios de la democracia “Paredón, paredón...”,
se pasó al de “Juicio y castigo”, si ninguna bala
de familiar o compañero buscó vengar la muerte de ninguno
de los treintamil, si ningún dolor de Madre exigió pena
de muerte, ¿por qué enojarse cuando se reconoce la alegría
en el rostro de alguna sobreviviente de la masacre de la dictadura
a causa de la muerte natural de algunos de los jerarcas del terrorismo
de estado?
Y
allí siguen los medios intentando extremar el reclamo por unas
muertes y la desvalorización de otras: la clase media prefiere
el sonar de esa campana y no de otra, que la reinstala en esa culpa
nunca expiada, de la que nunca quiso hacerse cargo; culpa, “teoría
de los dos demonios” mediante, de la cual la exime la derecha.
De sobrevenir la ampliación de las penas, la mano dura y/o
la pena de muerte, la sociedad “inocente” tendrá
en el futuro nuevas culpas de las cuales no hacerse cargo.